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LIRIO ROJO (TRILOGíA DEL JARDíN 3)

Nora Roberts  

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Fragmento

Prólogo

Memphis, enero de 1893

Estaba desesperada, sin nada, enloquecida.

Había sido una mujer bella, una mujer inteligente, con una gran ambición: el lujo. Lo había alcanzado utilizando el cuerpo para seducir y la cabeza para calcular. Había sido la amante de uno de los hombres más ricos y poderosos de Tennessee.

Su casa atrajo a muchos por su belleza, decorada según su gusto… con el dinero de Reginald. Tuvo servicio para lo que se le antojó, un ropero que no tenía nada que envidiar al de la cortesana más solicitada de París. Joyas, amigos que la distraían, carruaje propio.

Daba alegres fiestas. Se había sentido envidiada y deseada.

Ella, la hija de una dócil criada, tuvo todo lo que su avaricioso corazón ansió.

Tuvo un hijo.

Aquella vida que jamás quiso llevar dentro la cambió de arriba abajo. Y se convirtió en el centro de su mundo, en lo único que amó más que a sí misma. Hizo planes para su hijo, sus sueños fueron para él: le cantó mientras el pequeño dormía en su seno, lo trajo al mundo con dolor, con gran dolor, pero también con alegría. La alegría de saber que cuando terminara el sufrimiento tendría en sus brazos a su querido hijo.

Le dijeron que había tenido una niña. Le dijeron que había nacido muerta.

Mentían.

Lo supo ya entonces, cuando el dolor la hacía enloquecer, cuando se hundía en el abismo de la desesperación. Incluso cuando se volvió loca supo que era mentira. Su hijo vivía.

Se lo robaron. Lo secuestraron. ¿Cómo podía ser de otra forma si ella había notado los latidos del corazón del pequeño con la misma claridad que los suyos?

No habían sido, sin embargo, la comadrona ni el médico quienes se habían quedado con su hijo. Reginald le quitó lo que era suyo, comprando con su dinero el silencio del servicio.

Le recordaba de pie en el salón de la casa de ella, después de los meses que había pasado sufriendo, preocupada. Asunto concluido, pensaba mientras, con dedos temblorosos, se abrochaba el vestido gris. Acabado de una vez, ahora que él tenía lo que deseaba. Un hijo, un heredero. Lo único que su desalmada esposa no había sido capaz de proporcionarle.

Él la había utilizado y luego le había arrancado su único tesoro, como si tuviera derecho a hacerlo. A cambio, le ofrecía dinero y un pasaje a Inglaterra.

Pagaría, pagaría, pagaría, iba repitiendo ella para sus adentros mientras se arreglaba. Pero no con dinero. Ni hablar. Con dinero no.

Estaba en las últimas pero encontraría la forma. Por supuesto que la encontraría, en cuanto tuviera de nuevo en sus brazos a su querido James.

El servicio —ratas en barcos que se hunden— le había robado parte de sus joyas. Ya se lo imaginaba. Tuvo que vender prácticamente el resto y encima la estafaron con el precio. ¿Qué iba a esperar de aquel cuervo del joyero? Al fin y al cabo era un hombre.

Mentirosos, estafadores y ladrones. Todos.

Todos iban a pagar antes de que ella se derrumbara.

No encontraba los rubíes: el brazalete de rubíes y diamantes, en forma de corazones, sangre y hielo, que Reginald le había regalado cuando se enteró de que estaba embarazada.

En realidad, era una baratija. Algo demasiado delicado, demasiado insignificante para su gusto. Pero lo quería, y lo puso todo patas arriba en la habitación y en el vestidor en busca de la joya.

Lloró como una niña cuando encontró, en lugar del brazalete, un prendedor con zafiros. Mientras se secaba las lágrimas y sus dedos apretaban el broche, se olvidó del brazalete y de su desesperado deseo de recuperarlo. Olvidó que lo había estado buscando y sonrió ante los destellos de las azules piedras preciosas. Con él tendría suficiente para empezar con James. Se llevaría su bebé al campo, tal vez. Hasta que volviera a sentirse bien, a sentirse fuerte de nuevo.

En realidad, todo era muy sencillo, decidió con una sonrisa macabra mientras contemplaba su imagen en el espejo. El vestido gris era algo discreto, digno, el tono apropiado para una madre. Le tiraba un poco entre la cintura y los hombros. Pero aquello no tenía remedio. Ahora no disponía de criadas ni de modistas para andar con arreglos. Ya habría recuperado la figura cuando ella y James estuvieran instalados en una bonita casa de campo.

Peinó su rubia cabellera recogida hacia arriba en tirabuzones y, con considerable pesar, renunció al carmín. Era mejor mostrar un aspecto discreto, decidió. Un aspecto discreto tranquilizaría al niño.

Iría inmediatamente a recuperarlo. Se plantaría en casa de Harper y se llevaría lo que era suyo.

El viaje para salir de la ciudad, con destino a la gran mansión de los Harper, fue largo, frío y también caro. Ya no disponía de carruaje propio y pronto, muy pronto, los agentes de Reginald volverían a la casa y la echarían, como habían amenazado con hacer.

Pero valía la pena pagar un carruaje privado. ¿Cómo, si no, podría llevar a James de vuelta a Memphis, donde lo subiría a la habitación de los niños, lo pondría con cuidado en la cuna y le cantaría una nana?

«Arrorró mi niño», cantaba en voz baja, haciendo girar sus finos dedos mientras contemplaba los árboles desnudos que flanqueaban el camino.

Había cogido aquella manta que le había pedido a él que le trajera de París, así como el precioso gorrito y los peúcos. En su imaginación seguía siendo un recién nacido. En su alterada cabeza, aquellos seis meses desde el nacimiento no habían transcurrido.

El carruaje tomó la larga avenida cuesta abajo y en un instante apareció la mansión Harper, una presencia que se imponía con todo su esplendor.

La piedra amarillenta y el blanco reborde le daban una imagen cálida y elegante contra un fondo de cielo gris e inhóspito. Un edificio de tres plantas altivo, firme, con árboles y arbustos aquí y allí, con un césped que cubría el desnivel de la tierra.

Había oído contar que en otra época los pavos reales circulaban por la propiedad y exhibían sus multicolores plumas. Pero al parecer Reginald no soportaba sus chillidos y había acabado con ellos al convertirse en dueño de la mansión.

Su dominio era el de un rey. Y ella le había entregado un

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