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LA SEñORA OSMOND

John Banville  

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Fragmento

I

Había sido un día de inquietudes y sobresaltos, de humo, vapor y polvo. Aún sentía, la señora Osmond, el espantoso impulso y el ritmo de las ruedas del tren golpeando una y otra vez en su interior. Era como si todavía estuviese sentada junto a la ventanilla del vagón, tal y como había pasado unas horas que se le hicieron increíblemente largas, con la mirada perdida en la plácida campiña inglesa que se alejaba de ella sin cesar con todo el esplendor de los claros tonos verdes de la tarde de principios de verano. Sus pensamientos se habían acelerado al compás de la velocidad del tren, pero, a diferencia de este, sin ningún propósito. De hecho, jamás había notado de forma tan aguda aquella precipitación mental, inconsciente e irrefrenable como desde que salió de Gardencourt. La bestia enorme, humeante y ruidosa que había hecho con brusca impaciencia una pausa en la pequeña y humilde estación del pueblo y había permitido que ocupara su sitio en uno de los últimos compartimentos —sus dedos aún conservaban la sensación de la felpa caliente y el cuero grasiento— aguardaba ahora jadeante después de tan titánico esfuerzo bajo el alto dosel de cristal ennegrecido por el hollín de la ajetreada estación terminal y vomitaba sobre el andén su dotación de viajeros aturdidos y desaliñados y su batiburrillo de equipajes. En fin, se dijo, al menos había llegado a alguna parte.

Staines, su doncella, apenas se había apeado del tren cuando se enzarzó en una discusión con un rubicundo mozo de cuerda. De no haber sido mujer podría haberse dicho que Staines era un tipo con un corazón de roble. Era alta y enjuta, una persona que era todo aristas, de muñecas largas y pies grandes, y una mandíbula que recordaba la hoja de un hacha primitiva. En los años que había pasado al servicio de la señora Osmond, o, en vista de lo unidas que estaban, sería mejor decir en los años que llevaban juntas, la devoción de Staines por su señora no había disminuido un ápice. En el largo período de exilio en el sur había puesto a prueba su paciencia hasta el punto de tolerar los mercados italianos, la cocina italiana y, lo que requería una templanza aún más beatífica, las tuberías italianas. De hecho, tal era su constancia que a veces la señora Osmond —Isabel— anhelaba con tristeza pasar medio día lejos de la incesante y pétrea solicitud de su doncella. En los viajes que habían hecho juntas recientemente, la principal prueba y demostración de la lealtad de Staines había sido un estado permanente de enfado no solo por el descaro de los mozos de cuadra, los conductores de coches, los limpiabotas y demás, sino también por lo que consideraba la obcecada credulidad, el deplorable candor y el incurable buen corazón de su señora. Ahora, mientras la doncella, con el sombrero agitándose mucho por la intensidad de su indignación, regañaba al mozo de cuerda por algún defecto indeterminado —como londinense, estaba ejerciendo su derecho a discutir con los suyos en su ciudad—, Isabel se apartó con la perpleja delicadeza de modales perfeccionada a lo largo de años de tantas confrontaciones similares entre la obstinación de Staines y la contumacia del mundo.

Estaba deseando llegar al hotel y a sus espacios frescos y en sombra que respiraban tranquilidad, donde podría sentarse totalmente inmóvil un buen rato y dejar que su agitada imaginación se calmara por sí sola. Si pudiese dejar de pensar, descansaría, pero ¿cómo llevar a cabo tan maravilloso ardid? La muerte pocos días antes de su primo Ralph Touchett en casa de su madre en Gardencourt —le parecía extraordinario pensar que había habido un momento exacto, medible, señalado por un movimiento del reloj, en el que para él había empezado la eternidad— la había dejado con una tarea difícil de solucionar, como un ejercicio de álgebra o de geometría. La ecuación que se le pedía resolver no era ni más ni menos que encontrar la forma apropiada de llorar el fallecimiento del joven. Lo cierto era que ya no podía decirse de su primo que fuese joven, pero así era como ella pensaba en él, y como sin duda pensaría siempre. Tal vez fuese esa la parte principal de la dificultad: que parecía escandaloso verter lágrimas por una persona cuya vida había estado tan marcada por la lenta devastación de la enfermedad que lo consumía que apenas podía decirse que hubiese tenido vida. Nada más pensarlo, se lo reprochó a sí misma. ¿Quién era ella para juzgar la calidad de una vida, por breve o trabajosa que hubiese sido? Detrás de aquel reproche, no obstante, se ocultaba una formulación más oscura e irrefrenable, que era que la vida más intensa que había vivido Ralph la había vivido a través de ella, de un modo vicario y apasionado, observando con sonriente asombro desde su butaca de primera fila sus vuelos vertiginosos, sus giros con las lentejuelas, de aquí para allá en la luz polvorienta de arriba, ay, muy arriba, bajo la enorme e imponente carpa. Haber vivido a través de otra persona, aunque fuese alguien a quien decía adorar, esa había sido la altura del triunfo de Ralph, y la profundidad de su fracaso. Cuánto deseaba ahora haber sido capaz de la grandeza que él había ansiado ver en ella, esos brincos airosos, esas piruetas cada vez más elegantes suspendida en el aire, esos leves aterrizajes sobre un solo dedo, esas amplias reverencias con los brazos extendidos como el cuello de un cisne. Si lo había elevado, también lo había hundido. Lo que él no podría haber esperado, lo que no habría creído posible en alguien tan equilibrado como ella, era la gigantesca y catastrófica caída desde las etéreas alturas que había precipitado su boda con la persona totalmente equivocada.

Ahora oyó a su espalda unos pasos de una firmeza inconfundible, y un instante después Staines asomó por detrás de su hombro con el ralo plumaje erizado y enhiesto, así que se preparó para la inevitable reprimenda.

—¡Vaya, está usted aquí, señora! —exclamó la doncella, que tenía una voz tan fuerte y enérgica como el resto de su ser—. La he buscado por todas partes entre esta multitud que no hace más que dar empujones.

—Me he limitado a seguir andando —se quejó Isabel con tibieza y una sonrisa propiciatoria. Staines, no obstante, no estaba dispuesta a dejarse aplacar, y su señora aguardó, casi con interés, con tal de saber cómo habría ella de verse involucrada en esa discusión en el andén si no había reparado más que en una mirada turbia y airada del mozo de cuerda y en una palabrota dicha a su espalda en voz baja.

—¡Vaya sujeto tan descarado! —dijo la doncella, hinchando las mejillas como hacía cuando estaba enfadada—. Pero le aseguro que le he soltado cuatro frescas —hizo una pausa, para enganchar la flecha a la cuerda del arco, y cuando continuó lo hizo en un tono que traslucía más pesar que reproche—. Claro que, de haber sabido que estaba usted de luto, no me cabe la menor duda de que habría mostrado una actitud muy distinta.

Isabel contuvo la sonrisa. La velada pero mordaz referencia de su doncella venía a cuento de la disputa que ella y su señora habían tenido, antes de partir de Gardencourt, a propósito del brazalete de luto, una disputa en la que, extrañamente, se había visto obligada a ceder la más decidida de las dos combatientes. En efecto, la doncella le había ofrecido, con un gesto solemne a juego, un brazalete de crepé negro totalmente aceptable y habría sido difícil decir cuál de las dos se había sorprendido más cuando Isabel se negó, con educada firmeza, a que se lo enganchara en la manga del abrigo de viaje. Al cabo de un segundo de estupefacción, la doncella empezó a protestar, pero de nada sirvieron sus quejas; fue una de esas ocasiones, raras pero memorables, en las que la señora echaba mano a la espada y la doncella retrocedía con prudencia. La señora Osmond se negaba a ponerse el brazalete negro y no había más que hablar. Por supuesto, Staines había refunfuñado, y había aguardado el momento oportuno, hasta ahora, que la hoja centelleante de su señora estaba de nuevo segura en su vaina, para arriesgarse a devolver la estocada.

—Sí, estoy segura —añadió con una especie de reproche en el tono de voz—. Seguro que incluso un rufián como él habría demostrado un poco de respeto por quien ha sufrido una pérdida, si hubiese tenido forma de saberlo.

Isabel no respondió; había descubierto, con los años, que un silencio distante y discreto era a menudo la respuesta más eficaz a las provocadoras insinuaciones de su doncella. Lo cierto es que ella misma no sabía muy bien por qué se había negado, hasta el borde mismo de la vehemencia, a ponerse aquello en la manga. Tal vez le pareciese exagerado hacer tanta publicidad de su dolor y que habría sido una violación del decoro e incluso de la modestia más elementales. Por otro lado, estaba segura de que a Ralph le habría encantado verla envuelta de pies a cabeza en bombasí negro, con velo oscuro, faja y demás, pero solo para burlarse y reírse de ella a su manera irónica y cariñosa. Así que ahora pensó que, después de todo, tal vez debería haber transigido con la inofensiva convención del brazalete, aunque solo hubiese sido para proporcionar al espíritu de Ralph un momento de diversión allí donde se hallaba ahora, en ese reino de las sombras donde sin duda agradecería la oportunidad de esbozar la más lánguida de las sonrisas. Le había dado tanto, y había pedido tan poco a cambio…

Al salir por fin de los cenicientos confines de la estación, se sintió como si se hubiese sumergido en algún medio cristalino, limpio y vaporoso que fuese al mismo tiempo más y menos que el aire. Había vivido tanto tiempo sometida a los rigores meridionales que Londres le parecía casi inmaterial, sin contornos definidos. Incluso a la luz del sol, como en ese momento, la ciudad tenía un lustre perlado, y sus sombras eran de un profundo tono malváceo. También la muchedumbre, que iba tejiendo de aquí para allá su tapiz infinitamente ca

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