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LOS DIECISéIS áRBOLES DEL SOMME

Lars Mytting

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Fragmento

 

 

 

 

MI MADRE ERA PARA MÍ UN OLOR. Era un calor, una pierna a la que me aferraba, un soplo de algo azulado, un vestido que creía recordar que usaba. Me decía a mí mismo que mi madre me había lanzado a la vida con un arco y, cuando moldeaba mis recuerdos sobre ella, no estaba seguro de si eran correctos ni verdaderos, sencillamente la recreaba tal como creía que un hijo debe recordar a su madre.

Era en ella en quien pensaba cuando ponía a prueba mi añoranza, rara vez en mi padre. En ocasiones me preguntaba si él habría sido como los demás padres del pueblo, esos hombres a los que veía con uniforme de la reserva o con zapatillas de deporte en los entrenamientos de fútbol para adultos, tipos que madrugaban los fines de semana para participar en las jornadas de trabajo colectivo de la Asociación de Caza y Pesca de Saksum. Sin embargo, permití que mi padre se desvaneciera sin sentir remordimientos, cosa que durante muchos años me tomé como prueba de que mi abuelo había tratado de hacer todo lo que podría haber hecho mi padre y de que realmente lo había conseguido.

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La navaja del abuelo era una bayoneta rusa partida. Su mango de abedul flameado era el único trabajo de carpintería fina que había hecho en la vida. Por la parte de arriba, la hoja estaba roma y la usaba para raspar óxido y doblar alambres. El otro lado lo mantenía tan afilado que podía usarlo para cortar tiritas o desgarrar grandes sacos de cal, una maniobra que llevaba a cabo con rapidez para que los granos blancos no se salieran demasiado pronto y a mí me diera tiempo a maniobrar el tractor por el prado.

El lado afilado y el romo se unían en una punta de daga, con la que remataba a los grandes peces que cogíamos en el lago de Saksum. Primero iba desprendiendo las fuertes truchas de los anzuelos de la línea, mientras ellas se agitaban furiosas al sentir que se ahogaban en el aire. Luego las apoyaba contra la regala, les clavaba en la cabeza la punta de la navaja y presumía de la anchura de sus lomos. En ese momento, yo siempre levantaba los remos y me quedaba mirando cómo corría la sangre por el filo, un fluido denso que caía lentamente, a diferencia del agua que se deslizaba veloz por los remos.

Sin embargo, ambos líquidos acababan mezclándose en la misma agua de montaña, mientras las truchas se desangraban y pasaban a ser nuestro pescado cogido en nuestro lago.

El primer día de colegio, encontré un pupitre con mi nombre y allí fue donde me senté. Una mano desconocida había escrito Edvard Hirifjell con rotulador en un papel doblado por la mitad para que se mantuviera en pie. Mi nombre aparecía tanto por delante como por detrás, como si no solo el profesor sino también yo necesitara que me recordasen quién era.

Cada dos por tres me volvía hacia el abuelo, aunque sabía perfectamente que estaba allí. Los demás niños ya se conocían, de modo que yo me conformaba con mirar al frente, al mapa de Europa y la gran pizarra vacía, tan verde como un océano del mundo. Una de las veces que miré hacia atrás caí en la cuenta de que el abuelo doblaba en edad al resto de los padres. Ahí estaba él, con su jersey de faena de punto, y viejo al modo de Fridtjof Nansen, el explorador que aparecía en los billetes de diez coronas. Tenía su mismo bigote y sus mismas cejas, y los años no le pesaban, al contrario, parecían multiplicarse y proporcionar vigor a su rostro. El abuelo nunca sería viejo, o al menos eso decía él, que yo lo mantenía joven y que se rejuvenecía para mí.

 

 

LOS ROSTROS DE MIS PADRES NUNCA ENVEJECÍAN. Vivían en una fotografía que teníamos junto al teléfono, sobre una cómoda. Mi padre sale con pantalones de campana y chaleco a rayas, reclinado sobre el Mercedes. Mi madre está en cuclillas, acariciando a Pelle, nuestro perro pastor, que parece cortarle el paso, como si no quisiera dejarla marchar. Quizá los animales entiendan este tipo de cosas.

Yo estoy en el asiento trasero, saludando con la mano, así que es probable que la foto se tomara el día en que nos marchamos.

Aún creo recordar el viaje en coche hasta Francia, el olor a escay procedente de los asientos recalentados y el aroma de los árboles pasando a toda velocidad por delante de la ventanilla. Durante mucho tiempo, creí recordar también el peculiar olor de mi madre aquel día, y las voces de ambos por encima del estruendo del aire.

Todavía guardamos el negativo de esa fotografía. El abuelo no la mandó a revelar enseguida. Al principio creí que era por ahorrar, porque a la que sería la última fotografía de mis padres le siguieron la Nochebuena, la pesca con red de mediados de verano y la recogida de la patata.

Pero qué era lo que realmente estaba ahorrando no resulta obvio. Creo que esperó a revelarla porque nunca sabes cómo saldrán las fotos de un carrete, no lo averiguas hasta que vuelven del laboratorio y, hasta entonces, solo tienes una intuición, una expectativa de cómo aparecerá lo fotografiado. Así fue como mi abuelo logró que mis padres vivieran más, dentro de la emulsión, hasta que el baño del revelado los tornó definitivos.

 

Yo creía a mi abuelo cuando, hacia el final de mis arrebatos de furia, me aseguraba que tenía pensado contármelo todo cuando fuera «lo bastante mayor». Puede que sencillamente no se enterara de que yo estaba creciendo, pero el caso es que averigüé la verdad demasiado pronto y, para entonces, ya era demasiado tarde.

Ocurrió a principios del tercer curso. Un día bajé en bicicleta a la granja Lindstad y me encontré la puerta abierta, de modo que entré y dije «hola». La casa estaba vacía, debían de estar en el establo, así que continué hacia el salón y, en una estantería de madera oscurecida, vi un equipo de música con el plato cubierto de polvo, unos mapas de carreteras de la Federación Automovilística Noruega, unas novelas abreviadas y una fila de libros de color burdeos con letras doradas en los lomos. Sucedió, ponía en cada tomo, seguido de una cifra que indicaba un año, de modo que entendí que contenían un repaso de los principales acontecimientos de cada año.

Evidentemente, no fue casualidad que sacara el tomo de 1971 y el propio libro dio la impresión de querer hablarme porque se abrió por el mes de septiembre. Las hojas brillaban por la grasa de los dedos, tenían las esquinas deterioradas y, en el doblez, había briznas de tabaco.

Mi madre y mi padre, un sencillo retrato de cada uno. A pie de foto aparecían sus nombres y, entre paréntesis, ponía Reuters. Me pregunté quién sería ese Reuters y sentí que debería saberlo, puesto que se trataba de mis padres.

El texto decía que una pareja franco-noruega, «ambos residentes en Gudbrandsdal», había fallecido el 23 de septiembre en Authuille, en el norte de Francia. A pesar de las vallas, se habían adentrado en un campo de batalla de la Primera Guerra Mundial y los habían encontrado muertos en un río. La autopsia mostró que habían inhalado gas venenoso procedente de una vieja bomba y que habían caído inconscientes al agua; ya no lograron salir.

El anuario explicaba que todavía quedaban millones de toneladas de explosivos a lo largo de las viejas líneas del frente y que muchos de los terrenos se consideraban imposibles de limpiar. Más de un centenar de turistas y campesinos habían muerto en los años precedentes por pisar estos artefactos no detonados.

Todo eso ya lo sabía por la escueta explicación de mi abuelo. Lo que no me había contado era lo que ponía a continuación.

«Ciertos objetos hallados en el coche indicaron a la policía que la pareja llevaba consigo a un niño de tres años.» Pero como el niño no aparecía, organizaron una batida. Perros sabuesos peinaron en vano el viejo campo de batalla, un equipo de buzos dragó el río y varios helicópteros colaboraron en la búsqueda.

Entonces leí la frase que calcinó lo que me quedaba de infancia. Fue como echar hojas de periódico a la chimenea, la letra aún puede leerse mientras se prende el papel, pero el más leve roce la transforma en ceniza.

 

Cuatro días más tarde, encontraron al niño en la consulta de un médico a ciento veinte kilómetros de distancia, en la pequeña ciudad portuaria de Le Crotoy. Las intensas pesquisas policiales no arrojaron resultados. Se supuso que el niño había sido secuestrado, aunque estaba ileso salvo por algunos rasguños.

 

A partir de ahí, el texto volvía a esa verdad que yo conocía, puesto que afirmaba que mis abuelos de Noruega se hicieron cargo de mí. Sin embargo, yo estaba estupefacto. Con la mirada fija en las páginas del libro, pasé las hojas hacia delante para ver si después contaba algo más, las pasé hacia atrás para ver si decía algo antes. Quité el tabaco del doblez. La gente había hablado de mí. Cuando algún vecino se pasaba a tomar un café por la granja Lindstad, sacaban el Sucedió 1971 y rememoraban la época en que alguien de la familia Hirifjell había salido en los periódicos.

Y a mi rabia le quedaba mucho camino que recorrer. El abuelo dijo que no sabía más, así que tuve que llevarme mis preguntas a un bosque de abedules flameados situado por encima de nuestra granja. ¿Por qué me habían llevado mis padres a un sitio repleto de bombas? ¿Y qué pintaban ellos allí?

La respuesta se había esfumado igual que lo habían hecho mis padres, tal como el viento esparce la ceniza. Así fue como me hice adulto en Hirifjell.

 

 

HIRIFJELL SE ENCUENTRA EN LA UMBRÍA DE SAKSUM. Las granjas grandes están al otro lado del río, donde la nieve se retira pronto y el sol acaricia la madera de las casas y la «aristocracia» rural que albergan. Entre ellos y nosotros, corre el Laugen. El frío húmedo que emana del ancho cauce del río es la frontera que cruzamos al empezar la escuela media o cuando vamos al pueblo a hacer la compra.

La umbría queda en sombra la mayor parte del día. La gente bromea con que los que vivimos a este lado nos dedicamos a disparar a las camionetas de reparto de pescado con nuestras viejas escopetas Krag y a atarles los cordones de los zapatos a los borrachos que duermen la mona en las pilas de heno. Pero la verdad es que los de las granjas grandes de Saksum tampoco pueden presumir de costumbres parisinas, ni siquiera abundan en la ciudad de Hamar, que queda aquí al lado. La televisión nunca ha emitido un reportaje sobre Saksum. Es un pueblo en el que encuentras lo mismo que en cualquier otro: la Cooperativa de Abastecimiento, la mercería, la oficina de correos, el supermercado de la cooperativa, un camino que corre por encima del pueblo en el que se atascan las ambulancias y casas desconchadas habitadas por gente que se resiste a pagar sus impuestos.

Solo el instalador de las líneas telefónicas y los del Consejo de Tierras saben que, en realidad, en nuestra granja hay sol todo el día. Hirifjell está situada allí donde la ladera del valle vuelve a tender hacia abajo, es una especie de solana en el interior de la umbría, un jardín en el interior del bosque, con el camino de acceso cortado por una barrera. Allí vivíamos nosotros, apartados de todos los demás.

 

Al abuelo le gustaba acostarse tarde. Yo me echaba en el sofá mientras él se sentaba a fumar con sus libros y sus discos. Las cantatas de Bach y los cofres con las sinfonías de Beethoven y Mahler, dirigidas por Furtwängler o Klemperer. En la estantería, los libros viejos y nuevos revueltos. Del atlas mundial de Andree y del diccionario enciclopédico de Meyer asomaban tantos papelitos que daba la impresión de que les crecían nuevas páginas por dentro.

Yo me quedaba dormido al runrún de todo aquello, en una bruma en la que solo el chasquido de su mechero interrumpía de vez en cuando la música, hasta que el abuelo finalmente soltaba Der Spiegel y me cogía en brazos. Al entreabrir los ojos, veía las paredes y el techo girando como la aguja de una brújula. Luego volvía a tenderme en la cama, me plegaba las piernas y los brazos y me arropaba con el edredón. Y cada mañana, su rostro aparecía de nuevo. La luz del pasillo relucía sobre sus mejillas aún sin afeitar y sobre el bigote poblado y amarillento de tabaco, y su sonrisa me indicaba que, antes de despertarme, había estado un rato mirándome.

Su único punto irracional era que me tenía prohibido recoger el correo. Cuando el cartero se retrasaba, se desconcentraba, y todos los días sobre las once empezaba a otear la carretera regional esperando la llegada del coche rojo. Más tarde decidió contratar un apartado de correos abajo, en el pueblo. Su explicación fue que algún forastero había forzado el buzón de casa.

Yo solía encargar catálogos por correo. Adjuntaba unos sellos y llegaban los catálogos, con información sobre los kits de construcción de altavoces, las armas de caza Schou, los equipos de pesca, material fotográfico o sets para el montaje de moscas de pesca. Aprendía más en esos catálogos que en los libros del colegio. El mundo exterior llegaba a mí a través de mi abuelo, en pesados sobres que traía sobre el asiento recalentado del coche cuando regresaba del pueblo. Así funcionó la cosa durante una eternidad, hasta que de pronto un año, al volver de la reunión anual de la Liga de Ganaderos de Ovino y Caprino, anunció que otra vez tendríamos el buzón en casa, porque estaba harto de ir hasta Saksum a buscar el correo.

Mucho antes de eso, nos recuerdo recortando la culata de la escopeta de mi padre y saliendo a cazar patos. Era una paralela de Sauer & Sohn, de calibre 16. Se la habían regalado a mi padre por su confirmación, pero, al parecer, nunca la usó. A medida que fui creciendo, fuimos pegándole láminas de la parte recortada y el día de mi confirmación, la culata de nogal tenía una serie de finas ranuras que representaban mi infancia con el abuelo. Eran mis anillos de crecimiento.

Aun así, yo sabía perfectamente que si los abetos crecen muy rápido, los anillos se hacen demasiado anchos y se parten cuando adquieren el tamaño suficiente para que los agarre el viento.

Toda mi vida había oído un silbido procedente del bosque de abedules flameados. Y una noche de 1991, ese silbido creció hasta formar un viento que hizo que me tambaleara. Parte de la historia de mis padres seguía moviéndose, despacio, como una gruesa culebra entre la hierba.

II.

Solsticio de verano

1.

 

 

 

ESA NOCHE LA MUERTE REGRESÓ A HIRIFJELL. No es difícil adivinar a quién vino a buscar, no había muchos entre los que elegir y yo tenía veintitrés años. Más adelante, al recordar aquel verano, llegué a la conclusión de que la muerte no siempre es una asesina ciega y atroz. A veces, antes de marcharse, deja unas llaves.

El problema de que te liberen es que puede acarrear mucho dolor. En este caso, sobre todo porque no sucedió un día cualquiera, no era un día normal de sudor, trabajo y sol de tarde, un día en que la batuta de Furtwängler nos adormeciera lentamente. Al contrario, la víspera de la muerte del abuelo, alguien pintó una esvástica en su coche.

Yo llevaba toda la semana esperando para recibir un paquete de Oslo y, por fin, esa mañana, encontré en el buzón el aviso para recogerlo contra reembolso. Volví rápidamente hacia la casa por el atajo entre las ortigas y crucé el patio. Entorné la puerta del almacén de herramientas y dije que tenía que ir al pueblo a recoger algo y que me iba enseguida.

El abuelo enderezó la espalda ante el banco de trabajo, soltó las tenazas y dijo que teníamos que pasarnos por la Cooperativa de Abastecimiento.

—¿Qué te parece si cogemos el Estrella? —dijo cepillándose el serrín de la chaqueta—. Así ahorras gasolina.

Me di la vuelta y cerré los ojos. Era uno de esos días en que le apenaba que bajáramos al pueblo en dos coches.

El abuelo cruzó el patio con andares rígidos para coger la chaqueta de la compra. Como a la gente no le gustaba que llevara navaja, cuando íbamos al pueblo se ponía una chaqueta de tres cuartos.

Y así nos fuimos, en el espectacular Mercedes negro que compró de primera mano en 1965. Aunque las ramillas del camino le habían rayado la pintura y tenía manchas de óxido alrededor de la cerradura del maletero, seguía destacando en el aparcamiento del centro. Mientras avanzábamos despacio entre los patatales, íbamos estudiando el florecimiento de las plantas, cada uno por su lado.

El abuelo y yo cultivábamos patatas. La verdad es que también teníamos ovejas, pero lo nuestro eran las patatas. Todos los años, el abuelo se consumía mientras esperaba que brotaran los campos, a pesar de que los patatales de Hirifjell se encontraban a una altura de quinientos cuarenta metros sobre el nivel del mar, por lo que los insectos que propagan las plagas rara vez llegaban tan arriba.

El abuelo era un hacha con las patatas y consiguió que yo también lo fuera. Vendíamos patatas de siembra y patatas de consumo. Las Mandel eran las que daban más dinero, aunque las Ringerik eran mejores. Las Beate eran patatas para tontos, enormes y sin ningún sabor, pero a la gente le encantaban. Nosotros acabábamos comiendo las Pimpernel en todas las comidas. Maduraban tarde, pero luego eran duras y recogerlas suponía un verdadero placer, su piel rojiza y violácea contrastaba con la tierra oscura.

Las ruedas vibraron cuando pasamos sobre la rejilla que cortaba el paso al ganado y el abuelo se incorporó a la carretera sin fijarse en si venía alguien. A la altura de la granja Lindstad, el bosque se abrió y, como siempre, estudiamos el río.

—El Laugen ha bajado —dijo el abuelo—. Podríamos largar unas líneas de anzuelos por debajo del camping.

—El tímalo no pica cuando el agua está tan verde —respondí.

Luego los abetos se cerraron a nuestro alrededor y el río desapareció de la vista hasta que el pavimento pasó a ser de macadán. Nos precipitamos por las cuestas abajo y, como siempre que me acercaba a Saksum, sentí un temblor en el estómago. La estación de tren, la escuela media, la serrería, los establos de la solana... Los otros.

Cuando cruzamos el puente de madera, el aire fresco del río entró por la ventanilla.

—¿Vamos primero a la Cooperativa de Abastecimiento? —preguntó.

Pero cuando el abuelo entraba allí, se le iba el tiempo. No escatimaba y siempre nos marchábamos con el maletero del Mercedes cargado hasta arriba y un recibo de medio metro de largo.

—Ahora que lo pienso... —dijo—. Mejor nos pasamos primero a recoger tu paquete. Eso hacemos.

 

Acabábamos de salir de correos cuando vi la esvástica.

En realidad iba estudiando la caja de cartón marrón que llevaba mi nombre, pero noté que al abuelo se le cambiaba el paso y, al levantar la vista, vi la torpe pintada de espray rojo sobre la puerta de su Mercedes.

Y me fijé en que eso fue lo que pensé: ahora que tenía una esvástica, pensé que era su Mercedes, mientras que esa misma mañana, y de toda la vida, siempre había pensado en el Estrella como nuestro.

La gente nos miraba. Junto al tablón de anuncios de la asociación deportiva varias personas permanecían de pie con las manos en los bolsillos. Børre Teigen y su mujer. Las hermanas de la granja Bøygard. Jenny Sveen y los chicos de Hafstad. Miraban fijamente algo por encima de nuestras cabezas, como si hubieran cambiado el tejado de la oficina de correos.

La esvástica empezó a chorrear y finas líneas corrieron por la puerta del coche.

Uno de los chicos de Hafstad miró de soslayo la esquina de la mercería. El revuelo de un abrigo, alguien que se escabullía. El único movimiento perceptible en esos segundos petrificados de aquel sábado en Saksum.

El abuelo me cortó el paso con el brazo, como una barrera en el camino.

Supongo que en ese momento pude elegir entre seguir pensando que el coche era suyo y dar la cara por él. El pueblo nos miraba, estaba a la espera. Una vez más, elegí a mi abuelo. Como había hecho siempre, y no me habían faltado ocasiones. Aparté su brazo, solté el paquete y eché a correr. A la carrera, como llevaba haciendo toda mi vida, atravesé el centro con la gente mirándome, crucé la carretera y tomé la pista de gravilla por detrás de la gasolinera. Allí le di alcance. Un chico que corría torpemente, con los brazos pegados a los costados y una chaqueta de nailon gris ondeando a su espalda.

Como es obvio, tendría que haberle sacado partido a mi ventaja, a mi velocidad, para adelantarlo y cortarle el paso. Tendría que haberlo parado de frente, haberlo detenido por mi tamaño y haber frenado como frena un jugador de fútbol después de meter un gol.

Pero no hice eso. Lo que hice fue ponerle la zancadilla de modo que cayó de bruces al suelo. Chilló al caer y siguió chillando cuando se quedó tirado en el suelo. Lo agarré de la chaqueta y le di la vuelta.

Janikken.

En realidad se llamaba Jan Børgum, pero todo el mundo le llamaba Janikken porque no paraba de asentir con la cabeza, nikke, al tiempo que hablaba consigo mismo. Se había hecho unos rasguños que se le habían llenado de tierra y tenía arena en el pelo. Sus lágrimas se mezclaban con la sangre que le brotaba de la nariz, y unas gotas rosadas caían por cada sollozo. Tenía los dedos y la manga de la chaqueta manchados de pintura, en la mano sostenía un papel con un burdo dibujo a lápiz de una esvástica.

Maldije para mis adentros.

—Jan —le dije—. ¿Te ha pagado alguien por hacer esto?

Balbuceó algo que no entendí.

—Habla normal, Jan.

Pero el chico no podía hablar normal y yo lo sabía.

Traté de ayudarlo a levantarse, pero cayó hacia atrás y lloró aún más. Tenía el pantalón desgarrado a la altura de la rodilla, uno de esos pantalones grises que usan los viejos y los taxistas. Su madre llevaba toda la vida escogiéndole la ropa. En el colegio iba dos cursos por delante de mí y ya vestía igual, siempre siguiendo al profesor de educación especial, bizqueando los ojos y con la boca entreabierta. Cuando pasé a la escuela media, Jan ya no estaba allí. Jan estaba en otro sitio.

Unas personas aparecieron a nuestra espalda y se apostaron en la rampa de cambio de aceite de la Esso.

—Venga, Jan —dije—. Levanta.

Antes de levantarse, el chico se sorbió los mocos y se enjugó la sangre de los labios. Cuando le pregunté si le dolía, asintió con la cabeza, así que le di un billete para que se comprara otro pantalón.

—¿Quién te ha encargado que lo hagas? —pregunté.

—Lo ponía en el libro —respondió.

—¿En qué libro?

Murmuró algo.

—Si vuelven, diles que quiero hablar con ellos. ¿Puedes decírselo?

—¿Decir qué?

Una vez le hube cepillado la espalda, se quedó mirándome con la boca abierta, así que eché a andar y, cuando enfilé hacia la Esso, las hermanas de Bøygard se dieron la vuelta. A continuación se marcharon los chicos de Hafstad y al final se disolvió el resto del grupo. Todos volvieron a las bolsas de la compra que tenían en los maleteros y a las tazas con los culillos de café que habían abandonado.

Si por lo menos se me hubieran echado encima... Ojalá me hubieran agarrado y me hubieran reñido, eso al menos me habría permitido responderles, me habría dado la oportunidad de pelear en el centro de Saksum, un día de compras.

Por otro lado, ¿qué podría haberles dicho? Además, ya habían terminado de mirar. Habían visto a la chusma ajustando sus cuentas y, ahora que había pasado todo, tenían dos imbéciles menos por los que preocuparse.

 

El abuelo se había sentado en el asiento del copiloto. No dijo nada. No bajó la ventanilla. Sencillamente se quedó quieto, como una figura de cera en un caza alemán, y señaló el volante. No había tocado la pintura. No hacía falta ser adivino para saber que Sverre Hirifjell nunca le daría a la gente el gusto de pedir un trapo o de ir a la tienda de pinturas a comprar disolvente, controlando su cabreo y murmurando algo como «chiquilladas». Ni siquiera creo que conociera esa palabra.

Abrí la puerta del coche. La gente se tomaba su tiempo en el aparcamiento del supermercado.

—Así no nos vamos a ir —dije—. Hay que limpiarlo. O pegarle algo encima.

—Arranca —murmuró—. Derecho a Hirifjell.

Mi paquete estaba en el asiento trasero. Una de las esquinas estaba aplastada y arrugada.

—Que te montes en el coche, coño. Arranca de una vez —me espetó—. Derecho a casa. Por el centro. A Hirifjell.

Aun así no protestó cuando tomé otra ruta. Me dirigí hacia el silo de grano y salí a la pista de gravilla que corría paralela al río de Saksum. Seis kilómetros adicionales, pero por allí no había casas y la esvástica quedaba en el lado de la montaña.

—Ha sido Janikken —le dije.

Pero el abuelo se limitó a mirar el río y supuse que ya estaba practicando algo que se le daba realmente bien: obligarse a olvidar.

 

El cielo detrás del establo de las ovejas estaba ya oscurecido. Atravesé despacio el patio y me senté en la escalera de entrada de la casa pequeña. El Mercedes estaba aparcado bajo la rampa de acceso al pajar. El abuelo se había retirado.

Nunca me han gustado los quejicas. Casi todo tiene remedio. El tabaco y el café pueden ayudarte, igual que poner las cartas sobre la mesa. Si lo que tienes es un dos de tréboles y un tres de diamantes, eso es lo que hay. Ese día pierdes y se acabó. Lo único que justifica que te quejes es que te hayan repartido cuatro cartas si te corresponden cinco.

Había humedad en el aire y estaba deseando que rompiera a llover. Quería ver cómo el agua caía en tromba por el costado del valle, acompañada de un viento fuerte que lo limpiara todo. Quería que lloviera y quería prepararme un café, salir al porche acristalado y oír las gotas de lluvia golpear el tejado que había hecho yo mismo, mientras me tomaba el café con un cigarrillo, sintiéndome seco y guarecido.

Me acerqué al hórreo y cubrí la sierra circular con una lona. Esa semana había cambiado los tapacanes y los canecillos del tejado, ya solo me quedaba pintarlos y podía hacerlo pasado el fin de semana.

La lluvia estaba cerca. Una lluvia buena. Lo notaba por el olor. Ni demasiado fuerte ni demasiado intensa, una lluvia persistente que ablandaría la tierra. Había pensado llevar los aspersores al patatal del norte, pero ahora podía ahorrarme el esfuerzo. Así que me quité los zapatos y me puse unos calcetines de lana. Mientras esperaba a que se hiciera el café, despejé la mesa, le pasé un trapo y cogí el paquete.

En Oslo Kameraservice conocían bien su oficio, el destello de su pericia se percibía hasta en Saksum. Habían cerrado el paquete meticulosamente con cinta americana, mi nombre estaba escrito a máquina, los sellos escogidos con cuidado y el impreso del contra reembolso, relleno sin abreviaturas.

Abrí el paquete con un cuchillo. Dentro había otra caja de la que saqué un objetivo envuelto en un suave papel blanco.

Leica Elmarit 21 mm. Un gran angular.

El peso. La resistencia en el enfoque. Los insondables cambios de color de la lente. La pintura satinada, los números grabados de la distancia y la apertura.

Mi abuelo me había regalado la Leica cuando cumplí los dieciocho: caja M6, objetivo Summicron y diez carretes de película. No existía cámara mejor, a menos que tuvieras cerca al propietario de una Hasselblad. Lo único que le irritaba era que el objetivo indicara la distancia tanto en metros como en pies.

—Es innecesario —decía—. Ningún pueblo espabilado mide en pies.

Desde entonces, yo me compraba un objetivo nuevo al año, por un precio que a la mayoría de la gente le parecía disparatado incluso para un televisor. Pero, para mí, el mundo se renovaba por cada distancia focal. El teleobjetivo acercaba el objeto y dejaba lo irrelevante en bruma. El macro hacía que una flor albergara un planeta entero. Y ahora tenía un gran angular que desplegaba los horizontes, reduciendo lo mediano y transformando los detalles superfluos en polvo ocular. Un aparato que requería nuevos motivos, una renovación de mis ideas sobre el primer y el segundo plano.

Y sin embargo, esa tarde no miré por el visor. Si hubiera levantado la Leica, solo habría visto lo de siempre: mi colección de tebeos de El hombre enmascarado, la puerta del cuarto oscuro, el equipo de música con sus altavoces caseros, el armario de puertas de cristal donde guardaba el resto del equipo fotográfico, la foto de Joe Strummer en el rodaje de Straight to Hell, el enorme póster de The Alarm con la portada de 68 Guns en la que nadie mira a la cámara, y la serie de mis propias fotografías de la naturaleza.

Sabía dónde quería usar el objetivo, en el bosque de los abedules flameados, pero no lo haría hasta la mañana siguiente.

 

 

ME MUDÉ A LA CASA PEQUEÑA A LOS DIECISÉIS AÑOS. El edificio llevaba vacío desde la época en que vivía allí con mis padres. Un día le di una patada a la puerta hinchada de humedad, sin pensar que estaba ocurriendo algo histórico. Sencillamente le di uso a la casa. Cambié el revestimiento de madera de las paredes interiores y construí un porche acristalado desde el que se veía la linde del bosque.

La casa era mía y, al mismo tiempo, era nuestra.

Quedaban algunas cosas de mis padres: el robot de cocina, las botas de agua de mi padre, la ropa de cama... Pero la foto de familia la dejé en la casa principal. Aún entonces, cada vez que pasaba por delante, me sentía obligado a pararme.

Cuando era pequeño, esa foto constituía una esperanza, la esperanza de que mis padres en realidad no hubieran muerto. Más tarde se convirtió en el recordatorio de que nunca me llamarían y durante mucho tiempo me pregunté por qué mi abuelo la habría colocado junto al teléfono, en vez de colgarla en la pared. ¿Sería para acordarse de ellos? ¿O para que la fotografía nos influyera cuando hablábamos por el aparato? ¿Quizá quisiera recordarnos que quienes nos llamaban también tenían en mente la historia de mis padres cuando elegían las palabras que usaban?

La abuela se llamaba Alma y siempre la llamé por su nombre. Era una mujer callada y comedida, como un viejo reloj de pared. Pero una enfermedad la postró pronto en la cama y hubo que trasladarla a una residencia. La enterramos cuando yo tenía doce años.

De vez en cuando, Alma me hablaba de mi madre. Me contó que toda su familia había muerto en la guerra y que por eso jamás hubo disputas por mi adopción, ni podíamos tampoco esperar visitas de familiares franceses. Nunca reparé en lo escueta que era al hablar de mi madre. Tampoco en la familia de mi padre había más que algún primo segundo. Lo cierto es que nunca viajábamos, salvo para acudir a algún entierro y siempre nos íbamos antes de que sirvieran el café.

Sin embargo, aunque no tuviera familia materna, me resultaba incomprensible que hubieran desaparecido todos los que rodearon a mi madre.

Esas eran las cosas en las que pensaba cuando los mayores se echaban la siesta en los divanes y yo abría el atlas para estudiar el mapa de Francia. Me decía a mí mismo que en algún lugar tenía que haber alguien que recordara a mi madre, al fin y al cabo llegó a vivir casi veintisiete años. Así que buscaba Authuille en el mapa, leía sobre la Primera Guerra Mundial en la enciclopedia del abuelo y me imaginaba el pueblo y la guerra.

De vez en cuando íbamos al cementerio. El olor a brea de la madera de la iglesia medieval nos acompañaba hasta una lápida de granito azul de Saksum. Walter Hirifjell. Nicole Daireaux. Mi madre nació en enero de 1945, mi padre en 1944. Ambos murieron el 23 de septiembre de 1971.

Pero siempre me daba la vuelta antes de pisar demasiado cerca. Y cuando me preguntaba cómo se habrían conocido mis padres, reprimía la curiosidad. No les permitía que emergieran ante mí, diciéndome a mí mismo que no podía echar de menos algo que no había tenido. Quizá fuera una fuerza de la naturaleza que llevaba dentro. Sabía que los terrenos talados no debían dejarse baldíos, la tierra negra es una herida abierta que atrae las malas hierbas y estas acaban cubriéndola.

Aun así, cuando estaba en la casa pequeña, de cuando en cuando mis padres salían de las sombras. Una vez encontré un disco de vinilo con canciones infantiles francesas y, al ponerlo, me vino a la cabeza una imagen de mi madre.

Me las sabía todas. Canté «Frère Jacques» en francés, no en noruego, e intuí el significado del texto de «Au clair de la lune» y de «Ah, vous dirais-je maman». Aquella lengua agitada me resultaba sencilla y me di cuenta de que de pequeño debía de hablar francés. Mi madre cantaba conmigo y nuestras voces habían llenado la casa. Mi lengua materna era el francés.

En la escuela media me dieron a elegir entre alemán y francés. Fue la primera vez que tuve la sensación de tener que elegir entre mis padres y el abuelo, y lo cierto es que nunca le conté que escogí el francés. El idioma de mi madre renació en mí tan deprisa que la profesora creía que le tomaba el pelo.

Más tarde encontré otros vestigios suyos en una enorme caja de cartón en el desván. Un neceser con maquillaje, una maquinilla de afeitar, un reloj de pulsera... El modo en que estaban apiladas las cosas indicaba que el proceso de recogerlas había sido doloroso.

En el fondo de la caja había un libro, L’Étranger de Albert Camus. Fui retrocediendo por sus páginas, estudiando las frases e imaginándome cómo lo leería mi madre. Luego sentí un sobresalto, seguido de una expectativa, como cuando ves un pez saltar a lo lejos y sabes que no puedes atraparlo. En la primera página en blanco, con bolígrafo azul, ponía: Thérèse Maurel, Reims. Debía de ser una amiga de mi madre. En algún momento, las manos de las dos chicas debieron de sostener aquel libro, prácticamente al mismo tiempo. Por fin dejé de ser la única prueba de la existencia de mi madre.

 

Ese día empecé a trazar un plan: quería visitar el lugar en el que habían muerto mis padres para ver si podía despertar algo en mi memoria. Lo cierto es que había un testigo privilegiado de todo lo ocurrido, yo mismo, y los hechos tenían que estar ocultos en algún lugar de mi memoria, como la emulsión de una película que en algún momento ha estado en contacto con la luz.

En ocasiones, la urgencia por marcharme era tan intensa que me resultaba dolorosa. Pero mi mundo terminaba en Søre Ål, a las afueras de Lillehammer. Todo lo que quedaba al sur del taller mecánico de Helge Menkerud me resultaba desconocido, nunca había viajado y carecía de una explicación que darle al abuelo. Sabía que sus ojos adquirirían una expresión dolida. Él lo había dado todo por mí, ¿y ahora resultaba que no era suficiente para mí?

De niño era yo quien necesitaba al abuelo, igual que lo necesitaba la granja. Más adelante, conforme fui creciendo y me tocó hacerme cargo de mi parte del trabajo, Hirifjell y las ovejas pasaron a necesitarme a mí. Cuanto más demoraba la partida, más envejecía el abuelo y, cuando tenía alrededor de veinte años, las necesidades estaban tan entrecruzadas que me resultaba igual de difícil partir que permanecer allí. Desde ese momento, todo quedó fosilizado en la senda que recorría, una senda que cada vez era más profunda y más cotidiana.

 

 

SALIÓ CON DISOLVENTE. La esvástica se fue disolviendo mientras la eliminaba con un trapo, una guarrería rosada que parecía contagiosa. Aunque me estaba mareando, empapé otro trapo, desprendí un grano de arena de la pintura y froté más fuerte. Pero al final la emanación, que era más ligera que el aire, se me coló en los pulmones y tuve que soltar el trapo y salir corriendo bajo la lluvia. Cuando me detuve y volví la vista hacia el Estrella bajo la rampa del pajar, vi que aún se distinguía el contorno de la esvástica.

Volví a penetrar la pestilencia del disolvente y seguí frotando con fuerza. Al acabar, crucé el patio todavía mareado y subí la escalera de piedra ante la puerta de la casa de troncos.

—Ha salido —grité, pero no obtuve respuesta.

El reloj de cuco marcó las cuatro y media. Por el olor a tabaco, deduje que el abuelo había pasado por la entrada. Empecé a subir las escaleras, me paré a media altura y oí sus pasos en la tercera planta. ¿Qué se le habría ocurrido ahora? Nunca usábamos las habitaciones de arriba, estaban siempre frías y polvorientas. Me había detenido junto al mapa de nuestros bosques.

—Voy a darme una vuelta por el pueblo —dije, como quien le habla a la escalera.

Sus pasos se interrumpieron un momento, pero enseguida continuaron.

 

El centro estaba desierto. Era previsible, nadie salía en la hora muerta entre el cierre de las tiendas y la cena. El único movimiento que se percibía era el tráfico de paso por la carretera general, donde los coches se arrastraban a cincuenta por hora mientras sus ocupantes miraban por las ventanillas, aliviados de no vivir en Saksum.

Y sin embargo, ellos no sabían lo que teníamos.

Teníamos espacio. Había espacio para mí, igual que lo había para Carl Brænd, un loco de la electrónica que, a sus cincuenta y cinco años, seguía viviendo con su madre, pero al mismo tiempo construía unos amplificadores geniales, un tipo capaz de coger el coche cinco minutos antes de que la gasolinera echase el cierre para llevarse a mitad de precio las pálidas salchichas que habían sobrado.

En el pueblo nuestros defectos eran visibles. Los conocíamos y los utilizábamos para fastidiarnos los unos a los otros, pero al mismo tiempo las habladurías nos mantenían unidos. Todos teníamos nuestros agujeros y nos dedicábamos a buscar los de los más soberbios porque era por ellos por donde el pueblo cosía sus hilos.

Me di una vuelta con el coche por el centro hasta la altura de los locales del Ejército de Salvación, pero lo único que vi fue mi viejo escúter delante de la gasolinera y dos niños que subían corriendo desde el campo de fútbol. Dirigí el coche de regreso hacia el Laugen y, al pasar por delante de la escuela media, bajé la ventanilla y noté el frescor del aire.

Oí el murmullo del agua, vi su brillo y saqué de la guantera el casete de Bob Dylan que se había dejado Hanne. Knocked Out Loaded. El disco nos había decepcionado a ambos, a excepción de «Brownsville Girl», pero aun así lo puse. Hanne había regresado al pueblo y, cuando empezó a sonar la canción, decidí reconocérmelo: era a ella a quien estaba buscando. Unos días atrás la había visto delante de la mercería, con una chaqueta de ante marrón claro, como un antílope, con su melena castaña y sus largas piernas, además de esa agilidad tan suya. Quizá ella me viera primero, el caso es que se metió en la tienda, donde yo no podía se ...