Loading...

LAS CENIZAS DEL JURAMENTO

Joseph Michael Brennan  

0


Fragmento

I

La Ciudad Alta

El viento en la Ciudad Alta no se parece al viento de otros lugares. En todas partes el viento sopla y la vida sigue: la gente continúa trabajando, comiendo, conversando, blasfemando o peleando. En la Ciudad Alta, en cambio, el viento es una presencia, inexorable y terrible, que transforma todo a su paso. Es fuerte; tan fuerte que podría derribar sin esfuerzo un gran roble, arrancarlo de raíz y lanzarlo por los aires. Es frío; tan frío que las lágrimas se congelan y las puntas de los dedos se vuelven azules e insensibles. Es un viento aterrador, no solo para los extranjeros. Durante las largas horas en que sopla, las personas guardan silencio y se impone la voz fantasmagórica de las ráfagas que recorren los abismos.

El viento arrastra la nieve y el granizo, que puede destrozarle la cara a un hombre si lo encuentra desprotegido. El viento helado nubla la visión de los pobres viajeros a los que sorprende en los caminos misteriosos. El viento extravía a los amigos, separa a los compañeros y lleva a los hombres solitarios a una muerte fría en el fondo de un desfiladero, cubiertos de un sudario blanco de nieve, olvidados en alguna ladera. El viento arruina los árboles frutales y atrofia el trigo y la cebada; el viento mata de frío a los rebaños de ovejas y cabras, y deja con vida solamente a la agreste fauna de las montañas.

El viento erosiona el corazón de los hombres de la misma forma en que por siglos ha erosionado las murallas de piedra de la Ciudad Alta, borrando sus rasgos más sutiles y acogedores, acabando con las grietas donde podría anidar un sentimiento de dulzura o de sencilla frivolidad. El viento deja los corazones lisos y helados, estériles e inexpugnables. El viento hiela, encoge, destroza. Derriba los sueños y deja a su paso la claridad terrible del amanecer, del presente fragilísimo que hace doler los ojos y correr las lágrimas.

La Ciudad Alta es un lugar famoso en el mundo entero; desde el Mar de las Tormentas hasta los puertos fluviales del norte no hay niño que no sueñe con visitar la más elevada de las construcciones de los hombres, la cima del mundo, donde casi se pueden tocar las estrellas. Pero esos niños no han nacido en la ciudad ni han crecido entre sus muros. No han tenido que huir del viento cada noche ni conciliar el sueño entre sus aullidos demoníacos y el salvaje sacudir de los postigos. No han pasado toda la vida comiendo carne de yak —que, aun preparada en mil guisos diferentes, sabe siempre igual— y extrañas papas de color blanco, totalmente insípidas. Esos niños no han esperado ansiosos, año tras año, los deshielos que les permitirán reabastecer las despensas de la ciudad con comida de las llanuras, y sobre todo con madera seca para las chimeneas, de las que depende la vida de todos. Esos niños nunca han sentido el miedo inefable a un invierno largo.

Pensaba en esto cuando la vela se apagó de golpe.

—Chico, enciende otra vela —se escuchó la voz áspera de Doenal en la repentina oscuridad de la habitación.

Tahmuz se movió mecánicamente, como había hecho muchas veces antes, para buscar una vela de cera en el pequeño cofre que había junto al escritorio. Sus manos encontraron también el pedernal y una chispa se levantó; la llama tímida iluminó otra vez la habitación y el rostro de los dos hombres. Doenal estaba muy cerca de la vela, la pipa larga en su mano derecha. Cuando la luz cayó sobre el libro que tenía abierto frente a sí, continuó su lectura en silencio, sin agradecer al muchacho. Tahmuz tampoco esperaba un gesto así.

—¿Cuántas velas quedan? —preguntó Doenal.

—Suficientes —respondió él, lacónico, mientras regresaba a su lecho.

—Eso no es un número. Pregunté cuántas —insistió el hombre, sin despegar la vista de la hoja amarillenta.

—Unas veinte…

—Serán suficientes si el invierno no se alarga.

Luego se hizo otra vez el silencio, o ese rumor parecido al silencio que reinaba sobre la ciudad en las horas de viento. Tahmuz apretó los dientes en la penumbra y empuñó la mano derecha. Era uno de esos momentos en que estaba seguro de que odiaba a Doenal. No recordaba cuándo había empezado a sentirse así. Si bien no era un sentimiento constante, era cada vez más frecuente.

—¿Qué estás leyendo? —le preguntó, sin saber por qué.

—Un libro —respondió Doenal, lanzando una bocanada de humo—. Guarda silencio.

Llevaba años guardando silencio, encendiendo velas, sacudiendo mesas y estanterías, preparando desayunos y almuerzos, avivando el fuego de chimeneas y limpiándolas, lavando ropa y sábanas. A sus quince años, tenía las manos endurecidas por el trabajo doméstico. Doenal se había preocupado de su alimentación, de su salud y de su educación —la gran biblioteca de Doenal había estado siempre a su disposición y el hombre lo había obligado a aprender a leer a edad tan temprana que no recordaba una época en que los libros no fueran su mejor compañía—. Tahmuz sabía que Doenal no era su padre; ni siquiera su pariente. Sabía también que él no era un esclavo y que Doenal no era su amo. Aquel hombre lo había acogido en su casa y había cubierto sus necesidades. Debía estar agradecido. Pero no lo estaba. Solo sentía una gran amargura, una rabia imposible de controlar.

Doenal lanzó otra bocanada. La curva de sus labios delgados se entreveía apenas a la luz de la vela. Débiles hilos de humo salían de esa boca que pocas veces había sonreído y subían entre sus bigotes. Las escasas palabras que Doenal decía nunca eran cariñosas. Es cierto que no lo golpeaba; creía recordar incluso que había sido delicado con él cuando era niño, tomándolo con cuidado entre sus brazos, pero esos gestos están muy lejos de la ternura. De todas formas, ya no importaba. El dolor de darse cuenta de que no tenía un padre, como los demás niños, había pasado o había quedado enterrado hacía mucho. La rabia de esa noche de invierno no tenía que ver con eso. Era una rabia diferente.

¿Qué esperaba de él? ¿Qué quería? ¿Que guardara silencio toda la vida? ¿Que no preguntara nada? «Las respuestas están en los libros», decía Doenal cada vez que Tahmuz le hacía una pregunta. Sacaba de la estantería el tomo correcto, lo abría en la página justa y lo dejaba sobre el escritorio para que Tahmuz lo leyera, sin decir una palabra más. Pero las respuestas que Tahmuz necesitaba no estaban en los libros. A los quince años un chico necesita saber quién es. No le basta el vigor de su cuerpo, no le bastan el cielo infinito ni el horizonte repleto de cumbres nevadas; no le bastan los libros, por más llenos que estén de historias fascinantes y terribles. No le bastan las conversaciones casuales con los amigos ni compartir con ellos un suero de mantequilla. No. Un chico de quince años necesita saber de dónde viene. Y Doenal, que nunca dejó que le faltara comida ni abrigo, que nunca le prohibió lectura o compañía alguna, que en su silencio indiferente era tan generoso como el sol del verano; Doenal, sobre esto, no decía absolutamente nada. Ni una palabra. Y por lo mismo Tahmuz lo odiaba cada día más.

«Esta es la noche», decidió de pronto, y un escalofrío subió por su espalda.

—No —dijo secamente.

El hombre levantó la mirada y clavó sus ojos en los de Tahmuz. Eran celestes, como el cielo despejado, aunque no demasiado grandes. Su pupila estaba muy dilatada, como la de un gato, y a Tahmuz le parecía enorme en la penumbra. Ese pequeño punto negro se tragaba la débil luz de la habitación, con sus colores borrosos y conocidos. Era una mirada pesada y agobiante, que cualquier otro día lo habría obligado a mirar hacia otro lado, cambiar de opinión y guardar silencio, como le había ordenado. Pero esa noche era diferente. Tenía que ser diferente. Sostuvo la mirada y repitió lo que había dicho.

—No guardaré silencio.

Doenal se levantó de su silla. Se puso el libro bajo el brazo, tomó la palmatoria y se dirigió a las escaleras.

—Pues yo necesito silencio para leer —dijo con su voz ronca y tranquila. Una voz triste—. Buenas noches.

Era intolerable. Tahmuz había esperado que su protector se enfureciera ante ese primer acto de rebeldía, después de una vida de ciega obediencia; pero, en cambio, se había puesto de pie y se estaba retirando. Tenía que detenerlo: había quebrado el silencio para hacer espacio a esas preguntas que hasta ahora había albergado adentro suyo y que ahora quería pronunciar.

—¿Quién soy? —Había pensado mucho cómo sacar el tema, pero al final salió todo como una avalancha—. ¿Quién soy? —Doenal se detuvo en seco, sin darse la vuelta—. ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Quiénes son mis padres? ¿Por qué vivo aquí contigo?

No estaba gritando, aunque sabía que sus palabras habían tomado un tono muy violento. Pero el silencio de Doenal lo era más. Después de unos segundos, que parecieron muy largos, su voz triste resonó en la habitación.

—Anda a dormir, Tahmuz. Buenas noches.

En un abrir y cerrar de ojos, casi sin pensarlo, Tahmuz atravesó la habitación y trató de tomar a Doenal por el hombro para que no se fuera. Pero justo en ese instante, con una rapidez sorprendente, Doenal giró, escapándose de su agarre y quedando frente a frente con el muchacho. De pronto Tahmuz salió disparado por los aires, arrojado sobre la mesa y las sillas por una fuerza prodigiosa y terrible. Al principio no se dio cuenta de lo que había pasado, pero lue

Recibe antes que nadie historias como ésta