Loading...

LOS MEDICI. LA DECADENCIA DE UNA FAMILIA 4

Matteo Strukul  

0


Fragmento

Prólogo

Passitea tenía los ojos muy grandes y de un color tan cálido que recordaba la miel silvestre. Parecían ocupar casi por entero su pequeño semblante de delicados rasgos, incluso frágiles. Sin embargo, pese a su complexión menuda, revelaba de manera inequívoca una resistencia obstinada.

Cuando María la vio se quedó fascinada.

Había llegado en carroza desde el Palacio Pitti, en el distrito de Colonna, cerca de la iglesia de la Annunziata, en los alrededores de la casa que el propio Médici había concedido a Passitea y a sus dieciocho compañeras.

Expulsada de Siena por haber intentado fundar su propia orden de religiosas, aquella mujer pía y dulce había obtenido todo el apoyo de Florencia. Y ahora tan solo intentaba hacerse con un monasterio donde llevar una vida santa y misericordiosa, castigando la carne y ayudando a las almas perdidas de hombres y mujeres.

Y solo Dios sabía cuánto se necesitaba en aquellos tiempos aciagos, gobernados a hierro por el dinero, la traición y el engaño.

Recibe antes que nadie historias como ésta

María la miró largamente, incapaz de apartar la mirada: Passitea vestía solamente un atuendo de arpillera. La tela estaba gastada, hasta el punto de dejar trasparentar las llagas rojas que se marcaban en sus flancos, en los puntos en que se autoinfligía profundas heridas con espinas y cadenas, agudizadas por el vinagre caliente que hacía que sus compañeras le aplicasen para mantener vivo el recuerdo del dolor y de la expiación.

Aquel sufrimiento, no obstante, no parecía doblegar de ningún modo su firme atención hacia los demás. Se dijera que, al contrario, parecía exaltar aquella actitud. Por un instante María estuvo segura de identificar un aura impalpable que la envolvía y se alejaba en lenguas claras hacia la luz pálida que se filtraba por los ventanales del gran salón.

María estaba segura de que eran el rigor y la disciplina lo que alimentaban aquella aura.

Passitea se le acercó. La tomó de las manos.

María sintió los finos dedos, fríos como el alabastro, que se entrelazaban con los suyos. No rechazó aquel contacto que se presentó tan natural y amable a su corazón.

No hubiera sabido explicar por qué, pero había algo que iba más allá de la dimensión terrenal en aquel encuentro.

Passitea tenía un don natural, una rara capacidad de comprender las penas ajenas, sin tener que pronunciar una sola palabra. Sin embargo, María se dejó ir y explicó el motivo de aquella visita. Tenía el corazón transido de emoción y el silencio la hacía sentir incómoda. Abrirse a aquella mujer era todo lo que necesitaba.

—He venido porque tengo miedo, madre. Temo por mi futuro. —Pero no halló la manera de acabar porque Passitea le puso el índice delante de la boca.

María obedeció a aquel gesto, como si una fuerza sobrenatural le hubiera robado los pensamientos y la voluntad. Se dejó guiar por aquella mujer tan singular hacia dos pequeños taburetes de madera.

Todo en aquella gran sala vacía estaba marcado por el signo de lo esencial al desnudo. El mármol claro del suelo parecía querer devolver el aire frío de noviembre. Las velas, aprisionadas en el hierro de los candelabros, estaban apagadas, a fin de que la luz artificial quedara desterrada de aquel lugar.

Aparte de los taburetes, un reclinatorio era el único mueble presente. En las tablas se distinguía con claridad una aureola de color vino, que hablaba más que mil confesiones, de la sangre que Passitea debía de haber derramado en las horas de penitencia y plegaria.

María tomó asiento en el taburete.

Frente a ella, Passitea cerró los ojos. Con las manos apretaba el gran crucifijo de madera que le colgaba en el pecho.

―Mi dulce amiga —dijo la pía mujer—, veo en vuestro rostro una preocupación que os devora, pero tenéis que tener confianza. Haced acopio de paciencia y no os angustiéis por vanas dudas, porque yo veo con claridad vuestro futuro.

—¿En serio?

María la miraba estática. Y también llena de miedo, puesto que, cuando Passitea volvió a abrir los ojos, detectó en su mirada una luz tan intensa que casi le cortó la respiración.

Si no hubiera tenido una confianza ciega en ella, habría considerado a aquella mujer, sin lugar a dudas, una fanática.

—Fiaos de lo que os digo, amiga mía.

Sin añadir nada más, Passitea mantuvo los ojos en los de María, como si al mirarla pudiera explorar su alma. Y, probablemente, era así. Es más, María no tenía ninguna duda de que era así.

—Sois tan hermosa —dijo Passitea—, vuestros ojos, sinceros; vuestra piel, blanca como la nieve; esos cabellos castaños de un color tan intenso que ciega la vista de los que los contemplan... Y, sin embargo, eso no son más que leves baratijas de la vanidad, ¿lo entendéis? Tenéis que tener fe, María, abandonaos a lo que nuestro Señor ha decidido para vos. Dejad de angustiaros con preguntas inútiles. Mejor preguntaos cómo podéis servirlo y preparaos para celebrar su gloria.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó María de Médici.

—Pasad más tiempo orando. Visitad a quienes os necesitan, a los últimos, a los que ni siquiera saben de qué vivir.

María inclinó la cabeza, en señal de contrición. Passitea tenía razón.

Estaba muy preocupada por su futuro, tan incierto. Su tío Ferdinando le había prometido un magnífico matrimonio, pero el tiempo pasaba, y ella, con veintidós años, estaba todavía sola. Y, a pesar de su innegable belleza, parecía que nada iba a poder cambiar aquella situación.

—¿Por qué nadie me quiere? —murmuró con un hilo de voz.

Esa pregunta se escapó de sus labios, desgarrada casi por aquella sensación de insuficiencia que de vez en cuando la agredía como una enfermedad violenta.

Se arrepintió de inmediato de tales palabras porque se advertía en ellas el egoísmo y la vanidad.

Pero Passitea no se inmutó.

Le puso el dedo en el mentón y le levantó la cabeza. Luego la miró de una forma sorprendente.

Fueron las palabras que pronunció las que produjeron escalofríos a María.

—Preparaos para ser la reina de Francia, puesto que, como que me llamo Passitea Crogi, lo vais a ser. Pero que vuestro corazón no se regocije demasiado, ya que el poder terrenal corrompe el corazón de los justos y la riqueza arruina el alma.

FEBRERO DE 1601

1

La idea de Leonora

—Os digo que me odian. Todos, sin excepción. Ya sé que carezco de esas patentes de nobleza que aquí parecen indispensables. Pero os prometo que, si os ponéis de mi parte también en esta ocasión, os seré fiel hasta la muerte, reina mía.

Leonora Galigai tenía la voz temblorosa de rabia. María de Médici le daba la espalda, con la mirada aparentemente perdida más allá de las ventanas lúgubres del Louvre, que se volvían más oscuras ante el cielo plomizo de aquel invierno que parecía no terminar nunca.

La luz lívida confería tristeza pintada de sombra a la sala en la que se encontraban. Los muebles oscuros y pesados, las estanterías casi vacías. Aquel palacio estaba tan lleno de recuerdos funestos que quitaba el aliento. Era como si los soberanos anteriores no hubieran hecho nada para eliminar a los fantasmas de las tragedias que se habían consumado allá. Quizás albergaban el terror secreto de alterar un aterrador orden establecido. Al menos mil vidas se habían roto allí, en el transcurso del tiempo, y un destino de angustia y sufrimiento parecía ser todo lo que le esperaba a quien hubiera osado oponerse.

—No tenéis ni siquiera que decirlo, Leonora. Lo sé perfectamente. —María no se volvió. Su gran figura, que se intuía de una belleza majestuosa, escultural, se recortaba contra la luz sanguinolenta de las candelas—. Y creedme —prosiguió la reina—, no tengo ninguna intención de dejarlo correr. Sois mi dame d’atours y no me importa en absoluto si incluso mi marido a veces se queja de que ese papel tenga que asumirlo la vizcondesa de Lisle. —Al decirlo, María dejó escapar un suspiro—. Se acostumbrará a la idea. Yo no cedo, Leonora, de eso podéis estar segura.

—Os lo agradezco, sé cuánto estáis luchando por mí, y os prometo que cada gesto de afecto que me concedáis os lo devolveré multiplicado por diez.

María se volvió hacia Leonora. Sonrió. Los dientes blancos y regulares brillaban como perlas. Tenía un semblante fascinante, de rasgos simples, pero extraordinariamente hermosos, realzados por un tocado que recogía su fluida melena, enmarcándolo con una diadema de piedras preciosas. Miró a Leonora y a sus ojos negros como la tinta, esa expresión de su rostro que valía más que mil palabras.

—No tengo dudas. Hemos crecido juntas, ¿lo recordáis? ¿Y podría yo, según vos, echar a perder un pasado como ese por las peticiones arrogantes de un puñado de nobles franceses? Porque, entonces, ¿con qué atrevimiento se me pide que renuncie a vos? ¿Os parece sensato que el hombre que me traiciona con una zorra como esa tal Henriette d’Entragues tenga el valor de pretender que yo abandone a la única persona en la que tengo una confianza absoluta?

Leonora se regocijó en el fondo de su alma al escuchar esas palabras, pero no dejó entrever la más mínima emoción.

—Ese hombre es el rey, reina mía —se limitó a decir.

—Naturalmente. Y yo lo honro como marido y como soberano. Cada día, Leonora, bien lo podéis creer. Pero tampoco él puede decirme quién ha de ser mi dame d’atours, ¿me explico? No temáis, Leonora, os protegeré siempre. Pero es evidente que en este palacio, gris y triste como esa Francia devorada por la miseria y por la guerra, tendremos que buscar a alguien que sea nuestros ojos y nuestros oídos, ¿no os parece?

—Majestad, yo bien puedo ser tales ojos y tales oídos, si me dejáis ese honor —dijo Leonora con un celo casi excesivo.

—No lo dudo. Pero no será suficiente, creedme. Hace falta un hombre. Alguien muy hábil en el arte de la simulación y, al mismo tiempo, de la espada, que represente una garantía cierta para conseguir información vital para nuestra supervivencia. No me refiero a envidas y chismes, no. Necesito a alguien que conozca el arte de la intriga y de la política y que esté dispuesto a llevar a cabo las misiones más peligrosas y horribles; alguien a quien no le importe el buen nombre, pero que responda a sus propios intereses y que esté preparado para hacer cualquier cosa, en nombre del dinero que le podamos ofrecer. Había pensado en Concino Concini al principio, pero no creo que él sea la persona adecuada, es demasiado ostentoso e impetuoso. No, necesitamos a alguien completamente diferente.

—Y tenéis razón, reina mía. Concino os es fiel, lo puedo garantizar, pero no es un hombre adecuado para la misión que proyectáis. Y, sin embargo, creo conocer a esa persona, alguien que corresponde a vuestras demandas, majestad.

—¿De verdad?

Leonora asintió.

—Os escuchó —la animó María.

—Mirad, majestad, hay en mi círculo de amistades más íntimas alguien que responde a esas características: un joven aventurero de buen aspecto, pero lo suficientemente discreto y astuto para pasar inadvertido, puesto que siempre ha entendido que solo desde un segundo plano se tiene una vista de conjunto, hasta el punto de poder abarcar todo cuanto acontece en esta vida.

—¿Y es de confianza?

—Puedo poner la mano en el fuego por él.

—Entonces, con eso tengo suficiente.

—Lo mandaré llamar si tal cosa puede complacer a vuestra majestad.

—Hacedlo.

—De acuerdo, pues. —Pero Leonora no fue capaz de terminar la frase porque la reina quería saber más.

—¿Y cómo se llama ese héroe nuestro?

—Matteo Laforgia. Pero ha cambiado su nombre, ahora es Mathieu Laforge, para no levantar sospechas.

Una sonrisa traicionó a María.

—Un nombre falso. ¡Magnífico! —Los ojos se le llenaron de una luz deslumbrante—. Un italiano, por lo tanto.

—Un veneciano, majestad.

—¡Ah, Venecia...! —exclamó María—. ¡Qué maravilla!

—Sí —repitió Leonora—. Venecia, tierra de espías y traidores.

María pareció querer minimizar aquel detalle y dejó que su hermosa mano abofeteara levemente el aire.

—Esperemos que nuestro hombre pertenezca tan solo a la primera de esas categorías, entonces —concluyó.

—Confiad en mí, reina mía.

—Por supuesto, Leonora. —Y según lo decía soltó un suspiro liberador. Quizá después de tantos temores e inquietudes había encontrado una manera de responder golpe a golpe a todos aquellos que buscaban su final. Sabía que iba a haber una guerra que se libraría con traiciones e intrigas, pero ahora, tras haber hablado con Leonora, se sentía preparada: era una Médici y no iba a ceder fácilmente.

Como si fuera una confirmación de sus pensamientos, hizo un gesto de asentimiento.

Luego, mirando a Leonora, pronunció una declaración de guerra.

—No tengo miedo a estos franceses, Leonora. Que hagan sus jugadas. Yo haré las mías y, al final, ya veremos quién queda en pie.

2

Historia de un espía

París era en aquellos días la esencia misma del vicio y de la violencia: un hervidero del infierno arrojado a la tierra, en el que los pobres y los desamparados se retrepaban los unos a las espaldas de los otros en el desesperado intento de salir adelante y sobrevivir.

En los barrios populares las calles no eran más que callejones malolientes de barro y excrementos; las casas, erupciones deformes y desordenadas que crecían arracimadas, tupiendo los espacios en un cúmulo de techos y mampostería que impedía que se viera el sol.

Los palacios de los nobles resultaban algo más fascinantes, pero, en el interior, la violación y el asesinato tenían lugar en igual número, si no mayor.

El Sena atravesaba la ciudad como un arroyo maldito, tal era el número de muertos que acababan ahogados o simplemente degradados como basura blanca.

La plaza de Grève veía las horcas en perpetuo funcionamiento, los prostíbulos aumentaban día tras día y ni siquiera las iglesias parecían sustraerse a aquella orgía desenfrenada de odio, violencia y sexo desmedido.

Bajo el dominio de Enrique IV de Borbón, París se había vuelto, aún más, un gigantesco escenario de depravación, como si la noche de San Bartolomeo, acaecida treinta años atrás, no hubiera enseñado nada a sus habitantes.

Matteo Laforgia conocía bien aquel hecho. Había llegado a la capital francesa con la esperanza de hacer fortuna en el séquito de la florentina Leonora Galigai, protegida de la reina, hasta el punto de convertirse muy pronto en dame d’atours.

Había decidido de inmediato cambiar su nombre y había comprendido, a decir verdad, de manera veloz, que ese rostro suyo de rasgos regulares, que en el pasado había hecho suspirar a más de una doncella, podría servirle de ayuda en muchas ocasiones.

Criado a la sombra del campanario de San Marco, Matteo había ejercido de ladrón y embustero profesional a sueldo de un noble veneciano. Al descubrirse el engaño contra un caballero algo irascible y vengativo, había dejado la Serenísima República y se había dirigido a Florencia.

Ahí había prosperado como espía y sicario, haciendo buen uso de su experiencia y, precisamente por esas virtudes, se hallaba ahora en la capital francesa.

Se dedicaba a caminar por las calles, holgazaneando como un cantamañanas. Llevaba un jubón gris oscuro, pantalón abombado y una capa de tela del mismo color. No usaba nada para cubrirse. No llevaba consigo ni espada ni pistola, para evitar llamar excesivamente la atención. Y, sin embargo, si alguno se hubiera tomado la molestia de registrarlo tal vez habría encontrado el puñal que llevaba oculto en el bolsillo interno de la manga derecha del jubón.

Tenía el pelo largo, aunque no demasiado para la moda de aquel tiempo. Bigotes regulares sobre unos labios igualmente regulares. No había nada, en definitiva, en su aspecto que lo convirtiera en un hombre de encanto considerable. No era feo, pero podía perfectamente pasar inadvertido.

Esa era la manera en que le gustaba entremezclarse con la marea humana de la ciudad para campar a sus anchas. Sin embargo, si hubiera sido necesario, no habría tenido ninguna dificultad en sacar cualquier disfraz con tal de camelar al prójimo.

Era un arte que dominaba a la perfección. Y que le había procurado, con el tiempo, más de una ventaja.

Pero, de cualquier modo, no era su intención disfrazarse en ese momento. Tenía preocupaciones bien distintas, puesto que ese día tenía que matar a un hombre.

Alcanzó con la vista el mercado de Les Halles; era temprano por la mañana. En aquel lugar, desde las primeras luces del alba, hombres y mujeres de toda condición se inclinaban sobre los puestos de carne y pescado. Las galerías cubiertas permitían a todos los comerciantes de la región exponer y vender sus mercancías, sin importar el tiempo: no había diferencia si llovía o hacía sol. Por encima de aquellas galerías había casas, iglesias y hoteles, en un delirio de edificios con las formas más extrañas.

La verdad era que en Les Halles, que había nacido como centro de intercambio, pululaban no solamente compradores, sino también ladrones, prostitutas, asesinos y bandas de criminales de la peor ralea, y todas las mercancías hallaban su lugar en los puestos, sin excepción: no solo fruta y verdura, quesos y embutidos, sino también cuero, pieles, telas, zapatos, sombreros, muebles, cubiertos, enseres de decoración y armas.

Laforgia, o mejor Laforge, como se hacía llamar ahora, sabía perfectamente que el hombre al que tenía que matar se encontraría esa mañana entre los puestos de tela y los de sombreros. A monsieur de Montreval, tal era su nombre, le gustaba vestir con elegancia, incluso más: era un verdadero dandi, y no había semana en que no exhibiese en la corte un nuevo jubón o una chamarra ostentosa o tal vez un sombrero de forma particularmente atrevida. Y, no obstante, más allá del buen vestir, hacía gala de una lengua demasiado larga, tanto que, en el intento de conquistar el corazón de la condesa de Bernais, no había vacilado en escupir hiel sobre Leonora Galigai, sosteniendo que era un escándalo que una mujer privada de toda patente de nobleza hubiera llegado a donde había llegado ella sin tener más título que el de ser amiga de María de Médici. Una italiana como dame d’atours de la reina de Francia era una vergüenza. Concino Concini, noble florentino, amigo íntimo de la Galigai, hasta el punto de que había quien apuntaba que era también su amante, había echado sapos y culebras por la boca. Había proclamado que rebanaría el cuello a quien osara repetir tales palabras. Pero Concino era así: puro blablablá. No era que no fuera peligroso —que lo era, y de qué modo—, sino que cada acción llegaba acompañada de infinidad de fanfarronadas. Había en él una teatralidad innata. Sin embargo, la mayoría de las veces aquella manera ostentosa de actuar revelaba falta de eficacia.

Leonora era completamente diferente. No estaba en ningún caso dispuesta a dejarse insultar con impunidad y, puesto que intentaba realmente acallar aquellos rumores, había dado órdenes precisas a Laforge: aproximarse al tipo y cerrarle la boca.

Para siempre.

La misión se llevaría a cabo con la mayor discreción posible y a la velocidad del rayo, dejando a todo el mundo aquella desagradable sensación de que algo fatal le ocurriría a quienquiera que se atreviera a desafiar a Leonora, y sin que por ello se le atribuyera a ella la eliminación de monsieur de Montreval.

Y precisamente por esa razón, Mathieu Laforge no había dejado de seguir, oculto en las sombras, al inconsciente caballero. Pero este último, que no era para nada un león en lo que se refiere a valentía, iba siempre escoltado por un fulano armado hasta los dientes, dispuesto a entrar en acción para defenderlo a la primera señal de alarma.

Y así, con el objetivo de distraer al guardaespaldas, que sentía debilidad evidente por las mujeres hermosas, Laforge había ideado un truco simple, pero eficaz.

De hecho, le había pedido a una guapa pescadera que girara su cabeza hacia el gascón en el momento oportuno, de modo que él pudiera aprovechar aquella distracción para atacar.

3

Promesas a una amante demasiado incómoda

El rey no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—¿Qué es lo que decís? —gritó. Las venas hinchadas, sobresaliéndole del cuello, parecían a punto de reventar. La mujer que tenía delante era capaz de convencerlo, pero, al mismo tiempo, también de sacarlo de quicio como ninguna otra persona que conociera. Le acababa de pedir, de manera bastante educada, que le ratificara el documento debidamente firmado de su puño y letra hacía más de un año, con el cual prometía ante su padre, monsieur François de Balzac, y ante Dios, tomarla como esposa. Con una condición: que concibiera un hijo.

Y ahora su favorita le había confesado precisamente eso: que esperaba un hijo suyo. Y pretendía que hiciera honores a su promesa.

Pero Enrique IV de Francia no tenía intención alguna de hacerlo.

Henriette d’Entragues frunció el ceño. Lo hacía siempre que las cosas se le torcían y, en ese momento, hacerse la víctima resultaba el arma más eficaz.

—¿Acaso vuestra majestad se ofende? ¿No fuisteis vos quien me juró que daría cumplimiento a tal promesa?

El rey miró ese semblante menudo tan hermoso y sintió su propia voluntad vacilar por un instante. Pero se rehízo de inmediato: ¡esa mujer no siempre tenía que salirse con la suya! ¡Por Dios! Se había comportado como un demente temerario cuando había firmado aquel maldito juramento. En su momento no había valorado en su justa medida aquel gesto, convencido de que la absurda pretensión de casarlo se atenuaría y que Henriette se conformaría con su papel de favorita, que, pese a todo, él le concedía.

Pero en cambio, pese a su convicción, nada había salido como había previsto. No solo el padre de la chica pretendía la ejecución del contrato y, precisamente por esa razón, Henriette se negaba a devolvérselo, sino, lo que era peor, Henriette misma insistía en aquel absurdo plan e intentaba minarlo utilizando al niño como moneda de cambio.

El rey sacudió la cabeza, desesperado y lleno de disgusto. Le parecía que los requerimientos de Henriette eran tan injustos que resultaban ultrajantes.

—¿No veis que os he dado todo lo que puedo? —dijo con un hilo de voz—. ¿Y no os basta? ¿Acaso no os garantizo los ingresos de una reina? ¿No os he dado honores y riqueza? ¿No ha sido suficiente con que hiciera preparar para vos aposentos y estancias dignas de la mujer más noble de Francia? ¿O que os reconozca el marquesado de Verneuil? ¿Qué más queréis? ¿Queréis mi ruina, Henriette? Porque, os lo garantizo, una recompensa como esa no me veo capaz de concedérosla. No hay nadie que se sienta más feliz por ese niño, podéis creerme. Pero no voy a permitir que lo uséis en mi contra.

Henriette fingió no comprender.

—Enrique, mi único amor, sabéis muy bien que tenía toda la intención de devolveros esa carta que vos firmasteis con el objetivo de demostrarme cuánto me amáis. Ahora veo, muy al contrario, que se trataba únicamente de una vergonzosa maniobra para tranquilizarme, a la luz de ese matrimonio que os ha arrancado de mí para siempre y os ha entregado a esa florentina perversa y arribista.

—¿Cómo osáis hablar de María de ese modo? —Los ojos de Enrique relampagueaban de rabia: para todo había un límite—. No os permito que habléis de esa manera de la reina, ¿me he explicado?

Henriette se mordió el labio inferior. Hacer enojar al rey más de lo que estaba no servía de mucho y tenía que recordar que justamente esas ofensas hacia la persona de la Médici eran el mejor modo de quitarle la razón. Tenía que recordarlo. Pero, muy al contrario, sus celos proverbiales la llevaban siempre a exagerar tontamente, con el resultado de no obtener todo aquello que quería.

—Enrique, os lo ruego: tenéis razón —dijo, con la idea de bajar el tono—, no quería faltarle el respeto a vuestra esposa. Pero ¿cómo pensáis que me siento viéndome apartada a un lado de este modo? Vuestro matrimonio ha sido el funeral de mi amor. Hasta hace unos meses no teníais ojos más que para mí, pero desde que ha llegado esa mujer me habéis olvidado por completo.

Según lo decía, Henriette logró que se le escapara una lágrima. Cayó como una perla de cristal sobre su mejilla clara.

—Entonces..., ¿no os importo nada? ¿Y tampoco nuestro niño? —presionó.

Inclinó la cabecita a un lado y un mechón de cabellos rubios fue a parar, pícaramente, sobre su rostro.

Era condenadamente irresistible.

Y Enrique, que sufría su fascinación más que cualquier otro hombre, estuvo a punto de volver a caer en la trampa. Pero, al menos en esa ocasión, lo que estaba en juego era una apuesta demasiado alta para dejarse llevar: se arriesgaba a comprometer el reino.

—Henriette, no abuséis de mi paciencia. Os aconsejo que encontréis esa maldita promesa y me la devolváis. Estoy seguro de que con sentido común y discreción descubriremos cuál es el modo de ser felices los tres: la reina, vos y yo. María es consciente de que no pretendo renunciar a vos, pero no está dispuesta, y con razón, a ser humillada. Por no hablar de que es una mujer fascinante y con temperamento, y de modales exquisitos. Sabiendo perfectamente el lugar que vos ocupáis, ha aceptado con serenidad ese hecho. Con gran madurez e inteligencia. En cambio, vos seguís jugando con fuego. Poned cuidado en no estirar mucho la cuerda, Henriette, puesto que ya tenéis una idea más bien exacta de lo que soy capaz. No quiero tener que obligaros...

—No osaréis —dijo Henriette, fulminándolo con la mirada.

—Tal vez no hoy —le espetó él—, pero tened por seguro que, mañana o pasado mañana o el otro, haré lo que sea para volver a recuperar aquella promesa que os hice por escrito. No tengo ninguna intención de negaros el papel que os he concedido, por lo menos no todavía; pero recordad que se trata de concesiones y que no se os debe nada. Del mismo modo que os he elegido, bien puedo olvidarme de vos. O de vuestro hijo. ¡El rey soy yo! —Y mientras pronunciaba esas palabras, Enrique dejó escapar una sonrisa amenazadora.

—Este niño es también vuestro. No tenéis corazón —insistió Henriette, y en ese momento las lágrimas empezaron a caer copiosas.

Pero el rey ya se había cansado.

—Recordad, entonces, que no tengo intención de rogaros una vez más. Tratad de devolverme esa carta. Cuando se acabe ese asunto podré finalmente alegrarme por el nacimiento de nuestro hijo. Hasta entonces tendré que pensar en las prioridades que mi papel me impone.

Y sin añadir nada más, Enrique se dirigió hacia la puerta y se fue.

Casi instintivamente, Henriette miró hacia el gran espejo de la pared. Vio sus propios ojos arrasados en llanto.

Pero las suyas no eran lágrimas de desesperación. Eran de rabia. Encontraría la manera de hacérselo pagar a esa zorra de los Médici. Y también se lo haría pagar al rey.

4

El accidente en el mercado

Laforge observaba a escondidas a monsieur de Montreval entre la multitud de Les Halles. La ocasión era propicia. Entre los gritos de los vendedores que elogiaban las cualidades de sus productos y la muchedumbre que se apiñaba delante de los puestos, llevar a cabo la misión no debería resultar demasiado complejo.

Sin embargo, no quería subestimar la tarea.

Fue en el preciso instante en que la hermosa pescadera llamó la atención de Orthez cuando Laforge entró en acción.

La mujer tenía unos profundos ojos azules y el cabello rojo como ráfagas de árboles en llamas. Una pequeña joya destacaba en su generoso escote.

Inclinándose hacia delante para magnificar su mercancía, plantó sus ojos en los de Orthez. Pero todas las cosas buenas de Dios cegaban al hombre.

—Señor mío —dijo la pescadera—, ¿habéis visto alguna vez unas truchas más frescas que estas?

El gascón volvió la mirada hacia la pecera. Pero fue solo un instante, porque inmediatamente después una fuerza irresistible lo atrajo hacia el pecho prominente de aquella mujer tan hermosa como impetuosa y salvaje.

Laforge no perdió el tiempo.

Vio a monsieur de Montreval, que, completamente ajeno a todo ese montaje, se estaba probando un sombrero de ala ancha. No del todo convencido, lo había vuelto a dejar en su sitio. Se lamentó de la multitud que presionada de todas partes, lo que le impedía tener espacio suficiente incluso solo para moverse.

Laforge se acercó.

Fingiendo transitar su propio camino, golpeó con el hombro el de Montreval. Al mismo tiempo extrajo el cuchillo que llevaba oculto en la manga y lo apuñaló dos veces en el corazón.

Fueron dos flashes, dos golpes tan rápidos que resultaron imperceptibles, escondidos como estaban bajo las amplias capas del manto. Inmediatamente después, Laforge prosiguió su camino y desapareció de la vista, engullido por la muchedumbre del mercado.

Montreval se llevó las manos al pecho.

Había recibido aquellas dos puñaladas de modo tan rápido y letal que no tuvo siquiera tiempo de respirar.

Percibió una especie de mordisco ardiente en el pecho, como si un aguijón gigante lo hubiera clavado de manera inadvertida, aparecido quién sabe de dónde. Se dobló ligeramente hacia delante hasta vomitar; luego, una bocanada de sangre.

Entonces se desplomó, tomando aire y agarrándose desesperadamente a los hombros de un hombre que estaba frente a él.

—Mort-dieu! —gritó el último en cuanto vio lo que había ocurrido—. Este hombre se está muriendo.

Como si tuviera la corazonada de que aquel asunto le tocaba de acerca, Orthez miró a su alrededor como si esas palabras hubieran azotado el aire y él hubiera percibido el chasquido cortante. Se llevó instintivamente la mano a la empuñadura de la espada, enfundada en una vaina que sobresalía de su capa de tela como una cola. Apartó los ojos de la pescadera y se volvió en dirección al grito.

Y vio, a poca distancia, a su amo desplomado. Un par de hombres intentaban abrir espacio y colocarlo en el suelo.

—¡Monsieur de Montreval! —Y las palabras le salieron en un alarido ahogado.

Orthez corrió, pero en cuanto llegó a donde se encontraba su amo entendió que la situación era desesperada.

—¡Moveos! —gritó el gascón—. ¿No veis que no puede siquiera respirar? ¿Quién ha sido? ¿Quién lo ha agredido?

Los ojos negros se apoderaron del espacio circundante como si fueran las garras de un ave rapaz. La mirada de Orthez llameaba, inyectada de culpa y rabia, una mezcla incendiaria y peligrosa para cualquiera que le saliera al paso.

Pero a pesar de la ira y la frustración halló tan solo rostros vacíos, los semblantes de ciudadanos bondadosos de París que le devolvían preguntas silenciosas.

Y eso era todo.

Sacudió la cabeza.

Quien lo había atacado se había marchado hacía un buen rato. Y él no podía hacer nada más que contemplar su propia ineptitud.

Miró a su amo, extendido a los pies de los puestos de sombreros: el jubón empapado de sangre, un charco rojo que inundaba el suelo y se extendía como una capa escarlata debajo de él.

Montreval tenía sus ojos azules abiertos de par en par. Parecía como si hubiera visto un fantasma; el rostro era una máscara de terror, congelado en el rigor mortis que avanzada, ávido de poseer su vida.

Algunas burbujas rojas le estallaban en los labios. Montreval aún tuvo tiempo de soltar un jadeo. Luego expiró.

Orthez se quedó de pie en medio del mercado, mientras la gente se iba alejando. Parecía un apestado. De repente, alrededor del gascón se hizo un vacío, la multitud se retiraba como una marea, dispersándose en diferentes direcciones.

¡La pescadera!

Orthez volvió la vista hacia el puesto donde poco antes se había detenido a intercambiar miradas con aquella mujer hermosísima.

Pero en su lugar ahora había un hombre de larga barba.

¡Se habían burlado de él como si fuera un niño! ¿Cómo había podido ser tan idiota? Orthez volvió al puesto de pescado.

—¡La chica! —tronó.

—¿Perdón, señor? No le entiendo.

—La mujer pelirroja que estaba aquí hace un rato. ¿Adónde fue a parar? —Y mientras preguntaba, Orthez desenvainó la espada hasta la mitad, haciendo que brillara el acero como la mejor prueba de sus intenciones.

Pero el comerciante no se inmutó. Era grande y gordo, tenía anchas espaldas, y se podía jurar que era fuerte como un toro.

—¿Os referís a Colette?

—No lo sé... ¿Se llama así?

—A fe mía, señor. Es la única pelirroja que conozco.

—¿Dónde está ahora?

—Se fue. Me dijo que tenía negocios pendientes.

—¿Y vos la habéis dejado que se fuera?

El hombre lo miró con astucia.

—¿Qué tenía que haber hecho, según vos? —Su voz sonó amenazante—. Colette me echa una mano de vez en cuando en el puesto de pescado a cambio de un cubo de gambas. No tiene horarios y le agradezco que me elija a mí antes que a otros. Cuando está ella, los clientes pican como peces en el anzuelo.

Orthez entendió que no había mucho que discutir.

—¿Adónde se fue? —preguntó una vez más, pero con menos convicción.

—¿Y quién lo sabe? —respondió el otro.

El gascón dejó escapar una maldición entre dientes. Después, sin añadir nada más, se volvió sobre sus propios pasos.

No podía abandonar a su señor donde estaba.

Pero alguien parecía haber pensado ya en ello, puesto que estaba llegando la guardia real.

Orthez reflexionó a toda prisa: tenía que tomar una decisión velozmente. ¿Era más importante mantener la lealtad hacia el hombre que hacía un tiempo lo había alentado, o salvar la piel? No vaciló un segundo.

Entonces, sin pensárselo dos veces, tomó la dirección opuesta a aquella por la que iba llegando la guardia.

5

Dos anuncios diferentes

Entre sus tantas virtudes, el rey de Francia se reconocía a él mismo una en particular: la de ser un gran amante. Quizá por todo lo que había tenido que sufrir en su juventud, quizá por una mayor consciencia de su propia fascinación, alcanzada únicamente con la madurez, había pensado mucho, en aquellos años, en dedicar todo su ser a las mujeres, tanto que Francia entera tenía conocimiento de su extraordinario vigor sexual y sus muchos, incluso demasiados, amoríos.

Sin embargo, todas sus amantes, y eran unas cuantas, se difuminaban en comparación con María, su reina.

Hasta la misma Henriette.

La suerte, por una vez, lo había favorecido, pensaba, mientras miraba, arrobado, aquella piel diáfana, clara y suave como el terciopelo.

Estaba completamente subyugado por la belleza de la Médici. Sus marcadas curvas, esos pechos grandes y tiernos en los que le gustaba perderse, las caderas imponentes pero firmes, su cuerpo bien moldeado, hecho para que lo poseyeran y al mismo tiempo para convertirse en la catedral en la que perder el sentido.

Y además las piedras preciosas con las que a María le gustaba adornarse, algunas de las cuales no se las quitaba ni en los momentos más íntimos, que le otorgaban detalles fabulosos: el collar de rubíes que le brillaba ardiente sobre el pecho, las piedras perfectas flotando, casi, en la curva de los pechos. Y las perlas que acariciaban las muñecas.

Pensaba en todo eso mientras daba un beso sobre los labios de coral de María. Y luego otro, y otro más. Cuando estaba con ella todo parecía desaparecer de repente: las preocupaciones, los problemas, las intrigas y los engaños. Y él volvía a ser un hombre libre de amar, de tocar, de poseer.

La reina sonreía en silencio. Enrique le acariciaba el rostro. Tenía grandes ojos y pómulos altos; la piel perfectamente lisa, como de porcelana, impregnada de una palidez rosada y esos tonos que le cautivaban el pensamiento.

¡Y qué inteligente era María! No como las otras mujeres: celosas, cautelosas, crueles. ¡Nada de eso! En ella coexistían la magnanimidad y una generosidad tan grandes como Francia.

Enrique la besó sucesivamente en los blancos brazos. Saboreó aquella carne tan compacta, como si fuera un manjar. La mordisqueó ligeramente mientras ella se abandonaba por completo, entornando los ojos.

Hubiera podido pedirle cualquier cosa en un momento como aquel. Pero María no se aprovechaba de ello, lo que la hacía todavía más deseable. No intentaba sacar provecho o beneficio de su proverbial atractivo.

Y esa pericia suya indudable en asuntos de la vida hacía de ella una amante maravi ...