Loading...

LOS CUADERNOS DE DON RIGOBERTO

Mario Vargas Llosa  

0


Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Citas

I. El regreso de Fonchito

II. Las cositas de Egon Schiele

III. El juego de los cuadros

IV. Fonchito en lágrimas

V. Fonchito y las niñas

VI. El anónimo

VII. El dedo gordo de Egon Schiele

VIII. Fiera en el espejo

IX. La cita del Sheraton

Epílogo

Sobre el autor

Créditos

El hombre, un dios cuando sueña y apenas un mendigo cuando piensa.

HÖLDERLIN, Hyperion

No puedo llevar un registro de mi vida por mis acciones; la fortuna las puso demasiado abajo: lo llevo por mis fantasías.

MONTAIGNE

I. EL REGRESO DE FONCHITO

Llamaron a la puerta, doña Lucrecia fue a abrir y, retratada en el vano, con el fondo de los retorcidos y canosos árboles del Olivar de San Isidro, vio la cabeza de bucles dorados y los ojos azules de Fonchito. Todo empezó a girar.

—Te extraño mucho, madrastra —cantó la voz que recordaba tan bien—. ¿Sigues molesta conmigo? Vine a pedirte perdón. ¿Me perdonas?

—¿Tú, tú? —cogida de la empuñadura de la puerta, doña Lucrecia buscaba apoyo en la pared—. ¿No te da vergüenza presentarte aquí?

—Me escapé de la academia —insistió el niño, mostrándole su cuaderno de dibujo, sus lápices de colores—. Te extrañaba mucho, de veras. ¿Por qué te pones tan pálida?

—Dios mío, Dios mío —doña Lucrecia trastabilleó y se dejó caer en la banca imitación colonial, contigua a la puerta. Se cubría los ojos, blanca como un papel.

—¡No te mueras! —gritó el niño, asustado.

Y doña Lucrecia —sentía que se iba— vio a la figurita infantil cruzar el umbral, cerrar la puerta, caer de rodillas a sus pies, cogerle las manos y sobárselas, atolondrado: «No te mueras, no te desmayes, por favor». Hizo un esfuerzo para sobreponerse y recobrar el control. Respiró hondo, antes de hablar. Lo hizo despacio, sintiendo que en cualquier momento se le quebraría la voz:

—No me pasa nada, ya estoy bien. Verte aquí era lo último que me esperaba. ¿Cómo te has atrevido? ¿No tienes cargos de conciencia?

Siempre de rodillas, Fonchito trataba de besarle la mano.

—Dime que me perdonas, madrastra —imploró—. Dímelo, dímelo. La casa no es la misma desde que te fuiste. Vine a espiarte un montón de veces, a la salida de clases. Quería tocar, pero no me atrevía. ¿Nunca me vas a perdonar?

—Nunca —dijo ella, con firmeza—. No te perdonaré nunca lo que hiciste, malvado.

Pero, contradiciendo sus palabras, sus grandes ojos oscuros reconocían con curiosidad y cierta complacencia, acaso hasta ternura, el enrulado desorden de esa cabellera, las venitas azules del cuello, los bordes de las orejas asomando entre las mechas rubias y el cuerpecillo airoso, embutido en el saco azul y el pantalón gris del uniforme. Sus narices aspiraban ese olor adolescente a partidos de fútbol, frunas y helados d’Onofrio, y sus oídos reconocían aquellos chillidos agudos y los cambios de voz, que resonaban también en su memoria. Las manos de doña Lucrecia se resignaron a ser humedecidas por los besos de pajarillo de esa boquita:

—Yo te quiero mucho, madrastra —hizo pucheros Fonchito—. Y, aunque no te lo creas, también mi papá.

En eso apareció Justiniana, ágil silueta de color canela envuelta en un guardapolvo floreado, un pañuelo en la cabeza y un plumero en la mano. Quedó petrificada en el pasillo que conducía a la cocina.

—Niño Alfonso —murmuró, incrédula—. ¡Fonchito! ¡No me lo creo!

—¡Figúrate, figúrate! —exclamó doña Lucrecia, empeñada en mostrar más indignación de la que sentía—. Se atreve a venir a esta casa. Después de arruinar mi vida, de darle esa puñalada a Rigoberto. A pedir que lo perdone, a derramar lágrimas de cocodrilo. ¿Has visto desfachatez igual, Justiniana?

Pero ni siquiera ahora arrebató al niño los afilados dedos que Fonchito, estremecido por los sollozos, seguía besando.

—Váyase, niño Alfonso —dijo la muchacha, tan confusa que, sin advertirlo, cambió el usted por el tú—: ¿No ves el colerón que estás dando a la señora? Anda vete, Fonchito.

—Me voy si me dice que me perdona —rogó el niño, entre suspiros, la cara en las manos de doña Lucrecia—. ¿Ni siquiera me saludas y comienzas a insultarme, Justita? ¿Qué te he hecho yo a ti? Si también te quiero mucho, si el día que te fuiste de la casa lloré toda la noche.

—Calla, mentiroso, no te creo ni lo que comes —Justiniana alisaba los cabellos de doña Lucrecia—. ¿Le traigo un pañito con alcohol, señora?

—Un vaso de agua, más bien. No te preocupes, ya estoy mejor. Ver aquí a este mocoso me ha revuelto toda.

Y, por fin, sin brusquedad, retiró sus manos de las de Fonchito. El niño seguía a sus pies, ya sin llorar, conteniendo a duras penas nuevos pucheros. Tenía los ojos enrojecidos y las lágrimas le habían marcado surcos en las mejillas. Una hebra de saliva colgaba de su boca. A través de la neblina que le velaba los ojos, doña Lucrecia espió la delineada nariz, los labios dibujados, el pequeño mentón altivo y su hendidura, lo blancos que eran sus dientes. Sintió ganas de abofetear, de rasguñar esa carita de Niño Jesús. ¡Hipócrita! ¡Judas! Y hasta de morderlo en el cuello y chuparle la sangre como un vampiro.

—¿Sabe tu padre que has venido?

—Cómo se te ocurre, madrastra —respondió el niño en el acto, con un tonito confidencial—. Quién sa

Recibe antes que nadie historias como ésta