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LUCES DEL SUR

Danielle Steel  

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Fragmento

1

El hombre sentado en el desvencijado sillón del que asomaba la guata parecía estar dormitando, con la barbilla cayéndole poco a poco hacia el pecho. Era alto y de complexión fuerte, y en su nuca, por encima del cuello de la camisa, asomaba una serpiente tatuada. Los largos brazos le caían inertes a ambos lados del sillón en la penumbra de la pequeña habitación. Llegaba un fuerte olor a comida procedente del pasillo y el televisor estaba encendido. En un rincón de la habitación había una cama estrecha sin hacer que cubría casi toda la alfombra de pelo largo, descolorida y llena de manchas. Los cajones de la cómoda estaban abiertos y las pocas prendas que antes contenían estaban en el suelo. Llevaba puesta una camiseta de manga corta, unas zapatillas resistentes y unos vaqueros, y el barro incrustado en las suelas se había secado y empezaba a caer en la alfombra. De repente, se despertó de su sueño plácido y se espabiló de golpe. Levantó la cabeza con un movimiento brusco y abrió los ojos azul hielo, y al instante se le erizó el vello de los brazos. Tenía un oído muy fino. Cerró los ojos de nuevo mientras prestaba atención; entonces se puso en pie, cogió la chaqueta y cruzó la habitación de una sola zancada. Al erguir la cabeza, la serpiente tatuada desapareció bajo el cuello de la camisa.

Luke Quentin se deslizó con mucha cautela por encima del alféizar de la ventana y, tras cerrarla, bajó la escalera de incendios. El tiempo era gélido; lo habitual en Nueva York durante el mes de enero. Llevaba dos semanas en la ciudad. Antes de eso había estado en Alabama, Mississippi, Pennsylvania, Ohio, Iowa, Illinois y Kentucky. Había visitado a un amigo en Texas. Hacía meses que viajaba. Aprovechaba los trabajos que le salían; no necesitaba demasiado para vivir. Se movía con el sigilo de una pantera, y empezó a descender por la calle del Lower East Side antes de que llegaran a su habitación los hombres a quienes había oído acercarse. No sabía quiénes eran, pero su intuición le decía que no debía arriesgarse a descubrirlo. Existía una alta probabilidad de que fueran policías. Había estado dos veces en la cárcel, por fraude con tarjetas de crédito y robo, y era muy consciente de que los ex presidiarios nunca recibían un trato justo por parte de nadie. Sus compañeros de prisión lo llamaban Q.

Se detuvo a comprar el periódico y un sándwich. Temblaba de frío, así que decidió dar un paseo. En otro ambiente se le había considerado atractivo. Tenía los hombros anchos y musculosos y un rostro de facciones muy marcadas. Tenía treinta y cuatro años y, entre las dos condenas, había pasado diez entre rejas. Había cumplido la pena completa, no le habían concedido la libertad condicional. Y ahora era libre como el viento. Hacía dos años que había regresado a las calles y, de momento, no se había metido en ningún lío. A pesar de su corpulencia, era capaz de pasar desapercibido entre la multitud. Tenía el pelo de un rubio rojizo anodino y los ojos azul pálido, y de vez en cuando se dejaba barba.

Quentin se dirigió hacia el norte, y torció hacia el oeste cuando llegó a la calle Cuarenta y dos. Nada más pasar Times Square, entró en un cine, se sentó en la sala a oscuras y se quedó dormido. Era medianoche cuando salió, y cogió un autobús para regresar hacia el sur. Supuso que a esas horas las visitas se habrían marchado haría rato. Se preguntó si algún empleado del hotel le habría soplado a la policía que allí se alojaba un delincuente. Los tatuajes que llevaba en las manos eran una señal inequívoca para los duchos en la materia. No había querido estar por allí cuando entraran en la habitación; y esperaba que, al no encontrar nada, hubieran perdido el interés por él. Eran las doce y media cuando volvió al hotelucho.

Siempre subía por la escalera. Los ascensores eran una trampa, y él prefería tener libertad de movimientos. El recepcionista lo saludó, y Luke se dirigió a la habitación. Estaba en el descansillo inferior a su planta cuando oyó un ruido. No había sido una pisada ni una puerta; había sido un clic. Tan solo eso. Lo adivinó al instante, acababan de amartillar una pistola; y, moviéndose a la velocidad del sonido, bajó la escalera con sigilo y solo aminoró un poco la marcha cuando se acercó al mostrador de recepción. Algo iba mal, muy mal. Entonces se dio cuenta de que los tenía detrás, a media escalera. Eran tres, y Luke no pensaba quedarse a descubrir su identidad. Se le pasó por la cabeza intentar librarse del tema hablando con ellos, pero su intuición lo empujaba a correr. Y fue lo que hizo; correr como alma que lleva el diablo. Ya había recorrido un tramo de calle cuando sus perseguidores salieron por la puerta a toda velocidad. Pero Luke era el hombre más rápido del mundo. Cuando estaba en chirona, practicaba atletismo para mantenerse en forma. La gente decía que Q era más veloz que el viento. Y ahora estaba haciendo honor a su fama.

Se encontraba en lo alto de una tapia, detrás de un edificio, y se aferró al tejado de un garaje para saltar otra tapia. Era la zona más poblada del barrio, y ya sabía que no podría volver al hotel. Algo iba muy, muy mal. Aunque no tenía ni idea de qué. Llevaba una pistola corta enfundada en los vaqueros y, como no quería que lo pillaran con un arma encima, la arrojó en un contenedor de basura, y luego enfiló un callejón que quedaba detrás de otro edificio. Se limitó a seguir corriendo, pensando que los había despistado, hasta que topó con otra tapia y, de repente, una mano se alzó por detrás de él y lo agarró por el cuello como una tenaza. Nunca lo habían agarrado con tanta fuerza, y se alegró muchísimo de haberse deshecho de la pistola. Ahora solo tenía que librarse del policía. Clavó el codo en las costillas de quien lo estaba sujetando, pero solo sirvió para que este hiciera más fuerza y estrujara el cogote de Luke. Casi al instante, se mareó y cayó al suelo a pesar de su imponente constitución. El policía sabía bien dónde tenía que apretar. Propinó un sonoro puntapié a Luke en la espalda, y él dio un grito con los dientes apretados.

—Hijo de puta —renegó Luke, intentando sujetar a su agresor por las piernas.

El policía cayó y ambos rodaron por el suelo. El agente lo inmovilizó en cuestión de segundos; era más joven que Luke, estaba en mejor forma física y llevaba meses esperando deleitarse con su compañía. Lo había seguido por todo Estados Unidos, y ya había estado en su habitación del hotel dos veces esa semana y una la anterior. Charlie McAvoy conocía a Luke Quentin mejor que a su propio hermano. Hacía casi un año que había obtenido un permiso especial para apresarlo, y tenía muy claro que iba a atraparlo aunque muriera en el intento; así que, ahora que por fin le había echado el guante, no pensaba dejarlo escapar. Charlie se puso de rodillas y estampó la cara de Luke contra el suelo. La nariz le sangraba profusamente al levantar la cabeza, justo cuando los otros dos agentes se acercaban a Charlie por detrás. Los tres iban de paisano, pero se adivinaba a la legua que eran policías.

—Tranquilos, chicos, vamos a jugar limpio —dijo Jack Jones, el jefe de los otros dos, y le entregó las esposas a Charlie—. No lo mataremos antes de llegar a la comisaría.

Los ojos de Charlie clamaban muerte. Jack Jones sabía que su subordinado quería cargarse a Luke, y también sabía por qué. Charlie se lo había confesado una noche estando borracho. A la mañana siguiente, Jack le había prometido no contárselo a nadie, pero ahora era consciente de lo que le estaba ocurriendo; temblaba de rabia. A Jack no le gustaba que las venganzas personales se mezclaran con el trabajo. Si Luke movía un dedo para liberarse y escapar, Charlie le dispararía. Y no procuraría herirlo en un brazo o una pierna. Lo dejaría seco en el sitio.

El tercer miembro del equipo avisó por radio a un coche patrulla. El suyo estaba a varias manzanas, demasiada distancia para ir con Luke. No pensaban correr riesgos.

A Luke la sangre de la nariz le estaba empapando la camisa, pero ninguno de los agentes le ofreció nada para frenar la hemorragia. No tendrían ninguna compasión con él. Jack le leyó sus derechos, y Luke lo miró con arrogancia a pesar de la tremenda contusión. Tenía la expresión hierática, y unos ojos que captaron hasta el último detalle de los tres policías sin revelar nada. Jack pensó que era el cabrón más insensible que había conocido en su vida.

—Os demandaré por esto, hijos de perra. Creo que me habéis roto la nariz —los amenazó.

Charlie le lanzó una mirada fulminante mientras los otros dos hombres lo empujaban hacia el coche. Lo metieron dentro a la fuerza e indicaron a los policías de los asientos delanteros que se encontrarían en la comisaría.

Los tres hombres guardaron silencio en el camino de vuelta hasta su coche, y cuando arrancaban Charlie miró a Jack y, a continuación, se dejó caer contra el respaldo, muy pálido.

—¿Qué se siente? —preguntó Jack durante el trayecto—. Ya es tuyo.

—Sí —respondió Charlie en voz baja—. Ahora solo tenemos que demostrar lo que hizo y conseguir que lo condenen.

Cuando llegaron a la comisaría, Luke estaba hecho un gallito. Tenía todo el rostro y la camisa ensangrentados, pero, incluso esposado, se mostraba chulesco.

—¿Qué piensas hacer, tío? ¿Culparme de un falso atraco, o de haberle robado el bolso a una ancianita? —rió Luke en la cara de Charlie.

—Fíchalo —le dijo Charlie a Jack, y se alejó.

Sabía

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