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MI NOMBRE ES MALARROSA

Hernán Rivera Letelier  

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Fragmento

 

Como un prodigioso espejismo en el desierto el tren atraviesa el mediodía arrastrando un vocinglero cargamento de pájaros; livianas jaulas de mimbre atiborradas de alondras, jilgueros, loicas, zorzales, bandurrias, canarios, diucas, chincoles y de un cuanto hay de pájaros cantores al sur de la patria; cientos de aves de todos los plumajes y colores que en una alucinante algarabía de trinos y gorjeos cruzan, a treinta kilómetros por hora, el paisaje más árido del mundo.

«Es un enganche de pájaros», dicen los viejos, aludiendo a esos hatos de campesinos arreados periódicamente desde el sur del país con la promesa ilusoria de que en las salitreras el dinero se cosecha a ras de suelo.

A la esposa del administrador de una oficina se le antojó tener una pajarera gigante en sus jardines. La dama ya contaba con piscina, cancha de tenis, plantas, flores; ahora quería una pajarera para exorcizar este silencio que me lastima el corazón, amado mío. El señor administrador, que en su homenaje había bautizado la oficina con su nombre, encargó un millar de pájaros cantores de los campos chilenos, cargamento que fue traído en barco, descargado en el puerto de Coloso y transportado a la pampa en un carro plano enganchado a la cola del tren de pasajeros. De modo que esa mañana los viajeros subieron al desierto arrastrando consigo una bullanga de las más variadas especies de aves. Poco antes de llegar a destino sucedió la desgracia. El tren descarriló y, al volcarse el carro plano (el único que volcó), las jaulas rodaron, se abrieron y se desbarataron, y lo que contaban después los pasajeros en las tabernas de Yungay, con los ojos aún maravillados de asombro, era increíble: una algazara de aves en fuga –pequenes, codornices, pitíos, choroyes, queltehues, mirlos, calandrias y de un cuanto hay de pájaros al sur de la patria, por Dios que es cierto, paisanito– echó a volar en desbandada por los cielos de la pampa, tiñendo el aire de colores y trizando de trinos el duro diamante del mediodía.

«Era un remolino de pájaros», decían los viejos, riendo.

Esto sucedió en el cantón de Aguas Blancas. Y se dice que por el tiempo en que Malarrosa aprendía a dar sus primeros pasos, aún era posible vislumbrar de pronto el colorido plumaje de alguno de estos prófugos posado en los cables del telégrafo. Todavía por las tardes los asoleados de las oficinas salitreras llegaban a las cantinas contando el milagro de un sinsonte que llegó a trinarles a la calichera en busca de agua. A veces, en la indolente hora de la siesta pampina, un mirlo o un cardenal entraba por la ventana de alguna casa de remolienda y las putas más jóvenes, alborotadas como niñas de las monjas, corrían chillando desnudas por los aposentos tratando de capturarlo con sus negligés de seda. El padre de Malarrosa contaba que su pequeña hija una vez atrapó un canario (su madre decía que era un jilguero) al que sorprendió picoteando las semillas de las ramas de la escoba. Después de un tiempo ya sólo se encontraban pájaros muertos. En las tortas de ripios, en la línea del tren, en las plazas de juegos infantiles y hasta en los viejos cementerios pampinos, los niños solían hallar los cuerpecitos entierrados de chincoles, zorzales o alondras, descolorándose al sol lo mismo que las flores de papel.

 

I

Debió llamarse Malvarrosa. Nombre elegido en homenaje a su madre, Malva Martina, y a su traslúcida abuela, Rosa Amparo. Sin embargo, por error del oficial del Registro Civil, o porque el insensato de su padre fue a inscribirla tan borracho que apenas podía farfullar palabra, terminó llamándose Malarrosa. Y si el nombre influye en el carácter y en el destino de un ser humano, como dicen los adivinos de la onomancia, entonces ella, que estaba predestinada a ser una niña feliz, un tanto crédula si se quiere, rozagante de hoyuelos como deben ser las Malvarrosas del mundo, la sola letra desgajada de su nombre desarmó toda la trama y la convirtió en lo que realmente llegó a ser: una criatura arisca, tácita, solitaria, de grueso pelo negro y ojos color de espejismo.

Aunque nació en la oficina San Gregorio, Malarrosa se crió desde los tres años en Yungay, un pueblo surgido junto a la estación de trenes del mismo nombre, en el cantón de Aguas Blancas, la región del desierto de Atacama más parecida, por lo inhóspito de su paisaje, a un planeta deshabitado. Parecía una niña carente de ánimo; sin embargo, desde muy corta edad ya miraba a las cuencas de la muerte sin pestañear ni bajar la vista, con más entereza conque luego miraría a los ojos inquisitivos de la atrabiliaria anciana preceptora de la escuela, señorita Isolina del Carmen Orozco Valverde.

Y es que además de ser sobreviviente de la matanza de San Gregorio; además de las numerosas muertes violentas que le tocaba presenciar en las grescas al interior de los garitos y tugurios donde la arrastraba su padre en su afán por el juego; además de haber visto agonizar y morir a su abuela y a su abuelo maternos, a escasos dos meses de diferencia, y de haber asistido a la muerte prematura, por «ahojamiento », decía su madre, de dos angelitos mellizos, hermanos suyos, a los cuatro días de nacidos (ella les confeccionó sus alitas doradas, ella hizo los claveles para poner entre sus manitos yertas, y ella recortó lunas y estrellas para pegar en la sábana que cubrió la pared contra la que fueron velados, sentados en sendas sillitas de paja); además de todo aquello, hacía tres años, su propia madre había exhalado el último suspiro en sus brazos, después de una larga agonía en que la tuberculosis la fue royendo por dentro hasta dejarla enfundada en una pura cásca

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