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LA VIDA DESCALZO

Alan Pauls  

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Fragmento

Se sueña mucho en la playa. El programa de una noche normal en Cabo Polonio —la playa del Uruguay donde veraneo desde hace cinco años— tiene cierto aire de familia con las maratones continuadas que veíamos de chicos con mi hermano y mi padre en un cine de Las Heras y Agüero, el Roxy, que demolieron cuando todos habíamos olvidado cómo se llamaba. Cada sueño, digamos, equivale a una película. Cada noche incluye tres o cuatro sueños. Entre sueño y sueño, como en las viejas sesiones del Roxy, hay un intervalo. Son lapsos precarios, de duración incierta, nunca se sabe si premeditados o accidentales, de modo que una de dos: o uno se queda donde está y espera quieto que se reanude la proyección, o se levanta de un salto y hace lo que tiene que hacer lo más rápido posible, de modo de volver a tiempo para el principio de la película siguiente.

Dado que en la temporada de verano 2005 la cartelera onírica fue especialmente frondosa, se me ocurrió llevar un registro esporádico de la programación. Transcribo la que me tocó la noche del miércoles 16 de febrero.

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Primera función. Jack Nicholson nos invita a pasar unos días en su hotel de Los Ángeles. Antes de que la acción del sueño empiece, como los clips que en la entrega de los Oscar ilustran la actuación o la trayectoria de los nominados, veo un montaje de escenas de Nicholson tomadas de películas que no existen. Nicholson astronauta (manotea en el aire una maquinita de afeitar ingrávida). Nicholson estrella de fútbol americano (sufre un percance en el nervio ciático mientras se ata los cordones de los botines). Nicholson astrólogo (buscando desesperado una carta natal entre una parva de fotocopias de chicas desnudas). La acción del sueño no empieza nunca.

Segunda función. Una galería de arte. En pleno vernissage, un escritor que conozco (que en rigor conocí bastante bien hace muchos años, cuando no era escritor sino un cuadro en ascenso de la juventud demócrata cristiana, fanático del fantasy y la ciencia ficción y devoto de la fe marianista) me comenta en voz baja los serios problemas en los que está metido otro escritor que conozco, que reside en Francia y acerca del cual yo, desconfiado por naturaleza de toda bondad que llame demasiado la atención y mucho más, por lo tanto, de la clase de altruismo que se exhibe alegremente a los cuatro vientos, como un nuevo rico exhibe sus billetes recién salidos de fábrica, nunca puedo evitar hacer circular el rumor de que es uno de los representantes de Satanás en la Tierra.

Tercera función. Voy a un concierto de Miguel Mateos, el único outsider genuino del rock nacional. Me impresiona sobre todo el público: chicos de provincia de 20, todos engominados, vestidos de traje oscuro, corbata finita y zapatos abotinados. Me doy cuenta de que es el mismo público que va a ver a los predicadores que llenan los antiguos cines de la avenida Rivadavia, hoy reciclados en tenedores libres cristianos ambientados con crucifijos de neón, telones rojo sangre y alfombras sintéticas que cargan de electricidad a los fieles y los transforman en baterías ambulantes.

¿Por qué se soñará tanto en la playa? En Cabo Polonio, supongo, para compensar los efectos de un cierto síndrome de abstinencia. El lugar no tiene luz eléctrica —no hay cine, no hay televisión, no hay computadoras—, y es tan precario que las formas de comunicación publicitaria más elaboradas que tolera son las pintadas de la política municipal (Chiruchi Putazo, decía una de hace dos veranos, destinada, según me contaron, a entorpecer la carrera de un candidato a intendente) y los afiches de los cigarrillos Nevada, que, indiferentes a todo, casi comunistas en su obstinación, se limitan a reproducir con orgullo el viejo paquete parduzco y la marca. En otras palabras: si se sueña mucho es porque la playa es un territorio libre de imágenes. Todo su sex appeal —y también su envidiable capacidad de enajenar— descansa en esa especie de castidad icónica, que los paisajes marítimos sólo comparten, creo, con uno de sus dos precursores naturales: los desiertos. (El otro es la isla.) La arena y el mar toleran mal la actualidad de las imágenes, no su potencia. A diferencia de paisajes como la selva o la montaña, cuyas nervaduras y detalles, de un dramatismo flagrante, siempre saltan a la vista, tienen una textura homogénea, neutra, como de soportes o superficies, reacia a cualquier impulso de figurar pero a la vez increíblemente fértil a la hora de inspirar figuraciones. Así, los sueños, con sus imágenes virtuales, son a la playa lo que los espejismos al desierto: la otra escena de un espacio. (Las imágenes no pueden coexistir con el espacio: sólo aparecen cuando el espacio real se ha desvanecido en el dormir o en la alucinación.)

De esa equívoca relación entre la playa y las imágenes deriva una de las grandes decepciones de mi prontuario vacacional: el autocine. Tenía alrededor de 6 años cuando fui a uno por primera vez, en Villa Gesell. Lo habían montado lejos del centro, en una franja perdida de la zona norte, entre la avenida 3 y el mar, y lo promocionaban con la pompa que por lo general merecen los afanes más espectaculares de modernización, como si celebraran el milagro de haber importado Disneyworld a un oscuro terraplén del sur de la provincia de Buenos Aires. Fue el primero y el único que conocí, y esa primera vez fue también la última. (En rigor, todo lo que sé sobre autocines lo aprendí después en el cine, viéndolos en películas como Targets, de Peter Bogdanovich, cuya larga secuencia final —un monstruo sagrado del cine de terror que huye, una persecución, un tiroteo— tiene lugar en medio de una proyección en un autocine, contra un fondo donde se convulsiona en una serie de primeros planos crispados la cara del mismo monstruo sagrado que huye.) Cuando llegamos, tan temprano, dada mi impaciencia, que un empleado mutante y sin modales, mezcla de boletero, policía y valet parker, nos obligó a esperar afuera hasta que se hiciera completamente de noche, yo estaba tan excitado que mi padre, permisivo por naturaleza o por culpa y mucho más en febrero, no sólo por ser época de vacaciones sino porque, separado desde hacía años de mi madre, con quien yo pasaba los eneros en el campo, ensordecido por las chicharras a la hora de la siesta, o en Mar del Plata, subiendo y bajando cuestas en bicicleta y enamorándome de chicas imposibles, entre ellas una altiva pareja de primas políticas, se había propuesto la tarea, casi la misión, ejecutada con tanto ahínco que más de una aspirante a novia, sumada a alguno de esos veraneos con la idea de enternecer a mi padre compartiendo no sólo su cama sino los escombros de su vida familiar, debió quedar en el camino, escupida como un ...