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LOS COMENTARIOS REALES Y OTROS TEXTOS

INCA GARCILASO DE LA VEGA  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

1. NUEVO ELOGIO

En 1916, conmemorando el tricentenario de la muerte del gran cronista, el historiador y crítico literario José de la Riva Agüero pronunció un célebre «Elogio del Inca Garcilaso». Esta pieza tuvo una enorme influencia en varios de los mejores garcilasistas del siglo XX, entre quienes sobresalen Raúl Porras Barrenechea, Aurelio Miró Quesada Sosa y José Durand. Riva-Agüero ungió a Garcilaso como símbolo del mestizaje armonioso y fecundo; defendió su veracidad como historiador y su aceptación de la herencia cultural cristiana y occidental.

Un siglo después, se requiere un nuevo elogio, que matice el mestizaje, la veracidad, el cristianismo y la occidentalización de Garcilaso. Resulta necesario subrayar su condición andina, su postura anticolonial y su habilidad para insertar en sus escritos un discurso disidente, que burla la censura de su tiempo. Repárese en que él se las ingenió para publicar sus escritos, mientras que todos los textos que pueden rivalizar con los suyos, e incluso superarlos como depositarios de la cosmovisión andina —el manuscrito quechua de Huarochirí, Guamán Poma, Pachacuti Salcamaygua, Betanzos y Murúa— fueron conservados inéditos hasta los siglos XIX-XX.

Nuestro Garcilaso reclama una lectura atenta e informada de su contexto histórico-cultural, ya que uno de los rasgos que más tipifica a los grandes escritores es la profundidad y originalidad con que sintetizan su época y su sociedad, erigiéndose en expresión privilegiada de ambas. Y como en una época y en una sociedad siempre se entremezclan factores y tendencias diversas, a la par que la herencia múltiple y heterogénea del pasado que las ha hecho posibles, dichos escritores muestran una riqueza de elementos y una complejidad prácticamente inagotable para el análisis. De ahí que soporten, e inclusive reclamen, los enfoques y las interpretaciones más disímiles.

Esto puede constatarse con gran nitidez en el caso del Inca Garcilaso, por tratarse de un escritor capital nacido en una época de transformaciones radicales en su suelo natal —básica para la configuración del Perú— y de excepcional dinamismo creador en la Europa que él hizo suya, caracterizada por el Humanismo, el Renacimiento, la Contrarreforma, el Manierismo, el Barroco, los imperios ultramarinos, la expansión comercial y capitalista, etc., al abrigo del periodo más fecundo que haya conocido el genio hispánico: el Siglo —o los siglos— de Oro.

Sin embargo, en la abundante bibliografía garcilasista, realzada por figuras prominentes —Marcelino Menéndez y Pelayo, Ramón Menéndez Pidal y Arnold Toynbee—, predominan las visiones parciales, limitadas a una sola faceta del Inca. Estas merman —y a veces distorsionan— su grandeza de autor complejo, que tuvo una visión totalizadora —del ser humano, la sociedad, la historia, etc.— llena de sutilezas y matices, en varios casos pionera o precursora de cuestiones medulares para el Perú y América, así como para el desarrollo de la ciencia historiográfica y la prosa literaria.

Así, algunos subrayan en exceso sus raíces andinas —por ejemplo, Luis E. Valcárcel—; otros, su asimilación de lo hispánico y europeo —Juan Bautista Avalle-Arce, Menéndez y Pelayo, Menéndez Pidal, Enrique Pupo-Walker y Roberto González Echevarría—, sin aquilatar en toda su riqueza el mestizaje biológico y cultural, la idea de una nación integrada por «indios, mestizos y criollos». Por otro lado, la veracidad histórica y la textura literaria de sus libros se encara sin tener en cuenta las pautas de la historiografía, la retórica y la poética de los siglos XVI-XVII. Se ha enfatizado, por ello, en el fondo de utopía —Menéndez y Pelayo— o relato épico —Ventura García Calderón— de los Comentarios reales o La Florida, hasta debilitar su condición primera y nuclear de obras históricas, confeccionadas con rigor y espíritu crítico admirables en su contexto histórico-cultural.

Con relación a lo último, la gran transformación operada en la historiografía a partir del siglo XIX ha generado que varios especialistas —estimables por sus aportes personales, pero descaminados al juzgar a un historiador formado en el siglo XVI, como Garcilaso— rebajen o nieguen su valor como fuente histórica. Leído con sus pautas histórico-culturales, Garcilaso sobresale por su maestría literaria —admitida por todos—, pero también por su honestidad intelectual, su espíritu crítico ante las fuentes que maneja y su hondura interpretativa, con visos de genialidad para los procesos históricos vistos a mediano y largo plazo, y sin dejar de lado los factores religiosos, etnológicos, lingüísticos, geográficos, económicos, políticos, científicos, técnicos, artísticos, etc.

Podemos, entonces, constatar los siguientes méritos sobresalientes del Inca Garcilaso:

En su experiencia vital y sus obras encarna por primera vez la fusión de la tradición indígena y la cultura occidental, erigiéndose como símbolo del Perú, como lo expresa R. Porras Barrenechea: «Es no solo uno de los primeros mestizos americanos sino que es, espiritualmente, el primer peruano [...] La síntesis original y airosa de este sorprendente connubio histórico son los Comentarios reales. Con ellos nace espiritualmente el Perú» (Los cronistas del Perú, p. 391). Además, Garcilaso poseyó una intuición genial de la nacionalidad peruana, que le permitió esbozar un primer proyecto nacional capaz de integrar todos los componentes sociales del Perú —indios, mestizos y criollos, más algunas alusiones a negros y mulatos— en el amor al país y el rechazo de la dominación colonial. Como tal, influenció el proceso emancipador de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, como está documentado en la rebelión de Túpac Amaru II, el mensaje de Juan Pablo Viscardo y Guzmán en la Carta a los españoles americanos, y la disposición del general José de San Martín de editar y difundir los Comentarios reales.
Durand ha subrayado que la meta de Garcilaso fue dar «a conocer al universo nuestra patria, gente y nación», con lo que se adelantó a lo que sería el sentimiento de nacionalidad en el siglo XVIII, porque en el XVI no estaba cuajada la idea moderna de nación. También ha mostrado cómo Garcilaso se decide por escribir el nombre de su patria como Perú y no Pirú, variante difundida antes: «El nombre del Perú que decimos, usamos ahora, se lo debemos al Inca Garcilaso [...] la autoridad enorme y el prestigio sin límites que tuvo el Inca Garcilaso de la Vega en el Perú y en España, hace que prevaleciera la forma Perú» (en Nuevos estudios..., p. 157; cf. también El Inca Garcilaso, clásico de América, pp. 85-86 y 148-160).
Examinemos ahora el análisis de Carlos Araníbar, quien sostiene lo siguiente:

Aparte dos instantes retóricos [¿solo retóricos?] a que obliga el discurso —textos dialógicos en memorias de adolescencia— siempre la óptica de los Comentarios es europea. El plano del narrador es externo al asunto andino y jamás se confunde con él: «aquellos indios», «los indios», «esos indios». El lector no verá cercanía, mucho menos identificación. Ni cabe exigirlas. Los amores del cuzqueño son por la desvanecida sociedad de los Incas, por un illo tempore que convoca con ingenio y gracia (Araníbar, tomo II, p. 746).
Araníbar hace notar pasajes en los que Garcilaso habla desde la óptica de un español: «un soldado como yo», «los nuestros poseen» (refiriéndose a los dominios españoles), «nuestros indios cazadores». Replicaríamos a Araníbar que, aunque es cierto que en esos pasajes va implícita una mirada española, Garcilaso nunca se proclamó «español», mientras que se definió muchas veces como «indio» e «Inca», y, «a boca llena», mestizo.
Lo que ocurre es que Garcilaso tiene la perspectiva elitista de un aristócrata. Valora la realeza incaica y la nobleza española, conceptuando en un plano inferior no solo a los indios comunes, sino también a los españoles plebeyos —como la criada que fue su amante o concubina—, sin duda a los moriscos y, no se diga, a los negros —llegó a adquirir un esclavo mulato en 1568 y una esclava morisca en 1571—. Por eso no reconoció al hijo natural que tuvo con una criada; juzgaba diferente su caso, el de un hijo natural engendrado por un noble español en una princesa incaica. De hecho, esa óptica hace que, aceptando la realidad de la dominación española, abogue por una élite mestiza indohispana que tenga primacía en el Perú.
Cada vez somos más los garcilasistas —Pease, Chang-Rodríguez, López-Baralt y Mazzotti— que comprobamos la validez del dictamen de José Carlos Mariátegui, en sus 7 ensayos: «Garcilaso es más inka que conquistador, más quechua que español».
Se impone copiar el pasaje en el que Garcilaso se declara claramente mestizo, sin ocultar el uso despectivo de dicha palabra en el Perú, aparte de que, conforme explica Durand, con el virrey Toledo la situación del mestizo se volvió deplorable:

A los hijos de español y de india o de indio y española, nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias, y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación, me lo llamo yo a boca llena, y me honro con él. Aunque en Indias, si a uno de ellos le dicen «sois mestizo» o «es un mestizo», lo toman por menosprecio Comentarios, parte primera, libro IX, capítulo XXXI).
Garcilaso desecha ese vocablo despectivo en los títulos, proemios y protestaciones de sus libros, para proclamarse indio e Inca. No lo hace porque quiera reconocer solo su lado indígena —eso cree Luis E. Valcárcel— ni tampoco por usar un recurso de «humildad» o de «defensa» para solicitar la venia del lector ante los defectos de sus obras —así piensa Avalle-Arce—. Fácilmente podríamos citar textos en los que Garcilaso se muestra orgulloso de su padre y su lado español, y convencido de la calidad histórica y literaria de sus escritos. Lo que pasa es que en sus páginas el término español designa al extranjero de España, frente a los peruanos —nacidos o arraigados en nuestro suelo, con amor a lo nuestro—, en o

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