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LA SEMILLA DE LA BRUJA

Margaret Atwood

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Fragmento

 

Miércoles, 13 de marzo de 2013

Las luces de la sala se atenúan. El público calla.

EN LA ENORME PANTALLA PLANA: Letras amarillas irregulares sobre fondo negro.

LA TEMPESTAD

de William Shakespeare

por

los Actores del Correccional Fletcher

EN PANTALLA: Un cartel escrito a mano, sujeto por el presentador, que lleva una capa corta de terciopelo púrpura. En la otra mano, una pluma.

CARTEL: UNA SÚBITA TEMPESTAD

PRESENTADOR: Lo que van a ver es una tormenta en alta mar:

el viento aúlla, los marineros chillan,

los pasajeros los maldicen, porque la situación empeora,

van a oír gritos, igual que en una pe-e-e-sadilla,

pero no todo es lo que parece,

no digo más.

Sonríe.

Ahora vamos a empezar la obra.

Hace un gesto con la pluma. Corte a: rayos y truenos en una nube en forma de embudo, imagen del canal Tornado. Imagen de archivo de las olas en el océano. Imagen de archivo de la lluvia. Sonido del aullido del viento.

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La cámara hace un zoom sobre un barquito de vela de juguete que se balancea sobre una cortina de ducha de plástico azul con peces, debajo unas manos causan las olas.

Primer plano del contramaestre con un gorro de punto negro. Le echan agua desde fuera de plano. Está empapado.

CONTRAMAESTRE: ¡Virad deprisa o nos vamos a pique!

¡Moveos, moveos!

¡Virad, virad! ¡Cuidado, cuidado!

¡Hagámoslo,

vale más que os apliquéis,

bracead las velas,

combatid la tormenta,

a menos que queráis nadar con los peces!

VOCES EN OFF: ¡Nos ahogaremos!

CONTRAMAESTRE: ¡Quitaos de en medio! ¡No es momento para juegos!

Le echan un cubo de agua en la cara.

VOCES EN OFF: ¡Escuchadnos! ¡Escuchadnos!

¿Es que no sabéis que somos de sangre real?

CONTRAMAESTRE: ¡Cuidado, cuidado! ¡Eso a las olas no les importa!

El viento ruge, diluvia,

no os quedéis mirando ahí plantados.

VOCES EN OFF: ¡Estáis borracho!

CONTRAMAESTRE: ¡Sois idiotas!

VOCES EN OFF: ¡Estamos perdidos!

VOCES EN OFF: ¡Nos hundimos!

Primer plano de Ariel con un gorro de baño azul y unas gafas de esquí iridiscentes, maquillaje azul en la parte inferior de la cara. Lleva un impermeable de plástico translúcido con mariquitas, abejas y mariposas estampadas. Detrás de su hombro izquierdo se ve una sombra extraña. Se ríe sin ruido, señala hacia arriba con la mano derecha que está enfundada en un guante de goma azul. Resplandor de rayos, ruido de truenos.

VOCES EN OFF: ¡Recemos!

CONTRAMAESTRE: ¿Qué decís?

VOCES EN OFF: ¡Nos hundimos! ¡Nos ahogaremos!

¡No volveremos a ver al rey!

¡Saltad por la borda, nadad a la orilla!

Ariel echa la cabeza atrás y se ríe encantado. En cada una de las manos con guantes de goma azul sostiene una linterna muy potente que emite destellos.

La pantalla se queda en negro.

UNA VOZ DEL PÚBLICO: ¿Qué?

OTRA VOZ: Se ha ido la luz.

OTRA VOZ: Será por la ventisca. Se habrá caído un poste en alguna parte.

Oscuridad total. Ruidos confusos en la sala de al lado. Gritos. Se oyen disparos.

UNA VOZ DEL PÚBLICO: ¿Qué sucede?

VOCES FUERA DE LA SALA: ¡Cerrad las puertas, cerrad las puertas!

UNA VOZ DEL PÚBLICO: ¿Quién está al mando aquí?

Tres disparos más.

UNA VOZ DENTRO DE LA SALA: ¡Que nadie se mueva! ¡Quietos!

¡Bajad la cabeza! Quedaos donde estáis.

I

Negro reverso

1

Orilla del mar

Lunes, 7 de enero de 2013

Felix se cepilla los dientes. Luego cepilla los otros dientes, los postizos, y se los mete en la boca. A pesar de la capa de adhesivo rosa que les ha aplicado, no encajan demasiado bien; tal vez se le esté encogiendo la boca. Sonríe: es la ilusión de una sonrisa. Fingimiento, falsificación, pero ¿quién se va a dar cuenta?

En otra época habría llamado a su dentista para concertar una cita y habría ocupado el lujoso sillón de imitación de cuero, ante el rostro preocupado que olería a colutorio de menta y las manos hábiles que blandirían instrumentos brillantes. «Ah, sí, ya veo. No es preocupante, se lo arreglaremos.» Igual que llevar el coche a la revisión. Incluso le habría dejado escuchar música con los auriculares y tomar una píldora para atontarse.

Pero ahora no puede permitirse esos ajustes profesionales. Su seguro médico es barato, así que está a merced de sus poco fiables dientes. También es mala suerte, eso sí que sería el broche de oro: un cataclismo dental. «La fiezta ha tedminado. Loz actodez…» Si eso ocurriera, su humillación sería total; al pensarlo se le ruborizan hasta los pulmones. Si las palabras no son perfectas, si el timbre no es exacto y la modulación no está ajustada con delicadeza, el hechizo se rompe. La gente empieza a moverse en la butaca, tose y se va a casa en el descanso. Es como la muerte.

—U-o-a-e-ii —le dice al espejo manchado de pasta de dientes que hay encima del fregadero de la cocina. Frunce el ceño, saca la mandíbula. Luego sonríe: la sonrisa de un chimpancé acorralado, con una parte de rabia, una parte de amenaza y una parte de desánimo.

Qué bajo ha caído. Qué humillación. En qué poco se ha quedado. Sobreviviendo a duras penas, malviviendo en un cuchitril, ignorado en un lugar olvidado; mientras Tony, ese mierdecilla pomposo que es pura pose, se codea con los grandes y traga champán y engulle caviar y lenguas de alondra y cochinillo, y asiste a galas y disfruta de la adoración de su camarilla, sus lacayos, sus aduladores…

Que en otro tiempo adulaban a Felix.

Escuece. Pica. Despierta sus ansias de venganza. ¡Ojalá…!

Basta.

—La espalda recta —ordena a su gris reflejo—. Mete el estómago. —Sabe, sin mirar, que está echando barriga. Tal vez debería comprarse una faja.

¡Da igual! ¡A apretarse el cinturón! Hay trabajo que hacer, tramas que tramar, timos que timar, ¡villanos a los que engañar!

—El perro de Roque no tiene rabo. Tres tristes tigres comen trigo en un trigal. El arzobispo de Constantinopla se quiere desarzobispoconstantinoplizar.

Ya lo ves. Ni una sílaba equivocada.

Aún puede hacerlo. Lo conseguirá, pese a todos los obstáculos. Los encandilará, aunque no disfrute con el espectáculo. Los dejará maravillados, cuando diga a sus actores:

—¡Hagamos magia!

Y que se la trague ese cabrón taimado y retorcido de Tony.

2

Elevados conjuros

Lo de ese cabrón taimado y retorcido de Tony fue culpa del propio Felix. Al menos, en su mayor parte. Los últimos doce años se ha culpado a menudo. Le dio demasiada libertad a Tony, no lo supervisó, no miró por encima de su hombro elegante, con hombreras y raya diplomática. No reparó en las pistas como habría hecho cualquiera con medio cerebro y dos oídos. Peor: confió en ese lamebotas maquiavélico, malvado y arribista. Se dejó engatusar: «Deja que yo me encargue, delega eso, envíame a mí». ¡Qué idiota había sido!

Su única excusa era que en esa época estaba devastado por el dolor. Acababa de perder a su única hija, y de ese modo tan espantoso. Ojalá… Ojalá no… Ojalá hubiese sabido…

No, sigue siendo demasiado doloroso. No pienses en eso, se dice mientras se abotona la camisa. Apártalo de tu cabeza. Finge que fue solo una película.

Incluso si ese suceso en el que no quiere pensar no hubiera ocurrido, lo más probable es que se hubiese dejado engañar. Había adquirido la costumbre de dejar que Tony se ocupara de la parte más prosaica del espectáculo, porque, al fin y al cabo, Felix era el director artístico, como no paraba de recordarle Tony, y estaba en plenitud de facultades, o eso repetían sin cesar los críticos, así que debía ocuparse de cuestiones más elevadas.

Y lo hizo. Crear el espectáculo más bello, exuberante e impresionante. Subir el nivel hasta la luna. Forjar en cada producción una experiencia que ninguno de los asistentes pudiera olvidar. Evocar el aliento colectivo contenido, el suspiro colectivo; conseguir que el público se fuese, al acabar la actuación, tambaleándose un poco como si estuviese borracho. Hacer del Festival de Makeshiweg el patrón por el que se midiesen todos los festivales de teatro menores.

No eran metas baladíes.

Para alcanzarlas, Felix había reclutado a los mejores equipos que había logrado encontrar. Había contratado a los mejores, había inspirado a los mejores. O los mejores que se había podido permitir. Había escogido uno por uno a los duendes y trasgos técnicos, a los diseñadores de iluminación, a los técnicos de sonido. Había perseguido a los diseñadores de decorados y vestuario más admirados del momento, a los que pudo convencer. Todos tenían que ser de primera, o aún mejores. Si era posible.

Así que necesitó dinero.

Recaudar dinero fue el cometido de Tony. Una tarea menor: el dinero no era más que un medio para conseguir un fin, y ese fin era la trascendencia: ambos lo habían entendido. Felix, el hechicero siempre en las nubes; Tony, el factótum con los pies en el suelo y amasando dinero. Teniendo en cuenta sus talentos respectivos, parecía una división del trabajo apropiada. Como dijo el propio Tony, cada cual debía hacer lo que se le daba mejor.

«Idiota», se reprocha Felix. No había entendido nada. En cuanto a su plenitud de facultades, la plenitud siempre es ominosa. Desde las alturas solo se puede caer.

Tony se había mostrado demasiado dispuesto a liberar a Felix de los rituales que tanto odiaba, como asistir a los cócteles, dar coba a los mecenas y patrocinadores, alternar con la junta, conseguir subvenciones de los diversos niveles del gobierno y escribir informes eficaces. Así —decía Tony— Felix podría dedicarse a las cosas que tenían verdadera importancia, como sus sagaces notas escénicas y sus planes de iluminación y el cálculo exacto de la duración de la lluvia de purpurina de la que hacía un uso tan genial.

Y a dirigir, claro. Felix siempre se había reservado una o dos obras por temporada para dirigirlas personalmente. De vez en cuando, incluso interpretaba el papel principal, si le resultaba atractivo. Julio César. El rey tártaro. Lear. Tito Andrónico. ¡Todos esos papeles fueron triunfos para él! ¡Igual que todas esas producciones!

Al menos entre los críticos, porque los aficionados a veces se quejaban. La Lavinia sangrante y casi desnuda de Tito era demasiado explícita, gimoteaban; aunque, como señaló Felix, estaba más que justificada por el texto. ¿Qué necesidad había de representar Pericles con naves espaciales y extraterrestres en vez de con barcos de vela y países extranjeros, y por qué presentar a la diosa lunar Artemisa con la cabeza de una mantis? Aunque —como le explicó Felix a la junta— era totalmente apropiado, si se pensaba bien. Y que Hermione volviera a la vida en forma de vampiro en El cuento de invierno: eso se lo abuchearon. A Felix le encantó: ¡menudo efecto! ¿Quién, si no él, podría haberlo logrado? ¡Donde hay abucheos hay vida!

Esas travesuras, esos vuelos de la imaginación, esos triunfos habían sido las criaturas de un Felix anterior. Habían sido actos de exultación, de alegre exuberancia. Justo antes del golpe de mano de Tony, las cosas cambiaron. Se ensombrecieron, y además de repente. Aúlla, aúlla, aúlla…

Pero no podía aullar.

Su mujer, Nadia, fue la primera en dejarle, apenas un año después de la boda. Felix se había casado tarde y de forma inesperada; no sabía que fuese capaz de amar así. Estaba descubriendo sus virtudes, empezando a conocerla de verdad, cuando ella murió de una infección galopante de estafilococos justo después de dar a luz. Esas cosas pasaban, a pesar de la medicina moderna. Todavía intenta recordar su imagen, se esfuerza para que vuelva a ser vívida, una vez más, pero con los años ha ido alejándose de él y se ha deslavazado como una Polaroid antigua. Ahora es poco más que un perfil; un perfil que él completa con su tristeza.

Así que se quedó solo con su hija recién nacida, Miranda. Miranda. ¿Cómo iba a llamar, si no, a una niña huérfana de madre con un padre de mediana edad que la adoraba? Ella fue quien impidió que se hundiera en el caos. Resistió como pudo, y no pudo muy bien, pero resistió. Contrató ayuda, claro; necesitó a varias mujeres, no tenía ni idea de cómo cuidar a un bebé y debido a su trabajo no podía estar todo el tiempo con Miranda. Pese a ello, sí había pasado todo el tiempo libre con ella. Aunque no había tenido mucho.

Lo había cautivado desde el principio. Había pululado maravillado a su alrededor. ¡Era tan perfecta, los dedos, los pies, los ojos! ¡Qué maravilla! Era tan lista que, cuando aprendió a hablar, incluso se la llevó al teatro. Ella se sentaba y lo miraba todo, sin moverse ni aburrirse como habría hecho cualquier otra cría de dos años. Tenía muchos planes para ella: cuando fuese mayor viajarían juntos, le mostraría el mundo, le enseñaría muchas cosas. Pero entonces, a los tres años…

Fiebre alta. Meningitis. Las mujeres intentaron localizarle, pero estaba ensayando y había dado órdenes estrictas de que no le interrumpieran, y no supieron qué hacer. Cuando por fin llegó a casa, hubo muchas lágrimas y luego el viaje al hospital, pero era demasiado tarde, demasiado tarde.

Los médicos hicieron cuanto pudieron; recurrieron a todos los tópicos, ofrecieron toda suerte de excusas. Pero nada funcionó, y ella se fue. Se la llevaron, como suele decirse. Pero ¿adónde? No podía haberse volatilizado del universo sin más. Él se negaba a creerlo.

Lavinia, Julieta, Cordelia, Perdita, Marina. Todas las hijas perdidas. Pero a algunas habían vuelto a encontrarlas. ¿Por qué no a su Miranda?

¿Qué hacer con semejante dolor? Era como una enorme nube negra que se cerniese en el horizonte. No: era como una ventisca. No: era como algo que no podía expresarse con palabras. Él era incapaz de enfrentarse a ello. Tenía que transformarlo, o como mínimo encerrarlo.

Justo después del funeral, con su pequeño y patético ataúd, se había volcado en La tempestad. Era una evasión, lo supo incluso entonces, pero también una especie de reencarnación.

Miranda se convertiría en la hija que no había perdido; que había sido un querubín protector, que alegró a su padre exiliado mientras flotaban por el negro mar en el bote agujereado; que no había muerto, sino que se había convertido en una niña encantadora. Lo que no podía tener en vida podría vislumbrarlo gracias a su arte; solo un vistazo, con el rabillo del ojo.

Crearía un decorado adecuado para esta Miranda renacida a la que pretendía dar vida. Se superaría como actor-director. Sobrepasaría todos los límites, retorcería la realidad hasta que chirriara. En todos sus esfuerzos pasados había una desesperación febril, pero ¿acaso el arte más sincero no tenía siempre como centro la desesperación? ¿No era siempre un desafío a la muerte? ¿Un gesto desafiante al borde del abismo?

Decidió que su Ariel lo interpretaría un travesti en zancos que en los momentos más significativos se transformaría en una luciérnaga gigante. Su Calibán sería un vagabundo cubierto de costras —negro, o tal vez nativo norteamericano— y además parapléjico, que se arrastraría por el escenario en un monopatín gigantesco. ¿Y Esteban y Trínculo? Todavía no lo había decidido, pero llevarían bombín y braguero. Y harían juegos malabares: Trínculo lanzaría por los aires cosas que encontrase en la playa de la isla mágica; por ejemplo, calamares.

Su Miranda sería soberbia. Sería una salvaje, como era natural; después del naufragio debió de pasarse doce años corriendo descalza por la isla, pues ¿de dónde iba a sacar unos zapatos? Debía de tener la planta de los pies como la suela de una bota.

Tras una búsqueda agotadora en la que rechazó a las que eran solo jóvenes o solo guapas, eligió a una antigua niña gimnasta que había ganado la medalla de plata en los campeonatos norteamericanos y a la que luego habían aceptado en la National Theatre School: una niña escuálida fuerte y flexible que estaba a punto de florecer. Se llamaba Anne-Marie Greenland. Era apasionada y vehemente, apenas había cumplido los dieciséis. Casi no tenía formación teatral, pero él sabía que podría sacarle lo que quisiera. Una interpretación tan fresca que ni siquiera sería una interpretación: sería realidad. Gracias a ella, su Miranda volvería a la vida.

El propio Felix sería Próspero, su amado padre. Protector —tal vez demasiado—, pero solo porque quería lo mejor para su hija. Y astuto, más que Felix. Aunque incluso el astuto Próspero confiaba demasiado en los que tenía cerca y estaba demasiado absorto en mejorar sus habilidades mágicas.

La vestimenta mágica de Próspero estaría hecha de animales, no de animales reales o ni siquiera realistas, sino de muñecos de peluche a los que quitaría el relleno y luego cosería unos a otros: ardillas, conejos, leones, una especie de tigre y varios osos. Estos animales evocarían la naturaleza elemental de los poderes sobrenaturales, y al mismo tiempo naturales, de Próspero. Felix había encargado unas hojas falsas, unas flores pintadas de color dorado con espray y unas plumas teñidas de colores chillones que engancharían a los animales peludos para darle a su manto mayor dinamismo y un sentido más profundo. Blandiría un báculo que había encontrado en una tienda de antigüedades: un elegante bastón eduardiano con una cabeza de zorro en el mango de plata y ojos que probablemente fuesen de jade. Tenía una longitud modesta para ser el báculo de un mago, pero a Felix le gustaba yuxtaponer la extravagancia a la moderación. Ese objeto octogenario sería irónico en los momentos cruciales. Al final de la obra, durante el epílogo de Próspero, había planeado un efecto de atardecer en el que una lluvia de purpurina caería como si fuese nieve.

Esta Tempestad sería brillante: lo mejor que había hecho jamás. Se había obsesionado con ella —ahora se da cuenta— de una manera enfermiza. Era como el Taj Mahal, un recargado mausoleo construido para honrar una sombra amada, o una urna repujada de joyas de valor incalculable y que no contenía más que cenizas. Pero era más que eso, porque dentro de la burbuja encantada que estaba creando, su Miranda volvería a cobrar vida.

Por eso fue aún más demoledor para él cuando el proyecto se derrumbó.

3

Usurpador

Estaban a punto de empezar los ensayos cuando Tony mostró sus cartas. Doce años después, Felix todavía recuerda hasta la última sílaba de aquel encuentro.

La conversación empezó con normalidad, en la reunión habitual de los martes por la tarde. En esas reuniones Felix le daba a Tony la lista de los recados que tenía que hacer, y Tony ponía al día a Felix de cualquier asunto que requiriese su firma o su atención. Por lo general no había demasiados, porque Tony era tan eficiente que ya se había ocupado de los que tenían verdadera importancia.

—Vayamos al grano —empezó Felix, como tenía por costumbre. Se había fijado con irritación en el estampado de liebres y tortugas de la corbata roja de Tony: un intento de ser ingenioso, sin duda. Tony tenía debilidad, una debilidad cada vez más petulante, por las bagatelas caras—: Mi lista de hoy: número uno, tenemos que sustituir al tipo de la iluminación, no me está dando lo que necesito. Y, a propósito del manto mágico, tenemos que encontrar…

—Me temo que tengo malas noticias para ti, Felix —dijo Tony.

Se había puesto un traje elegante; normalmente, eso significaba que había reunión de la junta. Felix había adquirido la costumbre de saltárselas: el presidente, Lonnie Gordon, era buen tipo, pero también un auténtico aburrido, y los demás miembros no eran más que una pandilla de títeres que solo servían para poner sellos. Por suerte, no perdía mucho el tiempo con ellos porque Tony sabía mantenerlos a raya.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —preguntó Felix. Por lo general malas noticias significaba una carta de queja sin importancia de algún patrocinador descontento. ¿Tenía que quitarse Lear toda la ropa? O podría ser la factura de la lavandería de un espectador de la primera fila disgustado con su participación interactiva en una escena con salpicaduras: la cabeza ensangrentada de Macbeth lanzada con demasiado vigor contra el escenario, el ojo arrancado de Gloucester que se le había resbalado a quien se lo arrancaba, con una sucia gelatina que había echado a perder una corbata floral de seda de la que no salía la mancha.

Tony sabía cómo manejar esas quejas irritadas —aplicaba la dosis de coba y disculpas necesaria—, pero le gustaba prevenir a Felix por si tenía un encuentro desagradable en la puerta de artistas. Cuando le criticaban, Felix podía reaccionar de forma exagerada con un exceso de adjetivos ofensivos, decía Tony. Felix argüía que su lenguaje siempre era el más apropiado a la ocasión, y Tony respondía que por supuesto, pero que no era bueno para los patrocinadores. Y que además podía llegar a los periódicos.

—Por desgracia… —empezó a decir en esta ocasión Tony. Hizo una pausa. Tenía una expresión rara en el rostro. No una sonrisa; más bien una mueca con una sonrisa de fondo. Felix notó que se le erizaban los pelillos de la nuca—. Por desgracia —continuó por fin Tony con su voz más fina—, la junta ha decidido rescindir tu contrato como director artístico.

Entonces fue Felix quien hizo una pausa.

—¿Qué? —exclamó—. Es una broma, ¿no?

Es imposible, pensó. ¡Sin mí el festival entero se iría al garete! Los patrocinadores se retirarían, los actores se marcharían, los restaurantes de lujo, las tiendas de regalo y las pensiones con desayuno cerrarían y la ciudad de Makeshiweg volvería a hundirse en la oscuridad de la que él la había sacado con tanta habilidad un verano tras otro, ¿qué otra cosa había en ella aparte de un depósito de trenes? Un depósito de trenes no es un argumento. No se puede hacer un menú basado en un depósito de trenes.

—No —dijo Tony—. Me temo que no lo es. —Otra pausa. Felix se quedó mirando a Tony como si lo viera por primera vez—. Creen que estás perdiendo, ya sabes, facultades. —Otra pausa—. Les he dicho que estás conmocionado desde que tu hija…, desde tu reciente y trágica pérdida, pero que estaba seguro de que lo superarías. —Era un golpe tan bajo que Felix se quedó sin aliento. ¿Cómo se atrevían a utilizar esa excusa?—. He hecho todo lo posible —añadió Tony.

Era mentira. Los dos lo sabían. Lonnie Gordon, el presidente, jamás habría soñado con un golpe de mano semejante, y los demás miembros de la junta eran simples números. Hombres escogidos, escogidos por Tony. Y mujeres escogidas, había dos. Todos y cada uno de ellos recomendados por Tony.

—¿Mis facultades? —repitió Felix—. ¿Mis putas facultades?

¿Quién tenía más facultades que él?

—Bueno, tu contacto con la realidad —insistió Tony—. Creen que tienes problemas mentales. Les he dicho que es comprensible, dada tu… Pero no ha habido forma de convencerles. El manto de pieles de animales ha sido la gota que ha colmado el vaso. Han visto los bocetos. Dicen que los activistas por los derechos de los animales se nos echarían encima como un enjambre de abejas.

—¡Eso es ridículo! —gritó Felix—. No son animales ...