Loading...

MAQUINA DE LA MUERTE, LA

Varios  

0


Fragmento

Título original: Machine of Death

Traducción: Carlos Abreu

1.ª edición: febrero 2012

 

© 2010 by Machines of Death, LLC.

El cuento «Nube de caramelo en llamas» apareció originariamente, bajo el título «Flaming Marshmallow and Other Deaths»,

en Push of the Sky, 2009.

© Para «Nube de caramelo en llamas»: A. Camille Renwick, y con audio en Escape Pod, 2008.

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

 

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.8227-2012

ISBN EPUB:  978-84-15389-62-0

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Introducción

Nube de caramelo en llamas

Chocolate

Despedazado y devorado por leones

Desesperación

Suicidio

Almendra

Inanición

Cáncer

Pelotón de fusilamiento

Verduras

Piano

Infección por el VIH causada por la aguja de la máquina de la muerte

Volado en pedazos

No saludando, sino ahogándose

Pez globo mal preparado

Amor ad nauseam

Asesinato y suicidio, respectivamente

Cáncer

Aneurisma

Extenuación por mantener relaciones sexuales con un menor

Después de muchos años, deja de respirar mientras duerme, con una sonrisa en los labios

Asesinado por Daniel

Fuego amigo

Nada

Cocaína y calmantes

Pérdida de sangre

Pelea a navajazos en la cárcel

Intentando salvar a alguien

Aborto

Disparo de un francotirador

Muerte térmica del universo

Ahogamiento

?

Cassandra

Colaboradores

Introducción

 

La máquina había sido inventada hacía unos años: era capaz de predecir, solo con analizar la muestra de sangre de una persona, cómo iba a morir esta. No proporcionaba fechas ni pormenores. Simplemente escupía una tirita de papel en la que aparecían impresas en mayúsculas las palabras «ahogamiento», «cáncer», «vejez» o «atragantamiento con un puñado de palomitas». En definitiva, permitía a la gente saber de qué manera iba a pasar a mejor vida.

El problema de la máquina es que nadie sabía en realidad cómo funcionaba, lo que no habría supuesto tanto problema si hubiese funcionado todo lo bien que deseábamos. Pero sus predicciones eran vagas y crípticas, y daba la impresión de que se recreaba con las ambigüedades del lenguaje. La palabra «vejez», como se tuvo ocasión de comprobar, podía significar tanto una muerte por causas naturales como una bala disparada por un anciano postrado en la cama durante un allanamiento de morada fallido. La máquina demostraba tener ese sentido de la ironía respecto a la muerte que viene de antiguo: aunque uno sepa que va a ocurrir, cuando llega el momento se lleva una sorpresa.

La conciencia de que era posible saber cómo moriríamos cambió el mundo: la gente se volvió menos temerosa y más miedosa a la vez. Si sabes que tu tirita de papel dice «sepultado vivo», no hay razón para no saltar en paracaídas. Por otro lado, el que al parecer estas predicciones se deleitaran con los giros inesperados y las sorpresas les aguaba la fiesta a muchos. Confería a las predicciones un carácter más siniestro; sí, en teoría saltar en paracaídas no entrañaba riesgo alguno para quien estaba destinado a morir sepultado vivo, pero ¿y si caía en una gravera? ¿Y si acababa sepultado vivo, no en la tierra, sino en otra cosa? ¿Y si quedar atrapado bajo los escombros de un edificio podía considerarse una forma de ser sepultado vivo? Por cada posibilidad que la máquina cerraba, parecía abrir varias con distintos grados de factibilidad.

Para entonces, por supuesto, habíamos aplicado ingeniería inversa a la máquina: dado que su mecanismo interno era bastante sencillo de reproducir, hicimos un duplicado. Y, en efecto, descubrimos, más o menos al mismo tiempo que el resto del mundo, que sus predicciones no eran tan simples y fiables como parecían de entrada. Antes de anunciarlo al mundo realizamos varias pruebas, pero eso llevó tiempo; demasiado, puesto que teníamos que esperar a que muriese gente. Cuando habían transcurrido cuatro años y tres personas habían fallecido tal y como había predicho la máquina, la sacamos a la venta. Al cabo de poco tiempo había máquinas en todas las consultas de los médicos, y hasta en los centros comerciales. Uno podía pagar por ello o incluso conseguirlo gratis, pero el resultado era siempre el mismo, independientemente de qué máquina consultase. Al menos eran sistemáticas.

Nube de caramelo en llamas

 

Tengo unos nervios que te cagas.

Mañana. Mañana es mi cumpleaños, el cumpleaños más importante de mi vida. Mañana llega el momento que todo el mundo espera y espera a que llegue, y mientras no llega te da rabia porque todas tus amigas saben ya lo suyo y tú eres la única que no, y a veces piensas «me cago en la puta, nunca voy a cumplir los dieciséis», aunque al final los cumples.

En un principio tengo miedo de no poder dormir. Apago la luz, pero después de quedarme acostada en la oscuridad durante media hora vuelvo a encenderla. Echo un vistazo al calendario que tengo colgado encima de mi cama. Estiro el brazo, lo desengancho con una mano del clavo que lo sujeta a la pared y me acurruco otra vez bajo las mantas, con él. Deslizo el dedo por encima de todas las equis rojas con que he ido marcando los días que faltan para el gran acontecimiento. Hace un poco de frío fuera, y lo último que quiero en el mundo es pillar un puto catarro en la semana de mi cumpleaños, así que me arropo más todavía con mis sábanas de franela para estar calentita. Sé que se van a organizar fiestas este fin de semana, y quiero asistir a ellas.

Llevo meses esperándolo. Años, supongo, aunque cuando mis amigas empezaron a recibir las suyas, no parecía nada del otro mundo. Por entonces todas éramos No Saben.

Mañana sentiré por fin que encajo con los demás.

Mañana sabré cómo voy a morir.

 

 

—¡Carolyn! ¡Eh, tía, despierta!

Me vuelvo al oír mi nombre. Es Patrice. La veo cruzar el jardín a saltos, hacia mí. Hoy lleva su cabellera superlarga recogida en unas trenzas, y al correr se le balancean a los lados de la cabeza como dos serpientes rojas furiosas porque les han atado un lazo en la cola.

—Hola, Patrice —digo, y sujeto los libros contra el pecho con más fuerza. Intento andar un poco más deprisa, pensando que así pillará la indirecta. Pero no la pilla.

—Hoy es el gran día, ¿no? —comenta.

Asiento con la cabeza.

Ella desvía la mirada y se muerde el labio inferior.

—Qué suerte.

Me encojo de hombros y aprieto aún más el paso. No es mi problema que ella sea una de las chicas más listas de la clase ni que hace como cuatro años la adelantaran un curso. No es culpa mía que vaya a ser una No Sabe durante todo un año más.

Con el rabillo del ojo veo a Brad Binder. Es el puñetero amo. Dicen que es un quemador. «Está que arde», pienso, y me río sola.

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunta Patrice. Como estamos frente a mi taquilla, mantengo los libros en equilibrio sobre la rodilla con una mano mientras con la otra batallo con la combinación de mi candado. Finjo que no la he oído, pero ella me sorprende mirando con disimulo a Brad Binder.

—Oh, no; él no —dice, poniendo los ojos en blanco—. Estás bromeando, ¿verdad?

—¡Chist! —Intento hacerla callar. Desearía tener algún condenado superpoder o algo por el estilo. Me gustaría poder concentrarme mucho y hacerla desaparecer.

Brad Binder saca su chaqueta de béisbol de su taquilla, que está tan cerca de la mía que tres chicas me han pedido que se la cambie. Se cubre sus perfectos hombros —¡puñeteramente perfectos!— con la cazadora y saca solamente una libreta con un lápiz insertado en sus anillas. Ni ordenador, ni libros, ni nada. Madre mía, es el puto amo. Como corresponde a un quemador.

Mientras Brad se aleja, Patrice me echa una de sus miradas.

—No hay para tanto, ¿sabes? Me han dicho que besa como un lagarto muerto.

Estoy a punto de soltarle «seguro que de eso sabes mucho», pero me contengo. No quiero rebajarme a su nivel, ser tan infantil. Hoy cumplo dieciséis años, y cuando salga de clase, mi padre me llevará al centro comercial para que consiga ese papel, y entonces sabré cuál es mi sitio de verdad. De modo que, en vez de eso, me encojo de hombros de nuevo y dejo que su comentario me resbale, como huevo sobre teflón.

—Es un quemador —digo—. Los quemadores molan.

Patrice suelta un resoplido.

—¿Sabes qué decía su papel? «Nube de caramelo en llamas.» Eso no parece una auténtica muerte causada por el fuego, diga lo que diga él. Seguramente debería juntarse con los atragantadores, más bien. Entonces no te parecería un tipo tan duro.

Patrice me tiene hasta la coronilla.

—No eres capaz de entenderlo —le digo y me marcho a mi clase de geometría. Tal vez Cindy Marshall se porte bien conmigo ahora que estoy a punto de obtener mi papel con la c-de-f. Tal vez resulte ser una estrelladora, como ella.

¡Ojalá!

 

 

Casi llego tarde a clase. La señora Tharple me lanza una mirada más avinagrada de lo normal, pero me la sopla. Me siento en mi sitio en cuanto suena la campana y me vuelvo hacia Cindy Marshall, que tiene la vista fija en mí. Le sonrío.

—Ni se te ocurra mirarme, No Sabe —me dice por lo bajo mientras la señora Tharple empieza a repartir el examen sorpresa.

Las dos chicas que se sientan detrás de ella sueltan una risita. Noto sus ojos clavados en mi piel, afilados como dientes de comadreja.

—Es mi cumpleaños —digo.

Ella se tuerce en su asiento y me mira de ar

Recibe antes que nadie historias como ésta