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LLAVE DEL DESTINO, LA

Glenn Cooper  

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Fragmento

Prólogo

Región del Périgord, Francia, 1899

Los dos hombres respiraban con dificultad mientras avanzaban como buenamente podían por un terreno resbaladizo e intentaban asimilar lo que acababan de ver.

Un súbito aguacero de finales de verano los había pillado por sorpresa. El chaparrón, que los había alcanzado de repente mientras exploraban la cueva, había azotado los acantilados de piedra caliza, oscureciendo las paredes verticales de roca y envolviendo el valle del río Vézère con un manto de nubes bajas.

Tan solo media hora antes, desde lo alto de los acantilados, el maestro de escuela, Édouard Lefèvre, le había enseñado los puntos de referencia a su primo, Pascal. Las agujas de los campanarios destacaban de forma clara a lo lejos sobre un cielo majestuoso. Los rayos de sol rielaban en la superficie del río. Los campos de cebada se extendían por la llanura.

Sin embargo, cuando salieron de la cueva con los ojos entrecerrados, después de gastar la última cerilla de madera, fue como si un pintor hubiera decidido empezar de nuevo y hubiera aplicado una capa de gris al paisaje.

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La excursión, sin rumbo fijo, había sido tranquila, pero el viaje de regreso se volvió algo más dramático cuando los torrentes de agua empezaron a caer en cascada sobre el sendero y lo convirtieron en un barrizal traicionero. Ambos eran buenos senderistas y llevaban el calzado adecuado, pero habrían preferido no encontrarse en un saliente resbaladizo mientras llovía a cántaros. Sin embargo, en ningún momento se les pasó por la cabeza volver a la cueva para resguardarse.

—¡Tenemos que avisar a las autoridades! —dijo Édouard, que se limpió la frente y sujetó una rama para que Pascal pudiera pasar sin problemas—. Si nos damos prisa conseguiremos llegar al hotel antes de que anochezca.

Tuvieron que agarrarse a las ramas de los árboles para no trastabillarse en varias ocasiones, y en una de ellas, un momento sobrecogedor, Édouard sujetó a Pascal del cuello de la camisa porque creyó que su primo había perdido el equilibrio y estaba a punto de caer por el acantilado.

Cuando llegaron al coche, estaban calados hasta los huesos. Era el vehículo de Pascal, el de su padre, de hecho, ya que solo alguien como un banquero adinerado podía permitirse el lujo de tener un automóvil tan moderno y suntuoso como un Peugeot Type 16. Aunque el coche tenía techo, la lluvia había entrado por la ventanilla. Bajo uno de los asientos había una manta que estaba relativamente seca, pero cuando alcanzaron la velocidad de crucero de veinte kilómetros por hora, los dos estaban tiritando y no les costó tomar la decisión de parar en el primer café para beber algo que les permitiera entrar en calor.

El pueblecito de Ruac tenía un único café, que a esa hora del día albergaba a una docena de clientes en las pequeñas mesas de madera. Eran campesinos toscos, de aspecto rudo, y todos dejaron de hablar cuando entraron los desconocidos. Algunos habían estado cazando aves y tenían la escopeta apoyada en la pared. Un hombre mayor señaló el coche que se veía por la ventana, le susurró algo al camarero y soltó una risa socarrona.

Édouard y Pascal se sentaron a una mesa vacía. Parecían dos ratas empapadas.

—¡Dos copas de coñac grandes! —pidió Édouard—. ¡Cuanto antes mejor, monsieur, o moriremos de pulmonía!

El camarero cogió una botella y le quitó el tapón. Era un hombre de mediana edad, con el pelo negro azabache, patillas largas y manos callosas.

—¿Es suyo? —le preguntó a Édouard, señalando hacia la ventana.

—Es mío —respondió Pascal—. ¿Es la primera vez que ve uno?

El camarero negó con la cabeza e hizo un gesto como si fuera a escupir al suelo, pero en lugar de eso formuló otra pregunta.

—¿De dónde vienen?

Los clientes del café seguían la conversación. Era la distracción de la noche.

—Estamos de vacaciones —dijo Édouard—. Nos alojamos en el Sarlat.

—¿Quién viene a Ruac de vacaciones? —preguntó con sorna el camarero mientras les servía los coñacs.

—Dentro de poco empezará a venir mucha gente —replicó Pascal, ofendido por el tono del hombre.

—¿A qué se refiere?

—Cuando corra la voz de nuestro descubrimiento, vendrá gente de lugares tan lejanos como París —se jactó Pascal—. Incluso de Londres.

—¿Descubrimiento? ¿Qué descubrimiento?

Édouard intentó calmar a su primo. Sin embargo, el joven, que se dejó llevar por su terquedad, no iba a permitir que lo hicieran callar.

—Somos naturalistas y hemos ido a dar un paseo por los acantilados. Estábamos buscando pájaros, pero hemos encontrado una cueva.

—¿Dónde?

Mientras describía la ruta, Édouard se tomó el coñac e hizo un gesto para pedir otro.

El camarero arrugó la frente.

—En esta zona hay muchas cuevas. ¿Qué tiene esa de especial?

Cuando Pascal respondió, Édouard se dio cuenta de que todo el mundo tenía la mirada fija en los labios de su primo y observaba cada una de las palabras que salían de su boca. Como profesor, Édouard siempre había admirado el don de Pascal para la descripción, y en ese momento, mientras escuchaba cómo se explayaba, se maravilló una vez más del milagro que habían encontrado.

Cerró los ojos un instante para recordar las imágenes iluminadas por la luz titilante de las cerillas y no vio el gesto rápido que el camarero les hizo a los hombres que estaban sentados tras ellos.

Un sonido metálico le hizo levantar la vista. El camarero había fruncido el labio.

¿Estaba sonriendo?

Cuando Édouard vio el chorro de sangre que empezaba a manar de la cabeza rubia de Pascal, solo tuvo tiempo de exclamar «¡Ah!» antes de que una bala le atravesara el cerebro también a él.

El café olía a pólvora.

Hubo un largo silencio hasta que el hombre de la escopeta de caza dijo:

—¿Qué hacemos con ellos?

El camarero empezó a dar órdenes.

—Llevadlos a la granja de Duval. Descuartizadlos y dádselos de comer a los cerdos. Cuando oscurezca, coged un caballo y llevaos esa máquina suya lejos de aquí.

—De modo que hay una cueva —dijo un anciano en voz baja.

—¿Alguna vez lo has dudado? —murmuró el camarero—. Siempre supe que la encontrarían tarde o temprano.

Ahora podía escupir sin manchar el suelo. El cadáver de Édouard yacía a sus pies.

Un escupitajo de flema cayó sobre la mejilla ensangrentada del hombre.

1

Empezó con una chispa de un cable eléctrico mordisqueado por los ratones y empotrado en una gruesa pared enlucida.

La chispa prendió una viga de castaño, que empezó a arder. Cuando la madera vieja y seca entró en combustión, la pared norte de la cocina de la iglesia comenzó a escupir humo.

Si hubiera ocurrido durante el día, la cocinera o una de las monjas, o incluso el propio abad Menaud, que estaría tomando un vaso de agua caliente con limón, habrían hecho sonar la alarma o al menos habrían cogido el extintor que había bajo el fregadero, pero sucedió de noche.

La biblioteca de la abadía compartía una pared con la cocina. Salvo una excepción, la biblioteca no albergaba una colección especialmente valiosa, pero formaba parte de la historia tangible del lugar, así como las tumbas de la cripta o las lápidas del cementerio.

Aparte de cinco siglos de biblias y textos eclesiásticos normales, había crónicas de aspectos más mundanos y seculares de la vida de la abadía: nacimientos, muertes, registros del censo, libros médicos y herbarios, libros de cuentas, incluso recetas para hacer cerveza y ciertos tipos de quesos. El único texto valioso era una edición del siglo XIII de la regla de san benito, la así llamada versión de Dijon, una de las primeras traducciones del latín al francés antiguo. Ni que decir tiene que para una abadía cisterciense situada en el corazón del Périgord, el hecho de poseer una copia del libro de su santo patrón era algo especial, y el volumen ocupaba un lugar privilegiado en el centro de la estantería que reposaba apoyada contra la pared que estaba ardiendo.

La biblioteca ocupaba una sala de tamaño considerable con ventanas altas y emplomadas y un suelo enlucido de piedras de forma cuadrada y rectangular que no estaba en absoluto nivelado. La mesa central de lectura tenía que estar calzada para que no bailara, y los monjes y las monjas que se sentaban a ella intentaban no moverse demasiado por miedo a molestar a sus vecinos con el traqueteo de las sillas.

Las estanterías que ocupaban las paredes y llegaban hasta el techo tenían varios siglos de antigüedad, eran de un marrón a medio camino entre el chocolate y el color nuez, y estaban pulidas por el paso del tiempo. Empezaban a salir volutas de humo por encima de los estantes de la pared afectada. De no haber sido por la dilatada próstata del hermano Marcel, esa noche podría haber acabado de un modo muy distinto. En las celdas de los hermanos, situadas al otro lado del claustro, frente a la biblioteca, el anciano monje se despertó para realizar una de sus habituales visitas nocturnas al baño y olió el humo. A pesar de su artritis echó a correr por los pasillos gritando «¡Fuego!», y al cabo de poco la SPV, la brigada de bomberos voluntarios, avanzaba con estruendo por el camino de grava, en dirección a la abadía trapense de Ruac, con su venerable camión de bomberos Renault.

La brigada daba servicio a varios municipios del Périgord Negro a lo largo del río Vézère. El jefe de la brigada, Bonnet, era de Ruac y conocía al detalle la abadía. De día regentaba un café, era mayor que los demás miembros del equipo y tenía el aire imperioso y la panza prominente propios de un propietario de un pequeño negocio y de un oficial de alto rango de la SPV. En la entrada de la biblioteca pasó como una exhalación junto al abad Menaud, que parecía un pingüino asustado con el hábito blanco que se había puesto deprisa y corriendo y el escapulario negro, agitando sus brazos cortos y murmurando con espasmos guturales de gran preocupación:

—¡Deprisa! ¡Deprisa! ¡La biblioteca!

El jefe echó un vistazo a la sala llena de humo y ordenó a sus hombres que conectaran las mangueras y las llevaran al interior.

—¡No usen las mangueras! —suplicó el abad—. ¡Los libros!

—¿Y cómo pretende que apaguemos el incendio, padre? —preguntó el jefe de los bomberos—. ¿Con una plegaria? —Luego Bonnet le gritó a su teniente, un mecánico al que el aliento le apestaba a vino—: Hay un incendio en esa pared. ¡Derribad la estantería!

—¡Por favor! —imploró el abad—. Tengan cuidado con mis libros. —Entonces, en un fugaz momento de pánico, el abad cayó en la cuenta de que el valioso texto de san Benito se encontraba en el camino directo de las llamas. Se abrió paso entre Bonnet y los demás, cogió el volumen de la estantería y lo acunó en los brazos como si fuera un bebé.

El jefe de los bomberos estalló al ver su reacción.

—No puedo hacer mi trabajo con ese hombre molestando aquí. Que alguien se lo lleve. ¡Aquí mando yo!

Un grupo de monjes agarraron al abad de los brazos, y de forma silenciosa, pero firme, lo sacaron fuera, donde el aire nocturno también olía a humo. El propio Bonnet cogió un hacha, clavó el extremo acabado en punta en el estante, a la altura de los ojos, en el lugar donde hasta unos segundos antes se había encontrado la versión de Dijon de la Regla, y tiró de nuevo del hacha con todas las fuerzas. Con el primer golpe había destrozado el lomo de un libro y varios pedacitos de papel revolo tea ron por el aire. La enorme estantería se inclinó unos cuantos centímetros hacia delante y cayeron unos pocos manuscritos. Repitió la maniobra varias veces y sus hombres lo imitaron en otros lugares a lo largo de la pared.

A Bonnet siempre le había costado leer y albergaba cierto odio por los libros, de modo que aquella misión le proporcionó algo más que un pequeño placer sádico. Había cuatro bomberos trabajando de forma simultánea que clavaron el hacha al unísono. La estantería se inclinó hacia delante y, con un torrente de libros que pareció un desprendimiento de rocas de los que se daban en las carreteras de montaña de la zona, se desplomó.

Los bomberos se apartaron antes de que la estantería cayera sobre el suelo de piedra. Junto con sus hombres, Bonnet se encaramó a la estantería, que reposaba sobre una pila de libros. Las pesadas botas aplastaron, y en el caso de Bonnet atravesaron, las tablas de nogal mientras se abrían paso hasta la pared en llamas.

—¡Vamos! —gritó el jefe de la brigada, que resollaba a causa del esfuerzo—. ¡Tenemos que abrir esta pared y remojarla de inmediato!

Al alba, los bomberos aún estaban apagando los últimos rescoldos. El abad por fin pudo entrar de nuevo en la biblioteca. Arrastraba los pies como un anciano; había cumplido los sesenta, pero la noche lo había envejecido: caminaba encorvado y parecía frágil.

Empezaron a correrle las lágrimas cuando vio el desastre. Las estanterías destrozadas, las masas de pasta de papel empapado, el hollín que lo cubría todo. La pared quemada había sido derribada casi por completo y podía ver la cocina. ¿Por qué, se preguntó, no habían apagado el incendio por la cocina? ¿Por qué había sido necesario destruir los libros? Sin embargo, la abadía se había salvado y no había que lamentar la pérdida de vidas humanas, algo por lo que debía estar agradecido. Saldrían adelante. Siempre lo hacían.

Bonnet se acercó hasta el abad, pasando por encima de los escombros, y le ofreció una rama de olivo.

—Siento haber sido brusco con usted, dom Menaud. Solo hacía mi trabajo.

—Lo sé, lo sé —dijo el abad, aturdido—. Es que…, en fin, ha habido tantos daños…

—Me temo que los incendios no son un asunto trivial. No tardaremos en irnos. Conozco una empresa que puede ayudarlo con la limpieza. El dueño es el hermano de uno de mis hombres de Montignac.

—Nos ocuparemos nosotros mismos —respondió el abad. No podía apartar la mirada de los libros que cubrían el suelo. Se agachó para coger una Biblia empapada; el cartón y el cuero ya estaban impregnados del leve olor que desprenden los hongos. Utilizó los pliegues de la manga del hábito para secarla, pero se dio cuenta de lo inútil de su gesto y la dejó en la mesa de lectura, que se encontraba junto a una estantería intacta.

El anciano negó con la cabeza; estaba a punto de irse para asistir a las plegarias matinales cuando algo llamó su atención.

En un rincón, a cierta distancia de los libros amontonados en el suelo, había una cubierta que no reconoció. El abad era un erudito licenciado en Teología por la Universidad de París. Durante tres décadas, esos libros se habían convertido en sus amigos íntimos, en sus camaradas. Era algo similar a tener varios miles de hijos y saber el nombre y el cumpleaños de todos ellos.

Sin embargo, nunca había visto ese libro; no le cabía la menor duda.

Uno de los bomberos, un tipo afable y desgarbado, observó atentamente al abad mientras este se acercaba al libro y se agachaba para inspeccionar la cubierta.

—Tiene un aspecto curioso, ¿no le parece, padre?

—Así es.

—Lo he encontrado yo —dijo el bombero, con orgullo.

—¿Lo ha encontrado? ¿Dónde?

El bombero señaló una parte de la pared que habían derribado.

—Justo ahí. Estaba dentro de la pared. No le di con el hacha de milagro. No podía perder ni un minuto, así que lo dejé tirado en un rincón. Espero no haberlo dañado.

—Dentro de la pared, dice.

El abad lo cogió y se dio cuenta de inmediato de que tenía un peso desproporcionado para su tamaño. Aunque se trataba de una edición muy esmerada, era un libro pequeño, poco más grande que un libro de bolsillo moderno y más fino que la mayoría. Su excesivo peso se debía al agua que había absorbido. Estaba empapado y saturado como una esponja. El agua empezó a escurrirle por los dedos y las manos.

La cubierta era un extraordinario ejemplo de artesanía en cuero, con un característico tono rojizo y, en el centro, una maravillosa representación de un santo ataviado con una túnica larga y suelta, y un halo en torno a la cabeza. A la preciosa encuadernación se añadía un lomo con doble nervadura, con las esquinas y las cabezadas de plata, y cinco bullones también de plata, del tamaño de un guisante, uno en cada esquina y otro en el centro del cuerpo del santo. La contracubierta, aunque no tenía ninguna imagen, también lucía cinco bullones idénticos. Un par de cierres plateados mantenían el libro cerrado, ajustados en torno a las hojas húmedas de pergamino.

El abad sacó las primeras conclusiones: siglo XIII o XIV, tal vez ilustrado, de gran calidad.

Y escondido. ¿Por qué?

—¿Qué es eso? —Bonnet estaba a su lado. Su barbilla, con una barba de tres días, sobresalía prominente como la proa de un barco—. Déjeme ver.

El abad, sobresaltado por la intrusión en sus pensamientos, le entregó el libro de forma automática. Bonnet clavó la gruesa uña del índice en uno de los cierres y lo abrió sin dificultad. El segundo se mostró más rebelde, pero solo un poco. Tiró de la cubierta y, cuando parecía que estaba a punto de lograr su objetivo, el cartón no se movió. El agua había convertido la superficie de las páginas y las tapas en algo tan pegajoso como si las hubieran untado con cola. Frustrado, ejerció más fuerza, pero la tapa no se movió.

—¡No! ¡Basta! —gritó el abad—. La romperá. Devuélvamelo.

El jefe de bomberos soltó un resoplido y le entregó el libro.

—¿Cree que es una Biblia? —preguntó.

—No, no me lo parece.

—Entonces, ¿qué es?

—No lo sé, pero esta mañana tengo asuntos más importantes que atender. Lo dejaré para otro día.

Sin embargo no olvidó allí el libro. Lo guardó bajo el brazo, lo llevó a su despacho y extendió una toalla blanca sobre la mesa. Depositó el libro sobre ella y acarició con cuidado la imagen del santo antes de encaminarse a la iglesia a toda prisa para dirigir el oficio de prima.

Al cabo de tres días, un coche de alquiler atravesó la verja de la abadía y aparcó en un espacio libre para visitantes en el instante en que el GPS del salpicadero le informaba de que había llegado a su destino.

—Gracias, ya lo sé —replicó el conductor a la voz femenina.

Hugo Pineau bajó del coche y, a pesar de las gafas de diseño que llevaba, parpadeó por culpa del sol de mediodía que se alzaba por encima del campanario de la iglesia como el punto de una «i». Cogió el maletín del asiento trasero y se estremeció con cada paso que dio sobre la grava debido al desgaste prematuro que iban a sufrir las suelas de cuero nuevas.

Odiaba esas visitas obligatorias a clientes que vivían en el campo. En otras circunstancias podría haberle encargado el trabajo a Isaak, su gerente de desarrollo comercial, pero el condenado ya había empezado las vacaciones de agosto. Había sido el propio arzobispo de Burdeos, un cliente importante, quien había recomendado a Restauraciones H. Pineau, de modo que no les había quedado más remedio que ponerse manos a la obra de inmediato y proporcionar un servicio de primera clase.

La abadía era un edificio grande y bastante imponente. Situada en un enclave verde de bosques y pastos, alejada de la carretera D, destacaba por unas líneas arquitectónicas limpias. Aunque el campanatio de la iglesia databa del siglo X o anterior, la abadía, tal y como era en la actualidad, fue construida en el siglo XII por una orden cisterciense y fue ampliandose de forma periódica hasta el XVII. Tenía, por supuesto, instalaciones del siglo XX, como el cableado eléctrico y las cañerías, pero el complejo apenas había cambiado en los últimos cientos de años. La abadía de Ruac era un excelente ejemplo de arquitectura románica con piedra caliza blanca y amarilla extraída de los afloramientos cercanos que abundaban por encima de la llanura de Vézère.

La catedral era de proporciones perfectas y tenía la típica planta cruciforme. Mediante una serie de pasillos y patios estaba conectada con los demás edificios de la abadía: los dormitorios, la sala capitular, la casa abacial, el muy bien cuidado claustro, el antiguo caldario, la vieja cervecería, el palomar y la forja. Y la biblioteca.

Uno de los monjes acompañó a Hugo directamente a la biblioteca, aunque podría haberla encontrado sin problemas con los ojos vendados; gracias a su trabajo había aprendido a identificar el olor de los incendios extinguidos unos días antes. El joven monje eludió con educación el tímido intento por parte de Hugo de charlar sobre el espléndido día de verano que hacía y la tragedia del incendio. Se limitó a acompañarlo hasta el lugar donde se encontraba dom Menaud y se despidió con una inclinación de la cabeza. El abad lo esperaba entre montones de libros humeantes y empapados.

Hugo chasqueó la lengua en un gesto cómplice al ver la devastación y le ofreció su tarjeta. Era un hombre pequeño, fornido, de unos cuarenta años y al que no le sobraba ni un gramo de grasa. Tenía la nariz ancha, pero por lo demás presentaba unos rasgos que parecían cincelados y era bastante atractivo. Era un hombre elegante, muy bien peinado y cortés; llevaba una americana marrón ceñida y abotonada, unos pantalones marrón claro y una camisa blanca, del mejor algodón egipcio y con el cuello abierto, que relucía en contraste con su piel. Además, desprendía un olor a almizcle de colonia cara. El abad, por su parte, llevaba el típico hábito holgado y sandalias, y desprendía un olor a las salchichas del almuerzo y a sudor. Parecía como si una distorsión del espacio-tiempo hubiera unido a aquellos dos hombres.

—Gracias por venir desde París —dijo dom Menaud.

—No hay de qué. Es mi trabajo. Y cuando llama el arzobispo, corro.

—Es un buen amigo de nuestra orden —añadió el abad—. Les estamos muy agradecidos por la ayuda que nos han prestado ambos. No se quemó demasiado —dijo, y señaló la sala—. Lo más importante son los daños causados por el agua y el humo.

—Bueno, poco podemos hacer con los desperfectos provocados por el fuego, pero en cuanto al agua y el humo, los daños se pueden reparar siempre que uno posea el conocimiento y las herramientas adecuadas.

—Y el dinero.

Hugo rió, nervioso.

—Bueno, sí, el dinero también es un factor importante. Si me lo permite, dom Menaud, me alegra poder conversar con usted de forma tan normal. Es la primera vez que trabajo con monjes trapistas. Creía que tal vez mantenían, bueno, el voto de silencio. Me imaginaba pasándonos notas el uno al otro.

—Esa es una idea equivocada, señor Pineau. Intentamos mantener cierta disciplina, hablar solo cuando es necesario, evitar las conversaciones frívolas e innecesarias. Creemos que las charlas ociosas nos distraen de nuestro objetivo espiritual y nuestra actividad monástica.

—Estoy de acuerdo con usted, dom Menaud. Estoy deseando ponerme manos a la obra. Permítame que le explique cómo trabajamos en Restauraciones H. Pineau. ¿Le parece que empecemos evaluando la situación y que establezcamos un plan de trabajo?

Se sentaron a la mesa de lectura mientras Hugo comenzaba una clase individual sobre la restauración de los materiales dañados por el agua. Cuanto más viejo era el libro, le explicó, mayor era su capacidad de absorción de agua. Un material de la antigüedad como el que había en la abadía podía absorber hasta un doscientos por ciento de su peso en agua. Si se tomaba la decisión de restaurar, por ejemplo, cinco mil volúmenes empapados, ¡se sacarían unas ocho toneladas de agua!

El mejor método para restaurar libros mojados consistía en congelarlos y luego someterlos a un proceso de liofilización en vacío y bajo unas condiciones controladas con sumo cuidado. El pergamino y el papel acostumbraban a quedar en un estado excelente, pero, dependiendo de los materiales y de lo mucho que se hubieran hinchado, cabía la posibilidad de que hubiera que cambiar las tapas. Los tratamientos fungicidas constituían una parte esencial del proceso para combatir la expansión del moho, pero su empresa había perfeccionado una serie de técnicas que les permitían matar los microbios mediante la introducción de gas de óxido de metileno en los ciclos de secado de sus tanques de liofilización de tamaño industrial.

Hugo respondió a las preguntas del abad, siempre bien razonadas, y luego abordó el delicado tema del coste. A modo de introducción le recitó el discurso habitual de que era más rentable sustituir los volúmenes que aún estaban a la venta y someter únicamente a técnicas de restauración los más antiguos e irreemplazables. Entonces le dio un cálculo aproximado del coste habitual por cada mil libros y observó el rostro del abad para adivinar su reacción. Por lo general, en ese momento del discurso el conservador o el bibliotecario empezaba a sudar, pero el abad se mostró impasible y no lanzó ninguna maldición.

—Tendremos que establecer prioridades, claro. No podemos restaurarlo todo, pero debemos salvar la historia sagrada de la abadía. Encontraremos la manera de pagar. Podemos recurrir al dinero que habíamos ahorrado para reparar el tejado. Podemos vender algunos cuadros. Hay un libro, una traducción al francés antiguo de la Regla de san Benito de la que detestaríamos desprendernos, pero… —Lanzó un suspiro de pena—. Y usted también podría ayudarnos si nos ofreciera un precio que se ajustara a nuestra categoría eclesiástica.

Hugo sonrió.

—Por supuesto, dom Menaud, por supuesto. Echemos un vistazo a los libros, ¿le parece?

Pasaron la tarde hurgando en los montones de libros húmedos, haciendo un inventario aproximado y estableciendo un sistema de clasificación basado en la evaluación del abad del valor histórico de cada volumen. Al final, el monje joven les sirvió un té con galletas y el abad aprovechó la oportunidad para señalar un librito envuelto en una toalla. Estaba apartado de los demás, en un extremo de la mesa de lectura.

—Me gustaría conocer su opinión sobre este ejemplar, señor Pineau.

Hugo dio un largo sorbo al té antes de ponerse unos guantes de látex. Desenvolvió el libro e inspeccionó la elegante encuadernación en cuero rojo.

—¡Vaya, se trata de algo especial! ¿Qué es?

—A decir verdad, no lo sé. Ni tan siquiera sabía que lo teníamos. Uno de los bomberos lo encontró en el interior de la pared. La tapa estaba pegada y no he querido forzarla.

—Una buena decisión. Es una regla fundamental a menos que sepa lo que hace. Está muy saturado, ¿no? Fíjese en la mancha verde de los bordes de las páginas, aquí y aquí. Y aquí hay otra más pequeña, roja. No me sorprendería que tuviera ilustraciones en color. Los pigmentos de base vegetal pueden extenderse. —Aplicó una leve presión a la cubierta y dijo—: Estas páginas no se separarán si no las sometemos a un proceso de liofilización, pero tal vez pueda levantar la tapa para ver la guarda. ¿Me permite?

—Si puede hacerlo sin dañarlo…

Hugo sacó una bolsa de cuero del maletín y la abrió. Contenía una colección de herramientas de precisión con puntas, cuñas y ganchos, cual un equipo de disección o de dentista. Eligió una espátula diminuta con una hoja finísima, la introdujo bajo la cubierta y avanzó milímetro a milímetro con la mano firme de un ladrón de cajas fuertes o de un artificiero.

Dedicó cinco minutos a liberar el perímetro de la tapa, introduciendo la espátula alrededor de un centímetro por todo el borde, y luego, tirando con suavidad, la tapa se despegó del frontispicio y se abrió.

El abad se inclinó sobre el hombro de Hugo y soltó un grito ahogado cuando ambos leyeron la inscripción en negrita de la guarda, con una caligrafía fluida y firme:

Ruac, 1307

Yo, Bartolomé, fraile de la abadía de Ruac, tengo doscientosveinte años y esta es mi historia.

2

A medio camino entre Burdeos y París, en el compartimiento de primera clase del TGV, Luc Simard libraba una batalla campal entre los dos intereses que lo consumían de forma permanente: el trabajo y las mujeres.

Estaba sentado en el lado derecho del vagón, en la hilera de un único asiento, revisando un artículo suyo sometido a revisión por pares en Nature. Las vistas del campo verde pasaban a toda velocidad al otro lado de las ventanas tintadas, pero no podía reparar en el paisaje mientras se esforzaba por encontrar la expresión adecuada en inglés que le permitiera expresar sus conclusiones. Hace tan solo cuatro años, cuando vivía en Estados Unidos, ese bloqueo habría sido inconcebible; le resultaba increíble lo rápido que se podían oxidar esos conocimientos cuando no se utilizaban, incluso para alguien bilingüe de verdad como él.

Había visto a dos mujeres preciosas, sentadas una junto a la otra en el lado izquierdo del vagón, un par de filas más adelante, que se volvían una y otra vez, sonreían y charlaban entre sí, tan alto que podía oírlas.

—Creo que es una estrella de cine.

—¿Cuál?

—No lo sé. Quizá es un cantante.

—Ve y pregúntaselo.

—No, ve tú.

Habría sido facilísimo recoger los papeles e invitarlas a tomar algo en el vagón restaurante. Luego, indefectiblemente, tendría lugar el intercambio de números de teléfono antes de bajar en la estación de Montparnasse. Quizá una de ellas, quizá ambas, podría quedar para más tarde y tomar una copa después de la cena con Hugo Pineau.

Sin embargo debía acabar el artículo como fuera y luego preparar una clase antes de volver a Burdeos. No tenía tiempo para esa reunión improvisada, algo que ya le había dicho a Hugo, pero su viejo compañero de escuela le había pedido, le había suplicado literalmente, que sacara tiempo de donde pudiera. Tenía que enseñarle algo y tenía que hacerlo en persona. Le había prometido que no se llevaría una decepción y, en cualquier caso, iban a darse un buen banquete por los viejos tiempos. Y, ah, sí, viaje en primera clase y una buena habitación en el Royal Monceau, cortesía de la empresa de Hugo.

Luc volvió a concentrarse en el artículo, un estudio sobre cinética de poblaciones en los cazadores recolectores europeos durante el Máximo Glacial del Paleolítico Superior. Era increíble pensar que hace treinta mil años solo había unos cinco mil humanos en Europa, si los cálculos de su equipo eran correctos. Cinco mil almas, ¡un número peligrosamente cercano al cero! Si esas pocas personas no hubieran encontrado un refugio lo bastante bueno para protegerse del frío entumecedor en el Périgord, Cantabria y las costas ibéricas, ninguna de esas mujeres que no paraban de reír, ni nadie más, estaría ahí hoy.

Sin embargo, las mujeres siguieron lanzándole miraditas y murmurando sin tregua. Al parecer estaban aburridas, o quizá él era un tipo irresistible, con sus facciones duras, la melena negra que le caía sobre el cuello de la camisa, la barba recia de dos días, el lápiz colgando de los labios como un cigarrillo, las botas camperas que sobresalían por debajo de los vaqueros ajustados y ocupaban medio pasillo. En algunos aspectos parecía más joven, pero las gafas para leer servían de contrapunto y le conferían un aspecto que se adecuaba más al profesor de cuarenta y cuatro años que era en realidad.

Una última sonrisa furtiva de la más guapa de las dos chicas, la que estaba sentada en el pasillo, acabó haciendo mella en su débil resistencia. Suspiró, guardó los papeles y dio tres pasos largos para acercarse hasta ellas. Le bastó con un simpático «Hola».

—Hola. Mi amiga y yo nos estábamos preguntando quién es —balbució la chica del pasillo.

—Luc, ese soy yo —dijo él con una sonrisa.

—¿Es actor de cine?

—No.

—¿De teatro?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué es?

—Soy arqueólogo.

—¿Como Indiana Jones?

—Efectivamente. Como él.

La chica del pasillo miró fugazmente a su amiga y le preguntó al profesor:

—¿Le gustaría tomar un café con nosotras?

Luc se encogió de hombros y pensó en el artículo inacabado.

—Sí, por supuesto —respondió—. ¿Por qué no?

3

El general André Gatinois estaba caminando con paso enérgico por el cementerio Père Lachaise, tal y como tenía por costumbre a la hora de comer cuando hacía buen tiempo. Con los cincuenta años cumplidos cada vez le resultaba más difícil mantenerse en forma, y a menudo le parecía necesario saltarse la comida y caminar unos cuantos kilómetros.

El cementerio, el más grande de París, era el más visitado y probablemente el más famoso del mundo, la última morada de gente como Proust, Chopin, Balzac, Oscar Wilde y Molière. Gatinois no soportaba que también albergara los restos de Jim Morrison, y expresaba sus quejas en persona al administrador del cementerio cuando veía que otro fan atontado de los Doors había pintado la palabra JIM junto con una flecha en alguna pared.

El cementerio se encontraba a solo un kilómetro de su oficina, situada en el boulevard Mortier, del distrito 20, pero para poder pasar el máximo tiempo posible en zona verde le pedía a su chófer que lo llevara a la puerta principal y que lo esperara hasta que hubiera acabado el paseo. La matrícula diplomática de su Peugeot 607 negro le garantizaba que la policía no molestaría al chófer.

El cementerio era enorme, de unas cincuenta hectáreas, y Gatinois podía elegir entre un número de rutas casi infinito. En un día soleado de finales de verano, las hojas de los árboles empezaban a cambiar de color y crujían de un modo agradable mecidas por la brisa. Caminó entre la marabunta de turistas, aunque su elegante traje azul, el peinado al estilo militar y su postura rígida destacaban entre los vaqueros y sudaderas de la vulgar mayoría.

Ensimismado en sus pensamientos, se había adentrado algo más de lo habitual en el cementerio, de modo que aceleró el paso para asegurarse de que llegaba a tiempo a la reunión semanal de personal. De repente vio un panteón especialmente grande y ornamentado en un montículo, y se detuvo un instante. Era de estilo bizantino, no tenía paredes y albergaba una serie de sarcófagos adornados con un hombre y una mujer medievales en marmóreo reposo. La tumba de Eloísa y Abelardo. La pareja de amantes desdichados del siglo XII que definían tan bien el concepto de amor verdadero que, con el fin de recibir un homenaje nacional, sus restos se ...