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LAS AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN

Mark Twain  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Si uno de los índices para medir la grandeza de una obra literaria es su capacidad para mantenerse viva, sin dejar de crecer y de evolucionar a ojo de los lectores y soportando tanto críticas mordaces como alabanzas desmedidas, no cabe duda de que Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, es un gran libro. Ninguna otra novela estadounidense del siglo XIX ha experimentado tantos vaivenes en cuanto a reputación se refiere como esta en el transcurso de su larga vida. En constante reimpresión desde que fue publicada por primera vez a finales de 1884 en Inglaterra y a principios de 1885 en Estados Unidos, Huckleberry Finn ha sido objeto de todo tipo de calificativos, desde «una verdadera basura» hasta «la gran novela americana». Se la ha relegado a relato de aventuras juvenil y se la ha tildado de libro inapropiado para el público infantil. Ha sido etiquetada como obra racista y expulsada de las aulas y las bibliotecas escolares, y también como una de las más poderosas novelas antirracistas de todos los tiempos. Sobre ella se han escrito decenas de libros y miles de ensayos, artículos y editoriales. Incluso en el siglo XXI, ciento treinta años después de su creación, continúa suscitando enconados debates y abriéndose camino hasta los titulares mientras que no dejan de surgir nuevos descubrimientos, nuevas interpretaciones y teorías, así como nuevas acusaciones.

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A simple vista, la novela no puede ser más sencilla. Huckleberry Finn, ambientada en la época de la esclavitud, antes de la guerra de Secesión, y narrada por Huck Finn, el «joven paria» de Las aventuras de Tom Sawyer (1876), es la historia de un niño que se une a un esclavo prófugo llamado Jim en su común búsqueda de la libertad. Huck quiere escapar de las restricciones de la sociedad respetable que le impone su virtuosa madre adoptiva, la viuda Douglas, y también de los malos tratos de su padre biológico, que lo echa a la fuerza de casa de la viuda. Jim, por su parte, huye del peligro inminente de ser vendido aguas abajo del Mississippi, lo que lo alejaría permanentemente de su mujer y sus hijos, y tiene la esperanza de llegar a un estado libre donde ganar dinero suficiente para redimir a su familia. Los fugitivos traban amistad mientras descienden en una balsa hacia Cairo, Illinois, donde esperan vender su medio de transporte y comprar unos pasajes para un vapor que remonte el río Ohio, hacia la libertad. Un contratiempo lleva a Huck y a Jim más allá de Cairo, adentrándose aún más en territorio esclavista. Lo que empezó como una historia de aventuras juvenil se transforma en un relato más propio de adultos a medida que Huck comprende las implicaciones de lo que está haciendo: ayudar a un esclavo negro a escapar de su propietario. El chico lucha con su conciencia mientras trata de entender cuestiones morales relativas a la libertad, la esclavitud y la dignidad humana. Jim y él se encuentran con toda una serie de personajes, la balsa llega al final de su largo viaje y entonces se produce otra transformación. Reaparece Tom Sawyer, el amigo de Huck, y el libro termina con el mismo espíritu de aventura juvenil con el que empezó.

Huck Finn, el narrador y protagonista de Huckleberry Finn, apareció por primera vez en el capítulo VI de Tom Sawyer. Allí es presentado como el «joven paria» del pueblo de Tom, San Petersburgo, como «hijo del borracho local»:

Huckleberry era cordialmente odiado y temido por todas las madres del pueblo, porque era vago, ordinario y malo, vivía al margen de la ley, y todos sus hijos lo admiraban, disfrutaban de su compañía prohibida y deseaban atreverse a ser como él. Tom era como el resto de los chicos respetables en lo de envidiar a Huckleberry su deslumbrante condición de proscrito, y había recibido órdenes estrictas de no jugar con él. En consecuencia, jugaba con él cada vez que tenía oportunidad.

Pese a ser casi un marginado social, Huck se convierte en el mejor amigo y aliado de Tom. Hacia el final de Tom Sawyer, lleva a cabo un acto de heroísmo que rivaliza con las más valientes hazañas de Tom. Así se gana la consideración de los habitantes del pueblo, y parece estar a punto de alcanzar la respetabilidad cuando la acaudalada viuda Douglas lo acoge en su confortable hogar. Sin embargo, no está satisfecho con su nueva condición, y ese sentimiento se arrastra hasta Huckleberry Finn.

En julio de 1875, nada más terminar Tom Sawyer, Mark Twain escribió a su íntimo amigo y confidente literario William Dean Howells para informarle de que había concluido la novela y de sus planes para publicarla. También dejó caer la primera insinuación de que iba a escribir la continuación, que se convertiría en Huckleberry Finn: «Pronto cogeré a un niño de doce años y lo pondré a vivir (en primera persona), pero no Tom Sawyer, que no sería un buen personaje». Lo que Mark Twain pretendía —y acabó logrando— era escribir una narración sobria y seca, libre de la clase de fantasías imaginativas que un personaje deseoso de llamar la atención como Tom Sawyer querría crear y también libre de juicios de valor y de comentarios omniscientes, como los del anónimo narrador adulto de Tom Sawyer. Esa novela es ante todo un libro juvenil narrado por un adulto, mientras que Huckleberry Finn acabaría resultando un libro de adultos narrado por un chico.

La cualidad más destacada de Huck Finn es, en palabras de Mark Twain, su «buen corazón», así como su empatía con otros seres humanos, incluso con los delincuentes. Su lucha moral se disputa entre su conciencia, que le dice continuamente que ayudar a un esclavo a escapar está mal, y su corazón, que le dice que ayudar a su amigo Jim es la mayor obligación. Incapaz de expresar la naturaleza de dicha lucha, Huck no puede sino constatar que alberga «sentimientos malos» incorregibles y que algún día podría incluso convertirse en un asesino, lo que le conduce a la conclusión de que acabará en el infierno.

Los comentarios de Huck sobre otras personas revelan que es inteligente y observador, pero no imaginativo. En general, describe lo que observa sin emitir juicios ni extraer conclusiones moralistas. Aunque suele carecer de sentido del humor, a menudo sus palabras resultan divertidas porque no encuentra el humor en lo que describe y en ocasiones malinterpreta por completo lo que ve. Un ejemplo llamativo es el episodio del circo, en el capítulo xxii, donde un hábil acróbata que aparenta estar borracho sale de entre el público y se abre paso hasta un caballo que da peligrosos brincos. Huck describe al público, que se ríe a carcajadas cuando parece que el supuesto borracho se dirige al desastre, pero él no encuentra nada gracioso en la escena porque teme por la seguridad del hombre. Después de que se quite la ropa y se revele como un artista circense experto y bien equipado, Huck traslada su preocupación al jefe de pista, al que cree humillado por la jugarreta del jinete, sin comprender que el espectáculo completo ha sido simplemente un número más. Muchos de los abundantes episodios humorísticos de la novela resultan aún más divertidos gracias a malentendidos parecidos, que serían imposibles si Tom Sawyer estuviera en el lugar de Huck. A diferencia de él, Tom comprendería qué sucede en realidad, analizaría lo que ve y haría un relato informativo, aunque desde luego menos interesante y conmovedor. Así pues, una parte fundamental de la grandeza de Huckleberry Finn radica en la elección por parte de Mark Twain de Huck como narrador.

La repentina aparición de su padre al final del capítulo iv introduce un tono inquietante en lo que hasta entonces era una historia relativamente ligera. «Papá», a quien el poeta inglés W. H. Auden describió como «un monstruo mayor y más horrible que casi todos los monstruos de ficción que me vienen a la cabeza», resulta aún más amenazador que el criminal indio Joe de Tom Sawyer. El hecho de que sea el padre de Huck lo vuelve aún más temible, porque dirige gran parte de su ira y de sus amenazas cargadas de violencia contra su propio hijo. En general, la cuestión de la esclavitud se considera fundamental en Huckleberry Finn, pero el papel del padre en el libro convierte el maltrato infantil en una cuestión esencial, un aspecto importante de la novela que, sorprendentemente, ha recibido escasa atención, pese a que el miedo de Huck a su padre es lo que lo empuja a escapar. Las familias sanas y sólidas son la excepción y no la regla en la obra de Mark Twain, pero este padre cruel y peligroso solo rivaliza con el padre de Tom Canty, el niño mendigo de El príncipe y el mendigo (1881). Como hijo del «borracho local», no es de extrañar que en Tom Sawyer se describa al propio Huck como «vago, ordinario y malo, y [que] vivía al margen de la ley». La capacidad para sobreponerse a sus vergonzosos orígenes es un impresionante tributo a la fuerza inherente a su carácter.

Durante los años posteriores a la publicación de Huckleberry Finn, el libro recibió un aluvión de críticas a causa de su lenguaje. Hasta entonces, la narrativa estadounidense acostumbraba a redactarse en un lenguaje formal y, por lo tanto, no demasiado natural. La buena escritura se equiparaba con el inglés elegante, lo cual significaba en concreto una gramática y una sintaxis correctas, así como la elección de palabras socialmente aceptables. Huckleberry Finn rompió con esa rígida tradición contando su historia a través de la voz de un chico observador pero inculto que vivía en lo que en esa época constituía la frontera del Oeste americano. El libro fue la primera novela estadounidense significativa narrada por completo en una lengua vernácula auténtica y con frecuencia ordinaria. Hecho patente desde la primera línea de la novela: «You don’t know about me, without you have read a book by the name of “The adventures of Tom Sawyer”, but that ain’t matter». Aquellos lectores refinados que lograron dejar atrás el uso arcaico de «without» como conjunción y el uso mayoritariamente condenado de la contracción «ain’t» en breve se enfrentarían a muchas más transgresiones del inglés apropiado.

El lenguaje ordinario no era el único aspecto de Huckleberry Finn que suscitaba las objeciones de los lectores elegantes. Para muchos, el comportamiento de Huck resultaba inadecuado con demasiada frecuencia y no convenía exponer a los niños a semejante ejemplo. A pesar de la empatía que mostraba hacia otras personas y sus impresionantes actos de lealtad, coraje, generosidad y abnegación, lo que más importaba a los críticos era que desobedeciera, fumara, maldijera, mintiera y de vez en cuando robara. Lo peor tal vez fuese su desobediencia a la ley y a Dios cuando, en vez de traicionar a Jim, el esclavo fugitivo, proclamaba: «Bueno, pues iré al infierno entonces». Dicho en pocas palabras: Huck era un chico malo, y en nada beneficiaría a los niños leer las aventuras de un personaje que, a pesar de hacer tantas cosas mal —entre ellas, utilizar una gramática incorrecta—, al final sale bien parado.

Las iniciativas para prohibir Huckleberry Finn no se hicieron esperar. En marzo de 1885, tan solo un mes después de la publicación del libro en Estados Unidos, el comité de la biblioteca pública de Concord, Massachusetts, lo retiró de la circulación. La iniciativa de prohibirlo estuvo encabezada por una ciudadana de ese mismo pueblo, Louisa May Alcott. Autora de Mujercitas (1868) y de otros libros juzgados más adecuados para niños impresionables, Alcott consideraba Huckleberry Finn una novela repugnante desde el punto de vista moral. Un miembro del comité de la biblioteca lamentó «la utilización sistemática por parte de la novela de una gramática incorrecta y el empleo de expresiones rudas, ordinarias y poco elegantes». Otro tachó el libro de «verdadera basura». Un artículo de opinión sin firma del periódico Republican de Springfield, Massachusetts, apoyaba sin reservas la prohibición:

El comité de la biblioteca pública de Concord merece el agradecimiento del público por su prohibición del nuevo libro de Mark Twain, Huckleberry Finn, debido a su falta de calidad literaria y a su brutalidad. Ya es hora de que ese influyente seudónimo deje de llevar a los hogares y a las bibliotecas obras indignas… El problema del señor Clemens es que carece de todo sentido del decoro.

La biblioteca de Concord no fue la única en prohibir Huckleberry Finn, especialmente en Nueva Inglaterra, estado en el que la tradición puritana se mantenía muy viva. En el mes de abril, poco después del incidente que se había producido en esa población, Mark Twain recibió una carta de W. E. Parkhurst, el director del periódico Courant de Clinton, Massachusetts, en la que le informaba de que los responsables de la biblioteca pública de su pueblo también habían prohibido la novela. Fuesen cuales fuesen las consecuencias de la retirada de Huckleberry Finn, al parecer no lograron perjudicar las ventas del libro. Parkhurst aseguró a Mark Twain «que el afán de ver y leer Huckleberry va en aumento aquí; los adultos preguntan a diario dónde se puede conseguir Finn, e incluso los niños lloran pidiendo Huckleberries».

Las quejas sobre la supuesta mala influencia de Huckleberry Finn en los niños continuaron hasta comienzos del siglo XX. En el mes de agosto de 1902, por ejemplo, se difundió la noticia de que la sección juvenil de la librería pública de Omaha, Nebraska, lo había retirado de sus estantes a raíz de unas protestas sobre el libro «en el púlpito y la prensa». Consciente de que incluso la mala publicidad podía contribuir a las ventas de sus libros, Mark Twain envió una carta al WorldTelegram de Omaha, que se publicó en su número del 23 de agosto:

Me aflige pensar en el daño que está causando todo este alboroto, que ha impulsado a numerosas personas hasta ahora intachables a leer Huck Finn debido a una natural curiosidad humana por averiguar a qué se debe tanto revuelo. Se trata de personas que no habían oído hablar del libro, personas cuya moralidad quedará destrozada y arruinada. Los editores se alegran, pero a mí me entran ganas de pedir prestado un pañuelo y de echarme a llorar. Lamentaría pensar que han sido los propios editores quienes han provocado toda esta agitación para poder quitarse de encima un libro que ocupaba demasiado espacio en sus sótanos, pero nunca sabes qué va a hacer un editor. Yo también lo he sido.

MARK TWAIN

Más tarde, el periódico publicó un editorial ridiculizando la censura de Huckleberry Finn. «De todos modos, adónde vamos a llegar —preguntaba— cuando los ñoños consejos de las bibliotecas públicas excluyen de los estantes ese gran libro juvenil, Huckleberry Finn, mientras ofrecen incoherentemente la peor clase de narrativa para adultos». Mientras tanto, esos artículos de prensa impulsaron a una niña de doce años de Greeley, Nebraska, llamada Gertrude Swain, a escribir a Mark Twain en octubre acerca de la prohibición por parte de la biblioteca de Omaha de Huckleberry Finn:

Apreciado Señor Twain:

Hace mucho tiempo que pensaba escribirle. Desde que vi ese artículo en el periódico que decía que Huck Finn era un libro malo.

Soy una niña de doce años. He leído Huck Finn unas cincuenta veces. Papá lo llama «mi Biblia», creo que es el mejor libro que se ha escrito nunca y no creo que a ningún niño o niña vaya a hacerle daño leerlo. Creo que haría mucho bien a muchos niños. No creo que ese pastor supiera de qué estaba hablando.

Creo que mis padres se lo saben de memoria de tantas cosas que les he contado, sobre todo lo de la señal de Jim. Pobre Huck, se metió en más problemas, y salió de ellos con tanta habilidad…

Mark Twain se apresuró a responder:

Mi querida niña:

Prefiero contar con tu opinión sobre la calidad moral del libro de Huck Finn, ya que lo has leído cincuenta veces, que con la de cincuenta clérigos que lo hayan leído una vez cada uno. Confío en tu visión moral, aunque no tanto en la de ellos, porque resulta limitada en cuestión de distancia y muy a menudo está desenfocada. [Pero eso son secretos y no debo seguir revelándolos; solo los conozco porque yo también estudié para sacerdote.]

Atentamente,

MARK TWAIN

Lo cierto es que Mark Twain nunca estudió para ejercer el sacerdocio, pero su alusión a la superioridad de la «visión moral» de Gertrude respecto a la de los adultos podría aplicarse también a la visión que atribuye a Huck Finn en su novela.

A pesar de las quejas sobre el lenguaje de Huckleberry Finn, en general la novela tuvo una buena acogida, aunque nadie la reconoció como una contribución significativa a la literatura. La merecida fama de humorista que tenía Mark Twain impidió que fuese tomada en serio. Cuando su posterior novela Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889) fue atacada por la crítica británica por su retrato de la Inglaterra medieval, Mark Twain le pidió a su amigo escocés Andrew Lang, un crítico respetado, que acudiera en su defensa. En su ensayo titulado «On the Art of Mark Twain», Lang dijo de él: «Si lo alabas entre personas cultas, no pueden creer que hables en serio. Lo llaman “bárbaro”. No quieren oír hablar de él, rehúyen el tema». A continuación, Lang elogiaba Huckleberry Finn, calificándola de «tal vez más valiosa para el historiador que La cabaña del tío Tom, pues está escrita sin tomar partido y sin un “propósito”», un aspecto que conviene recordar al leer la obra y valorar lo que dice sobre la esclavitud y la raza. Lang añadía que, en el libro,

el esbozo del personaje resulta admirable, insuperable en su género. Al poner la historia en boca del protagonista, Huck, Mark Twain logró darle una seriedad poco común en su obra y abstenerse de comentarios. Nada puede ser más auténtico y más humorístico que la historia de ese chico marginado, con un corazón naturalmente bueno y una conciencia dividida entre las enseñanzas de su mundo acerca de la esclavitud y los impulsos de su naturaleza.

Después de señalar virtudes específicas de la novela, Lang concluía que

el libro es una joya casi perfecta de aventuras y humor. El mundo lo aprecia, sin duda, pero los «críticos cultos» probablemente desconocen su valor singular. … Y la gran novela americana ha escapado a la mirada de quienes observan cómo llega ese nuevo planeta y se sitúa a su alcance.

Pese a las continuas críticas y a las acusaciones lanzadas contra Huckleberry Finn, su categoría de obra literaria creció sin cesar a lo largo de los años. En 1909, el año anterior a la muerte de Mark Twain, el periodista y crítico de Baltimore H. L. Mencken declaraba que Huckleberry Finn era equivalente a «las obras completas de Poe, Hawthorne, Cooper, Holmes, Howells y James, con toda la producción literaria hasta la fecha de Indiana, Pennsylvania y los estados situados al sur del río Potomac de relleno». Mencken, partidario a ultranza de las letras americanas puras y uno de los más francos defensores del libro, llamó a Mark Twain el «auténtico padre de nuestra literatura nacional, el primer artista verdaderamente estadounidense […] un artista literario de enorme habilidad y sofisticación».

No todos los críticos compartían la opinión de Mencken sobre el arte de Mark Twain. A principios de 1910, poco después de la muerte del autor, Henry Thurston Peck, director de la revista literaria neoyorquina Bookman, alabó sus escritos puramente humorísticos pero predijo que, como Tom Sawyer y Huckleberry Finn tenían tan poco mérito literario, ambas obras quedarían relegadas al olvido al cabo de dos décadas. Sin embargo, poco más tarde de ese tiempo, el futuro Premio Nobel Ernest Hemingway repetiría la valoración de Mencken sobre Huckleberry Finn en una situación curiosa e improbable: una conversación junto a una hoguera acerca de la literatura estadounidense en África oriental. En Verdes colinas de África (1935), Hemingway se describía a sí mismo nombrando a Henry James, Stephen Crane y Mark Twain como ejemplos de «buenos» escritores estadounidenses. Cuando su compañero junto al fuego objetaba, muy sorprendido: «Mark Twain es un humorista», Hemingway replicaba: «Toda la literatura estadounidense moderna procede de un libro de Mark Twain titulado Huckleberry Finn. […] Es el mejor libro que tenemos. Toda la escritura estadounidense viene de ahí. Antes no había nada. Desde entonces no ha habido nada tan bueno».

Otro Premio Nobel que admiraba mucho Huckleberry Finn era T. S. Eliot. Aunque había nacido y crecido a orillas del Mississippi, en San Luis, Missouri, río abajo de Hannibal, la ciudad natal de Mark Twain, Eliot no llegó a leer el libro hasta poco antes de cumplir sesenta años. En su prólogo a una edición de la novela de 1950, sugería la posibilidad de que sus padres le hubiesen ocultado Tom Sawyer y Huckleberry Finn por miedo a que adoptase las malas costumbres de sus personajes, como fumar. Irónicamente, como ellos opinaban que Huckleberry Finn era un libro poco adecuado para niños, durante casi toda su vida tuvo «la impresión de que era un libro solo adecuado para niños». Cuando a finales de la década de 1940 leyó por fin Tom Sawyer y Huckleberry Finn, disfrutó muchísimo de ambos libros y el segundo le pareció una «obra maestra». Eliot opinaba que su principal acierto consistía en el uso de Huck, un personaje impasible, seco e imparcial, como narrador. Esa opinión podría servir para refutar un ataque contra la novela por parte de otra distinguida escritora casi medio siglo después.

Si bien la crítica literaria en general se ha mostrado cada vez más partidaria de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, también se han hecho oír fuertes voces discrepantes. Una de las más convincentes fue la de la popular y respetada novelista Jane Smiley. Poco antes de cumplir cincuenta años, Smiley se rompió una pierna y tenía que guardar cama, circunstancia que aprovechó para releer, por primera vez desde que iba al instituto, Huckleberry Finn. Más adelante, la escritora declaró haber quedado «muy afectada» por la experiencia. En su artículo «Say It Ain’t So, Huck: Second Thoughts on Mark Twain’s “Masterpiece”», publicado en Harper’s Magazine en enero de 1996, explicaba las razones. Lo que la dejó atónita no fue la calidad artística del libro, sino «la idea de que es la novela de la cual procede toda la literatura estadounidense, de que se trata de una gran novela, de que es incluso una novela seria». Smiley argumentaba que el principal fallo de Mark Twain consistía en no tomarse lo bastante en serio la búsqueda de la libertad por parte de Jim, que constituye la principal cuestión moral del libro. Smiley puntualiza con agudeza que el autor deja a Jim a un lado una y otra vez mientras Huck se dedica a otros asuntos lejos de la balsa. Smiles atribuye el error de Mark Twain a su incapacidad de afrontar la verdadera naturaleza de la esclavitud, que ella denomina «el auténtico núcleo de la experiencia y la literatura estadounidenses del siglo XIX». Para reforzar su argumento, compara Huckleberry Finn con la novela antiesclavista de Harriet Beecher Stowe, La cabaña del tío Tom (1852), que considera de mucha más importancia debido a su denuncia sin paliativos de la esclavitud y su defensa apasionada del derecho de los afroamericanos a ser libres.

Como la novela de Stowe fue el libro estadounidense más vendido del siglo XIX (aparte de la Biblia) y contribuyó a desencadenar la guerra de Secesión al despertar los sentimientos del Norte contra el Sur esclavista, su importancia histórica resulta innegable. Pero, ¿es justo o relevante siquiera comparar Huckleberry Finn con un libro deliberadamente polémico como La cabaña del tío Tom, que fue escrito en una época en la que la esclavitud no solo era legal todavía sino que además era la cuestión más controvertida y disgregadora en Estados Unidos? Huckleberry Finn apareció dos décadas después de que acabase la guerra de Secesión y de que la Decimotercera Enmienda de la Constitución Estadounidense hubiese abolido la esclavitud. Tal como señalaba Andrew Lang al comparar de forma favorable Huckleberry Finn con La cabaña del tío Tom en 1891, el libro de Mark Twain fue «escrito sin tomar partido y sin un “propósito”». En pocas palabras, era una historia de aventuras que atraía a los lectores por su sentido del humor e iba presentándoles fascinantes cuestiones morales. Los argumentos de Smiley suscitan preguntas válidas acerca de la clase de libro que es Huckleberry Finn. Sin embargo, cabe recordar que el «Aviso» incluido al principio niega de manera explícita que albergue cualquier clase de propósito:

Las personas que intenten encontrar un motivo

en esta narración serán perseguidas.

Aquellas que intenten hallar una moraleja

serán desterradas.

Y las que traten de encontrar un argumento

serán fusiladas.

Por orden del autor,

el jefe de órdenes

Con su hermética alusión a un «jefe de órdenes», es evidente que el «Aviso» de Mark Twain es una broma. Sin embargo, al mismo tiempo sirve para recordar al lector que el libro no defiende ninguna causa. En este aspecto la novela difiere mucho de La cabaña del tío Tom, que contiene juicios de valor como el párrafo inicial del capítulo XXIX:

Descubrimos a menudo la aflicción de los sirvientes negros cuando muere un amo bondadoso; y con razón, porque no hay criatura sobre la Tierra del Señor más absolutamente desvalida que un esclavo en esas circunstancias.

El capítulo XXVII de Huckleberry Finn aborda el mismo tema cuando los miembros de una familia esclava perteneciente al difunto Peter Wilks son vendidos a unos comerciantes que piensan llevárselos a distintos destinos, separando así a la familia. Huck describe la angustia de los esclavos y las sobrinas de Wilks sin emitir opinión alguna sobre la injusticia cometida:

Creí que las pobres chicas y los negros se morirían de dolor. Lloraron abrazados unos a otros y se lamentaron de una forma que me ponía malo de verlo. Las muchachas dijeron que jamás habían pensado en que se separase la familia o se la vendiera fuera de la población. Todavía no se ha borrado de mi mente el recuerdo del cuadro que presentaban aquellas desdichadas muchachas y los negros, colgados unos al cuello de los otros y llorando a lágrima viva.

En el siglo XIX, un abogado de Buffalo, Nueva York, llamado James Fraser Gluck fue objeto tanto de la admiración como de las iras de los estudiosos de Mark Twain. En 1885, Gluck contribuyó a salvar el manuscrito de Huckleberry Finn de su posible destrucción —el destino de muchos manuscritos— al convencer a Mark Twain de que lo donase a la biblioteca pública de Buffalo. Por desgracia, pocos años después también fue el responsable de la pérdida de la primera mitad. Al mostrar los cambios realizados por el autor, los manuscritos pueden proporcionar pistas importantes sobre su pensamiento y sus intenciones originales, de modo que su pérdida representó un golpe considerable para la crítica moderna. No obstante, los especialistas continuaron estudiando la novela pese a no tener acceso al manuscrito completo.

En 1966, Victor A. Doyno, de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, emprendió un meticuloso estudio que duraría veinticinco años acerca de la parte que había sobrevivido del manuscrito de Huckleberry Finn y de otros materiales con el objetivo de reconstruir exactamente cómo creó Mark Twain su mejor novela. Mientras tanto, en 1985, en el centenario de la primera edición estadounidense del libro, los editores del Mark Twain Project de la Universidad de California en Berkeley trabajaron en una edición corregida que lograría que el texto del libro se conformase lo máximo posible a las intenciones de Mark Twain. Los especialistas recurrieron a todos los materiales disponibles, incluidas la parte que había sobrevivido y las galeradas originales de toda la obra. El escritor nunca se mostró satisfecho con la labor de sus editores, y aunque Huckleberry Finn fue publicada por su propia empresa, Charles L. Webster & Co., bajo la dirección de su sobrino político, Charles L. Webster, no le agradaba el tratamiento que había recibido el texto.

La novela reeditada por el Mark Twain Project se publicó con gran éxito en 1985. Cinco años después, en octubre de 1990, cuando el profesor Doyno estaba a punto de publicar Writing Huck Finn: Mark Twain’s Creative Process, se supo que la parte perdida del manuscrito original de Huckleberry Finn había sido encontrada. Tras tener ocasión de examinarla, Doyno hizo varios cambios menores en su libro antes de publicarlo. Apenas seis años después de dar a luz la edición centenaria de la novela que habían preparado de forma tan escrupulosa, los editores del Mark Twain Project comprendieron que la reaparición del manuscrito los obligaba a reeditarla. Por muy desalentadora que fuera esa perspectiva, les ofrecía la oportunidad de aproximarse aún más a las intenciones de Mark Twain y de averiguar detalles de su proceso de escritura que hasta entonces ni siquiera sospechaban.

Uno de los primeros y más llamativos descubrimientos a partir del manuscrito recuperado fue que Mark Twain había hecho muchas más modificaciones en la primera parte de la novela que en la segunda. Sin duda alguna, eso se debía a que al principio el autor se esforzaba por encontrar el tono adecuado, mientras que a medida que progresaba necesitó hacer menos cambios, una vez decidida la voz. El segundo descubrimiento notable fue que la concepción original de la novela era más oscura que su forma definitiva. Muchos de los cambios y eliminaciones atenuaron esa crudeza. Un sutil ejemplo consiste en la sustitución en tres casos de las «palizas» por las «zurras», algo menos brutales, una alteración que, por cierto, no se llevó a cabo en el «Episodio de la balsa», que se comenta más abajo.

Uno de los pasajes más intensos que Mark Twain eliminó de su manuscrito se situaba originalmente en la reunión del campamento de Pokeville, en el capítulo XX. En el fragmento, Huck ridiculiza los motivos interesados que utilizan los estafadores religiosos y describe una escena en la que un predicador pronuncia un sermón que incita a la multitud a gritar, chillar y abrazarse como locos unos a otros. Huck llega a decir: «La peor era una negra gorda de unos cuarenta años. Los dolientes blancos no podían quitársela de encima por ningún medio; en cuanto uno se liberaba, ella se echaba sobre el siguiente y lo asfixiaba».

En 1995 la revista New Yorker publicó varios extractos de largos pasajes eliminados de la primera edición de Huckleberry Finn. El año siguiente Random House publicó una nueva «versión no expurgada de Huckleberry Finn» que restituía esos pasajes —marcados con claridad— en el lugar original de la novela y añadía más de una cincuentena de páginas de textos e ilustraciones procedentes del manuscrito redescubierto, junto con interesantes comentarios de Victor Doyno. La aparición de este material dio origen a un nuevo debate acerca de si el contenido que el propio Mark Twain había retirado del libro debía o no restituirse en la novela. Robert Hirst, director del Mark Twain Project, puso en duda la suposición de que hubiese sido retirado de la edición original en contra de los deseos del autor, señalando que «Mark Twain eliminó este material nuevo por razones sólidas, y ponerlo ahora en una nueva versión autorizada es mezclar dos niveles de realidad textual». El propio Doyno reconoció que el pasaje de la reunión del campamento incluido en la edición de Random House «era muy excesivo para su época y Twain lo sabía».

En realidad, la cuestión de la conveniencia de restituir el material eliminado en Huckleberry Finn tiene mucha más historia. Desde hacía tiempo se sabía que la mayor parte del capítulo III, «Frescos del pasado», de La vida en el Mississippi (1883), fue tomada del borrador del capítulo XVI de Huckleberry Finn para ilustrar la vida en las barcazas gigantes del río. Al año siguiente, cuando estaba preparando la publicación de Huckleberry Finn, su editor, Charles L. Webster, lo convenció de que dejara fuera de la novela lo que más adelante se conocería como «El capítulo de la balsa» o «El episodio de la balsa» para acortar el libro. Mark Twain accedió, porque ya se había publicado y porque no parecía esencial para el argumento de la novela. Sin embargo, esa última valoración no era del todo correcta, porque algo que averigua Huck en ese pasaje sobre las diferencias entre las aguas de los ríos Ohio y Mississippi resulta fundamental para una decisión que toma más tarde. La cuestión de si «El episodio de la balsa» debería devolverse a su lugar original sigue sin estar plenamente resuelta. Las ediciones de University of California Press preparadas por el Mark Twain Project han restablecido el pasaje. Algunas ediciones, entre ellas la presente, incluyen el pasaje como apéndice. Por último, otras lo omiten del todo.

Llegar a la conclusión de que el material que retiró Mark Twain no debería restituirse no es lo mismo que decir que debería ignorarse. El redescubrimiento del manuscrito desaparecido revela un aspecto importante de la evolución de la idea de la novela que tenía Mark Twain a medida que la escribía, lo cual, a su vez, permite reinterpretar ciertos aspectos del libro, como el tratamiento que el autor pretendía dar a las cuestiones raciales y religiosas. Por ejemplo, el fragmento de la reunión en el campamento demuestra que, aunque quisiera delatar la hipocresía de los cristianos blancos, Mark Twain pensaba que existían límites que no debía rebasar. El editorial del Republican de Springfield que en 1885 apoyaba la prohibición por parte de una biblioteca de Huckleberry Finn no acertó en absoluto al acusar al escritor de carecer «de todo sentido del decoro».

Una conclusión evidente que surge de este debate es que, cuantas más pruebas tenemos del proceso de escritura de los autores, más posibilidades existen de que comprendamos sus intenciones. En 2003, University of California Press publicó la edición revisada del Mark Twain Project de Huckleberry Finn, editada por Victor Fischer, Lin Salamo y otros. Dicha edición ofrece explicaciones de cada palabra omitida o alterada e incluye en los apéndices todos los pasajes eliminados (excepto el «Capítulo de la balsa»). Sin embargo, al mismo tiempo trata de presentar el texto acercándose al máximo, dentro de lo razonable, a las intenciones de Mark Twain.

En julio de 1992 Huckleberry Finn volvió a ser noticia de portada cuando el New York Times publicó un artículo acerca de un futuro libro de Oxford University Press, Was Huck Black?: Mark Twain and African-American Voices. La asombrosa tesis del libro, que planteaba la posibilidad de que Huck fuera negro, hizo correr ríos de tinta en Estados Unidos. Su autora, la profesora Shelley Fisher Fishkin, que en esa época impartía clases en la Universidad de Texas en Austin, afirmaba que la manera de hablar de Huck debía buena parte de sus voces y sus técnicas retóricas a las influencias afroamericanas. Mediante un meticuloso análisis de los patrones de lenguaje que aparecen en la novela y varios estudios sobre el habla afroamericana, Fishkin intentaba demostrar de forma concreta cuáles fueron esas influencias, como por ejemplo el uso por parte de Huck de ciertas palabras y formas sintácticas típicas de los esclavos, así como el empleo de la ironía y el sarcasmo para rivalizar en ingenio con otras personas. También presentaba pruebas sobre afroamericanos que influyeron mucho en la vida de Mark Twain, y hacía especial hincapié en uno joven y locuaz a quien el escritor apodó «Jimmy el Sociable» en un artículo publicado en 1874 en el New York Times. De hecho, Fishkin parecía sugerir que Huck estaba inspirado en ese muchacho. No todos los estudiosos aceptaron su tesis, porque algunos fallos en su metodología debilitaban sus argumentos. No obstante, Was Huck Black? tuvo una profunda influencia tanto en la crítica sobre Mark Twain como en la percepción de Huckleberry Finn por parte del público.

Durante décadas, la mayor parte de los ataques dirigidos en contra de Huckleberry Finn hicieron referencia a la influencia negativa que podía tener el libro en los lectores jóvenes, y la crudeza de su lenguaje solía ser el principal objeto de queja. Sin embargo, a mediados del siglo XX estas se habían trasladado a una cuestión muy distinta: el supuesto trato negativo a los personajes afroamericanos en general y a Jim en particular. En 1957 la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color exigió la prohibición del libro en las escuelas debido a sus «expresiones racistas». El consejo educativo de la ciudad de Nueva York reaccionó retirándolo de su lista de libros aprobados para las escuelas primarias y secundarias. Desde entonces se han intensificado las exigencias para excluir el libro de las escuelas. En 2006, por ejemplo, Sharon E. Rush, una profesora de derecho de Florida, publicó Huck Finn’s «Hidden» Lessons: Teaching and Learning Across the Color Line, donde reclamaba que, en lugar de ser prohibido en las escuelas, simplemente no fuese lectura obligatoria. Para entonces, Huckleberry Finn se contaba año tras año entre los libros prohibidos con mayor frecuencia en Estados Unidos. Mucha gente ha tildado a la novela y también al propio Mark Twain de «racistas», debido a los retratos negativos de los personajes negros que aparecen. Sin embargo, la mayor parte de los ataques modernos contra Huckleberry Finn se han centrado en una sola palabra ofensiva: «nigger», que en el libro aparece más de doscientas diez veces.

En 2011 NewSouth Books, una editorial de Montgomery, Alabama, abordó el problema de forma controvertida, retirando la palabra «nigger» de una línea de sus ediciones de Huckleberry Finn. La idea no es nueva, por supuesto. Durante muchos años se han publicado ediciones expurgadas, abreviadas y «reescritas» de Huckleberry Finn, y la mayoría ha eliminado el término ofensivo, aunque por lo general sin notificárselo a sus lectores. Lo que hizo NewSouth es un poco distinto. Con la colaboración de Alan Gribben, un respetado especialista en la obra de Mark Twain de la Universidad de Auburn en Montgomery, la editorial publicó ediciones de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn en las que cada vez que aparecía el término «nigger» era sustituido por «slave», tal vez el equivalente más próximo de la palabra rechazada en el contexto de las novelas. (La prensa también sustituyó «Injun», forma despectiva, por «Indian», «indio».) Cuando salieron a la luz las ediciones de NewSouth, Huckleberry Finn volvió a ser noticia de portada. Esta vez la atención se centró en la «censura» de un clásico literario. Hubo fuertes protestas, pero tal vez se prestó poca atención a lo que en realidad representa esta edición. Su lógica subyacente es que para los estudiantes es mejor leer la novela sin la palabra ofensiva que no leerla nunca. Dado que la presión para retirarla de las aulas se basaba sobre todo en la presencia de ese término ofensivo, NewSouth pretendía que las escuelas contaran con una alternativa para mantenerla como lectura, permitiendo que cada estudiante eligiera qué versión utilizar. ¿Hay verdadera censura cuando una palabra es sustituida por otra y el cambio se explica abiertamente? A cualquiera que lea la edición de NewSouth después de leer la introducción en la que Gribben comenta la alteración le costaría ver la palabra «esclavo» sin pensar en el término original que escribió Mark Twain.

A pesar de los implacables ataques contra Huckleberry Finn durante más de ciento treinta años, la novela no da ninguna muestra de desaparecer. La autenticidad de sus voces en lengua vernácula la convierte en un documento sumamente válido del período y la región en que está ambientada, y ya solo por ese motivo continuará leyéndose. Su lenguaje —tanto los diálogos como el relato de Huck— parece tan natural y real que resulta improbable que llegue a sonar anticuado, como es el caso de gran parte de la literatura de la época. Ello puede resultar un tanto irónico, pues lo que antaño se consideraba su principal defecto ahora parece una de sus principales virtudes, con independencia del consabido término ofensivo.

La pervivencia de la novela se debe también al propio Huck. Como huérfano que supera varias desventajas sociales, es un personaje con un atractivo universal. Sin embargo, más atractiva todavía resulta su lealtad incondicional al esclavo Jim, cuya dignidad y valor como ser humano aprende a apreciar cada vez más. A pesar de sus orígenes humildes, Huck ha asimilado las actitudes raciales de los dueños sureños de esclavos, por lo que cree que los blancos son superiores a los negros y que la esclavitud tiene una justificación legal y moral. A lo largo de toda la narración, se siente avergonzado y culpable por ayudar a un esclavo a escapar de su legítimo propietario. Huck, que ha crecido creyendo que hay pocas cosas peores que un abolicionista, está absolutamente convencido de estar cometiendo una terrible falta. No obstante, aunque tiene varias oportunidades de corregir su supuesto error, es incapaz de traicionar a Jim. Lo que nos demuestra la fuerza de su carácter no es que haga lo correcto porque es correcto, sino que hace lo correcto sin dejar de creer que está haciendo lo incorrecto.

Al margen de cuestiones morales más graves, Huckleberry Finn está llena de personajes seductores, como los «bribones» que se hacen llamar «rey de Francia» y «duque de Bridgewater» y no dejan de urdir turbios planes para ganar dinero. Por razones muy distintas, revisten gran interés los Grangerford, una familia acaudalada y aparentemente abocada a la ...