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LOS LOBOS DE PRAGA

Benjamin Black  

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Fragmento

1.

Hoy pocos recuerdan que fui yo quien encontró el cadáver de la desdichada hija del doctor Kroll tendido en la nieve aquella noche en el Callejón del Oro. La voluble musa de la historia casi ha borrado el nombre de Christian Stern de sus páginas eternas, aunque a menudo he tenido razones para pensar que habría sido mucho mejor para mí no haber aparecido nunca en ellas. Mi destino era elevarme muy alto, con un magnífico plumaje, pero al final volví a caer al suelo con las alas en llamas.

Estábamos en pleno invierno, y una luna creciente pendía ladeada sobre la mole del castillo de Hradčany, que se alzaba sobre el estrecho callejón donde yacía el cadáver. ¡Cuántas estrellas había!, como montones de alhajas esparcidas sobre una cúpula de tensa seda negra. Desde niño me había fascinado el misterio del firmamento y siempre quise conocer sus secretas armonías. Pero esa noche estaba borracho, y sus luces como gemas parecían girar y mecerse mareantes sobre mí. Tan embriagado estaba que es raro que reparase en la joven que yacía muerta entre las profundas sombras de los muros del castillo.

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Había llegado a Praga ese mismo día y había pasado por una de las puertas del sur de la ciudad al caer la noche, después de un fatigoso viaje desde Ratisbona, con los caminos cubiertos de roderas y el Moldava helado de orilla a orilla. Encontré hospedaje en el León Dorado, un sórdido hostal en Kleinseite, donde no pedí nada, sino que subí a mi cuarto y me eché en la cama sin quitarme la ropa del viaje. Pero no pude dormir por culpa de una multitud de chinches que pululaba furtivamente a mi alrededor por debajo de las mantas y de un mercader de diamantes de Amberes, que agonizaba en la habitación contigua y tosía y gritaba sin descanso.

Por fin, pese a lo agotado que estaba, me levanté y bajé a la taberna, me senté en un taburete en el rincón de la chimenea y bebí aguardiente y comí bratwurst y pan negro en compañía de un viejo soldado, canoso y greñudo, que me obsequió con sangrientas anécdotas de sus días de mercenario a las órdenes del duque de Alba en los Países Bajos muchos años atrás.

Era más de medianoche y el fuego se había consumido cuando, más bebidos de la cuenta, los dos tuvimos la idea, que en aquel momento nos pareció estupenda, de aventurarnos afuera para admirar la ciudad cubierta de nieve a la luz de las estrellas. Las calles estaban desiertas: nadie aparte de nosotros había sido tan estúpido de salir con semejante frío. Me detuve en una esquina a resguardo del viento para aliviar la vejiga y el tipo siguió andando, farfullando y canturreando en voz baja. Un ave nocturna pasó volando en la oscuridad, una aparición silenciosa de alas pálidas, que desapareció tan rápido como había llegado. Me abotoné los calzones —lo cual no es fácil cuando uno está borracho y tiene los dedos helados— y eché a andar en lo que me pareció el camino de vuelta a la taberna. Pero enseguida me extravié en ese laberinto de calles sinuosas y callejones sin salida que hay al pie del castillo, de donde juro que el hedor de las letrinas habría expulsado al mismísimo Turco.

Cómo, desde allí, me las arreglé para acabar en el Callejón del Oro es algo que no puedo explicar. La Parca también es una mujer caprichosa.

Yo era todavía un hombre joven, con veinticinco años recién cumplidos, despierto, sagaz y ambicioso, y tenía todo el mundo por delante, a la espera de que alguien lo conquistara, o eso me parecía. Mi padre era nada menos que el príncipe-obispo de Ratisbona; mi madre, una sirvienta en el palacio del obispo: un bastardo, por tanto, pero decidido a no ser el criado de nadie. Mi madre murió cuando yo era aún una criatura, y el obispo me entregó a una pareja sin hijos: Willebrand Stern y la arpía de su mujer, que me dieron su apellido y procuraron criarme en el temor a Dios, lo que equivalía a matarme de hambre y darme palizas de vez en cuando por mi supuestamente incurable pecaminosidad. Más de una vez me escapé de la triste casa de los Stern en Pfauengasse, y en cada ocasión me atraparon y me llevaron de vuelta para que me golpearan con redoblado vigor.

Desde el principio tuve una gran sed de conocimiento, y con el tiempo me convertí en un precoz adepto a la filosofía natural y en un curioso aunque más bien escéptico estudioso de las ciencias ocultas. Tuve la suerte de recibir una sólida educación, gracias a mi padre el obispo, que insistió en que asistiera al gimnasio de Ratisbona, pese a que mi padre adoptivo Stern habría preferido colocarme de aprendiz con un herrero. En la escuela destaqué en el quadrivium y demostré una particular inclinación por la aritmética, la geometría y los estudios cosmológicos. Fui un estudiante aplicado e inteligente —más que inteligente—, y a los quince años, cuando era ya más alto y más fuerte que mi padre adoptivo, me matriculé en la Universidad de Wurzburgo.

Fue una época feliz, tal vez la más feliz de mi vida, en la amable y vieja Franconia, donde tenía profesores sabios y diligentes y pronto amasé una gran erudición. Cuando mis años de estudio llegaron a su fin, me quedé en la universidad y me las arreglé para ganarme la vida dando clase a los obtusos hijos de los comerciantes ricos de la ciudad. Pero la vida académica no podía complacer mucho tiempo a un hombre tan obstinado y resuelto como yo.

Los Stern lamentaron que me fuese a Wurzburgo, pero no porque me tuviesen cariño, sino porque conmigo se fue también la asignación mensual del obispo. El día de mi partida me prometí que mis padres adoptivos jamás volverían a verme, y cumplí mi promesa. Solo volví una vez a Ratisbona, diez años después, cuando los Stern habían muerto y había una herencia que cobrar. El legado no era más que un puñado de florines por el que casi no valía la pena hacer el viaje desde Wurzburgo, pero el dinero me sirvió para seguir mi camino a Praga, esa capital de la magia a la que había querido ir toda la vida.

El propio obispo había muerto hacía poco. Después de cumplir a mi pesar con el deber de visitar el lugar de su último descanso y, todavía más a mi pesar, el de los Stern, dejé Ratisbona tan deprisa como me lo permitió mi viejo penco. En una petaca de piel que guardé pegada al pecho llevaba una carta de recomendación que había solicitado a Su Ilustrísima cuando estaba agonizando, aunque sin muchas esperanzas de que me la escribiera. Sin embargo, en su lecho de muerte el gran hombre llamó a un escribiente para redactar el documento, que firmó como es debido y envió con urgencia a su importuno retoño.

Este favor de mi padre llegó acompañado de una pesada bolsa de oro y plata. La carta y el dinero me sorprendieron: me constaba que de entre su numerosa e ilegítima progenie yo no era su favorito. Tal vez se hubiese enterado de que me había convertido en un erudito y tuviera la esperanza de que pudiera seguir sus pasos y convertirme en prelado. Pero si eso fue lo que pensó el viejo, vive Dios que no conocía a su hijo.

También me envió —lo encontré por casualidad en el fondo de la bolsa— un anillo de oro que creo que debió de pertenecer a mi madre. ¿Podría ser que le diera este sencillo anillo de oro en prueba secreta de cariño…, incluso de amor? La posibilidad me turbó: había decidido considerar a mi padre un monstruo y no quería verme forzado a replanteármelo.

Y así llegué a Praga, a finales del año de Nuestro Señor de 1599, bajo el reinado de Rodolfo II, de la casa de Habsburgo, rey de Hungría y Bohemia, archiduque de Austria y gobernante del Sacro Imperio Romano. Era una época más feliz, una era de paz y abundancia antes de que esta terrible guerra de religiones, que dura ya casi treinta años, sumiera al mundo en matanzas, fuego y desolación. Es posible que Rodolfo estuviese un poco loco, pero era tolerante con todo el mundo, y pensaba que las creencias de cualquier hombre, ya fuese cristiano, judío o musulmán, eran cosa suya y no asunto del Estado, el monarca o el mariscal.

A Rodolfo, como es sabido, no le gustaba Viena, la ciudad donde había nacido, y no tardó en trasladar la corte imperial a Praga en…, ¡ay!, he olvidado el año; mi memoria es ahora como un cedazo. Aunque no he olvidado mi propósito al dirigirme a la capital de su imperio, que no era otro que ganarme el favor del emperador y asegurarme un puesto entre las decenas de eruditos que trabajaban para complacer a Su Majestad, y bajo su dirección, en el fabuloso caldo de cultivo que era el castillo de Hradčany. La mayoría eran alquimistas, pero no todos: en la corte también había sabios, en particular el astrónomo Johannes Kepler y el noble danés Tycho Brahe, el matemático imperial de Rodolfo, grandes hombres ambos, aunque Kepler era con mucho el más grande de los dos.

Lo que me había propuesto no era fácil. Conocía, como todo el mundo, la reputación de misántropo de Rodolfo. Su Majestad había pasado años recluido en sus aposentos del castillo, dedicado a estudiar textos antiguos y a meditar en sus fabulosas estancias, sin dejarse ver ni siquiera ante sus más íntimos cortesanos durante semanas; se sabía que había tenido esperando medio año o más a emisarios de los príncipes más ilustres antes de dignarse recibirlos en audiencia. Pero ¿qué me importaba eso a mí? Mi intención era abrirme paso hasta el sanctasanctórum imperial sin dilación ni impedimentos, por cualquier medio y mediante cualquier estratagema que pudieran ser necesarios, así de grandes eran mis ambiciones y mi fe en mí mismo.

La idea del favor real estaba lejos de mi imaginación esa noche en el Callejón del Oro. Me quedé tambaleándome y suspirando, con el intelecto nublado y los ojos cansados, mientras contemplaba ebrio y desanimado el cadáver de la joven que yacía tirado en la nieve.

Al principio pensé que era una vieja bruja encogida y arrugada. Imagino que fui incapaz de concebir que alguien tan joven pudiera estar muerto de manera tan cruel e irrevocable. Yacía de espaldas con el rostro hacia el cielo, y podría haber estado contemplando con lejana indiferencia las no menos indiferentes estrellas desperdigadas por la bóveda del firmamento. Tenía los miembros retorcidos y extendidos, como si se hubiera desplomado exhausta en mitad de una danza grotesca.

Entonces la miré más de cerca y vi que no era vieja, y que de hecho se trataba de una doncella de no más de diecisiete o dieciocho años.

¿Por qué había salido en una noche semejante? No tenía capa y llevaba solo un vestido de terciopelo negro bordado y unas zapatillas de fieltro que debían de ofrecer una escasa protección contra el frío y la nieve. ¿La habían sacado de algún sitio cercano y la habían matado en este? Llevaba tendida allí bastante tiempo, porque la nieve se había apilado contra uno de sus costados. Supuse que la habría cubierto del todo de no ser porque el calor del cuerpo, aunque cada vez más débil, había ido derritiendo los copos conforme caían sobre ella. Nada más tocar la tela del vestido, aparté los dedos con un estremecimiento: el terciopelo estaba empapado, quebradizo y erizado por el hielo. Me recordó al pellejo helado de un perro muerto que tuve entre los brazos de niño, un perro que mi padre adoptivo, el viejo Stern, había dejado fuera de la casa toda la noche y al que había dejado morir de frío en pleno invierno.

Pero ¡esta pobre joven, esta criatura muerta! Lo único que podía hacer era quedarme allí, impotente, y mirarla con lástima y pesar. Sus ojos estaban entreabiertos, y la pálida luz de las estrellas se reflejaba en ellos y vidriaba su superficie dándoles un aspecto de madreperla empañada. Esos ojos me parecieron más muertos que el resto de su ser.

Por un largo momento me incliné hacia delante con las manos apoyadas en las rodillas, ebrio y tambaleante y respirando con dificultad. De vez en cuando soltaba un suspiro ronco y tembloroso, maravillado por el extraño poder que poseía esa criatura pese a estar muerta. ¿Cómo podía retenerme allí, por más que quisiera huir y volver al santuario del León Dorado? Tal vez parte de su espíritu continuase aún en su interior, una luz desfalleciente; tal vez yo, el único ser viviente que había cerca, estuviera llamado a quedarme con ella y presenciar cómo se extinguía esa última llama vacilante. Los muertos, aunque no tengan voz, todavía exigen sus derechos.

Una especie de halo rodeaba la cabeza, no radiante, sino, por el contrario, de una intensa y limpia negrura, en comparación con el blanco de la nieve. Cuando reparé por primera vez en él, no supe qué podía ser, pero en ese momento, al inclinarme, vi, justo por encima de la gorguera de encaje, un profundo tajo a lo largo del cuello, como una segunda boca abierta y grotesca, y comprendí que la cabeza descansaba en un charco de su propia sangre vital, un círculo negro en el que centelleaba vagamente el vago resplandor del firmamento.

Incluso entonces me quedé inmóvil, presa de una desventurada agitación, como si mis pies estuviesen clavados al suelo. Me dije que debía dar media vuelta, dar media vuelta cuanto antes, en ese mismo instante, y largarme de allí. Nadie me había visto llegar y nadie me vería marcharme. Es cierto que la nieve estaba fresca y que mis botas dejarían huellas, pero ¿quién iba a poder decir que eran las huellas de mis botas, y quién iba a seguir mi rastro?

Aun así fui incapaz de moverme, no pude soltarme del intangible apretón de la mano muerta que me retenía allí. Pensé en cubrirle la cara, pero no llevaba capa, ni siquiera pañuelo, y no osé renunciar a la pelliza de piel de castor en una noche tan fría, por fuerte que fuese el imperativo natural de protegerla de la vergüenza de una muerte así y de la mirada inexpresiva e indiferente del mundo.

Apoyé una rodilla en el suelo e intenté levantarla por los hombros, pero el rigor mortis y la helada la habían endurecido; además, el vestido estaba pegado al hielo de las losas y no pude soltarlo. Mientras me esforzaba por alzarla —no habría sabido decir con qué propósito—, noté un olor intenso y dulzón; pensé que debía de ser el del oscuro charco de sangre sobre el que descansaba la cabeza, aunque, como todo lo demás, estaba congelado e inerte.

Cuando la solté y retrocedí, exhaló una especie de estertor contenido. En Wurzburgo había estudiado medicina un año, y sabía que los cadáveres a veces hacían esos ruidos, cuando sus órganos internos se movían y empezaban a disolverse. Aun así, se me erizaron todos los pelos de la cabeza.

Volví a acuclillarme y examiné más de cerca la herida de la garganta. No era un corte limpio, como el que haría una cuchilla afilada, sino más bien profundo e irregular como si un animal voraz hubiese clavado los colmillos en la carne tierna y la hubiese desgarrado.

Vi también que llevaba una pesada cadena de oro, y que en la cadena había un medallón, también de oro. Era grande y circular, con los bordes como llamas; una cabeza de Medusa, podría haber sido, o una imagen del gran disco del sol mismo.

Por fin me desembaracé de esa fuerza muerta que había ejercido sobre mí. Di media vuelta y me alejé dando tumbos por el callejón, en busca de ayuda, aunque sin duda la pobre criatura estaba más allá de cualquier socorro humano. La muerte es la muerte, por más que los curas o los nigromantes —suponiendo que haya alguna diferencia entre los unos y los otros— quieran convencernos de lo contrario, y ese final con que acaba nuestra existencia mortal.

Las casitas junto a las que pasé estaban cerradas y silenciosas, ni una rendija de luz se filtraba por las ventanas, mas pese al solitario aspecto del lugar y a lo avanzado de la hora, tuve la impresión de que incontables ojos despiertos y vigilantes me observaban en secreto.

Tenía los pies entumecidos por el frío, y las manos, frías también, me ardían debajo de la piel con una especie de calor febril. Me sentí extrañamente distanciado de todo lo que me rodeaba y de mí mismo; era como si la muerte me hubiese tocado a mí también, como si me hubiese rozado con las yemas heladas de los dedos. Pensé en los vasos de aguardiente —¿cuántos?— que habíamos apurado el viejo soldado y yo, sentados al calor de la lumbre en el León Dorado, y anhelé echar un sorbo, por pequeño que fuera, de ese ardiente licor, para calentarme la sangre y calmar mis confusos y acelerados pensamientos.

Después de andar con dificultad a lo largo de la base de la muralla del castillo, con la nieve crujiendo bajo mis botas y el aliento dibujando formas fantasmales en el aire, llegué a una puerta con un rastrillo. A la derecha de la puerta había una garita, en cuyo interior brillaba tenuemente un farol, aunque en medio de aquella oscuridad parecía una luz muy intensa. El centinela dormía de pie, apoyado en su pica. Era bajo y grueso, con una barriga tan redonda y prieta como un barril de cerveza. En un brasero que tenía al lado brillaban unas brasas, parte de cuyo grato calor llegó a donde yo me encontraba.

Chillé un saludo y pateé el suelo con fuerza, y por fin los párpados del centinela se abrieron. Me miró con gesto inexpresivo, todavía adormilado. Luego volvió más o menos en sí, recordó quién era, y qué se suponía que era, y se puso firmes con un tintineo de la cota de malla. Se enderezó el casco e hizo un gran alarde de apuntarme amenazadoramente con la lanza, mientras preguntaba con voz pastosa quién iba y qué quería.

Le di mi nombre, pero tuve que repetirlo, la segunda vez casi gritándoselo a la cara.

—¡Stern! —bramé—. ¡Christian Stern!

He de admitir que en esa época estaba muy pagado de mi nombre, pues me parecía verlo ya grabado en el lomo de la hilera de volúmenes eruditos que sin duda estaba llamado a escribir algún día.

El centinela se me quedó mirando con ojos obtusos y parpadeantes. Le conté cómo había encontrado por casualidad a la joven, tirada sobre las losas entre la nieve, al pie de los muros del castillo, con el cuello cortado de un lóbulo de la oreja al otro. Al oír mi historia, el tipo carraspeó y escupió un gargajo por encima del batiente inferior de la puerta que cayó con un ruido desagradable justo al lado de mi bota derecha. Me imaginé usando esa misma bota para propinarle a ese bribón una buena patada en las partes blandas de debajo de la barriga colgante.

—¿Qué más me da a mí —dijo, desdeñoso— que le hayan rebanado el pescuezo a una furcia?

—No era una furcia —respondí, pensando en el vestido de terciopelo y en el medallón y la cadena de oro—. Al contrario, creo que era una dama.

—Todas las putas de Praga se creen señoras de alta alcurnia —replicó el centinela con desdén renovado.

En los días de mi juventud yo tenía el genio vivo e irascible, y pensé en arrebatarle la lanza y darle un golpe en el casco en respuesta a su insolencia. En lugar de eso, me dominé y le dije que había que avisar a alguien con autoridad de que se había cometido un grave crimen.

El centinela se rio y replicó que ya había avisado a alguien con autoridad, ¿acaso no acababa de decírselo y no era él una persona con autoridad? Quedó claro que lo consideraba una respuesta muy aguda e ingeniosa.

Suspiré. A esas alturas yo tenía los pies totalmente entumecidos y apenas sentía nada por debajo de los tobillos. Me pregunté qué significaba para mí esa joven y por qué me preocupaba tanto por ella, si no era más que un cadáver.

Entonces llegó otro guardia; oí sus botas y el crujido del hielo antes de que apareciera entre la niebla y la oscuridad nevosa igual que el fantasma de un guerrero surgiendo del humo de la batalla. No obstante, no tenía un aspecto muy marcial, pues era de piernas delgadas, desgarbado y escuálido. Llevaba al hombro un arcabuz oxidado. Había llegado para relevar a su grueso camarada y demostró una absoluta indiferencia sobre quién pudiera ser yo mientras se secaba la nariz con el nudillo. Los dos intercambiaron unas palabras, y el recién llegado ocupó su sitio en la garita, dejó el arma de fuego en el suelo y expuso agradecido su flaco trasero al brasero y a los carbones encendidos.

Una vez más, insistí al centinela gordo en que fuera conmigo a ver el cadáver de la joven y decidiera lo que convenía hacer.

—Déjasela al guardia nocturno —replicó—. Él la encontrará en su ronda.

Si no iba conmigo ahora mismo, dije, iría directo a buscar a un oficial de la guardia y me quejaría de él. Era un farol, claro, pero imprimí tanta autoridad a mi tono que el tipo, después de dudar un poco más, se encogió de hombros y con un gruñido de enfado me pidió que lo llevara hasta allí.

Volvimos al callejón. El centinela era patizambo y andaba igual que un pato. Era tan bajo de estatura que su cabeza, redonda como una col, apenas me llegaba por encima del codo.

El cadáver de la joven seguía tal y como yo lo había dejado y nadie había estado allí en ese rato, pues las mías seguían siendo las únicas huellas visibles en la nieve.

A mi lado, el tipo gordo carraspeó de forma desagradable, cerró un ojo y sorbió aire entre los dientes. Dio un paso adelante y, con un gruñido, se acuclilló. Cogió el medallón y lo sostuvo en la palma de la mano mientras lo examinaba a la leve luz de las estrellas. Soltó un leve silbido.

—Es oro auténtico; sí, señor —dijo—. Hay que ver lo que pesa.

Qué tendrá el oro, quisiera saber, que todo el mundo se cree un maestro en el arte de tasar. Lo mismo ocurre con las piedras preciosas, aunque cualquier trozo viejo de cristal tallado puede pasar por una gema de la mejor calidad, como os dirá cualquier joyero o cortabolsas.

De repente, el tipo soltó el medallón como si le hubiese quemado la mano. Se puso en pie con dificultad y retrocedió asustado con paso vacilante.

—¡La conozco! —murmuró—. Es la hija de Kroll. ¡Por la sangre de Cristo!

Se volvió hacia mí con un gesto desquiciado y luego escudriñó la oscuridad, como si temiera que una banda de asesinos estuviese al acecho, a punto de atacar.

—¿Kroll? —pregunté—. ¿Qué o quién es Kroll, si puede saberse?

El centinela soltó una risita desesperada.

—¿No conoces al doctor Kroll —dijo—, el matasanos del emperador y uno de sus magos principales? —volvió a reírse con un tono lúgubre—. Tengo para mí que pronto lo conocerás, amigo.

Y, en efecto, lo conocí muy pronto.

2.

Aún faltaba mucho para que amaneciera cuando fueron a buscarme a mi alojamiento. Me llevé una gran sorpresa y un susto aún mayor, pero descubrí que en alguna parte de mi ser no estaba del todo sorprendido. Sospecho que en todos nosotros, desde que Adán se comió la manzana, acecha la expectativa culpable de esos lejanos golpes en la puerta en mitad de la noche, de las voces bruscas en el vestíbulo y del estrépito de los pasos en las escaleras. En el fondo nadie se cree inocente del todo.

Al oír ahora el violento estrépito, salté de la cama y miré presa del pánico a mi alrededor, pero no tenía siquiera un cuchillo para defenderme. Me pregunté confuso cómo habían sabido dónde encontrarme. De noche, después de que el grueso centinela identificara por mí a la joven muerta, lo había acompañado a la puerta, donde se puso a hablar entre apresurados murmullos con su camarada de armas por encima del batiente de la garita. Ese fue el momento en que recobré el juicio —a esas alturas el efecto del aguardiente había desaparecido del todo— y retrocedí sigiloso, di media vuelta y desaparecí en la noche, mientras los dos guardias departían preocupados.

Tuve que esperar un buen rato muerto de frío a la puerta del León Dorado, mientras llamaba y miraba angustiado calle arriba y abajo, hasta que la mujer del hospedero bajó a abrirme. Se había levantado de la cama y llevaba la ropa de dormir, con el pelo recogido en un delicado gorro de muselina blanca. Ya me había fijado en ella a mi llegada. Era guapa, con las mejillas sonrosadas y rizos negros y brillantes, aunque me pareció un poco madura para mis jóvenes ojos.

Cogió una palmatoria y me condujo a mi habitación. Cuando llegamos, se demoró en el umbral, mirándome con una sonrisa descarada y ofreciéndome la vista de su camisa abierta. Noté su olor femenino e incluso me pareció sentir el cálido rubor de su piel. La palmatoria suavizaba sus rasgos y alisaba los finos abanicos de arrugas en las comisuras de la boca y los ojos. Estoy seguro de que habría aceptado su silenciosa oferta y la habría hecho pasar a mi cuarto y a mi cama, con chinches o sin ellas, si en ese momento no hubiese recordado con claridad, como una pavorosa advertencia, el brillo empañado de los ojos entreabiertos y sin vida de la joven que yacía en la nieve al pie de la muralla del castillo y esa otra boca espeluznante debajo de la barbilla, abierta y ensangrentada.

El mercader de la habitación contigua se había callado ya —tal vez hubiese logrado morirse por fin—; aun así apenas pude dormir, y cuando lo conseguí, me asaltaron unos sueños —que muy pronto se demostrarían proféticos— plagados de estridentes gritos y alarmas y de huidas precipitadas en la oscuridad de un lugar iluminado por las antorchas a otro.

Cuando oí a los soldados en el piso de abajo, en lo primero que pensé fue saltar por la ventana y huir, pero la habitación estaba en uno de los pisos altos: de haber saltado, habría acabado quebrantado y cubierto de sangre en la calle. Aturdido por el miedo, apenas había hecho ademán de levantarme de la cama cuando la puerta se abrió y una patrulla de figuras con casco, correajes y botas irrumpió en la estancia. Un puño enfundado en un guante de cota de malla me asió con fuerza del hombro y me obligó a ponerme en pie.

Luego me apalearon, me maldijeron y me gritaron órdenes incomprensibles, me echaron la ropa encima y me ordenaron que me vistiera cuanto antes. Salté sobre una pierna tirando de mis calzas y me llevé un golpe en la cabeza por no apresurarme lo suficiente. Luego me hicieron bajar las escaleras a empujones entre el aire viciado con una mezcla de sudor, acero y el rudo aliento de unos toscos hombres de armas.

Mientras me conducían a la salida, miré por encima del hombro y vi a la mujer del posadero, con su gorro de dormir, asomando asustada detrás de la puerta de la taberna. Fue la última vez que la vi, pero incluso hoy, después de todos estos años, su imagen vuelve a menudo a mi memoria, con dolorosa claridad, y sigo sintiendo un triste y dulce pesar por esa oportunidad perdida. ¿No es incorregible la vejez?

Por suerte, había podido coger mi pelliza, pues el firmamento todavía oscuro estaba cargado de nubes hinchadas y abultadas y un viento cortante arrastraba rachas de nieve contra mi rostro, como un escupitajo medio congelado.

Cuando los soldados entraron en la habitación, me pareció que debían de ser al menos una docena, pero ahora vi que eran solo cuatro. Avanzaron con un sonido metálico, implacables y mudos, en formación en cuadro, una especie de calabozo ambulante conmigo tropezando jadeante en el interior. Avanzaban todos a una, con pasos acompasados, lo que hizo que me sintiera aún más torpe e impotente entre ellos.

Franqueamos una entrada, más ancha y alta que aquella donde horas atrás había encontrado al centinela dormido; luego atravesamos un patio de adoquines, resbaladizo por la nieve, para subir tres anchos escalones de piedra. Encerrado en esa celda de hombres armados, entré en una austera sala con el techo inmensamente alto e iluminada por velas de junco en candeleros de hierro clavados en las paredes. Qué raras son las cosas a las que elige aferrarse el miedo: esas luces, trémulas y humeantes, que hacían tanto ruido como un incendio lejano, me parecieron la imagen misma del espanto y de los presagios más sombríos.

Me condujeron a una ancha puerta de roble, con tachones metálicos grandes como puños. La puerta daba a otra sala, un poco más pequeña que la anterior y con el techo más bajo. En el centro había una mesa enorme, firme como un toro sobre las cuatro gruesas patas y rodeada de sillas de respaldo alto. Algo en esa disposición me pareció inquietante: la mesa vacía y reluciente y en cierto sentido siniestra, las grandes sillas acurrucadas e inmóviles pero en apariencia alerta y malintencionadas, como perros de caza mostrando a la presa a la espera del silbido de su amo.

Al otro lado de la puerta había una chimenea lo bastante grande para que cupiera un hombre de pie. Un único leño de haya ardía sujeto por dos altos morillos de bronce decorados con figuras de marsopas, nereidas y retorcidos tritones. Allí no había antorchas encendidas y la única luz de la habitación procedía del fuego.

La patrulla de soldados se retiró y cerró la puerta al salir.

Me quedé delante de la mesa, como si fuese el tribunal de Cristo, esperando no sabía qué. Lo único que se oía era el crepitar de las llamas en el hogar y el ruido de mi propia y trabajosa respiración. Me alegró notar el resplandor del fuego y me había adelantado para acercarme cuando una voz habló y me hizo retroceder: había pensado que en la sala no había nadie más que yo.

—Stern —me espetó la voz—. Así dices que te llamas, ¿no?

Escudriñé las sombras cambiantes que arrojaba la chimenea, en busca del origen de las palabras pronunciadas con tanta rudeza y brusquedad.

En la penumbra, a la izquierda del hogar, distinguí a un corpulento anciano, casi oculto por el respaldo de la silla lujosamente tapizada, como si fuera un trono, en la que estaba sentado delante del fuego. Parecía dormido, a juzgar por la languidez de la postura, con la barbilla clavada en el pecho y un brazo colgando inerte a un lado de la silla. No obstante, vi que tenía los ojos abiertos y que las pupilas reflejaban las agitadas llamas del fuego.

Sin embargo, no era él quien había hablado. Había otra figura de pie a la derecha de la chimenea, alejada, donde apenas llegaba la luz del fuego. Me pareció distinguir una constitución esbelta y delgada, una cabeza pequeña, una barba puntiaguda sobre una gorguera de seda, cuya blancura brillaba de manera inquietante en la oscuridad. Recordé otra gorguera que había visto hacía poco, aunque esa estaba negra y endurecida por la sangre.

—Sí —respondí, y tuve que hacer una pausa para aclararme la garganta—. Sí, así me llamo.

El hombre situado entre las sombras soltó un leve y, por alguna razón, incrédulo bufido y avanzó hacia la luz.

Sus ojos parecían negros a la luz del fuego y estaban muy juntos, como dos cuentas negras, brillantes y minúsculas. El pelo gris, muy corto, le formaba un estrecho pico sobre la frente que encontraba un eco en la barba puntiaguda. Llevaba jubón y calzas; sus piernas eran curiosamente esbeltas y delicadas, más parecidas a las de una mujer que a las de un hombre. Era de mediana edad, y en apariencia vivaz y despierto. No me gustó nada su aspecto, con esos ojos penetrantes, el pico de viuda y esa barba satánica recortada al estilo español.

—¿Y dices haber viajado hasta aquí desde Ratisbona? —preguntó, esta vez con tono escéptico y divertido.

—Sí —respondí—. Partí de Ratisbona hace una semana y llegué a Praga anoche.

—Ratisbona —repitió el hombre, con una risa suave y sarcástica.

Me sentía confundido: a juzgar por las respuestas de aquel tipo, daba la impresión de que estuviese afirmando haber llegado de la Atlántida o de la fabulosa ciudad de Ur.

—Nací en Ratisbona —dije con voz clara y lenta, como si le estuviera hablando a un niño—, aunque he estado muchos años fuera, primero estudiando y luego dando clases particulares en la Universidad de Wurzburgo.

—¡Ratisbona! —repitió el hombre, con otra risita—. ¡Wurzburgo! —se volvió hacia el individuo sentado en la silla—. Qué convincentes suenan estos sitios del oeste en su boca, ¿eh, doctor?

Yo estaba atónito. Era obvio que el hombre de la gorguera estaba seguro de que mentía…, pero ¿por qué iba a mentir sobre cuestiones tan baladíes como mi nombre y mi lugar de nacimiento? Y además, ¿por qué me interrogaba de manera tan desabrida? No había hecho nada malo, al menos que yo supiera. Sin duda encontrar un cadáver por accidente no podía ir contra las ordenanzas municipales. Y, no obstante, en lo más profundo de mi ser, volví a tener la misma sensación vaga y culpable de no haberme sorprendido cuando oí el estrépito de las botas de los soldados en las escaleras del León Dorado.

Volví a intentarlo.

—Me llamo Christian Stern —dije, hablando incluso más despacio que antes y subrayando más las palabras—. Llegué anoche a Praga desde Ratisbona. Ratisbona es donde nací y donde viví hasta que de joven fui a estudiar a la Universidad de Wurzburgo, donde he sido estudiante y profesor particular unos años —dudé y luego añadí—: No pienso quedarme mucho tiempo en Praga, voy camino de Dresde.

No era cierto, y nada más decirlo lo lamenté. No era mi intención viajar a Dresde, ni a ningún otro sitio. Praga era el destino que anhelaba y en Praga pensaba quedarme. Sin embargo, en vista de las sospechas y de la actitud amenazadora de ese hombre, me pareció más inteligente hacerme pasar por un forastero de paso por la ciudad que no tardaría en marcharse. Ahora me reproché aquella falsedad que, según temí, probablemente me causaría aún más problemas. Pero ¿qué le importaba a ese tipo tan entrometido si me quedaba en Praga o no? Y, además, ¿qué tenía todo esto que ver con la joven muerta en la nieve?

—Acércate —dijo el hombre con brusquedad—, donde podamos verte bien.

Rodeé la mesa y me detuve delante de la chimenea. El hombre me miró en silencio un largo rato, con la pulcra y diminuta cabeza muy ladeada, como un mirlo cuando deja de buscar comida y aguza el oído.

—¿Sabes quién soy? —preguntó.

—No, señor —dije—, lo desconozco.

Se irguió y alzó la barbilla.

—Soy Felix Wenzel —dijo—. Gran senescal de Su Majestad el emperador Rodolfo.

«¡Ah!», pensé, y el corazón me dio un vuelco. Felix Wenzel, como todo el mundo sabía, era uno de los más inteligentes, astutos y temidos consejeros del emperador. Me quedé tan impresionado como alarmado. ¡Felix Wenzel!

—Es un honor conoceros, señor —repliqué con una envarada reverencia. No me avergüenza admitir que las reverencias nunca han sido mi fuerte.

Wenzel sonrió con frialdad y se acarició la comisura de los labios con un dedo y el pulgar, haciendo un leve sonido de raspado en la barba canosa. Siguió observándome con su mirada dura y brillante.

—Dinos por qué mataste a la chica —inquirió.

El leño se quebró y silbó en la chimenea, la luz de sus llamas brilló sobre los pechos desnudos de una ninfa marina que se apoyaba en la base de uno de los morillos de bronce. Por un momento me quedé tan desconcertado que no pude decir nada. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que pudieran acusarme del asesinato de la joven.

Volví a carraspear.

—Os equivocáis, señor —respondí—. La encontré muerta, donde yacía. Llevaba así un tiempo, pues sus miembros estaban rígidos.

Wenzel asintió con la cabeza, aunque fue solo un gesto de impaciencia, como si estuviera descartando un detalle irritante y sin importancia.

—Mientes, por supuesto —objetó.

Entonces el hombre de la silla de delante del fuego, que parecía absorto en sus pensamientos como si no nos estuviera oyendo, habló de pronto.

—Wurzburgo —repitió con un gruñido grave y fatigado, levantando la cabeza y volviéndose para mirarme—. ¿Dices que vienes de Wurzburgo?

—Así es, señor —repliqué—. Wurzburgo es donde he pasado estos diez últimos años, y donde tengo mi trabajo en la universidad —me volví otra vez hacia Wenzel—. Si lo dudáis, hay personas allí, colegas, profesores, hombres de letras que responderán por mí.

—¡Oh, claro! —exclamó con desprecio Wenzel—. ¡Los sabios de Wurzburgo responderían por las cabras de sus abuelas! —se dio la vuelta y volvió a la oscuridad de su rincón.

Arrepentido, recordé la carta de recomendación de mi padre el obispo, ¿por qué no había pensado en llevarla conmigo cuando los soldados me sacaron de la habitación en el León Dorado? Ahora podría haberla utilizado para probar mi identidad. Idiota olvidadizo, la había dejado debajo del apestoso colchón de paja, donde, al llegar al hostal, la había escondido para mayor seguridad.

El hombre de la silla seguía mirándome. Tenía la cabeza grande, la frente ancha y abombada, la nariz prominente y una poblada barba. Sus ojos estaban hinchados e irritados por el cansancio.

—Era mi hija —dijo en voz tan baja que apenas entendí sus palabras—. La que encontraste —soltó un largo, suave y desfalleciente suspiro—. Magdalena, se llama… se llamaba. Mi hija.

Asentí con la cabeza. Ya había supuesto que debía de ser el doctor Kroll, de quien el centinela gordo había dicho que era el padre de la joven muerta.

Wenzel volvió a hablarme desde las sombras.

—Y del renegado, Madek —preguntó—, ¿qué sabes?

El doctor Kroll, en su silla, dio un extraño respingo, de sorpresa, me pareció, o quizá fue de pasmo, al oír ese nombre. Miró con intensidad a Wenzel, y luego volvió a fijar la vista en el fuego.

Yo no tenía nada que responder a la pregunta de Wenzel. No conocía a ningún Madek, papista, renegado, o lo que fuera. Es más, no sabía nada de nada: ni de la mujer asesinada, ni de estos altos funcionarios, ni de tan desconcertante y espeluznante interrogatorio. Me sentía como un hombre que, cabalgando al atardecer, se hubiese quedado dormido en la silla, y hubiera despertado en un camino desconocido, en mitad de la noche, extraviado y confuso.

Wenzel volvió a acercarse a la luz del fuego, y empezó a ir y venir despacio con la mirada baja y las manos a la espalda, poniendo un pie delgado delante del otro con mucha premeditación y tiento, como si siguiera una línea trazada, recta e invisible, en el suelo. Sus zapatos eran de suave piel de cordero, con hilo de plata e incluso una cinta esca ...