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LAS TIERRAS ARRASADAS

Emiliano Monge  

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Fragmento

El libro de Epitafio

I

También sucede por el día, pero esta vez es por la noche. En mitad del descampado que la gente de los pueblos más cercanos llama Ojo de Hierba, un claro rodeado de árboles macizos, lianas primigenias y raíces que emergen de la tierra como arterias, se oye un silbido inesperado, cruje el encenderse de un motor de gasolina y desmenuzan la penumbra cuatro enormes reflectores.

Asustados, los que vienen de muy lejos se detienen, se encogen e intentan observarse unos a otros: los potentes reflectores, sin embargo, ciegan sus pupilas. Acercándose, entonces, las mujeres a los niños y los niños a los hombres, quienes llevan varios días andando dan comienzo al cantar de sus temores.

Chifló alguien y unas luces se
prendieron… no podíamos ver delante…
nos pegamos unos a otros…
puros cuerpos asustados.

Las palabras de los seres cuyos cuerpos desean ser un solo cuerpo atraviesan el espacio y el hombre que silbara vuelve a hacerlo y luego avanza un par de pasos. Ante su cuerpo, el zumbido de la selva, como sucediera hace un instante con las sombras, se deshace y durante un par de segundos sólo se oyen los murmullos de los hombres y mujeres que cruzaron las fronteras.

Unos decían ya nos chingaron…
ya valimos pura verga… otros nomás
querer decir sin decir nada… como
rezando o masticando las palabras.

Escuchando estos murmullos, sin prestarles atención, el hombre que aquí manda se quita la gorra, se limpia la frente con la mano y gira el cuerpo descubriendo su semblante. A primera instancia, sin embargo, no se logra percibir nada especial en este hombre que alza ahora los dos brazos y silbando nuevamente pone en movimiento a los muchachos que sostienen los potentes reflectores.

Tras avanzar algunos metros, los cuatro hombres que empujan los potentes reflectores oyen que otra vez silba su jefe y detienen su avanzar sobre la hierba. Bostezando complacido, el que aquí manda vuelve la cabeza, lleva su mirada hacia una vieja camioneta y le sonríe a la mujer que allí dormita.

Por su parte, los hombres y mujeres que salieron de sus tierras hace días, cuando el encierro repentino en el que se hallan deja de encogerse en torno suyo, sienten como que algo abandona sus entrañas y se acercan más y más unos a otros, convirtiendo en uno solo sus temblores y en una sola voz sus voces huecas. Está pasando la sorpresa y el terror se está llenando de preguntas.

No sabíamos qué pasaba… o sí
qué pero no qué pasaría… empezaron:
¿quién ve algo… esos que
están del otro lado… quién?

La potencia de los halos que dan forma a los barrotes impalpables no permite advertir nada a los que vienen de muy lejos: ni los cerros que hace tiempo atravesaron ni la selva en la que estaban hace poco ni la muralla vegetal que violaron para entrar al descampado en que aguardaban sus captores, cuyo jefe sigue viendo a la mujer que duerme allá en la camioneta.

Quitándose y poniéndose la gorra nuevamente, este hombre, que de pronto se descubre narizón, despega sus ojos de la mujer que conoció en El Paraíso, gira la cabeza y sin pensarlo hace el recuento de sus cosas y sus gentes: ahí están todos sus muchachos, sus enormes camionetas, su gran tráiler, las dos viejas estaquitas, tres motocicletas, sus potentes reflectores y ese motor de gasolina que ahora mismo se atraganta.

El eructo repentino de la máquina, que así declara estar fallando, pone en guardia al narizón de cejas amplias que aquí manda y cuyo nombre es Epitafio: ¡se los dije que iba pronto éste a chingarse! Sacudiendo la cabeza, el hombre que además de la nariz y de las cejas tiene los dos labios desmedidos, murmura un enunciado indiscernible y molesto echa a andar hacia el motor que se está ahora sacudiendo.

Apurando el paso, Epitafio, cuyo rostro parecería siempre estar hinchado, se quita la gorra nuevamente, espanta el humo que lo envuelve cuando llega ante su máquina, enciende su linterna, se hinca sobre el suelo y comienza a maniobrar varias palancas. Segundos después el hipo de la máquina se acaba y Epitafio yergue el cuerpo, apaga la linterna pero escucha desconfiado los engranes del motor igual que escucha un doctor el pecho de un paciente enfermo.

No va a durar mucho… hoy no tendremos tanto tiempo, piensa Epitafio, y dándose la vuelta echa a andar hacia la vieja camioneta: sus oídos, aguzados hace nada, oyen entonces los sonidos que la selva exhala en su hora negra: suenan los gritos de los monos aulladores, en el arroyo cantan los anuros, chillan en el aire los murciélagos y zumban las chicharras escondidas en la hierba.

Como mucho una hora apenas… no habrá tiempo hoy de elegirlos, rumia Epitafio cuando llega hasta su vieja camioneta y endureciendo el gesto mira su reflejo en la ventana. Luego voltea la cabeza hacia el encierro iridiscente y ve a los seres que allí forman esa masa cuya voz ahora machaca los temores que de pronto han tomado sus cabezas.

A mí esto me tocó ya en Medias
Aguas… valimos verga… me salvé
de pura suerte… nos golpearon… nos
arrastraron y de nuevo nos pegaron.

Para colmo no habían sido nunca tantos, se dice Epitafio sin dejar de ver la masa iluminada en el centro de la noche y, quitándose la gorra, una gorra roja en cuya frente salta un león albino, se aleja de su vieja camioneta: cuando menos que me toque aquel grandote.

En el centro del encierro, entre los cuerpos de un viejo encorvado y una niña cabezona, se distingue un joven gigantesco.

Imaginando todo aquello que podría ese gigante hacer por él y sus muchachos, Epitafio se emociona y está a punto de silbar de nueva cuenta pero en algún sitio de la selva ruge la pantera de estas latitudes. Cuando el jaguar vuelve a callarse, Epitafio por fin silba y los cuatro hombres que manejan los potentes reflectores mueven otra vez sus piernas.

Tras contar cada uno a quince, estos cuatro hombres se detienen, vuelven la cabeza hacia su jefe y le contestan por primera vez a éste el silbido. Este concierto inesperado tumba al suelo a un par de niños y ahonda los temores de los hombres y mujeres cuyos cuerpos son alumbrados cada vez desde más cerca.

¡No se caigan… le disparan al
que está puro en el suelo… así fue
allá en Medias Aguas… los envolvieron
luego en nylon… no se doblen!

¡Eso es… hoy no tendremos mucho tiempo… hay que vencerlos a éstos pronto!, piensa Epitafio vislumbrando cómo los que vienen de otras tierras van soltando sus atados y sus bultos y van después cayendo sobre el suelo. Luego, dándose la vuelta y poniéndose su gorra, el hombre al que sus hombres llaman, a escondidas, Lacarota, regresa hacia su vieja camioneta, donde aún está durmiendo la mujer que aquí manda cuando es él el que descansa.

Quizá deba despertarla, medita Epitafio observando la ventana y está a punto de golpear el vidrio cuando vuelve la pantera de estas selvas a rugir en la distancia. No es, sin embargo, este rugido lo que entume el brazo de Epitafio: contemplando a la mujer que tanto quiere ha recordado lo que dijo ella hace rato: acuérdame que tengo yo algo que contarte… cuando despierte dime: tú querías decirme a mí algo.

Si la despierto ya no va a querer contarme, se dice Epitafio, y dándose la vuelta le devuelve a su encierro los esfuerzos de su mente: con ése de ahí llevamos nueve… y ésos tres creo que son once… más aquellos seis dieciocho… nunca habían sido tantos… con aquellos otro cinco… y ésos otros de ese lado… ya no sé ni cuantos llevo… debe haber unos cuarenta… más… quizá sean hasta cincuenta.

Quitándose y poniéndose la gorra nuevamente, Epitafio sacude la cabeza, se conforma con saber que esos seres que está viendo son un chingo y metiéndose dos dedos en la boca, por primera vez, silba una secuencia.

Estos silbidos, cortos y anudados, espabilan a dos chicos camuflados en la masa. Abriéndose paso con los codos y los hombros, estos chicos, que nacieron en la selva y que arrastraron por su entraña a los hombres y mujeres que aquí dejan, salen de la masa aseverando: ¡aquí estamos!

Nos habían engañado… esos dos
hijos de puta que eran casi apenas niños…
y se fueron de allí riendo… los oí yo que
iban riendo… luego no volví yo a verlos.

Sin voltear ninguno el rostro, los dos chicos de la selva dan con la frontera de la luz y de las sombras: ¡ya estamos saliendo! Luego, fuera ya del cerco incandescente, ambos chicos se detienen, dejan que sus ojos se acostumbren a las sombras, bus

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