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LAS PROMESAS DEL EQUINOCCIO

Mircea Eliade  

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Fragmento

PRÓLOGO

MIRCEA ELIADE: PASIÓN ENTRE SÍMBOLOS

Sergio Vila-Sanjuán

El que usted, lector, tiene en sus manos, es para mí uno de los grandes libros de memorias del siglo XX. Se trata de un texto lleno de pasión vital, que recoge la experiencia del autor hasta los treinta años y resulta excepcionalmente perspicaz al relatar las zozobras de esa época que se extiende desde el fin de la adolescencia hasta el momento de asunción de la madurez.

El escritor e historiador de las religiones rumano Mircea Eliade, nacido en 1907, fue una figura destacada en la cultura del siglo pasado. Autor tanto de grandes estudios de referencia (Tratado de historia de las religiones, Historia de las creencias y las ideas religiosas) como de deslumbrantes ensayos sintéticos (Imágenes y símbolos, Lo sagrado y lo profano, El mito del eterno retorno, Herreros y alquimistas), sobresalió también como novelista (La noche de San Juan, El burdel de las gitanas, Isabel y las aguas del diablo, Boda en el cielo) y se le deben numerosos textos autobiográficos.

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Con un prestigio ya logrado en la Rumanía del rey Carol II, cuando se quería convertir a Bucarest en «la pequeña París», al inicio de la Segunda Guerra Mundial se instaló en Portugal como agregado cultural en la embajada de su país. Durante la posguerra vivió doce años en Francia hasta que en 1957 se trasladó a Estados Unidos. La Universidad de Chicago lo puso al frente de su departamento de Historia de las Religiones, que convirtió en un centro de prestigio internacional. Varias veces candidato al premio Nobel de Literatura, falleció en 1986.

Eliade mantuvo a lo largo de toda su vida un diario, siempre escrito en rumano, que utilizó como base para la redacción final de distintos textos. En la década de 1960 publicó en varias revistas del exilio largos fragmentos de lo que iba a ser su autobiografía. El primer volumen, Las promesas del equinoccio, apareció en traducción francesa en 1980 (Gallimard) y la versión en inglés en 1981 (Harper & Row). En España lo publicaría Taurus, traducido del francés por Carmen Peraita, en 1983.

En este retrato de juventud Eliade se nos presenta de entrada como un personaje dostoievskiano y atormentado. En sus páginas veremos cómo en dos ocasiones se debate entre dos mujeres, que simbolizan dos universos diferentes, y cómo oscila también entre la creación literaria y la academia, el periodismo y el mundo erudito, la alta cultura y la vida cotidiana.

Se trata de un joven abocado a encrucijadas, con voluntad de vivir «experiencias decisivas», que alberga la ambición de convertirse en el gran personaje que llegará a ser. En un momento de su juventud se da cuenta de que «a ciertas mentes les es dado extraer los factores de unidad en el seno de la naturaleza y la cultura, lo que les permite descubrir ciertas estructuras». Y él es uno de ellos, con una inmensa voluntad de destino personal.

Es también viajero, recorre Rumanía y se va, en la década de 1930, hasta Asia. Y deportista: sube montañas, navega; está vinculado al mundo físico, así como a las redacciones de órganos de la capital, y a la política; participa en la creación de un grupo, Criterion, de gran influencia en su mundo. Hace vida social y literaria, es un mimado del régimen monárquico. Y mantiene una relación compleja con el controvertido Nae Ionescu, quien acaba sus días trágicamente.

Eliade se nos presenta, pues, como el modelo de persona completa, goethiana, un hombre de pensamiento que es a la vez hombre de acción, seductor y brillante en sociedad. En este primer volumen de sus Memorias hay de todo: el retrato de una vocación literaria, encuentros con grandes personajes —como Giovanni Papini o Rabindranath Tagore—, reflexiones históricas, filosóficas y antropológicas. No falta un halo fatídico, el de quien se da cuenta de que trae la desgracia a seres que admira o que le han sido muy próximos. Eliade entrega su testimonio con un estilo que, aunque reconoce rápido, resulta también, según su propia definición, «denso y preciso».

LO SAGRADO Y LO PROFANO

Uno de los puntos de interés en Las promesas del equinoccio radica en que el Eliade mayor, al revisar las andanzas del joven Mircea, le aplica su cosmovisión de madurez. El escritor y profesor que evoca los años de aprendizaje rumanos desde la Divinity School de Chicago se ha convertido en una de las grandes autoridades mundiales en simbolismo. En su revisión todo aparece cargado de sentido. Las andanzas que en su momento pudieron parecer fruto de la casualidad o del simple espíritu de aventura alcanzan, a la luz del recuerdo, todo el significado que imprime a posteriori la construcción deliberada de una existencia. En los momentos más complicados se dice a sí mismo que todas sus pruebas obedecen a un designio, que apuntan hacia un fin que él aún ignora pero que no desiste de conocer algún día. Con razón señala el destacado eliadista Mac Linscott Ricketts que, si nuestro autor siempre aspiró a desvelar el sentido sagrado que subyace a lo profano, ¿cómo no iba a intentar mostrarnos los significados ocultos bajo el despliegue de su propia existencia?

Por ejemplo, a propósito de sus maratones de estudio y lectura a los dieciocho años, desafiando el sueño, apunta un aspecto trascendental: «En la libertad que creía conquistar actuando a contrapelo de todo lo que se consideraba normal, veía yo, en primer lugar, el modo de superar mi condición histórica, social y cultural». O cuando constata que un detalle menor, una circunstancia banal, puede resultar suficiente «para desviar radicalmente el curso de una vida».

En Eliade resulta recurrente la idea del laberinto. «Es el modelo de toda existencia que, a través de numerosas pruebas, avanza hacia su propio centro», sentenciará. En sus horas bajas se consideraba perdido en él, «pero al final siempre tuve la sensación de haber salido victorioso».

Los hombres —indica— «no somos ni ángeles ni puros héroes. Una vez que se llega al centro del laberinto se adquiere una riqueza, se dilata la conciencia y se hace más profunda, todo se vuelve claro, significativo. Pero la vida continúa y hay que afrontar otro laberinto, otros encuentros, otro tipo de pruebas, a un nivel distinto…».

En este primer tomo de sus Memorias el autor logra además, y eso constituye parte decisiva de su vigencia, transmitir intensamente la sensación de universalidad, de mundo global. En otro lugar de su obra, Eliade ha escrito que quizá el hallazgo más importante del siglo XX radica en la incorporación del hombre y las culturas no occidentales a la cultura humana. En Las promesas del equinoccio lo plasma de forma experiencial, a través sobre todo del viaje hasta la India y sus tres años de apropiación vitalista y espiritual del país. Vital mediante el amor y la experiencia en Bengala y en el Himalaya; espiritual a través de los libros y la relación con el maestro Dasgupta. Pero también mediante el aprendizaje del «optimismo escondido» hindú: nunca se está tan cerca de la salvación, se hace eco Eliade, como cuando se siente uno perdido, mientras que no hay nada más trágico que considerarse feliz y satisfecho con la propia suerte.

El nivel y la intensidad de este primer volumen de sus Memorias es el más alto de su producción autobiográfica. Su segundo volumen, Las cosechas del solsticio, publicado póstumamente por Gallimard en 1988 y no traducido al español, resulta bastante más insulso ya que incluye los años de institucionalización del personaje y además, si hemos leído antes algunos de los diarios en los que se basa, ya conocemos buena parte del material que emplea.

Esos volúmenes dispersos de escritura autobiográfica que se han ido publicando (Diario íntimo de la India, Fragmentos de un diario, Diario. 1945-1969) resultan intermitentemente jugosos, y en todo momento nos transmiten la sensación de que la de Eliade es una vida vivida para ser escrita. El Diario portugués. 1941-1945, que rescató el gran experto en literatura rumana Joaquín Garrigós en el año 2000, merece una mención por su riqueza y su contacto con la cultura española. Reseñable es la fascinación de Eliade por don Marcelino Menéndez Pelayo y su relación con Eugenio d’Ors.

La experiencia de Mircea Eliade será concomitante en varios puntos con la de Vladimir Nabokov. Ambos expulsados de sus países natales por el totalitarismo, morirán sin regresar a ellos. Tras la Segunda Guerra Mundial Eliade pasa momentos de penuria en pensiones de París, en una experiencia que recuerda a la de Nabokov en distintas ciudades durante las décadas de 1930 y 1940. Al igual que el autor de Lolita, el rumano cambia de lengua, al menos para una parte de su producción —escribirá varios de sus ensayos directamente en francés o en inglés—, e igual que él encuentra acomodo en el opulento mundo de las universidades estadounidenses, donde va a brillar como un representante mimado y arquetípico de la vieja Europa.

POLÉMICAS POST MORTEM

La trayectoria de Eliade ha despertado polémicas póstumas. La más significativa fue la desencadenada en 1991 por otro célebre escritor rumano residente en Estados Unidos. En su ensayo Felix culpa, Norman Manea acusaba a Eliade de haber maquillado su pasado y escondido su pertenencia a la Guardia de Hierro, el movimiento fascista que, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, demostraría un feroz antisemitismo. Aunque en la Rumanía comunista se había atacado a Eliade por este episodio, en los años sesenta el régimen de Ceausescu optó por pasar página y puso en marcha diversos intentos para tender puentes hacia el personaje.

Hoy está ampliamente documentado que Eliade se aproximó de forma clara a la Legión rumana —como lo hicieron sus amigos Eugène Ionesco y Émile Cioran, también futuras celebridades internacionales— a través de Nae Ionesco, uno de los ideólogos del movimiento, que entre los años 1936 y 1937, cuando la Legión no había mostrado su cara más monstruosa, colaboró en la prensa afín. El ya citado Joaquín Garrigós, traductor de varias de sus obras, asegura al respecto: «A todos los ataques que se han hecho contra Eliade por antisemitismo les falta documentación, yo no he encontrado ni un solo texto suyo que pueda considerarse antisemita».

Garrigós recuerda que el escritor siempre tuvo amigos judíos, y en un artículo de 1939 deploró que las leyes antisemitas hubieran hecho refugiarse en Londres a algunos de ellos, figuras de la cultura rumana. Otro eliadista, Francis I. Dworschak, ha recordado que Eliade nunca aprobó la violencia política (como la que la Legión practicaba) y en cambio era un firme admirador de Gandhi.

En Las cosechas del solsticio el escritor evoca su propio internamiento en un campo de concentración en 1938 por su proximidad a la Legión y remarca el carácter «cristiano y pacifista» que el líder del grupo, Cornelio Codreanu, supuestamente habría inculcado a sus seguidores antes de ser asesinado. En cualquier caso, las columnas prolegionarias de Eliade quedan en las hemerotecas y siempre, hasta en sus últimos escritos autobiográficos, reivindicó la figura de su maestro Nae Ionesco.

EL VALOR DE UNA APUESTA

«Nadie, conociéndome bien e incluso leyendo este diario, puede imaginarse la intensidad de mi drama. Muchas veces al día tengo que debatirme en medio de una crisis tan terrible, sea de desesperación o de neurastenia, que me parece que dará al traste incluso con los más fuertes. Nadie puede sospechar la cantidad de talento, de voluntad y de simple energía física derrochados día tras día en lucha conmigo mismo y con el demonio que hay en mi interior», escribió Eliade en 1943 en su Diario portugués.

Sí lo sospechamos, y lo constatamos. Una y otra vez volvemos a sus textos y nos encontramos con esa tenacidad vibrante; con la densidad y la precisión, la riqueza simultánea de ideas y de experiencias, tan atractiva. Incluso cuando constatamos la solemnidad a veces grandilocuente, la forma en que se toma a sí mismo tan en serio, sin ápice de humor, no podemos dejar de admirarle. Esa seriedad y solemnidad, al servicio de un enorme talento y una inmensa cultura, constituyen también las garantías del valor de su apuesta. Y estas Promesas del equinoccio lo prueban sobradamente.

PRIMERA PARTE


La buhardilla

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PRIMEROS RECUERDOS

Nací en Bucarest, el 9 de marzo de 1907. Mi hermano Nicolas era un año mayor que yo. Mi hermana Corina nació cuatro años después. Mi padre era de Tucci, en Moldavia, y su apellido auténtico, antes de cambiarlo por el de Eliade, era Ieremia. A lo largo de mis estudios en el colegio utilicé un diccionario francés-rumano que le había pertenecido y en el que estaba escrito su apellido de entonces: Gheorghe Ieremia. Era el mayor de cuatro hermanos, y Constantino, su hermano pequeño, era oficial, igual que él. Había estudiado en la Escuela Superior del Ejército y llegó a ser oficial de Estado Mayor, y hasta general de división, mientras que mi padre, más moderado o menos hábil, nunca superó el grado de capitán. El más joven de sus hermanos, Pavel, debió de hacer algunos trapicheos sobre los que la familia prefería guardar silencio, pero terminó trabajando en ferrocarriles. La última vez que oí hablar de él era jefe de estación. Rara vez tuve la ocasión de verle; era moreno, igual que mi padre, pero no se le había caído el pelo y tenía más prestancia.

Su única hermana murió poco después de haberse casado con un maestro. Lo ignoro todo sobre ella. Solo recuerdo que un día, hacia 1919 o 1920, un joven un poco torpe y con una cabellera color rubio estopa vino a visitarnos a la strada Melodiei, donde vivíamos en aquella época. Llevaba el uniforme verde de la Escuela de Montes y mi padre nos lo presentó como nuestro primo Cesar Cristea, el hijo de su hermana. Era un apasionado de la literatura, hablaba con facilidad y distinción y escribía versos. Desde el principio me gustó.

Mi tío el general vivía en Bucarest, en un apartamento grande y lujoso, en el bulevar P. Protopopesco. Su mujer, la tía Heraclia, una rica heredera originaria de Galatz, le había dado dos hijos. Mi tío era rubio, un poco más bajo que mi padre, arrogante y vestía con elegancia. Le encontraba yo incluso cierta coquetería, a juzgar por el discreto perfume de colonia que emanaba de su persona. Mi más lejano recuerdo es la imagen de un oficial un poco rechoncho, que tenía la costumbre de acariciar y retorcer su bigote, y que interrumpía con una risa brusca frases pronunciadas con una voz un tanto gutural.

Nunca supe exactamente por qué razón mi padre y el tío Constantino habían decidido cambiar su apellido Ieremia por Eliade, ni por qué el otro hermano había renunciado a hacerlo y se siguió llamando Pavel Ieremia. Mi padre pretendía que lo habían hecho por admiración hacia Eliade Radulesco, el gran escritor del siglo XIX. Era yo todavía muy joven cuando estuvo por última vez con mis abuelos en su casa de Tecuci, y nunca pude saber si ese cambio de apellido les afectó o no. Todavía recuerdo muy bien a mis abuelos y su casa. Mi abuelo era alto y delgado, muy robusto, canoso. Yo le acompañaba todas las tardes al café, donde jugaba su partida de tric-trac; tenía derecho a mermelada y a lukums y, cuando ganaba, me invitaba a una ración suplementaria. Por la tarde volvíamos a casa por la calle principal.

Debía de tener cinco o seis años cuando una tarde, volviendo a casa cogido de la mano de mi abuelo, vi entre las faldas y los pantalones que se movían a mi alrededor a una niña de mi edad cogida ella también de la mano de su abuelo. Nos miramos intensamente a los ojos. Y cuando nos cruzamos, me volví para seguir mirándola. Ella también se había dado la vuelta y estaba allí, inmóvil. Pasaron así algunos instantes y después nuestros respectivos abuelos nos tiraron de la mano para hacernos andar. Yo estaba trastornado, sin saber la razón, y lo que acababa de ocurrirme era a la vez maravilloso y decisivo. Esa misma tarde descubrí que bastaba evocar la imagen de esa niña apenas entrevista para sentirme deslizar a un estado de beatitud jamás experimentado hasta entonces, y que podía prolongar a mi antojo. En los meses que siguieron evoqué la agradable imagen varias veces al día, sobre todo en el momento de dormirme. Una especie de escalofrío ardiente subía a lo largo de mi cuerpo, invadiéndome por completo, mientras que todo el mundo a mi alrededor se desvanecía. Mi cuerpo no era sino un suspiro, cuya maravillosa irrealidad parecía durar siempre. Durante años, la imagen de la niña que percibí apenas en aquella calle fue el talismán tan solo conocido por mí gracias al cual podía, a mi antojo, encontrar el refugio de un instante incomparable. Todavía hoy recuerdo el rostro de la niña; nunca hasta entonces había visto ojos tan grandes como los suyos, ojos oscuros e inmensos. Tenía la tez a la vez mate y pálida y los rizos de pelo negro, que le caían hasta los hombros, resaltaban su blancura. Iba vestida como las niñas de la época. La moda hacia 1911 o 1912 era ponerles una blusa azul marino y una falda roja. Necesité mucho tiempo para no sobresaltarme cuando veía en la calle estos dos colores juntos.

Aquel mismo año tuve que permanecer todo un mes en Tecuci. Durante los paseos con el abuelo, esperaba que apareciera otra vez a la vuelta de una calle la falda roja. Pero nunca la volví a ver.

Casi todos los recuerdos que guardo de mi abuela son de otra estancia en Tecuci, en el verano de 1919. Tenía entonces doce años y leía mucho. Pasaba horas enteras al lado de la ventana con un libro apoyado en las rodillas. Mi abuela, cuando venía a mi habitación, me pedía que leyera en voz alta, con el fin de disfrutar ella también de la lectura de mi libro. Por mucho que le dijera que, escuchando trozos separados sin nada que ver entre ellos, no comprendería nada de la acción, ella insistía siempre. Me dijo que mi tío Constantino lo hacía. En efecto, le leía en voz alta pasajes enteros, aunque tuviera entre sus manos libros de física o química. Tuve que decidirme a hacer lo mismo. Recuerdo haberle leído páginas del Viaje de un rumano a la luna, del que he olvidado hace tiempo el nombre del autor, y también un libro escrito por la reina María, Ilderim.

Mi abuela era menuda, con el pelo gris tirante en las sienes y ojos azul pálido. Aquel verano de 1919 vi por última vez a mis abuelos. Nunca tuve la oportunidad de volver a Tecuci, y mis «abuelos de Moldavia», como se les llamaba, se extinguieron ambos algunos años después. Mi abuelo debía de tener entonces noventa años.

Nací en Bucarest, pero el mismo año de mi nacimiento trasladaron a mi padre de guarnición y nos fuimos con él a Ramnic. Allí es donde se sitúan mis primeros recuerdos. Vivíamos en una casa con numerosas habitaciones. Recuerdo que había acacias bajo las ventanas. Detrás de la casa se encontraba el patio y un huerto, que me parecía inmenso por los albaricoqueros, los ciruelos, los membrilleros. Mi recuerdo más antiguo es de la época en que apenas tenía tres años. Me veo revolcándome con mi hermano por la hierba en compañía de un gran perro blanco llamado Picú. A nuestro lado, sentada en un taburete, mi madre charlando con la vecina. A este primer recuerdo le sigue otro. Era por la tarde. Estábamos en el andén de la estación esperando a una tía que llegaba de Bucarest. Había mucha gente. Me habían dado un cruasán, que sostenía en la mano y que no me atrevía a comer de lo enorme y prodigioso que me parecía. Lo contemplaba orgulloso, lo exhibía y esgrimía como un trofeo. Al entrar el tren en la estación, nuestro pequeño grupo se agitó y me quedé solo un instante. Apareció entonces delante de mí, surgido de no sé dónde, un niño de cinco o seis años. Me arrancó el cruasán, me miró un instante sonriendo, le dio un mordisco y desapareció entre la gente. Mi sorpresa fue tal que permanecí parado en el sitio, con la boca abierta, horrorizado por esa astucia y esa audacia cuyo poder acababa de revelárseme.

Otro recuerdo de mis primeros años son los paseos a caballo por los bosques y viñedos de los alrededores de Ramnic. Cuando el coche se paraba al borde de un camino, a la sombra de árboles cargados de frutos, me subía al asiento para coger ciruelas. Andando un día a cuatro patas por la hierba del bosque, vi un lagarto azul verdoso brillante, y pasamos el lagarto y yo largo rato inmóviles ambos, mirándonos. No sentía ningún miedo, y sin embargo mi corazón latía a toda velocidad, tal era mi alegría al haber descubierto un animal tan extraño y desconocido, de belleza tan misteriosa.

Recuerdo aquel mediodía de verano cuando todo dormía en la casa. Había salido de la habitación, que compartía con mi hermano, a cuatro patas, para no hacer ruido, y me dirigí al salón. Era una habitación que conocíamos poco, ya que no teníamos acceso a ella más que en raras ocasiones, los días de fiesta, cuando mis padres recibían a amigos. Incluso la puerta estaba casi siempre cerrada con llave; pero aquel día, excepcionalmente, se había quedado abierta. Entré a gatas en el salón, y la emoción que sentí entonces me dejó clavado en el sitio. Me encontré trasladado a un palacio de leyenda. Las persianas estaban bajadas y las pesadas cortinas de terciopelo verde dejaban filtrar una luz pálida de color esmeralda, irisada y casi sobrenatural. Tenía la impresión de encontrarme en el interior de una uva gigantesca. Permanecí así un rato, inmóvil en medio del salón, conteniendo la respiración. Volví otra vez en mí y me puse a gatear en la alfombra, dando vueltas alrededor de los muebles, devorando con los ojos todas las maravillas que me rodeaban: veladores gráciles, estanterías llenas de bibelots, de estatuillas, de piezas de cristal y pequeñas cajas de plata. Me fascinaban los espejos venecianos, que, como capas de agua límpida y profunda, reflejaban mi imagen, pero agrandándola, embelleciéndola, ennobleciéndola sobre todo, dándole una aureola que parecía llegar de otro mundo.

No le hablé a nadie de mi descubrimiento: además, me habrían faltado palabras. Si hubiera tenido el vocabulario de un adulto, habría evocado la revelación de un misterio. De igual forma que lo hacía con aquella niña entrevista en un paseo, podía voluntariamente rememorar esa magia verde. Inmóvil y conteniendo el aliento, recobraba mi felicidad de entonces y revivía con la misma intensidad el instante mágico de mi irrupción en ese paraíso bañado por una luz sin igual. He practicado durante años este tipo de ejercicios, que consistían en hacer renacer en mí un instante privilegiado, y siempre he logrado recobrar su plenitud inicial. Me deslizaba, aboliendo toda duración, en esos instantes de eternidad recuperada. Durante mis últimos años de instituto, en mis esfuerzos por superar crisis interminables de melancolía, solía aún refugiarme en la luz de oro verde de aquella tarde vivida en Ramnic muchos años antes. Recobraba la misma placidez, pero ahora se me había vuelto insoportable y no hacía sino aumentar mi tristeza, ya que por entonces sabía que el mundo del que formaba parte el salón y las cortinas de terciopelo verde, y la alfombra en la que gateaba, y esa luz sin igual, era un mundo perdido para siempre.

En 1912, mi padre tuvo que cambiar otra vez de guarnición y la familia fue a instalarse a Cernavoda. Era verano, y recuerdo el sol clavando sus rayos en las orillas del Danubio y en las colinas color almagre, salpicadas de majuelo y de otras flores blancas menudas con los pétalos agostados. Al principio de nuestra estancia, la familia se alojó durante algunos meses en un pabellón situado en el recinto del cuartel. Era el único sitio de la ciudad donde crecía otra cosa además de acacias. Me veo entonces dando volteretas bajo los pinos reales y los abetos. También recuerdo los grandes parterres redondos sembrados de flores azules. Conservo la impresión de que el jardín del cuartel era el único sitio en Cernavoda en el que había un poco de sombra, ya que la ciudad estaba abrasada por el sol.

Un poco después nos instalamos en una casa en la ladera de una colina. Teníamos un jardín con una parra y un cenador. Por fin llegaron nuestros muebles de Ramnic. Aquel día no tuve ojos más que para mi padre, el cual, ayudado por su asistente, desclavaba los cajones, levantaba lentamente la tapa, apartaba la paja de encima e iba palpando con precaución los misteriosos paquetes envueltos en papel de periódico. Nosotros conteníamos la respiración y él iba sacando los paquetes uno a uno, para cerciorarse de que nada se había roto. Iban surgiendo ante nuestros maravillados ojos vasos multicolores, platos, tazas, teteras. De vez en cuando, mi padre se enfurruñaba y se mordía el bigote reprimiendo una palabrota, que se contentaba con mascullar largamente. Después tomaba el objeto roto y lo dejaba con cuidado en otra caja, al lado, ya que era incapaz de deshacerse de él inmediatamente.

En el otoño me enviaron al jardín de infancia. Me sentí muy ufano el día que me puse mi primer delantal gris para ir yo solo a la escuela. Ya sabía el abecedario, aunque realmente no veía su utilidad. Sentí la misma indiferencia cuando fui capaz de descifrar sílabas. Las B-A, BA y B-U, BU no tenían nada de excitante, como tampoco lo tenía el hecho de poder leer de un tirón y sin vacilar «Nuestro país se llama Rumanía». Pero, casualmente, un día cayó en mis manos un libro de lectura de mi hermano, y nada más leer la primera página me sentí incapaz de soltarlo. Es como si acabara de descubrir un juego apasionante y maravilloso, ya que cada línea me hacía penetrar en un mundo desconocido cuya existencia jamás había sospechado. Aprendí cosas increíbles sobre las provincias, las ciudades y los ríos, y también que en otros tiempos existió un eremita llamado Daniel, y que en la ciudad de Neamtz había un monasterio, y muchas cosas más que me maravillaron. Estos descubrimientos me satisfacían y abrumaban a la vez. Necesité toda una semana para terminar el libro de mi hermano. Después estuve bastante inquieto, ya que no tenía ningún otro libro a mi disposición para saciar mis ansias de saber. Mis padres poseían varios centenares de libros primorosamente encuadernados en piel, pero los tenían encerrados con llave en un armario con puertas de cristal. Solo podía descifrar los títulos, y muchos eran todavía incomprensibles para mí. Algunos de ellos se titulaban «novela» y recuerdo que mis padres tuvieron una larga discusión acerca de si debían explicarme o no lo que significaba esa palabra. Durante años, mi padre me prohibió leer esas «novelas». Para él, toda novela tenía un tufo inmoral, ya que siempre hablaban de adulterios o de acontecimientos que se desarrollaban en un mundo del que no se atrevían a hablar más que de una forma velada. Mi padre llegó incluso a prohibirme leer cualquier relato de ficción. Tan solo los libros titulados «narraciones» podían salvarse en su opinión, y tuve que conformarme con ellos durante mucho tiempo. Se me había permitido leer los Cuentos, de Ispiresco, y los Recuerdos de infancia, de Creanga,[1]* cuando surgió un pequeño incidente cuyas consecuencias amargarían el resto de mi niñez. Acababa de entrar en la escuela primaria cuando mi padre invitó a mi profesor para preguntarle su opinión sobre qué libros podría yo leer. Estábamos los tres delante de la biblioteca. Al profesor le maravillaron los libros de mi padre, sobre todo por las encuadernaciones. Cogió un volumen para hojearlo. Todavía lo veo: era Por caminos lejanos, de Iorga.* Seguidamente dijo, señalándome con el dedo:

—Sobre todo, no le den demasiados libros para leer, eso le cansaría la vista, y no la tiene muy buena. Por eso le he puesto en primera fila en clase, y aun así tiene a veces dificultad para leer lo que escribo en el encerado.

—Pero si yo veo todo lo que quiero cuando pongo los ojos así, pequeñitos… —contesté yo.

—Eso quiere decir que tienes mala vista y que serás miope —aclaró el profesor.

Esta revelación tuvo para mí consecuencias catastróficas. En efecto, mi padre decidió que en lo sucesivo, para no cansarme la vista, no podría leer más que los libros de la escuela. Me fue, pues, terminantemente prohibido leer en los ratos de ocio. Además, a partir de entonces, la fuente principal de mis lecturas extraescolares se secó: mi padre cerró con llave el armario y no me dejaba ni siquiera hojear esos libros tan hermosamente encuadernados. Más adelante me di cuenta de que había perdido los mejores años de mi infancia. Solo podía saciar mi ansia de lectura de una forma circunstancial. Leía todo lo que me caía en las manos: novelas por entregas, Sherlock Holmes, un salterio, una Clave de los sueños… Leía escondido, en el fondo del jardín, en la buhardilla e incluso, a partir de 1914, en Bucarest, en el sótano. Con el tiempo, estas lecturas insípidas y desordenadas empezaron a cansarme. No tardé en descubrir que el placer que se siente correteando por ahí valía por todas las novelas de aventuras. Por eso me dediqué a descubrir los descampados de todo Bucarest. Aprendí a conocerlos todos e hice amistades entre los golfos de los bajos fondos de la capital. Pero esto ocurrió más tarde, después de 1916, tras la retirada de Moldavia que tuvo que efectuar mi padre con su unidad.

Recuerdo las colinas que rodeaban Cernavoda. A veces, mi padre nos llevaba a pasear. Subíamos por senderos polvorientos, calcinados, que serpenteaban hasta lo alto de la colina entre cardos y matojos de ajenjo. Desde arriba, el Danubio, despojado de los sauces y de las brumas blanquecinas, se extendía hasta el infinito. Mi padre no era nada expansivo. Era prolijo, incluso cargante cuando se trataba de «predicarnos la moral», como él decía, pero enmudecía frente a cualquier situación nueva, inhabitual; es decir, en cuanto las relaciones familiares dejaban de estar en juego. Nos sentábamos al borde del camino. Mi padre se quitaba el quepis, se pasaba un pañuelo por la frente y se retorcía el bigote sonriendo. Nosotros adivinábamos por su expresión que estaba contento y le hacíamos múltiples preguntas. Ocurría muchas veces que estas preguntas eran exactamente las que él esperaba de nosotros. Sabíamos que nos consideraba a ambos, a mi hermano y a mí, dos chicos inteligentes y de notable talento. Creía incluso que estábamos especialmente dotados para la música y nos tomaba por niños prodigio. Aunque estaba contento oyéndonos preguntar cosas que reforzaban su fe en nuestra propia inteligencia, nos daba, sin embargo, respuestas sucintas, casi monosilábicas, con tono indeciso.

Regresábamos por un camino diferente que nos llevaba muy cerca del puente del Danubio. A veces teníamos la suerte de ver pasar lentamente, como una oruga gigante, un tren de mercancías. Un día, al bajar, vimos surgir ante nosotros, a la vuelta del camino, a una niña tártara que debía de tener nuestra misma edad y que le regaló a mi padre, sin decir una palabra, un ramo de flores blancas y azules. Los tres nos quedamos muy sorprendidos. Era la primera vez que mi hermano y yo veíamos a una pequeña tártara. Su cabello y sus uñas estaban pintadas de rojo y llevaba pantalones largos bombachos. Mi padre sonrió, le dio las gracias con cierta torpeza, unos golpecitos en el hombro y, no sabiendo muy bien cómo manifestar su agradecimiento, agitó su gorra en el aire para saludarla.

En primavera, la escuela entera venía a escalar estas mismas colinas. Recuerdo una excursión, un día de marzo increíblemente caluroso para la época. Cuando llegamos arriba yo tenía mucha sed, y como nadie había traído agua, me puse a comer nieve. Aún quedaba un poco en los lugares resguardados, al fondo de los barrancos. Necesité dos semanas para recuperarme.

Al volver de la escuela siempre tenía mucha sed. Volvía corriendo y peleándome a carterazos con mis compañeros, de modo que llegaba a casa sudando a mares y lleno de polvo. Antes de saludar a nadie, corría a la fuente y bebía de un tirón varios vasos de agua fresca. Esto duró hasta el día en que mis padres decidieron contratar a un aya para que nos enseñara francés. Un buen día, mi padre cogió el coche para ir a la estación y volvió con una señora mayor, morena, que ostentaba en el rostro una gran verruga negruzca y que apestaba a tabaco. Hablaba rumano perfectamente y no paraba de liar cigarrillos sobre una tabaquera llena hasta la mitad de tabaco rubio. Aquella misma tarde advertí que mis padres, sobre todo mi madre, estaban decepcionados. El aya era demasiado mayor, fumaba mucho y su francés era solo de andar por casa. Permaneció con nosotros solamente algunas semanas, y fui yo quien, sin querer, proporcionó el pretexto para su despido. En efecto, el aya me había prohibido que bebiera agua fría al volver del colegio mientras estuviera sudando. Se me había prohibido también acercarme a la fuente, incluso ir a la cocina o al comedor. Hasta la cena no podía salir de nuestra habitación, de la habitación de los niños, que era también la del aya. Yo no podía más de sed. Un día, aprovechando que me había dejado solo, me puse a hurgar en los armarios y encontré un frasco con una etiqueta de «Ácido bórico». Sabía que lo utilizaban como desinfectante, pero tenía demasiada sed, así que me bebí la mitad del frasco. Algunas horas más tarde me sentí mal y tuve que confesarle todo a mi madre. Tumbado en la cama y fingiendo estar más enfermo de lo que realmente estaba, oí con júbilo el intercambio de frases poco agradables entre mi madre y el aya; el tono subió muy aprisa, hasta llegar a ser vehemente.

En Cernavoda, igual que en Ramnic, teníamos un coche de caballos. Mi padre, aunque oficial de Infantería, sentía pasión por los caballos. Aun siendo muy discreto sobre su infancia y su adolescencia en Moldavia, siempre nos hablaba de los caballos que montaba a pelo cuando era joven y de los lagartos que escondía debajo de su camisa para llevarlos a casa. Seguramente heredé de él la pasión que sentí durante toda mi infancia por los animales. Lo más curioso es que el único accidente algo grave que sufrió mi padre lo provocó su caballo favorito. Durante la campaña de 1913, mi padre fue herido en un hombro. La herida era leve pero el caballo se asustó, dio un bote y tiró al suelo a su jinete. Mi padre tuvo el brazo escayolado varios meses.

Nuestro coche está ligado al recuerdo más dramático de mi infancia. Mi madre regresaba de Bucarest, y habíamos ido todos a esperarla a la estación. Volvíamos con el coche lleno de maletas y paquetes, y seguíamos la carretera que pasa por delante del puente. Era una carretera horrible, quebrada, polvorienta, que en cierta parte de su trayecto tenía una bajada casi vertical. En un momento, por causas desconocidas, los caballos se asustaron y se embalaron justo cuando empezaba el descenso. El cochero y mi padre agarraban las riendas y tiraban de ellas con toda su fuerza, pero en vano. El coche se había vuelto loco. Bajaba la cuesta a una velocidad infernal, con todos los ejes crujiendo y dando bandazos. Las ruedas se levantaban del suelo y volvían a caer brutalmente, y a veces la caja chocaba con los caballos, lo que los asustaba más todavía. Mi madre se puso a gritar y, no sabiendo qué hacer, nos rodeó con el brazo a mi hermano y a mí, mientras que con la mano que le quedaba libre tiraba los paquetes a la cuneta. Este gesto me pareció tan falto de sentido que me agarré a sus rodillas rogándole que no lo hiciera, ya que todos estos paquetes debían de estar llenos de cosas buenas y regalos que nos había traído. Mi hermano Nicolas se había cogido del brazo de nuestra madre, demasiado asustado para llorar. Mi madre me sujetó con el otro brazo y me estrechó contra ella. Entonces lo comprendí: el coche bajaba en dirección al puente, hacia la orilla del Danubio, que en aquel lugar formaba un acantilado. Durante años no he podido evitar revivir ese momento interminable en que todos esperábamos caer por el precipicio. Tenía miedo, pero al mismo tiempo estaba tan fascinado por él que no me daba cuenta de que todo iba a terminar allí. Más tarde, cuando recordábamos el incidente, mi madre pretendía que yo, inconscientemente, esperaba un milagro.

A la entrada del puente había un centinela que comprendió ráp ...