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LA TIERRA SIN MAL (TRILOGíA DEL PERDóN 3)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

(1753-1768)
CAPÍTULO I

Asunción, Provincia del Paraguay. Finales de abril de 1753.

Claudio de Ifrán y Bojons se dirigió a su joven asistente:

—Fray Pablo, leed de nuevo el último párrafo.

—Sí, Excelencia. —Depositó la péñola en el tintero y carraspeó antes de comenzar—. Por cuanto lo aquí expuesto, pongo a vuestra consideración la gravedad del asunto, toda vez que los portugueses judaizantes han hecho nido en estas tierras, infestándolas con escritos anatematizados y con sus ritos heréticos, sin menoscabar la importancia que representa haber encontrado en mi última visita de navíos libros listados en el Index Librorum Prohibitorum dentro de varias pipas de sal, como también casos de bigamia y no pocos de hechicería, en manos, generalmente, de mujeres esclavas. He tenido escritos en mis manos que revelan la posible presencia de alumbrados entre los asuncenos. En resumidas cuentas, Su Excelencia, tal y como sospechaba el Excelentísimo inquisidor general de la España, el padre Francisco Pérez de Prado y Cuesta, quien me envió a estas tierras tiempo atrás, la Provincia del Paraguay, alejada de toda orbe y civilización, se ha convertido en la guarida de Satanás, y en esta se impone con carácter de apremiante la constitución de un Tribunal del Santo Oficio, ya que es evidente que con el de Lima no se da abasto. Mi parecer es que hace muchos años se debió proceder a la constitución de lo que aquí os solicito. —El muchacho detuvo la lectura y elevó la vista—. Excelencia, ¿no deberíais hacer mención del caso de la milagrera de San Ignacio Miní, la que llaman niña santa, y lo de la curación de la viruela?

—No. Solo tenemos la carta viejísima de ese hacendado, el tal Amaral y Medeiros, que la menciona, y los dichos de la gentuza. No he podido hablar con el provincial de los loyolistas, ni con el superior de las misiones, ni con el capellán de San Ignacio Miní. Todos me rehúyen. No —volvió a decir—, no basaremos el pedido en un hecho que no conozco cabalmente. Tal vez se trate de una mera invención de las afiebradas mentes del populacho.

—Muy prudente de vuestra parte, Excelencia —manifestó el joven dominico y prosiguió con la lectura de la carta que Ifrán y Bojons enviaba al presidente de la Real Audiencia de Charcas. Al terminar, Pablo Cerdán y Jaume preguntó—: ¿Deseáis añadir algo más, Excelencia?

—No. Haced una copia para nuestro archivo y enviad la misiva al señor presidente cuanto antes.

—Como Su Excelencia ordene.

El joven dominico abandonó la silla y se detuvo cuando su jefe volvió a hablarle.

—Luego iréis a controlar los sambenitos y los carteles de los reconciliados colgados en la puerta de la iglesia catedral. Ayer pasé por allí y los vi muy ajados, algunos nombres borrados. Creo que faltan unos cuantos. Tomad nota y disponed que sean reemplazados.

—Es sabido, Excelencia, que los familiares de los reconciliados los arrancan para no ver sus apellidos expuestos al escarnio público.

—Sí, lo sé —contestó, tajante, al percibir, en la inflexión que adoptó el tono del muchacho, cierta piedad por los parientes de los herejes—. Castigaré duramente a quien encuentre cometiendo ese delito. Ahora id y ocupaos de estos asuntos.

—Como Su Excelencia ordene.

Fray Pablo se retiró para terminar con el encargo en su celda y en el pórtico se cruzó con Cristóbal, el esclavo adquirido pocos días atrás en la almoneda. Le vino a la mente la extraña disputa que fray Claudio había sostenido con un campesino por la mujer negra. ¿Qué le había susurrado el hombre para hacer desistir al inquisidor? Después de todo, ¿de qué le habría servido una negra, si las mujeres tenían prohibido el ingreso en el convento?

Fray Claudio, sin duda, además de excelso inquisidor, además de “maestro” de inquisidores, como lo había calificado el abad, era un señor de fuste y de medios. Le había comentado otro dominico limeño que, entre sus antepasados, contaban gallardos lansquenetes, que, en la época de los Austrias, engrosaban los famosos tercios españoles, una facción del ejército admirada por su resistencia en el campo de batalla. Ese denuedo en defender a sus soberanos le había redituado a la familia Ifrán títulos y tierras.

A Pablo lo pasmaba que hubiese aceptado ocuparse de las tareas propias de un comisario en un sitio tan pobre como Asunción, más allá de que el clérigo había llegado a la ciudad en su carácter de visitador de distrito, investido con la fuerza que le prodigaban sus cargos de inquisidor del Virreinato del Perú e inspector general. Pablo no se habría atrevido a preguntarle si lo fastidiaba el encargo, pues el sacerdote hacía gala de una naturaleza inflexible y jamás hablaba de asuntos personales ni de sus sentimientos. Se limitaba a las cuestiones del Santo Oficio, a las del convento que lo atañían y a nada más; ni siquiera comentaba acerca de los problemas del reino ni de la región, tan convulsionada en esos días a causa del Tratado de Permuta. Lo visitaba a menudo ese hombrecillo llamado Árdenas, el cazador de brujas, a quien Pablo evitaba porque le daba mala espina.

Con las cartas credenciales que ostentaba Ifrán y Bojons, resultaba lógico el pedido a la Real Audiencia de Charcas, el de constituir un tribunal del Santo Oficio en la Provincia del Paraguay, no solo por la comprometida situación en la que se hallaban las almas asuncenas, sino porque el puesto de comisario, en opinión del joven fray, le iba chico a su mentor. No contaba con grandes posibilidades; los antecedentes le jugaban en contra: en el siglo pasado, se había solicitado algo similar para la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, y Felipe III había rechazado el pedido. Se esmeraría en escribir la carta para el presidente de la Audiencia con su mejor caligrafía; tal vez terminase en manos del rey.

Tomó asiento a la mesa que le servía para todo, acomodó los elementos del recado de escribir y se dispuso a copiar la misiva. Tomó el papel y lo admiró, pues en ese elemento también residían el poder y la fortuna que manejaba el Santo Oficio. Era grueso, pero sobre todo destacaba por su color blanquecino y su textura suave; nunca había visto uno de calidad tan refinada. Fray Claudio le había explicado que la pureza de su color blanco se obtenía gracias a un proceso especial. Solo lo empleaban los inquisidores de alto rango y en la Secretaría de Estado y del Despacho del Rey. Como fuese, era un placer deslizar la péñola sobre esa superficie.

* * *

Claudio de Ifrán y Bojons lanzó un suspiro cuando su secretario lo dejó solo. Se levantó la manga de la sotana y se rascó el brazo cubierto por un sarpullido que había comenzado tiempo atrás, unas semanas después de su llegada a Asunción el año anterior. El doctor Moral, único físico de la ciudad, que le inspiraba poca confianza, le había diagnosticado parestesia para luego cambiar el dictamen por absceso. En aquel momento, lo único que había deseado era que Moral descartase la posibilidad de que fuese lepra, lo que el médico había hecho con vehementes aseveraciones. Su miedo no era infundado; en la cárcel secreta del Santo Oficio, llamada simplemente la secreta, uno de los prisioneros, un hombre acusado de judaizante, había contraído la enfermedad, uno al cual él había interrogado. La certeza del físico le provocó tal alivio que ni reparó cuando este le abrió el absceso con un postemero y le aplicó un ungüento.

El flemón había sanado para reaparecer al cabo de unas semanas, más extendido y virulento, ensañado sobre todo en los codos y las corvas. Moral, entonces, lo calificó de “enfermedad de la piel”, y le recetó baños de inmersión en agua tibia con unas cucharadas de vinagre medicinal que hedía, lo cual perturbaba a fray Claudio, pues, al contrario de la mayoría de sus pares, se mostraba en extremo celoso de su higiene personal y la de sus estancias.

Abandonó el despacho, cruzó el pórtico al paso acelerado que lo caracterizaba y que el picor acicateaba, e ingresó en el sector de sus aposentos.

—¡Cristóbal!

—¿Excelencia? —contestó el esclavo, con la vista al suelo.

—¿Está listo mi baño?

—Sí, Excelencia.

—¿Echaste las cucharadas de vinagre?

—Sí, Excelencia.

—Ayúdame a desvestirme.

Se dejó la camisa de delgada holanda pues si bien Moral le había sugerido que lo hiciese desnudo, de ninguna manera ofendería al Señor Nuestro Dios enseñándole sus partes vergonzosas. El contacto con el agua lo alivió casi de inmediato. Suspiró y apoyó la cabeza en la pared alicatada de la tina que había mandado construir y que había provocado un ceño al abad; el hombre nada dijo; después de todo, era por cuestiones de salud.

Comenzó a bisbisear el rosario y, como a menudo le sucedía, el rostro y el nombre de ella se inmiscuyeron entre los avemarías y los padrenuestros para robarle la paz. Se preguntó si ella habría conocido la cura para su dolencia. “Sí”, admitió. La había visto operar prodigios con hernias, roturas de huesos, quemaduras y enfermedades con las que los médicos no sabían cómo proceder. Durante semanas, antes de arrestarla, la había vigilado, y en una oportunidad la había visitado en su humilde casa y consultado por un supuesto malestar estomacal. Se había tratado de la primera vez que la tenía tan cerca, y si bien sus rasgos lo habían impresionado, un aura intangible, más peligrosa que la belleza, lo había succionado hacia ella como el vórtice de un tornado. Lo había mirado en lo profundo de los ojos y lo había hechizado.

—Vuesa merced no padece de nada —había manifestado la descarada—. Está aquí por otras razones.

Pese a todo, el recuerdo lo hizo sonreír. Ella lo había hecho sonreír, acción que él evitaba; la juzgaba contraria a las cualidades de un buen inquisidor, y sin embargo, con ella había surgido espontáneamente, y qué bien lo había hecho sentir.

Apretó el puño en torno a las cuentas del rosario y elevó el tono de voz para ahogar a fuerza de avemarías los recuerdos de esa mujer, que aun muerta, lo atormentaba. Abandonó la tina, la comezón aliviada.

* * *

Octavio de Urízar y Vega, más conocido como padre Ursus dada su imponente contextura, se recogió la sotana y saltó desde la jangada al muelle del puerto de Asunción. Unos payaguás lo rodearon para ofrecerle sus servicios, que el jesuita aceptó antes de alejarse hacia la casa de la Compañía de Jesús. Caminaba, ansioso, en parte porque esperaba encontrar a su gran amigo, el padre Santiago de Hinojosa, y también porque ansiaba echar mano de las cartas que su familia y Manú le habrían enviado desde Buenos Aires.

Le abrió el hermano César, alegre y simpático como de costumbre, que lo acompañó a la cocina, donde le proporcionó una jofaina para que se lavase y le sirvió un refrigerio.

—Iré por el padre Santiago —se excusó el hermano lego—. Me pidió que le avisase apenas arribarais.

Ursus abandonó la mesa al ver entrar a su querido amigo, Santiago de Hinojosa. Se saludaron con un abrazo y se sentaron a compartir mates mientras intercambiaban novedades.

—¿Cómo ha ido tu viaje a Córdoba? —se interesó Santiago—. ¿Cómo has encontrado la ciudad? ¿Muy cambiada desde nuestros años en el seminario?

—No, cambiada no. Igual, diría.

—¿Cómo están las cosas por allá?

Ursus agitó los hombros en tanto succionaba la bombilla.

—Noté abrumado de preocupaciones al padre José —se refería a José Barreda, el provincial de los jesuitas—, resignado, diría.

—La situación se complica.

—¿Qué ha sido del padre Altamirano? —Ursus preguntaba por el jesuita al que todos llamaban “comisario” Altamirano, enviado por el general de la orden para ocuparse de la migración de los guaraníes que, después del Tratado de Permuta, habían quedado del lado portugués.

—Ha debido huir a Buenos Aires. —Echó un vistazo en torno para asegurarse de que estuviesen solos—. Es un hombre soberbio y en absoluto conocedor de la idiosincrasia de nuestros indios. Durante los meses que lo asistí como secretario, nunca prestó atención a mis advertencias. La última decisión, la de exigir a los capellanes de los pueblos en conflicto que abandonasen a los indios a su suerte si estos no se avenían a mudarse, fue la gota que colmó el vaso. Amenazó con excomulgar a los padres capellanes si no salían de los pueblos rebeldes. Los indios fueron a buscarlo a Santo Tomé para matarlo. Por fortuna, se lo advirtió a tiempo. Yo, por orden del padre Strobel —hablaba del superior de las misiones, que residía en el pueblo de la Candelaria—, me quedé en estas tierras y no viajé a Buenos Aires con Altamirano. Ahora tengo una cátedra en el colegio.

—¿Volverá? Me refiero a Altamirano —aclaró Ursus.

—Espero que Nuestro Señor no lo permita. Lo cierto es que ahora, con la guerra en puerta y sin los indios mudados a otras tierras, no le queda mucho por hacer. Hizo el paripé de que lidiar con esos indios sería pan comido y fracasó rotundamente.

—¿Estamos a las puertas de la guerra?

—Me temo que sí, amigo mío. Si bien el gobernador Andonaegui ha enviado comitivas militares en son de paz para tratar de convencer a los indios de que se muden a otras tierras, dudo de que logren su cometido. Por fin los peninsulares se darán cuenta de que si los indios nos hacen caso es porque saben que es para su provecho. En esta oportunidad juzgan lo contrario y nos dan la espalda. No son niños que se dejan arrear como ganado, como tantas veces han declarado nuestros enemigos en la corte de Madrid.

—¡Qué mal terminará todo esto, Santiago! Para nuestros indios y para nuestra orden.

—Sí, me temo que sí. Pero háblame de cosas menos aciagas. Cuéntame, ¿has sabido de mi Manú?

Ursus se palmeó el costado de la sotana y sonrió.

—El hermano César acaba de darme la correspondencia que llegó de Buenos Aires. La leeré, tranquilo, esta noche.

—Y de Aitor, ¿qué has sabido? ¿Regresó a San Ignacio?

Una sombra se posó sobre el gesto del jesuita y le borró la sonrisa.

—Como sabes, acabo de regresar después de un largo tiempo lejos de la misión, pero hasta que me fui, no se sabía nada de él. Desapareció a mediados de diciembre. Estamos a finales de junio. Aunque espero que haya vuelto, mi instinto me dicta que no.

—Se habrá unido a los ejércitos de algún pueblo rebelde.

Ursus agitó la cabeza para negar.

—He enviado misivas a los capellanes de los siete pueblos, aun al de Yapeyú y al de La Cruz, y ninguno ha visto u oído hablar de Aitor Ñeenguirú.

—¿Qué habrá sido de él?

Ursus no tuvo tiempo de manifestar sus teorías. El hermano César entró en la cocina y le anunció que un visitante, al enterarse de su presencia, había solicitado verlo. Lo aguardaba en el locutorio.

—Se trata de don Hernando de Calatrava —añadió el coadjutor.

—Ven, Santiago. Acompáñame. Me gustaría presentártelo.

—Lo conozco de vista. Viene a menudo a buscar el tónico que le mandas.

—Lo prepara Ñezú con astillas de yvyra vera. De guayacán —tradujo—. Para sus pulmones, muy dañados durante sus años de prisión en Lima. Calatrava asegura que la mejoría es notable. Espero que durante mi ausencia se lo hayan hecho llegar.

—Lo ha recibido, sí —intervino el coadjutor.

—Pensar que era nuestro enemigo durante la revuelta de los comuneros —comentó Hinojosa.

—Ya ves cómo es la vida, amigo mío. A veces las tornas se vuelven.

Santiago de Hinojosa juzgó sincera la alegría que mostraba el alguna vez soberbio coronel de Calatrava al encontrarse con Ursus. Se quitó el ajado tricornio y se inclinó para besarle la mano, que el sacerdote retiró para palmearlo en el hombro. Decidieron caminar los tres juntos hasta el mercado, donde Ursus compraría sal y pocos elementos más que no se fabricaban en las doctrinas. A cierto punto, Hinojosa los abandonaría para continuar hacia la casa de una feligresa enferma a quien visitaba semanalmente para llevarle la comunión.

—¿De quién se trata? —se interesó Ursus, mientras sorteaba un bache.

—Mencía Cerdán y Jaume, una santa mujer, muy piadosa, devota de nuestra orden. Es joven aún, pero sufre de una dolencia que el doctor Moral no ha sido capaz de curar ni de identificar, me atrevo a decir. Está muy sola. Es viuda y su único hijo ha profesado como dominico.

Un hombre saltó de una carreta y atrajo la atención de Ursus. Vestía un saco bendito, o sambenito, como se conocía a la esclavina amarilla que los reconciliados con el Santo Oficio eran obligados a llevar como recordatorio de su falta o de su herejía. En el centro de la prenda había una media aspa negra, símbolo que indicaba que se trataba de un abjurado de levi, o tal vez de vehementi.

—Es la primera vez —comentó Ursus— que veo un ensambenitado en Asunción. He visto los sambenitos colgados en la puerta de la catedral, pero corresponden a casos tan antiguos que nunca los vi puestos en sus dueños.

—El año pasado —explicó Santiago de Hinojosa—

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