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LAS MUJERES DE LA GUERRA

Andrea Amosson  

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Fragmento

Sus pasos

Vera, la hija menor de los Ninković de Dubrovnik, dejó el abrigo de la ciudad amurallada cuando las opciones disponibles para ella eran casarse o recluirse en un convento. Lo cierto es que sus padres hubieran vendido el alma con tal de mantenerla lejos de candidatos inapropiados. Bastaba ya con décadas de ocupaciones en el pequeño territorio de la ciudad dálmata para que sus padres siquiera imaginaran a su heredera casada con un bigotudo austro-húngaro.

Los padres de Vera hubieran vendido el alma, lo que, dicho de otro modo, equivalía a ceder su envidiable posición de líderes portuarios en Dubrovnik a cambio de matrimoniarla con un señor muy viejo, adinerado y respetable. Horrendo a todas luces, cierto, incluso a la luz del atardecer que suele transformar con sus manos doradas hasta los rostros más feos. Pero Gospodar Ljubić era un vejestorio que no mejoraba ni con la luz apagada, por lo que Vera Ninković eligió el convento, la reclusión absoluta, la devoción a un Dios esquivo que favorecía a los invasores, antes que el matrimonio pactado. Con dos condiciones: que no la visitaran durante seis meses para facilitarle su retirada del mundo y que solo Agna, su nodriza, la acompañase.

Un favor por aquí, unas monedas por allá y Vera se embarcó en el gran viaje de conversión de su vida. Sin embargo, las monjas de Santa Clara quedaron esperándola esa y todas las tardes próximas, porque Vera, en vez de entrar en la nave principal del templo, lo hizo en el más veloz de los barcos de su padre con destino a Venecia. Paró en la Serenissima dos jornadas a trazar el siguiente tramo y tomó un vapor hacia Londres.

Antes de su gran escape, Vera escribió una larga carta para su familia explicando sus motivaciones, turbias como la rebeldía misma, reflexionó el patriarca Ninković, que de pronto se encontró sin novicia, heredera ni hija; mientras que Agna, la depositaria del gran secreto, fue despedida sin recomendaciones en cuanto se supo que guardó la carta durante meses entre sus faldones.

Confundido, sin saber con exactitud cuándo escapó Vera, el padre alistó los baúles a toda prisa para ir al rescate de su pródiga, porque supuso que estaba en problemas. Ningún Ninković en sus cinco sentidos huiría. Pero Vera nació con un sexto, uno que le mordía el lóbulo de las orejas soplándole que la vida era más que anillos en el dedo o santas escrituras.

La coincidencia se ríe al último, porque al tiempo que el patriarca zarpaba de Dubrovnik, Vera reportó en una nueva y cortísima misiva que viajaría a América. La reacción del patriarca fue chicotear a su barco estrella con tal de darle alcance, pero pasar del Mediterráneo al Atlántico eran aguas mayores, le explicó su capitán. «Lamento informarle que no tenemos la capacidad para cruzar el océano», agregó el oficial naviero al hombrón que se disolvía en la sal de sus propias enrabiadas lágrimas.

La Ninković llegó a Nueva York en 1862 con no tan rozagantes veintisiete años —para la época, al menos—, elegante sin esfuerzo, políglota y demostrando ser diestra con la máquina de escribir en la recepción del New York Herald, periódico donde hizo prueba como asistente de la dactilógrafa del reportero de Nacionales.

Debutó como redactora dos años después, durante una asignación en que el periodista titular, amante del Bourbon, estaba tan borracho que no pegaba ni juntaba letra y las otras dactilógrafas se negaban a atender al chiflado que esperaba en la recepción con una jaula cubierta por un terciopelo marrón. Chiflado porque eructaba, porque corrían las horas y él declaraba que no se movería hasta hablar con alguien. Se trataba del naturalista Townsend, barbilampiño y recién vuelto de las Galápagos, que cuidaba la jaula entre sus piernas como quien cuida de una salchicha sagrada.

Vera era la nueva, la inexperta, la que realizaba todo tipo de mandados, incluyendo la repartija de documentos, la entrega de negativos, las carreras entre imprenta y redacción con pliegos de noticias que debían acortarse. A nadie le extrañó que, a pocas horas de cerrar las pesadas puertas del diario, a ella la mandaran a deshacerse del tipo que no mostraba seña ni intención de retirarse.

Por supuesto que Vera se resistió, otra tarea odiosa en su larga lista de odiosas tareas. Una obligación que retrasaba sus planes de irse a su casa antes de que cayera la lluvia fría en Nueva York, que provocaba atochamiento de carruajes, caballos nerviosos, peatones apurados en llegar a sus refugios antes del anochecer; asignación de tercera categoría que la mantenía alejada de las máquinas de escribir, de las verdaderas noticias.

La joven dálmata se enorgullecía de su sentido del humor colorido, pero no pudo echar mano de su repertorio. Enojada, bajó las escaleras y se encontró a boca de jarro con el individuo.

«¡Usted!», gritó, pero enseguida guardó silencio porque el discurso que tenía preparado, desagradable al máximo,

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