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LA TRABAJADORA

Elvira Navarro  

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Fragmento

FABIO

 

 

[Este relato recoge lo que Susana me contó sobre su locura. También anoto algunas de mis reacciones, en verdad no muchas. Huelga añadir que su narración fue más caótica:]

Acababa de regresar a Madrid, no existía Internet y tenía que recurrir a los periódicos. Mi deseo se cifraba en que alguien me lamiera el coño con la regla en un día de luna llena. Así por las buenas. Creo que el delirio se había escondido ahí, en esa pretensión al límite y al mismo tiempo diminuta, como tragarse un ciempiés aliñado en la ensalada. Al principio no pensaba en ello a no ser que tuviera delante un periódico con su sección de hombres y mujeres conspirando en tres líneas; entonces me entraba la neura, llamaba e iba de cualquier manera a la cita. Llevaba un calendario de mis reglas y les pedía que el siguiente encuentro fuera en luna llena y en mi casa. La mayoría me contestaba con un no nervioso, en absoluto porque les pareciera una desmesura, sino por haber lanzado yo la propuesta como si jugase a la ruleta rusa. También por mi rubicundez oronda y mi hablar deshilachado y unos ojos que lo decían todo en su naufragio vano y terrorífico. Sé cómo eran mis ojos, medía con la precisión vaporosa de mis cinco sentidos lo ridículo de mis gestos intoxicados, bobos, atentos por encima de mis posibilidades. Mi rostro se agitaba por corrientes convulsas, producía torsiones imprevistas. Todos me miraban con asco, pues además de ser fea y evidenciar mi locura, mi propuesta no me redimía. No vayas a pensar que me importaba. Sí cuidaba el escenario, y a tal fin recorrí todos los bares de Huertas que tuvieran un ambiente de cafetería, de manos abrazando tazas calientes a la luz de una tarde mortecina. Me gustaba contemplar la calle a través de un cristal que connotara el frío de fuera y la pátina de calor seco de dentro, ese calor arrebujado, de agua encima de los radiadores y humo de cuando fumábamos todos. Digo ambiente de cafetería porque no deseaba que fueran exactamente cafeterías. A las cafeterías iban las viejas a merendar, y sus miradas me pintaban culpable. Te estoy hablando de cuando las cafeterías rezumaban mujeres cardadas y de luto. Aquellas mujeres sesentonas no perdonaban el croasán plancha mojado en Nescafé de las seis, y yo quedaba con los anunciantes a las siete. Logré encontrar un bar de paredes verdes, ligeramente inhóspito, donde siempre había una mesa libre junto a la ventana. No reparaba en la edad de los hombres con los que me citaba, ni tampoco en el aspecto, siempre y cuando no lucieran manchas, uñas sin cortar y con los bordes negros o restos de ensaladilla entre los dientes. No solía ser el caso; a la primera cita acudían todos limpios. A la segunda, y dado mi requerimiento, algunos se descuidaban. Yo veía entonces cómo colgaba de sus cuerpos el pensamiento de Esta tía qué importa. Si pide eso es que no importa, pero aun así lo intentaban una vez más, puesto que algunas brevas siempre caen. Trataban de que los subiera a mi buhardilla diciendo que desde luego, oh, cómo no, las señoritas primero. Pero yo ya les había visto la cara. Los que se han perdido el respeto a sí mismos no tardan en perdérselo a los demás. Para serte sincera, eran muy pocos los que se prestaban a una segunda cita. Únicamente los que llevaban tanto tiempo solos que arrastraban una higiene de macarrón en la solapa. Por eso te hablo de las manchas. La desesperación no solía ir tan lejos. Mi locura daba miedo, y los hombres se levantaban de la silla después de que yo desplegara mi calendario y señalara con una punta del dedo lívido la fase lunar como si evocara las mareas. Los delicados se esperaban a acabarse la cerveza para marcharse. Conseguir que alguien accediera a mi deseo llegó a ser tan importante para mí que, cuando me di cuenta de que ningún hombre de los que no me asustaban estaba dispuesto a empezar por ahí, me pasé a las mujeres. Nunca me han gustado mucho porque son como besarme a mí misma, pero para lo que quería me valían igual, o tal vez un poco menos. Ellas tampoco se escandalizaban, si bien les parecía un primer plato descomunal. Me di cuenta de que responder al reclamo de alguien me hacía sentirme menos poderosa, por lo que empecé a poner mis propios anuncios. Para entonces ya me habían cambiado el risperdal por el litio: mi categoría pasó de esquizofrénica a bipolar. El litio tiene menos efectos secundarios y me dejaba atender a las conversaciones. Parte de mi energía se escurrió en anuncios semanales en todos los periódicos, dirigidos a hombres y a mujeres, pues a esas alturas estaba escaldada. Ahora pienso que lo que quería no era un trasunto de mi delirio, sino una mera obsesión que además me mantenía entretenida. Por aquel entonces no tenía nada que hacer. Digo nada y quiero decir NADA, abriendo así la boca [Susana abrió la boca y se metió el puño entero], y no sabes hasta qué punto deprime que lo real, o tu cabeza, sea un pedazo de vidrio roto, opaco, abandonado al borde de una acera. El objetivo me centraba. Me daba cierto aire de amazona y la ilusión de que llevaba en mi mano una brújula. Puse también un anuncio dirigido a gais: «Mujer heterosexual busca hombres homosexuales». Tras cinco meses estaba totalmente desanimada, pues no había conseguido que nadie me lamiera el coño con la regla en mi segunda cita en un día de luna llena. Ni siquiera había logrado que alguien me gustara. Las lesbianas que contestaban a mi anuncio eran de las que tenían pinta de lesbianas: pelicortas, anchas de espalda, brazos de campeonas de balonvolea. Nunca me había citado con tanta gente, pero tener mi objetivo me daba, como te he dicho, estabilidad. Ahora ni siquiera estoy segura de que mi afán tuviera que ver con el sexo, porque me pasaba la mayor parte del tiempo atontada. En mis citas, si la otra persona hablaba mucho y me obligaba a escucharla, me quedaba dormida. Cuando me despertaba ya no había nadie.

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Un día de otoño apareció Fabio. Era mexicano, aunque nadie lo habría dicho dado su aspecto de irlandés. Yo tenía cierta paranoia con lo rubicundo. [Hice un gesto vago, como el de una gacela thompson al acecho de la cámara en un documental. Estuve a punto de decir algo, pero.] Un día mi psicoanalista me confirmó que estaba buscando a la niña que fui en todos los hombres de pelo rubio de los que me enamoraba. Hubo un segundo psicólogo, junguiano, que me soltó que en el fondo yo reverenciaba la raza aria. [Miré al suelo; me parecían unas observaciones ridículas si Susana pretendía que la creyera, aunque por otro lado esa parte de mí que se asomaba con morbo y envidia a la libertad que ella se daba para construirse había emitido una lejana señal de regocijo. Estaba acostumbrada a su exageración, incluso a que mintiera, aunque no con tan escaso sentido de la medida. Que su fantasía se desparramara me hizo albergar esperanzas de separar con exactitud el grano de la paja, e incluso de que Susana me contase lo que yo ansiaba, importante solo por la codicia de la espera. Por otra parte, al estar yo medicada me hacía dudar, como si lo que escuchaba pudiera absorberse con naturalidad sin una química intercediendo en mis células.] Fabio respondió a mi anuncio para homosexuales. Se presentó como un rastreador de lo que había detrás de esos anuncios. Sabía qué peticiones escondían, incluso cuando eran muy parcos. Lo descubría por el olfato. Se pasaba el día oliendo periódicos y revistas. Según él, había un olor originario que persistía. [Quizá fue a partir de aquí cuando me quedé medio dormida durante unos segundos, como una alumna sentada en primera fila que cierra apenas los ojos porque su voluntad de que no la pille el profesor permanece en la duermevela. Tal vez recurro al sueño para excusar a Susana, o para disculparme yo. Enseguida comenzó a molestarme su desparpajo. Del entusiasmo pasé a sospechar que se aprovechaba del atontamiento en el que me sumían las pastillas. ¿O acaso no la entendí bien y todo se debía a que ella continuaba delirando porque los medicamentos no le habían hecho efecto? ¿Me había perdido algo esencial por haberme dormido durante unos instantes?] Para que me hiciera una idea de su facultad me preguntaba si no me había dado cuenta de que las palabras tenían un color. La esperanza, me decía, era azul. Un coche despeñado por un puente era blanco, y si bajo el puente había agua, esta era del color de las inundaciones en la antigua Indochina. Con el olor pasaba lo mismo: todo desprendía un aroma sutil que no se encontraba fuera, sino en nuestro cerebro. No es que él estuviera seguro de que las cosas respondieran a este modelo pero, me decía, no encontraba una manera mejor de explicarme lo de su nariz. Esto que te cuento ocurrió cuando no existían los móviles y las llamadas podían registrarse en esos contestadores automáticos con casetes. Me encantaba el pitido, mi voz grabada, que yo procuraba que fuera ronca y sensual, como en las películas, lo que resultó inútil. Ya ves lo que es mi voz: parece que me estoy limpiando las cuerdas vocales con un kleenex. Era martes, yo había salido a pasear mi angustia por los jardines de Sabatini, y al volver a mi cuchitril de la plaza Mayor me encontré el aparato henchido de parpadeante luz roja. Continuamente estaba así, pues mis anuncios salían a diario. A pesar de que los mensajes eran exasperantemente iguales, esta vez tuve un presentimiento al ver la lucecita titilar en la oscuridad, como el ojo del diablo, y corrí al contestador imitando a las heroínas de los telefilmes. Nunca me había sentido protagonista con la alegría invadiéndome. Fabio habló al final, después de cinco hombres de entre treinta y cincuenta años que me sonaron como si masticaran una bola de regaliz y dos mujeres veinteañeras con intereses escurridizos. Al igual que Fabio con su olfato, yo podía saberlo casi todo de una persona por la voz tras seis meses quedando con desconocidos a los que había oído antes en el contestador. Jamás descolgaba, sino que los dejaba susurrar sus anhelos y sus números de teléfono; luego los escuchaba con frecuencia compulsiva hasta que ya no estaba segura de mi intuición, que siempre decía no, Susana, ahí no vas a encontrar nada. Mi intuición era tan desoladoramente certera que tenía que machacarla. Esta vez le hice caso y quedé solo con la voz que balbucía Hueles a sangre. Acudí al bar asustada; en la tercera mesa de la izquierda, que siempre reservaba, estaba Fabio con su piel blanca, una piel que a la luz desvaída del local se veía grisácea.

–¿Cuántos años tienes? –le pregunté.

Era tan enano que creí sacarle un lustro o más. Si me hubiese dicho que estaba haciendo pellas en el colegio no se me habría desencajado la cara. Pero Fabio resopló y ahí me di cuenta de su edad: no hubo nada adolescente, ni siquiera postadolescente, en aquel gesto, que de todos modos acompañó de un documento identificativo donde ponía veintiséis años.

–Yo también tengo veintiséis.

–Lo dices en tu anuncio.

De repente se me había olvidado lo de la sangre. Se me había olvidado también por qué había quedado con una persona con ese aspecto, como si alguna vez les hubiera visto la facha a los demás. Fabio se parecía al señor Galindo, el enano de ese programa de la tele que nadie se perdía, Crónicas marcianas. [No pude evitar sonreír al imaginarme a Fabio, y en el gesto le concedí todo el crédito a Susana, aunque «crédito» no es la palabra más adecuada. Quiero decir que dejé de especular sobre sus intenciones, tal vez porque su relato me desconcertaba y ya solo pensaba en él. Por otra parte, si la dejaba hablar, no tenía sentido seguir a la defensiva. Está bien, me dije, observa hacia dónde quiere ir. Y si no, pues córtala. Pero, ah, yo no iba a atreverme a eso.] El caso es que durante largos segundos no entendí nada; me limité a sentarme frente a Fabio y a dejar que el litio desplegara sus efectos secundarios, que son como los virus y las bacterias: te invaden cuando tus defensas están bajas. La visión se me tornó borrosa, empecé a tener palpitaciones, me entraron ganas de hacer pis y por mis sienes caracoleó un sudor ingrato. Cuando lo toqué, advertí que ese sudor era viscoso, aunque lo más probable es que tuviese el tacto alterado.

–Disculpa, tengo que pasar al baño.

Apenas pude orinar unas gotitas. Me eché agua por la cara, pensé en meterme unos cuantos ansiolíticos y lo descarté porque no era seguro que fueran a contrarrestar el litio, y cuando salí de allí estaba tan blanca como Fabio. También estaba en cierto modo igual de pequeña a pesar de mi metro ochenta. Supe que me tenía en sus manos.

–Mi madre no me dejó crecer –me dijo.

Yo no estaba para adivinanzas ni metáforas; le contesté con un simple:

–¿Qué?

–Que no llego al metro y medio porque mi madre no quería que me hiciera adulto.

–Pero eres adulto.

–Ya has visto mi documentación.

–Sí –le dije.

No me lo acababa de creer. Fabio tenía los huesos largos a pesar de su enanismo, lo que le hacía, desde el primer golpe de vista, contradictorio. Se trataba de un efecto similar al producido por las figuras de cristal pequeñas y estilizadas, que siempre parecen más grandes. Aunque no me gusta sacarle tres cabezas a un hombre, me senté frente a él siendo de nuevo consciente de mi estatura, tanto que pedí un whisky on the rocks para evadirme de mis proporciones. Él optó por un descafeinado de sobre.

–¿Y?

Lo dije por decir, porque, como te acabo de contar, no recordaba mi objetivo. Solo sabía que estaba allí por algo distinto a lo que me había llevado a conocer a casi un centenar de personas en los últimos meses.

–Sé que quieres que te lama el coño durante la regla, y a ser posible cuando más sangras, que es con la luna llena.

Aquí debo decir lo de: Lo observé atónita. Me dejé resbalar por el whisky, sin miedo a que se me olvidaran las cosas porque sabía que Fabio iba a recordármelas. Aquella tarde hablamos de su vida, de la mía y, a causa de vericuetos difícilmente reproducibles de la conversación, de la repugnancia que nos producía el anuncio del turrón El Almendro. [Recordé el anuncio, lo recordé instalada en la tibieza de un sofá verde cuyo tacto daba grima, los pies como una figura de goma en torno a un brasero eléctrico y el olor dulzón de los postres: turrón, naranjas, bombones rellenos de cerezas al brandy. En la pantalla del televisor aparecía primero, o eso creo, el perfil de un pueblo del que emanaba la luz de la Navidad. La luz de la Navidad era caleidoscópica, podía deshacerse en imágenes fugaces que sin embargo anidaban en la percepción por estar de sobra connotadas: la madera apilada en cocheras, junto a puertas falsas o frente al corral de las gallinas; el humo reconfortante que esparcían las chimeneas y que acunaba a los dioses del hogar; la nieve cayendo con la oportunidad de una bola de cristal de las que se agitan, cuyos copos siempre componen bellezas pequeñas y manejables para ponerlas sobre una coqueta. El hijo irrumpía en un salón que guardaba las proporciones de un imaginario kitsch, pues aquel pueblo cuya silueta hacía pensar en Extremadura o Cádiz no tenía mesas camilla ni paredes encaladas, sino unos ventanales de chalet de La Moraleja, un abeto alpino, una chimenea de película americana. Luego salía a escena la madre con sus cabellos espesos de laca y su vestido abotonado y aires de misa, toca y caché cañí. No sé cuántos años duró ese anuncio, o tal vez es que se hacían versiones cada año; no veía la tele desde que entré en la universidad. Por culpa del anuncio, cuando llegaba a mi pueblo andaluz para celebrar la Nochebuena siempre me daba la impresión de que faltaba algo que no estaba demasiado lejos, algo que los mayores deberían haber hecho. Me parecía legítimo mostrar cierta desilusión.] ¿Era El Almendro o El Lobo? Ahora los confundo. Hace una eternidad que no veo la tele. Fabio me dijo que, desde que murió su padre, jamás volvía a su casa por Navidad. Llevaba siete años en España, su madre vivía en Santander, y prefería dejarse la pasta en algún viaje por alguna latitud donde no hubiera rastro alguno de la Navidad. En los ochenta viajar no era low cost. Me insistió mucho en que se gastaba una fortuna en irse lejos. Y no había conseguido la nacionalidad. Tenía, eso sí, un buen trabajo gracias a su olfato. Estaba contratado por el CNI para oler a asesinos y terroristas en cartas y otro tipo de documentos. La revolución informática había comenzado y eso lo alarmaba: su olfato no funcionaba con las pantallas. También le pagaban por dejarse investigar en el CSIC, donde se lo repartían dos centros de neurociencia. Asimismo, experimentaban con él los del Grupo Hepza, dedicado a los fenómenos paranormales. [Escuchado desde mi nube: consistencia de los sueños, pero juraría que no soñaba. Creo que no he aclarado que era la mezcla del antidepresivo y el ansiolítico lo que me llevaba a dormirme. La historia de Susana era lo suficientemente estrafalaria para mantenerme alerta, aunque por momentos me vencía el cansancio. Estoy segura de que eso no enturbió mi escucha, de que incluso en la duermevela las palabras de Susana se aferraron a mi memoria, pues guardo un recuerdo claro, sin apenas fisuras. Me motivaban mi enfado y mi confusión, lo que quise haber inquirido y permaneció en la penumbra; no cerré los ojos más de tres veces, y mi apagón duró segundos. Susana no se dio cuenta.] Ahora lo tenía frente a mí porque estaba dispuesto a hacer lo que yo quería. Se trataba, añadió, de una de sus prácticas sexuales favoritas, imposible además de practicar con hombres. Volvió a decirme que él era homosexual.

–Solo te pongo un requisito: quiero un espejo al lado.

Como te dije, yo vivía en una buhardilla de la plaza Mayor. Ahora pienso que las condiciones en las que habitaba mi buhardilla preconizaban lo que iba a pasar veinte años después con la ...