Loading...

LORD COCHRANE Y LA HERMANDAD DE LAS CATACUMBAS

Gilberto Villarroel

0


Fragmento

Prólogo

Las Catacumbas de París

1826

Apenas le quitaron la venda, Jean-Baptiste Dallier abrió los ojos con la esperanza de identificar el lugar en el cual lo habían encerrado sus captores. Estaba muy cansado tras tantos días de golpes y otras torturas. Lo primero que vio fueron sus pies desnudos, cubiertos de llagas, y sus pantalones, sucios a tal punto que era imposible identificar el color original de la tela. Manchas de polvo, orina, excrementos y sangre se mezclaban en un collage siniestro que, de seguro, debía oler muy mal, aunque después de tantos días de fatigas y privaciones había dejado de preocuparse por ese tipo de detalles, sobre todo porque era incapaz de sentir algo más que dolor.

Pero esta vez fue distinto. Todos sus sentidos se mantenían en alerta, porque sabía que algo importante estaba por ocurrir. Había estado encerrado durante dos semanas en el sótano de una iglesia, luego lo habían engrillado y empaquetado como a un fardo de ropa, lo habían cargado en el baúl de un carruaje y lo habían sacado media hora más tarde en las mismas condiciones, como si fuese un bulto. No sintió el calor del sol. Calculó que ya era de noche y que estaban en algún lugar solitario. Lo bajaron con cuerdas a través de un hoyo, diez o veinte metros, no sabría decir cuánto, hasta que se golpeó contra el suelo, que sintió cubierto de gravilla. Luego, lo cargaron entre dos soldados —porque sus captores eran soldados, eso lo tenía muy claro— y lo llevaron a través de un túnel.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El aire en aquel lugar subterráneo era tibio, más temperado que en la superficie. Escuchaba el sonido de gotas de agua que escurrían desde el techo, quizás debido a la humedad, quizás debido a filtraciones. Las gotas no caían directamente sobre el suelo, algo se interponía en su camino. Se escuchaban crujidos similares a los de ramas secas.

Los soldados le levantaron los brazos y engancharon sus grilletes a una pilastra. En la misma columna, por encima de su cabeza, pusieron una antorcha. Luego, le quitaron la venda y su mentón, debido al cansancio, se hundió en su pecho. Se quedó en esa posición, mirándose los pies. Escuchó irse a los soldados caminando de regreso a través del túnel. Sus botas hacían eco sobre la gravilla. Pero no se atrevía a levantar la vista, porque sabía que no estaba solo. «Él» estaba ahí. Alcanzaba a ver dos botas negras de montar frente a sus pies desnudos y sabía que El Coronel —como lo llamaban sus hombres— seguía a su lado y lo estaba observando.

Jean-Baptiste era un hombre inteligente y comprendía que si lo habían encadenado y que si El Coronel se había quedado a solas con él, no era más que para despedirse. Y eso significaba que no tenía escapatoria: había llegado hasta el final del camino. ¿Lo mataría con su espada, que manejaba tan bien? ¿O con alguno de los puñales con que lo había torturado? ¿Lo dejaría morir de hambre en aquel lugar abandonado?

El Coronel agarró con fuerza su pelo, le levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Jean-Baptiste vio su sombrero negro, sus ojos de ave de rapiña, su sonrisa torcida y estuvo seguro de que aquel hombre, si podía llamársele así, estaba disfrutando intensamente ese momento. Sintió asco. El Coronel tal vez adivinó sus pensamientos, porque de inmediato la sonrisa se le borró y lo soltó. Jean-Baptiste apoyó nuevamente su mentón sobre el pecho, cerró los ojos y se preparó para lo peor.

—Vive l’Empereur! —gritó, con las últimas energías que le quedaban.

Pero no pasó nada. El Coronel dio media vuelta y, al igual que los soldados, también se fue. Sus pasos se perdieron a través del túnel.

Aprovechando la luz que emitía la antorcha, Jean-Baptiste levantó la cabeza y paseó la mirada a través del lugar. Era una habitación circular, excavada en la roca viva. Los muros parecían tener muchos agujeros. Tuvo que forzar la vista para descubrir que los agujeros eran las cuencas vacías de los cráneos de docenas, cientos de esqueletos que se amontonaban, perfectamente apilados, desde el suelo hasta el techo. Era una intrincada armazón en la cual las cabezas se sostenían, alineadas en varias capas, sobre una base de ramas secas. No, no eran ramas. Miró de nuevo. Eran huesos, porosos y amarillentos restos humanos, lo que servía de sustento a aquella trama macabra.

Gracias a esta aterradora visión, Jean-Baptiste supo que estaba en las Catacumbas de París.

La habitación circular estaba atravesada por un pasillo que, por ambos lados, conectaba con el interior de las catacumbas. Al centro había un pozo, cuyos bordes de piedra sobresalían casi un metro y medio por encima del suelo.

Jean-Baptiste recordaba haber escuchado hablar sobre las catacumbas, aunque nunca antes había descendido hasta ellas. Pero era la primera vez que se enteraba de la presencia de un pozo en aquel lugar. Se preguntó si aún tendría agua, quién lo habría construido y para qué.

Escuchó un chapoteo, pero el sonido venía de muy lejos, como si el pozo fuese muy profundo y el agua estuviese docenas de metros más abajo. Luego oyó una respiración pesada y el sonido metálico de varias herramientas —eso creyó él— que golpeaban por dentro las paredes de piedra de la antigua perforación. Por un momento pensó que se trataba de un cantero —porque había escuchado que las catacumbas fueron, en su origen, canteras— y tuvo la esperanza de que sería rescatado. Pero rápidamente desechó aquella idea. ¿Quién podría estar trabajando de noche en aquellos laberintos y sin el apoyo de otros compañeros? Tampoco veía cuerdas o maderos que sirviesen de escalera para salir del pozo. Pero el chirrido sobre las piedras se oía cada vez más cercano y quienquiera que fuese el que se acercaba, hacía un gran esfuerzo para abrirse camino a través de la parte vacía del pozo hasta la superficie.

Una sombra golpeó con fuerza la reja que cerraba el pozo. Sí, había una reja circular, pero los soldados de El Coronel habían tomado la precaución de dejarla sin llave poco antes de irse. Gracias a eso, el visitante asomó una mano por entre los barrotes y comenzó a levantarla. Fue entonces cuando Jean-Baptiste descubrió que el recién llegado no llevaba ningún tipo de equipamiento consigo. Ni vestimenta alguna.

Incluso antes de que su mente comprendiese lo que iba a ocurrir, su instinto lo había hecho gritar. Mientras crecía el volumen de sus desesperados alaridos, lo vio salir del pozo y, bajo la luz de la antorcha, Jean-Baptiste confirmó su peor sospecha.

No eran herramientas lo que el extraño tenía en las manos.

Eran garras.

PRIMERA PARTE

Lord Cochrane en el Louvre

París, 1826

1

Eran pasadas las seis de la tarde del 4 de febrero de 1826 cuando Lord Thomas Alexander Cochrane, almirante en retiro de las escuadras de Chile y Brasil, llegó hasta la entrada principal del Palacio del Louvre. La oscuridad invernal había caído sobre París quince minutos antes y un viento helado mantenía las calles casi desiertas.

Bien envuelto en el mismo abrigo de lana con que había ingresado doce años antes a la prisión londinense de King’s Bench, el marino escocés caminó dando grandes zancadas hasta llegar frente a la puerta del museo, donde presentó ante los guardias las credenciales que lo identificaban, bajo un nombre falso, como secretario del cónsul británico en París.

No le agradaba usar este tipo de artilugios fuera del campo de batalla. Pero tras darle varias vueltas al asunto había decidido que mientras estuviese en Francia, o en cualquier otro país de Europa, estaba obligado a mentir, pues lo que estaba en juego era ni más ni menos que su propia seguridad. Por segunda vez en su vida era un fugitivo de la justicia británica y cualquier precaución que pudiese tomar, en una capital como París, era poca, comparada con los riesgos que corría.

Las razones de este conflicto se remontaban hasta 1814, aquel año fatídico en que tras un rápido juicio —realizado en agotadoras sesiones nocturnas que no dejaron tiempo a sus abogados defensores para preparar sus alegatos— fue encontrado culpable del fraude perpetrado por un sindicato de inversionistas en contra de la Bolsa de Comercio de Londres. Tanto él como su tío Andrew Cochrane-Johnstone tenían participación en ese grupo de inversionistas. Le fue imposible convencer al juez de su inocencia.

La sentencia judicial fue un huracán que arrasó con la vida que había construido hasta entonces.

Inmediatamente después de conocerse el fallo, Lord Cochrane fue expulsado de la Royal Navy.

La dura sanción fue apenas el comienzo. No solo tuvo que colgar su uniforme de capitán. También fue obligado a devolver la condecoración real que le otorgaba el grado de Caballero de la Orden de Bath, distinción que había ganado por mérito propio en 1809, tras hundir a casi la mitad de la flota de Napoleón frente a la Île d’Aix, en Basque Roads, en la costa occidental de Francia. Era la primera vez en los anales de esta antigua orden de caballería que se adoptaba un castigo de tal envergadura. Pero la decisión había emanado directamente desde la Corona y eso significaba que no era debatible ni apelable.

El escudo de armas de la familia Cochrane fue descolgado a medianoche desde la señorial pared de madera delante de la cual se sentaban los caballeros de Bath, en la capilla de Henry VII, ubicada detrás de la nave central de la catedral de Westminster Abbey.

Un funcionario pateó el escudo a través de la capilla y siguió empujándolo escaleras abajo, a través de toda la nave central del antiguo templo, hasta que pasó bajo el arco de la puerta principal y quedó tirado sobre la calle, como un desecho, para que cualquier peatón de Londres pudiese caminar sobre él o escupirlo.

Fue una humillación que salpicó a toda su familia, ensuciando el buen nombre de sus ancestros escoceses y, para su desdicha, muy especialmente el de su padre Archibald, el noveno conde de Dundonald, que todavía estaba vivo y que hasta el momento no tenía más capital que su honor, pues la fortuna la había dilapidado en inventos demasiado avanzados para su época, ingenios que nadie quiso comprar o que algunos prefirieron copiar para presentarlos como propios.

Después del fallo judicial, Lord Cochrane fue enviado a la cárcel de King’s Bench.

Se fugó al año siguiente, en marzo de 1815, cuando le faltaban apenas tres meses para completar su condena.

La policía lo buscó en todos los barrios de Londres. Pero él ya no estaba en Inglaterra. Se había lanzado en una aventura descabellada en suelo enemigo, con el fin de realizar alguna acción heroica que le permitiese limpiar su honor.

Lord Cochrane no le contó a nadie, ni siquiera a su esposa Kitty, sobre su escapada a comienzos de abril hacia la costa de Francia a bordo del prototipo de un buque de guerra a vapor, el Rising Star, que él mismo había diseñado y financiado. Más tarde justificaría la pérdida del barco diciendo que se había hundido durante unas pruebas en el canal de La Mancha, lo cual no era cierto.

Pocas semanas después de su fuga de la cárcel, regresó a Londres, se presentó de improviso en el Parlamento y, apelando a su fuero como representante del distrito de Westminster, se sentó en su escaño, dispuesto a continuar con su trabajo legislativo. Pero el marshall de King’s Bench, que había ofrecido una recompensa de trescientas guineas por su captura, ingresó al recinto y, tras un rápido pero intenso forcejeo, lo llevó aquel mismo día de regreso a la cárcel.

Tras el bochornoso incidente, en votación dividida, sus colegas lo expulsaron definitivamente de la Cámara de los Comunes. Se había convertido en un paria.

Casi once años habían transcurrido desde entonces. Ahora que había regresado a Europa, Lord Cochrane calculaba, con justa razón, que todas sus actuaciones en el continente debían estar cubiertas por el secreto pues, en caso contrario, se exponía a ser arrestado por la policía francesa, devuelto al Reino Unido y castigado bajo las normas de The Foreign Enlistment Act, una norma del gobierno de Su Majestad que prohibía a los oficiales británicos luchar bajo la bandera de otro país.

Él ya había violado esta regla dos veces durante la última década.

Primero lo hizo en 1818, cuando viajó hasta Valparaíso y fue contratado por el Director Supremo de la República de Chile, el general Bernardo O’Higgins, para comandar la primera Escuadra Nacional, que más tarde se convertiría en la Expedición Libertadora del Perú.

La segunda vez fue en 1823, cuando aceptó la invitación del emperador del Brasil, Don Pedro I, y se instaló en Río de Janeiro, donde fue nombrado almirante de la flota.

Y ahora, durante aquellos agitados días del invierno de 1826, estaba a punto de hacerlo por tercera vez, según los rumores que circulaban tanto en Londres como en París.

En las camarillas militares europeas, y también en algunas embajadas, se comentaba que los rebeldes griegos que se habían sublevado contra el Imperio turco esperaban impacientemente a Cochrane en el mar Egeo para nombrarlo almirante de su flota —una armada casi inexistente— con la esperanza de que los ayudase a luchar por su independencia.

Las negociaciones no habían sido fáciles y, para contar con sus servicios, los griegos estaban dispuestos a acceder a sus exóticos caprichos, como la compra de buques a vapor, tecnología que Cochrane insistía en presentar como el futuro de la navegación y cuya utilidad a los griegos les parecía más que dudosa.

Los desesperados rebeldes también habían prometido que le pagarían todo el dinero que pidiese, aunque hasta las ofertas más generosas aún le parecían exiguas al insaciable marino, quien había sido criado en Culross, Escocia, en medio de una austeridad demasiado parecida a la pobreza. A pesar de todo, ambas partes estaban a las puertas de llegar a un acuerdo.

Pero había un problema adicional: Francia era todavía un aliado del Imperio turco, al menos oficialmente. Así que si los franceses llegaban a descubrir su presencia en París podrían arrestarlo en un abrir y cerrar de ojos, y de esta forma complacerían al mismo tiempo tanto a los turcos como a los ingleses.

Aquella tarde de febrero, los guardias del Louvre escucharon con cierta admiración la manera correcta en que el pretendido secretario del cónsul británico pronunciaba cada palabra en francés, notaron las finas terminaciones de su abrigo de lana —sin reparar en que bajo la luz diurna habría evidenciado el desgaste en los codos y la pérdida de color en el tejido, que años antes era de un elegante tono gris perla—, y permanecieron en todo momento absortos ante la cordialidad de sus modales de noble. También los impresionó su estatura, que calcularon cercana a los dos metros, y la energía incansable que irradiaban sus ojos azules, aunque su pelo de color rojizo arenoso, que dejaba entrever por aquí y por allá algunas canas, delataba que ya no era un hombre tan joven. Lo mismo podía intuirse al observar su espalda, que lucía levemente encorvada, aunque no era fácil adivinar si eso se debía a los achaques de la edad o a otra razón más simple, pues era algo propio de los hombres altos acostumbrarse a caminar de esa manera, a fuerza de agacharse todo el tiempo para escuchar a sus interlocutores.

Sin razones para dudar de la veracidad de lo que aquel gentleman les estaba informando, leyeron una sola vez el salvoconducto bajo la luz de un farol, miraron por encima los sellos del consulado e inmediatamente autorizaron su entrada.

Lord Cochrane iba a reunirse con uno de los curadores, el más famoso y respetado del museo. Pero el marino corría un riesgo enorme, porque en realidad era él quien había tomado la iniciativa y su contraparte aún no estaba al tanto de esta cita. Tendría que manejar muy bien la situación cuando estuviese cara a cara con aquel importante personaje, para que el engaño no fuese descubierto ni por los guardias ni por los funcionarios del museo quienes, de seguro, iban a estar observándolos.

Uno de los guardias se adelantó para abrir la puerta principal.

Lord Cochrane se llevó la mano derecha al sombrero, como saludo de despedida. Debido a que nunca se quitó los guantes, los guardias tampoco tuvieron tiempo para observar los abundantes callos enquistados en las articulaciones de sus manos de veterano marino, otro detalle que tal vez los habría hecho dudar de su condición de diplomático. En realidad, y sin estar conscientes de ello, estaban parados frente a una leyenda viviente de las guerras napoleónicas: The Sea Wolf, para los ingleses; Le Loup des Mers, para los franceses, y El Diablo, para los españoles.

Ajenos a cualquier duda, los guardias entrechocaron los tacones de sus botas y lo dejaron partir.

Lord Cochrane se volvió para mirarlos por última vez. Fue entonces cuando vio, a unos veinte metros de la puerta principal, a un grupo de jornaleros que descendía de una carreta y caminaba también en dirección a la puerta. Cada uno de ellos cargaba al hombro un voluminoso saco.

Echó un vistazo en dirección al Sena, como si su nariz estuviese esperando que el viento le llevase el olor del río. Al mismo tiempo sus oídos escucharon el sonido ronco, parecido a una estampida de caballos salvajes, del caudal amenazante del río y, ya que estaba solamente de paso por la ciudad, se preguntó si aquello sería así durante todo el invierno o si era más bien la manifestación de un fenómeno pasajero.

Luego miró hacia el cielo, donde comenzaban a amontonarse nubes grises que ocultaban las primeras estrellas; vio la hora en el reloj de bolsillo, que era el único recuerdo que le había dejado como herencia su anciano padre, e ingresó, con la calma propia del funcionario diplomático que aparentaba ser, al interior del palacio real más grande de Francia.

*

Una vez que Lord Cochrane cruzó la puerta principal del Louvre, fue recibido por otro guardia, quien lo llevó a través de un laberinto de pasillos y salones, cada uno más grande que el anterior. El palacio seguía siendo una obra arquitectónica imponente, aunque no fuese ya el hogar del rey.

Todos los edificios importantes de París tienen una biografía enrevesada, pero las salas de este museo reflejaban, de una manera singular, los avatares de la historia reciente de Francia.

Durante los primeros años de la Revolución, el Louvre había sido expropiado y convertido en el Museo de la República. Las primeras colecciones se formaron con los tesoros arrebatados a los nobles y al rey Luis XVI.

Tras el advenimiento del Imperio, Napoleón decidió mantener su condición de museo. Lo amplió y agregó el ala norte, paralela a la Rue de Rivoli. Las colecciones del museo volvieron a crecer con los botines de guerra traídos por el Emperador de sus campañas en dos continentes. Y fue él quien embelleció su entorno cuando instaló su domicilio en el Palacio de Les Tuileries, ubicado al lado del Louvre.

En la explanada existente entre ambos palacios, Napoleón construyó una nueva entrada para Les Tuileries: el Carrousel, un imponente arco de triunfo, aunque la cuadriga de caballos de mármol traída desde Venecia con que decoró la parte superior tuvo que ser devuelta a sus legítimos dueños después de la derrota de Waterloo. Pero el arco, como tantas otras imponentes obras arquitectónicas del Imperio, seguía en pie y ya era parte del patrimonio cultural de la ciudad.

Una vez restaurada la monarquía, el Louvre siguió siendo utilizado como museo y perdió para siempre la condición de morada real que había tenido en épocas pretéritas. El rey Luis XVIII optó por quedarse en el Palacio de Les Tuileries —que también tenía una historia trágica, pues había sido el último hogar de Luis XVI y de María Antonieta— y lo habitó hasta su muerte, ocurrida en 1824. El nuevo monarca, Charles X, mantuvo la tradición.

Mientras tanto, el Louvre seguía consolidando su prestigio como museo. Sus colecciones no hacían más que crecer, ahora gracias a las compras realizadas a otros reinos e imperios, según las recomendaciones hechas por los curadores de cada sección.

Sin dejar de maravillarse ante tanto esplendor, Lord Cochrane advirtió señales que indicaban que aquella tarde no era una jornada normal. Inmediatamente notó que los cuadros de la planta baja, en la parte del edificio que rodeaba el patio gigante llamado La Cour Carrée, estaban siendo descolgados por los funcionarios del museo. Pero no eran reemplazados por otras obras, como hubiese sido el caso cuando se prepara una exposición o alguna actividad especial. Más bien parecía como si ellos estuviesen preparando una gran mudanza. Rápidamente ató cabos, comprendió por qué y pensó que, llegado el momento, podría utilizar aquel descubrimiento en su favor.

Al pasar a través de la última sala de la planta baja del edificio principal, el marino escocés y el guardia descendieron por una escalera que llevaba hasta un sótano.

*

Lo primero que Lord Cochrane oyó al llegar a la vieja cava fue el desgarro de una tos crónica. Luego, el sonido de alguien que se sonaba la nariz aparatosamente.

Pasaron unos segundos de silencio hasta que escuchó una voz nasal, caracterizada por un tono educado y a la vez autoritario, que no cesaba de dar órdenes perentorias:

—¡Por favor, señores, tenemos que hacer esto rápidamente! ¡Acá no debe quedar nada!

Lord Cochrane llegó al último escalón y se detuvo. Desde ahí solamente podría ver de espaldas al hombre que daba las instrucciones a media docena de aprendices que, arrodillados en el suelo, hacían sus mejores esfuerzos para envolver antiguas y valiosas estatuas y tablillas egipcias.

No necesitaba ver su rostro para identificarlo. Ya lo había reconocido por su voz, la misma que no oía desde la epopeya que ambos protagonizaron once años antes en Fort Boyard.

Era el profesor Jean-François Champollion.

2

Apenas vio al académico, Lord Cochrane revivió en su mente las imágenes de los sucesos acaecidos en la costa occidental de Francia en 1815, durante aquellos turbulentos días de abril en que el marino escocés todavía era un prófugo de la cárcel de King’s Bench.

Champollion y Lord Cochrane se habían conocido en Fort Boyard, una mole de piedra construida sobre un banco de arena en medio de la Rade des Basques (Basque Roads o Aix Roads para los ingleses). El audaz marino escocés se dejó capturar por la Guardia Imperial de Napoleón con el único objetivo de inspeccionar por dentro aquel fuerte.

Fort Boyard era un erizo de cañones que apuntaban en todas direcciones, un château diseñado a imagen y semejanza de la potencia de fuego de un navío de tres puentes. Un «navío de piedra», como lo llamaban los soldados, inmóvil, sin mástiles ni velas; una delirante idea de Napoleón para llevar su artillería hasta el mar de manera permanente y evitar así que los buques ingleses ingresaran impunemente a la bahía.

El profesor Champollion y su hermano Jacques-Joseph, que en esa fecha era secretario privado del Emperador, habían viajado hasta el fuerte comisionados por el propio Napoleón para investigar ciertos hallazgos arqueológicos que hasta ese momento eran secretos. Pero tanto Lord Cochrane como los hermanos Champollion llegaron en el peor momento posible, cuando Fort Boyard comenzó a ser asediado por peligrosas criaturas que obligaron a Loïc Eonet, el capitán de dragones de la Guardia Imperial que estaba a cargo de la fortaleza, a unir fuerzas con el marino para luchar contra aquella amenaza.

Pocas horas después hubo un terremoto y un islote emergió en el Atlántico, frente a la Rade des Basques. Cuando Lord Cochrane, el capitán Eonet y los hermanos Champollion fueron a explorarlo, encontraron un pozo enorme y profundo que en realidad era algo más: la monumental puerta de acceso a la ciudad perdida de R’lyeh, donde yacía una criatura cuya existencia era anterior a la humanidad y, tal vez, al concepto mismo del tiempo: Cthulhu.

Al igual que Lord Cochrane, el profesor Champollion y su hermano estaban entre los pocos sobrevivivientes del encuentro con aquel ser mitológico. Pero los académicos no eran capaces de defenderse por sí mismos ante una amenaza de tal envergadura. Fue Lord Cochrane quien salvó de la muerte al profesor Champollion cuando el erudito exploraba el interior del pozo. Y pocas horas después, cuando regresaron a Fort Boyard, fue el capitán Eonet quien obligó a los hermanos Champollion a abandonar el fuerte en un bote que los llevó hasta la ciudad costera de Fouras.

Era una medida desesperada para salvar las vidas de ambos eruditos en vísperas de la batalla final contra un dios venido desde las estrellas que ni Cochrane ni Eonet tenían esperanza alguna de ganar. Y que finalmente se resolvió como un inesperado empate cuando Lord Cochrane incendió, con un bote cargado de explosivos, el pozo que servía de acceso a R’lyeh, haciendo que Cthulhu volviese a replegarse en las profundidades de su cubil mientras la ciudad perdida se hundía en el mar hasta desaparecer por completo.

Faltaban menos de tres meses para que se cumplieran los once años exactos desde aquel episodio extraordinario, cuando el marino más audaz de todos los tiempos se enfrentó contra el mayor enemigo de la humanidad.

Nadie había vuelto a avistar el islote. Y el informe sobre la Batalla de R’lyeh que Lord Cochrane había preparado para el Almirantazgo británico seguía sin ser entregado, bien oculto bajo llave en el escritorio de su casa en Londres, debajo de los planos de todos sus inventos, que su esposa Kitty había guardado sin mirar, resignada ya a la idea de que aquellas invenciones no aportarían ingresos adicionales a la familia.

El marino estaba seguro de que sin pruebas tangibles que respaldasen su testimonio, él se convertiría en objeto de escarnio entre sus superiores. La Royal Navy lo declararía oficialmente como un loco y sus esperanzas de ser rehabilitado y reincorporado algún día al escalafón naval para recuperar su rango de oficial y su uniforme, se desvanecerían para siempre.

Por eso, Cochrane había llegado a la conclusión de que al momento de hacer pública su experiencia necesitaría como apoyo el testimonio escrito de un hombre respetable como Jean-François Champollion. O, al menos, cualquier prueba física que el sabio hubiese conservado, como aquellas dos que el capitán Eonet le permitió evacuar a última hora desde Fort Boyard en 1815: la tablilla fosilizada que contenía caracteres más antiguos que los jeroglíficos egipcios y la pequeña figura de arcilla que representaba a Cthulhu, tallada en épocas pretéritas por un artesano desconocido. El capitán Eonet quería que los hermanos Champollion preservasen los hallazgos que habían hecho, años antes, los canteros que construyeron el fuerte.

A lo largo de la última década, mientras viajaba por el mundo y sin importar en dónde estuviese, Lord Cochrane había enviado cada año una carta —primero a Figeac, donde los hermanos Champollion estuvieron exiliados tras la caída de Napoleón, y luego a su hogar en Grenoble— para consultar discretamente a Jean-François sobre este delicado asunto mediante frases cuyo sentido solamente ambos comprenderían. Le escribió desde diferentes ciudades de Chile, Perú y Brasil, sin recibir respuesta alguna.

A comienzos de 1826, renunciado ya a su cargo de almirante de la Escuadra del Imperio del Brasil, Lord Cochrane regresó al Reino Unido. Pero muy pronto tuvo que huir de Inglaterra para no ser arrestado. Y se trasladó a Boulogne, en el lado francés del canal de la Mancha, con el fin de organizar su viaje al mar Egeo. Sus amigos en Londres lo habían convencido de que él era la persona indicada para convertirse en el libertador de Grecia, y él había comenzado a correr detrás de aquel espejismo con la esperanza adicional de ganar una fortuna que le permitiese dar un poco de tranquilidad a su familia. Luego se fue por unos días a París, para ultimar los detalles de la adquisición del prototipo de un vehículo a vapor en el cual estaba particularmente interesado: Le Fardier.

Apenas llegó a la capital francesa contactó a algunos veteranos de las guerras napoleónicas. Varios de sus viejos enemigos habían pasado a ser, después de la derrota de Napoleón en Waterloo, sus compañeros de lucha en las guerras de independencia sudamericanas. Huyendo del cadalso o del desempleo, se habían enrolado como oficiales bajo banderas extranjeras, con el fin de aportar su experiencia en el campo de batalla, y pelearon valientemente a su lado en las campañas que él comandó en Chile, Perú y Brasil. A otros, como al general Henri-Gratien Bertrand, los conocía desde aquel viaje relámpago que había hecho en secreto en 1818 a la isla británica de Saint Helena, un episodio sobre el cual muy pocas personas estaban informadas.

Aquel grupo de oficiales veteranos era un círculo reducido y selecto, donde se habían forjado lealtades incondicionales para toda la vida, basadas en la confianza y en la admiración mutuas.

Gracias a estas buenas relaciones con los militares franceses, Lord Cochrane supo, apenas llegado a París, que el profesor Jean-François Champollion trabajaba ahora como curador en el Museo del Louvre y que andaba buscando una dirección postal a la cual enviarle una carta, porque quería reunirse con él a la brevedad.

Champollion había oído, al igual que varios militares y diplomáticos, que Lord Cochrane estaba de paso por Francia. Pero no sabía dónde encontrarlo.

Para el audaz marino escocés este repentino cambio de actitud por parte de su antiguo compañero de aventuras era una gran noticia. Por cierto que esta vez todo había cambiado, pues quien lo buscaba ya no era el bonapartista caído en desgracia en 1815 tras Waterloo. Champollion era ahora un personaje público, ampliamente conocido, y se había convertido en uno de los sabios más respetados de Francia desde que en 1822 anunciara que, por fin, había descifrado los jeroglíficos egipcios.

Cuatro años habían pasado desde aquel brillante triunfo intelectual de Champollion. Y casi once desde la Batalla de R’lyeh, desde aquella noche del 18 de abril de 1815 en que Lord Cochrane miró de frente los ojos sin párpados ni pupilas del inmortal Cthulhu.

Once años de espera.

Y ahora el profesor Champollion estaba ahí, en un subterráneo del Louvre, dándole la espalda.

Finalmente volvían a encontrarse.

—Bonsoir, monsieur Champollion.

El aludido quedó petrificado al escuchar aquella voz.

Se volvió lentamente y su rostro, normalmente demacrado, palideció todavía más al cruzar la mirada con los vivaces ojos azules de Lord Cochrane.

—¡Milord!...

Se produjo un silencio incómodo, porque Champollion no sabía qué más decir delante de los trabajadores del museo. Lord Cochrane captó su confusión e inmediatamente fue a su rescate.

—Su Excelencia el cónsul británico me envió a visitarlo…, tal como usted lo pidió.

Champollion tosió de nuevo y, mientras lo hacía, comprendió que tenía que seguir el juego.

—Por supuesto. Es muy considerado de su parte. Solamente que yo no esperaba… ehm… que Su Excelencia respondiese tan rápidamente a mi solicitud.

Lord Cochrane miró a su alrededor. Bajó la vista hacia los tesoros arqueológicos a medio envolver que había en el suelo —esculturas que representaban a escribas, faraones y deidades antropomorfas con extremidades animales, por un lado, y una colección de tablillas y papiros escritos con jeroglíficos, por el otro— y luego volvió a mirar al profesor Champollion, como si ese gesto ayudase a fundamentar mejor el contexto de su visita.

—En el consulado pensamos que, debido a la crecida del Sena, era el momento apropiado para adelantar nuestra reunión y ofreceros nuestra ayuda en todo lo que estuviese a nuestro alcance con el fin de proteger el patrimonio del museo.

El rostro del profesor Champollion se iluminó, agradecido de la ingeniosa respuesta con que Lord Cochrane le proponía un camino a través del cual encausar la conversación.

—¡Oh! ¡Por supuesto, claro que sí! Muchas gracias. De verdad se lo agradezco, tanto a usted como a Su Excelencia el cónsul.

—Entiendo que ustedes están muy preocupados por la crecida del río —aventuró Lord Cochrane.

Champollion suspiró aliviado. El diálogo avanzaba en la dirección correcta, al menos mientras hubiese testigos involucrados.

—No solo nos preocupa. Como puede ver, nos estamos anticipando a la emergencia y ya nos hemos preparado para mitigar los efectos de una posible inundación.

—Perdone usted mi ignorancia, pero ¿de verdad piensan que el agua podría llegar hasta acá?.

Ahora Champollion no sabía si Lord Cochrane le estaba tomando el pelo —era famosa su sangre fría en medio de situaciones peligrosas— o si realmente tenía dudas sobre la real amenaza que representaba la crecida del Sena.

—Claro que sí. ¿Vio usted el caudal que trae hoy el río?

—Lo vi.

El profesor Champollion, con la mirada, lo alentó a dar su opinión.

—Es verdad que cubre más de la mitad de los pilares que sustentan los arcos de los puentes, pero no sabría decirle si subirá más —dijo Lord Cochrane.

—Subirá —lo interrumpió Champollion.

—Por cierto, esta tarde ha dejado de llover —continuó Lord Cochrane—. Aunque ahora, antes de entrar al museo, vi que el cielo se está nublando de nuevo. Es probable que tengamos más chubascos.

—Cuente con ello —dijo secamente el erudito.

Lord Cochrane sonrió.

—El clima de París nunca deja de sorprenderme. Hacía mucho frío esta tarde, como si fuese a nevar, pero luego nada ocurrió. Y ahora sopla el viento tibio que anticipa los aguaceros.

—París es así en invierno: el tiempo cambia a cada rato. Lloverá otra vez. Y el río seguirá creciendo. Y se desbordará —insistió Champollion le Jeune.

—¿Cómo puede usted estar tan seguro de eso? ¿Ha sucedido antes? —preguntó Lord Cochrane.

El profesor Champollion levantó el dedo índice y gesticuló como si estuviese dictando una de sus cátedras en la Universidad de Grenoble.

—¡Más de una vez, milord! En verdad, muchas veces a lo largo de la historia de la ciudad. Durante la crecida de 1668, por ejemplo, el agua llegó a una altura de ocho metros con ochenta y un centímetros. Todo el casco histórico de la ville quedó inundado.

—¡Es increíble! —exclamó Lord Cochrane.

—Por eso nos estamos preparando con tanta prisa. ¿Vio usted si ya pusieron los sacos de arena en la entrada?

—Aún no lo han hecho. Pero vi a unos carretoneros, que llegaron al mismo tiempo que yo, descargando unos sacos que parecían ser muy pesados. Supuse que contenían arena.

—¡Excelente! ¡Excelente! —comentó Champollion, pues ahora visualizaba más claramente la manera en que Lord Cochrane había elaborado su ardid, improvisando a partir de lo que había observado al llegar—. Nosotros ya hemos comenzado a trasladar a la primera planta los objetos más preciados de la colección.

—Que deben ser muchos.

—Muchísimos. Si gusta, le puedo enseñar la primera planta.

—Me encantaría verla —respondió Lord Cochrane, tras comprender que Champollion había encontrado por fin un pretexto para que pudiesen conversar a solas.

—Por favor, acompáñeme.

—Avec plaisir —respondió Lord Cochrane, cada vez más ansioso por saber qué razones tenía el profesor Champollion para romper un voto de silencio que había logrado conservar estoicamente a lo largo de once años. Quería develar el misterio cuanto antes.

Pero el guardia del museo, que seguía escoltándolo, también se puso en marcha detrás de él.

El audaz marino estaría obligado a mantener la farsa. Al menos mientras lo estuviesen vigilando.

3

Lord Cochrane, el profesor Champollion y el guardia subieron en silencio la escalera que llevaba desde la cava a la planta baja del Louvre. Una vez ahí, continuaron avanzando hasta el fondo del pasillo, donde comenzaba otra escalera, que ascendía hasta la primera planta.

Champollion, con una linterna en la mano, guiaba a Lord Cochrane a paso rápido, todavía demasiado excitado por el sorpresivo encuentro. De vez en cuando giraba un poco la cabeza para mirarlo de reojo y comprobar si lo seguía de cerca, pero no se atrevía a hacer ningún comentario, temeroso de que el guardia pudiese escuchar una parte inapropiada de la conversación. Tendrían que esperar unos minutos más.

*

Llegaron hasta la primera planta, que era una espaciosa galería en reparaciones, y caminaron a través de ella hasta un rincón donde había varios objetos envueltos. Algunos eran tan pequeños como un catalejo y otros, del tamaño de una persona. Un aprendiz los acomodaba con delicadeza en aquella esquina, uno al lado del otro.

—Bonsoir, monsieurs —dijo el aprendiz apenas los vio llegar.

—Bonsoir —respondieron ambos.

Champollion se adelantó unos pasos y preguntó:

—¿Todo está bien?.

—Todo está bien, monsieur Champollion —respondió el aprendiz.

—Excelente. Por favor baje al sótano, Christophe. Faltan manos para envolver más reliquias.

—Oui, monsieur —respondió el joven—. Con su permiso.

Lord Cochrane y Jean-François Champollion le respondieron con una venia y el aprendiz salió.

—Por favor, acompañe a mi asistente, y ayúdelo a levantar los objetos más pesados. Pero debe hacerlo con mucha delicadeza —ordenó Champollion al guardia.

—Como usted ordene, profesor.

Champollion sacó un manojo de llaves de su abrigo, escogió una y cerró la puerta.

Luego se volvió hacia Lord Cochrane y le dio un gran apretón de manos.

—¡Me alegra tanto verlo, milord!

—¡Igualmente, profesor!— dijo Lord Cochrane.

Champollion retrocedió un poco y lo miró de pies a cabeza.

—¡Luce usted mucho más joven que yo! —comentó, con genuina admiración—. Aunque a mí me siguen llamando le Jeune —bromeó, aludiendo al apodo que le habían puesto años antes en la Universidad de Grenoble para distinguirlo de su hermano mayor, Jacques-Joseph.

—Gracias —respondió Lord Cochrane—. Aunque creo que, en realidad, yo soy mayor que usted.

—¿Es cierto eso?

—Cumplí cincuenta años en diciembre.

—¡Es verdad, es mayor que yo! —dijo Champollion le Jeune, sorprendido, pues él se aprestaba a cumplir recién los treinta y seis en marzo—. Pero, milord, ¡se ve usted como un hombre de no más de cuarenta años!

Era verdad. Tantas aventuras y peligros no habían minado la salud del marino. Por el contrario, le habían ayudado a mantenerse en buena condición física. Lord Cochrane agradeció el cumplido con una sonrisa y preguntó:

—¿Cómo está Jacques-Joseph?

—Muy bien, gracias.

—¿Está en Grenoble?

—Sí, pero debiese llegar pronto a París —respondió Champollion y se notaba que quería decir algo más, pero que le costaba encontrar las palabras adecuadas.

Mientras conversaban, Lord Cochrane reparó en las ojeras de Champollion, en su piel demacrada, en su delgadez poco saludable y fugazmente pensó en que se veía en peores condiciones que durante aquellos días de abril de 1815, cuando estuvieron encerrados juntos en Fort Boyard. Estaba envejeciendo mal.

—Y usted, ¿cómo está, profesor? —preguntó, con la mayor delicadeza de la que era capaz.

Champollion intentó mantener la sonrisa, pero esta se había convertido ahora en una mueca que denotaba una profunda melancolía.

—Bien, a pesar de todo —respondió, al tiempo que un suspiro se le escapaba y la mirada se le perdía más allá de los ventanales del museo.

Luego, volvió a mirar a Lord Cochrane a los ojos y se encogió de hombros.

—Han sido años difíciles para los bonapartistas.

—Lo imagino.

—Usted sabe que, hasta el final, nunca oculté mi simpatía por el Emperador.

—Lo recuerdo perfectamente.

—Y eso me ha costado caro. Muy caro.

Lord Cochrane miró alrededor suyo.

—Pero finalmente sus méritos han sido reconocidos, ¿no es cierto? Ahora es el jefe de este museo.

Champollion sonrió y levantó ambas manos, restando importancia a su cargo, que estaba relacionado con una tarea mucho más específica.

—Oh, no. Soy solamente el conservador del Départament des Antiquités Égyptiennes. Pero, a decir verdad, este puesto era lo único que me interesaba. De hecho, he sido yo quien creó esta sección. Mi nombramiento todavía no es oficial, pero Su Majestad el Rey lo anunciará pronto.

—Lo felicito por sus logros, profesor.

—Muchas gracias, milord. Pero si quien habla de logros es usted, cualquier cosa que uno haga o pueda llegar a hacer palidece al lado de lo que Su Señoría ha hecho. Sus hazañas como almirante de las escuadras rebeldes sudamericanas ya son bien conocidas en toda Europa.

Lord Cochrane sonrió, pero era una sonrisa torcida y sus ojos se achicaban para ocultar la amargura que le quitaba brillo a sus pupilas. Bajó la cabeza un segundo, como si quisiera escapar de los malos recuerdos que lo habían llevado a renunciar definitivamente a las dos flotas que comandara en los mares más australes del mundo. Fue entonces cuando el profesor Champollion notó la curvatura en su espalda y advirtió que le era imposible estar completamente erguido. Lord Cochrane se dio cuenta y, sin esperar la pregunta, adelantó la respuesta.

—Una antigua herida de guerra —dijo en voz alta.

—Lo lamento.

—Por favor, no lo haga. A pesar del dolor, valió la pena.

—¿Puedo preguntar qué fue lo que le pasó?

—Por supuesto. Un centinela me dio un culatazo cuando estaba abordando una fragata española en el Callao, en Perú. Caí de espaldas desde la cubierta del buque hasta mi bote.

El profesor Champollion no pudo evitar un gesto de espanto, imaginando la escena.

—¿Y qué pasó después? —preguntó, llevado por la curiosidad.

—Volví a subir, lo maté de un tiro y me llevé la fragata, mientras desde el puerto y desde los otros buques enemigos nos disparaban al unísono un total de trescientos cañones.

Audaces fortuna juvat, «la fortuna favorece a los audaces», le había dicho Lord Cochrane a Champollion durante aquellos días de 1815, cuando ambos enfrentaron a los esbirros de Cthulhu. Y aquella cita de Virgilio parecía haberse convertido en un mantra que en los años siguientes continuó guiando todas las acciones del marino escocés. Lord Cochrane remató su narración sobre lo sucedido en 1820 en el Callao con un detalle que lo llenaba de orgullo:

—Aquella fragata navega ahora bajo bandera chilena. Champollion le Jeune estaba fascinado con el relato.

—¿Y cómo se llama?

—Esmeralda.

—Es un bello nombre.

—El general San Martín, quien a final de cuentas resultó ser mi peor enemigo político tanto en Chile como en el Perú, insistió en cambiarlo por Cochrane. Pero yo me opuse. Y entonces nos obligó a llamarla Valdivia. Pero no vale la pena que me detenga en aquellos penosos detalles, que no son suficientes para empañar el valor de aquel triunfo.

—¡Es una gran historia, sin duda alguna!

—Ciertamente que lo es. Y usted, profesor, ¿cumplió ya su sueño de viajar a Egipto?

Champollion se ruborizó levemente ante la pregunta, hecha de la manera tan directa que caracterizaba siempre todas las actuaciones de Lord Cochrane. Tosió una vez, bajó la cabeza y habló lentamente, escogiendo cada palabra:

—Lamentablemente, todavía no he podido hacerlo, milord. Pero ahora que he conseguido un poco de estabilidad financiera y, considerando la naturaleza de mi actual cargo, he convencido a las autoridades del museo para que organicemos una expedición de aquí a uno o dos años como plazo máximo.

—Bien. Muy bien.

—Usted lo ha dicho: es el sueño de toda mi vida.

—¡Entonces vaya tras él! —lo animó Lord Cochrane—. Nadie le podrá negar algo al hombre que descifró los jeroglíficos.

Champollion sonrió y durante algunos segundos dejó vagar sus pensamientos, imaginando el aspecto colosal que tendrían las pirámides bajo el sol africano. Remontaría las aguas pantanosas del Nilo en un velero, no dejaría rincón sin explorar. Pero volvió a la realidad al tomar conciencia de que estaba frente a uno de los hombres más buscados en el Reino Unido, el mismo que había tenido la desfachatez de presentarse ahora en el Louvre, ubicado apenas a unas pocas calles de distancia de la embajada británica y al lado del palacio donde vivía el rey de Francia.

—¿Cómo logró usted entrar al museo, milord?

—Con una carta del cónsul británico, en la cual me identifica como su secretario privado y me pide negociar con usted la compra de un obelisco en Egipto.

El rostro de Champollion, habitualmente pálido y demacrado, volvió a ruborizarse.

—¿Cómo supo usted eso?

—En París todo se sabe —respondió Lord Cochrane—. Por ejemplo, apenas llegué a la ciudad un veterano oficial bonapartista me informó que el general San Martín, que vive como exiliado en Bruselas, se encuentra por estos días en París, conspirando con un grupo de sus adeptos para regresar a Sudamérica. Se supone que es un gran secreto, que alguien como yo no debiese conocer, pero ya ve usted que de todos modos el rumor llegó hasta la mesa de la casa en la cual me alojo.

Antes de que el profesor Champollion pudiese interrupirlo para preguntarle dónde se estaba quedando en París, Lord Cochrane lo sorprendió con su siguiente frase:

—También escuché que ingleses y franceses compiten por decorar sus capitales con tesoros egipcios, ahora que usted puso de moda a esta cultura entre los europeos. Y entiendo que la idea de realizar esta adquisición fue suya, así que me pareció un excelente pretexto para venir a verlo. ¿Es uno de los dos obeliscos que están a la entrada del Templo de Luxor el que le interesa, no es así?

Champollion comenzó a pasearse dentro de la galería, cada vez más preocupado por las implicancias de la maniobra realizada por el marino escocés.

—¿Falsificó usted una carta de la diplomacia británica? ¿Con los sellos incluidos?

—Oh, no completamente. Al menos los sellos son auténticos —respondió, con una sonrisa, Lord Cochrane.

Champollion resopló. Estaba enojado, pues cada nuevo dato le parecía peor que el anterior.

—Es mejor que no le cuente a usted cómo conseguí hacer la carta, pues así toda la culpa recaerá sobre mí —le indicó, tranquilamente, Lord Cochrane—. Pero nos estamos desviando de lo principal, profesor, que es la razón por la cual estoy aquí.

Lord Cochrane se acercó a Champollion y, sin más rodeos, lo encaró.

—¿Por qué usted decidió contactarme ahora, después de tantos años sin haber respondido a una sola de mis cartas?

—En primer lugar, déjeme decirle que leí atentamente toda su correspondencia. Y que su resumen sobre la Batalla de R’lyeh, que venía en la primera carta, redactado de manera cauta pero perfectamente comprensible, me ha provocado noches completas de insomnio. Ahora, para responder a su pregunta: no le escribí porque yo sabía exactamente lo que usted iba a pedirme apenas nos reuniésemos. Y antes yo no estaba en condiciones de ofrecérselo.

—¿De verdad?

—Usted quería pruebas, ¿cierto?

Lord Cochrane asintió. Champollion le Jeune siguió hablando:

—Usted quería demostrar al mundo que todo lo que vivimos en el Atlántico y en Fort Boyard era cierto y no una invención de una mente afiebrada, como seguramente deben haberlo creído sus amigos en el Almirantazgo británico.

—No tengo amigos en el Almirantazgo. Nunca los tuve. Y todavía no les he dicho nada sobre lo que pasó allá. Mi reporte sobre la batalla sigue inédito.

—Hizo bien, milord. Fue muy juicioso de su parte. Nadie le hubiese creído.

—Pero esta vez, profesor, usted se tomó muchas molestias para dar conmigo. Me dejó recados con casi todos los veteranos de guerra que viven en París.

—No fue fácil encontrarlo —se excusó Champollion.

—No tenía por qué serlo. Estoy obligado a desplazarme de manera discreta, ahora que he vuelto a ser un fugitivo. El Reino Unido castiga a los oficiales que luchan bajo otra bandera.

—Tenía entendido que usted ya no era un oficial de la Royal Navy.

—Yo también lo creía —i ...