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MARIELA

Yolanda Guerrero  

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Fragmento

La vida, como el mundo, es redonda. Por lejos que caminemos, por bajo que nos hundamos o por alto que volemos, algún día volveremos al punto de partida.

Conduzco por tierras del Moncayo y recito a Quevedo para mí mientras cruzo el río Huecha: lo que llamamos morir es acabar de morir, porque nacer es empezar a morir y vivir es morir viviendo. El círculo perfecto. Inexorable.

Sé que la máxima se cumple porque yo ya he estado aquí. Hace seis meses, únicamente seis, que viajaba en dirección contraria por esta misma comarcal. Observo la carretera y encuentro una metáfora en la raya casi siempre continua que me separa y aleja de la otra mitad, de los que van, o vuelven, o solo vagan. Cuando hace seis meses atravesé estos encinares, huertos y acequias, sabía que más tarde o más temprano regresaría al lugar en el que estoy.

Porque el mundo es redondo. Y la vida, también.

Esa es la metáfora.

Mi nombre es Beatriz Gil Bona y en seis meses he aprendido a ser otra. Otra y varias, hasta volver a ser yo.

Sin embargo, hay un principio, uno solo, que prevalece en esta rueda incesante y que he rescatado entre los escombros de la demolición de la persona que era: ahora más que nunca sé que, cuando el mañana tan solo sea un ayer brumoso, no habrá quien nos recuerde; que un siglo después, ni siquiera quedará quien nos olvide, y que, por tanto, la memoria del olvido es frágil pero necesaria.

Yo me dedico a recordar porque quiero ser dueña de mis olvidos. Mi trabajo consiste en recordar primero y decidir después a quién y a cuánto deseo disolver en la niebla de mi memoria perdida. No se puede olvidar lo que no se ha recordado antes. De ahí me nace la vocación y esa es mi profesión. Trato de ser historiadora; lo intento, no siempre lo consigo.

La Historia es un prisma caleidoscópico en el que se reflejan miles, millones, infinitas historias que juntas apenas consiguen componer un efecto óptico sin ritmos ni patrones. Si me defino como historiadora es porque admito que, al menos, me atrae el reto de aprender a utilizar la lente más objetiva, la más aséptica.

Y no pretendo justificar así el título que cuelga de mi pared, no. Es que esta pasión, la del recuerdo, cuelga sobre todo de mi corazón y de mi cerebro. Me fascina mirar a través del prisma para bucear en el pasado hasta encontrar ese instante... justo el instante exacto en el que el mundo se asomaba al precipicio pero en el que todavía había esperanza. Cuando lo encuentro, solo yo sé si el mundo terminó saltando, gracias a mi catalejo de tiempo y de distancia. Eso me da poder, me acerca al oráculo; a un Delfos pequeño y narcisista, de acuerdo, pero oráculo al fin y al cabo. De esta forma he vivido los últimos nueve años, buscando abismos y tratando de entender el vértigo que atrae a la humanidad hacia ellos.

Hasta que llegó un día, hace ahora seis meses, en el que tan dueña de mis olvidos me sentí que perdí la prudencia.

Ese fue el día en el que esta curiosidad ávida y glotona me colocó frente al espejo. Ese día, yo fui el mundo, y mi historia, la suya. Porque ese fue el día en el que tomé la decisión de cambiar de lente y lanzarme a mi propia sima. Sin pensarlo dos veces, me precipité por una carretera que se dirigía a mi punto de partida y caí en el instante... justo el instante exacto en el que mi ayer todavía era mañana.

PRIMERA PARTE

HOY

Donde quiera que [pasado y futuro] estén, no son allí

ni futuro ni pasado, sino presente.

AGUSTÍN DE HIPONA, Confesiones

1

Bella como ninguna e infeliz como todas

Hace seis meses, solo seis... y ya seis. Pero entonces yo era otra.

¿Cómo definir hoy a la extraña que ese día cruzaba acequias, huertos y encinares en sentido opuesto? ¿Quién era? ¿Qué era? ¿La misma y distinta? Las dos convivieron durante medio año. Ahora viajo para descubrir quién se ha quedado conmigo.

Es marzo y el sol parece que quiere empezar a ser cálido. En cambio, hace seis meses el cielo lloraba, y aquella que fui, también. Lo hacía porque Mercurio y Venus se habían alineado con la Tierra. O, dicho de otro modo, porque mis bolas se habían ordenado sobre la mesa de billar a apenas dos diamantes de distancia.

Perdón, sigo con las metáforas. Lo que quiero decir es que entonces viví una de esas extrañas conjunciones cósmicas que a los que no creemos en la predestinación nos gusta llamar azar. De esas que terminan cambiando la partida o provocando un eclipse.

El primer planeta, o la primera bola, se llamaba Borja y era mi jefe.

En realidad, él me dio mucha más pena que la que me di a mí misma la mañana en que vino a sentarse en el pico de mi mesa, de espaldas a la ventana. Por ella, colgada sobre el paseo Echegaray y Caballero, los días de cierzo se colaban salpicaduras del Ebro y, si me asomaba girando el torso a la derecha con tantas dotes de contorsionista como sumo cuidado en no caer despeñada desde un séptimo piso, podía distinguir alguna de las cuatro torres del Pilar. No era el caso de esa mañana de septiembre, porque ya comenzaban a llegar nubes del Moncayo que presagiaban otoño y porque no había vista ni ventana que pudieran suavizar el discurso de Borja.

Estábamos solos. Yo siempre era la primera, llegaba con café caliente para los dos porque me caía bien mi jefe. Hasta aquella mañana.

—Mira, Bea, te aseguro que no es nada personal, yo he hecho lo que he podido, pero ya sabes lo atado de pies y manos que estoy, que dicen que ya no hay recortes y que la crisis se ha terminado, aunque eso no se lo traga ni quien lo inventó, si lo sabré yo, que no puedo ni comprar tóner sin rellenar quince solicitudes compulsadas, claro que qué te voy a contar a ti que tú no hayas vivido en estos nueve años...

—Borja, por Dios, vale ya. Dime lo que me tengas que decir, si quieres decirme algo, o déjame trabajar que estoy hasta arriba.

—No, si eso es precisamente lo que te tengo que decir —sudaba—, pero no sé cómo. Bea, tía, que esto es muy difícil, que sabes que yo te aprecio un huevo, que si por mí fuera...

Él calló y yo también.

—Ayúdame, Bea...

Me tomé mi tiempo antes de hablar.

—Que lo del ere no es un rumor, ¿no?, y que tengo el honor de ser la primera a la que largáis. ¿A decir eso quieres que te ayude?

—No es un honor, Bea, es una putada, lo sé. Pero créeme...

—No, hijo, no, yo ya no creo nada. Deja, no te esfuerces, que me marcho ahora mismo, nada de preavisos. Pero antes, una cosa te voy a decir: no valéis más que para defender vuestra silla. Porque presupuesto para esos tres puestos que os ha colado con calzador la consejería sí que hay, ¿verdad?, y sin una sola pega, a pesar de que todavía ninguno de nosotros sabe para qué valen. Aunque cuidado, ¿eh?, que cualquier día sois vosotros los que os quedáis con los pies colgando.

Creo que no esperaba mi reacción, sino otra, la habitual, que por qué yo, que qué he hecho mal, que si sois unos desagradecidos, que también unos desgraciados... Y la verdad es que todo eso le dije, aunque me parece que no lo entendió. Así que, para rematar, coroné mi réplica:

—Ah, y algo más: si te he servido yo de ensayo para los despidos que te esperan, que sepas que lo has hecho fatal. Practica esta noche con el espejo, porque conmigo te ha salido de pena.

—Bea...

—Deja ya de llamarme así. Bea, Bea, Bea... todo el rato Bea, pesado. Soy Beatriz y para ti, a partir de hoy, ni eso.

Aquella misma mañana metí en una caja de cartón nueve años, mi futuro y una maceta. También metí con ellos los recuerdos de mil noches en blanco intentando idear mi propia metodología como flamante archivera comarcal, trazando con líneas ingenuas los cuadros de clasificación común de expedientes y documentación de cada pedazo de historia de Aragón, soñando con que tal vez (si los fondos continuaban asignados en el reparto de competencias autonómicas y nosotros seguíamos ganando los concursos públicos) algún día mi modelo serviría de patrón para la creación de futuros archivos en otras demarcaciones del territorio nacional... Fueron los nueve años más agotadores, los más frenéticos, los más escabrosos y puede que los mejores de mi vida. Y cabían en una caja de cartón.

Hoy ya he conseguido encontrar algo de luz en la oscuridad de los quince días que pasé llorando. Puede que aún quede más luz escondida, pero lo cierto es que, cuando Borja y mi carrera se alinearon en mi órbita, se convirtieron también en la primera bola colocada estratégicamente sobre el tapete verde de mi extraña conjunción planetaria.

La segunda fue Fernando, que era a su vez mi segundo amor.

—El amor verdadero es el tercero, recuérdalo siempre. No te conformes, no pares hasta encontrar tu tercer amor.

Calderón diría que mi madre fue bella como ninguna e infeliz como todas, Violante entre las Violantes de vidas convertidas en sueño. Yo añado que, además de bella e infeliz, fue sabia.

Trabaja, me decía, trabaja hasta que encuentres tu pasión, para que ya no tengas que trabajar jamás (qué pena que Borja no la llegara a conocer). Citaba a su manera a Confucio y seguía con él: no te mires en el agua que corre, sino en el agua tranquila, porque solamente lo que en sí es tranquilo puede dar tranquilidad a los otros.

—Y nunca dejes de buscar tu tercer amor. Que no te deslumbre la luz del primero ni te atrape la telaraña del segundo, Beatriz. Disfruta de cada uno un tiempo prudencial, al menos hasta que ninguno salga herido. Pero ten paciencia suficiente para esperar al tercero. Ese es el amor real.

Mi madre estaba convencida de que el primero solo es amor fugaz, apenas un motín de hormonas. Hace bullir hasta que se nubla la lucidez y, con ella, la capacidad de exigencia. Cuando nos lanzamos a sus aguas aún no sabemos nadar; flotamos a base de brazadas sin estilo, por instinto de supervivencia.

Después llega el segundo y, con él, la trampa. El segundo amor es sereno, el de la edad adulta aunque no madura. Nos ciegan sus promesas de eternidad. Y así es como solemos caer en la red: vienen familias y amigos compartidos, un coche o dos, una hipoteca, cuenta bancaria, vacaciones de consenso, el mismo gimnasio, cine los miércoles, un cuerpo de espuma que cada noche sirve de almohada y manta... Solamente estrellas que engañan, destellos de fulgor falso que ocultan el verdadero firmamento. Pero, para cuando nos damos cuenta de que el segundo amor es tan efímero como el primero y, además, sin la llama hormonal, ya es demasiado tarde.

Mi primer amor, el del motín fugaz, nunca pasó de eso y ni siquiera me dejó rescoldos en el corazón. Fernando, sí. Con él compartí, como mi madre había predicho, amigos, vacaciones, gimnasio, cine y por poco hipoteca. Justo antes de llegar a ella me abandonó. Fue a los pies del altar del despacho del director de nuestra sucursal del Popular (también compartimos cuenta bancaria, tan lejos llegamos). Quizás él se dio cuenta antes que yo de que éramos segundos amores recíprocos, que merecíamos un tercero o que, al menos, nos habíamos ganado el derecho a emprender su búsqueda. Incluso puede que él ya lo hubiera encontrado.

—¿Cómo lo sabré, mamá, cómo sabré que ese sí, que ese es el bueno, el tercero, el de verdad?

Será fácil, contestaba.

—Sabrás que lo es porque solo desearás que, cuando llegue la muerte, te encuentre en sus brazos.

Yo soy hija de su segundo amor.

Y ella murió sola.

A diferencia de las lágrimas que derramé para intentar llenar el mar que Borja había secado, ni una sola salió de mis ojos provocada por Fernando. No por falta de ganas, sino por falta de tiempo. Todo el llanto que me quedaba dentro se lo dediqué al tercer planeta de mi extraña conjunción.

Octubre estaba cerca, pero mi madre no alcanzó a verlo. Cuando perdió la segunda mama se le escapó también la vida. No había cumplido aún sesenta y cuatro, maldigo a los dioses: al Hades que la reclamó, a Caronte que la cruzó en su barca, al Olimpo entero que no pudo ni quiso impedir que se disolviera en la oscuridad. ¿De qué nos sirven ellos, los dioses, todos los dioses? Solo para recordarnos que somos mortales mientras resuena su risa en las bóvedas de nuestras tumbas.

Mi madre no tuvo tiempo de encontrar su tercer amor, pero precisamente por eso hoy yo soy la misma y distinta de la que era cuando aún vivía.

Recuerdo nuestra última conversación sin morfina.

—¿Sabes la casa de la que tanto te he hablado?

—La de la Cañada, ¿no?

—Esa. Me acuerdo mucho de ella.

—¿Por qué no hemos ido nunca juntas, mamá? Seguro que aún sigue en pie. Si quieres, en cuanto te pongas mejor, cogemos el coche y nos hacemos un fin de semana allí. Busco un hotelito rural y...

—No hace falta, mi amor. Primero, porque sigo siendo la dueña de esa casa, nunca la vendí. Yo no he vuelto desde que naciste, pero me la ha tenido alquilada Izarbe. Por un pellizquito de dinero, algo simbólico, más que nada para conservarla cuidada, que allí los inviernos son duros.

—Desde luego, mamá, eres una caja de sorpresas... Pues a esa casa iremos cuando te cures, ya verás.

—No, cariño. La segunda razón es porque ya no voy a salir de este hospital...

—¡Mamá...!

—Calla, niña, que lo sabes tan bien como yo. Qué más da que me toque ahora o dentro de veinte años. Morirse hay que morirse, y a mí me ha llegado el turno. Yo te he enseñado a tener la mente fría y el corazón caliente, no me desobedezcas ahora, que a una madre hay que respetarla, sobre todo en el lecho de muerte.

Bella, infeliz, sabia y con mucho sentido del humor. Negro, pero humor.

—A ver, Beatriz, no nos desviemos, que no ando sobrada de tiempo. Yo te cuento todo esto por lo siguiente: esa casa es tuya; aunque seas mi única heredera, hice testamento la semana pasada por facilitarte el asunto, ahí están todos los datos. Con esa casa y algunos ahorros que tengo en el banco, no sabes lo tranquila que me muero. Espera, no pongas esa cara y déjame seguir. Me muero tranquila porque, si eres lista, y lo eres mucho, te dejo las cosas arregladas. Menos mal que no te compraste el piso ese con Fernando; ya ves, mira tú por dónde, ahora que el malnacido de Borja te ha despedido, ahí te puede llegar una nueva vida. Tu sitio está en la Cañada de Moncayo. Tu sitio y tu origen. ¿No te empeñaste en estudiar Historia? Pues allí la tienes entera para ti. Cuando me muera todo tendrá sentido: eres libre, tienes casa, medios para una temporada si no despilfarras y los conocimientos necesarios. Ve al pueblo y encuéntrame... encuéntranos. Encuéntranos, Beatriz, encuéntranos.

Y se quedó dormida.

Dos días después, volvió a dormirse y ya no despertó.

La alineación del último planeta de mi extraña conjunción fue la más dolorosa.

Por eso atravesaba llorando las tierras del Moncayo hace seis meses. Lloraba el cielo y lloraba quien era yo entonces. El llanto del cielo era una llovizna suave, la primera del otoño recién estrenado; la mía, un aguacero descontrolado y una mirada congelada en el domingo de barro y ceniza en el que enterré a mi madre y, con ella, mi propia vida, la que había conocido hasta entonces. Me esperaba otra, pero ni era la mía ni yo no lo sabía aún.

La carretera de hace seis meses era negra, sin raya continua ni metáfora, solo un asfalto pedregoso que no tenía final aunque sí destino: iba a cumplir el último deseo de mi madre perdida. Iba a encontrarnos.

2

Todos los misterios

Los ciento cuarenta y siete habitantes de la Cañada, pobres o con dinero, altos o bajos, guapos o feos, tienen dos cosas en común.

Una es que todos, sin excepción, pueden divisar desde cualquier casa del pueblo el mismo paisaje que extasió a Machado: la mole blanca y rosa del Moncayo. El pi

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