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LAS TAREAS DE CASA Y OTROS ENSAYOS

Natalia Ginzburg

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Fragmento

Índice

Cubierta

Remedio casero

Nunca me preguntes

La casa

La vejez

La pereza

El pueblo de Dickinson

Dillinger ha muerto

Mi psicoanálisis

Cien años de soledad

Infancia

Nunca me preguntes

Las tareas de casa

Un mundo encantado

El grito

La crítica

La conjura de las gallinas

Viajeros torpes

La gran señorita

«Sulle sponde del Tigrai»

Corazón

Vida colectiva

Dos comunistas

Pueblos

El niño que vio osos

Film

El actor

El teatro es palabra

Los bigotes blancos

Luna palidase

La infancia y la muerte

Sobre creer y no creer en Dios

Interlocutores

Piedad universal

Retrato de escritor

No podemos saberlo

No podemos saberlo

Un matrimonio de provincias

La inteligencia

Recuerdo de Carlo Levi

Del aborto

Recibe antes que nadie historias como ésta

Primera plana

El rostro obsceno del celuloide

El Papa tendría que haber ido a visitar a Franco

El «Salò» de Pasolini

Razones de orgullo

El sexo es mudo

Sandro Penna (I)

El «Satiricón» y «Casanova»

No entiendo a Dario Fo

El mal

El otro siglo

El valor y el miedo

Mujeres y hombres

Silabario n.º 2

Madame Bovary Nota del traductor

Sin una mente política

Berlinguer

El sol y la luna

Sandro Penna (II)

Arabescos

Sobre el arrepentimiento y el perdón

El crucifijo en las escuelas

Flor gentil

Memoria contra memoria

La muerte

La violencia sexual

El uso de las palabras

El nombre

Lectura de Landolfi

Respetar a los muertos

Autobiografía en tercera persona

Nota sobre los textos

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Notas

cover

Remedio casero

Q ué cosa tan distinta puede ser la literatura según las manos que la gobiernan. Cuán diferente es la visión que sobre el mundo muestra una mentalidad abierta de la que presenta un punto de vista rígido y reducido. Qué distinta es la literatura que abre puertas de la que transita por las que ya estaban abiertas. Y qué privilegio el de poder leer a autoras como Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991), entregadas a la búsqueda —y, en su caso, hallazgo— de nuevas maneras de preguntarnos por lo de siempre, el sentido de la vida por ejemplo, iluminando así lugares hasta su llegada oscuros.

Es este el tercer libro que Lumen publica de la gran autora italiana, después de la novela Léxico familiar y de las tres narraciones reunidas en Familias. En este caso, sin embargo, no estamos ante textos de ficción, sino ante un par de libros de artículos que recogen la producción periodística de la escritora, publicada en distintos medios y a lo largo de más de veinte años, desde 1968 hasta el final de su vida: Nunca me preguntes y No podemos saberlo.

Muchos escritores han necesitado —y necesitan— la labor periodística para redondear su sueldo o, directamente, para que ese sueldo exista. Por ello, en no pocas ocasiones esa tarea está supeditada más que al placer a la necesidad y, si bien puede vislumbrarse en los textos, el talento del autor queda en general empañado por las estrictas pautas que marcan la colaboración en los diarios, ya sea el espacio disponible, la actualidad o la búsqueda del interés general.

El caso de Ginzburg es distinto. Con esa prosa suya podríamos decir desenfadada, sencilla, de a pie, honesta a más no poder, alcanza momentos literarios de gran intensidad también en sus artículos, que, en muchos casos, igual que su narrativa, están relacionados con el mundo de la memoria, de los recuerdos, con la propia vida.

Si en la ficción de Natalia Ginzburg esa deuda con la realidad resulta clara, aún lo es más en los ensayos. Estos dos libros de artículos son, por ello, una completa aproximación a una época, a la producción artística de la misma, a sus modos de vida, a sus costumbres y limitaciones. Son un paseo grave por asuntos como la existencia de Dios o el aborto, pero también una visión irónica sobre la educación de los hijos, los desacuerdos matrimoniales o las modas. Son un repaso de los nombres más significativos de la cultura de aquel tiempo y un acercamiento a la importancia de los detalles en la cotidianidad. Un análisis crítico de la sociedad y una visión compasiva de los errores humanos. Y suponen también, sin duda, un compendio de claves para comprender mejor las obras de la autora, para saber de sus gustos literarios, de sus películas preferidas, de su familia, sus amistades, sus interlocutores. Estos textos, sin olvidar en ningún caso el humor, la humildad, la ironía o los sentimientos, nos brindan la posibilidad de reflexionar desde un lugar privilegiado, es decir, desde la mirada de Natalia Ginzburg, desde su perplejidad y desde esa empatía intensa que la une al mundo y a sus padecimientos.

Podríamos decir, quizá, que la esencia de estos dos libros, tal vez incluso de la obra completa de la autora, queda de algún modo sintetizada en el segundo de los dos únicos poemas que publicó en su vida —el primero lo escribió en 1943, a la memoria de su primer marido, Leone Ginzburg, intelectual y militante antifascista, capturado por los nazis y torturado hasta la muerte en la cárcel de Regina Coeli—. Se trata del poema «No podemos saberlo», cuya primera versión apareció en 1965, que da nombre a uno de los libros de artículos y que abre sus páginas. En él se habla de Dios, sí, pero Dios representa el misterio de la existencia, el sentido de la vida, la búsqueda de la verdad; no es sino un símbolo. En el poema se muestran la incertidumbre, la duda y el desconcierto unidos a un profundo sentido del humor, a un intenso deseo de comprender, y a la certeza de la igualdad de todos los seres humanos frente a la vida y, naturalmente, frente a la muerte. Contiene los temas y la manera de Natalia Ginzburg cuando escribió los textos que hoy nos ocupan, una mujer ya madura, una escritora de cincuenta, sesenta, setenta años, que nos ofrece una especie de manual de instrucciones para vivir o, más que para vivir, para pensar en cómo hacerlo.

Los lectores apasionados solemos, en un momento u otro, buscar indicios o explicaciones de las obras de nuestros autores preferidos en los acontecimientos de sus vidas. Es más, acostumbramos a confundir las obras con las vidas o, lo que es peor, los personajes con las personas. En la mayoría de los casos es un error, pero en el de Natalia Ginzburg hacerlo así es de justicia. No en vano, la autora fue, sobre todo y según ella misma admitió y escribió en más de una ocasión, una narradora de la realidad.

Una realidad, eso sí, pasada por el tamiz de una literatura inteligente y por lo tanto libre de prejuicios, de una manera de escribir que quiso y consiguió ser arte, es decir, revelación sobre la esencia de la humanidad, y lo consiguió sin parecerlo, disfrazada de pequeñeces, de remedios caseros, de detalles aparentemente insustanciales que, sin embargo, lo cambian todo, incluso la literatura.

FLAVIA COMPANY

Nunca me preguntes

A Gabriele

Pero tú permaneces en la carretera
desconocida e infinita.
Solo le pides a la vida
que se quede como es.

SANDO PENNA

La casa

H ace años, tras vender un apartamento que teníamos en Turín, nos pusimos a buscar casa en Roma; y la búsqueda de la casa duró mucho tiempo.

Yo deseaba desde hacía años una casa con jardín. Había vivido de niña en una casa con jardín, en Turín, y la casa que imaginaba y deseaba se parecía a aquella. No me conformaría con un jardincillo minúsculo, quería árboles, un estanque de piedra, hierba y senderos: quería todo lo que había en el jardín de mi infancia. Leía los anuncios del jueves y del domingo en el Messaggero y me fijaba en los que decían «Casa con amplio jardín, dos mil metros cuadrados, altos árboles», pero después de una llamada de teléfono al número indicado en el anuncio, me enteraba de que «la casa» costaba treinta millones. No teníamos treinta millones. Sin embargo, a veces, la voz que me respondía al teléfono decía «Treinta millones negociables», y aquella palabra, «negociables», me impedía renunciar del todo a aquellos dos mil metros cuadrados de jardín que no me había atrevido a ir a ver, pero que me figuraba magníficos, me parecía que aquel «negociables» era un terreno resbaladizo por el que era posible deslizarse hasta la suma, muy inferior a treinta millones, que teníamos nosotros. Puntualmente, todos los jueves y todos los domingos, revisaba los anuncios del Messaggero. Me saltaba todos los que empezaban por «Aaaaa», no sé por qué, desconfiaba de todas aquellas «a». No es que desconfiara de las agencias. Incluso recurrí a algunas (es más, visité unas cuantas). Pero, sea como fuere, me saltaba las «a». Y como quería un jardín, o sea una casa en planta baja, también me saltaba los anuncios que empezaban por «ático», «sobreático», «panorámico». Me lanzaba sobre los que empezaban por «chalet», «villa», «casa». «Casa zona residencial diplomática excepcionales acabados gran jardín»; «villa señorial, imponente, ideal personalidad, actor, profesional, empresario. Calefacción. Parque arbolado». Después de visitar dos o tres «chalets» y de ver que eran bastante pequeños y que el jardín no era más que una estrecha acera de piedra cercada por setos, empecé a descartar los «chalets» y a subrayar con lápiz las «casas». «Casa diez habitaciones amplio salón patio cerámicas calefacción jardín arbolado.» «Villa tres plantas amplio parque apta para sede diplomática comunidad religiosa ganga.» También me paraba un momento en los anuncios de casas o de terrenos fuera de Roma, pensando que podíamos ir a vivir al campo. «Zona Frosinone vendo muy buen precio cantera de grava junto a camino con olivar en lo alto gran oportunidad.» Mi marido echaba un vistazo a los anuncios que había subrayado y me preguntaba qué podíamos hacer nosotros con una villa para una comunidad religiosa y, sobre todo, qué podíamos hacer con una «cantera de grava» en la zona de Frosinone, nosotros que teníamos que estar en Roma y que necesitábamos una casa.

Al principio mi marido se mantuvo al margen de la búsqueda y, cuando subrayaba los anuncios, me observaba como si fuera presa de una pacífica locura. Solía decir que, en el fondo, se sentía muy a gusto en la casa de alquiler donde vivíamos, aunque era verdad que estábamos un poco estrechos. Sin embargo, de vez en cuando admitía, aunque de una manera poco entusiasta, que quizá fuera oportuno comprar una casa, porque el dinero del alquiler era dinero tirado por la ventana; pero, repito, al principio la mía fue una búsqueda solitaria, y algo descabellada; le leía en voz alta aquellos anuncios del Messaggero, él escuchaba por lo general sumergido en un silencio irónico y desdeñoso, que me desanimaba y que al mismo tiempo me empujaba por el camino de la locura; puesto que me parecía imposible comprar una casa sin su consentimiento, perseguía sueños fantásticos y sombras sabiendo que no habría consecuencias reales. Fui a ver algunas de las casas de aquellos anuncios, y mi marido sabía que iba, pero se negaba a ir conmigo, y yo sentía que, en el curso de aquellas expediciones, me acompañaba su absoluta desconfianza en mi capacidad para encontrar una casa. Después, de golpe, él se dedicó a buscar casa conmigo. Esta determinación repentina se debió, creo, al consejo que le dio un cuñado, que le dijo que haríamos muy mal en comprar una casa en un momento como aquel; porque al cabo de unos cuantos años las casas bajarían de precio, previsión que después se reveló equivocada, porque las casas en Roma son cada vez más caras. De modo que lo que nos convenía era esperar a que los precios descendieran. No era la primera ocasión en que comprobaba que mi marido solía pedir consejo a aquel cuñado para hacer justo lo contrario de lo que le sugería, sin embargo, él insistía en alabar la gran lucidez e inteligencia de aquel pariente nuestro, y en manifestar la necesidad de consultarle en cualquier circunstancia de naturaleza económica y práctica, es decir, en todos aquellos asuntos en los que él se sentía incompleto. En cambio mi padre me escribía continuamente desde Turín instándonos a que comprásemos una casa, mejor dicho, y según la expresión que solía utilizar, «una residencia», término que, en el lenguaje arcaico que él usaba, sobre todo por carta, significaba apartamento. En el apartamento de alquiler, demasiado pequeño para nosotros, la criada dormía en el comedor, cosa que mi padre consideraba antihigiénica, y uno de los niños en el estudio, cosa que mi padre encontraba sumamente indecorosa. En cuanto a mi suegra, nos disuadía de cambiar de casa porque, en el apartamento de alquiler en que vivíamos había suelos amarillos que, según decía ella, despedían una luz que embellecía el cutis: y nos aconsejaba que, si queríamos comprar una casa, convenciéramos al propietario para que nos vendiera aquella, lo que era, como más de una vez habíamos intentado explicarle, impracticable, porque ni el propietario deseaba vendérnosla ni nosotros, por diversos motivos, deseábamos comprarla.

De modo que en la búsqueda hubo dos etapas: una durante la que yo buscaba sola, con fervor pero a la vez con timidez y desconfianza, porque el escepticismo y la desconfianza de mi marido se me habían contagiado, y porque siempre necesito, en mis iniciativas de naturaleza práctica, que me acompañe la aprobación de otra persona. Luego hubo una segunda etapa, durante la cual mi marido buscó casa conmigo. Cuando él empezó a buscar casa conmigo, descubrí que la casa que él quería no tenía nada que ver con la que quería yo. Descubrí que él, como yo, deseaba una casa parecida a aquella en la que había transcurrido su infancia. Puesto que nuestras infancias no se parecían, la discrepancia entre nosotros era insalvable. Yo quería, como he dicho, una casa con jardín: una casa en planta baja, quizá algo oscura, rodeada de verde, hiedra, árboles; él, que había pasado una parte de su infancia en Via dei Serpenti y otra parte en Prati, se sentía atraído por las casas situadas en una de estas dos zonas. Los árboles y el césped le tenían sin cuidado. Quería ver, desde las ventanas, los tejados: muros antiguos, descascarillados, carcomidos por el tiempo, ropa remendada tendida en callejones húmedos, tejas cubiertas de musgo, canalones herrumbrosos, chimeneas, campanarios. Y así empezamos a discutir porque él descartaba todas las casas que me gustaban, alegando que eran demasiado caras, o que tenían algún defecto, y como él también se había puesto a mirar anuncios, subrayaba con lápiz solo las casas que estaban en el centro de Roma. Venía conmigo a ver las casas por las que yo me interesaba, pero su expresión era, antes incluso de que subiéramos las escaleras, tan malhumorada, y su silencio tan colérico y despectivo, que a mí me daba la sensación de que convencerlo para que mirara a su alrededor con ojos humanos, o para que intercambiara algunas palabras con el portero o con el propietario que nos precedían abriendo postigos, era misión imposible. Entonces le dije que me parecía detestable su manera de tratar a aquellos pobres porteros, o a aquellos pobres propietarios, que no tenían culpa alguna de que no le gustasen sus casas; y después de esta observación, empezó a ser amabilísimo con los porteros y con los propietarios, ceremonioso, casi servil: manifestaba un profundo interés por el apartamento, metía la nariz en los armarios empotrados, y al final comentaba las reformas que habría que realizar, y yo las primeras veces me lo creí todo, me ilusioné pensando que quizá la casa que estábamos visitando le gustaba un poco, pero no tardé en darme cuenta de que aquel comportamiento amable suyo era irónico y que la idea de quedarse con una casa como aquella ni siquiera se le pasaba por la cabeza.

Recuerdo con absoluta precisión la sordidez de algunas de las casas que me interesaban: casas en Monteverdecchio, amarillentas, decadentes, en un estado de profundo abandono; jardincillos húmedos, largos pasillos oscuros, lámparas de hierro forjado con luces flojas, pequeños salones con cristales de colores donde se habían sentado viejecitas junto al brasero, cocinas con olor a fregaderos. Y la sordidez de algunas casas que le interesaban a él: hileras de habitaciones grandes como cobertizos, con los suelos de ladrillos y paredes encaladas, racimos de tomates colgados del techo, retretes a la turca, balcones estrechos con vistas a patios hondos y húmedos como pozos, terrazas en que se pudrían montones de andrajos. De manera que queríamos dos tipos de casas visiblemente distintas; pero había una clase de casas que nos disgustaban a los dos. Los dos detestábamos, y en la misma medida, las casas del barrio Parioli, seminuevas, suntuosas y heladas, que daban a calles sin una sola tienda y frecuentadas únicamente por bandadas de niñeras tocadas con un velo azul, con cochecitos ligeros y negros como insectos; y los dos detestábamos las casas de Vescovio, encerradas en una maraña de calles y plazas llenas de charcuterías y droguerías, de mercados cubiertos y de redes de tranvías. Y aun así también íbamos a ver esta clase de casas. Íbamos a verlas porque estábamos ambos poseídos por el demonio de la búsqueda; íbamos a verlas para odiarlas todavía más, para imaginarnos con horror, durante un instante, exiliados en Parioli como peces rojos en un estanque, o asomados a aquellos balconcitos que parecían canastas de flores. Cuando volvíamos, cansados, a nuestra casa de alquiler de suelos amarillos, nos preguntábamos si de verdad nos importaba tanto cambiar de casa. En el fondo nos tenía sin cuidado. También allí, al fin y al cabo, se estaba bastante bien. Conocía las manchas de las paredes de aquella casa, los boquetes de cada tabique, los cercos oscuros que se habían formado encima de los radiadores; reconocía el ruido de las planchas de hierro que se descargaban frente al portal, ya que el propietario de la casa tenía, justo al lado, un garaje; cuando íbamos a pagarle el alquiler nos recibía entre destellos de llamas oxhídricas y zumbido de motores. Cada vez que le pagábamos el alquiler el propietario parecía asombrado, pues parecía no recordar que nos había alquilado el apartamento, daba la sensación de que apenas nos reconocía, si bien era siempre muy amable, parecía concentrado únicamente en su taller y en la llegada de aquellas planchas de hierro, que caían contra el adoquinado con un ruido sordo. En aquella casa había construido mi guarida. Era una madriguera en la que, cuando estaba triste, me escondía como un perro enfermo, y bebía mis lágrimas y lamía mis heridas. Allí dentro estaba como con una chaqueta vieja. ¿Por qué cambiar de casa? Cualquier otra casa sería mi enemiga, y yo habría vivido en ella con sensación de rechazo. Veía desfilar ante mí, como en una pesadilla, todas las casas que habíamos visto y que en algún instante habíamos pensado comprar. Todas me inspiraban una sensación de rechazo. Pensamos en comprarlas, pero en el momento en que habíamos decidido renunciar a ellas habíamos sentido un profundo alivio, una ligereza, como quien ha escapado, de milagro, de un peligro mortal.

Pero tal vez cualquier casa, cualquier casa podía, con el tiempo, convertirse en una guarida, y acogerme en su penumbra benévola, tibia y tranquilizadora.

O quizá no era que yo no deseara vivir en ninguna casa, en ninguna, porque odiara las casas, sino más bien porque me odiaba a mí misma. Y no era que todas las casas, todas, podían ser adecuadas con tal que las habitara otro y no yo.

Al final fuimos nosotros quienes pusimos un anuncio en el Messaggero. Discutimos bastante antes de redactarlo. Por último el anuncio quedó así: «Se compra apartamento en Prati o Monteverdecchio, cinco habitaciones, terraza o jardín». La palabra «terraza» la había puesto mi marido, porque adoraba las terrazas y odiaba, tal y como se había revelado poco a poco, los jardines; a los jardines, decía, les cae el polvo y la basura de los balcones de arriba. Así se quebró mi sueño de un jardín, porque un montón de basura cubrió aquellos «altos árboles» y aquellos senderos umbrosos que mi fantasía acunaba. Respondieron al anuncio algunas personas, pero las casas que ofrecían no estaban ni de lejos en Prati ni en Monteverdecchio y carecían de cualquier clase de terraza o de jardín. De todos modos fuimos a verlas. Incluso muchos días después de poner el anuncio, nuestro teléfono sonaba y nos ofrecían casas. Una noche el teléfono sonó a las diez, fui yo a contestar, y oí una voz de hombre que no conocía, fuerte, alegre y triunfal, que exclamaba:

«Hola. Soy el comendador Piave. Tengo un precioso apartamento en la plaza de la Balduina. Es realmente precioso. Tiene interfono. En el baño principal hay una columna de alabastro negro con mosaicos que representan peces de color verde. ¿Cuándo quieren venir a verlo? Llámenme, si no estoy yo les contestará mi esposa. Hay interfono. Su marido regresa con el coche a la una y desde la portería le avisa para que ponga a hervir los espaguetis. También tiene garaje. ¿Cuándo vienen? Mi mujer y yo estaremos encantados de conocerlos, podemos tomar juntos un té y luego los acompaño al apartamento con mi coche, tengo un Spider. Mi mujer no conduce, yo conduzco desde los diecisiete años, el apartamento lo hice construir para mi hija, pero se ha ido a vivir a Sao Paulo, a Brasil, mi yerno es brasileño, comerciante de tejidos, se conocieron en Fregene. También tengo una casa en Fregene, una joya, esa no la vendo, cómo voy a venderla, mi esposa y yo vamos todos los fines de semana. Tengo un Spider».

Aunque vivía en Roma desde hacía muchos años, no sabía dónde estaba la plaza de la Balduina. Le pregunté a mi marido y me dijo que era una zona que odiaba.

Hubo tres o cuatro casas que nos parecieron dignas de ser compradas. Por norma general, nuestro deseo de comprar una casa duraba dos semanas. En aquellas dos semanas no hacíamos otra cosa que ir a verla, a cualquier hora del día; nos hacíamos amigos del portero y le dábamos propinas; llevábamos a nuestros hijos, después a mi suegra y por fin a aquel cuñado cuya inteligencia alababa mi marido. Nuestros hijos se hacían de rogar para ir, decían que las casas les tenían sin cuidado, y además no creían que fuésemos a comprar ninguna; les parecíamos demasiado indecisos. Mi suegra se fijaba sobre todo en los suelos, si había, por ejemplo, alguna baldosa que se movía, extraía un juicio negativo sobre la casa entera. En cuanto a aquel cuñado nuestro, solía plantarse en el recibidor y observar las paredes, grande y serio, con una mano debajo de la chaqueta, golpeándose el pecho con los dedos de manera rítmica, balanceándose sobre los talones. Su opinión era siempre negativa a propósito de todas las casas, y sobre todo acerca de la idea de comprar una; siempre conseguía encontrar, en cada casa, algún defecto alarmante, o sabía por sus contactos que la empresa no era seria, o sabía que justo allí delante iban a construir un rascacielos, por lo que no quedaría vista alguna, o sabía que toda aquella zona pronto sería derruida, los propietarios expropiados y obligados a marcharse a algún otro lugar; y finalmente no había casa que no le pareciera oscura, húmeda, mal hecha o con mal olor, y sostenía que las únicas casas que debíamos tener en cuenta era las construidas hacía veinte años, ni antes ni después, justo las que no nos gustaban.

La primera casa que pensamos seriamente en comprar fue una que se encontraba en los alrededores de la avenida Trastevere. Más tarde la llamábamos, al recordarla, «Montecompatri», porque como estaba situada en lo alto de una especie de colina, mi marido decía que se respiraba un aire muy puro. «¿Te das cuenta —decía— de que allí corre un aire como si se estuviera en Montecompatri?» «Montecompatri» era una casa nueva, en la que no había vivido nadie. Estaba situada sobre un precipicio, un barranco frondoso que bajaba hasta la avenida en un punto en que esta se ensanchaba en un descampado en donde se había instalado un parque de atracciones. Hoy, varios años después, ya no existe aquel barranco frondoso ni aquel parque de atracciones. Hoy allí ya no hay más que casas, tantas, que cuando paso por delante me resulta imposible reconocer la que nosotros habíamos querido comprar entonces y que se asomaba, alta y estrecha como una torre, al vacío. Tenía una terraza y una enorme sala de estar con amplios ventanales que se abrían sobre aquel barranco verde y selvático, y fuimos a menudo al atardecer, porque el panorama a aquella hora era desierto y ceremonial, con la ciudad lejana llameante entre nubes de fuego. La casa era propiedad de una empresa cuyo número de teléfono estaba escrito en un cartel plantado sobre un palo, en medio del barranco verde, pero aquel número o comunicaba o no respondía nadie, el portero nos decía que insistiésemos, cosa que hacíamos sin descanso, pero sin resultado. Era una persona muy simpática y amable, y parecía entusiasmado con la idea de que nosotros nos quedáramos la casa. Un día fuimos hasta allí decididos a comprarla, eran las tres de la tarde, era verano, el sol caía con fuerza sobre la terraza de baldosas incandescentes. Del barranco parecía provenir un fuerte olor a basura, en efecto, un montón de basura, en el que apenas habíamos reparado hasta entonces, se cocía al sol entre la hierba, pocos metros por encima del parque de atracciones. Mudo y desierto, con las grandes norias inmóviles y los toldos bajados; a lo lejos, la ciudad se cocía contra el cielo, de un azul deslumbrante. Pensé que aquella vista quizá era estupenda, pero que suscitaba pensamientos suicidas.

Así fue como huimos para siempre de aquella casa. Mi marido dijo que se había dado cuenta de que la escalera era horrorosa, ostentosa, rebuscada, y que había una enorme araña de tonos negro y dorado en el vestíbulo, a dos pasos del puesto de aquel simpático portero. Añadió que no habría soportado ver cada día aquella araña negra.

Después nos fascinaron dos casas gemelas, una pegada a la otra, ambas en venta. Estaban por la zona de plaza Quadrata, un barrio que mi marido detestaba. Yo, por el contrario, adoraba los alrededores de la plaza Quadrata, porque había vivido allí muchos años atrás, cuando aún no había conocido a mi marido, no sabía siquiera que existiese. En Roma estaban los alemanes y yo estaba escondida en un convento de monjas de aquella zona, y pensé que amaba, de Roma, todos los lugares en los que en un momento u otro de mi vida había echado raíces, sufrido, pensado en el suicidio, las calles por las que había caminado sin saber adónde ir.

De las dos casas gemelas cercanas a la plaza Quadrata, había una con jardín; a mi marido le gustaba, de esta casa, sobre todo una escalera interna que conducía a un sótano donde había una cocina enorme y un comedor largo y estrecho; en general, cuando una casa nos convencía, nos parábamos a contemplar los puntos y las habitaciones que nos gustaban e intentábamos permanecer indiferentes a lo demás; así las cosas, mi marido no hacía más que subir y bajar por aquella escalera, que era de caoba, brillante, y que él consideraba «de estilo inglés», subía y bajaba, acariciando la barandilla como si se tratase de la grupa de un caballo. Juntos admirábamos la cocina, recubierta de baldosas con florecitas celestes. Por amor a la escalera y a la cocina estábamos dispuestos a pasar por alto el hecho de que, para nosotros, faltaba una habitación; pondríamos un tabique, improvisaríamos una habitación pequeña en un pasillo, y mi marido parecía haberse olvidado tanto del odio que sentía por aquella zona como de todo lo que había dicho siempre acerca de los jardines, sobre los que llueve, desde todos los balcones, polvo y basura. En el jardín había una escultura pequeña, rodeada de hiedra, y una pérgola con bancos de piedra; pensamos que podríamos construir, en medio del jardín, un pequeño pabellón, donde dormiría uno de nuestros hijos, y que así resolveríamos el tema de la habitación que faltaba. La casa de al lado no tenía un jardín propio, sino tan solo un estrecho pasillo con plantas, y de esta casa nos gustaba sobre todo un cuarto con una galería que daba al jardín de la otra casa, la habitación tenía muebles blancos y dorados, que nos parecían muy bonitos pero que, como es comprensible, se llevaría el propietario, nos quedábamos bastante en aquella habitación, porque nos gustaba y porque intentábamos imaginar si nos gustaría igual vacía o decorada con nuestros muebles gastados e insignificantes, y luego intentábamos descubrir si preferíamos mirar el jardín desde la galería o, por el contrario, mirar la galería escondidos bajo la pérgola. Lo bueno habría sido, dije yo, comprar las dos casas. Pero mi marido me recordó que el dinero no nos llegaba ni siquiera para una; me llamó megalómana y loca. Discutimos muchísimo por aquellas casas. No es que él tuviese preferencia por una de las dos, ni que la tuviera yo, no, los dos teníamos grandes dudas y nos acusábamos el uno al otro de ser incapaces de decidir; además, mi marido empezó de nuevo con lo de que odiaba desde la más tierna infancia la zona de la plaza Quadrata. Cuando les preguntamos, nuestros hijos dijeron que también detestaban esa zona, pero que les gustaría dormir en el pabellón del jardín, pabellón que no existía aún, pero por culpa del que se pelearon porque todos querían quedarse con él. En cuanto a mi suegra, vino un día con nosotros a ver la casa del jardín, pero fue la mañana en que estaban levantando y alquitranando los suelos, y por el modo en que estaban poniendo el alquitrán mi suegra creyó intuir que aquellos suelos nunca estarían como era debido y que siempre nos provocarían fastidio y problemas, así que nos disuadió de manera resuelta de comprar aquella casa, y de rebote también la otra, que no podía visitarse aquel día; también allí, dijo mi suegra, los suelos debían de tener el mismo defecto.

Después de pasar un periodo en que odiaba todas las casas de Roma, pasé un tiempo en que, por el contrario, creí que me gustaban todas, tanto que me resultaba imposible escoger una; luego empecé a detestarlas otra vez, cuando quedó claro que no nos compraríamos ni la casa con la galería ni la casa con la glorieta. Entretanto recibía cartas de mi padre, que de forma invariable comenzaban con estas palabras: «Deseo decirte que harías bien en decidirte a comprar una residencia».

Y de vez en cuando sonaba el teléfono y se oía la voz fuerte y alegre:

«Hola, soy el comendador Piave. Aún no han venido a ver mi apartamento en la plaza de la Balduina. Es precioso. Los alféizares son todos de ónix negro y los suelos son de mármol. Hay interfono. Les puedo dar algunas plantas de interior, mi esposa tiene una azalea rosa que es una maravilla. Mi esposa siente pasión por las plantas».

Después hubo aún otra casa que estuvimos a punto de comprar. Era una casa que no tenía ningún valor en absoluto, excepto el de costar poco. Estaba también cerca de la avenida Trastevere, en una calle en pendiente que llevaba, tras veinte minutos de caminata, hasta el Gianicolo. «¿Te das cuenta de que en pocos minutos se llega al Gianicolo?», decía mi marido para alabar aquella casa. Sin embargo, desde las ventanas no se veía el Gianicolo; desde las ventanas no se veía más bien nada, nada de nada, excepto un tejado de uralita y un muro de color amarillento, otras casas, ni altas ni bajas, y la calle. La calle era tranquila, en general más bien desierta. La casa era de dos plantas, un «chalet». Estaba entre una colchonería y una bodega. Tenía un portón gris, de una hoja. Tenía una azotea con un emparrado seco. Era una casa ni nueva ni vieja, una casa sin carácter y sin edad. Se entraba por aquel portón a un recibidor de baldosas que imitaban el mármol, y se subía por una escalera grande, con una barandilla gruesa; en la planta baja había una cocina, un baño y una alacena, donde el propietario había juntado un montón de sillas; en la planta de arriba había unas cuantas habitaciones, ni grandes ni pequeñas, situadas una tras otra a lo largo de un pasillo con baldosas que imitaban el mármol. Todos los cuartos daban a la calle, aquella calle empinada, que llevaba al Gianicolo, es verdad, pero que daba la impresión de no llevar a ninguna parte, de no servir para nada, una calle que tenía un aire abandonado y fortuito, una calle extraña, dijo mi marido, que quizá el día de mañana podía convertirse en una calle muy importante, esencial, una arteria de enlace entre el Gianicolo y la avenida Trastevere, por lo que si comprábamos aquella casa era posible que al cabo de un tiempo nos encontrásemos en un punto buscadísimo en la ciudad, un punto esencial, y en ese caso la casa que habríamos comprado por poco dinero aumentaría tanto de valor que podríamos venderla y ganar más del doble. Pero si fuéramos a venderla, dije yo, ¿para qué comprarla? Después estaríamos obligados a buscar otra vez casa.

No solo la calle era extraña, y nada antipática, dijo mi marido, sino que también la casa era nada antipática y más bien extraña. El recibidor no, el recibidor era feo, aquellas baldosas que imitaban el mármol eran sin duda horribles. La escalera no era antipática. Y tampoco era antipática la terraza. («Tienes que imaginarte, en el lugar de ese emparrado seco, un emparrado muy verde. Imagina. Tú no tienes ninguna imaginación.») No llevamos a nadie a ver la casa. No hablamos de ella con nadie. Tal vez nos daba un poco de vergüenza.

Un día, tiempo después, mientras caminábamos por la ciudad, vimos un cartel de «se vende» en un portal. Entramos. Y así fue como encontramos la casa.

Era una casa en el centro. A mi marido le gustó porque estaba en el centro, porque estaba en el último piso, porque desde las ventanas se veían los tejados. Le gustó porque era vieja, grande, recia, porque había viejos techos de gruesas vigas y, en algunas habitaciones, revestimiento de travertino. Yo, del travertino, era la primera vez que oía hablar. ¿Por qué me gustó a mí? No lo sé. No era una planta baja, sino un último piso. No tenía jardín y no se veía un árbol ni siquiera a lo lejos. Piedra en medio de la piedra, estaba apretujada entre chimeneas y campanarios. Pero quizá me gustó porque estaba muy cerca de un despacho en el que había trabajado muchos años atrás, cuando todavía no conocía a mi marido, los alemanes acababan de irse de Roma y estaban los americanos. Iba a aquel despacho todos los días. Metía el pie, todos los días, por superstición, en un hueco del adoquinado que tenía la forma de un pie. Aquel hueco estaba justo en la entrada de una cancela. Abría la cancela y subía una escalinata. El despacho estaba en el primer piso y daba al viejo patio, donde había una fuente. Aquella fuente, aquella cancela, aquel hueco en el adoquinado, estaban justamente a pocos pasos de la casa que visitamos una mañana, mi marido y yo, y de la que salimos decididos a vivir en ella. La fuente, el patio, la cancela, el hueco en el adoquinado seguían existiendo, pero el despacho ya no existía. Las habitaciones donde en un tiempo había estado aquel despacho habían vuelto a ser lo que eran antes de la guerra, estancias de la vivienda de una vieja condesa. A pesar de todo era todavía, aquel, un punto de la ciudad que yo reconocía como un lugar amigo, un punto en que, en un tiempo pasado, me había construido una guarida. No es que hubiese sido feliz en aquel despacho, había sido, por el contrario, perdidamente infeliz. Pero me había construido una guarida, y el recuerdo de aquella guarida que me había construido tantos años atrás, me impedía sentirme, en aquellas calles y callejones, una extraña llevada hasta allí por error. Y por eso, al pensar en aquella casa, no sufrí sentimiento alguno de opresión. Todos nos desaconsejaron su compra. Dijeron que, tan vieja, estaba sin duda llena de defectos ocultos, de cañerías rotas, de resquebrajaduras secretas. Dijeron que seguro que llovía dentro. Dijeron que seguro que había cucarachas («los escarabajos» decía mi suegra. Cuando hablábamos de comprar una casa vieja, enseguida decía «pero no con escarabajos»). En definitiva, dijeron de la casa todo lo malo posible. Dijeron que sería fría en invierno y calurosa en verano. Algunas de las cosas que dijeron resultaron ser ciertas. Era verdad que llovía dentro y que tuvimos que hacer reparar el tejado. Encontré solo una cucaracha. La rocié con un poco de insecticida y desapareció para siempre. Ahora vivimos en la casa ya sin saber si es bonita o fea. Vivimos como en una guarida. Vivimos como si lleváramos puesta una chaqueta vieja. Hemos dejado de pensar por completo en las casas. Las expresiones «terraza», «calefacción», «cinco habitaciones», «muy soleado», «negociable», «oportunidad» han desaparecido de nuestro pensamiento. No obstante, aún durante bastante tiempo, iniciado el traslado, iniciada una serie de averiguaciones complicadas referidas a las paredes, las cañerías, los depósitos del agua, iniciado el trato complejo con fontaneros, electricistas, carpinteros, de vez en cuando todavía sonaba el teléfono en la casa que íbamos a abandonar en breve y que estaba llena de baúles, de cajas, de paja, sonaba el teléfono y se oía la voz fuerte y triunfal:

«Hola, soy el comendador Piave. ¿Cuándo vendrán a ver mi apartamento de la plaza Balduina? Es precioso. Hay interfono. Llega su marido y desde la portería le dice que ya ha llegado, usted enseguida pone a hervir los espaguetis, él mete el coche en el garaje, sube con el ascensor, la comida está en la mesa. En el baño hay una columna de alabastro negro, con mosaicos que representan peces, todos los alféizares son de ónix. No tienen más que telefonear, toman el té con mi esposa, llego yo y los acompaño de inmediato, descansan un poco en el mirador, desde allí se ve toda Roma, tomamos un aperitivo, y los llevo de vuelta en un momento con mi coche. Tengo un Spider».

Octubre de 1965

La vejez

A hora nos estamos convirtiendo en lo que nunca habíamos deseado ser, es decir, en viejos. Nunca hemos deseado ni esperado la vejez, y cuando hemos intentado imaginarla, ha sido siempre de un modo superficial, torpe y despreocupado. No nos ha inspirado jamás ni una profunda curiosidad ni un profundo interés. (En la historia de Caperucita roja, el personaje que menos curiosidad nos despertaba era la abuela, y no nos importaba en absoluto que saliera sana y salva del vientre del lobo.) Lo extraño es que tampoco ahora, que estamos envejeciendo nosotros mismos, sentimos interés alguno por la vejez. Por eso nos está ocurriendo algo que no nos había ocurrido nunca: hasta ahora pasábamos por los años aguijoneados por una viva curiosidad hacia aquellos que se convertían poco a poco en nuestros coetáneos, ahora en cambio sentimos que avanzamos en dirección a una zona gris, donde formaremos parte de una muchedumbre gris cuyas vicisitudes no podrán encender ni nuestra curiosidad ni nuestra imaginación. Nuestra mirada apuntará siempre hacia la juventud y la infancia.

La vejez significará en nosotros, sobre todo, el fin del estupor. Perderemos la facultad tanto de sorprendernos como de sorprender a los demás. Ya no nos maravillaremos por nada, si bien hemos pasado la vida maravillándonos por todo, y los demás no se maravillarán por nosotros, bien porque nos hayan visto hacer o decir algo extraño, bien porque no mirarán hacia donde estamos.

Podemos convertirnos en chatarra abandonada en algún descampado o en ruinas gloriosas a las que se visita con devoción; mejor dicho, quizá seremos a veces una cosa y a veces la otra, puesto que la suerte es mudable y caprichosa, pero tanto en un caso como en el otro, no nos sorprenderemos, nuestra vieja imaginación de toda una vida ya habrá usado y agotado en su seno cualquier suceso posible, cualquier cambio de la suerte, y ninguno de nosotros se sorprenderá, tanto si somos chatarra como si somos ruinas ilustres, no hay sorpresa en la devoción prodigada a la antigüedad, y menos aún en toparse con un montón de chatarra que se oxida entre ortigas. Por otra parte, no hay ninguna diferencia apreciable entre ser una cosa u otra porque tanto en un caso como en otro el cálido río de los días fluye por otras orillas.

La incapacidad de sorprenderse y la conciencia de no despertar sorpresa hará que nos adentremos poco a poco en el reino del aburrimiento. La vejez se aburre y es aburrida, el aburrimiento genera aburrimiento, propaga aburrimiento a su alrededor del mismo modo que la sepia propaga la tinta. Así nos preparamos para ser a la vez la sepia y la tinta, el mar a nuestro alrededor se teñirá de negro y ese negro seremos nosotros, justamente nosotros, que toda la vida hemos odiado y rehuido el color negro del aburrimiento. Entre las cosas que aún nos sorprenden está la siguiente: nuestra sustancial indiferencia frente a ese nuevo estado. Tal indiferencia está provocada por el hecho de que poco a poco vamos cayendo en la inmovilidad de la piedra.

Sin embargo, nos damos cuenta de que antes de convertirnos en piedras nos convertiremos en algo distinto, porque también esto es ahora para nosotros un motivo de asombro: la extrema lentitud con la que envejecemos. Conservamos durante mucho tiempo aún la costumbre de creernos «los jóvenes» de nuestro tiempo, de modo que cuando oímos hablar de «jóvenes» volvemos la cabeza como si se hablara de nosotros, costumbre que tiene raíces tan profundas que quizá no la perderemos hasta habernos convertido del todo en piedras, es decir en la vigilia de la muerte.

Con esta lentitud nuestra en envejecer contrasta la velocidad vertiginosa del mundo que gira a nuestro alrededor, la rapidez con que se transforman lugares y crecen jóvenes y niños. En ese torbellino solo nosotros somos muy lentos, cambiamos de rostro y de costumbres con una lentitud de oruga, bien porque detestamos con todas nuestra fuerzas la vejez y la rechazamos aun cuando nuestro espíritu se le haya rendido con indiferencia, bien porque es laborioso y agotador el paso del animal a la piedra.

El mundo que gira y se transforma a nuestro alrededor conserva solo alguna pálida huella del que fue nuestro mundo. Lo amábamos no porque lo encontrásemos bello o justo sino porque en él invertíamos nuestras fuerzas, nuestra vida, nuestra sorpresa. Lo que hoy tenemos ante los ojos no nos sorprende, o nos sorprende muy poco, pero se nos escapa y nos resulta indescifrable: solo conseguimos comprender las pocas y pálidas huellas de cuanto ha sido. Desearíamos que esas pálidas huellas no desapareciesen, para poder reconocer aún en el presente algo que ha sido nuestro, pero sentimos que dentro de poco quizá no tendremos ni fuerza ni voz para expresar este deseo, tal vez muy pueril e ingenuo.

Salvo esas tenues huellas, el presente nos resulta sombrío, y no sabemos cómo acostumbrarnos a semejante oscuridad, nos preguntamos qué clase de vida será la nuestra, si conseguiremos algún día habituar los ojos a tantas tinieblas, nos preguntamos si no acabaremos siendo, en años futuros, como un hato de ratones enloquecidos entre las paredes de un pozo.

Nos preguntamos de manera continua cómo pasaremos el tiempo en nuestra vejez. Nos preguntamos si seguiremos haciendo lo que habíamos hecho de jóvenes, si por ejemplo continuaremos escribiendo libros. Nos preguntamos qué clase de libros conseguiremos escribir, en nuestra ciega correría de ratones, o más tarde, cuando hayamos caído en la inmovilidad de la piedra. Durante la juventud nos habían hablado de la sabidur ...