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LOS FUSILEROS

Juan Cristóbal Peña  

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Fragmento

UNO

Esa mañana de miércoles, apenas asomó la nariz fuera de la casa, Óscar sintió algo extraño. Una quietud, un sosiego inhabitual para una hora en que la gente apura el paso al trabajo o a la escuela. Percibió algo que pudo tener fundamentos reales o bien ser un presentimiento, esas cosas que no se explican hasta que ocurren, pero el hecho es que sospechó y no hizo nada. Más bien nada que llamara la atención. Lo peor que se puede hacer en su caso cuando se está en situaciones como esas es titubear, demorar una decisión, echar pie atrás. Aunque tampoco podía hacer mucho más. Ya tenía los pies en la calle cuando atinó a decirle al que tenía a su lado:

—Chico, mejor ándate tú primero. Yo me voy detracito, por si acaso.

Óscar, que también es chico, tanto como el otro, esperó a que Pedro le sacara una ventaja de nueve, doce metros, y cuando creyó que ya estaba a una distancia razonablemente casual como para no despertar sospechas, despejando cualquier posibilidad de que alguien llegara a pensar que andaban juntos, cerró la puerta de la casa y se echó a andar detrás del otro.

Eran cerca de las ocho y cuarto de la mañana cuando comenzaron a marchar por Rengifo, un callejón de la comuna de Recoleta que nace al pie del Parque Cerro Blanco, en ese entonces un peladero de tierra, piedras y maleza; bordea los patios traseros del hospital psiquiátrico y no termina de progresar cuando choca con calle Olivos, que conecta las avenidas Recoleta y La Paz. Rengifo son dos cuadras imperfectas y a mal traer del Santiago antiguo, vecino del Cementerio General, la morgue y de una alta concentración de funerarias; un barrio en sostenida agonía, hoy y entonces, donde los muertos suman muchos más que los vivos.

Por ese callejón, y probablemente sorteando esos mismos hoyos que hoy se ven ahí, iban Óscar y Pedro antes de girar al oriente por Olivos y enfilar hacia el paradero de Recoleta. De lejos no era fácil saber quién era quién. Ambos, ya está dicho, eran pequeños, pequeños y delgados como jinetes de la hípica, y cada uno cargaba un bolso deportivo. El de Pedro, eso sí, era muchísimo más pesado que el del otro.

Criado en la población La Pincoya, al norte de la capital, Jorge Mario Angulo González, el verdadero nombre de Pedro, era gásfiter profesional. Había aprendido la especialidad en la Escuela Industrial Nº 6 de Conchalí y hasta hace poco se ganaba la vida en eso. Aunque en el último tiempo estaba alejado del oficio, ocupado en asuntos que juzgaba más urgentes, cada tanto conseguía uno que otro trabajo.

Justamente esa mañana, después del trote matinal programado en el Parque O’Higgins de Santiago al que nunca llegaría, estaba comprometido para un trabajo de plomería al que tampoco llegaría. Es más, ni siquiera llegaría a la otra esquina.

Fue una acción fugaz, intempestiva. Un segundo iba caminando tranquilamente por la vereda y al otro salía de foco. Como si hubiese sido succionado por una fuerza centrífuga, Pedro fue tomado por un par de brazos e introducido de súbito a un garaje de calle Olivos. No hubo gritos ni forcejeos, y Óscar, que iba detrás, no pudo más que hacerse el desentendido y seguir caminando, al mismo tranco, por la misma vereda, como si nunca hubiese visto lo que vio. Al pasar por el lugar donde se suponía que Jorge había desaparecido, una oscura entrada de garaje, no se atrevió ni a mirar de reojo. El depredador que había esperado pacientemente hasta dar caza podía no haberse fijado en la presa que iba detrás. Era una posibilidad, y sin tiempo para darle vueltas al asunto, decidió arriesgarse y alcanzar la esquina.

No solo pasó ese garaje, sino que pudo avanzar varios metros, llegar a Recoleta y encaminarse al paradero de micros. Tuvo tiempo para botar aire y pensar qué hacer, si dirigirse al Parque O’Higgins y alertar a los otros de las novedades o chequear si era seguido. Tal vez las dos cosas. Estaba en eso, si sí o si no, cuando detrás de un quiosco dos hombres le cayeron encima. Decir grandes es poco. «Los tipos eran enormes», recordará después Óscar, que se vio alzado por dos brazos y arrojado «como quien lanza a un gato de la cola» contra una cortina metálica. Lo que vino fue rápido y confuso, y ya no pensó más.

Hubo gritos, patadas, insultos, autos que frenaron a su lado y un aterrizaje al piso del asiento trasero de un auto. No tuvo nada que hacer. Tenía las manos esposadas, la vista vendada con cinta adhesiva y una rodilla presionando su cabeza. Camino a algún lugar de la ciudad, eso era un misterio para él, uno de sus custodios lanzó una pregunta cuya respuesta parecía conocer sobradamente:

—¿Así que trataste de matar al Presidente, hueón?

Óscar apenas podía hablar, pero de todas formas, como pudo, se fue de negativa. Dijo que no sabía de qué estaban hablando. Que no tenía nada que ver con eso. Que era cierto que andaba junto al otro chico, pero que no eran terroristas ni mucho menos. Antes de ganarse otro golpe alcanzó a decir que se dirigían a hacer un trabajo de gasfitería.

Los primeros testimonios de escoltas sobrevivientes del atentado a Augusto Pinochet, ocurrido un mes y medio atrás en la cuesta Las Achupallas del Cajón del Maipo, hablaban de extremistas altos y fornidos, gente preparada en el extranjero y posiblemente extranjeros. Ninguno, hasta donde se sabía, había mencionado a dos petisos como los que esa mañana habían sido capturados por un equipo de la Brigada Investigadora de Asaltos de la Policía de Investigaciones de Chile y que poco después, atendiendo a su porte, serían bautizados como los Enanos.

Las dudas eran razonables. De ahí que uno de los policías a bordo del auto que trasladaba a Óscar se atreviera a comentar en voz baja que tal vez se habían equivocado, que esos dos no parecían terroristas, que en una de esas los verdaderos terroristas, que debían ser grandes y hábiles, probablemente barbones, ya se habían hecho humo.

Fue entonces que vino la comunicación radial entre los dos autos policiales que transportaban a los detenidos, y en ese instante, cuando Óscar escuchó que pedían chequear adónde se dirigía Pedro, aquél pensó que librarían. No tenían pruebas contra ellos, o eso creía él, y hasta donde sabía, lo único sospechoso en Óscar era su verdadero nombre: Lenin Fidel Peralta Véliz.

Vecino de La Pincoya como Pedro, en sus veintitrés años nunca antes había sido detenido, ni siquiera en una protesta callejera, y hasta hace poco se ganaba la vida en un taller de artesanías. Es cierto que en el último tiempo no trabajaba en nada estable, pero en esa época eran muchos los cesantes. Su amigo solo tenía que decir que iban a hacer un trabajo al barrio alto, tal como se lo había comentado la noche anterior, omitiendo lo del Parque O’Higgins.

Como pudo, con las manos esposadas, Óscar cruzó los dedos. Y así estaba cuando escuchó el informe radial que enviaban del otro auto.

—El detenido indica que se dirige al Parque O’Higgins. Cambio.

Era todo. Cambio y fuera. Su suerte, y la de su compañero, estaban echadas.

—Así que vai a hacer un trabajo de gasfitería, ¿ah? —escuchó decir Óscar antes de recibir otro golpe y una reprimenda—. Hueón mentiroso.

Han transcurrido veinte años desde entonces y Óscar todavía no entiende por qué Pedro no dijo la verdad. «Si a eso iba él, hasta andaba con su maletín de gásfiter», recordará. «Todavía me acuerdo que la noche anterior me dijo Chico, prepárate, que mañana nos damos un banquete. Me salió un trabajito».

Cuando Óscar y Pedro salían de su casa de seguridad en calle Rengifo, la dotación completa de la tercera subcomisaría de la Brigada Investigadora de Asaltos ya había ocupado los camarines del Parque O’Higgins. Emplazados bajo las graderías de la elipse, todos los empleados del lugar, desde el encargado de la guardarropía hasta los del aseo, habían sido suplantados por policías. Y no solo ellos. Al interior del parque, y en sus alrededores, la mayoría de los que vendían golosinas, leían el diario o trotaban por ahí llevaban bigotes institucionales, recortados y de ángulos rectos, ajustados al reglamento no escrito de la policía civil.

La evidencia no pasó inadvertida para Enzo, de veintisiete años, que ingresó al Parque O’Higgins unos pocos minutos antes de las nueve de la mañana. En su caso, cuando se va desarmado y no existe certeza del peligro, solo sospechas, mejor es seguir adelante antes que emprender una huida torpe. Por lo demás, ante cualquier cosa, Enzo —que en realidad era Víctor Leodoro Díaz Caro, hijo del ex subsecretario general del Partido Comunista de Chile, Víctor Manuel Díaz López, detenido en mayo de 1976 por la Dirección de Inteligencia Nacional y desaparecido hasta hoy— portaba un carné de identidad a nombre de Luis Felipe Hansen Kaulen, ingeniero civil nacido en Concepción. En ese documento falso solo dos cosas se correspondían con el verdadero Enzo: la foto y fecha de nacimiento: 29 de diciembre de 1958.

Bolso deportivo en mano, ingresó a camarines y se dirigió a guardarropía. Ahí lo atendió un hombre grueso, de pelo crespo y bigotes, que le entregó una ficha y le preguntó cómo iba a pagar, escolar o adulto. Adulto, respondió, y en ese momento, cuando el hombre que tenía al frente lanzó una mirada cómplice hacia el fondo del camarín, Enzo confirmó sus sospechas. Estaba en una ratonera, sin ninguna posibilidad de huida, y en ese caso mejor era representar el papel de Luis Felipe. No en vano, tres años atrás había estudiado un semestre de Teatro en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.

Luis Felipe canceló su ficha de guardarropía, dio media vuelta y caminó hacia los percheros. Comenzaba a desabotonarse la camisa cuando sintió el caño frío de un revólver en su cabeza.

—Quédate tranquilo, conchatumadre.

Era el hombre del aseo. Con una mano sostenía el arma y con la otra le abrazaba el cuello.

Detrás aparecieron otros policías, entre ellos el crespo de la guardarropía, y lo llevaron esposado a un cuarto lateral. No le preguntaron nada, no era el momento. Le dijeron que siguiera así como estaba, tranquilito, callado. Según el dato que manejaba la policía —y estaba quedando en claro que era un muy buen dato—, esa mañana de miércoles debían llegar cuatro hombres hasta el Parque O’Higgins. Dos de ellos habían sido interceptados en el barrio Recoleta. Un tercero decía ser el ingeniero Luis Felipe Hansen Kaulen. Quienquiera que fuera el cuarto debía seguir la misma rutina del último, entrar a camarines con un bolso y pedir una ficha en guardarropía. Y según esa lógica elemental, al primero que entró le cayeron varios policías encima. A ese lo llevaron con el otro, el falso Luis Felipe, y lo interrogaron primero.

—Tú sabís por qué estái acá, ¿no cierto?

—Sí —dijo, como pudo, temblando sobre las baldosas—. Por no ir a pagar el parte de la semana pasada.

Mientras ese hombre seguía siendo interrogado en el piso, otro que usaba bigotes pero no era policía permanecía afuera, sentado en las graderías de la elipse del parque, evaluando lo que ocurría alrededor. Milton, de treinta y d

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