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MALA ONDA

Alberto Fuguet  

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Fragmento

Miércoles 3 de septiembre de 1980

Estoy en la arena, tumbado, raja, pegoteado por la humedad, sin fuerzas siquiera para arrojarme al mar y flotar un rato hasta desaparecer. Estoy aburrido, lateado: hasta pensar me agota. Desde hace una hora, mi única distracción ha sido sentir cómo los rayos del sol me taladran los párpados, agujas de vudú que alguna ex me introduce desde Haití o Jamaica, de puro puta que es.

Pienso: no debí dejar los anteojos de sol en el hotel. Seguro me los va a robar alguno de los imbéciles de mi curso; después van a achacárselo a una de esas camareras negras que los muy huevones intentaron tirarse.

Vuelvo a lo mismo: debí haberlos traído. No se puede venir a la playa sin protección. No se puede andar sin gafas. Si estaban al alcance de mi mano, en el velador, tan cerca. Incluso los estuve mirando un rato. Me los van a robar, de puro huevón, de puro volado que soy.

Me dedico a pensar un poco, archivar el problema de los Ray-Ban, pasar a otro tema. Reflexiono: es probable que nunca más haga tanto calor como hoy. Un grado más y todo estalla, declaran estado de emergencia, evacuan toda la ciudad. Pero a nadie le importa. Lo que para ellos es rutina, para mí es novedad.Y eso me apesta, me hace sentir un intruso, lo peor.

Deben ser como las cuatro o las tres.

Da lo mismo.

Igual es tarde.

Llegué al hotel cerca del mediodía, cuando no quedaba nadie de mi curso, ni siquiera los más atinados. Los del B, menos. Esos se levantan todos los días al alba para trotar, jugar vóleibol en la arena o ver el sol aparecer en el mar. Después van a recorrer las tiendas de Rio Sul y compran esas poleras para turistas gringos que dan vergüenza ajena.

Tengo sueño, creo que me voy.

Recuerdo: cuando logré abrir los ojos y me di cuenta de que estaba en el hotel, no en otro sitio como creía, pensé un poco, traté de ordenarme, planear, por último justificar el día.

No había muchas opciones: entre quedarme botado allí, sin aire acondicionado —los del B lo echaron a perder—, o aprovechar el último día de playa para agarrar aún más sol, no había donde perderse.

Me levanté en la más tranquila y me vine caminando hasta aquí frente al número Nueve de Ipanema, donde todos los que realmente son alguien se apilan.

Mientras caminaba me puse a divagar.

Pensé en Chile y en mi vida, que es como lo que más me interesa.

Cuando algo parecido a una depresión comenzó a rondarme, cambié de tema y me concentré en las vitrinas; caché, por ejemplo, que las poleras O’Brian se venden en todas partes.

Me sentí más seguro.

Después de andar varias cuadras así en la más lenta, sin alterarme porque estaba sudando y todo eso, llegué a una plaza que marca el inicio de Ipanema, que es como el barrio bohemio de Rio y está lleno de librerías y boutiques y bares muy chicos y caros.

A la Cassia le gusta Ipanema y esa plaza donde los hippies venden artesanía, recuerdos, pinzas para joints, aros, las mismas cosas que venden los artesa a la entrada de la Quinta Vergara en Viña, excepto, claro, las típicas chombas chilotas o esos espantosos pósters de la Violeta Parra.Aquí he conocido cierta gente, amigos de la Cassia, onda universitaria, humanista, izquierdosa, que se junta a tomar cachaza con jugo de maracuyá y a escuchar unos casetes de la Mercedes Sosa o la Joan Báez, que es como peor. La Cassia les dijo que yo era chileno y los tipos dieron un salto, animándose: y que Pinochet y la dictadura, y que compañero-hermano, yo conocí a unos chilenos de Conce, exiliados, y luego uno o dos poemas de Neruda en portugués, que Figueiredo, o estos milicos hijos de puta que jodieron a todo el continente...

Yo callado, jugándome al tipo buena onda, claro, de acuerdo, tudo bem, legal.

Me apesta este tipo de conversaciones.

Los tipos parecían californianos pero pensaban como rusos, y eso era sospechoso. Uno de ellos, polera Che Guevara (yo, saco de huevas, pregunté quién era), nos invitó a todos a Niteroi a escuchar a un panameño sedicioso que tocaba canciones de Silvio Rodríguez. La empleada de mi casa, que está por el NO en el plebiscito, escucha «Ojalá» y otras canciones en castellano; intuí, por lo tanto, lo que me podía esperar. A la Cassia, eso sí, le parecía atractivo. Se rumoreaba que tal vez iría Chico Buarque; se suponía que era un recital clandestino, contra Figueiredo, contra Stroessner y Videla, contra Pinochet, hermano. El que lo dijo levantó el puño izquierdo.Yo le dije a la Cassia que ni en broma, que para ver comunistas prefería el Kafé Ulm en Santiago. No, no era mi onda, no tenía nada contra ese tipo de gente, pero qué pasaba si llegaba la policía y me deportaban, media ni qué cagada que se desataría en Chile, me echarían de la casa y bye bye, my life, goodbye. Ella me encontró razón y terminamos juntos en la arena, mirando las luces, atracando de lo lindo. Después la llevé al hotel, pero nos cachó mi profesora jefe y la muy maraca no la dejó entrar. La Cassia me dijo que no importaba, que igual era tarde, que debía irse. Yo me ofrecí a ir a dejarla. Ella dijo obrigado, puedo irme sola, y desapareció.

Después de verla subir al bus me refugié en una de las tantas pizzerías que hay junto a la playa, en plena avenida Atlântica. Pedí una pizza tropical y cerveza. Allí me entretuve viendo pasar a los turistas. Poco después, un negro con sombrero de paja y dientes de sobra se mandó un feroz volón con sus tumbadoras ambulantes.

Ahora que lo pienso, ahora que estoy en la arena, solo, esperándola, compruebo que esa noche fue la primera vez que fui a un restaurante solo. Nunca tan terrible, claro, pero igual raro.

Después me fui al hotel, a mi pieza, repleta de huevones durmiendo, roncando, más hediondos que la cresta. Cox se despertó y me empezó a contar de una boîte donde había unas mulatas increíbles, pero costaban no sé cuántos miles de cruzeiros, y a treinta y nueve pesos el dólar, eso es mucha plata, compadre. Me empeloté, me metí a la cama y comencé a enumerar mentalmente las calles de Rio que conocía, hasta que el sueño me ganó. Al otro extremo de la pieza, en tanto, Cox se corría la paja: su cama crujía levemente, como para no despertar al resto. Seguro que todos igual cacharon.Todos lo han hecho. Las sábanas del hotel deben estar demasiado tiesas. Tipo siete de la mañana, el Patán me despertó con sus vómitos. Pensé en ir a ayudarlo, pero me dio lata. Seguí durmiendo, pensando en la Cassia, pensando en mí.

Eso fue hace unos cinco días.

Puta, cómo pasa el tiempo.

Con los dedos juego con la arena. No es muy divertido, lo reconozco. Pero sirve. Ando con una idea fija: reencontrarme con la Cassia, tal como me lo sugirió ella misma, solo que perdí su teléfono. Estaba dentro de mi billetera casi vacía, que olvidé en esa fiesta de una mina a la que nunca había visto y que, seguro, nunca volveré a ver; lo únic

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