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LLAVE DEL DESTINO, LA

Glenn Cooper  

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Fragmento

Prólogo

Región del Périgord, Francia, 1899

Los dos hombres respiraban con dificultad mientras avanzaban como buenamente podían por un terreno resbaladizo e intentaban asimilar lo que acababan de ver.

Un súbito aguacero de finales de verano los había pillado por sorpresa. El chaparrón, que los había alcanzado de repente mientras exploraban la cueva, había azotado los acantilados de piedra caliza, oscureciendo las paredes verticales de roca y envolviendo el valle del río Vézère con un manto de nubes bajas.

Tan solo media hora antes, desde lo alto de los acantilados, el maestro de escuela, Édouard Lefèvre, le había enseñado los puntos de referencia a su primo, Pascal. Las agujas de los campanarios destacaban de forma clara a lo lejos sobre un cielo majestuoso. Los rayos de sol rielaban en la superficie del río. Los campos de cebada se extendían por la llanura.

Sin embargo, cuando salieron de la cueva con los ojos entrecerrados, después de gastar la última cerilla de madera, fue como si un pintor hubiera decidido empezar de nuevo y hubiera aplicado una capa de gris al paisaje.

La excursión, sin rumbo fijo, había sido tranquila, pero el viaje de regreso se volvió algo más dramático cuando los torrentes de agua empezaron a caer en cascada sobre el sendero y lo convirtieron en un barrizal traicionero. Ambos eran buenos senderistas y llevaban el calzado adecuado, pero habrían preferido no encontrarse en un saliente resbaladizo mientras llovía a cántaros. Sin embargo, en ningún momento se les pasó por la cabeza volver a la cueva para resguardarse.

—¡Tenemos que avisar a las autoridades! —dijo Édouard, que se limpió la frente y sujetó una rama para que Pascal pudiera pasar sin problemas—. Si nos damos prisa conseguiremos llegar al hotel antes de que anochezca.

Tuvieron que agarrarse a las ramas de los árboles para no trastabillarse en varias ocasiones, y en una de ellas, un momento sobrecogedor, Édouard sujetó a Pascal del cuello de la camisa porque creyó que su primo había perdido el equilibrio y estaba a punto de caer por el acantilado.

Cuando llegaron al coche, estaban calados hasta los huesos. Era el vehículo de Pascal, el de su padre, de hecho, ya que solo alguien como un banquero adinerado podía permitirse el lujo de tener un automóvil tan moderno y suntuoso como un Peugeot Type 16. Aunque el coche tenía techo, la lluvia había entrado por la ventanilla. Bajo uno de los asientos había una manta que estaba relativamente seca, pero cuando alcanzaron la velocidad de crucero de veinte kilómetros por hora, los dos estaban tiritando y no les costó tomar la decisión de parar en el primer café para beber algo que les permitiera entrar en calor.

El pueblecito de Ruac tenía un único café, que a esa hora del día albergaba a una docena de clientes en las pequeñas mesas de madera. Eran campesinos toscos, de aspecto rudo, y todos dejaron de hablar cuando entraron los desconocidos. Algunos habían estado cazando aves y tenían la escopeta apoyada en la pared. Un hombre mayor señaló el coche que se veía por la ventana, le susurró algo al camarero y soltó una risa socarrona.

Édouard y Pascal se sentaron a una mesa vacía. Parecían dos ratas empapadas.

—¡Dos copas de coñac grandes! —pidió Édouard—. ¡Cuanto antes mejor, monsieur, o moriremos de pulmonía!

El camarero cogió una botella y le quitó el tapón. Era un hombre de mediana edad, con el pelo negro azabache, patillas largas y manos callosas.

—¿Es suyo? —le preguntó a Édouard, señalando hacia la ventana.

—Es mío —respondió Pascal—. ¿Es la primera vez que ve uno?

El camarero negó con la cabeza e hizo un gesto como si fuera a escupir al suelo, pero en lugar de eso formuló otra pregunta.

—¿De dónde vienen?

Los clientes del café seguían la conversación. Era la distracción de la noche.

—Estamos de vacaciones —dijo Édouard—. Nos alojamos en el Sarlat.

—¿Quién viene a Ruac de vacaciones? —preguntó con sorna el camarero mientras les servía los coñacs.

—Dentro de poco empezará a venir mucha gente —replicó Pascal, ofendido por el tono del hombre.

—¿A qué se refiere?

—Cuando corra la voz de nuestro descubrimiento, vendrá gente de lugares tan lejanos como París —se jactó Pascal—. Incluso de Londres.

—¿Descubrimiento? ¿Qué descubrimiento?

Édouard intentó calmar a su primo. Sin embargo, el joven, que se dejó llevar por su terquedad, no iba a permitir que lo hicieran callar.

—Somos naturalistas y hemos ido a dar un paseo por los acantilados. Estábamos buscando pájaros, pero hemos encontrado una cueva.

—¿Dónde?

Mientras describía la ruta, Édouard se tomó el coñac e hizo un gesto para pedir otro.

El camarero arrugó la frente.

—En esta zona hay muchas cuevas. ¿Qué tiene esa de especial?

Cuando Pascal respondió, Édouard se dio cuenta de que todo el mundo tenía la mirada fija en los labios de su primo y observaba cada una de las palabras que salían de su boca. Como profesor, Édouard siempre había admirado el don de Pascal para la descripción, y en ese momento, mientras escuchaba cómo se explayaba, se maravilló una vez más del milagro que habían encontrado.

Cerró los ojos un instante para recordar las imágenes iluminadas por la luz titilante de las cerillas y no vio el gesto rápido que el camarero les hizo a los hombres que estaban sentados tras ellos.

Un sonido metálico le hizo levantar la vista. El camarero había fruncido el labio.

¿Estaba sonriendo?

Cuando Édouard vio el chorro de sangre que empezaba a manar de la cabeza rubia de Pascal, solo tuvo tiempo de exclamar «¡Ah!» antes de que una bala le atravesara el cerebro también a él.

El café olía a pólvora.

Hubo un largo silencio hasta que el hombre de la escopeta de caza dijo:

—¿Qué hacemos con ellos?

El camarero empezó a dar órdenes.

—Llevadlos a la granja de Duval. Descuartizadlos y dádselos de comer a los cerdos. Cuando oscurezca, coged un caballo y llevaos esa máquina suya lejos de aquí.

—De modo que hay una cueva —dijo un anciano en voz baja.

—¿Alguna vez lo has dudado? —murmuró el camarero—. Siempre supe que la encontrarían tarde o temprano.

Ahora podía escupir sin manchar el suelo. El cadáver de Édouard yacía a sus pies.

Un escupitajo de flema cayó sobre la mejilla ensangrentada del hombre.

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Empezó con una chispa de un cable eléctrico mordisqueado por los ratones y empotrado en una gruesa pared enlucida.

La chispa prendió una viga de castaño, que empezó a arder. Cuando la madera vieja y seca entró en combustión, la pared norte de la cocina de la iglesia comenzó a escupir humo.

Si hubiera ocurrido durante el día, la cocinera o una de las monjas, o incluso el propio abad Menaud, que estaría tomando un vaso de agua caliente con limón, habrían hecho sonar la alarma o al menos habrían cogido el extintor que había bajo el fregadero, pero sucedió de noche.

La biblioteca de la abadía compartía una pared con la cocina. Salvo una excepción, la biblioteca no albergaba una colección especialmente valiosa, pero formaba parte de la historia tangible del lugar, así como las tumbas de la cripta o las lápidas del cementerio.

Aparte de cinco siglos de biblias y textos eclesiásticos normales, había crónicas de aspectos más mundanos y seculares de la vida de la abadía: nacimientos, muertes, registros del censo, libros médicos y herbarios, libros de cuentas, incluso recetas para hacer cerveza y ciertos tipos de quesos. El único texto valioso era una edición del siglo XIII de la regla de san benito, la así llamada versión de Dijon, una de las primeras traducciones del latín al francés antiguo. Ni que decir tiene que para una abadía cisterciense situada en el corazón del Périgord, el hecho de poseer una copia del libro de su santo patrón era algo especial, y el volumen ocupaba un lugar privilegiado en el centro de la estantería que reposaba apoyada contra la pared que estaba ardiendo.

La biblioteca ocupaba una sala de tamaño considerable con ventanas altas y emplomadas y un suelo enlucido de piedras de forma cuadrada y rectangular que no estaba en absoluto nivelado. La mesa central de lectura tenía que estar calzada para que no bailara, y los monjes y las monjas que se sentaban a ella intentaban no moverse demasiado por miedo a molestar a sus vecinos con el traqueteo de las sillas.

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