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LOS SINSABORES DEL VERDADERO POLICíA

Roberto Bolaño  

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Fragmento

Prólogo:
Entre el abismo y la desdicha

Los sinsabores del verdadero policía es un proyecto que se inició a finales de los años ochenta y que se prolongó hasta la muerte de Roberto Bolaño. Lo que el lector tiene en sus manos es la versión fidedigna y definitiva, fruto de cotejar los textos mecanografiados y los localizados en su ordenador, y que muestra la clara voluntad del escritor de integrar esta novela en el conjunto de una obra en un continuo proceso de gestación. Hay, además, varias referencias epistolares a dicho proyecto. En una carta de 1995 comenta: «Novela: desde hace años trabajo en una que se titula Los Sinsabores del Verdadero Policía y que es MI NOVELA. El protagonista es un viudo, 50 años, profesor universitario, hija de 17, que se va a vivir a Santa Teresa, ciudad cercana a la frontera con los USA. Ochocientas mil páginas, un enredo demencial que no hay quien lo entienda.» Lo singular de esta novela, escrita a lo largo de tres lustros, es que incorpora material de otras obras suyas, desde Llamadas telefónicas hasta Los detectives salvajes y 2666, con la peculiaridad de que si bien a varios personajes los encontramos de nuevo –especialmente a Amalfitano, a su hija Rosa y a Arcimboldi–, las variaciones son notables. Pertenecen al conjunto del mundo novelesco de Bolaño y al mismo tiempo pertenecen por derecho propio a esta novela.

Esto nos lleva a uno de sus rasgos más notables e inquietantes: el carácter frágil, provisional, del desarrollo narrativo. Si en la novela moderna se ha roto la barrera entre ficción y realidad, entre invención y ensayo, la aportación de Bolaño va por otro camino que encuentra tal vez su modelo en Rayuela, de Julio Cortázar. Los sinsabores del verdadero policía, como 2666, es una novela inacabada, pero no una novela incompleta, porque lo importante para su autor no ha sido completarla sino desarrollarla. Y esto nos lleva a una serie de replanteamientos. Hasta ahora se había aceptado la ruptura de la linealidad (las digresiones, los contrapuntos, la mezcla de géneros). La realidad tal como se había venido entendiendo hasta el siglo XIX dejaba de ser el punto de referencia, para acercarnos a una escritura visionaria, onírica, delirante, fragmentaria, y hasta se podría decir que provisional. En esta provisionalidad está la clave de la aportación de Bolaño. Nos preguntamos cuándo una novela empieza o no empieza a estar inacabada. Mientras el autor la escribe, el final no puede ser lo más importante y muchas veces ni siquiera está decidido cuál va a ser. Lo que importa es la participación activa del lector, simultánea al acto de la escritura. Bolaño lo ha dejado bien claro a propósito del título: «El policía es el lector, que busca en vano ordenar esta novela endemoniada.» Y en el cuerpo mismo del libro se insiste en esta concepción de una novela como una vida: somos –escribimos, leemos– mientras vivimos y el único final es la muerte. Esta conciencia de la muerte, de escribir como un acto de vida, es parte de la biografía del escritor chileno, condenado a una escritura a contrarreloj e ilimitada. En Los sinsabores del verdadero policía hay varias referencias concretas a este fraccionamiento y a esta provisionalidad: «una característica esencial de la obra del francés: si bien todas sus historias, no importaba el estilo utilizado (en este aspecto Arcimboldi era ecléctico y parecía seguir la máxima de De Kooning: el estilo es un fraude), eran historias de misterio, éstos únicamente se resolvían mediante fugas, en algunas ocasiones mediante efusiones de sangre (reales o imaginarias) seguidas de fugas interminables, como si los personajes de Arcimboldi, acabado el libro, saltaran literalmente de la última página y siguieran huyendo», fieles a este carácter itinerante, de búsqueda muchas veces infructuosa y de huida que marca la escritura de Bolaño. Por eso, los alumnos de Amalfitano «comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca». Este carácter de provisionalidad da una enorme libertad al escritor, que se permite los riesgos de sus contemporáneos más audaces con los que explícitamente se identifica; pero al mismo tiempo, por lo que hay de aventura constante, sus textos mantienen la tensión tradicional. Es decir, sus novelas no dejan nunca de ser novelas como las hemos entendido siempre. Y la fracturación es la que obliga al editor de sus obras inéditas a respetar el legado de un escritor para quien toda novela es parte de la gran novela siempre empezada y siempre en busca de un final que se le presenta como una utopía.

Por lo que se refiere al título, también se presta a una serie de reflexiones. Los sinsabores del verdadero policía es sin duda el menos bolañano de sus títulos y sin embargo queda claro, a partir de los textos mecanografiados y de los conservados en el ordenador, que para Bolaño era el título definitivo. Estamos ante lo que parece un título descriptivo, largo, sin el ritmo a que nos tiene acostumbrados y sin la mínima provocación o extrañeza (¿qué puede significar detectives salvajes o putas asesinas?). Y sin embargo encierra una clave en una escritura llena de claves, metáfora que nos remite no sólo a Los detectives salvajes sino, sobre todo, a otro tipo también poco bolañano, el de la novela inacabada de Padilla, El dios de los homosexuales. Ambos encierran una clave: ya he dicho que el verdadero policía no es otro que el lector, condenado desde el principio a los sinsabores de encontrar continuamente pistas falsas, como el rey de los homosexuales no es otro que el sida, una metáfora de la enfermedad que lleva fatalmente a la muerte y que impide a Padilla terminar su novela.

De este modo, nos encontramos aquí con un «detective» que es Amalfitano, el crítico, en torno al cual gira toda la dimensión metaliteraria de la novela. Hay un policía que es el lector. Y hay un verdadero protagonista que es Padilla. Detective, lector/autor y heraldo de la muerte son los que protagonizan una búsqueda que no tiene fin (que no tiene un final). Esto nos obliga más que nunca a concentrarnos en el desarrollo narrativo, lo que implica que toda la tensión no está en el desenlace sino en lo que está ocurriendo. No de otra forma leemos el Quijote, una novela que se mantiene viva a pesar de su final, pues quien muere no es el caballero andante sino el mediocre hidalgo.

Y, como en el Quijote –es decir, como en la mejor novela contemporánea–, el fragmento tiene tanto valor como la posible unidad que se le exige a la novela, con un añadido: los fragmentos, las situaciones, las escenas, son unidades cerradas que sin embargo se integran en una unidad superior no necesariamente visible. Casi podría decirse que volvemos al origen de la literatura, al cuento o, mejor dicho, a una sucesión de cuentos que se apoyan los unos a los otros. Por supuesto hay un hilo que une a Amalfitano, a su hija Rosa, a su amante Padilla, a la amante de éste, Elisa, a Arcimboldi, a los Carrera, al singular poeta Pere Girau; como quedan unidos, en otro contexto, Pancho Monje, Pedro y Pablo Negrete o el chófer Gumaro. Y lo mismo ocurre con los distintos espacios geográficos en los que nos movemos, sean Chile, México –y, con México, Santa Teresa y Sonora– o Barcelona

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