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LA VOZ DE LA SIRENA

H.C. Andersen   Carme Riera  

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Fragmento

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Aseguran quienes cuentan mi historia, que desde hace mucho tiempo transmiten las olas del mar, que el amor ofuscó mis sentidos. El amor y el deseo de tener un alma inmortal, añade Andersen en un cuento muy difundido durante la época en que cada hombre esperaba encontrar a su sirena, con el deseo de que el encuentro no entrañara ningún peligro, y por eso a menudo nos preferían sin voz. Después de Andersen, que no siempre acierta con la verdad, Walt Disney aprovechó el relato para llevarlo al cine, divulgándolo todavía más.

Debo señalar que yo no busqué a un hombre para tener un alma inmortal sino que, al enamorarme hasta la más íntima y minúscula de las escamas de mi cola de pez y de los tuétanos de mis huesos de mujer, nació en mí la necesidad absoluta de fusionarme y confundirme con él para siempre. Eso me parecía suficiente regalo de inmortalidad.

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Para que llegara ese instante lo di todo. Si la hubiera tenido, también habría dado mi alma inmortal. Estaba convencida de que, cuando por fin nos uniéramos y mis piernas nuevas se enlazaran con las suyas, mis brazos con sus brazos y mi aliento se confundiera con su aliento, seríamos eternos. Nada echaríamos en falta, ni nada más desearíamos. Pero me equivoqué. Lo aposté todo a esa carta única y cifrada del amor, como tantas mujeres a lo largo de su inacabable historia de amores desgraciados y terribles.

Ahora que han pasado muchos años, sé que el origen de mi deseo de amar y ser amada tuvo que ver con la necesidad de rebelarme y de escapar que de repente hizo mella en mí. Pero antes de referirme a esa circunstancia, creo que debo contar cómo era mi vida cuando todavía no sentía el ansia perturbadora por lo desconocido, la atracción por la inasequible lejanía y el potente reclamo del amor.

Allá abajo, en las vastas profundidades del mar, hay también ciudades, pueblos y aldeas habitados por sirenas, más pobres o más ricas, según hayan nacido en una u otra familia, más listas o más torpes, más guapas o más feas, según las leyes del azar que a veces no respetan siquiera la genética, pues no es verdad aquello de que siempre se engendra lo semejante.

Cuenta Andersen que yo era una princesa, hija del rey de las profundidades, la más pequeña de sus seis hijas, huérfanas de madre y criadas por la abuela, la reina vieja del lugar.

He escuchado muchas veces el relato del danés y puedo decir que se equivoca porque las sirenas no mueren hasta sobrepasar los trescientos años y era imposible que nuestra madre nos pariera al bordear esa edad. Lo que ocurrió fue que mamá se marchó de casa; nos abandonó cuando yo tenía un año, harta de soportar las infidelidades de mi padre que tampoco era rey, aunque sí estaba emparentado con el monarca que entonces gobernaba. Ese parentesco, del que siempre presumía, fue clave para que, tras el divorcio, los jueces se inclinaran a su favor y obtuviera nuestra custodia, algo por lo que mamá luchó de manera incansable pero inútil.

La única compensación que obtuvo mi madre de una separación tan sonada, aunque yo lo supe mucho después, fue que su abogado se enamoró de ella y ella de él. Se casaron y fueron felices, tanto que a veces, no sé si a consecuencia de las inacabables y letárgicas perdices que comieron, como cuentan los humanos que sucede en las historias que acaban bien, incluso se olvidaba de pensar en sus queridas hijas, según me contó mi hermana mayor, la única que de vez en cuando tenía tratos con ella.

Mi padre, que, en efecto, se iba detrás de la primera cola de sirena que se le pusiera por delante, le pidió a su madre que fuera a vivir con nosotras para hacerse cargo de la casa y gobernarla, algo que él ni sabía ni podía hacer, pues su trabajo de constructor de diques y puentes, además de sus amoríos, le tenía más que ocupado. A veces, cuando su profesión de ingeniero así lo requería, tenía que ausentarse durante semanas, de manera que era la abuela, ayudada por tres muchachas de servicio y un ama de llaves, la que se encargaba de los asuntos domésticos y de la vigilancia de nuestra educación.

Andersen asegura que éramos seis hermanas. No sé si porque media docena le parecía más adecuado para una hermandad de sirenas principescas o porque sus informantes se equivocaron aumentando el número de cuatro a seis.

Por supuesto nos describe bellas y con unas voces más espléndidas y fascinadoras que las del resto de las sirenas. Aunque pueda parecer presuntuosa, creo que acierta. En cambio, no tiene razón cuando asegura que nuestra ocupación principal consistía, como única tarea, en cultivar una parcelita en el jardín de casa, que en efecto era grande. Eso tal vez lo hicieran algunas de nuestras antepasadas, pero no nosotras, que recibimos una educación férrea, a la inglesa, por lo estricta, como dicen los humanos. Desde pequeñas fuimos a clase de canto para mejorar la calidad de nuestras voces y aprendimos a tocar instrumentos, además de cursar las asignaturas regladas para obtener una titulación que nos permitiera cursar estudios superiores, algo que en aquella época en muchos países de la tierra aún estaba vetado a las mujeres.

La abuela, que era muy instruida y, ella sí, nieta de rey, quiso que cada una de nosotras fuera una sirena de provecho, y que en caso de necesidad pudiera valerse por sí misma sin tener que depender de nadie.

Mi hermana mayor, Aglaya, se dedicó al bordado y compuso bellos tapices que todavía cuelgan de algunos de nuestros museos, pues alcanzó en este arte mucho renombre. Sin embargo, lo que verdaderamente le hubiera gustado era poder pintar en vez de tejer. Cuando viajó a la tierra a través de los ríos se adentró en ciudades y en algunas se las compuso –yo creo que gracias a sus cantos de sirena embaucó a más de un pintor– para poder admirar los lienzos que nos retratan, según ella, con poca inspiración. Por eso deseaba darles réplica. Pero el medio acuoso dificultaba su tarea ya que los colores tendían a diluirse con facilidad. Hablo de hace muchos años: hoy sí hubiera sido posible porque hemos avanzado mucho, especialmente en técnica, pero a Aglaya, al parecer, ya no le interesa seguir trabajando en lo que considera una afición de juventud.

La segunda, Herminia, que admiraba mucho a nuestro padre, quiso ser ingeniero como él. Fue la primera sirena en entrar en una escuela técnica y cursar una carrera que hasta entonces solo estudiaban los tritones. Construyó como papá diques, canales y puentes, que permiten, todavía hoy, vadear simas abisales sin peligro de ser engullidos por la terrible fuerza de las aguas. En la actualidad, ya jubilada, vive rodeada de una familia de más de cincuenta descendientes, entre hijos, nietos, biznietos y tataranietos.

La tercera, Terpsícore, fue bautizada así en honor a la bella musa, antepasada nuestra, la esposa del río Aqueloo de la que provenimos todas las sirenas celestes o marítimas. Quizá fue el nombre que la unía a los ancestros lo que motivó que mi hermana Ter, así la llamábamos en casa con cariñosa abreviatura, quisiera dedicarse a la historia. Esa fue su ocupación primordial. Ya desde muy niña le gustaba recoger los testimonios orales de los viejos sobre nuestro origen. Quería saber de dónde proveníamos y qué relación guardábamos con las sirenas aladas que tentaron a Ulises. O con las que, tras competir con el músico Orfeo, al no conseguir vencerle, perecieron en el mar, pues no tenían todavía cola de pez y sus alas no les sirvieron como remos.

Al observar que las sirenas aladas perecerían en el mar, cambió sus extremidades en cola de pez y les dio brazos en vez de alas.

Cuando Ter visitó a los humanos yo ya me había ido de casa, pero me llegaron voces de que se hizo íntima de un monje, por cuyo monasterio pasaba el río que ella remontaba cada noche para ir a verle a su huerto. Al parecer, no tenía más intención que pedirle que le leyera en los libros de su biblioteca cuanto han escrito sobre nosotras, a veces con acierto y otras muchas faltando a la verdad. Según los más documentados testimonios, defendidos igualmente por Ter y el propio monje, nuestro origen es doblemente divino. No solo porque nuestra primera antepasada fue una musa, sino porque quien nos transformó en mujeres de agua fue también una diosa. Al observar que las sirenas aladas perecerían en el mar, cambió sus extremidades en cola de pez y les dio brazos en vez de alas.

Ter se gana la vida dando conferencias, muy bien pagadas por cierto, en muchísimos centros culturales de nuestro país. Lo hace espléndidamente porque omite cuanto de negativo hay en nuestra historia y solo se refiere a lo positivo. Por ejemplo, nunca cuenta que perdimos el concurso de canto frente a nuestras tías las musas cuando éramos todavía criaturas aladas, y que estas nos desplumaron y con las plumas se hicieron coronas. Fue tal la vergüenza, la humillación y el descalabro, que nos precipitamos al mar.

Yo, Cliodna, de la que Andersen calla el nombre, Jaroslav Kvapil me llama Rusalka y Disney Ariel, me llevo tres años con Aglaya, dos con Herminia y uno con Ter. En ese cómputo el danés acierta porque en apenas cuatro primaveras –constato ahora que mamá se quedaba siempre embarazada en verano– nacimos todas. Por lo menos las que yo tengo por hermanas legítimas. De las otras no hablo porque no tengo idea de las que pudo engendrar mi padre en sus correrías.

Nunca me resultó fácil hablar de mí misma y menos ahora que tengo que hacerlo con voz prestada, pero considero que es importante que se conozca mi historia, sin faltar un punto a la verdad.

Lo primero que debo señalar, pues, es que mi padre, que era también un ent ...