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LAS BOSTONIANAS

Henry James  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

(Se advierte al lector que en la introducción se desvelan

detalles de la trama de la novela)

I

Muchos lectores, entre los que me encuentro, consideran Las bostonianas la mejor novela de Henry James. (James, por su parte, la describió en 1885 como «la mejor obra de ficción que he escrito».)1 Situada entre sus novelas de aprendizaje y las obras profundamente complejas y difíciles de su madurez, Las bostonianas resulta especial por varios motivos.

El primer motivo puede parecer irrelevante: se trata de una de las novelas omitidas en la edición de Nueva York de la obra de ficción de James, compuesta por veintiséis volúmenes y publicada entre 1907 y 1909. Para esa edición, James (cuya última novela terminada, La copa dorada, había sido publicada en 1904) se comprometió no solo a reeditar la mayoría de sus novelas y relatos con prólogos nuevos, sino también a revisar exhaustivamente el estilo en el que habían sido escritas sus primeras obras. La empresa era sin duda bienintencionada: de hecho, los prólogos de James constituyen uno de los documentos más importantes de la historia crítica de la novela. Lo que no está tan claro es si fue acertado por su parte volver sobre sus primeros éxitos con una actitud y un programa estéticos desarrollados mucho después. Fueran cuales fuesen sus opiniones al respecto, tres novelas en concreto no se incluyeron en la edición de Nueva York, y por lo tanto solo existen en su forma original. Curiosamente, las tres están ambientadas en Estados Unidos: Los europeos (1878), Washington Square (1880) y Las bostonianas (1886). Indudablemente James quería incluir Las bostonianas: «Supongo», escribió refiriéndose a la edición de Nueva York en 1908, con la complejidad de su estilo «tardío»,

Recibe antes que nadie historias como ésta

que tal vez haya que dedicar un par de volúmenes adicionales a ciertas omisiones demasiado evidentes […] Tengo, además, la vaga intención de presentar de nuevo, con abundantes aderezo y supresión, la excesivamente prolija pero, por algún motivo, medianamente satisfactoria y pasable Las bostonianas de hace casi un cuarto de siglo; a esa obra no se le hizo, a pesar de mi muy disciplinada paciencia, ninguna justicia. Pero requerirá, indudablemente, una cuidada reelaboración…2

Las bostonianas nunca recibió esa «cuidada reelaboración» ni ese «aderezo», y siempre habrá lectores que se alegren de que conserve intacta su frescura y brillantez originales.

El segundo rasgo que diferencia Las bostonianas de muchas otras novelas de James es algo a lo que solo puedo referirme como su enfoque. Ante todo, es la más divertida de sus grandes novelas. Ciertamente, el humor está más marcado al principio, pero no desaparece del todo hasta la última frase, y posee un vigor y una ligereza dignos en ocasiones del mismísimo Oscar Wilde. «¿No le preocupa a usted el progreso humano?», pregunta Olive Chancellor, una de las dos heroínas feministas de la novela, al héroe en el capítulo III. «No lo sé…», contesta Basil Ransom. «Nunca lo he visto. ¿Podría usted mostrarme alguno?» El carácter directo, conciso y áspero de este intercambio de palabras es típico de Las bostonianas, pero muy atípico de James en general, y es una lástima que no lo ejercitase más a menudo. (Tampoco está presente en las obras de teatro que escribió, que constituyen un material tedioso.) El humor tampoco aparece porque sí: su carácter escéptico, cínico y polémico surge directamente, y es partícipe, del meollo de la novela y de la lucha ideológica dramatizada en ella.

Del mismo modo que Las bostonianas es más divertida que ninguna otra novela de James, también es más física. Hay un mayor sentido del entorno material de lo que era común en él. El autor se toma tiempo —de forma razonada y pertinente, y siempre con un sentido dramático— para describir los ambientes de los personajes, ya sean las extensiones arenosas de Cape Cod y las casitas de madera allí construidas, o el propio Boston (de la deseable residencia en Charles Street con vistas a la Back Bay, a las casas de huéspedes del South End; de las recientes zonas residenciales de los nuevos terrenos ganados al río Charles, a las viviendas baratas de Cambridge, contiguas a la Universidad de Harvard; y del Memorial Hall de Harvard, al Music Hall del centro de la ciudad, por no hablar de las calles y los tranvías que conectan todos esos lugares). La mejor de las descripciones es la del barrio de Nueva York donde vive el héroe, que introduce de forma decisiva el libro segundo de la novela. «Menciono todo esto», comenta falsamente el narrador, «no porque tenga ninguna influencia especial en la vida o en el pensamiento de Basil Ransom, sino por un viejo prurito de situar la escena y por obtener algún efecto de color local» (capítulo XXI). En realidad, y a pesar de las evasivas del narrador, debemos ser conscientes de la profunda influencia que ha ejercido el nuevo entorno de Ransom en su progreso intelectual. En particular, ha reforzado su conservadurismo sureño. El simple «color local» no es tal. En su miserable entorno, por ejemplo, el elemento menos importante no es ni mucho menos la «pequeña y arrugada table d’hôte» donde Ransom cena, que «funcionaba en los sótanos bajo la dirección de una pareja de desganadas negras, que se mezclaban en la conversación general y que emitían risitas semirreprimidas y misteriosas cuando aquella tomaba un tono atrevido». ¡Imagina a un pobre pero sensible y contumaz exiliado blanco del orgulloso Mississippi teniendo que codearse con una compañía como esa! (La novela está ambientada en la década de 1870: dentro o cerca del período conocido —un tanto parcialmente— como «la Reconstrucción», durante el cual América se lamió las terribles heridas de la guerra de Secesión, librada en buena parte por el problema de la esclavitud de los negros en los estados del Sur. Durante ese período, en efecto, el Norte impuso su dominio sobre el Sur.)3

Nueva York tiene un impacto parecido pero totalmente distinto en la otra heroína de la novela, la joven Verena Tarrant. El narrador dice, informando de su reacción ante la ciudad (capítulo XXX), que había «algo en aquella atmósfera que la embargaba con un sentimiento de amplitud y variedad: eran las posibilidades incalculables de una gran ciudad, las cuales —Verena no sabía si debía reconocerlo sinceramente— hubieran podido suplir la seriedad de Boston». No es de extrañar que Verena sienta que sus principios feministas peligran entre los antros de libertinaje de Nueva York: «Desde la ventanilla del carruaje dirigía la mirada a la brillante y animada ciudad, donde los elementos de atracción parecían tan numerosos, la animación tan inmensa, las tiendas tan brillantes, las mujeres tan extraordinariamente bien vestidas, y sabía que todas aquellas cosas despertaban su curiosidad, le aceleraban el pulso». El ambiente, pues, ya sea la miseria en la que Basil vive o el glamour al que la joven Verena reacciona instintivamente, es un aspecto de la vida interior de los personajes en Las bostonianas, y en un grado sumo. Ciertamente, la presentación que James ofrece de Nueva York en su período de incipiente modernidad es extraordinaria, y extraordinariamente moderna por sí misma: por encima de las cinematográficas descripciones de Central Park, la Sexta Avenida con Central Park o el ferrocarril elevado, «cruzaba transversalmente la calle, oscurecida y sofocada por la desmesurada espina dorsal y por millares de huesos de un monstruo antediluviano» (capítulo XXI).

El entorno no es lo único que aparece de esa forma. La gente también: no solo por los retratos completos que la novela ofrece, sino a cada instante, a medida que los individuos interactúan. El efecto es palpable incluso en las primeras páginas de la novela: «Basil Ransom se quedó perplejo; la luz amarillenta en sus ojos castaños se hizo más profunda»; la mano de Olive en las de Ransom «era fría y blanda; ella solo la había dejado entre las suyas, sin ejercer la menor presión». La atracción erótica que Basil siente por Verena se resume gráficamente durante su visita a la sórdida casa de los padres de ella en el capítulo XXIV: la chica «se dejó caer en el destartalado sofá con un efecto tan encantador como si hubiera sido una ninfa que se tendiera sobre una piel de leopardo». Ese tipo de fisicidad persistente, impactante y detallada está muy lejos del posterior modus operandi novelesco de James, inaugurado en concreto por La edad ingrata (1899), que se desarrolla casi por completo a través de una serie de conversaciones en salones. En resumen, mientras que las novelas posteriores de James a menudo nos animan a sustituir el mundo físico por el mundo psicológico-moral, Las bostonianas, en virtud de su humor y su fisicidad, constituye una lectura decididamente provocadora.

Hay un último elemento que diferencia Las bostonianas de otras novelas de James y que la hace especialmente accesible —y también especialmente importante— para los lectores modernos. Tiene que ver, en parte, con su carácter americano, pues es de lejos la más americana de sus novelas. (Los europeos tiene tanto que decir sobre las costumbres europeas como sobre las americanas, y Washington Square se podría ambientar más o menos en cualquier sitio.) También tiene que ver, en parte, con la insistente modernidad del entorno de la que hemos hablado más arriba. Me refiero al tema social de la novela: el despertar del feminismo en el Boston de finales del siglo XIX. James nunca pasará a la historia como novelista de temas sociales en el sentido estricto o cotidiano. Sin duda le interesaba la sociedad, como prácticamente a todos los novelistas del siglo XIX, pero normalmente ese interés no se manifestaba en una fijación en temas sociales concretos (la pobreza o la ley o el sistema de clases asociados a Dickens, por ejemplo, o el tratamiento del sionismo en Daniel Deronda, de George Eliot). Solo dos de las novelas de James abordan «temas sociales» en ese sentido público y político: Las bostonianas y su casi contemporánea La princesa Casamassima (también de 1886, pero posterior), que se centra en las sectas y los complots revolucionarios en el Londres de su época. Las dos novelas fueron un fracaso en su día, incluso para James.4 Quiso la suerte que Las bostonianas fuera apreciada por los británicos pero rechazada por los americanos, al considerarla un retrato profundamente inexacto de la sociedad de Boston, mientras que La princesa Casamassima fue apreciada en América pero ridiculizada en Inglaterra por el mismo motivo pero a la inversa. James, que trataba de aprender las lecciones derivadas de su falta de éxito popular y adaptarse a las circunstancias, abandonó rápidamente la novela política. Con el tiempo, se ha reivindicado el mérito artístico de La princesa Casamassima, pero las comparaciones con su compañera revelan sus defectos de forma determinante. En lo que a la princesa respecta, concretamente, la tendencia de James a idealizar en exceso a sus personajes femeninos se lleva casi al paroxismo, y el elemento político no resulta dramáticamente convincente, plagado como está de interferencias y de anarquistas y asesinos prototípicos. Comparado con Las bostonianas —o con Los demonios (1871), de Dostoievski, o El agente secreto (1907), de Joseph Conrad—, el tratamiento es de una afectación lamentable.5

II

De modo que Las bostonianas ocupa un lugar especial en la obra de ficción de James y se distingue por su calidad incluso de su otra novela política importante. Pero también ocupa un lugar especial en el desarrollo de la novela inglesa del siglo XIX, y en concreto en la forma de representar o dramatizar las profundas fuerzas intelectuales, culturales y económicas que estaban transformando la sociedad de la época. En este sentido, Las bostonianas es una de las novelas más originales de James, además de una de las mejores.

Para ilustrar este punto volvamos a una ocasión especialmente propicia. A la edad de veintisiete años, el incipiente escritor americano redactó una reseña sin firmar de la obra maestra de George Eliot, Middlemarch, para la revista Galaxy (Nueva York) en marzo de 1873. James observó:

Ciertamente las mentes más brillantes tienen los defectos de sus cualidades, y como la mente de George Eliot es fundamentalmente contemplativa y analítica, nada resulta más natural que su actitud sea prolija y expansiva. La «concentración» sin duda nos habría privado de muchos de los mejores elementos del libro: los herederos grotescamente impacientes de Peter Featherstone, los rivales médicos de Lydgate y la encantadora familia de Mary Garth. El objetivo de la autora era ser una generosa historiadora rural, y ese exceso de detalles, producto de los abundantes recuerdos, es uno de los mayores encantos del libro. Es como si su memoria estuviera llena de antiguas figuras a las que debiera conceder una aparición por pura delicadeza. Su novela es un cuadro: inmenso, repleto, pintado con intensos colores, lleno de episodios, con gráficas imágenes, indefinibles golpes maestros, brillantes pasajes expresivos; y como tal podemos aceptarla libremente y disfrutarla. No es concisa, sin duda, pero ¿cuándo ha sido un panorama conciso?6

Es una crítica decisiva y portentosa, sobre todo considerando la gran admiración de James por Eliot y la profunda influencia que sus obras tuvieron en él. Hace mucho que se viene observando, por ejemplo, que otra de sus novelas más importantes, Retrato de una dama (1881), es en muchos aspectos una versión de la llamativa descripción de un matrimonio infeliz llevada a cabo por la novelista en Daniel Deronda (1876). James calificaría más adelante Guerra y paz, de Tolstói, Los tres mosqueteros, de Dumas, y Los Newcome, de Thackeray, en unos términos parecidos a los referidos a Middlemarch como «monstruos grandes, laxos e hinchados»;7 pero esos libros no eran ni la mitad de importantes para él que los de Eliot. De modo que su crítica de Eliot de 1873 es especialmente elocuente por lo que revela de su programa estético como novelista. Middlemarch es «inmenso, repleto […] lleno de episodios»; no es conciso sino un panorama; se puede sostener que se habría beneficiado de una mayor «concentración». En esta pieza temprana ya advertimos lo que se convertiría en la fijación habitual de James en su madurez: la economía, la estructura, el sentido dramático, en oposición a los excesos novelísticos que acostumbraba a hallar en las obras posteriores de Dickens y Eliot, o en Guerra y paz y Crimen y castigo. (Tolstói y D[ostoievski], escribió a Hugh Walpole el 19 de mayo de 1912, «son como pudín líquido».)8 Es la fijación que en el prólogo de Los tesoros de Poynton le llevó a comparar «la sublime economía del arte» con el «espléndido desperdicio» de la vida,9 y de todos sus principios estéticos es el que expuso más insistentemente, a veces hasta extremos quejumbrosos.

Más adelante, en la reseña de Middlemarch, James se extendía sobre su reacción ambivalente a la novela de George Eliot: «La presencia constante de reflexión, de instinto generalizador, de cerebro, en una palabra, tras su observación […] concede a esta su gran valor y a su actitud su elevada superioridad. Denota una mente en la que la imaginación se halla iluminada por facultades que rara vez se encuentran asociadas a ella». Mientras que Fielding, el autor de Tom Jones, era didáctico, Eliot «es muy filosófica». «Estas grandes cualidades —empero— entrañan peligros equivalentes»: una pérdida de simplicidad, por ejemplo; un carácter discursivo; y el deseo del autor «de decir demasiadas cosas y decirlas demasiado bien». En conclusión, Middlemarch «marca un techo, creemos, en el desarrollo de la anticuada novela inglesa. Su prolijidad, tema que ya hemos tocado, hace que una dosis de ficción pura resulte demasiado abundante. Si escribimos novelas así, ¿cómo escribiremos la historia?».

Desde la reseña de Middlemarch podemos avanzar exactamente diez años en el tiempo, hasta el 8 de abril de 1883, en Boston, cuando James transcribió en su cuaderno de apuntes una carta que había escrito a su editor americano, J. R. Osgood. Pese a ser larga, es una misiva importante.

El escenario de la historia es Boston y su barrio; relata un episodio relacionado con el denominado «movimiento de la mujer». Los personajes que figuran en ella son en su mayoría personas de tipo reformista radical, especialmente interesados en lograr que las mujeres se emancipen, concederles el sufragio, liberarlas de la esclavitud, coeducarlas con los hombres, etc. Lo consideran el gran problema del momento: la reforma más urgente y sagrada. La heroína es una joven muy lista y «talentosa», relacionada de nacimiento y por las circunstancias con un círculo inmerso en esas opiniones y en toda nueva agitación, hija de antiguos abolicionistas, espiritualistas, trascendentalistas, etc. Ella también se interesa por la causa, pero es objeto de un interés todavía mayor por parte de su familia y amigos, que han descubierto en ella un extraordinario talento natural para hablar en público con el que la creen capaz de convencer a una audiencia numerosa y prestar una gran ayuda en la liberación de su sexo. La quieren como a una especie de apóstol o de redentora. Ella está de muy buen ver, y su don para hablar es todo un estímulo. Tiene una amiga íntima, otra joven, que procede de un círculo social totalmente distinto (una exclusiva familia rica y conservadora) y que se ha lanzado a esas cuestiones con intenso fervor y alberga una apasionada admiración por nuestra muchacha, sobre la cual, gracias a un carácter completamente distinto, ha adquirido una gran influencia. Ella tiene dinero propio, pero carece de talento para aparecer en público y sueña con que ella y su amiga (una usando su dinero y la otra su elocuencia) consigan, trabajando codo con codo, revolucionar la condición de las mujeres. Lo considera una tarea noble y ambiciosa, una misión por la que hay que sacrificar todo lo demás, y cuenta tácitamente con su amiga. Sin embargo, esta conoce a un joven que se enamora de ella y por el que ella a su vez se interesa enormemente, pero que, debido a su temperamento realista y conservador, se opone firmemente al sufragio femenino y otras reformas parecidas. Cuanto más ve a la heroína, más la ama y más decidido está a liberarla de las garras de sus amigos reformistas, a los que detesta con toda su alma. Le pide que se case con él y no le oculta que, si lo hace, deberá renunciar por completo a su «misión». Ella cree que lo ama, pero que el sacrificio de la citada misión sería terrible y que la decepción que causaría a su familia y amigos, y sobre todo a la joven rica, sería peor. Su amado es un pariente lejano de la joven rica, quien en mala hora, por casualidad, y antes de haberse informado de las opiniones del joven (ha pasado diez años en el Oeste), se lo presentó. Le pide a su amiga que se mantenga firme en nombre de su amistad y de todas las esperanzas depositadas en el talento de la joven. La historia relata la lucha que se produce en la mente de esta. Después de varias vicisitudes, la lucha termina con ella renunciando a todo, rompiendo definitivamente con su amiga en una terrible entrevista final y entregándose a su amante. Hay otros personajes que no he mencionado —agitadores radicales— y tantas escenas pequeñas como pueda introducir sobre la agitación por los derechos de la mujer. Esto para Osgood.10

Si uno tropieza con esta carta después de haber leído Las bostonianas, reconoce que es un resumen de la novela: está claro que la heroína es Verena Tarrant, la joven rica es Olive Chancellor y el amante es Basil Ransom. La situación es la misma en casi todos los aspectos, aunque Ransom ha pasado de ser un pariente del Oeste que se está recuperando a uno que viene del Sur, una modificación muy importante sobre la que volveré más adelante. Sin embargo, por otra parte, ¡qué distinta resulta de la novela terminada! En concreto, este resumen nos explica muy poco sobre cómo se desarrolla la novela: cómo la visita de Olive para conocer a Verena es casi tan importante como su relación posterior; lo extraordinariamente intensa que es su relación, al menos desde el punto de vista de Olive; lo decididamente poco convencionales que son los sentimientos de Basil hacia Verena; lo profundamente que se opone a la gente a la que llama «las damas de Boston» (capítulo IX) tanto en el plano intelectual como en el ideológico; y lo estrechamente ligados que están a la relación triangular, en el seno de la novela, los «otros personajes» mencionados por James. En resumen, cómo la novela sobrepasa el melodramático y en esencia predecible interés amoroso de una novela convencional de finales de la época victoriana que James esbozó a su editor.

Y precisamente de eso se trata. El objetivo del resumen es despertar el interés de su editor por una antigua fórmula dándole un nuevo giro: la heroína es una feminista; el héroe es un machista; el «rival» no es otro hombre, sino una amiga y compañera de causa (aunque con un carácter muy intenso). «Esto para Osgood», escribe James, y acto seguido continúa para sí mismo:

Debo volver sobre esto con más detalle. El tema es potente y tiene un gran interés. La relación de las muchachas debería ser un estudio de una de esas amistades entre mujeres que son tan habituales en Nueva Inglaterra. Lo más local, lo más americano posible, y lleno del espíritu de Boston: un intento de demostrar que puedo escribir una historia americana. Debe haber, forzosamente, un personaje periodista: el hombre cuyo ideal es el reportero enérgico. Me gustaría bafouer [ridiculizar, satirizar] lo vulgar y repugnante de esa idea —la insolente invasión de la intimidad—, la extinción de todo concepto de intimidad, etc. La evangelista, de Daudet,11 me ha dado la idea. ¡Ojalá pudiera hacer algo con esa cualidad pictórica! En cualquier caso, el tema es muy nacional, muy típico. Quería escribir una historia muy americana, una historia muy característica de nuestras condiciones sociales, y me pregunté cuál era el rasgo más destacado y específico de nuestra vida social. La respuesta era la situación de las mujeres, la decadencia del sentimiento sexual, la agitación desatada en su nombre.

Resulta fácil ver el cambio en el acento: de lo que un escritor le podría contar a un editor sobre un libro y su mercado potencial a lo que podría pensar de ese mismo libro en privado. No obstante, este párrafo explica la gran diferencia entre el resumen de Las bostonianas enviado a Osgood y la obra enormemente más profunda que estamos leyendo. Es más: ese matiz también explica la diferencia entre «la anticuada novela inglesa», que según James había agonizado con Middlemarch, y el tipo de novela que él quería escribir. (Y no solo eso, sino también la diferencia entre Las bostonianas y La princesa Casamassima como novelas sobre la sociedad.) Merece la pena señalar, por ejemplo, que James menciona a Osgood «otros personajes» y «tantas escenas pequeñas como pueda introducir sobre la agitación por los derechos de la mujer». En este punto volvemos inequívocamente al estilo de presentación que James había criticado de Middlemarch: el panorama desplegado por un generoso historiador, caudaloso y redundante, lleno de figuras y de episodios, compuesto de escenas y personajes que solo participan tangencialmente en la acción; una abundante dosis de ficción pura. Eso era lo que Osgood esperaba, lo que el público compraba; por lo tanto, había que describírsela en esos términos.

Sin embargo, James quería que Las bostonianas «ilustre algunas de mis convicciones artísticas».12 Su intención era como mínimo ser tan contemplativo y analítico como la autora de Middlemarch. Él tenía algo que decir —o que preguntar— sobre la sociedad, igual que George Eliot. Él también era «muy filosófico» y poseía cerebro (en una palabra). Todo ello resulta evidente en sus otros comentarios. «Me pregunté cuál era el rasgo más destacado y específico de nuestra vida social. La respuesta era la situación de las mujeres, la decadencia del sentimiento sexual, la agitación desatada en su nombre.» Solo que esta vez el enfoque no será el de Eliot, aunque quería que su narración estuviera llena del espíritu de Boston del mismo modo que Middlemarch está llena del espíritu de la región central de Inglaterra. Si ella escribía con la generosidad dramática y anecdótica de una historiadora, James trabajaría de forma distinta. Su enfoque no sería «histórico»; en lugar de ello, su disección contemplativa y analítica de la sociedad sería de carácter «poético» o «dramático». No revelaría un deseo de inclusión grande, laxo e hinchado, sino que estaría imbuido de un principio de selección poético e ilustrativo. «La vida es toda inclusión y confusión, mientras que el arte es todo discriminación y selección —escribió muchos años más tarde—; este último, en busca del recio valor oculto que es el único que le concierne, olfatea la masa de forma tan instintiva y certera como un perro que recela de un hueso enterrado».13 «Me pregunté cuál era la cuestión más notable y peculiar de nuestra vida social. La respuesta era […]» De modo que la «cualidad pictórica» que James buscaba (y que asociaba con Alphonse Daudet) dista mucho de las «pequeñas escenas» que ofreció a su editor por una parte y del panorama que había encontrado en Middlemarch por otra.

Pero es fácil hablar de un principio poético o dramático, o de un perro que olfatea un hueso ficticio, o proponer que Las bostonianas es poética de un modo análogo a El arco iris, de D. H. Lawrence, antes que al de Jane Eyre, de Charlotte Brontë. («Poética», claro está, en el enfoque que la novela adopta de la sociedad y no de la psicología.) ¿Qué significa exactamente eso? ¿Cómo se ponen de manifiesto esas diferencias y acentos en la propia novela? Estas preguntas se responden de dos maneras: en la presentación que James hace de sus personajes y en su construcción de la novela como un todo. Con respecto a la segunda, Las bostonianas está ciertamente elaborada con mucha destreza. Posee no solo una cualidad pictórica, sino algo equivalente a una cualidad arquitectónica. Por ejemplo, la novela está dividida en tres libros. No tienen el mismo tamaño ni guardan relación con las divisiones de la edición original del libro: su función es totalmente estética. El libro primero consta del capítulo I al XX; el libro segundo, del XXI al XXXIV; y el libro tercero, del XXXV al XLII: la novela avanza en una secuencia espacial decreciente hasta el final. Cada parte está ambientada en un lugar distinto: el libro primero, en Boston; el libro segundo, en Nueva York; y el libro tercero, en Cape Cod y luego en Boston otra vez (hay un intermedio de diez semanas entre el capítulo XXXIX y los capítulos finales). La segunda parte y la tercera empiezan con descripciones cuidadosamente construidas para señalar el cambio de escena, del barrio de Basil en Nueva York (como hemos visto) y del lugar de veraneo al final de la temporada. El efecto de esta concentración del foco es precisamente dotar a los tres últimos episodios de la mayor emoción posible e imponer a lo largo de los libros segundo y tercero una sensación de ritmo, urgencia e intensidad crecientes. (La maestría de James es tal que utiliza el anticlímax como una forma de clímax, valga la paradoja. Véase la muerte de la señorita Birdseye en el capítulo XXXVIII o al corpulento policía que impide a Basil entrar en la sala de espera del Music Hall en el capítulo XLI.) Como en una ópera, los actos se van abreviando a medida que avanzan hacia la culminación.

Esta «arquitectura» teatral aparece una y otra vez en el libro: es la señal de la discriminación y la selección del arte en oposición al espléndido desperdicio de la vida y la generosidad del historiador. (Todo ello convierte esta novela, a pesar de los comentarios vertidos por James en 1908, en lo contrario de algo «prolijo»: una acusación dirigida con más justicia a La princesa Casamassima.) Ese principio teatral no es «realista» en el mismo sentido en que lo es La princesa Casamassima; no es plausible en el sentido cotidiano de la palabra, pero es coherente en los términos que la propia novela ha establecido. Ahí está, por ejemplo, el momento maravillosamente teatral al final del capítulo XI. En el momento en que Olive ha obligado a Verena a «renunciar, contenerte, abstenerte» (por encima de todo, claro está, de los hombres), ¿a quién iba a presentar la camarera sino al mismísimo Basil? Si bien eso es poco probable en el sentido histórico, está lleno de verdad poética: la heroína es mostrada en el acto debatiéndose entre los dos rivales. En el otro extremo de la novela, en los capítulos XXXII y XXIII-XXXIV, las dos heroínas van a hacer distintos recados: Olive a visitar a la señora Burrage (una grande dame de Nueva York cuyo hijo muestra un pueril interés romántico hacia Verena) y Verena a mantener la larga y culminante conversación con Basil que pone fin al libro segundo. Es difícil resumir los dos hechos sincrónicos: basta con decir que la visita de Olive parece (al menos para ella) aumentar su influencia sobre Verena, mientras que el encuentro de Verena lo pone en peligro. Resulta que Olive vuelve a casa mucho antes que Verena y debe esperar en un suspense angustioso a que ella regrese y le dé una explicación.

Estos detalles contribuyen a la tensión y a la coherencia dramáticas del libro. Pero esta estructura pictórica o arquitectónica funciona también a otros niveles de significado y en otras direcciones. A primera vista, por ejemplo, existe una enorme división entre los personajes moralmente «respetables» o conscientes de la novela (principalmente Olive y Basil) y los turbios y egoístas: sobre todo en sus relaciones con Verena. Tanto Olive como Basil creen sinceramente que actúan en beneficio de Verena; los otros —los padres de Verena, la señora Burrage, el joven periodista amoral Matthias Pardon— obran evidentemente por propio interés, y el narrador lo deja perfectamente claro. Pero ¿es esa división tan indiscutible como parece? Selah Tarrant quiere que su hija ascienda como figura pública; quiere obtener fama (y beneficios, sin duda) de las aptitudes de ella. Pero sentimos la tentación de cuestionar la diferencia entre él y Olive (quien también quiere utilizar el talento de Verena como oradora) y si sus motivos son puros. (Ella misma reconoce arrepentida que ella y Pardon piensan de forma similar cuando se trata de explotar a Verena [capítulo XVI].) En cuanto a Pardon, escribe bazofia para los periódicos de la tarde: «Era el más brillante entrevistador de la prensa de Boston. Había triunfado sobre todo con sus entrevistas a las damas; había confesado en su cuaderno de taquigrafía a muchas de las más célebres mujeres de la época —algunas de estas hijas de la fama eran muy voluminosas— y se le atribuía un notable método de insinuación para aproximarse a las prime donne y las actrices a la mañana siguiente de su llegada y a veces en la misma noche, mientras el equipaje yacía sin desempacar» (capítulo XVI). Basil Ransom escribe —o al menos presenta— influyentes artículos políticos para la Rational Review y otras revistas para intelectuales: un editor «le hizo notar que sus doctrinas tenían unos trescientos años de retraso; indudablemente alguna revista del siglo XVI se hubiera sentido muy feliz de poder publicarlas. Eso iluminó sus propias sospechas de estar ligado a causas que, por su esencia misma, no podían ser sino impopulares» (capítulo XXI). Pero, por otra parte, ¿cuánta diferencia hay entre las ambiciones literarias de un hombre y las de otro, o el valor de lo que escriben? ¿Dónde pueden poner el límite los lectores? ¿Hay un límite? Olive Chancellor soborna a los Tarrant con un cheque anual; la señora Burrage, a su vez, intenta hacer más o menos la misma maniobra con Olive (capítulo XXXII) para conseguirle la chica a su hijo. El efecto de esos paralelismos, que demuestran un principio estético de discriminación y selección, es hacer que nos preguntemos exactamente quién tiene la superioridad moral. Dado que la campaña de las feministas consiste en adoptar esa posición de superioridad moral, ver que esta se convierte en un pantano bajo sus pies resulta desconcertante.

La cuestión pictórica o arquitectónica nos lleva inevitablemente al primer punto, el de los personajes que están a su servicio y que la encarnan. Y del mismo modo que los rasgos «estéticos» de la novela que he resumido determinan eficazmente la importancia moral de la novela, también los personajes, pese a ser bastante realistas, distan de ser creaciones naturalistas de tipo documental. A pesar de lo que James parecía insinuar en su carta a Osgood (sobre los «otros personajes» presentados casi fortuitamente), y a pesar de la inclinación «histórica» de la anticuada novela inglesa mostrada por una maestra de su tiempo como George Eliot («llena de figuras»), los personajes de James en Las bostonianas son algo más que simples individuos. Graham Burns lo resume perfectamente:

El libro carece del realismo continuo, denso y minuciosamente observado de, por ejemplo, Middlemarch; de hecho, aduciría, Las bostonianas podría definirse como «imagística» antes que diagnóstica […] Al dramatizar las vidas y los conflictos interiores de Olive Chancellor —y, en menor medida, de Verena Tarrant y Basil Ransom—, James reconoce implícitamente y dirige nuestra atención a los hábitos e impulsos que no son solo personales e idiosincráticos, sino, a nivel más profundo, sugerentemente regionales y representativos. Los personajes de Las bostonianas son memorables por méritos propios (aunque durante gran parte del tiempo Ransom raya en el estereotipo), pero detrás de ellos, por así decirlo, retrocediendo a un pasado regional, se nos pide que sintamos la presencia de unas tradiciones y culturas circundantes y formativas. Poseen unas referencias y una relevancia como individuos que se extienden, en direcciones claramente marcadas, más allá de sí mismos […].14

Estas palabras, creo, plasman las diferencias esenciales entre esta novela y la de Eliot, entre esta novela y la anticuada novela inglesa que James pretendía realinear, y entre Las bostonianas y La princesa Casamassima. Además de ser individuos —e indudablemente lo son; ya he hablado de su poderosa presencia física en el escenario de la novela, al margen de cualquier otra consideración—, los personajes son representativos, de una forma casi alegórica, de determinadas fuerzas históricas, sociales e ideológicas que James considera que intervienen en la América posterior a la Reconstrucción. El tema, como dijo en su cuaderno de notas, «es muy nacional, muy típico», y quedó clarificado y dramatizado por la tipicidad y por unas figuras representativas. De este modo, la joven heroína indiferente y convencional que James menciona a Osgood no solo está «relacionada de nacimiento y por las circunstancias» con «antiguos abolicionistas, espiritualistas, trascendentalistas, etc.», sino que, como Verena Tarrant, es realmente producto de esos círculos; y esos círculos están representados alegóricamente en la masa por su odioso padre, curandero y taumaturgo, con su «habitual expresión sacerdotal», sus dientes relucientes, su sonrisa («inaudible como un gozne aceitado») (capítulo XIII), su permanente impermeable y sus aventuras extramatrimoniales. Por consiguiente, la actitud y el comportamiento de Verena arrojan luz sobre ellos y sobre el mundo que representan: «Bueno, más bien diría», anuncia Verena a una escandalizada Olive en su primer encuentro a solas, y durante una conversación sobre el matrimonio moderno, «que prefiero la unión libre» (capítulo XI). Matthias Pardon no solo es un indiferente periodista de Boston de la década de 1870; es los propios medios de comunicación, entonces y ahora. La señora Luna es la anticuada mujer que utiliza lo que tiene a su disposición para conseguir lo que quiere, mientras que la doctora Prance es lo contrario a ella: la práctica y sencilla defensora de la emancipación que oculta su sexualidad con tanto éxito para competir en un mundo de hombres que en una ocasión Basil por poco le ofrece un puro (capítulo XXXV). La señorita Birdseye no es una vieja filántropa cualquiera: «Ella era heroica, era sublime, toda la historia moral de Boston se reflejaba en sus lentes mal colocados» (las cursivas son mías) (capítulo V). Olive no solo es la indiferente hija de «una exclusiva familia rica y conservadora»; es el producto y representa lo que Basil Ransom (y también James) caracteriza como una actitud intelectual y moral neurótica típicamente «bostoniana». Basil, por supuesto, representa el Sur de un modo similar. Representa y encarna —de una manera menos global y no exactamente, es cierto— los valores conservadores de un modo que ningún primo del Oeste podría representar. (Es de suponer que alguien del Oeste sería socialmente grosero; Basil es mucho más amenazante que eso.) Y la propia Verena representa sin duda a la joven americana (desenmascarada cruelmente cuando James la describe en un pasaje de su posterior libro de viajes La escena americana [1907], en el apéndice 2),15 pero también algo más. Representa para James nada menos que la joven América, aquejada en el fondo por la gran lucha ideológica resuelta en el plano físico en la guerra de Secesión, pero rabiosa todavía desde el punto de vista ideológico. Es decir, la lucha de feministas contra machistas, de Olive contra Basil, es en sí misma representativa de algo más grande: la lucha entre el Norte y el Sur, pero también la eterna lucha entre progreso y reacción, reforma y conservadurismo. Si James fue o no una poderosa y original mente política, capaz de comprender plenamente las posiciones ideológicas que dramatizaba, apenas importa. Era un novelista, no un politólogo. Las bostonianas es, como Graham Burns propone, imagística antes que diagnóstica; la «política» en la novela desaparece hasta cierto punto, o se revela como las superestructuras ideológicas que derivan de las predisposiciones humanas de la literatura de la antigua Grecia y, sin duda, de más allá.

III

Sin embargo, hay que hacerse una pregunta: ¿es Las bostonianas una representación válida? ¿Puede una representación paradigmática y sinecdóquica, que toma la parte por el todo de forma alegórica, ser válida? ¿Es válido decir, por ejemplo, que toda la historia moral de Boston se reflejaba en los lentes mal colocados de la señorita Birdseye? Es evidente que no, pero, por otra parte, esa es —en términos ideales, al menos— una de las diferencias entre la historia y el arte: que la primera tiene prohibido ofrecer relatos paradigmáticos, ofrecer la parte por el todo como James hace aquí. Por supuesto, las reseñas publicadas en su día en Ámérica lo acusaron de ser groseramente injusto y de tratar a su pequeño círculo de entusiastas como si fueran todos los bostonianos. (Los lectores de Boston vieron en la señorita Birdseye en concreto un retrato de una ilustre feminista local, Elizabeth Peabody.)16 James lo negó todo y le dijo a su hermano: «Yo no pretendía generalizar, sino que el título me pareció sencillo y práctico, pensado solo para denominar a Olive y Verena a los ojos de Ransom, el forastero sureño que las observa en Nueva York».17 Pero si nos fijamos en la divertida caracterización de la señorita Birdseye que termina con el despiadado chiste de sus lentes, descubrimos que no es Ransom el que lo cuenta. En realidad, es Olive la que hace el comentario (tácito), sin un asomo de ironía. La ironía y la risa las pone James. La formidable y cruel descripción de la señorita Birdseye que abre el capítulo IV es igualmente difícil de identificar: ¿es Ransom la conciencia que registra los hechos, o el narrador, o los dos? Y de nuevo, ¿qué hay del «color local» de la sórdida table d’hôte neoyorquina de Ransom? Olvidémonos de Ransom. ¿Qué opina James de las dos «desganadas negras» que trabajan allí, que se atreven a mezclarse en la conversación y cuyas risitas son tan misteriosas para los espectadores blancos —lectores incluidos— a los que James imagina?

Así pues, el punto de vista del novelista es un elemento determinante en la historia, otro factor que convierte Las bostonianas en una obra excepcional, ya que James insistía normalmente en su neutralidad como observador —cortando el cordón umbilical, en palabras de Leon Edel—18 y delegaba el punto de vista en uno de los participantes de la ficción, convirtiendo de este modo al narrador parcial, en lugar del omnisciente, en una importante innovación estética de sus novelas. Pero en Las bostonianas no podemos evitar pensar en la postura de James; aunque no supiéramos nada de la vida del novelista, nos veríamos obligados a hacerlo por el propio libro. James no era de Boston; ni siquiera de Nueva Inglaterra, en el sentido estricto. Había nacido en Nueva York y había pasado su juventud en Europa con sus padres o en Newport, Rhode Island. Pero aunque no se había criado en Boston, tenía sólidos vínculos bostonianos: Olive Chancellor perdió a dos hermanos en la guerra de Secesión; los dos hermanos pequeños de James también sirvieron, de forma muy distinguida, en regimientos de Boston.19 Su padre era amigo íntimo de varios intelectuales de Nueva Inglaterra y del filósofo trascendentalista Ralph Waldo Emerson en concreto; el propio James asistió a la facultad de Derecho de Harvard de 1862 a 1863 (aunque no se licenció); y toda la familia James se instaló en la zona de Boston en 1864: al principio en Ashburton Place, en Beacon Hill (no muy lejos de la casa de Olive Chancellor en Charles Street), y más tarde en Quincy Street, Cambridge, cerca del campus de Harvard y del monumento conmemorativo a la guerra que Ransom y Verena visitan en un momento crucial de la novela. James conocía Boston en profundidad. Entre 1870 y 1872, cuando rondaba los treinta, aburrido y recluido en Quincy Street después de una larga estancia en Europa, buscaba, según Edel, «cualquier cosa que pudiera aliviar su hastío por las noches»:

Se aventuraba en reuniones y sesiones de espiritismo privadas, demostraciones de mesmerismo, conferencias de jóvenes y fervientes reformistas o discursos de editoras que defendían religiones nuevas, escuchando atentamente su torrente de oratoria fácil procedente de veladas culturales en tiendas de circos y salas de conferencias, que reflejaban el espíritu bienintencionado de Boston que seguía animando a los ciudadanos tras la abolición […] A un lector que muchos años más tarde le preguntó por la casa de Boston en la que se había inspirado para los aposentos de la señorita Birdseye en Las bostonianas, James le respondió que tenía presente una calle cerca de la vieja estación de Worcester y que «puedo oler la casa, por dentro, todavía».20

Del Sur, en cambio, James sabía muy poco: incluso en La escena americana se adentró solo hasta Richmond, Savannah y Charleston —nunca fue hacia el interior— antes de pasar al litoral atlántico de Florida. Tenía, al menos psicológicamente hablando, mucho más en común con Olive que con Basil: con ella compartía en concreto parte de la conciencia puritana de Nueva Inglaterra (idealista, moralmente quisquillosa, introvertida) que había sido dramatizada de forma muy gráfica por su gran predecesor, Nathaniel Hawthorne. Hay en Olive algo «muy moderno y profundamente desarrollado»; posee «las ventajas así como también las desventajas de un carácter nervioso» (capítulo III); tiene la costumbre de «no poder ver las cosas sencilla y claramente, sino de modo distorsionado, con relaciones perversas» (capítulo XVII); es «ansiosa y suspicaz», «vulnerable a las más insignificantes influencias» (capítulo XXXI). En realidad, James se acordó insistentemente del legado de Nueva Inglaterra/Boston en los años que precedieron a Las bostonianas, que fue escrita entre agosto de 1884 y abril de 1885. Su madre (a la que idealizaba en términos nada feministas como la esposa y madre abnegada por excelencia) y su padre fallecieron en 1882, y tuvo que hacer dos viajes a Boston, en febrero (cuando ya estaba en Estados Unidos de visita) y en diciembre. A principios de 1883 visitó a unos amigos en Marion, Massachusetts, cerca de Cape Cod, el modelo de «Marmion» en la novela; a finales de 1883, su hermano Wilky también murió, un episodio que le trajo recuerdos de la guerra de Secesión. El breve estudio «Hawthorne» (1879) había permitido a James regresar a ese escritor en general y a La granja de Blithedale (1852) en particular, una novela sobre el idealismo de Boston y la «dispepsia hereditaria» de las mujeres de Nueva Inglaterra.21 Además, «Hawthorne» fue recibido con hostilidad en América porque James presentó Nueva Inglaterra como una sociedad provinciana. Escribió «El punto de vista» en 1882: un relato que satirizaba la cultura americana y que obtuvo también una fría recepción. En 1884 escribió otro, «A New England Winter», en el que el héroe menciona hasta qué punto había quedado subordinado el «carácter masculino» en su patria. A finales de 1884, la hermana inválida de James, Alice, llegó a Inglaterra, donde vivió el resto de su vida manteniendo una relación de dependencia y celos con su amiga íntima Katherine Loring. En junio de 1883, revisó la famosa Correspondencia entre Thomas Carlyle y Emerson, en la que Emerson hablaba de la cuestión del progresismo radical. («Aquí estamos un poco exaltados con innumerables proyectos de reforma social —escribió a Carlyle desde Concord el 30 de octubre de 1840—. No hay un solo hombre aficionado a la lectura que no tenga una propuesta de una nueva sociedad en el bolsillo de su chaleco.»22 En su ejemplar revisado, James escribió una sola palabra al lado de este pasaje: «reformadores».)23

Con Olive, James compartía una marcada formación en Nueva Inglaterra. También compartía con ella una homosexualidad latente, y esa es otra diferencia importantísima entre la novela descrita por James a J. R. Osgood y la que escribió. A Osgood le describió una mujer que se debatía entre el amor y la amistad. Para él, pintó a «una amiga íntima», aunque con una «apasionada admiración» por la chica sobre la que ha adquirido «una gran influencia». No sabemos hasta qué punto está escrito en clave, ni hasta qué punto se esperaba que Osgood lo entendiera al pie de la letra. (Cuesta imaginar a un editor de la década de 1880 que respondiera positivamente a un material sobre un lesbianismo reconocido.) Incluso cuando James continúa y escribe para sí, lo hace hablando de «esas amistades entre mujeres que son tan habituales en Nueva Inglaterra», y que de vez en cuando eran el motivo de que las mujeres implicadas se fueran a vivir juntas (el denominado «matrimonio de Boston»). Es imposible, pues, saber qué parte veía James o quería que se viera de lo que escribiría. Tal vez la mención de la «decadencia del sentimiento sexual» introdujo la idea de asociar un matrimonio de Boston como los mencionados con algo más explícitamente «neurótico» y perturbador. Solo sabemos que la relación que finalmente surgió entre Olive y Verena es más que una amistad, al menos en lo que concierne a Olive, y que eso ejercitó la imaginación moral de James de una forma poderosa y ambivalente.24

Aunque James respalda las actitudes sexuales, maritales y políticas de Basil Ransom de forma explícita (si bien para nada en bloque), también simpatiza implícitamente con Olive Chancellor; de hecho, se identifica con ella. Estas dos figuras no solo luchan por la conciencia juvenil de Verena, sino también, en un sentido muy real, por la conciencia de James. Como hombre profundamente conservador que era, James tenía serias dudas sobre «la decadencia del sentimiento sexual»: la decadencia, en otras palabras, de la actitud sexual victoriana basada en una tolerancia caballerosa y paternalista del sexo débil. (El 6 de abril de 1909 escribió a un amigo sufragista: «Confieso que no ansío el avènement [es decir, évènement] de un multitudinario y abrumador electorado femenino, y no veo cómo un hombre en sus cabales puede ansiarlo».)25 Y heredó una visión de la sociedad claramente hierática, elitista y cuasi aristocrática, una visión socavada bárbaramente por individuos de mala fama como Selah Tarrant y Matthias Pardon. De modo que percibimos toda su preocupación, su ira y su ingenio tras la retórica que Ransom utiliza con «los bostonianos» y su fe ciega en el progreso y la reforma. Además, está claro que Ransom no es un conservador pagado de sí mismo; sería un adversario mucho más fácil si así lo fuera. «Sabía que era un conservador ferviente», comenta James de Verena:

pero no sabía que ser un conservador significara que una persona pudiera ser tan agresiva y despiadada. Pensaba que los conservadores eran personas obtusas y tercas, satisfechas de sí mismas, y satisfechas también con el orden social imperante; pero el señor Ransom no parecía estar más satisfecho con la realidad presente que con la que ella deseaba que existiera, y estaba dispuesto a decir sobre algunos de los que ella pensaba que militaban en las mismas filas que él cosas peores de lo que la joven consideraría justo decir sobre casi nadie. [capítulo XXXIII.]

Ransom no profesa una lealtad afable e irreflexiva a la alta sociedad, como la que Burrages representa; se siente tan extraño allí como Olive. (De hecho, Basil y Olive tienen algunas cosas en común, ideológicamente hablando. Al igual que Basil, Olive opina que su época es «decadente y desmoralizada»; para ella, por supuesto, solo «la influencia del gran elemento femenino» arreglaría la situación [capítulo XVI], mientras que para Basil el elemento femenino es la raíz del problema.) Él tampoco defiende la esclavitud: su resumen de esa institución no dejaba a Verena «margen a pensar que él era menos inflexible ante ese ejemplo particular de la imbecilidad humana de lo que era con cualquier otro» (capítulo XXXVIII). Pero se opone activamente a las fuerzas del progreso: «También él tenía una visión personal de las reformas, cuyo primer principio era el de reformar a los reformadores» (capítulo III). «Señor Ransom», ruega Verena desesperadamente durante una de sus cruciales entrevistas en Nueva York, «le puedo asegurar que esta es una época que comienza a tomar conciencia.» A lo que Ransom contesta desdeñosamente: «Eso es parte de un vocabulario hipócrita. Vivimos en una época de indecibles imposturas, como dice Carlyle» (capítulo XXXIV). Y habiendo visto lo que hemos visto (incluidas las tensiones dentro del grupo feminista y la sociedad intelectual insoportablemente afectada en la que se cobijan Olive y Verena durante el capítulo XX), nos inclinamos poderosamente a opinar lo mismo, incluso cuando la retórica de Basil vira bruscamente hacia el propio Carlyle:

Toda la actual generación se ha afeminado; el tono masculino está desapareciendo de este mundo; vivimos en una era femenina, nerviosa, histérica, charlatana y estúpida, una era de frases vacías y falsas delicadezas, excesivas preocupaciones y sensibilidades enfermizas, y si no le ponemos un freno inmediato culminará en el reino de la mediocridad, el más insulso, pretencioso y anodino que haya existido jamás. [capítulo XXXIV.]

Desde luego, James contempla con mucha ironía las «ideas estrechas» de Ransom (capítulo XXXIV). Pero por más que llame a las opiniones de Ransom «herejías», la balanza de la novela se inclina claramente a favor del joven de Mississippi, al menos desde el punto de vista ideológico. James no es de ninguna manera, como podría hacernos creer, un simple reportero que registra los «iracundos términos» de Ransom (capítulo VII): él les da crédito y los respalda.

Por consiguiente, la auténtica crítica de Basil no es en absoluto ideológico-intelectual, pero no por eso es menos devastadora. Es el descubrimiento de que el amante de la novela victoriana descrita a Osgood no ama a la heroína: simplemente desea poseerla, tal vez sexualmente, y como un adorno en su casa (que todavía no tiene), pero sobre todo por razones de rivalidad y de pura antipatía hacia su prima del Norte y hacia todo lo que ella representa. Esta paz concreta (o reconstrucción) es simplemente guerra por otros medios: lo que Basil y la gente de su clase perdió ante la muralla de Charleston, él lo recuperará; «La ciudad de Boston puede irse al diablo» (capítulo XLII). Hay un momento crucial en el capítulo XXII de la novela en el que Basil considera por un momento casarse con la señora Luna: después de todo, ella tiene dinero, posee un atractivo convencional y salta a la vista que está interesada en él. Pero su rechazo no solo está totalmente ligado a su imagen mental de Verena, sino también a su imagen mental del Sur: «[…] sus peculiaridades sociales, la ruina acarreada por la guerra, las nobles familias empobrecidas […] del lado patético y del cómico». Su relación con Verena alcanza un momento crítico bajo el techo del Memorial Hall de Harvard, dedicado a los soldados caídos del Norte. La conquista de Verena será, al menos en parte, un ajuste de cuentas. Y así resulta ser. Al final de la novela, Olive prácticamente reconoce su derrota: «Haré cualquier cosa… seré abyecta… seré vil… ¡Morderé el polvo!» (capítulo LXII).

En verdad, Basil no es capaz de amar a nadie. Absorto en sí mismo como está, su visión de los demás es aguda pero superficial. Él ve enseguida que Olive, «esa muchacha pálida, de ojos de un verde claro, rasgos afilados y modales nerviosos era de una naturaleza evidentemente morbosa»; pero es el propio James quien tiene que intervenir para desarrollar esa observación. «Nada importante», comenta el narrador en el capítulo II, «hacía de la señorita Chancellor pensar que fuera morbosa; no era suficiente saber que una cierta parte de ella podría clasificarse dentro de los límites de esa condición. ¿Por qué era morbosa y de qué tipo era aquella morbosidad?». La respuesta es, por supuesto —y aquí vemos cómo se manifiesta la curiosidad «filosófica» y social de James—, que Olive es víctima de «la decadencia del sentimiento sexual»: una paradoja, una puritana tristona e introspectiva que ha rechazado el papel tradicional de las mujeres y no ha hallado nada con que sustituirlo. Olive habla de la gente, pero detesta el contacto físico con ella. Mientras que el origen humilde de Verena le resulta fascinante, el de Pardon le parece repulsivo. «Dada su inmensa simpatía hacia las reformas, esperaba que los reformadores fueran un poco diferentes» (capítulo V): que la señora Farrinder cambiase de peinado, por ejemplo.

El carácter neurótico de Olive se manifiesta de un modo más cuestionable en sus sentimientos hacia Verena, quien ni siquiera es la primera joven de su clase por la que se interesa:

Había dos o tres pálidas dependientas de comercio cuyo trato había intentado; pero parecía que tuvieran algún temor de ella, y aquellos intentos se habían desvanecido en la nada. Ella consideraba la situación de las jóvenes de una manera más trágica de lo que lo hacían estas; no lograban comprender qué deseaba de ellas, y siempre terminaban por estar odiosamente enredadas con algún Charlie. Charlie era siempre un joven de chaqueta blanca y cuello de cartón; en última instancia era por él por quien ellas se preocupaban sobre todo. Más les interesaba Charlie que el derecho a votar. [capítulo V.]

Tampoco es que esa «comunión de almas» (capítulo XI) sea muy saludable, pues obliga a Verena a renunciar, contenerse y abstenerse, cuando a ella le gustan los sombreros con abundantes plumas, pero eso solo es la mitad del problema. También tiene que ver con el interés sádico que despierta la anterior vida de privaciones de Verena a la rica y bien alimentada Olive: «[…] había una especie de ferocidad en la alegría con la que reflexionaba sobre el hecho de que esa criatura delicada había sufrido (¡si solo esa necesidad hubiera durado un poco más!) hambre» (capítulo XIV).26 «Tú no has nacido para sufrir», le dice Olive a Verena una tarde en Nueva York, «has nacido para disfrutar» (capítulo XXX). El hecho de que ese comentario recuerde otro hecho antes por Basil («[…] Verena había sido creada para algo divinamente diferente… para una vida privada, para él, para el amor» [capítulo XXVIII]) es significativo: tanto Olive como Basil la persiguen con fines en última instancia egoístas. Otro hecho significativo es que cuando Olive hace ese comentario no tenemos forma de saber cómo debe interpretarse la palabra «disfrutar»: ¿se supone que Verena debe disfrutar de la vida o que ella debe ser disfrutada? Nadie llamaría a esto una relación saludable. Al menos en lo que respecta a Olive, es obsesiva, posesiva e instintiva con comportamientos pasivo-agresivos y de dependencia, y todo ello aflora de forma alarmante pero también triste en varios momentos culminantes del libro. «Cuando como ahora eres tan encantadoramente dócil», parece decir el gesto de Olive en una ocasión, «¿cómo no voy a sentir terror de perderte?» (capítulo XXX).

Sea como fuere, Olive es la única persona de la novela que quiere a Verena o que le ofrece una sincera declaración de amor, aunque no tan explícitamente. «¡Olive!», salta Verena durante uno de los accesos de inseguridad de la mujer en relación con la llegada de un «Charlie» a su vida. «¡Eres una gran oradora! Podrías superarme con solo proponértelo.» «Puedo hablarte a ti, pero eso no constituye ninguna prueba. Hasta las mismas piedras de las calles, todas las cosas mudas de la naturaleza encontrarían una voz para hablarte» (capítulo XVII). A continuación hay un pasaje que saca a la luz las inquietantes contradicciones de su actitud hacia Verena. Después de intentar obligar a la joven a que renuncie a la idea del matrimonio en el capítulo XVI («No escuchar a ninguno de ellos, no dejarte nunca corromper…»), le remuerde la conciencia, y sin embargo, el miedo a perder a la chica a la que ama acaba superándola:

Tienes que estar en un lugar seguro, tienes que salvarte; pero tu salvación no debe provenir del hecho de tener las manos atadas, sino del desarrollo de tu inteligencia. Debe derivar del poder ver las cosas por tu cuenta, sinceramente y con entera convicción, de la misma manera que yo las veo; de la sensación de que para tu trabajo la libertad es esencial, y que no ha de existir libertad para ti y para mí salvo en el no hacer lo que a menudo te van a proponer hacer… ¡y a mí nunca! […] ¡No hagas promesas, no hagas promesas! […] Preferiría que no las hagas. Pero no vayas a fallarme. Si me llegaras a fallar me moriría. [capítulo XVII.]

«La muchacha», comenta James lúgubremente, «estaba ya completamente bajo su influencia.» Y bajo ella sigue hasta que Ransom se la arranca en la demoledora culminación de la novela.

IV

Las bostonianas es especial porque no fue «aderezada» para la edición de Nueva York, por su humor y su fisicidad, por su compromiso directo con temas sociales y políticos y por la forma en que los dramatizó, y en último término por el grado de implicación de su autor y su concepto de sí mismo en el escenario y la acción de la novela. Pero el pasaje anterior hace pensar que su carácter excepcional se debe también a otra causa. Ha sido considerada una comedia y una sátira, y es cierto. Pero también es una tragedia, y muy conmovedora. Aunque su frescura, su humor, su fisicidad y su relevancia política combinadas forman una novela particularmente accesible y disfrutable, también es una novela sobrecogedora e inquietante, no solo en el tratamiento deparado a Olive, sino también por lo que ella representa. (La señorita Birdseye es una figura importante a este respecto: erigida y echada por tierra ya que aparece casi intermitentemente.) La visión negativa de lo que Verena llama «el Corazón de la humanidad» (capítulo XXVIII) —la reforma, el progreso y el colectivismo liberal que parece un ingrediente tan esencial en la democracia moderna— ha hecho de ella una novela polémica hasta el día de hoy. Sobre ella flota un halo de escepticismo respecto a todo el proceso político: saludable dirán algunos; destructivo según otros. Y de ese modo, más que ninguna otra novela de James, nos recuerda la literatura de nuestro tiempo. Las bostonianas es una de las novelas más brillantes escritas en lengua inglesa, como F. R. Leavis señaló,27 pero también es una de las más sombrías. En ninguna otra novela James reveló más de sí mismo, de su sociedad y de su época, así como de la condición humana, que se debate entre la necesidad ciega de progreso y el deseo de retener lo viejo. Se trata de una novela moderna extraordinariamente experimental, escrita por un hombre de valores conservadores. Es crítica con las personas con las que el autor se identificaba e indulgente con algunas actitudes hostiles hacia muchas parcelas del legado intelectual y personal de James. La fuerza de las contradicciones plasmadas en la novela es una garantía del placer que ofrece al lector.

RICHARD LANSDOWN

 

CRONOLOGÍA

1843   Henry James nace el 15 de abril en la ciudad de Nueva York, en el número 21 de Washington Place. Fue el segundo de los cinco hijos de Henry James (1811-1882), teólogo especulativo y pensador social (su padre, un estricto emprendedor, había amasado una fortuna estimada en tres millones de dólares, una de las más elevadas de Estados Unidos en aquella época), y de su esposa, Mary (1810-1882), hija de James Walsh, un comerciante neoyorquino de algodón de origen escocés.

1843-1845   Acompaña a sus padres a París y a Londres.

1845-1847   La familia de James regresa a Estados Unidos y se instala en Albany, Nueva York.

1847-1855   La familia se instala en la ciudad de Nueva York. James se educa con tutores y en escuelas privadas.

1855-1858   La familia viaja por Europa: Ginebra, Londres, París, Boulogne-sur-Mer. De regreso en Estados Unidos se instala en Newport, Rhode Island.

1859-1860   La familia vuelve a Europa: James asiste a la escuela científica y luego a la Academia (más tarde Universidad) de Ginebra. Aprende alemán en Bonn.

En septiembre de 1860 la familia regresa a Newport. James entabla amistad con el futuro crítico T. S. Perry (que recuerda que James «no dejaba de escribir relatos, sobre todo relatos románticos») y el artista John La Farge.

1861-1863   Se lesiona la espalda mientras ayuda a extinguir un incendio en Newport y queda exento de prestar servicio en la guerra de Secesión (1861-1865).

En el otoño de 1862 ingresa en la facultad de Derecho de Harvard, donde estudiará durante un cuatrimestre. Comienza a enviar sus relatos a revistas.

1864   Su primer relato, «A Tragedy of Error», se publica en febrero de manera anónima en la revista Continental Monthly.

En mayo la familia se traslada al número 13 de Ashburton Place, Boston, Massachusetts.

En octubre James publica una reseña sin firmar en la North American Review.

1865   Su primer relato firmado, «Historia de un año», aparece en marzo en la revista Atlantic Monthly. Publica una crítica en el primer número de The Nation (Nueva York).

1866-1868   Continúa escribiendo reseñas y relatos.

En el verano de 1866 se hace amigo de W. D. Howells, novelista, crítico y editor influyente.

En noviembre de 1866 la familia se traslada al número 20 de Quincy Street, junto a Harvard Yard, en Cambridge, Massachusetts.

1869   Por motivos de salud viaja a Europa, donde conoce a John Ruskin, William Morris, Charles Darwin y George Eliot; también visita Italia y Suiza.

1870   Su queridísima prima Minny Temple muere en Estados Unidos en marzo.

En mayo James vuelve a Cambridge de mala gana, todavía afectado.

1871   Su primera novela corta, Guarda y tutela, aparece por entregas entre agosto y diciembre en la revista Atlantic Monthly.

1872-1874   Acompaña a su hermana inválida, Alice, y a su tía Catherine Walsh («tía Kate») a Europa en mayo de 1872. Escribe crónicas de viaje para The Nation. Entre octubre de 1872 y septiembre de 1874 pasa temporadas en París, Roma, Suiza, Homburg e Italia sin su familia.

En la primavera de 1874 comienza en Florencia su primera novela larga, Roderick Hudson.

En septiembre regresa a Estados Unidos.

1875   Publica en enero Un peregrino apasionado y otros cuentos, la primera de sus obras que apareció en forma de libro. Le siguieron Transatlantic Sketches (apuntes de viaje) y Roderick Hudson, en noviembre. Pasa seis meses en Nueva York, en el número 111 de la calle Veinticinco Este, y luego tres meses en Cambridge.

El 11 de noviembre llega a París, al número 29 de la rue de Luxembourg, como corresponsal para el New York Tribune.

En diciembre comienza una nueva novela, El americano.

1876   Conoce a Gustave Flaubert, Iván Turguénev, Edmond de Goncourt, Alphonse Daudet, Guy de Maupassant y Émile Zola.

En diciembre se muda a Londres y se instala en el número 3 de Bolton Street, cerca de Piccadilly.

1877   Visita París, Florencia y Roma.

El americano se publica en mayo.

1878   Conoce a William Gladstone, Alfred Tennyson y Robert ...