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LOS úLTIMOS DíAS DE ADELAIDA GARCíA MORALES

ELVIRA NAVARRO  

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Fragmento

 

Una mujer se presenta en el despacho de la concejala. Es un cuarto desabrido, con tres ceniceros sobre una repisa de obra y varias estanterías atiborradas de cartapacios y libros cuyo tema es el propio municipio, hoy convertido en una ciudad dormitorio. Hay desde publicaciones del cronista local hasta un volumen de leyendas comarcales, pasando por un poemario infantil de una maestra jubilada que cuenta cómo los Reyes Magos llegan al pueblo para alegrar el árbol de Navidad de los hogares humildes.

La mujer que tiene ahora delante parece una pobre. No va sucia, pero algo en ella luce largamente descuidado, como la fachada de un edificio cuya pintura se deja caer. Se adivina que los moradores de esa finca aún tratan de convertir su interior en un hogar, aunque también puede colegirse, por el temblor de las luces que vierten las ventanas, que alguno se mete en la cama sin calefacción y sin cena.

A la concejala, en su mesa sobria y pintada muchas veces del mismo color marrón (las capas de pintura desprendida trazan discretas gargantas en cuyos pliegues va acumulándose el polvo), le abruman las pilas de papeles colocadas a su izquierda y derecha. Se lleva una mano a la frente antes de dirigirse a esa señora de aspecto descompuesto.

—¿Qué desea?

—Soy Adelaida García Morales.

La concejala se acuerda entonces de que Trini, la secretaria, le ha dicho que esa individua deseaba verla. Nunca ha logrado retener el nombre de la escritora más que para reconocerlo cuando alguien lo pronuncia y volver a olvidarlo al cabo de un rato. Es concejala de Cultura, pero hace años que apenas lee. Va al teatro todo lo que puede, y también a conciertos de flamenco, a la ópera y al cine; sin embargo, ya no encuentra tiempo para los libros. En las raras ocasiones en que se tumba en el sofá con una novela, su atención se dispersa. Se ha acostumbrado a que leer signifique picotear artículos de prensa, entrevistas o estados de Facebook. ¿Y podrá ser de otro modo mientras su cargo la obligue a estar al día de lo que ocurre en la política nacional y local?

Adelaida García Morales se ha personado varias veces cuando ella no estaba. Trini le ha advertido de que le falta un tornillo. Hace casi un lustro, motivada por su nuevo cargo en el consistorio, y porque alguien le comentó que había una escritora residiendo en la localidad, la concejala quiso saber quién era García Morales. La googleó, pero como no está al tanto de los códigos literarios y la entrada que le dedica la Wikipedia pinta escasa, no le quedó claro si se trataba de una autora relevante. Preguntó sobre sus libros en su círculo familiar y de amigos; sólo su marido la había leído. Éste le dijo que su éxito fue efímero. Más tarde, la regidora se enteró de que, durante un tiempo, una de las novelas de esa mujer figuró como lectura obligatoria e

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