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MIS RINCONES OSCUROS

James Ellroy

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Fragmento

1

La encontraron unos niños.

Eran jugadores de la liga Babe Ruth que habían salido a lanzar unas cuantas bolas. Tres entrenadores adultos caminaban detrás de ellos.

Los chavales vieron un bulto en la franja de hiedra justo al lado del bordillo. Los hombres vieron unas perlas sueltas en la acera. Se produjo un ligero sobresalto telepático.

Clyde Warner y Dick Ginnold hicieron que los niños se retiraran un poco para evitar que mirasen desde demasiado cerca. Kendall Nungesser cruzó Tyler Avenue a la carrera en dirección a una cabina de teléfonos que había junto a la lechería.

Llamó a la Oficina del Sheriff de Temple City y le contó al sargento de guardia que había descubierto un cuerpo. Estaba allí mismo, en la carretera junto al campo de entrenamiento de béisbol del instituto Arroyo. El sargento le dijo que se quedara allí y que no tocase nada.

Se emitió el aviso por radio: 10.10 del domingo 22 de junio de 1958. Cadáver en King’s Row con Tyler Avenue, El Monte.

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Un coche patrulla del sheriff llegó al lugar en menos de cinco minutos. Segundos después se presentó una unidad de la policía de El Monte.

El ayudante del sheriff Vic Cavallero reunió a los entrenadores y a los niños. El agente Dave Wire inspeccionó el cuerpo.

Se trataba de una mujer de raza caucásica. Tenía la piel muy clara y era pelirroja. Debía de rondar los cuarenta años. Se hallaba tendida boca arriba en un macizo de hiedra a escasos centímetros del bordillo de King’s Row.

El brazo derecho estaba vuelto hacia arriba. La mano descansaba en el suelo, unos pocos centímetros por encima de la cabeza. El brazo izquierdo estaba doblado por el codo y cruzaba el cuerpo a la altura de la cintura. La mano se veía crispada; las piernas, extendidas y abiertas.

Llevaba puesto un vestido azul marino ligero y de escote generoso, sin mangas. Un gabán azul oscuro con forro a juego cubría la mitad inferior de su cuerpo.

Los pies y los tobillos quedaban a la vista. El pie derecho estaba descalzo. En torno al tobillo izquierdo tenía enrollada una media de nailon.

El vestido estaba ajado y tenía los brazos cubiertos de picaduras de insectos. La lengua asomaba entre los labios y el rostro presentaba varias magulladuras. El sujetador estaba desabrochado y subido por encima de los pechos. Alrededor del cuello tenía una media de nailon y un cordel de algodón, ambos firmemente anudados.

Dave Wire habló por radio con el agente de guardia del Departamento de Policía de El Monte. Vic Cavallero llamó a la oficina de Temple. Se dio la alerta para la recogida del cuerpo:

Que venga el forense del condado de Los Ángeles. Que vengan los del Laboratorio de Criminología de la Oficina del Sheriff y el fotógrafo. Llamad a la Brigada de Homicidios y decidles que manden un equipo.

Cavallero se quedó de pie junto al cuerpo. Dave Wire se acercó a la lechería y pidió un rollo de cuerda. Cavallero lo ayudó a extenderla para establecer un perímetro protegido en torno a la escena del crimen.

Comentaron la extraña posición del cuerpo. Parecía caído al azar y, a la vez, depositado con cuidado.

Empezaron a llegar curiosos. Cavallero los obligó a retirarse hasta la acera de Tyler Avenue. Wire reparó en que había algunas perlas en la calzada y trazó un círculo de tiza en torno a cada una de ellas.

Unos coches oficiales se detuvieron ante el cordón de seguridad. Varios agentes, uniformados y de paisano, pasaron por debajo de la cuerda.

Del Departamento de Policía de El Monte: el jefe Orval Davis, el capitán Jim Bruton y el sargento Virg Ervin. De la Oficina del Sheriff de Temple: el capitán Dick Brooks, el teniente Don Mead y el sargento Don Clapp. Los ayudantes del sheriff de Temple llamados para contener a los curiosos eran policías de servicio o fuera de él.

Dave Wire midió la ubicación exacta del cuerpo: veintiún metros al oeste de la primera verja cerrada del recinto del instituto y medio metro al sur del bordillo de King’s Row. Llegó el fotógrafo policial y tomó unas fotos en perspectiva de King’s Row y del campo de deportes del instituto.

Era mediodía y el sol caía en un ángulo de noventa grados.

El fotógrafo tomó instantáneas del cuerpo desde arriba y desde los lados. Vic Cavallero le aseguró que la gente que lo había encontrado no lo había tocado. Los sargentos Ward Hallinen y Jack Lawton llegaron al lugar y se dirigieron de inmediato hacia el jefe Davis.

Davis les dijo que se encargaran del asunto, en virtud del protocolo por el que todos los asesinatos cometidos en la ciudad de El Monte eran competencia de la Brigada de Homicidios de la Oficina del Sheriff de Los Ángeles.

Hallinen se acercó al cuerpo. Lawton dibujó un plano de la zona en su libreta de notas.

Tyler Avenue iba de norte a sur. King’s Row la cortaba en el extremo sur de los terrenos escolares. King’s Row continuaba hacia el este unos ciento setenta y cinco metros y desembocaba en Cedar Avenue, que marcaba el límite oriental de los terrenos del instituto. No era más que una vía de acceso pavimentada.

El extremo de Cedar Avenue estaba cerrado por una verja. Otra valla interior resguardaba unos bungalows cerca de los edificios principales del instituto. La única manera de acceder a King’s Row era por Tyler Avenue.

King’s Row medía unos cinco metros de ancho. El campo de deportes se extendía a lo largo del límite norte. Por detrás del bordillo de la acera sur había una valla de alambre cubierta de maleza y una mata de hiedra de un metro de anchura. El cuerpo estaba situado a setenta y cinco metros al este de la esquina de Tyler y King’s Row.

El pie izquierdo de la víctima quedaba a unos cincuenta centímetros del bordillo. El peso del cuerpo había aplastado la hiedra.

Lawton y Hallinen contemplaron el cadáver. Empezaban a aparecer los primeros síntomas del rigor mortis: la mano cerrada de la víctima había quedado rígida.

Hallinen observó un anillo con una perla falsa en el dedo corazón. Lawton comentó que quizá los ayudase a identificarla.

El rostro había adquirido un ligero tono morado. Tenía toda la pinta del clásico cuerpo tirado a altas horas de la noche.

Vic Cavallero dijo a los entrenadores y a los chavales del equipo de béisbol que se fueran a casa. Dave Wire y Virg Ervin se mezclaron con los curiosos. Se presentó en el lugar el sargento Harry Andre, un tipo de Homicidios impaciente por echar una mano.

Llegaron los miembros de la prensa. Algunos agentes de Temple se acercaron en los coches patrulla para echar un vistazo a la escena del crimen. La mitad de los veintiséis hombres del Departamento de Policía de El Monte pasaron por allí. Las mujeres blancas muertas eran como un imán.

Se presentó el ayudante del forense. El fotógrafo le dijo que podía examinar a la víctima.

Hallinen y Lawton se abrieron paso hasta la primera fila para mirar. El ayudante del forense levantó el gabán y dejó al descubierto la mitad inferior del cuerpo.

No llevaba bragas, liguero ni pantis. El vestido estaba subido por encima de las caderas. Ni pantis ni zapatos. Esa media enrollada en torno al tobillo izquierdo. Magulladuras y pequeñas laceraciones en la cara interna de los muslos. Unas marcas en la cadera izquierda de haber sido arrastrada por el asfalto.

El ayudante del forense le dio la vuelta al cuerpo. El fotógrafo sacó algunas tomas de la parte posterior de la víctima. La espalda estaba húmeda de rocío y mostraba señales de lividez post mortem.

El ayudante del forense dijo que probablemente llevase muerta entre ocho y doce horas. La habían tirado allí antes del amanecer; el rocío en la espalda era un claro indicio de ello.

El fotógrafo tomó unas cuantas fotos más. El ayudante del forense y su colaborador levantaron el cuerpo. Estaba flácido, todavía lejos del rigor mortis completo. Llevaron a la víctima al furgón y la colocaron en una camilla.

Hallinen y Lawton investigaron el macizo de hiedra y el bordillo cercano.

Encontraron una antena de coche rota en la calzada, así como una ristra de perlas sobre la hiedra aplastada, cerca de donde estaba el cuerpo. Recogieron las perlas rodeadas por círculos de tiza y las pasaron por el hilo del collar. Comprobaron que tenían el juego completo.

El cierre estaba intacto. El hilo aparecía roto por la mitad. Guardaron las piezas del collar en una bolsa para pruebas.

No encontraron las bragas, los zapatos ni el bolso. No vieron marcas de neumáticos en la grava junto al bordillo, tampoco había marcas que indicasen que algo había sido arrastrado en ningún punto de King’s Row. La hiedra que rodeaba el lugar donde estaba el cuerpo no presentaba señales de pisadas.

Era la una y veinte de la tarde. La temperatura había subido hasta los treinta y cinco grados.

El ayudante del forense tomó muestras de los cabellos y del vello púbico de la víctima. A continuación le cortó las uñas y las guardó en un sobrecito.

Luego desnudaron el cuerpo y lo colocaron boca arriba en la camilla.

Había una pequeña mancha de sangre seca en la palma de la mano derecha de la víctima, así como una pequeña laceración cerca del centro de la frente.

A la víctima le faltaba el pezón derecho. Por el tejido cicatrizal blanquecino que coronaba la areola parecía tratarse de una antigua amputación quirúrgica.

Hallinen le quitó el anillo a la víctima. El ayudante del forense midió el cuerpo, un metro sesenta y siete, y calculó su peso en sesenta y dos kilos. Lawton se marchó para dar los datos a la Central y a la Brigada de Personas Desaparecidas de la Oficina del Sheriff.

El ayudante del forense cogió un bisturí y efectuó una profunda incisión de quince centímetros de longitud en el abdomen de la víctima. Abrió el corte con los dedos e introdujo un termómetro en el hígado: la temperatura era de treinta y cinco grados. Calculó que la muerte se había producido entre las tres y las cinco de la madrugada.

Hallinen examinó las ligaduras. La media y el cordón de algodón estaban atados al cuello de la víctima por separado. El cordón parecía el de una persiana veneciana o una cuerda de tender la ropa.

El cordón había sido anudado en la parte posterior del cuello de la víctima. El asesino lo había atado tan fuerte que uno de los extremos se había roto; el cabo deshilachado y la diferencia de longitud entre ambas puntas demostraban el hecho de forma concluyente.

La media que rodeaba el cuello de la víctima era idéntica a la que tenía en torno al tobillo izquierdo.

El ayudante del forense cerró el furgón y se llevó el cuerpo al depósito del condado de Los Ángeles. Jack Lawton emitió un anuncio por la banda policial:

Alerta a todas las unidades del valle de San Gabriel: varones sospechosos con cortes y arañazos recientes.

Ward Hallinen reunió a los reporteros de radio presentes. Les dijo que emitieran el siguiente comunicado por las ondas locales:

Encontrada muerta mujer blanca. Cuarenta años. Pelirroja. Ojos marrones. Un metro sesenta y siete. Sesenta y dos kilos. Dirigir a los posibles informadores al Departamento de Policía de El Monte o a la Oficina del Sheriff de Temple City.

El jefe Davis y el capitán Bruton se dirigieron hacia la Central de la Policía de El Monte. Allí se unieron a ellos tres hombres de Homicidios: el inspector R. J. Parsonson, el capitán Al Etzel y el teniente Charles McGowan.

Procedieron a analizar el caso. Bruton llamó a los departamentos de Policía de Baldwin Park y Pasadena, a la Oficina del Sheriff de San Dimas y a los departamentos de Covina y West Covina. Repasó con ellos los datos de la víctima y obtuvo idéntica respuesta: no encajaba con la descripción de ninguna de las mujeres cuya desaparición hubiera sido denunciada últimamente.

Agentes uniformados y policías de El Monte rastrearon los terrenos del instituto Arroyo. Hallinen, Lawton y Andre hicieron lo propio en el vecindario circundante.

Hablaron con los transeúntes y con la gente que tomaba el sol en sus jardines, así como con una larga serie de clientes en la lechería. Los agentes describieron a la víctima y en todas las ocasiones recibieron la misma respuesta: No sé de quién me habla.

La zona era residencial y medio rural. Casas pequeñas intercaladas con parcelas vacías y manzanas de terreno baldío. Hallinen, Lawton y Andre consideraron que era inútil continuar con las pesquisas.

Se dirigieron en el coche patrulla hacia el sur, en dirección a las autovías principales de El Monte: Ramona, Garvey, Valley Boulevard. Recorrieron varios cafés y algunos bares. Hablaron de la pelirroja y no recibieron más que respuestas negativas.

La investigación inicial resultó inútil.

El rastreo de la zona resultó inútil.

Ninguna patrulla informó acerca de varones sospechosos que presentasen cortes y arañazos.

En el Departamento de Policía de El Monte se recibió una llamada. La comunicante dijo que acababa de escuchar un boletín por la radio. La mujer que habían encontrado en el instituto presentaba similitudes con su inquilina.

El encargado de la centralita llamó por radio a Virg Ervin y le dijo que fuese a ver a la mujer del 700 de Bryant Road.

La dirección estaba en El Monte, a un kilómetro y medio al sudeste del instituto Arroyo. Ervin condujo hasta allí y llamó a la puerta.

Abrió una mujer. Se identificó como Anna May Krycki y declaró que la descripción de la muerta encajaba con la de su inquilina, Jean Ellroy. Jean había salido de su casita en la propiedad de los Krycki la noche anterior, alrededor de las ocho. Había pasado toda la noche fuera y aún no había regresado.

Ervin describió el gabán y el vestido de la víctima. Anna May Krycki dijo que le recordaban al atuendo favorito de Jean. Ervin describió la cicatriz en el pecho derecho de la víctima. Anna May Krycki dijo que Jean le había enseñado la marca.

Ervin volvió al coche y radió la información a la centralita de El Monte. El agente de guardia envió un coche patrulla a buscar a Jack Lawton y Ward Hallinen.

El coche los encontró en menos de diez minutos. Luego los llevó directamente a casa de los Krycki.

Hallinen le mostró de inmediato el anillo de la víctima a Anna May Krycki. Esta lo identificó como perteneciente a Jean Ellroy.

Lawton y Hallinen se sentaron con ella y la interrogaron. Anna May Krycki dijo que era la «señora» Krycki. Su marido se llamaba George, y ella tenía un hijo de doce años, Gaylord, de un matrimonio anterior. Jean Ellroy también era, técnicamente, «señora» Ellroy, pero llevaba varios años divorciada. El verdadero nombre de Jean era Geneva; el segundo nombre, Odelia, y su apellido de soltera, Hilliker. Era enfermera diplomada y trabajaba en una fábrica de piezas para aviones en el centro de Los Ángeles. Ella y su hijo de diez años vivían en el pequeño bungalow de piedra que se alzaba en el jardín trasero de los Krycki. Jean conducía un Buick rojo y blanco del 57. El hijo estaba pasando el fin de semana con su padre en Los Ángeles y volvería en unas horas.

La señora Krycki les enseñó una foto de Jean Ellroy. El rostro encajaba con el de la víctima.

La señora Krycki dijo que la noche anterior, hacia las ocho, vio a Jean salir del bungalow. Iba sola. Se marchó en su coche y no volvió. El coche no estaba en el garaje ni en el sendero de entrada de la casa.

La señora Krycki declaró que la víctima y su hijo se habían mudado al bungalow hacía cuatro meses. Dijo que el crío pasaba los días laborables con la madre y los fines de semana con el padre. Jean procedía de un pueblecito de Wisconsin. Era una mujer trabajadora y poco habladora, bastante reservada. Tenía treinta y siete años.

El padre había pasado a recoger a su hijo en taxi el sábado por la mañana. Por la tarde, la señora Krycki había visto a Jean ocuparse del jardín. Hablaron un poco, pero Jean no le comentó qué planes tenía para esa noche.

Virg Ervin preguntó por el coche de la víctima. ¿Dónde solía poner gasolina normalmente?

La señora Krycki le dijo que probara en la estación de servicio de Union 76. Ervin pidió el número a Información, llamó a la gasolinera y habló con el propietario. El hombre repasó sus registros y volvió al aparato con un número de matrícula: California/KFE 778.

Ervin facilitó el número a la centralita del Departamento de Policía de El Monte. La centralita difundió la información a todas las unidades de la policía local y de la Oficina del Sheriff.

La entrevista continuó. Hallinen y Lawton hicieron especial hincapié en un tema: los hombres con quienes se relacionaba la víctima.

La señora Krycki dijo que la vida social de Jean era limitada. No daba la impresión de que tuviese novios. En ocasiones salía sola y, por lo general, regresaba temprano. No acostumbraba a beber mucho. A menudo decía que quería dar buen ejemplo a su hijo.

En ese momento llegó George Krycki. Hallinen y Lawton le preguntaron acerca de lo que había hecho el sábado por la noche.

El hombre les contó que hacia las nueve Anna May se había ido al cine. Él se había quedado en casa, viendo un programa de lucha libre en televisión. Había visto a la víctima salir con el coche entre las ocho y las ocho y media, y no la había visto ni oído volver.

Ervin pidió a los Krycki que lo acompañaran al depósito de cadáveres del condado de Los Ángeles para hacer una identificación concluyente del cuerpo.

Hallinen llamó al Laboratorio de Criminología y les dijo que enviaran un agente al 700 de Bryant, El Monte, para tomar huellas en la casita situada detrás de la casa principal.

Virg Ervin llevó a los Krycki al Palacio de Justicia de Los Ángeles, un trayecto de veinte kilómetros por la autovía de San Bernardino. El despacho del forense y el depósito de cadáveres estaban en el sótano, debajo de la Brigada de Homicidios de la Oficina del Sheriff.

La víctima estaba dentro de una cámara refrigerada, sobre una plancha metálica. Los Krycki la vieron por separado. Ambos la identificaron como Jean Ellroy.

Ervin les tomó declaración formal y los envió de regreso a El Monte.

El agente encargado de tomar las huellas se reunió con Hallinen y Lawton a la puerta del bungalow de Ellroy. Eran las cuatro y media de la tarde y el día continuaba siendo caluroso y húmedo.

El bungalow era pequeño, construido con madera de color granate y rocas de río. Se alzaba detrás de la casa de los Krycki, en el extremo de un jardín compartido. Este tenía palmeras de sombra y bananeras altas, y en el centro había un estanque de piedra y mortero. Las dos casas estaban situadas en la esquina sudeste de Maple Avenue y Bryant. La vivienda de Jean Ellroy tenía una puerta que daba a Maple.

La entrada principal daba al estanque y a la puerta trasera de los Krycki. Era de cristal, con parteluces y marco de madera. Cerca de la cerradura faltaba uno de los vidrios. No podía cerrarse desde dentro ni desde fuera.

Hallinen, Lawton y el agente encargado de tomar las huellas entraron en la casa. Distaba mucho de ser espaciosa. Dos pequeños dormitorios y una angosta sala de estar. Una cocina americana, un rincón de desayuno y un cuarto de baño.

La vivienda estaba limpia y ordenada. No se veía nada fuera de lugar. Las camas de la víctima y de su hijo estaban hechas. Nadie había dormido en ellas.

En la cocina encontraron un vaso con un poco de vino. Registraron los cajones del dormitorio de la víctima y encontraron algunos documentos personales. Averiguaron que la víctima trabajaba en Airtek Dynamics, en el 2222 de South Figueroa, L. A.

Descubrieron que el exmarido de la víctima se llamaba Armand Ellroy. Vivía en el 4980 de Beverly Boulevard, L. A. Su número de teléfono era Hollywood 3-8700.

Comprobaron que la víctima no tenía teléfono.

El agente encargado de tomar las huellas empolvó el vaso y varias superficies más, pero no encontró ninguna impresión dactilar.

Hallinen regresó a la casa de los Krycki y telefoneó al número del exmarido. Dejó que sonara largo rato, pero no obtuvo respuesta.

Virg Ervin entró en la casa. Dijo que Dave Wire había encontrado el coche de la víctima, aparcado detrás de un bar en Valley Boulevard.

El bar se llamaba Desert Inn. Estaba en el 11721 de Valley Boulevard, a tres kilómetros del lugar donde había aparecido el cuerpo y a uno y medio de la casa de la víctima. Era un edificio achaparrado de una planta, con techumbre de tejas rojas de arcilla y toldos en las ventanas delanteras.

El aparcamiento trasero se extendía hasta una hilera de bungalows baratos de paredes estucadas. Una franja gris cubierta de sicomoros separaba un aparcamiento para cuatro hileras de coches. Una cadena baja cerraba el recinto por los lados.

Junto a la verja del costado oeste había aparcado un Buick blanco y rojo. Dave Wire se encontraba a su lado. Jim Bruton y Harry Andre estaban apoyados en un coche patrulla de la Oficina del Sheriff.

Allí estaba Al Etzel. También Blackie McGowan.

Hallinen y Lawton entraron con el coche en el aparcamiento. Virg Ervin y el agente encargado de las huellas llegaron en coches separados.

Dave Wire se acercó y procedió a informarles.

Tras tomar nota del número de matrícula emitido por radio, había empezado a buscar en calles secundarias y aparcamientos. Localizó el coche de la víctima a las 15.35. No habían echado el seguro y no parecía que lo hubieran forzado. Inspeccionó los asientos delanteros y el trasero, y no encontró las llaves, el bolso, la ropa interior ni los zapatos de la víctima. Lo que sí halló fue media docena de latas de cerveza vacías, envueltas en papel marrón y atadas con un cordel.

Hallinen y Lawton examinaron el coche. Estaba perfectamente limpio tanto por dentro como por fuera. El agente del laboratorio sacó fotografías del interior y del exterior y empolvó las puertas y el salpicadero, pero no encontró huellas latentes viables.

Llegó un ayudante del sheriff de Temple, que procedió a confiscar el coche y llevarlo a un concesionario Ford cercano para que lo guardaran.

En la franja de hierba junto a la acera empezaba a congregarse un grupo de curiosos. Wire señaló a Roy Dunn y Al Manganiello, dos camareros del Desert Inn.

Andre y Hallinen hablaron con ellos. Dunn dijo que estuvo trabajando la noche anterior; Manganiello dijo que solo trabajaba durante el día. Hallinen les mostró la fotografía de la víctima que les había dado la señora Krycki. Los dos camareros afirmaron que nunca habían visto a esa mujer.

Tampoco habían visto nunca el Buick blanco y rojo. Dunn estuvo trabajando la noche anterior, pero se encontraba detrás de la barra y desde ahí no podía ver salir ni entrar a los clientes. Los dos calcularon que el Buick debía de llevar aparcado detrás del bar todo el día, quizá incluso toda la noche.

Andre les preguntó quién más estuvo trabajando la noche anterior. Dunn respondió que hablara con Ellis Outlaw, el encargado.

Hallinen y Andre entraron en el local. El capitán Etzel y el teniente McGowan los siguieron.

El Desert Inn era estrecho y tenía forma de ele, con reservados tapizados en piel sintética. Una barra con taburetes dominaba tres filas de mesas y la puerta principal; detrás de ella había un mostrador para el servicio de bebidas y de cocina. El brazo corto de la ele estaba ocupado por una pista de baile y un escenario elevado.

Andre y Hallinen abordaron a Ellis Outlaw y le mostraron la foto de la víctima. Outlaw dijo que nunca la había visto. Y tampoco el Buick del 57 aparcado detrás del bar. La noche anterior no había trabajado, pero sabía quién lo había hecho.

Les dio algunos nombres:

Su esposa, Alberta «Bert» Outlaw. Su hermana, Myrtle Mawby. Ambas se encontraban en su casa en ese momento, en los apartamentos Royal Palms, en el 321 de West Mildred Avenue, West Covina. Podían probar también con Margie Trawick, en el teléfono Gilbert 8-1136. Era camarera eventual en el Desert Inn y, según había oído Outlaw, la noche anterior había estado trabajando.

Hallinen anotó la información y salió del local tras los demás agentes. En el aparcamiento había un número considerable de miembros del Departamento de Policía de El Monte pendientes de lo que sucedía. Un segundo grupo estaba apostado en Bryant y Maple, a la espera de que apareciesen el exmarido de la víctima y su hijo.

Eran las seis y media de la tarde y había refrescado un poco. Se hallaban a principios de verano y aún faltaba bastante para que oscureciese.

Varias radios policiales empezaron a parlotear a la vez.

El niño y el ex habían vuelto. En esos momentos estaban siendo trasladados a la comisaría de El Monte en vehículos separados.

Al exmarido de la víctima le faltaba una semana para cumplir los sesenta. Alto y de constitución atlética, parecía que controlaba sus emociones.

El hijo de la víctima era regordete y más alto que la mayoría de los niños de diez años. Estaba nervioso, pero no se le veía nada afectado.

El niño había llegado a la casa en taxi, solo. Se le informó de la muerte de su madre y encajó la noticia con calma. Le dijo a un agente que su padre estaba en la estación de autobuses de El Monte, esperando un vehículo de la compañía Freeway Flyer que lo llevara de regreso a Los Ángeles.

Un coche patrulla recibió la orden de desplazarse hasta allí para recoger a Armand Ellroy. Padre e hijo no habían estado en contacto desde que se despidieron en la estación. Ahora estaban retenidos en habitaciones separadas.

Hallinen y Lawton hablaron primero con el exmarido. Ellroy declaró que llevaba divorciado de la víctima desde 1954 y que ese fin de semana estaba ejerciendo su derecho a visitar a su hijo. Lo había recogido en un taxi a las diez de la mañana del sábado, y no había visto a su exmujer. Él y el niño tomaron un autobús hasta Los Ángeles, donde vivía. Almorzaron y fueron al Fox-Wilshire Theatre a ver una película titulada Los vikingos. La sesión terminó a las cuatro y media. Después hicieron unas compras en la tienda de comestibles y regresaron al apartamento. Cenaron, vieron la tele y, entre las diez y las once, se acostaron.

Por la mañana se despertaron tarde. Tomaron un autobús en dirección al centro y almorzaron en la cafetería Clifton. Pasaron varias horas mirando escaparates y regresaron, también en autobús, a El Monte. En la estación, el padre metió al niño en un taxi y se sentó a esperar el autobús para volver a Los Ángeles. Un policía se acercó a él y le dio la noticia.

Hallinen y Lawton preguntaron a Ellroy qué tal se llevaba con su ex. Respondió que se habían conocido en el 39 y se habían casado al año siguiente. Se divorciaron en el 54; las cosas salieron mal y terminaron por aborrecerse. Los trámites del divorcio fueron complicados y plagados de desacuerdos.

Hallinen y Lawton preguntaron a Ellroy por la vida social de su exesposa. Respondió que Jean era una mujer reservada que se guardaba las cosas para sí. Mentía cuando le convenía, y en realidad no tenía los treinta y siete años que declaraba, sino cuarenta y tres. Era promiscua y alcohólica. Su hijo la había sorprendido en la cama con desconocidos en varias ocasiones. Su reciente traslado a El Monte solo podía deberse a que estaba huyendo, o quería estar más cerca, de algún tipejo con el que se estuviera viendo. Jean se mostraba reservada acerca de su vida privada porque sabía que él quería demostrar que era una mala madre y conseguir con ello la plena custodia de su hijo.

Hallinen y Lawton preguntaron a Ellroy por los nombres de algunos amigos de su exmujer. Respondió que solo conocía uno: Hank Hart, un obrero gordo al que le faltaba un pulgar.

Hallinen y Lawton agradecieron a Ellroy su colaboración y se dirigieron hacia una sala de interrogatorio situada al fondo del pasillo. Unos agentes fuera de servicio hacían compañía al hijo de la víctima.

El niño se mostró serio y sereno. Aguantó el tipo bastante bien durante toda la entrevista.

Hallinen y Lawton lo trataron con delicadeza. El muchacho confirmó hasta el menor detalle del relato de su padre sobre el fin de semana. Dijo que solo conocía el nombre de dos de los hombres con quienes su madre se veía: Hank Hart y un maestro de su escuela llamado Peter Tubiolo.

Eran las nueve de la noche. Ward Hallinen le dio un caramelo al niño y lo acompañó por el pasillo para reunirse con su padre.

Armand Ellroy abrazó a su hijo, que le devolvió el abrazo. Los dos parecían aliviados y extrañamente felices.

El niño fue entregado a la custodia de Armand Ellroy. Un agente los llevó a la estación de autobuses de El Monte. Tomaron el Freeway Flyer de las 21.30 de regreso a Los Ángeles.

Virg Ervin condujo a Hallinen y Lawton a los apartamentos Royal Palms. Mostraron la fotografía y sometieron a Bert Outlaw y a Myrtle Mawby a la serie de preguntas rutinarias.

Las dos mujeres reconocieron a la víctima. Ambas afirmaron que no era una habitual del Desert Inn, aunque había estado en el local la noche anterior. Estuvo sentada con un hombre menudo, de cabello negro liso y rostro delgado. Fueron los últimos clientes en marcharse, a la hora de cerrar, las dos de la madrugada.

Ambas mujeres declararon que nunca habían visto al hombre menudo.

Myrtle Mawby les dijo que deberían llamar a Margie Trawick. Estaba en el bar antes de que ellas llegasen y quizá pudiera añadir algo. Jack Lawton marcó el número que les había dado Ellis Outlaw. Margie Trawick respondió al otro extremo de la línea.

Lawton le hizo algunas preguntas preliminares. Margie Trawick fue rotunda: en efecto, la noche anterior había visto a una atractiva pelirroja sentada con un grupo de gente. Lawton le dijo que se reuniera con él en la comisaría de El Monte media hora más tarde.

Ervin condujo a Lawton y Hallinen de vuelta a la comisaría. Margie Trawick estaba esperándolos. Se la veía muy tensa e impaciente por colaborar.

Hallinen le enseñó la fotografía de Jean Ellroy. Margie la identificó al instante.

Ervin salió hacia el Desert Inn para enseñar la foto. Lawton y Hallinen hicieron que Margie Trawick se sintiera cómoda y la dejaron hablar sin interrumpirla.

Margie dijo que no era empleada del Desert Inn, pero que desde hacía nueve meses ayudaba a servir mesas de vez en cuando. Recientemente había sido sometida a una intervención quirúrgica y disfrutaba yendo al local, ya que allí se entretenía.

La noche anterior había llegado hacia las 22.10. Se había sentado a una mesa cerca de la barra y había tomado unas copas. La pelirroja había entrado hacia las 22.45 o las 23.00. Iba acompañada de una corpulenta rubia de pelo oscuro y con cola de caballo. Ambas debían de tener unos cuarenta años.

La rubia y la pelirroja se sentaron a una mesa. Un hombre con pinta de mexicano se acercó enseguida a ellas y ayudó a la pelirroja a quitarse el abrigo. Luego se dirigieron a la pista y se pusieron a bailar.

El hombre tendría treinta y cinco o cuarenta años y mediría uno setenta y cinco o uno ochenta. Era delgado y tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás, con tupé. Su tez era morena. Llevaba traje oscuro y camisa blanca con el cuello abierto.

Parecía conocer a las dos mujeres.

Otro hombre se acercó a Margie y la invitó a bailar. Tendría unos veinticinco años, cabello claro, estatura y constitución medianas. Iba muy desaliñado y llevaba zapatillas de tenis. Estaba bebido.

Margie declinó la invitación. El borracho se alejó, irritado. Al cabo de un rato lo vio bailar con la rubia de la coleta.

Otras cosas distrajeron su atención. Se encontró con un amigo y decidió salir a dar una vuelta en coche con él. Se marcharon a las 23.30. En ese momento el borracho estaba sentado con la rubia, la pelirroja y el mexicano.

Margie no había visto a la pelirroja ni a la rubia hasta esa noche. Tampoco al mexicano. Puede que sí hubiera visto antes al borracho; le sonaba un poco.

Lawton y Hallinen dieron las gracias a Margie Trawick y la condujeron de regreso a su casa. La mujer accedió a someterse a un interrogatorio en los días siguientes para corroborar lo expuesto. Era casi medianoche; buena hora para sondear a los habituales de los bares.

Volvieron a pasar por el Desert Inn. Jim Bruton estaba allí, cosiendo a preguntas a los parroquianos. Lawton y Hallinen lo llevaron ...