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LAS LáGRIMAS DE JULIO CéSAR

Jesús Maeso De La Torre  

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Fragmento

Contenido

Nota del autor

I. El espejo de plata

II. El destino de Arisat

III. Arsinoe, la interpretadora de sueños

IV. Gades, la vieja «fortaleza» fenicia

V. La noche del Gobierno de las Mujeres

VI. Dos soles de oro

VII. Marco Druso Apollonio

VIII. Ave Caesar, Ave Cuestor Hispaniae!

IX. Las lágrimas de Julio César

X. El Oráculo de Melkart

XI. Nemus

XII. El centurión Volusio

XIII. La Cueva de la Iniciación

XIV. La decisión de Lucio Balbo

XV. Quirino, el Ligur

XVI. El templo de la Luna

XVII. César llora en Britania

XVIII. La marca de la diosa

XIX. Los dados han sido lanzados

XX. Julio César llora al Magno

XXI. Vae victis! (¡Ay de los vencidos!)

XXII. Dos reyes y tres coronas

XXIII. Las lágrimas de la luna

XXIV. Silviano, el lanista

Recibe antes que nadie historias como ésta

XXV. La reina de ébano

XXVI. «Ludus Gladiatorius Apollonius»

XXVII. Et in nocte silentio (Y en el silencio de la noche)

XXVIII. Venus Genetrix (Venus madre)

XXIX. Recuerda que eres mortal

XXX. Zinthia, la esclava

XXXI. Confidencias en la escena

XXXII. In Munda, pugnavi pro vita mea (En Munda luché por mi vida)

XXXIII. Presagios del dios invencible

XXXIV. Un negocio envenenado

XXXV. Puellae Gaditanae

XXXVI. César se sincera en el Trastíber

XXXVII. El recuerdo de Hatsú y de Tamar

XXXVIII. Bajo la fría mirada de Cleopatra

XXXIX. Desunidos en la venganza

XL. Io Saturnalia!

XLI. La promesa de Zinthia

XLII. El beso de la muerte

XLIII. Las Gemonías

XLIV. Caesar Rex!

XLV. Cuídate de los idus de marzo

XLVI. Lágrimas y sangre

XLVII. El águila vuela hacia Oriente

EPÍLOGO. Tres cartas y un deseo

Glosario

Bibliografía

Nota del autor

Los hechos que se narran en esta novela sobre Cayo Julio César y los personajes históricos que lo rodearon están fidedignamente recreados. No obstante, la historia de los protagonistas de ficción más relevantes del relato corre paralela a la vida del estadista romano. Sus alientos y tramas conciernen al universo de la fabulación literaria, pero se comportan como arquetipos de la época en sus usos y pensamiento.

He procurado reconciliar con la lógica del historiador actual las divergencias de ciertos hechos referidos a Julio César (que tanto alejaron a historiadores de su época, como también a algunos investigadores actuales) presentándolo como un gobernante moderno y un ser humano que amaba y se emocionaba como cualquiera.

Para mejor comprensión del lector, he preferido disponer el tiempo de los sucesos recreados según nuestro calendario actual, que toma el nacimiento de Cristo como partida, aunque los romanos contaban el curso de los años desde la Fundación de la Ciudad, (ab Urbe condita). Así pues, la acción comienza en el año 77 a. C. y concluye el 43 a. C., que correspondería, según la medición romana, desde el 676 a. U. c., al 710 a. U. c. (DCLXXVI-DCCX).

Tras un breve prólogo de dos capítulos, esta novela refiere la intensa relación de Cayo Julio César con Hispania. Toma como punto de partida histórico su llegada por vez primera a la península en el 68 a. C. y concluye en un clímax de intriga con su asesinato y cremación en el Foro romano, en marzo del año 44 a. C., y sus consecuencias políticas más señaladas.

«Cuentan muchas patrañas sobre Cayo Julio César.

»Unos denuncian que al asumir el destino de Dictador Vitalicio de Roma se transformó en un tirano, y que con él se extinguió el espíritu de la República. Otros sostienen que no había un grano de compasión en su alma, sino orgullo y una ambición desmedida. Muchos lo acusan de que pretendía perpetuar su dominio sobre Roma y sus propias vidas. Y los más, que era un genio de la política que anhelaba la gloria y el prestigio de su ciudad, un defensor del pueblo y un héroe militar que alumbró una nueva edad de oro con el Imperium que conquistó.

»Yo, Arsinoe, la sibila de Gades, lo conocí cuando solo era un oscuro cuestor en Hispania y acudió a mi templo de Melkart a que le interpretara un sueño que mortificaba su alma. Desde su visita no me separé de su estela, hasta el día en el que cayó en la emboscada de la muerte y su cadáver fue incinerado en el Foro, ante millares de arrebatados romanos.

»Fui partícipe de su meteórico ascenso en el ombligo del mundo, de los tiempos y traiciones turbulentas a las que sobrevivió, de los homéricos hechos que protagonizó, y de otros muchos sucesos que los cronistas no pueden narrar, sencillamente porque los ignoran. Demasiadas tierras pisaron nuestras sandalias, demasiados secretos compartieron nuestros corazones, demasiados hombres y mujeres eminentes del siglo se nos midieron, y demasiados pueblos miraron a nuestros ojos.

»Esta es nuestra historia.»

I

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El espejo de plata

Tingis, en la Mauretania Tingitana, África, año 77 a.C. Durante la guerra en Hispania de Sertorio contra Pompeyo.

La soledad dominaba el templo de Anteo, el legendario fundador de Tingis. El sol calcinaba sus piedras blancas, las columnas rojas del atrio y el friso de piedra caliza, con una persistencia implacable.

Solo turbaba la quietud de la tarde el zureo de unas palomas sumisas, el rumor de las caravanas, las extenuadas llamadas de los pastores que recogían sus rebaños y de los acemileros que se apresuraban a encerrar sus recuas tras las murallas de adobe de la ciudad, que se perfilaban en la lejanía como un espejismo.

Los caminantes llegados del desierto, de Septa y Zilis, los devotos y peregrinos, hacía tiempo que habían abandonado el lugar sagrado tras ofrendar codornices y alondras y consultar su porvenir a la Madre en la cueva de las predicciones. A media tarde las plegarias se habían acallado y todo era silencio en el santuario del rey fundador de la nación tingitana, y de Astarté, la diosa de la fecundidad.

El tabernáculo de Anteo, uno los centros más venerados de Mauretania, se erguía en el altozano como un bastión mágico. Presidía el cerro de los Olivos, también conocido de los Cráneos de los Viajeros, que amontonados en sus paredes, le transferían al lugar un macabro aspecto. Manaba en su jardín un manantial para abluciones, y con el silencio se oía el borboteo de los caños, mezclado con el zumbido de las últimas abejas libando en las flores.

Aseguraban que en sus aguas residían las milagrosas matres, las deidades protectoras de la tierra y la naturaleza. Los escalones de acceso estaban colmados de ofrendas: cestillos de frutos, néctar de sicomoro, granos de incienso, manzanas, panecillos con miel y algún cabritillo atado que berreaba temeroso, y que dos siervos se apresuraban a recoger.

Un bosquecillo de plataneros, los árboles contra el mal de ojo, se abrían a uno y otro lado del camino, embaldosado con lascas pintadas de añil. Granados, almendros, cedros y mirtos rodeaban como una muralla perfumada el recóndito santuario que tanto veneraban en la Tingitana y que se hallaba a una milla romana de la ciudad.

Soplaba un leve vientecillo y el cielo estaba exento de nubes, cuando un camellero, vigilante de la frontera por la keffija grana para protegerse la cabeza del sol, y que lo identificaba como correo del rey Bogud de Mauretania, se detuvo en la fuente para saciar su sed. Se bajó de la montura y dejó a un lado el arco y el carcaj de flechas.

El mayordomo del templo, un viejo de movimientos torpes que rodeaba su cráneo con una cinta, lo invitó a descansar dentro. Al visitante se le notaba fatigado, pero también inquieto.

—¡Escucha, anciano, vengo a avisaros! Debéis abandonar el templo y llevaros lo más valioso antes de que sea demasiado tarde. Particípaselo a la suma sacerdotisa —informó alarmado tras beber apresuradamente—. ¡Corréis peligro!

—¿Qué ocurre de tal gravedad que deba temer la divina Ishtar? —preguntó confundido el chambelán.

—Un grupo incontrolado de desertores de una legión romana está sembrando el terror en el valle. Ayer saquearon el santuario de los reyes de Siga, mataron a los sacerdotes y robaron los exvotos sagrados.

—Y el gobernador romano, ¿no hace nada para evitarlo?

—¡El malnacido de Catilina! Ese se llevará su parte, seguro —gritó.

El viejo meditó con gravedad y se llevó la mano a la boca por la sorpresa de lo inesperado. Las piernas le temblaron.

—No se atreverán aquí, en el oratorio más santo de la Tingitania. Además estamos bajo la protección de los reyes Bocco II y Bogud, aliados de Roma. Los espíritus de los reyes aquí enterrados serán implacables con quienes profanen su descanso eterno.

—¡Mira, anciano incauto!, se trata de una patrulla rebelde de romanos y de extranjeros. No se detendrán ante nada. Esas bestias solo buscan oro y joyas y obedecen a un decurión desertor del ejército de Sertorio, de nombre Macrón, conocido también por Méntula. Lo apodan así pues viola a las mujeres que apresa en sus bellaquerías.

El mayordomo era el vivo gesto de la alarma y el espanto.

—¿Avisaréis a las tropas del rey Bogud? —le suplicó.

—Lo haré, es mi deber. Otro mensajero ha ido a informar al rey Bocco, que se halla en Iol. Pero los soldados no podrán llegar aquí hasta antes del amanecer. Informa a la sacerdotisa. ¡Vamos! Coged lo más valioso y protegeos en Tingis. Que Tanit la Sabia os ilumine —lo previno tras montar en el camello y desaparecer camino de la ciudad.

El sirviente entró inquieto en el santuario, donde Arisat, la gran sacerdotisa, oraba prosternada a los pies la diosa Madre suplicando sus señales inequívocas. Las paredes estaban cubiertas de frescos que representaban las fundaciones fenicias de Cartago, Lixus y Gadir.

Abundaban el marfil, las pieles preciosas de leopardo, los óleos rituales, los vasos de oro, los perfumarios de serpentina, las maderas nobles, los amuletos protectores, la plata y el lapislázuli, entre el polvo sutil de los sahumerios donde ardían varillas de los sicómoros del País de los Aromas, el nardo y la mirra.

Cestas de mimbre con las cabelleras y las barbas primerizas, ofrendas votivas de los jóvenes de Tingis, se alineaban a los pies del sepulcro del rey Anteo, que presidía con su tonalidad amarfilada el oratorio, junto al fuego sagrado que ardía en una crátera de alabastro. En dos altares se encontraban las diosas Tanit y Astarté, ataviadas sus negras siluetas con el sagrado zaimph, el manto de las divinidades madre, translúcido y áureo. Cortinas de seda de color jacinto ocultaban las ventanas ovaladas del santuario.

Algo inmensamente sagrado sobrecogía a quien allí entraba. La qadishti Arisat, la hija terrenal de Astarté y santa de Ishtar, la guardiana del ancestral ceremonial de la nación mauri, poseía la facultad del discernimiento de los signos invisibles, del secreto de la muerte y del renacimiento de las almas. Y nadie ignoraba que auguraba la fortuna de los fieles con solo mirarlos con sus ojos verdísimos.

Arisat era también una sabia asawad, la que adivina a través de los sueños, y cada luna nueva recibía en trance sagrado la inspiración de Astarté, bajo los efectos del opio, la efedra, el coriandro, las adormideras y la mandrágora, con las que entraba en el dulce olvido del éxtasis. Caía en estados de posesión, con los que liberaba el corazón de los fieles de sus tenaces obsesiones, profetizando además el devenir de los tiempos.

La profetisa también se encargaba de mantener el Onfalos, el fuego consagrado el día de la resurrección del dios Melkart, ante el sepulcro del gigante, Anteo, el que luchara en singular combate contra Hércules, y también rendía culto a las diosas eternas Tanit y Astarté-Ishtar.

Guardaba en un altar subterráneo una imagen en oro del colérico Gurzil, el dios cornudo, muy respetado por los guerreros tingitanos y númidas. Arisat era honrada por las tribus del norte africano, ya fueran del Atlas, de Liksh o de Siga, pues solo ella había heredado las aptitudes adivinatorias a través de la leche materna, que igualmente había transmitido a su hija Hatsú, la futura sibila de los tingitanos.

Inclinada a la filantropía, Arisat, que había perdido a su marido, el general del rey Bocco, Lauso de Lixus, en la guerra contra los indómitos garamantas del sur, era extremadamente sensible al dolor humano y emanaba de su persona un respeto hacia sus semejantes, que al instante la adoraban por sus palabras apacibles y generosas acciones. La prodigiosa mujer, una hembra madura de piel cobriza, envolvía su delgadez etérea en una levísima clámide blanca, y oraba con los párpados cerrados.

Tras el aviso del vigilante de la frontera, el lugar se había convertido en un mentidero de habladurías y miedos y los siervos corrían por los pasillos sin saber qué hacer. Cuando el criado penetró en la penumbra del templo, Arisat lo miró sin inmutarse. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y abrió los ojos. De su mirada dimanaba la potestad indudable sobre el porvenir y los deseos de los dioses.

—Lo he oído todo, Maharbal, y lo presagiaba —indicó al intendente—. Lo temía desde que esos romanos pusieron el pie en estas tierras. Su avaricia no tiene límites, y el nuevo gobernador, esa alimaña de Sergio Catilina, es cruel e insaciable. Nadie escapa a su despotismo. Es nuestra fatalidad.

—¿Qué precauciones tomaremos, señora? —preguntó—. No hay tiempo.

Rodeada de un halo de misterio y grácil como la palmera de un oasis, Arisat amplió su sonrisa de bondad y delicadeza.

—Carga dos jumentos con los ornamentos sagrados, los zaimph bordados de oro de la diosa, lo más valioso del tesoro y los exvotos de la cueva de las predicciones. Forma dos grupos armados con criados y vigilantes y marchad inmediatamente, unos hacia Tingis y otros hacia Zilis. Nada más llegar guardadlo todo a buen recaudo en el Banco de Tiro. El lugar más santo de la Tingitana va a ser deshonrado.

En la mirada de Maharbal, seguía aflorando el pánico.

—¿Y tú, mi señora? ¿Y tu hija? —se interesó suplicante.

Como si tuviera la certeza de que obedecía a la diosa, dijo:

—Mi obligación es quedarme aquí como su guardiana. No se atreverán conmigo. Sobre mi hija ya lo tengo previsto hace tiempo. Vamos, Maharbal, organízalo todo con prontitud y salid sin dilación. Os mandaré un aviso cuando todo pase.

De repente la puerta interior del tabernáculo se abrió con brusquedad y una niña de unos diez u once años, arrebatada por la angustia, compareció en el umbral. Era su hija Hatsú. La sacerdotisa la asió del brazo con afabilidad, pues un ansia espantosa la dominaba. La calmó. La piel de la pequeña parecía transparente. Iba vestida con una túnica azul recamada de lirios, y unas sandalias de cuero. En uno de sus brazos lucía una ajorca con la efigie del dios Gurzil. Era la encargada de tocar en las ceremonias sacras el nebel de doce cuerdas, que tañía con un dulce sentido de la melodía.

Nada impuro parecía rozar su gracia natural.

—¿Qué ocurre, madre? Los guardianes están temerosos.

Arisat trató de no exteriorizar su angustia e inquietud, y la consoló con una ternura inefable.

—Es la sentencia de nuestro destino, hija. Hienas extranjeras sin escrúpulos morales y llevadas por la codicia quieren arrebatarnos lo más sagrado. Habrás de esconderte durante unos días y después regresarás cuando el peligro haya pasado. No te preocupes, mi cielo.

—¿No me acompañas, madre? —preguntó suplicante.

—¿Y tú que serás una servidora de Ishtar e hija predilecta de la luna de Tanit la abandonarías a merced de los perversos, Hatsú? Hemos de cuidar de su morada terrenal y superar la adversidad. Esa es nuestra misión, mi hijita querida.

—Nunca la desatendería, madre. Servirla es nuestro sagrado deber.

—No es una cuestión de orgullo y comodidad, sino de deber. Quizá sea una falsa alarma, pero hemos de ser cautelosos. Salvemos lo que más amamos, y apresurémonos en hacerlo. El rey Bogud y el gobernador de Tingis ya han sido avisados.

Pese a su candorosa edad, Hatsú comprendió de golpe el mal camino que emprendía su vida y un sordo sollozo le cortó la palabra. Sintió un vago estremecimiento en su pecho, premonición de un mal agüero, y palideció cuando su madre la atrajo hacia sí y le reveló su mayor secreto:

—Toma, cielo mío. Eres el reflejo fiel de mi alma y estoy orgullosa de ti. Has de llevarlo contigo y preservarlo de la barbarie. Es lo más preciado de nuestra familia —le descubrió, y le mostró un singular espejo del tamaño de una mano abierta. Era más claro y menos opaco de lo habitual y parecía forjado de piedra de volcán. Poseía un aura que seducía. Al pertenecer a su madre, la niña pensó que podría poseer poderes mánticos.

Se trataba de un óvalo de obsidiana pulida, ajustada en un mango de ébano que representaba el cuerpo, el vientre y los senos fecundos de la deidad femenina, Astarté-Tanit, quien con los brazos alzados lo sujetaba. Arisat le reveló que estaba vinculado al don profético de las mujeres de la familia desde hacía quinientos años. Hatsú lo contempló cautivada. Parecía estar dotado de vida y estaba exornado con los signos de la luna y flores de loto, las preferidas de la deidad femenina.

—Es el ojo de la diosa creadora, cuyo secreto ocular te he enseñado —le explicó—. En su cara puedes percibir determinados acontecimientos del devenir tuyo o de quienes te rodean. Tú, y solo tú, podrás sentirlo en ocasiones cruciales de tu vida. Ese es nuestro poder que aprendí de nuestras madres profetisas de Berenice y Querquenna, los pueblos de nuestros antepasados. Eran descendientes directas de Dido, la princesa de Tiro y fundadora de Cartago, la legendaria hermana del soberano Pigmalión. Solo debes enfrentarte a él con sencillez de corazón y honestidad de sentimientos, y él te hablará.

Hatsú lo balanceó en su mano y solo distinguió su propio rostro difuso. Sin embargo, al sostenerlo comprobó que poseía una atracción insondable, que infundía un leve vértigo en la cabeza y un tenue arrebato en sus sentidos. Pero no vio nada.

—¿Y podré, madre, conocer en el hechizo de este talismán y en su fulgor mi propio destino cuando lo desee? —se interesó.

—En eso consiste su verdadero prodigio. Pero la diosa se nos manifiesta solo cuando lo estima necesario. En tres ocasiones cruciales para mi vida sentí en mi espíritu un rumor indescriptible e impetuoso que retumbó en mis entrañas. Esa vibración reportó importantes nuevas para mi futuro.

—¿Y alguna vez se te encarnó el rostro de la diosa, madre?

—Contadas veces. Pero cuando se refleja oscuro el búho sabio de la diosa, o los pájaros negros de la desgracia, los miembros se nos paralizan pues algo desdichado va a ocurrir. No lo olvides.

La niña miró a su madre de hito en hito. Se sentía valiosa.

—Anda, hija, ve a buscar a Tamar. Debéis partir sin dilación a Septa.

Tamar, la doméstica del santuario, entró al poco de la mano de Hatsú. Era su más leal amiga, una niña de su misma edad, de pelo castaño claro y ojos intensamente azules, a la que había recogido siendo muy niña, perdida en un arrabal de Kartenna, comida por lo piojos, las bubas y la sarna. Posiblemente era la hija abandonada de unos esclavos dálmatas o lidios, por el color de su piel y de su clara cabellera. La había convertido en compañera de juegos de su hija y su respeto a la pitonisa era proverbial y daría su vida por ella. Arisat y Hatsú significaban lo que más amaba.

Silax, su primogénito, que pronto cumpliría los siete años, no se hallaba en el santuario. Por su rango y su sangre aristocrática, servía desde hacía dos años en la corte del rey Bocco de la Tingitana Oriental. Asistía a las clases de retórica de un pedagogo griego junto a la camada real, aprendiendo cuanto precisaba para en el futuro convertirse en magistrado regio. Allí estaba siendo instruido en la escritura púnica, tartesia, latina y griega, y también en diplomacia y álgebra.

Tamar bajó la mirada para dirigirse a Arisat, su madre adoptiva:

—Los servidores del templo hablan de un tal Macrón, un desertor romano que se dirige hacia aquí con perversas intenciones. ¿Es verdad, madre? —le preguntó con voz firme.

La pitonisa explicó con brevedad a su hija y a Tamar, que abrió sus hondísimos ojos color del mar, la comprometida situación y las conminó a obedecerla. Debían recoger sus cosas más necesarias y salir en dos mulas hacia Septa, donde se hallaba un templo de sacerdotisas de la Madre, con un siervo anciano y dos esclavos, para más tarde retornar una vez pasado el riesgo. Después hizo un aparte con el viejo y le facilitó unas instrucciones precisas, una bolsa con cien siclos de plata y dos escritos. Y arrodillándose, besó y abrazó a Hatsú y a la asustada Tamar, confortándolas.

—Se trata de una preocupación que no me resta responsabilidad sobre vosotras —las calmó afable.

Sin demora le colocó a Hatsú en la muñeca una pulsera, en la que había insertado un anillo para sellar documentos, de los que se utilizaban en los santuarios de la Madre, que representaba a Tanit con un caballo bajo una palmera. En el anverso, los dos símbolos: una estrella y la media luna.

—Este anillo te protegerá —le expresó a Hatsú tomándola de la mano—. Tus sueños siempre han sido admirables y mi deseo es que se realicen, querida mía. Y cuando la diosa hable un día a tu oído, entonces te convertirás en su gran sacerdotisa.

—Ella nos mantendrá unidas, madre —le respondió llorosa.

—En nuestras venas corre sangre real de Egipto y de Cartago, hija, no lo olvidéis nunca. Pero tanto los mauretanos de Tingis como los romanos odian a los púnicos. Seamos sensatas y pongamos tierra de por medio durante unos días en tanto veamos qué hacen esos bárbaros abominables. Nos reuniremos de nuevo cuando esta amenaza solo sea un vago recuerdo —las alentó—. No creo que se atrevan a profanar este santo lugar, que hasta el general Sertorio veneró y honró.

—Que el furor de Baal los confunda —se expresó Tamar—. Pero si como dicen ese desertor romano pertenecía a las legiones de Quinto Sertorio, conoce bien nuestras abundancias, y lo temo.

La melancolía y unos indecibles temores se apoderaron de los tres corazones femeninos. Un lazo estrechísimo las ligaba, y hoy se desharía por vez primera debido a la codicia de unos bárbaros. Un terror supersticioso se agudizó en sus almas entristecidas. La sacerdotisa era su sostén imprescindible, y temían perderlo.

—Muy pronto estaremos juntas —las animó—. ¡Anda, partid ya!

Al rato, y entre llantos y lamentos, la sibila vio abatida cómo desaparecían las tres partidas en dirección a los distintos puntos que había previsto. En la que se perdía hacia el oeste iba su vida y a quienes más apreciaba su corazón: Hatsú y Tamar. Por eso una lágrima resbaló por su pómulo color ámbar.

Y se preparó para lo peor. Conocía el desmedido afán por el oro de los romanos y entendía que el templo de Anteo, un semidiós venerado por el pueblo, un héroe cargado de prudencia, valor y sabiduría, era un panal de miel para el paladar ávido de aquellos embrutecidos salteadores. En su mente se abrían negros abismos. Tarde o temprano comparecerían. Lo sabía. Había visto la mancha borrosa del búho negro en el espejo.

Y ella era el cordero destinado al sacrificio.

II

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El destino de Arisat

Un hosco silencio precedió al asalto.

Desde la ventana del deshabitado templo, Arisat distinguió la llegada cautelosa de los agresores, que lo rodearon como ladrones en la noche. La figura del cabecilla, el llamado Méntula, un jinete fibroso, con barba cerrada y copiosa cabellera, y el rostro tostado por el viento africano, la estremeció. Movía insistentemente la cimera de su yelmo, y se protegía con un escudo de bronce. Brutal y turbulento, el romano, aún joven por su aspecto, controlaba todo con sus retinas de alcaudón.

Tras avizorar cauteloso el terreno, convocó a gritos a sus desarrapados y barbudos secuaces, que enarbolando antorchas que parecían faros de fuego, con las armas desenfundadas y los caballos relinchando, se agolparon ante las puertas del santuario en un pandemónium de chillidos y entrechocar de armas.

El abigarrado grupo de salteadores no pasaba de largo.

—¡Está sin defensa alguna, listo para ser despojado! —les gritó.

Era el preludio de su desgracia y Arisat vaciló en su fe. Le daba la sensación de haber forzado una de esas decisiones extremas que vuelven a las personas inconscientemente vulnerables y frágiles.

De inmediato se produjo la primera carga.

Derribadas las puertas de bronce corrió la sangre y el hatajo de mercenarios comenzó a causar estragos tirando al suelo las ascuas del fuego sacro, los pebeteros de incienso, el batintín de bronce para convocar a la oración, el trípode donde la sacerdotisa anunciaba los deseos de la deidad femenina, las cráteras de arcilla griega y las candelas de aceite.

Mataron sin piedad a los tres vigilantes que habían quedado a su cuidado y a las dos asustadas siervas de Arisat, a las que cortaron la cabeza de un tajo antes tan siquiera de que pudieran emitir un grito de defensa. Con los ojos incendiados de avaricia, Macrón buscó a la sacerdotisa de la que tanto le habían hablado y a la que tenía por una mujer hermosa y venerable. El fragor de los alaridos, los destrozos y derrumbes de altares aumentaba. Y los asaltantes se entregaban a una insensata destrucción y al pillaje del santuario. Pero rastreaban de forma desenfrenada el tesoro de la deidad, sin éxito alguno. Debían de haberlo ocultado.

—¡Aquí no hay nada de valor, Macrón! —informó uno.

—Solo dos arcones vacíos, jefe —avisó otro con ojos de gato.

De repente, altiva como un junco, pintado el rostro del suave rojo ceremonial, sus finas cejas afeitadas y con un perfil oriental, Arisat, mujer virtuosa y ejemplar, compareció de detrás del velo sagrado, irreal como una aparición. Era el vivo espejo de la elegancia y la fragilidad, y centelleaba aquella tarde con ardiente sensualidad. El brillo llamativo de los amuletos que adornaban sus brazos, cabeza y pecho y la diadema de gemas de la deidad en la frente realzaban su exótica belleza.

—¿Me buscabais, romanos? ¿Demandáis el juicio del oráculo? ¿Invocáis la protección de la Madre? —ironizó firme.

—Sabes que pretendemos otra cosa bien distinta, mujer.

Los forajidos la rodearon, intimidándola con sus voces y gestos obscenos, y denigrándola hasta el paroxismo más vejatorio y denigrante.

—Tenéis las manos teñidas de sangre y estáis obrando de forma reprobable a los ojos de los dioses. ¡Habéis incurrido en la cólera de Tanit, la Madre, y tarde o temprano seréis reos de su cólera! —Habló en un latín impostado, dirigiéndose a Méntula.

Macrón, con las retinas brillando de lubricidad, la taladró.

—¿Dónde has escondido el tesoro de Anteo, bruja? ¡Habla!

Arisat apeló a todo su valor y le sonrió sarcástica.

—¿El tesoro de Anteo? Solo son las limosnas y ornamentos del dios. Nada más. Y ya deben hallarse a buen recaudo en la ciudad real de Tingis, bajo la protección del monarca Bocco. Un vigilante de la frontera nos alertó y mis criados partieron para protegerlo, pues son tan sagradas como el óleo de estos vasos. Era mi deber preservarlos de la sacrílega profanación.

—¡No te creo, negra furcia del demonio! —le gritó Macrón y la abofeteó sin piedad, derribándola al suelo.

Arisat se repuso. Un hilo de sangre le caía por las comisuras de los labios, pero no se derrumbó. Tenía por indecorosa la autocompasión.

—¡Esperad y detened esta destrucción estéril! Os lo suplico.

—No la creas, es una lechuza mentirosa, Macrón —espetó un legionario galo al que le bailaban tres dientes en la boca.

La sacerdotisa trató de contemporizar con el decurión y sus esbirros, pues preveía un trágico y fatal desenlace a la situación.

—Conociendo vuestro perverso propósito, he guardado estas bolsas colmadas de dracmas y siclos de plata, mis joyas personales, talegas de harina para tortas, ánforas de vino de Samos y varias sacas con carne y pescado salado. Os esperan en las cuadras junto a unas caballerías con monturas y jaeces, y cargadas con estos presentes. Todo es vuestro, y podéis marcharos.

—¿Nos quieres contentar con esas bagatelas, arpía? —dijo Macrón.

—Espero que os satisfaga y preservéis la sacralidad de este santo lugar —les participó, especulando que regalo tan generoso recompensaría su avidez y abandonarían el lugar sin más.

Arisat creía que era un poderoso argumento de disuasión, pero la codicia, que suele ser hermana de la perversión, la insensatez y la crueldad, reinaba en la insaciable mente de Macrón.

—Lo queremos todo. ¡Te sacaremos las tripas hasta que confieses dónde lo has escondido, farsante! Vamos, ramera, habla. ¿Dónde guardas el oro y las pedrerías? —la increpó Méntula, febril—. ¡Vamos, hechicera, yo las vi con mis ojos cuando pasé por este antro con el general Sertorio!

Una cólera sorda roía a la sacerdotisa, pero un matiz de circunspección y mesura salió de sus labios. Ansiaba convencerlos.

—Te he dicho la verdad. No añadas a la irreverencia y el asesinato de inocentes la insolencia hacia la elegida de los dioses. Y has de saber que las tropas del rey pueden caer sobre vosotros de un momento a otro, y que el gobernador Sergio Catilina os perseguirá hasta donde os escondáis. Vuestras atrocidades os preceden —intentó persuadirlo.

Méntula apuntó una carcajada mordaz, que la amedrentó.

—¡¿Catilina?! Ese bastardo estará ahora contando sus ganancias.

Algo iba a empeorar. La sibila lo presentía. Macrón chasqueó el látigo y ordenó el más atroz de los tormentos para hacerla confesar.

—¡Alzad una cruz fuera! —ordenó—. ¡Vamos! La ayudaremos a recordar dónde amontona sus caudales esta hechicera y un velo bordado de oro que vieron mis ojos. Veremos si habla o no, ¡por la maza de Hércules!

Arisat se quedó petrificada. No podía creer lo que había escuchado y pensó que era una baladronada de Macrón. Aguardó parapetada dignamente tras su muro de respetabilidad. ¿Era solo una estratagema? ¿Una enloquecedora realidad? ¿Se atrevería a tanto?

—¡Tomad lo que os he ofrecido, por Ishtar! Os ofrezco más de dos talentos de plata. Ese es su valor —suplicó la mujer sabiendo que no recibiría la menor consideración y amparo.

Una prolongada tregua sucedió a la orden del decurión, y al poco se escucharon martillazos como si una mano gigantesca excavara los cimientos del santuario. La amenaza se cumplía.

—Es tu última oportunidad, o lamentarás tu obstinación, mujer. ¿Dónde ocultas las riquezas del templo? Sabemos que es el más acaudalado de estas malditas tierras y que cientos de devotos lo visitan cada luna nueva —la conminó el cabecilla, que al advertir su mutismo, se embraveció, la atrajo hacia así, y con furiosa saña la derribó al suelo. Se despojó del cinturón y de las armas, y se echó sobre ella violentamente.

Después, en presencia de sus hombres, que la sujetaban y lo jaleaban con impudicias del más soez dialecto tabernario, le rasgó la clámide y le baboseó la cara gimiendo con lujuria. De nada le sirvió a Arisat defenderse, arañarle y escupirle, pues una rudeza primitiva se redoblaba en cada envite del romano.

Oprimió una sensación de repulsión, y comprendió con dolor que aquella vejación atroz sería traumática y pavorosa para ella. Hay momentos en la vida en los que el entendimiento solo acepta la inexorable realidad y no se puede reaccionar. Sintió un perturbador estremecimiento cuando recordó a Hatsú. «¿Qué hubiera sido de ella de haber permanecido aquí?»

Méntula la violentó salvajemente en medio de unas asperezas que dolían de forma lacerante a la sibila, que miraba las pinturas mitológicas del techo y los genios pataicos fenicios, ajena a aquella marea atropellada, lasciva y despiadada de su agresor. Macrón, que sudaba copiosamente y olía a sudor y vino rancio, la golpeó y le mordió su terso cuello, los senos y sus muslos entreabiertos y rígidos, mientras empapaba de semen sus vestidos revueltos.

Arisat había ofrecido por la fuerza su carne pasiva, y lloraba.

El estallido triunfante del violador, propio de una bestia, duró una eternidad para la mujer, que gemía de forma desgarra­dora. La pitonisa había encontrado algo de consuelo en su indiferencia, pero le ardían los párpados, sus labios estaban resecos, notaba las babas repulsivas de Méntula en su rostro y un sabor acerbo penetraba por su garganta. Deseaba morir.

No había el menor resquicio para la esperanza, y el soborno con aquel botín sustancioso no había servido para nada. Desorden, sangre, irracionalidad y violencia habían convertido aquel santuario en una tumba. ¿Cómo podría salir de aquel círculo infernal en el que se veía sumergida con sus sirvientes más queridos, víctimas de la avidez de unos locos?

Percibía que no había retorno posible. Suspiró con el rostro aturdido y con un desprecio mal disimulado hacia su violador. Su agonía no había hecho más que empezar.

—¡¿Vas a hablar ahora, nigromante?! O quieres que te penetren todos mis hombres uno a uno. Sus vergas no son tan delicadas como la mía —le aconsejó carcajeándose—. Serán menos cariñosos que yo, y te harán daño, maga —le advirtió el soldado recomponiendo su ropa.

Arisat, sin dignarse mirarlo, avanzó desdeñosa su labio inferior, intentando detener el fatal curso de los acontecimientos.

—Os he dicho la verdad —musitó entre llantos—. No se hallan aquí.

Con la mirada rígida de un juez burlado, Macrón habló:

—Ah, sí. ¿Te sigues mofando de mí, buscona de arrabal? ¡Pues atadla a la cruz! Veréis como razona —le lanzó a la cara.

Desamparada, vulnerable y angustiada, Arisat suplicó:

—¡No, por piedad, por mis hijos! No escondo nada, os lo juro, caterva de indeseables —sollozaba entre estremecimientos de horror, mientras la arrastraban escaleras abajo.

Arisat contempló con los ojos muy abiertos que el sol declinaba con pinceladas oblicuas. Y recortada en el zarco firmamento, el perfil de una cruz forjada toscamente con las maderas de las aras del templo. Le pareció espantosa, inhumana, y se quedó paralizada. Una atmósfera amedrentadora hizo que un sudor frío le corriera por la espalda y una flojedad paralizante le subiera por las piernas. Con las mejillas hundidas y los ojos girando en sus órbitas, vivía en un estado próximo a la enajenación mental.

Y como fulminada por un rayo, perdió el sentido y se desmayó. Duró solo unos instantes y despertó aturdida a la brutal evidencia. No era justo morir así después de una vida de concordia, amor e iluminación, ella, que se apiadaba de los necesitados y humildes, consolaba a los desesperados y escuchaba a quienes acudían a su altar. Se hizo un silencio de muerte y un pavor sombrío cruzó su mente espantada.

Ya no se revolvía ante aquellos horribles sucesos con la misma rabia y con la misma determinación de rechazo que antes de ser violentada. Aceptaba su suerte. Aquellos demonios desatados eran incapaces de ejercitarse en la clemencia. El afán por el oro los cegaba.

La izaron a la cruz y le ataron los brazos y los pies a los maderos entre insultos. Semidesnuda, con el cabello pegado a la frente manchada aún de carmesí ritual y la sangre escapándole por el mentón, sintió un pavoroso desamparo y un miedo atroz. Iba a morir. Crecieron los alaridos irracionales de los asaltantes, que le exigían hostigándola con las lanzas que revelara dónde se hallaban escondidos los caudales del templo.

—No oculto nada, cobardes y asesinos de inocentes —musitó con lágrimas amargas y la mirada ausente y extinguida—. Tenéis las manos teñidas de sangre. Que Anteo os maldiga, impíos.

Arisat notó un dolor indecible en su pecho. Se asfixiaba.

Los bandidos aguardaron un rato y con amenazas y muecas aterradoras la conminaron a hablar, pero la sibila no podía articular palabra. Se ahogaba espantosamente. De pronto alzó el rostro demudado, como absorta en una súplica que la aislaba del mundo y la unía al cielo.

—Aún no había concluido el libro de mi vida, venerada Ishtar —oró con los ojos vidriosos—. No has tenido piedad con tu sierva, pero te ruego cuides de mis hijos.

—¡Mirad a la adivina, pide clemencia! —gritó un sicario.

—Esta lamia no va a soltar prenda, jefe. ¿Qué hacemos?

Sus labios se enfriaron, sus párpados temblaron, un gemido salió de su boca y se quedó exánime, ahogada. Entonces, el sórdido, ruin y perverso decurión decidió concluir el atropello harto de esperar. Con la boca crispada, decidió:

—¡Acabad con ella, coged lo que veáis y huyamos al galope hacia las montañas de Rusadir! Aunque ese reyezuelo de Tingis nos teme, no me fío de él. Ya se habrá enterado y ordenará perseguirnos —les ordenó.

Al instante un haz de flechas silbó en el aire y fue a clavarse en el cuerpo blando y extenuado de la sibila, que se desplomó como un muñeco desmadejado, y con la cabeza hundida en el pecho. Hilos presurosos de sangre corrieron por su cuerpo y por las piernas tumefactas, empapando la arenisca del suelo. La pitonisa expiró entre estertores de asfixia.

—Supremum vale! —vociferó Macrón.

Mientras, el estruendo ensordecedor de los soldados, el piafar de las monturas y las risotadas de los andrajosos hombres de Méntula se perdían por la quebrada. Iban gozosamente borrachos, cargados con el expolio, y con el vino corriendo por sus gaznates, mientras alardeaban de sus atrocidades y se mofaban de la pitonisa sacrificada.

La pesadez horizontal del ocaso con sus jirones violáceos, el silencio de las sombras que precedían a la noche y un mudo horror se habían apoderado del aire inmóvil y caliente del santuario de Anteo, convertido en un lugar de muerte, ruina, desolación y pillaje. Pronto bandadas de buitres y cuervos comenzarían su festín, hasta que compareciera la guardia real.

La luz se desvanecía y un incendio crepuscular pintaba el horizonte. El perfil sanguinolento de la sacerdotisa inmolada por la voracidad de unos infames se recortaba en la luna que asomaba en el lienzo púrpura. La traza del devastado templo se desfiguraba con la oscuridad, y solo la luz de la luna iluminaba la aterradora y repugnante escena.

La muerte había caído como la escarcha sobre la flor más hermosa del vergel de Tingis. A Arisat se le habían quedado los ojos pavorosamente abiertos en el último estertor de la muerte.

Exigían una venganza ejemplar de la diosa.

Siete años después del asalto al templo de Anteo

III

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Arsinoe, la interpretadora de sueños

Septa, norte de África, año 69 a.C.

Era una noche de luna llena y los cultos de la Noche de las Mujeres, consagrados a Astarté, tocaron a su fin. Los siervos del templo de Septa habían distribuido las tortas rituales, se había quemado incienso de Arabia ante el altar y se habían ejecutado las danzas de la fecundidad por las hetairas de la diosa.

Los augures habían leído el futuro en las entrañas de los corderos y habían pronosticado a la recién ungida sacerdotisa, Hatsú, una dilatada vida como servidora de la Madre. Pronto cumpliría veintidós años y seducía por el misterio que emanaba de su apostura y por su subyugadora belleza. Su piel parecía alumbrada con la dorada transparencia de los dátiles maduros y en su mirada felina brillaban dos lentejuelas verdes e insondables, como dos ojos de serpiente.

La ingenuidad de sus movimientos, el antimonio en los párpados, la boca sensual, unas pestañas de largura infrecuente, el pelo como el azabache y la elegancia de sus andares la convertían en una exquisita criatura, plena de desenvoltura y serenidad. Desconcertaba su habilidad para insinuarse en el corazón de sus semejantes. Aparte del derecho de sangre que la asistía por ser descendiente de una larga saga de sacerdotisas, la sabiduría que había alcanzado en la escuela del templo le auguraba un futuro prometedor como pitia.

La muchacha, que se ceñía con el cinturón virginal, vestía una clámide bordada con estrellas y purificada con raíces de cilandro. Su cabellera, que nadie podía cortar hasta que dejara de ser sacerdotisa, y que era tenida como el signo de la abundancia entre el pueblo púnico, la tocaba con un peinado alto y sujeto con una redecilla de oro.

Lentamente se retiró a la soledad del estanque de piedra del templo, para meditar. Aún iba adornada con la guirnalda de flores, los amuletos de plata y ónice en el pecho, la serpiente de Ishtar y la diadema de sibila con las constelaciones labradas en ella.

Necesitaba poner en orden sus revueltos pensamientos.

Se detuvo ante la estatua de la diosa en mármol de Carsitos con la flor de loto en su mano, que contrastaba con el jaspe del peristilo y con el friso que encarnaba la procesión de Astarté rodeada de sacerdotes tocados con tiaras y de danzarinas tañendo las flautas, oboes y sistros. No obstante el feliz momento, la nueva pitonisa sentía que la congoja le atenazaba la garganta. Recordaba a su madre asesinada. Alzó las manos hacia el astro lunar y, bajo la claridad de la noche, recordó a su madre, Arisat, su sostén y apoyo espiritual.

—Mi espíritu guardián —oró contrita—, madre adorada, mi forma celestial, a ti dedico la dignidad con la que hoy he sido investida. Me has amado a través del tiempo y escucho tu voz con el viento. Nos hemos convertido en almas inseparables. Estoy lista, madre, para seguir tu senda.

El liviano soplo del recuerdo la atrajo al luctuoso día en el que enterraron a su madre, bajo un álamo negro, el árbol de Hécate, símbolo de la renovación de la luna que crecía en el jardín del templo de Anteo. No había olvidado el escarnio del santuario y de su cuerpo bendito inmolado. Lo habían purificado sacerdotes llegados de Sikka e Iol, y desde entonces reinaba la paz en el panteón de los reyes de Tingis.

Arisat se había convertido en la mártir amada de Ishtar, y la lloraron el pueblo y los poderosos. Desconsolada, junto a Maharbal, Silax y el mismísimo rey Bocco II, asistió a las honras fúnebres sin apenas comprender el absurdo mecanismo del mundo que le había robado lo más querido, y de una forma tan atroz y brutal. Hatsú percibió el gélido efluvio de la inmortalidad en aquella mañana estival, junto a los aromas del tomillo, la hierbabuena y el trigo aventado por los segadores.

Percibió que el espíritu de su madre aún vivía en los aires de su adorado santuario, donde se palpaba el malestar de la diosa mancillada. Abrazó a su hermano Silax, el que gozaba del favor del monarca. Apenas si conocía a aquel muchacho enjuto y filoso en el que destacaban unos ojos de halcón cargados de sagacidad. Era delgado y aceitunado y su melena castaña le caía en bucles sobre la frente y los hombros.

Silax, a pesar de ser menor que ella, era un niño reflexivo y atento; y según sus maestros, de un talento singular para el álgebra. Vestía como el hijo de un sátrapa oriental, y se comportó delicadamente con ella. Incluso obsequioso.

—Algún día tú ocuparás el trípode sagrado de nuestra madre. Es tu misión, hermana —le aseguró besando su mejillas.

—No dejes el amparo del rey Bocco. Él te protegerá, pues yo, en la clausura de mi templo, no podré hacerlo. No me olvides, hermano. Rezaré por ti —le dijo, y se despidieron, quizá para siempre, arrasados en lágrimas.

Tras el sepelio, Hatsú ya no volvería a verlo más por razón de su enclaustramiento religioso, que le impedía el trato con el mundo, donde moraba junto a Tamar, su amiga, su compañera desde la más inocente niñez, convertida en kezertum, o danzarina de la diosa. Además era una mujer, y su importancia en la familia era menor. Contestó a varios de sus mensajes, pero los negocios del rey Bocco lo fueron acaparando conforme crecía. Sin embargo, la imagen afable de su hermano, sus cabellos largos y rizados y su obsequiosa sonrisa, la había grabado en su mente para recordarla en la soledad de sus meditaciones. Después de pérdida tan significativa, era cuanto le quedaba de su sangre.

Y aunque nada conociera de él, de su vida, sentimientos y andanzas, lo amaba y recordaba en la nostalgia, y guardaba un par de cartas como si fueran su más preciado tesoro. Silax era el único vínculo que la unía con sus padres perdidos y con la sangre de sus antepasados.

La horda de desertores romanos que había asesinado a su madre y saqueado los altares no pudo ser capturada pues es­quivaron como zorros las patrullas reales. Huyeron, eludiendo el escarmiento prometido por Bocco II, y una pródiga recompensa. Unos camelleros aseguraban haberlos visto en las aldeas garamantas, la espina de Roma en África, y unos comerciantes, embarcar en Tynes, para enrolarse en la leva del general Pompeyo, que aceptaba en sus legiones a desertores, prófugos y asesinos.

Habían desaparecido sin expiar su horrenda culpa. «Mal­ditos sean para toda la eternidad», pensó inconsolable Hatsú, y comprendió que cuanto más profundo es el daño sufrido en el alma, más íntimo es el dolor que se siente. La joven pensaba que la condena les vendría de lo alto, pues la diosa Adrastea, la que rige el destino de los mortales, no tendría compasión con su execrable maldad. Los aniquilaría con la muerte más despiadada cuando menos lo sospecharan.

Se acuclilló ante la imagen de Astarté y tomó semillas de cáñamo del Índico y hojas de laurel, que arrojó sobre las ascuas del pebetero. Tocó el suelo con la frente e inhaló el aromático vaho, esperando que la deidad le hablara en su corazón. Pero solo oyó su propia respiración.

«¿Qué será ahora de mi vida? —meditó—. Siento fuerzas ajenas, inexplicables espíritus que me llaman desde otro lugar y me atraen hacia tierras ignoradas. ¿Debo volver a Tingis? Háblame, madre Tanit, con tus alas silenciosas. Tu sierva flaquea en la incertidumbre.»

Sintió el vacío interior de la duda, hasta que un leve carraspeo le hizo volver la cabeza. A sus espaldas, hierático y pomposo, la observaba Balkar de Aspy, sumo sacerdote de Baal-Hammon, y sarim o príncipe de sangre real. Llegado de Gadir para su ceremonia de investidura, destacaba por su corpulencia, cráneo rapado, nariz superlativa y ojillos de rata.

Aseguraban que era un hombre dominante y meticuloso hasta lo obsesivo, virtudes que lo habían llevado a lograr la jerarquía más alta del Consejo Sacerdotal del ámbito religioso púnico.

Balkar ejercía como sapram (gran sacerdote) o archireus y baal-malik (adivino de los dioses) en el templo de Melkart gaditano, el más egregio y acaudalado santuario fenicio de Occidente, centro de sabiduría, oratorio espiritual y oráculo de interpretación de sueños, al que acudían comerciantes, gobernantes, marinos y devotos de toda la ecúmene.

Por su incomodidad patente, ella dedujo que deseaba transmitirle alguna cuestión grave y espinosa. La joven aguardó.

—Hatsú —comenzó hablando—, te felicito por haber alcanzado el rango máximo entre las sacerdotisas de la Madre. Todo un logro, hija mía.

—El mérito es de quienes me han enseñado, noble Balkar.

—Habida cuenta de la posición que has llegado a ocupar después de siete años de estudio y educación en este templo, ha merecido la pena. Por eso te has granjeado el favor y la admiración del Consejo de Baal-Hammon —le confesó el sacerdote.

—Siempre he rezado a la Madre para que me fuera concedida la luz, señor —contestó sin mirarlo a los ojos—. Solo me tengo por una vasija que la diosa ha llenado con su vino gustoso.

Balkar frunció el ceño. Aplazaba el momento favorable para expresarle a la muchacha un designio que ella desconocía. La miró a los ojos y se mostró seductoramente persuasivo.

—Hatsú, mira. Perteneces a la inmemorial progenie de una raza de mujeres dedicadas a la adivinación en los oráculos de Astarté. Auguras hechos del futuro, descifras las mentes ajenas, te sumerges en los secretos más profundos del corazón de los hombres y dialogas con la diosa. Formas parte de la familia de las hijas favorecidas de Ishtar. ¿No es maravilloso?

—Sí, esas facultades son temibles, maestro —añadió serena.

—No olvides que es el gran regalo de tu madre Arisat, una mujer prodigiosa cuya memoria te obliga ante nuestro pueblo —le informó severo—. La diosa se encarna en ti y mereces nuestra reverencia.

Su mirada verdísima animaba la quietud de la plática y, pese al brillo de sus ojos, la joven evidenciaba timidez. Pero ¿qué deseaba transmitirle?

—¿A qué me obligan, gran sacerdote? —dijo inexpresiva.

—A algo muy grandioso. A convertirte en el principal médium entre lo celestial y lo terrenal. Arisat te transmitió en tu nacimiento los dones de la adivinación onírica y del trance divino —se expresó misterioso—. Pero tú estás llamada a más altos fines y puedes interpretar el espejo de Ishtar. No he conocido a nadie que pueda hacerlo en el mundo púnico, y posees poderes de los que ni tan siquiera sospechas de su existencia.

—Jamás hasta ahora se me ha revelado, maestro Balkar.

—No lo habrá querido la Madre Altísima, hija —replicó—.Escucha, has adquirido una profunda sabiduría en este templo, posees fuerza de atracción y has superado las ocho categorías necesarias para convertirte en gran sacerdotisa, desde la humilde kezertum, hasta la esclarecida entu. Pero sobre todo has destacado como la única asawad o interpretadora de sueños del Oráculo de Septa. ¡Eso es muy valioso para mí!

Aquella manera delicada de evocar su secreto la animó.

—Lo heredé de mi madre, gran sacerdote —adujo tímida.

—Pues esa facultad tuya me ha traído hasta aquí. Verás —prosiguió—. Hace unos meses falleció la profetisa del templo de Melkart de Gades, el santuario más influyente del universo púnico, quedándose huérfano de su vaticinadora. El Consejo Sacerdotal me ha comisionado para rogarte que seas su nueva guía espiritual. Poseerás riquezas, respeto, poder y fidelidad de las personalidades más importantes de la ciudad y del conquistador romano. Solo hace falta que tú lo creas posible. ¿Acaso no percibías la sensación de estar llamada a un destino superior?

Hatsú balbució y negó con la cabeza. El hombre había sembrado la confusión en su corazón y la había dejado sin aliento. Jamás habría imaginado puesto tan eminente. Al momento su cara adquirió un brillo deslumbrador. Sus ojos glaucos e inmutables eran un monumento a la incredulidad y la sorpresa. ¿Ella la gran sibila de Gades? ¿El cargo femenino más encumbrado de la cuna de Labanaam, una vez desaparecida Cartago? Se quedó paralizada ante tan privilegiada situación.

—Puedes incluso renunciar al celibato y casarte con un sarim o príncipe fenicio, o un alto personaje tartesio o romano —insistió convincente, y sus palabras sonaban a súplica.

La suya fue tanto una sonrisa de perplejidad, como de un desafío de su destino que se reía de ella con sucesos prodigiosos. Practicaba la clarividencia y se sentía gozosa, pero ¿merecía tanto?

—Hasta ahora la Madre me ha liberado de los goces del amor, y también de sus desconsuelos —replicó la muchacha—. Tal vez en el futuro encuentre el esposo adecuado.

Balkar adoptó una actitud paciente y paternal. Se estaba empleando con gran pasión y labia y seguidamente preguntó:

—Entonces, ¿qué dices al ofrecimiento, Hatsú? Obtendrás la más alta posición que pueda ambicionar una mujer de tu rango, ganarás fama imperecedera y alcanzarás la cúspide de tu función como intérprete de Astarté —le prometió Balkar.

El sacerdote le había hablado con tal convicción que Hatsú quedó cautivada. Depositaban en ella una gran responsabilidad, y unas dignidades con las que cualquier sacerdotisa recién ordenada soñaría, y sintió que le flaqueaba el ánimo. Al sopesar la nueva perspectiva no sabía si negarse, acceder de buena gana o a regañadientes, pero era evidente que Balkar no aceptaría un no por respuesta.

Era preferible asentir con satisfacción aunque tuviera que abandonar su mundo y traspasar las Columnas de Hércules para recluirse en el templo de Gadir, o Gades, como la conocían los nuevos amos de Roma. Eso sí, con una exorbitante autoridad y una consideración ilimitada. No podía rechazar sus exigencias. Su piel sedosa se sonrojó y sus ajorcas tintinearon cuando se recompuso para contestar.

—Qué puedo opinar yo, una insignificante doncella de la Madre —contestó grave—. Acepto la propuesta, si con ello sirvo a la Madre y cumplo con los deseos de los venerables Ministros del Consejo.

A Balkar le costó esfuerzo disimular su gozo. Sus labios pálidos hicieron un movimiento convulso. El sumo sacerdote la puso al corriente de los detalles de su nueva vida, el respeto que recibiría de los creyentes fenicios y romanos y del fervor que despertaría en Gades.

—No obstante has de saber que Hatsú, su nombre y su persona quedarán enterradas aquí para siempre. Si alguien pregunta por ti, será contestado por otra adivina que simulará ser tú. Para tu familia y devotos seguirás residiendo aquí. La sibila de Melkart no posee ni pasado, ni identidad, ni rostro. Es enigmática y nadie conoce su nombre familiar. Has de olvidar tus raíces y perder el contacto con tu sangre, pues te debes solo a la diosa. Esa era la aspiración de tu madre, Arisat. ¿Lo sabías?

La joven se sobresaltó. En cierto modo había jugado sus bazas sin una convicción total. Su humor se expresaba más con la mirada que con los visajes de sus perfectas facciones. Pero era como un descargo de su conciencia que fuera un deseo antiguo de su madre, además de una petición de sus superiores.

—¿Perderé mi nombre, decís? Me lo impuso mi padre. Para mí es como respirar, y en él cifro mis energías —recalcó.

—Comprendo que te produzca zozobra, pero antes eras la aspirante a sacerdotisa, la novicia, la iniciada. No dejes que venzan en ti los escrúpulos. Al comenzar una nueva vida, has de escoger otro nombre. Desde mañana serás la respetada sibila del templo de Melkart y de Astarté de Gades, la ciudad más cosmopolita y poderosa del Poniente, luz de las estrellas y esposa distinguida del Señor de la Ciudad, el dios Melkart.

—Esto me cuesta, por supuesto —dijo Hatsú vacilante—. No es agradable sacrificar de golpe aquello que fui y de lo que me siento orgullosa. Pero ¿cómo puedo atreverme a contradecir el deseo de la Gran Madre, si ya ha bendecido mi elección?

—Has alcanzado la plenitud de tu poder oculto y predecirás los sueños de los poderosos —observó—. ¿Y qué nuevo nombre elegirás? Podemos esperar hasta que lo decidas.

—¡No! —dijo rotunda—. Si ha de ser así, desde hoy deseo ser señalada por otro nombre, que desde mi nacimiento pudo ser el mío.

—¿Cuál, hija? —la acució Balkar.

—¡Arsinoe! —replicó—. Lo tomo en recuerdo de una noble egipcia de Menfis, antepasada de mi madre, que la respetaba por su vasta sabiduría.

Balkar experimentó una sensación parecida a la admiración por aquella virgen decidida, mística y hermosa, que además gozaba de los dones del cielo. El anciano de calva tersa, enorme nariz y orejas translúcidas, adoptó una actitud de sumisión. Inclinó la cabeza, elevó los brazos y profirió reverente:

—¡Mis respetos entonces, Arsinoe, gran sibila de Astarté! Piensa que la vida de una gran sacerdotisa no es sino una sucesión de continuos nacimientos, y que el comienzo de cada uno es una señal inequívoca de que Ishtar te cubre con su manto protector. Desde hoy estás bajo el amparo del templo y nadie osará tocarte un solo pelo de tu sagrado cabello, que nunca deberás cortar, pues es el don visible de la diosa.

La sonrisa de la muchacha se ensanchó y le dio las gracias. Pero sus pensamientos interiores eran difíciles de interpretar para Balkar. Su mirada le resultaba dominadora, inextricable. Se despidió de su nuevo bienhechor, que le besó las manos con gesto cómplice, mientras la joven lo miraba de forma inexpresiva, aunque filialmente afectuosa.

El cielo había adoptado un color acerado, y la noche había llenado de neblina purpúrea el santuario. Olía a tierra y hojas mojadas y a la salobre fragancia del mar. Arsinoe pensó que le esperaba un cometido muy elevado, pero seguro que entreverado de dificultades, envidias, sinsabores y traiciones. Estaba oscuro fuera de los límites del templo, y la luz de las teas hacía que el espacio de olivares y viñas que se extendía hasta la costa fuera sombrío e impreciso. Se retiró ensimismada a su celda, que olía a cilandro, miel y rosas.

Sobre una mesa había una cazuela con pan, uvas, higos y almendras y una jarra con vino dulce de Sicilia, del que probó un sorbo. Encendió la lámpara de aceite, se desnudó, desmadejó su melena negra, que debía cuidar como su tesoro más inviolable, y se arrojó sobre el lecho amarfilado, ocultando la cara entre las manos. No había hablado con su confidente Tamar. Mañana le transmitiría la buena nueva.

Le llegaban raros murmullos del exterior, solo interpretables por la imaginación. La llama del candelero tejió sobre su silueta una aureola ámbar que realzaba la redondez de sus caderas, su cuello altivo, los hombros torneados, la espalda cimbreante, sus pechos grávidos y el vientre liso. Su hermosura y una piel rosada y tersa se perfilaron sobre la sábana de seda de Palmira. No asumía aún el cambio sobrevenido a su vida y rumiaba su propio desconcierto y la conmoción ocasionada en su tranquila vida. Tras un rato de sollozos, una ingrata pesadez se apoderó de su cuerpo, agobiando su conturbado espíritu.

Oprimió la cabeza contra su pecho, y su mirada, en vez de brillar de satisfacción, reflejaba escepticismo y temores. «¿Podré confiar en alguien en esa desconocida Babilonia? Sé cuánto mal, engaños, patrañas y escollos hay en un mundo de poder.» Pero al fin su respiración se calmó y su semblante se serenó. Se esforzó en cubrir su turbadora desnudez, y pensó que no debía malgastar su aliento en dudas vanas. Un nuevo tiempo, extraño y delicado, cuya medida ignoraba, nacía para ella, y con una nueva identidad: Arsinoe.

Y lo aceptó decidida.

Al instante se envolvió en su melancolía y en sus pálidos recordatorios, y como si fuera una ola caliente, se llenó de alivio. Cerró los ojos complacida. Parecía que un cálido manto de lana cananea la protegía, y se sumió en un profundo sueño.

IV

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Gades, la vieja «fortaleza» fenicia

Gades, otoño del año 69 a.C.

La luz del sol aclaró el cielo y la niebla que envolvía Septa se disipó, como se dispersa un ejército en fuga. El paisaje se fue engarzando de siluetas y la brisa balanceaba las cimeras de los palmerales.

Nubes cenicientas cruzaban en dirección norte, y las aguas azuladas del Mar Interior se agitaban en el puerto. Una pira se encendió al ascender Arsinoe por la escalerilla de la nave y resonó el cuerno como señal de que la hija de Astarté navegaba hacia Gades. La brisa del mar se colaba por la cubierta de popa, donde aguardaba junto a Balkar, dos siervas y su dama de compañía, Tamar, Palmera, la joven que había sido acogida por su madre Arisat en el santuario de Anteo.

En el templo de Septa, Tamar había ejercido como naditú, «la que está aparte», pues se había educado como danzarina sagrada de la diosa. De edad igual a la sibila, había alcanzado la máxima categoría como danzante, la de «peinado alto», o kezertum, y se había convertido en la leal amiga de Arsinoe y en su cómplice.

En las fiestas primaverales de Adonías, Tamar bailaba ante su estatua con saltos cimbreantes, contorsiones imposibles y piruetas tan sensuales y voluptuosas que encendía la lascivia de cuantos varones asistían a las danzas rituales. Grácil como una pantera, sus pupilas como un trozo de cielo, su piel rosada cobraba con la danza la tonalidad del bronce, y los devotos de la costa la tenían como la más aventajada.

La sibila la adoraba y con los años se había convertido en su hermana de espíritu, en su paño de lágrimas y en su confidente. No tomaba una sola determinación sin consultarle su opinión. Y Tamar la apoyaba con su fiel amistad y fervor incondicional.

Arsinoe no sentía inquietud, sino una singular excitación por lo desconocido y su incierto futuro, y por eso se abrazó a Tamar, temerosa por la travesía. Siempre había sentido pasión por lo nuevo, pero no estaba segura de que su inflexible voluntad la protegiera de su vulnerabilidad.

Zarpaban en una flotilla de seis pentecosteras con el distintivo púnico del ojo rojo en las velas y la enseña amarilla de Gades con los dos atunes en la cofa. Provenía de las costas del sur de África, del golfo de Gunuia, Kerne y Thymiatherion, y transportaba en sus bodegas marfil, pieles de leopardo, oro, cuatro elefantes y maderas preciosas. Arsinoe oyó aquel día nuevas lenguas, distinguió nuevos atuendos y distintas apariencias en los marineros fenicios y extranjeros de la tripulación, que cargaron aceite y murex en el puerto para elaborar púrpura. Al poco se oyó un vozarrón, impartiendo órdenes para hacerse a la mar.

—¡Que los dioses innombrables del océano nos sean favorables! —invocó el oficial de la nao capitana, un hombre de tez cetrina, cuyas orejas, nariz y dedos estaban recubiertos de anillos y argollas.

Aproaron hacia poniente y bordearon las Columnas de Hércules, Kalpe a estribor y Abila en África a babor, donde roló un cortante viento de costado. Arsinoe, acurrucada en el camarote, se mostraba con aire cohibido y olfateaba el aire para atenuar su agitación. Para ella era un día de pérdidas. La tumba de su madre, su templo y la cercanía de Silax.

—Hemos salvado sin novedad las Puertas Tartesias y pronto cruzaremos los Siete Faros de Hércules —informó atento el sacerdote—. En dos días atracaremos en Gades, Arsinoe.

Septa y Tingis se esfumaron de su vista, como si no hubieran existido jamás, pero el ímpetu del viento era el ímpetu que precisaba su ánimo. Mientras hablaban fueron navegando al pairo de la costa. Recalaron la primera noche en Melaria, y la segunda en la cala de Mergablo.

Al segundo día aconteció un episodio irritante que las colmó de aprensión. Al abandonar el abrigo del refugio, el vigía gritó desaforado y enloquecido. De repente la boga de los remeros se detuvo por orden del capitán. Una presencia indeseada de tres trirremes piratas de la Sirte se les mostraba ante sus ojos en la bocana, oculta por las brumas.

Arsinoe, embriagada por los vientos, aumentó su tensión. Las dos siervas gimoteaban abrazadas, y Tamar callaba, pero temblaba.

—¡Nada que temer, mujeres! —las alentó Balkar—. Cuando se disipe la neblina y esos corsarios vean los ojos rojos de Gades en las velas, huirán como conejos. Las naves están defendidas con espolones de bronce y por soldados armados con hachas de guerra. Además saben que los fenicios desollamos vivos a los asaltantes del mar, dejando intactos manos, pies y cabeza y arrojándoles sal en sus miembros en carne viva. ¡Es la inexorable ley del mar!

Al desplegarse e hincharse las velas de las embarcaciones gaditanas con el fresco vientecillo de la mañana, el espejismo para los asaltantes se disipó. Creían que eran trirremes romanas o griegas. Debían abandonar la presa y retirarse a la desesperada, o serían hechos esclavos y torturados. Lo sabían. Viraron rumbo sur en una rápida maniobra, y sus cofas se difuminaron en el azul pálido del mar. Tal como había pronosticado Balkar, escaparon raudos a toda vela.

—Somos los reyes del mar, y ellos lo saben —se pavoneó orgulloso.

La fina lluvia que los había acompañado en la última singladura cesó horas antes de la arribada a Gades, la ciudad aliada y federada de Roma. A la vista de la privilegiada urbe, las desdibujadas tonalidades del cielo se mudaron en reflejos violetas y dorados. La brisa espoleó la proa, y el estandarte de la nao flameó al viento. La flotilla africana cruzó el puerto entre una abarrotada flota de panzudos gaulós, tan negros como la pez, galeras romanas, las gráciles naos pataikoi con geniecillos adheridos a los mascarones, las hippoi de pesca con las cabezas de caballo en sus quillas y las trirremes gaditanas.

Vadearon los rompientes, y con el sol abriéndose asustadizo, se ofreció acogedora ante sus miradas la imposta del Portus Gaditanus. Un clarín de blancura, la exuberancia de su puerto, la grandiosidad de sus edificios, su opulencia y sus aires translúcidos, la hacían la soberana del confín de Occidente.

Arsinoe, de pie en la amurada, ojeaba fascinada su armónica arquitectura, los torreones encarnados, el cobrizo caserío agrupado, las palmeras alineadas, los bancales de arbustos y el brillante ocre de los palacios. Destacan sobre los miradores los nuevos templos romanos y las columnas de los vetustos santuarios de Cronos, Baal-Hammon y Astarté-Marina, que espejeaban con el albor de las primeras luces.

—Los viejos dioses del Líbano conviviendo con las deidades de Roma —observó la joven—. La veo tan irreal que bien parece una imagen pintada. Es una ciudad prodigiosa, maestro.

Escuchó las exclamaciones de los marineros, y reparó en que hablaban en púnico, griego koiné y latín y en mil dialectos desconocidos. Los vigilantes del muelle hicieron sonar los atabales y las gigantescas caracolas saludando la llegada de la flota, y las gaviotas inundaron de aleteos el embarcadero, mientras huían, unas hacia el fortín de la Puerta del Muro, y otras a las cúpulas de los templos de Minerva y Cibeles, que reverberaban sobre los tejados rojos.

La sibila conocía que el emporio gaditano lo integraban tres islas. Eryteia, al norte, donde se alzaban las mansiones de los quinientos caballeros de Gades, el Foro de Hércules, los bulliciosos talleres de púrpura, alfarería, armas, aceite, garum y vino, y la acrópolis desde donde se gobernaba la ciudad. Otra isla, desplegada hacia el sur, Kotinussa, o «la de los olivos silvestres», albergaba el celebérrimo y antiguo templo de Melkart, que muy pronto visitaría, frente a la frondosa isla de Antípolis, el vergel y huerta de Gades.

Viendo su fisonomía dubitativa, Balkar la ilustró:

—Esta antigua urbe, cosmopolita y próspera como ninguna, fue fundada por nuestro compatriota el sarim Arzena de Tiro, siguiendo el mandato sagrado del oráculo, más de mil años atrás, justo después de la destrucción de Troya. ¡Cuánta historia encierran estos muros, Arsinoe! —le confesó vanidoso—. Aquí hallarás la felicidad e incontables dignidades.

—Llego con la mejor de las disposiciones, Balkar —atestiguó.

Arsinoe descendió la escala seguida de su exiguo séquito. Tamar le sujetaba el velo que le cubría la cabeza y el rostro. La recibió el Wakil Tamkari, un anciano ciego que actuaba como presidente de la Asamblea de los Veinte, una institución heredada de la Gadir púnica, que se cubría con un ropón orlado de púrpura, y al que lo acompañaban algunos personajes ataviados a la nueva usanza romana.

—Salud, gran sacerdotisa —la saludó con los ojos puestos en el infinito—. Que Tanit inspire sabiamente tus actos en Gades.

Nadie podía reconocer a Arsinoe fácilmente.

«Ningún mortal deberá percibir hoy tu verdadero rostro —le había dicho Balkar—. Eres la mujer elegida y tu palabra es ley.»

La máscara que le habían pintado Tamar y las siervas sobre el rostro con yeso, tintura de alheña y polvo dorado la hacían irreconocible. Lucía una túnica añil bordada con hojas de mirto, sujeta al hombro con un broche que representaba a la luna, una diadema sobre la frente, pendientes en los lóbulos de sus orejas y unas delicadas sandalias que cubrían sus diminutos pies. No obstante la mascarilla, su semblante estaba lleno de vida y la garganta parecía de alabastro. Se protegía bajo un parasol de tono amatista con flecos, y caminaba erguida, luciendo orgullosa los símbolos de su rango. Sostenía en las manos el caduceo y la mazorca de oro puro, donde estaban grabadas las diez letras sagradas de su casta en dialecto sidonita: Rub Kuhntum, «Suma Sacerdotisa».

De improviso Arsinoe fijó su mirada en un hombre distinguido que la observaba con curiosidad. Por su semblante terso parecía no haber llegado aún a la treintena y todo el mundo permanecía un paso detrás de él. ¿Sería el todopoderoso Balbo del que tanto había oído hablar? Preguntó al sacerdote, y Balkar le susurró al oído que efectivamente se trataba del magistrado de la Cámara de las Hibrum, las sociedades mercantiles de Gades, hombre riquísimo y patrono de la ciudad por derecho hereditario.

—Es cliente y amigo del hombre fuerte de Roma, el general Pompeyo, y es el autor del pacto con la ciudad más poderosa del orbe, que tanto nos beneficia. Procura su amistad. Es nuestro sufete o rey y también sumo sacerdote de Baal-Hammon —le cuchicheó.

Balbo empuñaba un cetro de marfil, y se cubría con una toga y capa con la fina franja púrpura del orden ecuestre romano. A su alrededor se estiraba lo más selecto y romanizado de la aristocracia gaditana, que le daba la bienvenida.

La joven se sorprendió, mientras Balkar lo presentaba.

—Venerable Arsinoe, hace los honores del recibimiento el eminente domine Lucio Cornelio Balbo, ciudadano romano, nuestro protector y mediador con la ciudad del Tíber. Pocas cosas alteran su recto juicio, y es un gobernante capaz de desentrañar lo justo de lo que no lo es. Por eso es amado por nuestros dioses ancestrales y las deidades latinas —lo halagó.

Arsinoe inclinó la cabeza y le sonrió con levedad, mientras el magistrado prestaba atención a su deslumbrante belleza y a su semblante hierático, encubierto por la mascarilla. La expresividad y rareza de sus ojos, verdes como esmeraldas, parecían llenos de mil promesas, y lo mantenía subyugado.

La joven sacerdotisa supo después por Balkar que Balbo había sido adoptado por la tribu latina de los Clustumina, la misma del general romano Gneo Pompeyo, lo que le otorgaba todos los derechos civiles de la urbe más poderosa de la tierra, Roma. Dotado de una rara habilidad para la política, el apoyo a la causa de la República, a Pompeyo y a su cuñado Memmio, y su no menos asombrosa visión para los negocios, habían hecho al millonario Balbo merecedor de la distinción más codiciada para cualquier extranjero.

Lucio Balbo, como era habitual en Roma y Grecia, era conocido por el amor que profesaba a algunos bellos efebos, pues consideraba el placer sexual con hombres como un deleite ine­ludible de la vida. Admitía en el acto erótico el papel del amante, convirtiéndolo en una dádiva del maestro hacia el discípulo. El varón romano, aparte de su caia, o esposa legítima, disfrutaba del favor de favoritos de ambos sexos, y solían frecuentar su lecho cortesanas, esclavas y mujeres conocidas, en un vínculo de amistad que incluía tanto el sexo como la amigable atracción, en un regalo de armonías que fundía el cuerpo y el alma de los amantes, hombre o mujer, en un mutuo deleite. La matrona de la República romana, honesta, piadosa y fiel, o el varón austero de los tiempos de Catón y los Escipiones, habían expirado al acceder la aristocracia al gusto por los goces asiáticos.

En las tabernas de Gades se rumoreaba que, como todos los nobles de Roma, había sucumbido a los encantos de los hermosos púberes. Viajero incansable, se hacía acompañar de bellos adolescentes, a imitación de Alejandro de Macedonia, que no se separaba de su hermoso Bagoas.

Balbo había dotado a Gades de una abastecida biblioteca que había llamado Atrium Libertatis, junto al palacio de los Sufetes. Se exhibía una colección de papiros, pergaminos y tablillas a semejanza de la de Pérgamo y Alejandría, y estaba adornada con bustos en bronce de Platón, Herodoto, Tucídides, Homero, Píndaro y Pericles. Contaba además con una fuente y un jardín para conversar sosegadamente, maestros y alumnos.

En las termas que había mandado construir al modo romano más allá del canal, jugaba a la pelota con los muchachos, se zambullía en las piscinas, y luego se entregaba al masaje de las hábiles endormidas, donde se encontraba con los jóvenes gaditanos, los luchadores depilados y los castrados del templo de Baal-Hammon, a los que sodomizaba más tarde en los reservados del tepidarium, el estanque de las aguas templadas.

Y rodeado de olores de aceites de ciprés, nardo indio, azafrán y mirto, a Lucio Balbo le rizaban los cabellos con tenacillas calientes, el calamistum, según la moda impuesta por los romanos de más alta alcurnia, mientras solazaban sus cuerpos con halagos sutiles y caricias. En una grata unión de espíritus afines, sin entregarse a la penetración, excitaban sus sentidos como un mero pasatiempo, con alguna masturbación mutua y serena, pues el elegante sufete de Gades, amante delicioso, buscaba solo una unión desinteresada entre iguales.

Lucio Balbo se había casado en su juventud con una muchacha de la noble gens Marcia, Tulia Lucrecia, con propiedades en Hispalis y Corduba. Pero como cualquier ciudadano romano sofisticado, y él lo era, se mostraba proclive a los ...