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LA SINFONíA DEL TIEMPO

Álvaro Arbina  

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Fragmento

1

Waterloo Station, Londres, 2 de febrero de 1914

Era inevitable, solo la mujer permanecía inmóvil.

La locomotora aguardaba entre vapores de humo y agua, con sus carrillos piafando como corceles de acero, aprisionados bajo la cubierta acristalada de Waterloo Station. Entrevistos en la bruma, los pasajeros ascendían a los vagones, que se perdían en la distancia de las vías, donde el invierno descolgaba una fina cortina de nieve. Una vez más, la enorme máquina rugió, alentada por los silbatos del jefe de estación. Se retorcía de dolor, la pobre bestia, cuando comenzó con su arrastre de los vagones, entre chirriar de ruedas y crujir de ejes, hasta desaparecer en el horizonte baldío de hangares y trenes abandonados.

Poco después otra locomotora asomó en el espejismo de la anterior, donde las vías se fugaban, respirando aquellas máquinas de viajeros. Se detuvo con su tempestad de vapor, con sus pitidos y su incesante vaivén de corrientes humanas, envueltas por nieblas que olían a electricidad y combustible. Y de nuevo el lento emprender, las despedidas, el traqueteo apagándose en la lejanía, los perfiles de la estación emergiendo de las nebulosas huidizas.

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Era inevitable, Waterloo Station exhalaba su aliento eterno, un océano oscilante de trenes y almas anónimas que iban y venían, como el reloj del andén y sus agujas malditas. Y ella permanecía inmóvil. Sola. Esperando.

Cerró los ojos, conteniendo el temblor de sus párpados, de sus mejillas, de sus manos desnudas al proteger su vientre. Un cálido aliento calmó sus escalofríos. El sol rojizo asomaba al oeste, sobre el bosque desdibujado de factorías y chimeneas, y convertía la nieve en mariposas de luz.

—¿Se encuentra usted bien?

El jefe de estación la observaba, corpulento, con su recio gabán de botones dorados, su bigote grueso y la mirada mansa bajo la gorra ferroviaria. Extrajo un reloj de plata y consultó la hora.

—Son más de las cinco, señora. Lleva aquí desde el amanecer. ¿A quién espera?

La mujer parpadeó, lentamente, al compás de la nieve. Sus dedos se angustiaron, aferrados al abrigo, protegiendo el vientre.

—A mi esposo.

Elsa Craig volvió al día siguiente y aguardó inmóvil, bajo su abrigo de tweed, como una isla varada en el discurrir del mundo. Aún sobrevivían los rescoldos de la primera espera, esa emoción siempre nueva, que resplandecía en cada trozo de su universo, como si cada una de sus piezas, hasta la más insulsa, estuviera iluminada por una luz interior. Tal vez fuese digno llamarla por su nombre, al menos en aquel instante fugaz, cuando la primera locomotora abrió sus entrañas y ella buscó el sol de todas sus estrellas, aquel rostro sonriente que debía haber emergido, el de su reciente esposo.

Felicidad. Ella también oscilaba, participaba en el vaivén de la estación, de las horas y del mundo. Se había fugado con el primer oleaje ferroviario y había vuelto, algo más frágil, con el siguiente. Y así, en incólume constancia, iba y venía, desprendiéndose de Elsa Craig, hasta extinguirse en cenizas.

El reloj de cuatro caras pendía de la cubierta, confuso entre la maraña de cables y vigas, con sus agujas de bronce empujando los días. Elsa continuó allí, anclándose en el andén cada mañana, sin conciencia del tiempo, presenciando llegadas de la compañía South Western Railway, que unía Waterloo Station, en el corazón de Londres, con Portsmouth y las ciudades del sur.

Benjamin Craig había viajado a París, embarcando en la ciudad portuaria con intención de buscar fortuna en la célebre Galerie Vollard, donde habían expuesto Cézanne, Van Gogh y Picasso, o en cualquier galería de arte que salpicara sus calles de ensueño. Tres semanas escudriñando cualquier oportunidad, como la marea de escritores, poetas, pintores y artistas de cualquier índole que vagaban entre sus bulevares glamurosos, mientras la ciudad devoraba sus bolsillos y los abocaba a una inhóspita habitación sin estufa, en alguna callejuela apartada de Le Marais. Tres semanas consumidas días antes, la primera mañana de gélida espera. El 2 de febrero, como rotulaba en su billete de vuelta. Elsa lo recordaba con claridad.

Su entereza se apagó antes que la esperanza. Los operarios de la estación la vieron desplomarse al séptimo día, sin previo aviso, con la mano aferrada al vientre.

2

Avingdon Street, Londres, 8 de febrero de 1914

El atardecer fulguraba en la amplia vidriera, arrancando tintes cobrizos a las molduras de hierro repujado. La luz se filtraba en el horizonte, a través de un desgarrón de las nubes, y se colaba en su pequeña buhardilla de Avingdon Street, como si nada escapase a su ojo dorado, ni siquiera su cálido hogar, escondido e insignificante en mitad de la jungla londinense. Elsa percibió el reflejo de su rostro al acercarse al cristal, fundiéndose con el vasto panorama de la ciudad.

El Támesis exhalaba su incesante niebla, desdibujando muelles, puentes de acero y arboladuras de embarcaciones. Más allá, Londres emergía de sus orillas brumosas como un bosque infinito, perdido en su propia inmensidad, con miles de construcciones y columnas de humo, hacinadas, superpuestas, engullidas entre sí. Retazos de viviendas, de fundiciones, de hornos, de cobertizos y talleres, parecían alzarse con un alma gris, inmune a la luz del cielo, que se recortaba por las agujas de iglesias y chimeneas.

De vez en cuando, como una nota discordante en el caótico perfil, asomaban aislados símbolos de belleza, lo más destacado del ingenio humano, que había goteado allí su arquitectura más esplendorosa. La cúpula de la catedral de St. Paul, los muros feudales de la Torre de Londres, la urna vidriada del Crystal Palace, el cercano Palacio de Westminster y la Torre del Reloj con sus formas góticas y estilizadas punzando el cielo como lanzas de flecha. En su custodiado interior bombeaba el corazón del Imperio, un músculo insaciable, que bebía de una quinta parte del mundo, esquilmando a India, Canadá, Australia y gran parte de África. Sin embargo, lejos de glorias victorianas del pasado, aquel febrero de 1914 el gobierno liberal del ministro Asquith languidecía ante una lluvia de plagas. Huelgas de obreros, de carboneros, de marinos y estibadores, movimientos sufragistas con campañas ensordecedoras a favor del voto de la mujer, militantes que rompían ventanas en los distritos y usaban ácido para quemar sus lemas en los campos de golf, huelgas de hambre en prisión, y crisis de identidad nacional como la de Ulster, con la autonomía de Irlanda y la inquietante sombra de una guerra civil. Y como de costumbre, en la Cámara de los Comunes de Westminster, frente a la buhardilla de los Craig, mientras Elsa perdía la mirada en divagaciones inciertas lejos de cualquier asunto político, los tories conservadores estrujaban la soga, cortando el aliento de la gran democracia de Europa, fieles a su arraigada fórmula de gobierno. La de la oposición acérrima, en ocasiones a costa del sentido común.

El silbido del samovar la despertó de su letargo. Elsa se volvió, temblorosa aún bajo el suéter de bordado inglés, y buscó revivir con la tacita de té humeante. Se acomodó en el sillón de terciopelo verdemar, arrimándose las piernas al pecho, encogida junto al fogón como una niña huérfana, mientras la mirada vagaba por aquella salita convertida en taller. Allí, en aquel cobijo de ladrillos negruzcos, entre libros, pinceles, frascos de pintura, barnices y aceites de linaza, había tropezado con el sabor de la vida. De nuevo, tras años de paladar dormido.

Sus ojos fondearon en el escritorio, que la aguardaba en su rincón deslucido por el polvo. Jamás lo había abandonado, desde que arribara a aquel hogar y compartiera sus días junto a las pinceladas silenciosas de Benjamin. Allí, entre crepitares de chimenea y olores de lienzo, Elsa desempeñaba lo que mejor sabía: deslizaba cuartillas en el tambor de la Smith Premier y conjuraba imágenes. Rebuscaba en su interior, absorta en el incesante eco del tecleo, cosechando lo sembrado por años de vida propia y vida ajena, implacable, como una ladrona de emociones. Peleaba cada palabra, cada frase, escribía y reescribía con la ansiedad del último suspiro, en un desahogo oculto que la purgaba por dentro.

Nacida en 1883 en el seno de una gran familia de industriales vascos, había emigrado de su país a los veinticinco años, tras una infancia restringida, educada por las monjas y guiada por las confesiones del párroco hasta en las mayores nimiedades, en un camino plácido e inmutable hacia el matrimonio que adormecía cualquier espíritu emprendedor y que valoraba como pecado todo anhelo de emancipación. Tras el incidente que trastocó su vida, sus padres le permitieron marchar en un vapor de la Compañía Trasatlántica, dejándola fundirse en el horizonte, como una fugitiva de la vida burguesa que huía hacia el olvido.

Y olvidar es lo que había buscado en el St Hugh’s College, primera universidad femenina de Oxford. Se había graduado en literatura inglesa, tras años de jornadas absortas de estudio, sin conciencia de un tiempo que no penetraba en su celda del college, llenando su mente con nuevas palabras, con gramática, con sintaxis, con teoría lingüística, presionando los recuerdos hacia el exterior. Un sueño al principio virtuoso, el de esclarecer los entresijos de la lengua de Jane Austen, de Charles Dickens, de Oscar Wilde, el de emular su magia con las páginas, el de hacer sentir a otros lo que ella sintió con sus obras, halladas en la adolescencia. Un sueño convertido después en necesidad, en desahogo ávido, en sueño desfigurado. Al graduarse, manifestaba un dominio tan deslumbrante, una lucidez tan diáfana, que la lengua aprendida parecía desaparecer al emplearla, relegándose a un segundo plano, dejando que los juicios más profundos brotaran con fluidez, sin trabas, sin filtros torpes, como un fiel reflejo de su primera imagen. Escribía para diarios y revistas, con reportajes y crónicas de sociedad, y participaba en publicaciones periódicas, con relatos breves y novelas seccionadas por fascículos, de gran acogida entre el público londinense.

Benjamin era pintor impresionista, estudioso de Monet, enamorado y retratista incansable de la campiña inglesa. Un paisaje anodino y melancólico a ojos de Elsa, que él sin embargo contemplaba durante horas, en algún cobijo rural de Surrey Hills, escudriñando con obstinación el ardid misterioso de la luz, de las estaciones, arrancando tintes de belleza inexistente a senderos acolchados de hojarasca, a piedras, a arbustos, a prados verdes, a cielos cubiertos. Cuanto más insípido fuera el día, más ahínco manifestaba. Aquel era su cometido, extraer el esplendor de las cosas, extirpar el jugo insondable de la vida. Y se entregaba a él con locura, aunque tuviera que malvender sus obras en alguna galería de baja estofa, a precios irrisorios que subsanaba como transportista en los almacenes Harrods.

Se conocieron en el Coliseum Theatre, en la Navidad de 1910, cuando El Gran Lafayette, uno de los ilusionistas más excéntricos vistos jamás en Londres, asombró al mundo con su obra El Carnaval de Magia. Coincidieron en asientos contiguos y algo se agitó en ellos aun sin verse, solo con el magnetismo de sus cuerpos, con el calor imaginado de una presencia cercana. Se sucedían las bailarinas, los telépatas, las proyecciones de bioscopio, los trucos de cazapalomas, de prestidigitación, de apariciones y desapariciones; el público estallaba en aplausos, en carcajadas, en rodillas golpeadas con fruición. Ellos, en cambio, atendían a las sutilezas del otro, atentos al más ínfimo gesto, un cambio de postura, una leve inclinación, un fugaz roce de brazos. Se miraron al finalizar, y al día siguiente, en la misma función y en el mismo asiento, volvieron a coincidir.

Benjamin Craig emergió en su vida y realizó lo impensable: acopló con minuciosidad de relojero los resortes que movían a Elsa, como si se apoyara en instrucciones ocultas, en planos desconocidos con bosquejos de su interior. Despertó regiones delicadas de su memoria, y le enseñó de nuevo a tejer confianza, a entrelazarse con hilos de intimidad. Por primera vez desde la infancia, la guio por debajo del crepúsculo fulgurante, en campiñas dispersas de Richmond Park, a las afueras de Londres, hasta empacharse de estrellas como dos adolescentes. Fueron meses de sutil acercamiento, de inmersión en un sueño de ojos abiertos, con paseos por Hyde Park y Oxford Street, con adquisiciones en los almacenes de Brompton Road, con noches de fantasía en el Royal Opera House y amaneceres compartidos en prados húmedos de rocío, cuando el mundo parecía no haber sido aún hollado.

Una ruta de pasos instintivos que se alargó durante meses, y que le llevó a amarla allí, en aquel camastro anodino de Avingdon Street. Lo hizo con tal devoción y ternura, con pausas tan bien medidas, que ella dejó destaparse de corpiños, fajas y broches de ajustador, hasta mostrar su cuerpo desnudo y horizontal, oculto durante años. Benjamin transitó por su piel temblorosa, en silencio magnético, bajo el leve resplandor de la ciudad, agrietando con caricias la áspera coraza que preservaba su alma. Propagó sus besos con paciencia, hasta cubrir cada poro, cada palmo de sus intimidades, hasta alejar los fantasmas del pasado y prender en ella nuevos besos, roces mutuos y alientos compartidos. Aquella noche, Benjamin Craig liberó a la verdadera Elsa, como un ilusionista de los teatros con sus bellas ayudantes sumergidas en tanques de agua. Realizó lo imposible para ella y lo posible para alguien como él, creyente por naturaleza y consciente de que los milagros viven de la perspectiva. Reavivó una felicidad extinta, destapó a la mujer necesitada de ternura que nunca había dejado de ser.

Fue tiempo después, en aquel vaivén de la vida que se tragó dos años y un casamiento breve, con presencia acotada de las dos familias en una parroquia de Pentonville, cuando Elsa creyó enfermar. La fría humedad del Támesis, la luz del día, los hedores de la calle, todo parecía causa de fragilidad, de arcadas, vómitos y sopores eternos. Hasta que los síntomas se hicieron evidentes y ella supo que estaba embarazada.

Soy feliz.

Las dos palabras que encierran la esencia del mundo. Tan quebradizas, tan poderosas.

Elsa las habría pronunciado, de no ser por el temor a verlas desvanecerse. Porque son de vaivén sigiloso, surgen y se esfuman a hurtadillas, arrastrando consigo un rumor de serena alegría, que solo se percibe cuando ya no está. Pero Benjamin lo hizo por ella, y sus atenciones se realzaron con caricias renovadas, palabras dulces y el oído adosado a la piel tersa de su vientre, como si fuera una puerta hacia su mejor obra de arte.

—Ya lo oigo —decía.

—Aún es pronto, Benjamin. La imaginación te traiciona.

—Bendita imaginación que traiciona siempre.

—Son mis tripas.

—Me encantan tus tripas, querida. Cocinaré algo.

Hizo suyas las riendas domésticas, a pesar de la oposición de Elsa, y sembró la buhardilla de propósitos para el futuro, con nombres de niño y de niña y fantasías irrealizables de una villa ajardinada, en el ilustre barrio de Kensington, donde pudieran crecer al aire libre. Elsa intuía, sin embargo, que la felicidad se ofende al ser desvelada, pero se dejó llevar por aquellos días de alucinación irresistible, de soñar despierto.

Comenzó a la tercera semana, tras una extensa jornada de acarreos en los almacenes. Benjamin jamás mostraba indicios de fatiga, a pesar de las ampollas y las muecas de dolor, y cada día su retorno encendía las luces de la casa con chispazos de alegría. Aquella noche lluviosa y fronteriza a la Navidad de 1913 algo cambió, como si de pronto un mecanismo oculto en su cabeza se hubiera activado. Volvió con la mirada ausente y un silencio evasivo, la gorra y el blusón empapados, chorreando goterones de entusiasmo que quedaban tras sus pasos en charcas perdidas. Mantuvo sus atenciones y su ternura, pero se apoyaban en la inercia de la rutina y sus dedos parecían abstraerse en lejanas cavilaciones al recorrer el cuerpo de Elsa. Y cuando ella le preguntó por su desazón, él le respondió con una sonrisa forzada, de pobre intérprete. Y así se sucedieron días inciertos, hasta que el cambio en Benjamin pareció asentarse, y se acostumbraron al extraño distanciamiento, sin risas ni susurros, sin menciones apasionadas a la maternidad de Elsa.

Y al fin se lo pidió. Quería cumplir el más primitivo de sus sueños: buscar fortuna en las galerías de París. Desvelar al menos la auténtica validez de su gran inquietud, de su particular exploración del mundo. Su otro amor. Sus lienzos.

Habían colmado su mente desde la más tierna infancia, hasta convertirlo en Benjamin Craig, el hombre que había enseñado a Elsa a vivir de nuevo. Y ella, que se debía a él en toda su esencia, no pudo negarse. Lo respaldó con plenitud, a pesar de sus inquietudes, y le ayudó a seleccionar sus mejores obras, a embalarlas con papel de estraza y transportarlas a Waterloo Station.

Le escribió diez días después, desde una modesta pensión en Montmartre. Sus palabras llegaron frías, parcas en detalles, como enfermizas por el viaje. Apenas hablaba de un cuarto minúsculo y sin estufa, de extravíos por los vericuetos de París, de búsquedas infructuosas, de visitas a galerías y encuentros con marchantes de arte. Evitaba ahondar en vicisitudes y parecía correr, buscando el final de la misiva. En aquel último aliento, sin embargo, se liberaba en un arrebato de ternura, donde los ojos de Elsa acariciaron, por fin, al verdadero Benjamin. Un deseo desaforado de volver junto a su vientre, el 2 de febrero, decía, con un deje algo melancólico que ella atribuyó a sus estériles rastreos.

Después vino el silencio.

Elsa despertó en la buhardilla de Avingdon Street, encogida en el sillón, con el té frío y el alma trémula. La noche penetraba por la vidriera y se replegaba a su alrededor, tiñendo de sombras cada rincón, hasta la lumbre púrpura de la chimenea. Desechó la tacita de Earl Grey, extinto su aromático aceite de bergamota, y apenas deslizó unos pasos hasta el lecho matrimonial. Buscó el cobijo de sus sábanas, sin desprenderse del suéter inglés y sin esperanza de entrar en calor.

Era la última noche. La última espera.

3

Fleet Street, Londres, 9 de febrero de 1914

La sede del Daily Courier se enclavaba en la bulliciosa Fleet Street, entre locales festoneados de carteles publicitarios y riadas de carruajes, tranvías de dos pisos, vehículos cromados Rolls-Royce y ómnibus motorizados. Elsa se adentró en el lóbrego portal, tras la inclinación del portero, con el estómago hormigueándole de inquietud y olores mezclados de pienso y carburantes.

El diario se sumergía en tinieblas tejidas por el aliento Dunhill de los redactores. Trabajaban con frenesí, absortos en el incesante tecleo de las máquinas de escribir, en cadencia opuesta al humo que pendía sobre ellos. La mayoría eran jóvenes de cabello abrillantado, chaleco y cuello oprimido por la corbata, que nutrían de contenidos al insaciable diario, entre vaivenes de cuartillas y timbres de teléfono.

Los periódicos londinenses extendían sus tentáculos por el mundo, en conexiones de telégrafo, de ferrocarril y de barcos de vapor. Los sucesos se convertían al instante en noticia, esparciéndose por el globo con la inmediatez de la electricidad, de las ondas de radio, gracias a los nuevos canales de comunicación que gestionaban las agencias de prensa.

Elsa respiró hondo, buscando ahuyentar las náuseas, y cruzó la sala hacia el despacho del subdirector, un cubil acristalado que se enclavaba al fondo. Sus pasos acallaron la escuadrilla de Underwoods, y sintió las miradas y los cuchicheos bajo la luz eléctrica de las lámparas. Como de costumbre, dejó una estela de silbidos, admiraciones y gestos obscenos, con referencias a la gracilidad de sus pechos, sus caderas y sus piernas, y a todo lo que serían capaces de hacer con ella si accediera a los cariños de sus pretendientes.

El subdirector Robert Boyle se recostaba tras el escritorio, con su formidable panza, sujetos los pulgares en los bolsillos del chaleco. Su despacho, que hacía las veces de fumadero de habanos y cigarrillos, aglutinaba el rancio olor a humanidad de toda la redacción.

—Baje eso a la imprenta y que lo entren en plancha —gritó hacia una presencia velada, que se cruzó con Elsa al esfumarse del cubículo—. Y cierre la maldita puerta.

El silencio selló la burbuja y ambos quedaron dentro. Él escrutándola con detenimiento, mientras se retorcía el grueso bigote, alzándose las puntas con deleite. Ella de pie, seria y altiva bajo su sombrero y su sencillo traje sastre de tweed, con blusa plisada, sin encajes.

—Nuestra pequeña estrella de la ficción por entregas —murmuró el subdirector, rebajando su oratoria dominante hasta un tierno susurro, mientras le indicaba asiento con la desenvoltura apática de quien no cesa de recibir visitas—. La echamos en falta, señora Craig. Nos dejó huérfanos sin su columna dominical. Nuestros subscriptores la reclaman.

Elsa se acomodó con cautela, la espalda erguida y las manos unidas en el bolso de lino, con cierre y bastidor de baquelita.

—Busque redactores a la altura —aconsejó—. De los que no se extravíen ante una falda.

Sonrió el veterano directivo y señaló a la redacción, vagamente, sin desplazar un ápice su cuerpo.

—Escasean, créame, y eso que el panorama es colorido: guerras lejanas, crónicas de huelgas y edificios incendiados por sufragistas. El estrato social se comprime, señora Craig, los salarios ascienden y las jóvenes como usted van a la universidad. Y sin embargo, no cesan en su empeño. Cuanto más progresan, más insisten en la falta de progreso.

—Las jóvenes como yo buscan el derecho al voto y la opción de rentabilizar su intelecto como el de cualquier hombre —puntualizó Elsa, alentando en el subdirector una sonrisa lasciva, como si la resistencia, por parte del sexo opuesto, generara en él un oscuro placer.

—A pesar de las últimas mediciones de la ciencia —replicó él—, que nos confirman superiores debido al mayor tamaño de nuestro cerebro.

—Y sitúan a las ballenas en el primer escalón de la inteligencia.

Sonrió aún más el subdirector, pensativo, mientras se retorcía el bigote con desorientada fruición.

—Admiro su descaro, señora Craig. Por eso gusta a la gente. Reconsideraría sus primas si reanuda sus colaboraciones con nosotros.

Elsa movió despacio la cabeza, con gesto lento y negativo, mientras observaba a su interlocutor destripar un paquete de cigarrillos Lucky Strike. Robert Boyle era un mercenario de la prensa, una sanguijuela de noticias, capaz de vender a su madre por una exclusiva sonora. Conocía las entretelas más profundas en el arte de extraer información y sabía, como pocos, que la realidad del mundo es una historia novelada por individuos como él. Enfilaba el Daily Courier hacia el sensacionalismo pueril, consciente de que las guerras lejanas, las hambrunas y las epidemias coloniales eran sucesos insignificantes para el ciudadano europeo, olvidados enseguida por el incesante correteo de las páginas de la Historia. La guerra de los bóeres, la ruso-japonesa, la de los Balcanes, eran incidentes bárbaros, propios del extrarradio de Europa, en lugares primitivos donde aún no alcanzaba el progreso, y apenas penetraban en la existencia de la civilización aburguesada, que contemplaba las noticias bélicas con el mismo desapego que las páginas deportivas.

—Tengo nuevos asuntos que atender, subdirector.

—Desde luego, me consta la discreción de su nuevo trabajo. —Robert Boyle prendió su cigarrillo y se reincorporó en el asiento, sonriendo humo—. Coran Deo, sola ante Dios. Siempre ha sido una solitaria felina, si me permite la osadía del atributo. Me encantaría leer lo que tiene entre manos.

—Sabe que no estoy aquí por eso —respondió Elsa, desoyendo los halagos repulsivos del subdirector—. Necesito sus recursos. Contacté con su secretaria hace tres días. Espero que me ayude.

—Ya lo he hecho, señora Craig. Su impecable pluma sedujo a muchos lectores, servidor el primero. Las deudas con usted pesan sobre mi conciencia.

Guardó silencio, escrutando a Elsa con avezada sagacidad, tras la nebulosa del pitillo. Ella mantuvo una cauta rigidez, consciente de que el subdirector acechaba su reacción. Finalmente él se inclinó sobre la mesa, y tras un breve quejido de gavetas, extrajo un pequeño informe.

—Su esposo, Benjamin Craig, viajó a París el 14 de enero —recitó—. Por motivos laborales. Con billete de vuelta abonado, de la compañía South Western Railway, trayecto Portsmouth-Waterloo Station, para el 2 de febrero. Corríjame si me equivoco.

Elsa asintió, reprimiendo una desazón de inquietud que se agitaba en su estómago.

—Contactó con usted vía correspondencia, notificándole, entre aspectos de índole personal, que se hospedaba en la pensión Mon Amour, Rue de Clichy, distrito Montmartre.

El subdirector alzó la vista e inclinó, por vez primera, su vasto armazón sobre la mesa. La observó con tierna compasión, más allá de su trasfondo mordaz, como quien observa a una niña huérfana que pide caridad en la calle. Una expresión que irritó a Elsa más que cualquier picardía obscena, y que la empujó a solidificar su semblante, ocultando todo indicio de turbación. Tras un breve silencio, Robert Boyle señaló hacia el teléfono mural Ericsson, con llamadas por magneto y sonería incorporada, que colgaba tras su gabinete, entre cascarillas de papel damasco.

—Conectamos con una centralita parisina. El Mon Amour, supuesto hospedaje de su esposo, carece de teléfono y tuvimos que contratar los servicios de una agencia.

—Le abonaré el coste a la salida —dijo Elsa, con un chasquido de manos nerviosas sobre el cierre de baquelita.

—No consta ningún huésped con el nombre de su esposo, señora Craig. Ni ha constado en el último mes.

Elsa dejó el bolso entreabierto, con la mirada suspendida en algún oscuro recoveco del entablado, junto a sus botines de cordones, rectos y unidos.

—Temo decirle que Benjamin Craig no fue del todo sincero con usted.

—¿Algo más, subdirector?

Había erguido el mentón, con orgullo silencioso, apuntalando el titubeo de su dignidad. El otro abordó el peso de toda su mirada, con amargura cómplice.

—¿Está embarazada, señora Craig?

—¿Por qué lo dice?

Era una pregunta estúpida, que la desarmó de golpe. Y ambos se percataron al instante.

—Algunos suelen desertar, ya sabe. Les abruma el cometido.

—No es el caso de Benjamin. Se lo puedo asegurar.

—¿Apoyó su causa artística económicamente?

—No es asunto de su incumbencia, subdirector.

Elsa se levantó, recomponiendo su sombrero de fieltro, sencillo y al estilo cloche. Abrió de nuevo el bolso, sofocada, mientras buscaba respirar en el aire viciado del cubículo.

—Dígame cuánto le debo.

El subdirector la estudiaba reflexivo, la mirada velada por las nebulosas Lucky Strike, sin atisbos de viejo malévolo.

—Aún le debo yo a usted, señora Craig.

Elsa se volvió, asintiendo en señal de agradecimiento, y encaró la salida del despacho.

—No se deje amedrentar —oyó tras ella—. Al salir, me refiero. La mayoría llorarían a los pies de su madre por menos de lo que está pasando usted.

Elsa caminaba con angustia por el paseo orillado del Támesis, de vuelta a Avingdon Street. Bajo las farolas pendían islas de luz ambarina, surcadas por sombras fugaces, hombres y mujeres como ella que se movían con frenesí, como si se les escapara la vida. La noche se replegaba junto a las aceras, más allá de las verjas de hierro, en los jardines privados, en las arboledas y en los cementerios de las iglesias, entre susurros de hojas y ramas.

Un vago desasosiego la envolvía desde atrás, como una sombra húmeda y errante que ascendía del río. La marea baja destapaba sus tesoros, y atraía siluetas de pícaros que revolvían el barro hediondo en busca de soga, huesos, clavos de cobre y bolsillos de cadáveres sumergidos. Sus pasos resonaban quedos, como el eco de la conversación con Robert Boyle, que se adhería a ella con la redundancia de un gramófono.

Cuatrocientas libras, habría sido la respuesta. Su pequeña y a la vez considerable aportación al sueño de Benjamin. Diez sueldos como transportista en los almacenes Harrods.

Al llegar a su residencia, Elsa saludó al portero, uniformado y con guardapolvo a rayas, que adecentaba con un plumero los faroles de la portería. Walter Raleigh era un anciano encorvado, padre de cuatro hijos y abuelo de diez niños, con demasiados años de angustias en silencio, donde cada día es una nueva pugna y donde la memoria se escribe en la cara. La correspondía siempre con la misma sonrisa presta y afable a pesar de las horas intempestivas, de las crudezas del cielo, del cansancio y la oxidación de la vida.

Aquella noche, sin embargo, algo cambió.

Su expresión titubeó bajo la sombra de la visera. No hubo sonrisas, ni comentarios alegres, solo un descenso apresurado por la escalerilla.

—Aguarde, señora Craig.

Se retiró la gorra de paño escocés y alzó la mirada, con el retraimiento de una vida al servicio de los demás. Titubeó, y comenzó a estrujar la gorra con manos de angustia.

—Walter, querido, ¿se encuentra bien?

—Discúlpeme usted de antemano. Se lo ruego por mis nietos.

Introdujo la mano en el bolsillo del guardapolvo y extendió un pliego arrugado.

—Es para usted, señora. Solo he seguido sus instrucciones.

—¿Sus instrucciones?

—Las de su marido, señora. —La voz de Walter temblaba—. Debía esperar a hoy, 9 de febrero, en caso de que él no regresara.

Elsa contempló el pliego en papel de fina cuadrícula, el mismo que empleaba en su libreta de notas. Lo sostuvo, perpleja y sin desplegarlo aún, con el portero encogido frente a ella como un niño atrapado tras una fechoría.

—Discúlpeme de nuevo, señora Craig. Él me lo hizo prometer.

Sin llegar a abrirla, conteniéndose, Elsa le preguntó:

—¿Le dijo Benjamin algo más?

—No, señora. Líbreme Dios si fuera así y no lo dijera.

Se observaron, brevemente, en la noche húmeda.

—¿Le pareció a usted que volvería?

El viejo portero vaciló. Sus labios secos y agrietados tropezaron, temerosos, buscando una respuesta que apaciguara los estragos de la sinceridad.

—Estaba... estaba nervioso —balbució—. Más de lo habitual. Volverá, señora. Volverá. Benjamin es un gran hombre. Y la quiere, estoy seguro de que la quiere.

Su mirada se trabó con la de ella, que se mantenía imperturbable en el umbral de la puerta.

—Debería habérmelo dicho, Walter.

—Lo último que quisiera es hacerle daño, señora Craig. Jamás me lo perdonaría.

Sus palabras se perdieron en la sombra del portal, tras los pasos de Elsa.

4

Waterloo Station, Londres, 10 de febrero de 1914

La locomotora de la South Western Railway rugió entre vapores de humo y comenzó a deslizarse por las vías. Elsa se refugió en el compartimento, absorta en el suave traqueteo y el cálido aliento de la calefacción, mientras abandonaban Londres, atravesando el bosque de fábricas y chimeneas que lo volvían eterno. Poco a poco, los despojos ferroviarios de las vías muertas se fueron desvaneciendo en el océano verdoso, inmenso, de la campiña inglesa. Islas de bosques, de granjas, de castillos abandonados, surgían entre telarañas de bruma, como espejismos mudos, perdidos en la distancia.

Su rostro desfallecía en el reflejo de la ventanilla, entrevisto en el paisaje, ojeroso y débil a pesar de sus esfuerzos por acicalarse dignamente, con el empolvado rosa y la vaselina brillante de los párpados. La decisión se había fraguado durante una noche larga y tenebrosa. Al amanecer, Elsa aguardaba en la estación, con los maletines de viaje y el billete, recién expedido, entre sus guantes de cuero.

Los postes desfilaban con rapidez de cine ante la ventanilla. Sus hilos subían y bajaban en un movimiento eterno, dibujando sobre el paisaje con líneas de telégrafo. Eran pocas las ocasiones como aquella en las que asomaban las «arterias del mundo». Así las había llamado Elsa en un reportaje sobre las nuevas comunicaciones que escribió para la revista social Punch. Mecanismos invisibles que controlaban el discurrir de la vida moderna y que crecían en extensión y complejidad, convirtiendo a los humanos en seres acomodados y dependientes, seres que jamás se preguntarían por el misterio que se escondía tras su voz cruzando el océano mientras esta lo siguiera haciendo.

Tras cuarenta años de sosiego en Europa, sin sobresaltos, sin guerras en tierra propia, la ciencia había desbrozado los grandes misterios de la naturaleza, encogiendo el mundo y acercando horizontes, vomitando un incesante reguero de inventos y técnicas revolucionarias que vigorizaban la industria y la economía de los grandes países. Con un solo aleteo, la humanidad rozaba cotas divinas, rebasando cualquier logro cosechado desde sus orígenes. Las aeronaves y la conquista del éter, la electricidad, la radiotelegrafía y la transmisión de la palabra terrenal por todo el planeta, la desintegración del átomo, las vacunas contra la peste, la rabia y la difteria, los hogares con agua corriente, sin lumbres ni hollines que los incendiaran. Los nuevos descubrimientos simplificaban la vida, la limpiaban de estorbos y la volvían fluida, acelerada y acomodada al mismo tiempo.

La máquina de la South Western Railway hizo parada en las estaciones de Tootin y Guildford. El compartimento se llenó de pasajeros, que puntearon su silencio con cuchicheos y murmullos. Elsa contempló a una niña, la carita inmaculada y el cabello dorado, que danzaba libre entre las dos filas de asientos, recién desenvuelta del abrigo. Parecía radiante, ondeando por fin sus faldas de organdí, acampanadas y sujetas a la espalda con vistosos lazos. La madre sonreía al jugueteo de su hija y contribuía asiéndole de la mano para que ella girara y riera. El padre buscaba un instante de reposo, desviando la mirada en el paisaje, sudoroso tras el ajetreo de las maletas. Él también sonrió ante el regocijo de su hija, que atraía a todos al universo de sus fantasías.

Elsa arqueó los labios, complacida, y no cerró los ojos hasta que la niña dejó de jugar. Benjamin conservaba aquella misma frescura alegre, innata, que no parecía dañada por la vida ni profanada por los años. Ella siempre se preguntó dónde guardaba sus heridas. Recordaba el día en que le mostró los fragmentos iniciales de su nueva obra. Su primera novela, donde pretendía entregar, por fin, cada fragmento de su ser, cada pieza de humanidad que llevara dentro, y que las dudosas prioridades del Daily Courier y los diarios y revistas donde había colaborado jamás le habían permitido.

—Solo son apuntes —le explicó—. Aún están inconexos.

Él asintió, severo, y sacrificó sus retinas con una atención extrema, inclinado sobre las cuartillas, mientras ella lo observaba, ansiosa por conocer su veredicto. Entonces se volvió, entusiasmado.

—¿Y bien? ¿Qué te ha parecido?

Benjamin sonrió, enigmático.

—Deja que te retrate.

Elsa se quejó, riéndose. Le pedía una simple valoración, aunque sus ojos, excitados de pronto, la contradecían, divertidos ante el misterio. Pinceló su rostro reflejado en una charca helada, sin impurezas, sin grietas, tan cristalizada como un espejo inmaculado. Solo la cicatriz de su mejilla, que había nacido con ella y que Benjamin adoraba cada vez que encontraba ocasión.

—Así es tu escritura —le dijo—. Un reflejo perfecto de ti misma. De todo lo que hay en ti y en el mundo.

Elsa abrió los ojos, desvelada por su propia sonrisa. La locomotora traqueteaba, rítmica y eterna. La niña dormía, en brazos de su madre. Abrió el bolso que descansaba en su regazo y extrajo su libreta de notas. Las tapas crujieron y corretearon páginas e ideas, hasta detenerse lentamente en la única marcada, con el pliego arrugado del portero encajado en ella.

La letra de Benjamin se deslizó como la niña, bella y fluida, un grácil bailoteo sobre el papel. Solo una dirección. Solo palabras frías, impropias de él.

Pensión Margaret, 37 de Castle Street,

Southsea, Portsmouth

El cielo plomizo se cernía sobre los tejados y robaba el color a la ciudad portuaria de Portsmouth. La pensión Margaret languidecía entre casuchas ennegrecidas de hollín, en una callejuela angosta, desértica, cercana a los antiguos muelles de Camber. Elsa cruzó el adoquinado, cargada con sus maletines de cuero, mientras oía el traqueteo de la calesa, que se alejaba a sus espaldas hasta perderse entre los vericuetos de la ciudad.

La puerta tintineó al cerrarse, desvelando un silencio abandonado, que parecía anclado allí durante años. Aguardó en el recibidor, entre paredes de salitre oculto por grabados portuarios y luces fantasmales de lámparas de aceite. Las piernas le temblaban de flaqueza y ansiedad.

—Bienvenida a nuestra casa —dijo una voz—. El cuarto de la buhardilla está recién aseado. Con vistas al puerto y a la iglesia de St. Thomas de Canterbury.

La mujer se asomó al pie de la escalera y avivó la achacosa estufa que irradiaba en una esquina. Debía de rondar los cuarenta, era descarnada y seca, con traje rayado de sarga y mandil blanco. Se adecentó los rulos de la cabeza, algo desaliñados bajo la pañoleta, con ese aire doméstico de quien vive solo, sin visitas ni hospedaje, salvo los gatos indigentes de la calle.

—Dos libras la noche y baño de sales incluido.

—No venía aquí por eso —respondió Elsa, algo dubitativa—. Al menos de momento.

La mujer, que debía de ser la señora Margaret, o su heredera dada la decadencia del hostal, frunció el ceño, confusa ante la extraña aleación de respuesta y equipaje. Optó por la resistencia.

—Serán dos libras de todos modos.

—Busco a mi esposo, señora Margaret. —La voz le tembló—. Creo que se hospeda aquí.

La mujer la observó con desconfianza mientras sopesaba la información.

—¿Y quién lo pregunta?

—Elsa Craig.

Margaret la escrutó sin disimulo, y finalmente pareció asentir, con la severidad de un sastre al que asignan la búsqueda del atuendo a medida. Desapareció tras el mostrador, con ruidoso trajinar, y estampó sobre él un pesado libro de registros que levantó un nimbo de polvo. Indagó entre las páginas, acartonadas de humedad, hasta que se detuvo en un solo nombre, que figuraba solitario.

—Benjamin Craig —afirmó.

El corazón de Elsa retumbó en su pecho, y su soplo candente alcanzó cada apéndice de su cuerpo, como un torrente de fuego.

—¿Se encuentra aquí?

Margaret alzó los ojos, escrutándola con recelo.

—No exactamente. Al menos, hace tiempo que no lo veo. Me parece que estuvo un par de noches, y luego desapareció.

—Entonces, ¿ya no figura hospedado aquí?

—En teoría sí... —La mujer vaciló, entrecerrando la mirada, con serias dificultades para catalogar el caso—. Su esposo es un huésped de lo más singular, señora Craig.

—¿Singular?

—Entró el 14 de enero con abultado equipaje. Cuadros, supuse, por las dimensiones y el celo que empleó en subirlos a la habitación. Lo figuré marchante de arte, o pintor, o tal vez ladrón, de los que atracan museos y residencias privadas y después los exportan al extranjero, al mercado negro.

—Pintor impresionista —respondió Elsa, cortando sus conjeturas de correveidile.

—Ah, vaya, no se ofenda, señora Craig. Que por aquí transitan individuos de todo tipo y con los años una se cura de espantos. Además, su marido no tenía aspecto de malhechor. Lo recuerdo alto y bastante guapo por cierto, si me permite la osadía. Tenía un aire a Max Linder, el actor, con esa mirada penetrante de galán francés. En fin, qué le voy a decir a usted.

Elsa asintió, ignorando la minuciosa descripción.

—Es libre de pensar lo que desee. En su casa y en todas partes. ¿Sabe qué hizo mientras estuvo aquí?

—Nada. Esperar, creo. —Margaret suavizó su expresión, con una sonrisa de tierna caridad, algo sombría y gratificante en el fondo, de quien halla placer en la soledad de otros—. Por si le sirve de algo, señora, mientras estuvo aquí no le vi en compañía. Y eso que la oferta de faldas es amplia en una ciudad portuaria como esta.

Elsa volvió a obviar el comentario, aunque lo agradeció en su intimidad.

—¿Y después?

—Después se esfumó, como le digo. Dos días después ya no estaba aquí. Se llevó las llaves de la habitación. Aún no la he abierto, lo esperaba hasta ayer.

—¿Hasta ayer? ¿Dijo que volvería?

—No lo dijo. Tampoco hablaba mucho, y eso que intenté darle conversación. Me refiero a su dormitorio. Lo alquiló hasta el 9 de febrero y pagó por adelantado nada más llegar.

Elsa sintió el vértigo de un abismo, que se abrió bajo su estómago. Se retiró el sombrero cloche, con lazo negro, que se le ceñía a la cabeza y la hacía sentirse bajo cobijo, con la mirada parcialmente cubierta.

—¿Podríamos ver la habitación? —preguntó.

La puerta se entreabrió como la losa de un sepulcro, quejumbrosa, con un soplido espeso de aire sedimentado. La estancia se hundía en las tinieblas y se desperezó ante la luz mortecina del pasillo. Asomaron sombras mudas, indefinidas, al fondo del cuarto. No había ventanas. El ambiente hedía a cerrado y humedad. Margaret se quedó en el umbral, inmóvil, con la llave maestra entre las manos.

—Dios mío —musitó, algo temerosa—. El resto de los cuartos no muestran este aspecto. Se lo aseguro.

—¿Prefiere que entre yo primero?

—Sí, por favor. Adelante.

Los pasos de Elsa crujieron sobre el entarimado del suelo, cubierto por un manto impecable de polvo. Oyó la respiración agitada de la casera, que había retrocedido hasta el pasillo. Se mantuvo inmóvil, acostumbrándose a la penumbra hendida, hasta que sus ojos comenzaron a perfilar aquellas sombras, repartidas por toda la habitación.

Se acercó a los bultos, de ángulos rectos y cubiertos por mantas deshilachadas que parecían mortajas. El aire viciado, o tal vez la certeza de lo que iba a encontrar, la sofocó repentinamente. Contuvo las náuseas y respiró hondo.

—¿Está usted bien? ¿Quiere un vaso de agua?

Retiró las mantas, despertando el papel de estraza que envolvía los bultos como el tejido cutáneo de un ser vivo. Suspiró, dominando el vahído de su cabeza, que se le perdía. Los óleos de Benjamin.

Se contaban por decenas e infestaban la habitación, rodeando el camastro y el quinqué de la mesilla. Elsa quedó inerte, sujeta a la pared y con la mirada perdida en algún incierto recoveco de la estancia. El sueño del pintor, la búsqueda de una oportunidad, las fantasiosas galerías de París. La carta de Benjamin. Una mentira.

Alguien prendió la mecha de petróleo, junto a ella.

—Señora Craig —susurró Margaret.

—¿Sí?

—Hay un sobre. Encima de la cama.

Destacaba sobre la colcha como una gaviota en el cielo, centrado con minuciosidad, solitario, expectante hasta ser descubierto. Elsa se acercó; las cuatro letras de su nombre latían bajo el quinqué, con destellos de tinta. Era un sobre grande, tamaño cuartilla, y pesó mucho más que un simple papel cuando Elsa lo sostuvo entre sus manos. Despegó el adhesivo, abrió los ojos. Una lámina de vidrio, barnizada y envuelta con esmero, surgió ante ella.

—Parece de los tiempos de la reina Victoria, por lo menos —observó Margaret.

El retrato era antiguo, con los bordes quemados y una extrema nitidez en el rostro, que se diluía en el fondo como si la gravedad del pasado lo arrastrara hacia él. Un niño de cara asustada miraba al objetivo, los ojos bien abiertos, como si buscara en él los secretos del universo.

—Las placas vidriadas dejaron de emplearse hace tiempo.

—¿Quién cree que será? —preguntó Margaret.

Elsa guardó silencio, con el estupor enmarañándole la mente, como un encaje desordenado de bolillos. La placa no era lo único que contenía el sobre. Había un sinsentido más, otra pieza dislocada de aquella maquinaria de acertijos. Un pasaje de la Compañía Trasatlántica para un vapor de pabellón español, con destino a Bilbao y embarque a las cuatro y media de esa misma tarde.

La costa cantábrica, la ensenada de Altzuri, la casona Mendíbil.

El lugar donde Elsa saludó al mundo y descubrió sus primeros secretos. Los únicos insólitos de su vida, porque después le parecía que surgían reincidentes, como una melodía ya escuchada. Tenían pensado ir, a su vuelta de París. Para visitar a los padres de Elsa y anunciarles el embarazo. Lo habían planeado al principio, entre risas de fantasía, cuando supieron que serían tres en Avingdon Street.

—Aún hay algo más, señora Craig.

—¿Cómo dice?

—Un pequeño detalle que no le he mencionado. —Margaret la miraba con gesto grave, algo pavorosa—. Aguarde un momento, por favor.

Desapareció por el pasillo, dejando a Elsa con la pregunta en los labios. Asomó poco después, la figura retraída por el rubor, los rulos descolocados, las pantuflas croquet barriendo el polvo y un telegrama entre las manos.

—Llegó hace quince días, el 25 de enero. No acostumbro a recibir telegramas, y menos de la Compañía Atlántica. Entonces no entendí su significado, acabo de comprender que era para usted.

Elsa desplegó la misiva, con el sello de la Oficina de Correos y Telégrafos de Portsmouth, Hampshire. Sus ojos acariciaron el mensaje de Benjamin, entrecortado, robótico, desfigurado por aquel sistema encriptado que permitía las comunicaciones inmediatas.

Siento que sea así, querida. Lo he intentado. Ahora tendrás que hacerlo por ti misma. Ten cuidado, no son lo que parecen. Búscanos en la casa vieja. Siempre tuyo, Benjamin Craig.

—Su marido es muy enigmático —mencionó Margaret, nerviosa, calmando con palabras la gravedad del momento—. Siempre los he preferido con misterio, a la larga resulta más divertido. ¿No le parece?

Salieron cincuenta libras del bolso de baquelita.

—¿Le importaría conservar los óleos?

Margaret la miró a los ojos, seria, y sus manos atraparon el dinero con rapidez, como la lengua de una rana.

—No me sea como su querido Max Linder. Vuelva a por ellos. Si se demora los colgaré por la pensión.

Las nubes comenzaron a gotear lágrimas de alquitrán, cebadas por la carbonilla de las chimeneas y los carrillos de acero. El fragor de los muelles se inquietó, como si temiera el castigo del cielo, al que intoxicaba sin piedad. Elsa descendió del pequeño tranvía, cuyas vías morían frente a la bahía. Arrimó sus maletines de cuero, temerosa de hurtos, y desplegó el paraguas, donde comenzó la sinfonía de golpeteos.

El puerto de Portsmouth se recluía en el condado de Hampshire, al sur de Inglaterra, protegido por la isla de Wight y el torvo cinturón de fortalezas que ceñía la bahía. Sus aguas aceitosas, saturadas de combustible y desperdicios, lamían los muelles, donde convivía la flota acerada de la Royal Navy, refugiada allí desde la Edad Media, con buques y vapores mercantiles, cargueros de carbón, pesqueros y nostalgias obsoletas del pasado, como el navío de línea HMS Victory, insignia nacional del almirante Nelson y verdugo de la escuadra francoespañola en la batalla de Trafalgar de 1805.

A lo lejos, en el horizonte confuso de baluartes, astilleros, grúas y andamiajes, asomaban varias islas de metal, con torres y minaretes que avanzaban por la bahía lentamente, con pesadez sombría. Los temibles dreadnoughts emprendían su patrulla por el Canal de la Mancha, como una manada de monstruos marinos de la Prehistoria. Una visión paradójica, cuando se consideraban los titanes del futuro, el acorazado definitivo e inhundible, tan alejado de los majestuosos navíos del pasado, con sus apilamientos de puentes y la enredada belleza de sus velámenes. Como añadidas al festín, asomaron las nuevas bandadas de pájaros de acero, amaestradas por la Royal Naval Air Service, que se unían a la escuadrilla rumbo al Atlántico. Las escupió uno de los portaaviones, y sobrevolaron la bahía con graznidos de motores, arrancando de los muelles miradas de exaltación.

Elsa alzó la vista, recelosa ante el estruendo de las aeronaves, y las vio perderse en el mar de nubes. Las industrias aeronáuticas resollaban ante la demanda de los países, en especial Inglaterra, Francia y Alemania, inmersos en la carrera por la conquista de los cielos. Se rumoreaba que una guerra inminente los fraccionaría, como sucedía en África y las colonias. A ella le costaba comprender tan encarnizada lucha por un territorio infinito, que se extendía hacia los confines del universo. Le apenaba que el genio y el vigor de la humanidad, desde las cabezas pensantes en sus laboratorios hasta los brazos ejecutores en las fábricas, destinara sus esfuerzos a crear instrumentos de guerra. Aquel maravilloso artefacto, perseguido y soñado por la raza humana durante siglos, que permitía contemplar el mundo desde el aire, adentrarse en la soberbia región de las nubes, entender el misterio de la lluvia, de los rayos, de los truenos, y quién sabía, tal vez conducirlos a la Luna y las estrellas, era fabricado en masa con el fin de abatir a sus propios hermanos.

Avanzó por la corriente sombría de viajeros, pescadores y marineros, presurosos ante la inminente tormenta. El Cantábrico, un buque mixto de carga y pasaje, con tres mástiles y chimenea en el centro, fondeaba somnoliento bajo la lluvia, su cascarón de acero carcomido por el óxido.

Elsa se detuvo, refugiada bajo el sombrero, amarrada al equipaje y al paraguas, que ya chorreaba trozos de cielo. Contempló la lenta procesión que engullía el vapor de la Compañía Trasatlántica, un campo húmedo de paraguas, chisteras y sombreros de encaje, agolpados en la plataforma y mecidos con torpeza por la brisa marina.

Sintió un estremecimiento, un soplido de aire oceánico, que penetró hasta sus pulmones y la dejó desvalida, desnuda, con una presencia inquietante rondando bajo su piel, como una caricia febril. Tal vez fuera la soledad, esa compañía siniestra que vive dentro de uno y en ocasiones es olvidada, pero que jamás desaparece. O tal vez fuera el miedo, o tal vez el miedo a la soledad.

5

Vapor El Cantábrico, océano Atlántico,

11 de febrero de 1914

La bruma blanquecina dormía sobre el mar, confundiendo el horizonte, diluyendo el cielo y evaporando el agua. El viento silbaba sobre la cubierta de El Cantábrico, ondeando las banderolas y los ropajes, jugando con las gaviotas, componiendo una sutil sinfonía con la voz mansa de las olas, que rompían contra el casco en miles de quejidos.

La costa cantábrica asomó a lo lejos, sombría, oculta entre jirones de niebla. Se extendía como un cordel sobre el mar, con acantilados salvajes y playas pedregosas que se definían a medida que el vapor se acercaba al abra de Bilbao, donde desembocaba la ría del Nervión.

Elsa se mecía junto a la barandilla de estribor, entre pasajeros silenciosos que sucumbían al hipnotismo de la tierra asomando en el horizonte. Una leve algarabía chirriaba tras ellos, a lo lejos, más allá del trinquete. El viento traía las excitadas voces de las jóvenes, un grupo del Queen’s College en viaje de estudios. Se apiñaban ante las directrices del fotógrafo, nerviosas e intimidadas, sin despegar la vista de su máquina de fuelle que, de un instante a otro y sin avisar, inmortalizaría para siempre sus rostros lozanos.

Elsa sonrió con envidia honesta, mientras evocaba sus tiempos de exaltación universitaria. Percibía en ellas esa calma segura, confiada, de las muchachas risueñas y curiosas que osan moldear su vida lejos del dominio paternal. Una fe categórica en la ausencia de maldad, que se extendía entre las jóvenes burguesas y que incitaba a las excursiones aventuradas, sin institutriz y sin miedo a chismorreos. La bicicleta, el automóvil y los ferrocarriles eléctricos habían encogido la Tierra, volviéndola menos inhóspita y más accesible, despertando el deseo de viajar, de sentir la curiosidad de conocer mundo. Salvo los más pobres, las familias salían de casa los domingos, visitaban las montañas, los lagos, el mar, que ya no eran tan lejanos como antes. Las vacaciones en el extranjero dejaban de ser un privilegio inalcanzable y se esparcían por la nueva sociedad europea, por los círculos pequeñoburgueses, por las familias de empleados de banca y pequeños industriales.

Elsa aguardó a que concluyeran, a que las jóvenes se dispersaran por la cubierta y el fotógrafo, un hombre de mediana edad y grueso de carnes, con tirantes en los pantalones y sudor en la frente, recogiera su maquinaria. Se acercó a él. Rozaba el sobre de la placa vidriada, la mano en su bolso, vacilando, sintiendo un temor insólito entre las muchachas del Queen’s College. Temía pensar, solo pensar, en lo que sus retinas habían sostenido las últimas horas. Temía un silencio, una suspensión del tiempo, una ausencia de estímulos, de distracciones, que desataran el libre albedrío de su mente. Temía a la cilindrada del vapor, a que agrietara el océano para devolverla a su hogar. Temía asumir aquel trastorno repentino de las cosas, de la realidad, del telegrama de Benjamin y su desvariada sucesión de mensajes. Temía acercarse al fotógrafo y preguntarle por el retrato del niño.

Aún sonreía cuando se presentó ante él, empachado de encantos y adulaciones, con la mirada ausente en el eco afectuoso de las jovencitas. La correspondió con entusiasmo, convencido de que la fortuna sonríe en andanadas.

—Me gustaría hacerle una consulta, si no le supone excesiva molestia.

—Molestias ninguna, señora.

Elsa extrajo el retrato, sosteniéndolo con sumo celo, y se lo entregó al fotógrafo.

—¿Qué podría decirme sobre esto?

Lo examinó con ojo experto, recreándose más allá de lo necesario, fingiendo calibrar sus particularidades, que al parecer encerraban una seria dificultad. Después miró a Elsa de reojo, estudiando aquella presencia afrutada, de ojos grandes y oscuros, que también lo estudiaba, posiblemente con mayor atino.

—Sin duda alguna, emplearon una técnica antigua, la del colodión húmedo. —Inclinó la placa, reflexivo, convertido de pronto en enciclopedia andante—. No era sencilla, señora, se valían de laboratorios portátiles, carromatos cubiertos por lonas que protegían el revelado. Quedó obsoleta a partir de 1888, con la patente de George Eastman y su cámara Kodak, que sustituyó la técnica del colodión por las instantáneas y los carretes que conocemos.

—¿Sabe los años que tiene?

—Por la corrosión de los bordes y la tonalidad sepia de la placa, cincuenta años. Entre 1860 y 1870, aproximadamente. —Esbozó una sonrisa amarilla, de fumador empedernido—. Ese niño ya no es lo que era, señora.

Le devolvió la placa y Elsa contempló el rostro asustadizo del niño, perdido en las brumas del pasado, como si albergara la certeza de que miraba hacia una ventana eterna. Los retratos, decía Benjamin en sus visitas a la National Gallery, son el mayor arrimo hacia los viajes en el tiempo.

—Le agradezco su ayuda.

—Por usted no se merece, señora. —La observaba sin disimulo, percatado tal vez de la inutilidad de su fortuna con el sexo opuesto, que no cuajaba—. ¿Viaja sola?

Elsa acorazó la mirada y se recogió la rosca del cabello, que bailaba suelta, rozándole en la mejilla.

—No —respondió—. Viajo con mi marido.

—Por supuesto. —El fotógrafo se caló la gorra, en retirada—. Dele saludos de mi parte.

—Descuide.

Elsa intentó desprenderse de los tentáculos del fotógrafo y buscó alejarse hasta la barandilla de proa, caminando c ...