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LA SEñORA OSMOND

John Banville

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Fragmento

I

Había sido un día de inquietudes y sobresaltos, de humo, vapor y polvo. Aún sentía, la señora Osmond, el espantoso impulso y el ritmo de las ruedas del tren golpeando una y otra vez en su interior. Era como si todavía estuviese sentada junto a la ventanilla del vagón, tal y como había pasado unas horas que se le hicieron increíblemente largas, con la mirada perdida en la plácida campiña inglesa que se alejaba de ella sin cesar con todo el esplendor de los claros tonos verdes de la tarde de principios de verano. Sus pensamientos se habían acelerado al compás de la velocidad del tren, pero, a diferencia de este, sin ningún propósito. De hecho, jamás había notado de forma tan aguda aquella precipitación mental, inconsciente e irrefrenable como desde que salió de Gardencourt. La bestia enorme, humeante y ruidosa que había hecho con brusca impaciencia una pausa en la pequeña y humilde estación del pueblo y había permitido que ocupara su sitio en uno de los últimos compartimentos —sus dedos aún conservaban la sensación de la felpa caliente y el cuero grasiento— aguardaba ahora jadeante después de tan titánico esfuerzo bajo el alto dosel de cristal ennegrecido por el hollín de la ajetreada estación terminal y vomitaba sobre el andén su dotación de viajeros aturdidos y desaliñados y su batiburrillo de equipajes. En fin, se dijo, al menos había llegado a alguna parte.

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Staines, su doncella, apenas se había apeado del tren cuando se enzarzó en una discusión con un rubicundo mozo de cuerda. De no haber sido mujer podría haberse dicho que Staines era un tipo con un corazón de roble. Era alta y enjuta, una persona que era todo aristas, de muñecas largas y pies grandes, y una mandíbula que recordaba la hoja de un hacha primitiva. En los años que había pasado al servicio de la señora Osmond, o, en vista de lo unidas que estaban, sería mejor decir en los años que llevaban juntas, la devoción de Staines por su señora no había disminuido un ápice. En el largo período de exilio en el sur había puesto a prueba su paciencia hasta el punto de tolerar los mercados italianos, la cocina italiana y, lo que requería una templanza aún más beatífica, las tuberías italianas. De hecho, tal era su constancia que a veces la señora Osmond —Isabel— anhelaba con tristeza pasar medio día lejos de la incesante y pétrea solicitud de su doncella. En los viajes que habían hecho juntas recientemente, la principal prueba y demostración de la lealtad de Staines había sido un estado permanente de enfado no solo por el descaro de los mozos de cuadra, los conductores de coches, los limpiabotas y demás, sino también por lo que consideraba la obcecada credulidad, el deplorable candor y el incurable buen corazón de su señora. Ahora, mientras la doncella, con el sombrero agitándose mucho por la intensidad de su indignación, regañaba al mozo de cuerda por algún defecto indeterminado —como londinense, estaba ejerciendo su derecho a discutir con los suyos en su ciudad—, Isabel se apartó con la perpleja delicadeza de modales perfeccionada a lo largo de años de tantas confrontaciones similares entre la obstinación de Staines y la contumacia del mundo.

Estaba deseando llegar al hotel y a sus espacios frescos y en sombra que respiraban tranquilidad, donde podría sentarse totalmente inmóvil un buen rato y dejar que su agitada imaginación se calmara por sí sola. Si pudiese dejar de pensar, descansaría, pero ¿cómo llevar a cabo tan maravilloso ardid? La muerte pocos días antes de su primo Ralph Touchett en casa de su madre en Gardencourt —le parecía extraordinario pensar que había habido un momento exacto, medible, señalado por un movimiento del reloj, en el que para él había empezado la eternidad— la había dejado con una tarea difícil de solucionar, como un ejercicio de álgebra o de geometría. La ecuación que se le pedía resolver no era ni más ni menos que encontrar la forma apropiada de llorar el fallecimiento del joven. Lo cierto era que ya no podía decirse de su primo que fuese joven, pero así era como ella pensaba en él, y como sin duda pensaría siempre. Tal vez fuese esa la parte principal de la dificultad: que parecía escandaloso verter lágrimas por una persona cuya vida había estado tan marcada por la lenta devastación de la enfermedad que lo consumía que apenas podía decirse que hubiese tenido vida. Nada más pensarlo, se lo reprochó a sí misma. ¿Quién era ella para juzgar la calidad de una vida, por breve o trabajosa que hubiese sido? Detrás de aquel reproche, no obstante, se ocultaba una formulación más oscura e irrefrenable, que era que la vida más intensa que había vivido Ralph la había vivido a través de ella, de un modo vicario y apasionado, observando con sonriente asombro desde su butaca de primera fila sus vuelos vertiginosos, sus giros con las lentejuelas, de aquí para allá en la luz polvorienta de arriba, ay, muy arriba, bajo la enorme e imponente carpa. Haber vivido a través de otra persona, aunque fuese alguien a quien decía adorar, esa había sido la altura del triunfo de Ralph, y la profundidad de su fracaso. Cuánto deseaba ahora haber sido capaz de la grandeza que él había ansiado ver en ella, esos brincos airosos, esas piruetas cada vez más elegantes suspendida en el aire, esos leves aterrizajes sobre un solo dedo, esas amplias reverencias con los brazos extendidos como el cuello de un cisne. Si lo había elevado, también lo había hundido. Lo que él no podría haber esperado, lo que no habría creído posible en alguien tan equilibrado como ella, era la gigantesca y catastrófica caída desde las etéreas alturas que había precipitado su boda con la persona totalmente equivocada.

Ahora oyó a su espalda unos pasos de una firmeza inconfundible, y un instante después Staines asomó por detrás de su hombro con el ralo plumaje erizado y enhiesto, así que se preparó para la inevitable reprimenda.

—¡Vaya, está usted aquí, señora! —exclamó la doncella, que tenía una voz tan fuerte y enérgica como el resto de su ser—. La he buscado por todas partes entre esta multitud que no hace más que dar empujones.

—Me he limitado a seguir andando —se quejó Isabel con tibieza y una sonrisa propiciatoria. Staines, no obstante, no estaba dispuesta a dejarse aplacar, y su señora aguardó, casi con interés, con tal de saber cómo habría ella de verse involucrada en esa discusión en el andén si no había reparado más que en una mirada turbia y airada del mozo de cuerda y en una palabrota dicha a su espalda en voz baja.

—¡Vaya sujeto tan descarado! —dijo la doncella, hinchando las mejillas como hacía cuando estaba enfadada—. Pero le aseguro que le he soltado cuatro frescas —hizo una pausa, para enganchar la flecha a la cuerda del arco, y cuando continuó lo hizo en un tono que traslucía más pesar que reproche—. Claro que, de haber sabido que estaba usted de luto, no me cabe la menor duda de que habría mostrado una actitud muy distinta.

Isabel contuvo la sonrisa. La velada pero mordaz referencia de su doncella venía a cuento de la disputa que ella y su señora habían tenido, antes de partir de Gardencourt, a propósito del brazalete de luto, una disputa en la que, extrañamente, se había visto obligada a ceder la más decidida de las dos combatientes. En efecto, la doncella le había ofrecido, con un gesto solemne a juego, un brazalete de crepé negro totalmente aceptable y habría sido difícil decir cuál de las dos se había sorprendido más cuando Isabel se negó, con educada firmeza, a que se lo enganchara en la manga del abrigo de viaje. Al cabo de un segundo de estupefacción, la doncella empezó a protestar, pero de nada sirvieron sus quejas; fue una de esas ocasiones, raras pero memorables, en las que la señora echaba mano a la espada y la doncella retrocedía con prudencia. La señora Osmond se negaba a ponerse el brazalete negro y no había más que hablar. Por supuesto, Staines había refunfuñado, y había aguardado el momento oportuno, hasta ahora, que la hoja centelleante de su señora estaba de nuevo segura en su vaina, para arriesgarse a devolver la estocada.

—Sí, estoy segura —añadió con una especie de reproche en el tono de voz—. Seguro que incluso un rufián como él habría demostrado un poco de respeto por quien ha sufrido una pérdida, si hubiese tenido forma de saberlo.

Isabel no respondió; había descubierto, con los años, que un silencio distante y discreto era a menudo la respuesta más eficaz a las provocadoras insinuaciones de su doncella. Lo cierto es que ella misma no sabía muy bien por qué se había negado, hasta el borde mismo de la vehemencia, a ponerse aquello en la manga. Tal vez le pareciese exagerado hacer tanta publicidad de su dolor y que habría sido una violación del decoro e incluso de la modestia más elementales. Por otro lado, estaba segura de que a Ralph le habría encantado verla envuelta de pies a cabeza en bombasí negro, con velo oscuro, faja y demás, pero solo para burlarse y reírse de ella a su manera irónica y cariñosa. Así que ahora pensó que, después de todo, tal vez debería haber transigido con la inofensiva convención del brazalete, aunque solo hubiese sido para proporcionar al espíritu de Ralph un momento de diversión allí donde se hallaba ahora, en ese reino de las sombras donde sin duda agradecería la oportunidad de esbozar la más lánguida de las sonrisas. Le había dado tanto, y había pedido tan poco a cambio…

Al salir por fin de los cenicientos confines de la estación, se sintió como si se hubiese sumergido en algún medio cristalino, limpio y vaporoso que fuese al mismo tiempo más y menos que el aire. Había vivido tanto tiempo sometida a los rigores meridionales que Londres le parecía casi inmaterial, sin contornos definidos. Incluso a la luz del sol, como en ese momento, la ciudad tenía un lustre perlado, y sus sombras eran de un profundo tono malváceo. También la muchedumbre, que iba tejiendo de aquí para allá su tapiz infinitamente cambiante, le pareció imbuida de una soñolienta vaguedad, como si la gente, a pesar de la determinación de sus pasos y por más que mirase solo hacia delante, no estuviese del todo segura de adónde se dirigía, ni tampoco recordara de dónde había salido, aunque ni una cosa ni la otra le importase lo más mínimo. Enseguida se sintió más sosegada y tranquila; hasta su llegada no había reparado en lo mucho que echaba de menos los extrañamente acogedores alojamientos de esta gran metrópolis del norte. No conocía Londres, al menos no en profundidad, había pasado temporadas, de visita, pero la mayor parte del tiempo no la había visto con sus propios ojos sino con los de los demás: los de su marido, los de Ralph Touchett y su madre, los de su amiga Henrietta Stackpole; también los de los pintores, y los poetas y los novelistas, ¡había tantos!, los Dickens y los Thackeray, los Byron y los Browning, y todos los bardos que le habían cantado en la lejana ciudad de Albany donde había pasado los años de su juventud, de este mágico y lejano país de Cucaña.

Antes de ver al hombre, oyó su llanto. Era un ruido extraño e inhumano y al principio buscó algún animal herido, una gaviota volandera, tal vez, caída del borde de algún elevado parapeto que chillaba llamando a su madre. Pero no: era un hombre. Era ancho y corpulento, aunque no parecía muy fuerte, tenía la cabeza grande y cuadrada, el pelo muy pelirrojo y las patillas rizadas y pelirrojas. Se había instalado en la esquina de la ancha avenida que salía del recinto de la estación. No creía haber visto u oído llorar así a ningún hombre adulto, de forma tan copiosa, con esa impotencia, sin poder parar. Sus ojos de color azul claro estaban enrojecidos y el labio inferior —hinchado y reluciente— le temblaba como a un bebé. Llevaba una camisa sin cuello, unos pantalones de piel de topo que brillaban de la suciedad, y una chaqueta de sarga con manchas herrumbrosas que le quedaba pequeña, le apretaba en las axilas y dejaba las muñecas blancas y frágiles expuestas e indefensas. No se movía de su sitio, pero giraba el cuerpo ora en una dirección ora en la otra, atrapado, se diría, en un trance de indecisión compulsiva. A su lado, sobre la acera, había un fardo informe envuelto en un trapo anudado. Al principio le había parecido que llevaba zapatos, aunque ahora que lo miraba con más atención, Isabel vio que llevaba los pies descalzos pero cubiertos de una mugre negra como el alquitrán. El brillo cobrizo de sus patillas, entre las que corrían oscuros los centelleantes regueros de lágrimas, y la palidez pulposa de la piel cubierta de pecas aumentaban en cierto modo, para ella, el pesar y la indignidad de aquel espectáculo: era como si le hubiesen despellejado un integumento protector y su pelo encendido se ruborizase al verse expuesto de un modo tan desnudo y vergonzoso.

—¡Oh, mira a ese pobre desdichado! —suspiró, poniendo una mano en el brazo de su doncella para que se detuviera—. Tenemos que hacer algo para ayudarle.

Staines, no obstante, no se dejó impresionar, y apenas miró de reojo hacia donde se encontraba el hombre sollozando y balanceándose estremecido.

—No se puede ayudar a quien no sabe ayudarse a sí mismo —dijo con desdén y continuó decidida su camino, por más que su señora intentó sujetarla.

Tras un instante de duda, a Isabel no le quedó más remedio que seguirla, aunque con el corazón compungido. Era raro… Staines, que probablemente procediera de los mismos abismos de la sociedad que el hombre que lloraba, era quien más tendría que haberse sentido impulsada a socorrerle, pero en vez de eso le había dado la espalda, con los labios apretados en una línea blanca. Y, aun así, era comprensible: el instinto de su doncella era el de una persona que no se había infectado aún y rechazaba a una víctima sentenciada por la peste. Sin embargo, Isabel, cuyas reservas de lingotes en el banco garantizaban su inmunidad, tenía claro que su obligación era precisamente ayudar a las personas como él, a los desdichados y caídos de la tierra. Pero las normas eran las normas: funcionaban en las dos direcciones: hacia abajo igual que hacia arriba, y supo que era imposible desobedecer a su doncella y acercarse al hombre que lloraba aunque solo fuese para dejarle avergonzada una moneda en la mano.

En el coche de caballos, cuya elección fue un derecho que Staines se arrogó de forma natural, Isabel se sentó muy erguida al lado de la ventanilla abierta para disfrutar del escaso frescor que podía ofrecerle el aire de la ciudad. Después del momento de leve júbilo que sintió al salir de la estación había vuelto a sumirse en su anterior estado de aturdimiento. El ritmo constante del tren se vio reemplazado por el rechinar del acero de las ruedas en la calzada. Contempló el panorama de la ciudad que pasaba por la ventanilla como una serie de objetos expuestos detrás de un cristal. Se sentía mareada y embotada, como alguien a quien, después de una larga enfermedad, sacan a dar un paseo supuestamente vigorizante. Habían atravesado el parque y salido al cacofónico ajetreo de Knightsbridge. Miró a Staines, sentada enfrente, muy tiesa, con la mandíbula apretada y la escéptica mirada fija en la sucesión de escaparates adornados.

—¿Te alegras de volver a estar en terreno conocido? —preguntó—. Quiero decir, ¿te alegras de volver a estar en casa, aunque sea por poco tiempo?

La doncella se volvió hacia ella con una mirada fría e inflexible.

—¿Se refiere a Londres? —dijo. Hizo un gesto desdeñoso y encogió los hombros huesudos—. Este —añadió dirigiendo la punta de la nariz afilada hacia el elegante desfile de parasoles y chisteras de la acera abarrotada—, este no es mi Londres, señora.

Isabel respondió a aquel desaire con una sonrisa de ensayada vaguedad y una vez más volvió a refugiarse en sí misma, como entre los pliegues de una capa amplia que la cubriese por entero. Nunca conseguía enfadarse con Staines, o no mucho; sabía que el aparente desdén malhumorado y constante de la joven no era sino la máscara tras la que se ocultaba su incapacidad para demostrar su fascinada apreciación de la tolerancia y la lealtad de Isabel. Pues la doncella quería a su señora de un modo incoherente e inexpresable, y habría estado dispuesta, como podría haberlo formulado ella misma, a andar descalza sobre carbones encendidos si de ese modo podía arrancar una chispa del calor que tanto necesitaba Isabel. Después de reconocer ese hecho por milésima vez, Isabel se encontró con que sus pensamientos volvían a la cuestión, con la que en cierto modo estaban relacionados, del hombre que lloraba. Era verdad que nunca había presenciado en público semejante impotencia, semejante desventura y semejante pesar infantil por parte de un adulto, pero, después de los golpes que había recibido en los últimos tiempos, se extrañó de que no fuese algo cotidiano y corriente que pudiera verse en cualquier momento y en cualquier esquina: ¿por qué no éramos dados a estallidos periódicos de llanto público? Estaba convencida de que, en el conjunto de las cosas, el dolor del mundo inclinaría el fiel de la balanza de tal modo que el platillo de ese lado chocaría con un estruendo metálico contra el mostrador. Es más, se sintió tentada de pedirle al cochero que parase, apearse de un salto, volver junto a aquel desdichado y clamar su propia aflicción a los cuatro vientos; aunque por supuesto no lo hizo.

¿Cómo habría llegado el hombre a una situación tan lamentable? Por la intensidad de su llanto debía de haber reparado hacía poco en lo desesperado de sus circunstancias, aunque era evidente que llevaba bastante tiempo pasando apuros. Tal vez le hubiese acontecido una nueva desgracia. A Isabel le había dado la impresión de que no lloraba por algo en particular sino en general, como si ese día hubiese comprendido por fin lo triste y atormentada que era su vida, si es que se la podía llamar así, y la idea lo hubiese abrumado. ¿Debería haberse enfrentado a Staines y ofrecerle, a falta de otra cosa, al menos una o dos palabras de consuelo? Sospechaba que no debía de haber consuelo para un pesar como el suyo, pero su sospecha, por fuerte que fuese, no la exoneraba. ¿No era su deber, desde su posición ventajosa, tender una mano a los indefensos y heridos, a los que podrían haberse alzado en el cielo, pero habían caído y yacían ahora con el ala rota, estremecidos a sus pies en la acera? Su espíritu, lo mejor que había en ella, gimió de compasión por aquel hombre, aunque en otra región fría y calculadora de su conciencia ya se estaban erigiendo las defensas necesarias. Al fin y al cabo ¿qué podría haber hecho por el pobre desdichado? ¿Qué consuelo habrían sido para él unas palabras suyas? Dinero, sí, podría haberle dado dinero, y una cantidad muy cuantiosa, por cierto; pero ni siquiera eso lo habría salvado, porque ya no tenía salvación. No: era como querer ayudar a las almas perdidas en el Hades. Pero aun así…

II

En el hotel de Dover Street declinó ocupar las habitaciones que les habían preparado y pidió solo una para ella y una cama para su doncella. Eso causó un consternado ajetreo, y tuvo que intervenir el director en persona para resolver el asunto. Era un hombre grueso y melifluo con los bigotes encerados, levita y una ostentosa corbata de color gris oscuro prendida con un alfiler de diamantes. Aseguró a la «apreciada señora» que había reservado varias habitaciones: la orden había llegado por telegrama esa misma mañana desde Gardencourt. Isabel detectó la intervención de la madre de Ralph —la señora Touchett, por muy práctica que fuese, era incapaz de concebir que nadie se hospedara en un hotel si no era en varias habitaciones—, pero aun así insistió en su preferencia. A continuación se produjo una aparatosa consulta del registro acompañada de una serie de ceños fruncidos, suspiros y un rápido retorcimiento del bigote, y por fin la condujeron a una agradable habitación en el primer piso, donde imperaba la cretona florida y triunfal y había dos ventanas altas con visillos que daban a la estrecha y concurrida calle de abajo. Isabel, a pesar del aire todavía un poco ofendido del director, dijo que la habitación estaba muy bien, se dirigió a una de las ventanas, le dio la espalda y saboreó la evocadora fragancia de la muselina polvorienta hasta que el hombre se avino a retirarse entre educadas disculpas. Entretanto, Staines se encargó de supervisar el traslado del equipaje —el único resultado tangible de su enfrentamiento con el mozo de cuerda de la estación que notó Isabel fue un cierre roto en un maletín de cuero y una abolladura bastante grande en una sombrerera— y la colocación de las «cosas» de su señora.

Fuera en la calle la tarde se demoraba y aún brillaba el sol: el viaje en apariencia interminable desde Gardencourt, primero en calesín a lo largo del Támesis, con el equipaje amontonado en una carreta detrás de ellas, y luego en el veloz tren desde Pangbourne, apenas había durado dos horas en total. Isabel separó las cortinas ligeramente susurrantes, se adelantó hacia la ventana y apoyó la frente en el cristal para empaparse un momento de su fría y cortante suavidad. Staines terminó de desempaquetar y colocar las cosas, y se retiró a su propio cuarto, el silencio cayó sobre la habitación como un manto de rocío. Isabel cerró los ojos y se sumergió en la oscuridad detrás de los párpados como en la musgosa frialdad de un estanque en el bosque. Pero no pudo quedarse mucho tiempo, pues en esa oscuridad encontraría por fuerza a la sigilosa e implacable criatura de ojos amarillos de su conciencia. Era raro: era a ella a quien habían ofendido, y de forma muy grave, su marido y una mujer a quien había considerado, si no su aliada, tampoco su enemiga, y sin embargo era ella quien se sentía avergonzada. ¿O era su fracaso por no estar a la altura de las esperanzas y expectativas de su primo Ralph —unas esperanzas razonables y unas expectativas legítimas— el rastro que seguía ese animal del bosque? No lo sabía, no podía pensar; había muchas cosas que se entremezclaban e iban más allá de su capacidad para separarlas y evaluarlas una por una según sus propios méritos, sus propios deméritos. Sentía en su interior el apocamiento del pecador, pero no podía identificar el pecado.

Pero, aunque no pudiera señalar un pecado en particular, tenía muchas posibilidades a su disposición. Estaban el orgullo, sí, desde luego el orgullo, y la vanidad y el ensimismamiento complaciente, aunque Dios sabía la brusquedad con que la habían apartado del espejo Gilbert Osmond y Serena Merle, su marido y su… pero Isabel no pudo encontrar una palabra con la que definir apropiadamente a la inefable madame Merle. Era muy consciente del peligro de sucumbir al amor secreto por uno mismo con el que el pecador se regodea en su penitencia, por leve que sea. Adorada fue la última palabra que el agonizante Ralph Touchett había pronunciado en su presencia, y ahora reparó en que ella había dado por sentado que siempre la adoraría alguien, sin tener que adorar a nadie a cambio: eso era complacencia, eso era vanidad, eso era orgullo, afectos todos que habían servido para apuntalar su idea de sí misma como figura singular y una fuerza en el mundo, o al menos en su versión en miniatura del mundo. Y así la habían dejado vivir, feliz, en la casa de su propio yo, que, como ahora comprendía, no era mucho más grande que una casa de muñecas.

¿Feliz? La palabra la alcanzó y la devolvió bruscamente a la realidad que la rodeaba, la realidad de la luz del sol, de la calle, de los transeúntes, de la extraña y ajetreada transacción que suponía estar viva. Había vivido largos años con su marido —no habían sido muchos, pero sí largos— acurrucada en los abarrotados confines del hogar en miniatura que había creado con tanta habilidad. ¿Había sido feliz? Al principio, tal vez; pero esa primera parte complacida pronto había dado paso a una segunda parte lamentable, una situación que había acabado con una brusquedad tan violenta que sus nervios aún vibraban del golpe, como la horquilla de un diapasón. Ahora se volvía a plantear la pregunta que llevaba haciéndose desde que partió de Italia para estar ante el lecho de muerte de su primo, la pregunta de cuántas verdades acerca de la naturaleza y las circunstancias reales de su matrimonio había conocido sin llegar a decirse que lo sabía. Si había cometido una gran injusticia consigo misma y con los demás, tal vez fuese precisamente esa: que había forzado su propia ignorancia. Pero cómo, gritó para sus adentros, cómo podía haberlo evitado, con su marido y madame Merle incitándola a seguir en ese estado de ceguera, sosteniendo el velo tenso delante de sus ojos, el velo de seda maravillosamente perfumado? Y el hecho era, claro, que su marido no había vivido con ella en esa casa diminuta, sino fuera todo el tiempo, de pie a su antojo, con las manos en los bolsillos y agachándose solo de vez en cuando para asomarse y verla sentada con los brazos alrededor de las rodillas y la cabeza tan inclinada que apenas se le veía la punta de los pies.

Suspiró, allí en la ventana. Estaba cansada. Levantó los brazos y se apretó los dedos contra la frente. «Jaqueca» parecía ser para ella en esos tiempos el nombre de un estado permanente. Se dio la vuelta, regresó a la habitación y se quedó indecisa al pie de la cama enorme y un poco amenazadora. ¿Podría dormir en semejante extensión de plumas y muelles, de cutí y lana, de lino y satén? ¿Debía llamar a Staines para que le trajera un calmante? Tenía que haber cerca alguna botica abierta. No, no debía depender de paliativos artificiales, debía seguir adelante merced al ejercicio de su voluntad. Si no podía obligarse a dormir al menos podía forzarse a descansar. Sin embargo, la idea de tumbarse allí una hora tras otra, con la mirada perdida en una insondable oscuridad, la llenó de pronto de una especie de angustia. Apoyó la mano en el poste, se agarró con fuerza y se obligó a serenarse. Esta noche sería solo una noche más; pasaría, y vendría otro día. Fue hasta el armario, lo abrió, evitó de forma instintiva su propia mirada en el espejo encastrado en el panel interior de la puerta, y escogió un vestido de noche al azar. Menos de cinco minutos después se hallaba en el piso de abajo, preguntando dónde estaba el comedor. Sí, quería una mesa; no, no iba a acompañarla nadie.

Era pronto, y al principio pensó que el pequeño y oscuro salón estaba vacío. Qué expectantes parecían las sillas y las mesas engalanadas de plata, cristal y manteles, cuidadosamente colocadas por filas, como otros tantos bailarines dispuestos a zambullirse en un vals y esperando tensos el primer acorde de la orquesta. El maître apareció —otra levita, otra corbata gris hinchada como el pecho de una paloma—, la llevó murmurando a un sitio en el rincón y la instaló con mucha profesionalidad, aunque, a pesar de los modales blandos y obsequiosos del hombre, ella tuvo la sensación momentánea de que la había metido en la silla como un corcho en el cuello de la botella. Los restaurantes siempre le recordaban un poco al aula de un colegio, aunque excepcionalmente democrática y bien surtida, donde la hubieran enviado a recibir clase de una de las más elegantes y venerables disciplinas sociales. Le dieron la carta y mientras la hojeaba, como se hace cuando se realiza esta pequeña ceremonia, vio que en una mesa en el rincón del extremo había un caballero de aspecto más bien corpulento, con barba y cierta calvicie, que leía el periódico con la ayuda de unos quevedos. Rondaba, juzgó ella, la mediana edad, aunque seguía exhibiendo un vigor juvenil a pesar de la marcada redondez que tensaba los botones de la parte baja del chaleco. Este chaleco era el único aspecto levemente notable de sí mismo que ofrecía a los ojos del mundo, pues aunque la chaqueta y la pajarita eran negras y discretas, y el cuello almidonado era un pilar de prístina blancura, su alegre chaquetilla —que es como la llamarían en casa— tenía bandas verticales alternas de color azul cielo y satén amarillo. Semejante estallido de color le hizo pensar en quién podía ser: ¿alguien del mundo del teatro, tal vez, un representante de actores o incluso un dramaturgo? Vio, por la destreza con que plegó el periódico para apoyarlo con más comodidad en la jarra del agua, que estaba acostumbrado a comer solo. El hombre reparó en que lo estaba observando, alzó la cabeza y la miró con brusca franqueza por encima de la montura de acero de los quevedos prendidos en el puente de la nariz. Ella esbozó una leve sonrisa, que él no le devolvió, no por frialdad u hostilidad, al parecer, sino como si pensara que cualquier gesto de educada reciprocidad por su parte sería superfluo. Continuó mirándola unos instantes, con mucha calma y sin descaro, solo viéndola tal como era. ¿La conocía, se habían visto alguna vez, en alguna parte? Le pareció familiar en cierto sentido, pero había llegado a una etapa de su vida en la que cualquiera que se apartara de la multitud el tiempo suficiente para observarlo un momento se lo parecía. No obstante, tuvo la impresión, atrapada en la mirada fija de esos órganos tan portentosamente abiertos, de un gris brillante y un tanto saltones, de que la estaba observando y valorando… no, volviendo a valorar; se sintió como un retrato con el que él, el retratista, se hubiese topado de pronto, colgado en la pared de una galería en la que había entrado por casualidad, y delante del cual se había parado para ver cómo había envejecido su obra con los años y cómo había afectado el tiempo a la calidad del pigmento.

«En casa», eso era lo primero que se le había ocurrido, que en casa al chaleco del hombre lo habrían llamado una chaquetilla. Se arrellanó en su asiento, sorprendida de sí misma. Estaba convencida de que hacía mucho que había dejado de pensar en ese Behemoth varado al otro lado del Atlántico como en algo parecido a una casa. Pero ¿no es allí, a casa, donde corre el niño herido, en busca de seguridad y consuelo? ¿Y qué era ella, una vez más, sino una niña, y una niña herida, por mucho que su lado más adulto y más cuerdo se quejase indignado? Herida, sí, herida y —no tenía más remedio que confesarlo— sin casa.

El camarero llegó, y ella le pidió lo que quería; y, antes de que el joven se diera la vuelta con la carta en la mano enfundada en un guante blanco, ya lo había olvidado. Estaba pensando en el día siguiente, y ahora reparó en que había olvidado enviar un telegrama. Llamó al que pensó que era el mismo camarero, aunque resultó ser otro —había tantos y eran tan parecidos— y le pidió que le llevara a la mesa un formulario telegráfico y un lápiz. Su primera visita del día siguiente sería al banco, y a la hora de comer esperaba ver a su amiga —o más bien debería decir a su conocida, pues su relación no iba más allá— la señorita Florence Janeway, en su casa de Fulham. La visita al banco sería de lo más tedioso, con los revoloteos y cumplidos de costumbre, pero lo de la señorita Janeway era muy distinto, aunque fuese la propia Isabel quien había propuesto la visita que el telegrama que estaba a punto de escribir se encargaría de confirmar. Tenía la sensación de que necesitaba hablar con alguien, algo que nunca había necesitado antes, si por hablar entendía exponer hechos y sentimientos para contar con el beneficio de un par de ojos adicional, otro instrumento de medida para ubicar y juzgar. ¿Era eso lo que imaginaba, lo que esperaba de ella, de la señorita Janeway? Había otras personas en esta ciudad a quienes podía recurrir, una de ellas era su amiga —y era una amiga sincera, se mirara como se mirase— Henrietta Stackpole, con quien se iba a alojar la noche siguiente, en su casa de Wimpole Street, antes de partir de regreso a Roma. La señorita Stackpole, no obstante, la buena, decente y siempre sensata Henrietta, estaba enfadada con Isabel por demasiadas cosas como para que a Isabel se le ocurriera utilizarla de caja de resonancia. No, tendría que dejar «reposar» a Henrietta al menos un día más. Lo que necesitaba Isabel era el punto de vista alejado, e incluso remoto, de la señorita Janeway, que confiaba en que no la acusaría ni absolvería. Y, no obstante, pese a todo, la pregunta seguía siendo por qué necesitaba que alguien la acusara o declarase inocente. Si necesitaba un confesor, las naves de muchas iglesias londinenses estaban repletas de confesonarios.

Sabía muy bien, claro, que con quien quería hablar era consigo misma, pero su voz se había vuelto tan débil y su oído tan duro que, si hacía falta, tendría que hacerlo a través de otro, incluso aunque ese otro fuese poco más que un desconocido. Era un riesgo, un riesgo peligroso, pero tenía que correrlo.

Los dos camareros indistinguibles se presentaron a la vez ante su mesa, uno con el formulario del telegrama y el otro con el pescado. Escribió un mensaje a la señorita Janeway y luego concentró su atención en el plato. La porción que había en él era grisácea, y estaba untada con una salsa beis sobre la que había empezado a formarse ya una costra firme, pero temblorosa. Los ermitaños del desierto no debían de ser mucho más gourmets que Isabel Osmond, pero aun así a ella no dejaba de sorprenderle la inventiva de los cocineros ingleses para transformar una comida de lo más presentable en una porquería que cualquier colegial francés o italiano solo se rebajaría a probar por una apuesta. Tanteó con cuidado el pescado con el tenedor, apartó un poco de carne sin contaminar con la salsa y lo masticó con la triste resignación de un rumiante. Miró hacia la mesa que tenía enfrente, tal vez con la intención de intercambiar una mirada comprensiva con su otro compañero de fatigas, y comprobó sorprendida que el caballero corpulento había dejado la mesa. No entendió cómo se las había arreglado para marcharse sin que ella se diese cuenta. No parecía haber tomado nada, y la única prueba de que había estado allí era el periódico plegado que él había dejado y que seguía ahí, apoyado con pericia en la jarra. Sintió una oscura decepción al verse abandonada con tanta rudeza a la soledad del comedor sombrío. Pero ¿qué se esperaba ella, qué creía haberse perdido? No podría haber respondido a las amistosas insinuaciones de un desconocido, por muy considerado o educado que fuese, sola en la mesa del comedor de un hotel. No obstante, la forma en que la había mirado, con esos ojos tranquilos, sinceros e inflexibles, parecía haberle ofrecido… ¿qué? Comprensión no, desde luego, y en cualquier caso la habría rechazado; ¿algún tipo de sustento entonces? La palabra acudió a su imaginación, pero no estaba muy segura de qué significaba en el contexto de ellos dos aislados el uno del otro y lo más alejados posible del contacto directo o de la comunicación que permitían las dimensiones del salón. Pero, sin duda, misteriosamente, lo echaba de menos ahora que se había ido. Lo sintió como si fuese una enferma andando con dificultad por un terreno difícil que hubiera reparado de pronto en que una mano que llevaba ayudándola desde hacía tanto tiempo que había dejado de notar su apoyo se hubiese apartado de pronto y la hubiese dejado seguir sola. Era absurdo, absurdo, se dijo. ¡Urdir semejante fantasía acerca de una persona a quien no había visto antes y a quien muy probablemente no volvería a ver jamás!

El camarero llegó y se llevó su plato.

III

El gran edificio de piedra gris parecía contemplar la calle iluminada por el sol con las aletas de la nariz dilatadas por una reprensión y un desdén doloridos. No obstante, las grandes puertas le franquearon el paso de muy buena gana. Dentro reinaba un silencio catedralicio y pálidos jóvenes vestidos de negro y con el cuello de la camisa almidonado atendían el mostrador con una devoción y un celo sacerdotales. Después de dar su nombre la condujeron a una sala de espera forrada de paneles de roble, donde un momento después apareció una persona altiva de aspecto gélido y la nariz muy larga, blanquecina y afilada que dijo llamarse señor Goresby. Aunque su cargo, que ella apenas oyó, era el de subdirector de no sé qué, estaba claro por la comedida majestuosidad de sus modales que era consciente de ser depositario de una gran autoridad. Estrechó muy serio la mano enguantada de Isabel e hizo una rígida reverencia. Ofreció sus condolencias por el triste fallecimiento del «joven señor Touchett», luego carraspeó y comentó lo benigno que estaba siendo el tiempo. Detrás de la fría suavidad de su aspecto ella detectó un brillo leve pero animado: «Así que esta —lo imaginó diciéndose— es la famosa joven heredera de la que tanto hemos oído hablar y exclamar».

Se sentaron a una mesita circular y les sirvieron el té. Nadie le ofreció ese refrigerio, de lo contrario lo habría rechazado, pues no quería pasar más tiempo del necesario en aquel opresivo panteón. Sabía que no era más que un banco, tan impersonal y ajeno como podía serlo cualquier otra institución, pero le recordaba ciertas cosas en las que prefería no pensar, como el peso de su fortuna, que por una intrincada red de relaciones hacía que la carga de su pena por la muerte de su primo Ralph resultase aún más difícil de soportar. El señor Goresby removió el contenido de su taza y preguntó educadamente por sus planes inmediatos: ¿pensaba volver a Roma, donde según tenía entendido estaba su principal residencia, o debía atender algún otro asunto en Londres? Ella respondió que partiría para Roma la tarde siguiente, y luego se sorprendió al oírse añadir que tal vez se detuviera un día o dos en París. Frunció el ceño y apartó la mirada; no sabía de dónde había salido la idea de ir a París —se le había ocurrido en ese mismo instante— y le extrañó. ¿Qué había en París que pudiera retenerla? ¿Sería solo una estratagema para retrasar la vuelta a Roma y todo lo que la esperaba allí? En ese caso, no faltarían ciudades por el camino que estarían encantadas de ofrecer hospitalidad a una joven adinerada, a una «viuda», reparó con sorpresa, de hecho con sobresalto, en que era la palabra que se le había ocurrido al principio; un tributo inconsciente a su difunto primo, pensó, pero también tal vez, de manera alarmante, el indicio de una idea más tenebrosa, un deseo más tenebroso, ante cuya posibilidad misma notó que empezaba a ruborizarse por la culpa.

Ahora dejó la taza y, con una firmeza que comprendió que rayaba en la grosería, desvió la conversación al asunto que la había llevado allí. Quería, anunció, retirar una suma de dinero en metálico. El señor Goresby enarcó las cejas con calma y dijo que, por supuesto, estaría encantado de facilitarle la transacción y se encargaría de supervisarla en persona. No obstante, cuando Isabel le dijo la suma que quería retirar, él se estremeció de forma que la taza y el platillo que sostenía entrechocaron breve, pero claramente.

—Mi querida señora Osmond —suspiró—, es una cantidad muy grande, para retirarla en metálico.

Eso la hizo vacilar, y sentir un destello de desconfianza que la llevó a estremecerse a su vez. La verdad era que no quería sacar el dinero para nada en particular y había fijado la suma por capricho. De hecho, solo entonces, al notar la sorpresa del empleado del banco, se preguntó por qué querría llevar encima, ella misma, una cantidad tan considerable de dinero, ¿qué pensaba hacer con él? No lo sabía. ¿Habría nacido aquel impulso, que no se había cuestionado hasta entonces, del ansia primitiva de seguridad y tranquilidad que dan el acopio y la acumulación? Se sorprendió de sí misma, pero esa sensación de apocamiento la empujó a adoptar una actitud más decidida, e incluso descarada, así que miró al señor Goresby a los ojos, repitió su petición y reafirmó la sorprendente suma. Él tragó con dificultad —Isabel vio cómo le temblaba la nuez— y con la sombra de una sonrisa intranquila se excusó, se puso en pie y fu ...