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MOBY DICK

Herman Melville  

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Fragmento

ETIMOLOGÍA

SUMINISTRADA POR EL DIFUNTO BEDEL TÍSICO

DE UNA ESCUELA SECUNDARIA

El pálido bedel, raído de chaqueta, corazón, cuerpo y cerebro: todavía lo veo… Se lo pasaba limpiando sus viejos diccionarios y sus gramáticas con un pañuelo estrafalario, adornado, como por burla, con todas las alegres banderas de todas las naciones conocidas del mundo. Le gustaba desempolvar sus viejas gramáticas: era, para él, un dulce modo de tener presente su condición de mortal.

Cuando resuelven ustedes instruir a los demás y enseñarles con qué nombre se llama, en nuestra lengua, un whale-fish [ballena], transmiten ustedes una información errónea si, por ignorancia, olvidan la letra H, en la cual está casi toda la significación de la palabra.

HACKLUYT

WHALE [ballena]… Sueco y danés hvalt. Este animal recibe su nombre a causa de su redondez o curvatura, porque en danés hvalt significa arqueado o abovedado.

Recibe antes que nadie historias como ésta

DICCIONARIO WEBSTER

WHALE [ballena]… proviene más inmediatamente del holandés y del alemán Walen; anglosajón Walwian, rolar, revolcarse.

DICCIONARIO RICHARDSON

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EXTRACTOS

SUMINISTRADOS POR UN SUB-SUBBIBLIOTECARIO

Como se verá, este laborioso hurón, este pobre diablo de gusano que era el «sub-subbibliotecario» parece haber fatigado todos los interminables Vaticanos y los quioscos de libros de la tierra recogiendo cuanta alusión pudo encontrar a las ballenas en cualquier tomo, sagrado o profano. Por lo tanto, las declaraciones contenidas en los extractos que siguen —desordenados, aunque auténticos— no han de tomarse, por lo menos invariablemente, como el último evangelio de la cetología. Todo lo contrario. El único interés o valor de estos extractos, con respecto a los autores, en general antiguos, y a los poetas citados, consiste en que permiten obtener una imagen rápida, como a vuelo de pájaro, de todo lo que se ha dicho, pensado, imaginado y cantado de mil maneras diversas en muchas naciones y generaciones, incluso la nuestra.

Que lo pases bien, pobre diablo de sub-subbibliotecario que me permites estos comentarios. Perteneces a esa raza desesperada y pálida que ningún vino del mundo podrá reconfortar nunca y para la cual hasta el desvaído jerez sería demasiado rojo y generoso. Pero a veces nos gusta sentarnos junto a esa clase de gente y sentir que también nosotros somos unos pobres diablos y cobrar ánimo entre lágrimas y decir sin ambages, con los ojos llenos y las copas vacías, invadidos de una tristeza no sin agrado: «¡Renuncia, sub-sub! ¡Porque cuanto más te empeñes en agradar al mundo, tanto menos te lo agradecerá! ¡Ojalá pudiera vaciar Hampton Court y las Tullerías para dártelos! Pero trágate las lágrimas y sube tu corazón hasta el tope, porque los amigos que te han precedido despejan los siete pisos del cielo para hacerte sitio y destierran de ellos a Gabriel, Miguel y Rafael, que los usufructuaron durante tanto tiempo. Aquí sólo puedes brindar con el corazón destrozado. ¡Allá brindarás con un cristal invulnerable!».

Y Dios creó grandes ballenas.

GÉNESIS

Leviatán hace que brille una senda tras sí; se diría que el profundo mar es cano.

JOB

Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás.

JONÁS

Allí andan navíos; allí está el Leviatán que hiciste para que jugase en ella.

SALMOS

En aquel día Jehová visitará con su espada dura, grande y fuerte, sobre Leviatán, serpiente fluida, y sobre Leviatán, serpiente retorcida; y matará al dragón que está en el mar.

ISAÍAS

Y toda cosa que se aventure en el caos de la boca de ese monstruo, sea animal, nave o roca, caerá inevitablemente en su garganta terrible e inmensa y perecerá en el abismo sin fondo de sus entrañas.

HOLLAND, Escritos morales de Plutarco

El Océano Índico alimenta casi todos los peces que existen y los más grandes: entre ellos los Whales y Vórtices llamados balænae tienen una longitud de cuatro acres de tierra.

HOLLAND, Plinio

Apenas habíamos avanzado durante dos días en el mar, cuando, hacia el alba, apareció un gran número de ballenas y otros monstruos marinos. Entre las primeras, había una de tamaño monstruoso… Se acercó a nosotros, con la boca abierta, levantando olas a ambos lados y flagelando el mar ante sí con mucha espuma.

TOOKE, Luciano: La verdadera historia

Visitó este país también con la idea de capturar ballenas, cuyos dientes y huesos son de gran valor, y algunos de los cuales llevó al rey… Las mejores ballenas fueron capturadas en su país; algunas medían cuarenta y ocho y hasta cincuenta yardas de largo. Dijo que él era uno de los que habían matado sesenta ballenas en dos días.

Relato verbal de Other u Octher transcrito

de sus labios por el REY ALFREDO, 890

Y mientras toda otra cosa, nave o animal, se pierde y es tragada no bien entra en el abismo espantoso de este monstruo (ballena), el gobio de mar entra en él con gran seguridad y allí se duerme.

MONTAIGNE, Apología de Raimond Sebond

¡Huyamos, huyamos! ¡Que el diablo me lleve si no es el leviatán descrito por el noble profeta Moisés en la vida del paciente Job.

RABELAIS

El hígado de la ballena llenaba dos carretadas.

STOWE, Anales

El gran leviatán que hace hervir el mar como el agua de una marmita.

Versión de los Salmos de LORD BACON

Con respecto al monstruoso volumen de la ballena u ork no tenemos ningún testimonio fehaciente. Son extraordinariamente gordas, de modo que es posible extraer una cantidad increíble de aceite de una sola ballena.

Ibid, Historia de la vida y de la muerte

El remedio soberano para una lesión interna es el esperma.

REY ENRIQUE

Muy semejante a una ballena.

HAMLET

Para lograr eso no habrá artimaña de la medicina / que pueda ayudarlo, salvo regresar / a quien lo ha herido, al que con vil dardo / ha causado en su pecho ese infatigable dolor: / así la ballena herida huye por el mar hacia la playa.

La reina de las hadas

Inmensos como ballenas, el movimiento de cuyos vastos cuerpos en una apacible bonanza perturba el océano hasta hacerlo hervir.

SIR WILLIAM DAVENANT, Prefacio a Gondibert

Es justo que los hombres duden qué es el esperma, ya que el erudito Hosmannus dice sin ambages en su obra que le llevó treinta años: Nescio quid sit.

SIR T. BROWNE, Del Sperma Ceti y la ballena

Sperma Ceti. Véase su V. E.

Como el Talus de Spencer con su moderno mayal / amenaza de muerte con su enorme cola… / Lleva en sus flancos jabalinas clavadas / y en su lomo una arboleda de picas.

WALLER, La batalla de las islas del verano

Con artificio se crea ese gran leviatán llamado Confederación o Estado (en latín Civitas) que no es sino un hombre artificial.

Frase inicial del Leviatán de HOBBES

El tonto de Almahumana se lo tragó sin masticarlo, como si hubiera sido un arenque en la boca de una ballena.

El viaje del peregrino

Esa bestia marina / el leviatán, que entre todas las obras de Dios / es la más grande que nada en las corrientes oceánicas.

El Paraíso perdido

Allí el leviatán, / la más inmensa de las criaturas vivientes, en las profundidades / extendida como un promontorio duerme o nada, / y parece una tierra en movimiento; y por sus agallas / aspira y al aspirar arroja todo un mar.

Ibid

Las poderosas ballenas que nadan en un mar de agua y tienen dentro un mar de aceite.

FULLER, El Estado sagrado y profano

Así tras algún promontorio acechan / los inmensos leviatanes que esperan su presa, / y sin darles caza engullen los peces / que a través de sus fauces abiertas equivocan el camino.

DRYDEN, Annus Mirabilis

Mientras la ballena flota junto a la popa de la nave, le cortan la cabeza y la remolcan por medio de un bote lo más cerca posible de la playa, pero aun así tocará fondo en doce o trece pies de agua.

THOMAS EDGE, Diez viajes a Spitzbergen,

en Purchass

Durante el viaje vieron muchas ballenas que jugaban en el océano y para divertirse arrojaban agua por los surtidores y respiradores que la naturaleza les ha puesto en los hombros.

HARRIS COLL,
Viajes de Sir T. Herbert por Asia y África

Allí vieron tan inmensa manada de ballenas que debieron avanzar con mucha cautela, por temor de chocar la nave contra ellas.

SCHOUTEN, Sexta circunnavegación

Zarpamos desde el Elba, con viento noroeste, en la nave llamada Jonás en la ballena.

Algunos dicen que la ballena no puede abrir la boca, pero ésa es una patraña…

Suben con frecuencia a los mástiles para ver si avistan una ballena, pues el primero que la descubre recibe un ducado por su esfuerzo…

Me contaron de una ballena capturada cerca de Shetland, que tenía más de un barril de arenques en la panza…

Uno de nuestros arponeros me dijo que una vez atrapó una ballena en Spitzbergen que era blanca.

HARRIS COLL, Viaje a Groenlandia, 1671

A esta costa (Fife) han llegado en el año 1652 varias ballenas; llegó una de las que dan hueso, de ochenta pies de largo, que, según me informaron, además de una enorme cantidad de aceite suministró 500 pesas de barbas. Su mandíbula es ahora un portal en el jardín de Pitferren.

SIBBALD, Fife y Kinross

He resuelto que procuraré dominar y matar esa ballena Sperma Ceti, porque no sé de ninguna de este tipo que haya sido muerta por el hombre, tal es su ferocidad y su rapidez.

RICHARD STRAFFORD, Carta desde las Bermudas.

Phil. Trans., 1668

Las ballenas en el mar / obedecen a la voz de Dios.

N. E. PRIMER

También vimos muchas grandes ballenas, pues en esos Mares del Sur hay muchas más que en el norte en una proporción de cien a una, me atreveré a decir.

CAPITÁN COWLEY, Viaje en torno al globo, 1729

… y el aliento de la ballena tiene con frecuencia tan insoportable hedor que altera la mente.

ULLOA, Sudamérica

A cinco sílfides escogidas, de especiales méritos, / confiamos la importante tarea, el miriñaque. / A menudo hemos sabido que esa valla séptupla ha fallado, / aunque rellena de aros y armada con costillas de ballena.

El hurto del rizo

Si comparamos los animales de la tierra por su tamaño con los que habitan en el mar, descubriremos que salen ridículos de la comparación. La ballena es, sin duda, el animal más grande de la creación.

GOLDSMITH, Historia natural

Si debieran escribir una fábula para pececitos, los harían hablar como grandes ballenas

GOLDSMITH A JOHNSON

Por la tarde vimos lo que tomamos por una roca: resultó ser una ballena que unos asiáticos habían matado y en esos momentos llevaban a la costa. Parecía que trataban de esconderse tras la ballena para que no los viéramos.

COOK, Viajes

Muy pocas veces se atreven a atacar a las ballenas más grandes. Les tienen tanto terror que cuando están en alta mar, temen hasta pronunciar sus nombres y llevan estiércol, piedra caliza, madera de enebro y otras cosas del mismo tipo en sus embarcaciones para atemorizarlas y evitar que se acerquen demasiado.

Cartas de UNO VON TROIL sobre el viaje de Banks y Solander a Islandia en 1772

El cachalote encontrado por los hombres de Nantucket es un animal activo, feroz, que exige gran destreza y atrevimiento por parte de los pescadores.

Memorial ballenero de THOMAS JEFFERSON al

ministro francés en 1778

Y le ruego que me diga, señor, qué puede igualársele en el mundo.

Alusión de EDMUND BURKE en el Parlamento

a la caza de ballenas en Nantucket

España: una gran ballena varada en las playas de Europa.

EDMUND BURKE (en algún pasaje)

Un décimo de las rentas ordinarias del rey —a causa, según se dice, de que guarda y protege los mares de piratas y ladrones— es el derecho a los peces reales, que son la ballena y el esturión, los cuales, cuando son arrojados a tierra o apresados cerca de la costa, pertenecen al rey.

BLACKSTONE

Pronto al deporte de la muerte acuden las tripulaciones, / Rodmond cuelga sin vacilación sobre su cabeza / el arpón de acero, y espera su suerte.

FALCONER, El naufragio

Brillaron los techos, las cúpulas, los campaniles, / y estallaron los cohetes / para suspender su momentáneo fuego / en torno a la bóveda del cielo. / Así, pues, comparando el fuego con el agua, / el océano sirve de mucho, / exhalado en el aire por una ballena / para expresar incontenible alegría.

COWPER, en ocasión de la visita de la reina a Londres

Diez o quince galones de sangre salen de su corazón con gran velocidad.

JOHN HUNTER, Informe de la disección

de una ballena (pequeña)

La aorta de una ballena es de diámetro mayor que el de la cañería principal del puente de Londres y el agua que corre por esa cañería no tiene tanto ímpetu y velocidad como la sangre que impulsa el corazón de una ballena.

PALEY, Teología

La ballena es un animal mamífero sin extremidades posteriores.

BARÓN CUVIER

A los 40 grados de latitud sur vimos cachalotes, pero no capturamos ninguno hasta el 1 de mayo, cuando el mar se cubrió de ellos.

COLNETT, Viaje de, con el propósito de extender

la caza de ballenas

En el libre elemento, debajo de mí, nadaban / retozando y zambulléndose, jugando, cazando, luchando, / peces de todo color, forma y especie; / el lenguaje no puede describirlos y ningún marinero / los vio nunca: desde el temible leviatán / hasta millones de insectos que poblaban cada ola: / reunidos en bancos inmensos, como islas flotantes, / guiados por instintos misteriosos a través de esa región / desierta y desolada, aunque desde todas partes / asaltados por voraces enemigos, / ballenas, tiburones, monstruos armados en la frente o las mandíbulas, / con espadas, sierras, cuernos en espiral o curvas garras.

MONTGOMERY, El mundo antes del Diluvio

¡Io! ¡Pen! ¡Canta! / al rey del pueblo con aletas. / No hay ballena más poderosa que ésta / en el vasto Atlántico. / No hay pez más gordo que ella / debatiéndose en el mar polar.

CHARLES LAMB, Triunfo de la ballena

En el año 1690 algunas personas observaban desde una alta colina a las ballenas que arrojaban sus chorros y jugaban entre sí, y unas personas dijeron: allí (señalando el mar) hay una verde pradera a la cual acudirán en busca de alimento los nietos de nuestros hijos.

OBED MACY, Historia de Nantucket

Construí una cabaña para Susan y para mí, e hice un portal en forma de arco gótico con mandíbulas de ballenas.

HAWTHORNE, Cuentos contados dos veces

Vino a encargar un monumento para su primer amor, que había sido muerto por una ballena en el Océano Pacífico, hacía no menos de cuarenta años.

Ibid

No, señor, es una ballena de Groenlandia, respondió Tom. Vi su chorro; lanzó al aire dos arco iris tan hermosos como desearía ver cualquier cristiano. ¡Qué jamona! ¡Un verdadero barril de aceite!

COOPER, El piloto

Trajeron los diarios y vimos en la Gaceta de Berlín que allí habían introducido ballenas en la escena.

ECKERMANN, Conversaciones con Goethe

¡Dios mío! ¿Qué pasa, señor Chace? Respondí: Nos ha desfondado una ballena.

Relato del naufragio de la ballenera

Essex, de Nantucket, atacada y al fin destruida

por un enorme cachalote en el Océano Pacífico.

Por OWEN CHACE, de Nantucket, primer oficial de dicha nave. Nueva York, 1821

Un marinero estaba una noche en los obenques, / en medio del viento que silbaba libremente; / la pálida luna brillaba unas veces con intensidad, otras confusamente / y el fósforo resplandecía en la estela de la ballena, / mientras se deslizaba por el mar.

ELIZABETH OAKES SMITH

La cantidad de línea recogida desde los diferentes botes empeñados en la caza de esa sola ballena fue en total de 10.440 yardas, o casi seis millas inglesas…

A veces la ballena sacude su tremenda cola en el aire; restalla como un látigo y resuena a la distancia de tres o cuatro millas.

SCORESBY

Enloquecido por los dolores que sufre en esos nuevos ataques, el furioso cachalote se revuelve una y otra vez, alza la enorme cabeza y con sus mandíbulas abiertas de par en par muerde cuanto lo rodea; se precipita hacia los botes, proyectándolos ante sí a gran velocidad y a veces destruyéndolos por completo.

… es cosa muy asombrosa que se haya descuidado el examen de los hábitos de un animal tan interesante y, desde un punto de vista comercial, tan importante como el cachalote, o que esos hábitos hayan suscitado tan poca curiosidad entre los abundantes —y muchos de ellos competentes— observadores que en los últimos años han tenido las mejores y más frecuentes oportunidades para presenciarlos.

THOMAS BEALE, Historia del cachalote, 1839

El cachalote (ballena de esperma) no sólo está mejor armado que la ballena propiamente dicha (o ballena de Groenlandia), puesto que posee un arma formidable en cada extremidad de su cuerpo, sino que también se revela más hábil para emplear esas armas en la lucha, en forma a la vez tan audaz, diestra y perversa que se lo considera la especie más peligrosa entre la tribu de las ballenas.

FREDERICK DEBELL BENNETT,
Viaje ballenero alrededor del mundo, 1840

13 de octubre.

—Allá va el chorro —se oyó desde el tope del mástil.

—¿Dónde? —preguntó el capitán.

—A tres grados por sotavento, capitán.

—¡Barra a sotavento! ¡Derecho!

—¡Derecho, señor!

—¡Eh, vigía! ¿Ves esa ballena ahora?

—¡Sí, sí, señor! ¡Allá va el chorro! ¡Allá, allá, el chorro, el chorrooo!

—¿A qué distancia?

—Dos millas y media.

—¡Rayos y centellas! ¡Tan cerca! ¡Todos alerta!

J. ROSS BROWNE, Esbozos de un viaje ballenero, 1846

La ballenera El Globo, a cuyo bordo ocurrieron los horribles sucesos que narraremos, pertenecía a la isla de Nantucket.

Relato del motín de El Globo,

por Lay y Hussey, sobrevivientes, 1828

Perseguido una vez por una ballena que había arponeado, contuvo el asalto durante algún tiempo mediante una lanza; pero el monstruo enfurecido al fin se precipitó contra el bote: él y sus camaradas se salvaron porque se arrojaron al agua al ver que el fin era inevitable.

Diario misionero de TYERMAN y BENNETT

La propia Nantucket, dijo el señor Webster, es una parte peculiar y muy importante del interés nacional. Es una población de ocho o nueve mil personas que viven en el mar y aumentó mucho, año tras año, la riqueza nacional mediante la más audaz y perseverante de las industrias.

Informe del discurso de DANIEL WEBSTER en el Senado

de Estados Unidos, sobre el pedido para construir

un rompeolas en Nantucket, 1828

La ballena cayó directamente sobre él y probablemente lo mató en un segundo.

La ballena y sus cazadores, o Las aventuras
del ballenero y la biografía de la ballena,
recogida durante el viaje de regreso del comodoro

Preble, por el REV. HENRY T. CHEEVER

Si haces el menor ruido, contestó Samuel, te mandaré a patadas al infierno.

Vida de Samuel Comstock (el amotinado),

por su hermano, William Comstock.

Otra versión del relato sobre la ballenera El Globo

Los viajes de los holandeses y los ingleses hacia el Mar del Norte con el fin de descubrir, si era posible, un paso a la India, aunque no lograron su objeto nos introdujeron en las guaridas de la ballena.

MCCULLOCH, Diccionario comercial

Estas cosas son recíprocas: la pelota rebota sólo para volver a saltar adelante; pues ahora parece que, al abrir las guaridas de la ballena, los balleneros han encontrado indirectamente otros indicios de ese mismo misterioso pasaje al nordeste.

De «Algo» no publicado

Es imposible encontrar una ballenera en el océano sin que su aspecto no produzca una honda impresión. La nave, con las velas cortas y vigías en cada tope, tiene un aire totalmente distinto de las que hacen viajes regulares.

Corrientes y caza de ballenas. Ex. Ex.

de Estados Unidos

En la vecindad de Londres y otras partes los transeúntes pueden recordar haber visto grandes huesos curvos plantados en la tierra, para formar arcos sobre entradas, o puertas de pérgolas, y quizá les han dicho que son costillas de ballenas

Cuentos de un viajero ballenero al Océano Ártico

Hasta que los botes regresaron de la búsqueda de esas ballenas, los blancos no vieron su nave convertida en la sangrienta posesión de los salvajes alistados entre la tripulación.

Informe en un periódico sobre la toma

y la recuperación de la ballenera Hobomack

Es bien sabido que entre las tripulaciones de las balleneras (americanas), pocos hombres vuelven en las naves a bordo de las cuales partieron.

Crucero en una ballenera

Súbitamente surgió del agua una mole imponente y saltó perpendicularmente en el aire. Era la ballena.

Miriam Coffin o El ballenero

La ballena está arponeada, sin duda; pero piensen ustedes cómo dominarían a un poderoso potro salvaje sin más ayuda que una cuerda atada a la raíz de su cola.

Capítulo sobre la caza de ballenas,

en Cuaderna y vertellos

En una ocasión vi dos de esos monstruos (ballenas), probablemente macho y hembra, que nadaban lentamente, uno tras el otro, a menos de un tiro de piedra de la playa (Tierra del Fuego), sobre la cual el haya extendía sus ramas.

DARWIN, Viaje de un naturalista

«¡Todos a popa!», exclamó el oficial, cuando al volver la cabeza vio las mandíbulas abiertas de un enorme cachalote cerca de la proa del bote, amenazándolo con una destrucción inmediata. «¡Todos a popa, por sus vidas!»

Wharton, el matador de ballenas

¡De modo que alegrémonos, muchachos; que nuestros corazones nunca flaqueen, / mientras el audaz arponero hiere a la ballena!

Canción de Nantucket

Oh, la vieja, rara ballena, entre viento y tempestad / en su morada, el océano, será / un gigante de fuerza, allí donde la fuerza es ley / y Reina del mar infinito.

Canción ballenera

I. ESPEJISMOS

Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años —no importa cuántos, exactamente—, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

Aquí está, pues, la ciudad insular de los manhattoes, rodeada de muelles como las islas indígenas por los arrecifes de coral. El comercio la ciñe con su oleaje. A derecha e izquierda, las calles llevan hacia el mar. En la punta extrema de la ciudad está el fuerte, augusta mole refrescada por brisas y bañada por aguas que, pocas horas antes, eran invisibles desde tierra. Miren ustedes la multitud que contempla las olas.

Recorran ustedes la ciudad en la tarde soñolienta de un sábado. Vayan desde Corlears Jock hasta Coenties Slip y desde allí, pasando por Whitehall, hacia el norte. ¿Qué ven ustedes?

Apostados como centinelas silenciosos en torno a la ciudad toda, hay millares y millares de mortales perdidos en divagaciones oceánicas. Algunos apoyados contra los pilotes; otros sentados en las escolleras; otros mirando más allá de las amuradas de naves llegadas desde China; otros en lo alto de los aparejos, como empeñados en obtener una vista aún más amplia del mar. Pero todos son hombres de tierra firme: durante la semana, están encerrados entre cuatro paredes, atados a mostradores, clavados en bancos, pegados a escritorios. ¿Qué ha ocurrido? ¿Han desaparecido las verdes praderas? ¿Qué hacen aquí estos hombres?

Pero ¡miren ustedes! Llega aún más gente. Todos avanzan hacia el agua y parecen resueltos a zambullirse. ¡Qué extraño! Nada los contentaría tanto como el límite extremo de la tierra; no les basta vagabundear a la sombra de los depósitos que rodean el puerto. No. Tienen que acercarse todo lo posible al agua, sin caer en ella. Y ahí se quedan, inmóviles, en una extensión de millas, de leguas. Todos hombres de tierra adentro: afluyen por sendas y callejas, por calles y avenidas… Desde el norte, el este, el sur, el oeste. Y sin embargo, aquí se reúnen todos. Díganme ustedes: ¿acaso los atrae el poder magnético de la aguja de las brújulas de todas esas naves?

Y eso no es todo. Supongamos que se encuentren ustedes en algún paraje elevado, donde abunden los lagos. Tomen cualquier sendero que se les antoje: casi siempre irán a dar, a través de un valle, a un estanque formado por la corriente. Hay en ello algo mágico. Elijamos al más distraído de los hombres sumergido en su más honda ensoñación; pongámoslo en pie y nos llevará, infaliblemente, hacia el agua, si hay agua en esa región. Y si alguna vez están ustedes sedientos en el gran desierto norteamericano, hagan este experimento, si es que por casualidad hay un profesor de metafísica en la caravana. En efecto: como todos sabemos, agua y meditación siempre han estado unidas.

Pero tomemos a un pintor. Quiere pintar el paisaje romántico más soñador, más umbroso, más apacible, más hechicero de todo el valle del Saco. ¿Cuál es el principal elemento que emplea? Allí están sus árboles, cada uno con el tronco hueco, como si guardara en su interior a un ermitaño y un crucifijo; y aquí duerme su pradera, allí duerme su rebaño. Más allá, desde esa cabaña, serpea un humo soñoliento. Un sendero se hunde sinuoso entre los bosques distantes y llega hasta las estribaciones superpuestas de las montañas bañadas por el azul de sus laderas. Pero aunque la escena esté sumida en semejante éxtasis y el pino deje caer suspiros, como hojas, sobre la cabeza del pastor, todo sería inútil si el pastor no tuviera fijos los ojos en la corriente mágica que pasa frente a él. Visiten ustedes las praderas en junio, caminen millas y millas hundidos hasta las rodillas entre lirios atigrados… ¿cuál es el encanto que falta? El agua: ¡allí no hay una sola gota de agua! Si el Niágara fuera una cascada de arena, ¿viajarían ustedes tantas millas para verlo? ¿Por qué será que el pobre poeta de Tennessee, al recibir de improviso dos puñados de plata, dudó entre comprarse el abrigo que le hacía tanta falta o invertir su dinero en un viaje a pie a la playa de Rockaway? ¿Por qué será que cualquier muchacho robusto y saludable, que tenga dentro de sí un espíritu robusto y saludable, en un momento dado se enloquece por darse a la mar? ¿Por qué será que, durante el primer viaje que hicieron ustedes como pasajeros, sintieron un estremecimiento místico al enterarse de que ni el buque ni ustedes ya no podían ser vistos desde tierra? ¿Por qué será que los antiguos persas consideraban sagrado al mar? ¿Por qué será que los griegos le destinaron una deidad especial, un hermano de Jove? Sin duda, todo eso no carece de sentido. Y es aún más profundo el significado del mito de Narciso que, al no poder ceñir la imagen exquisita y atormentadora que veía en la fuente, se arrojó a ella y se ahogó. Pero todos nosotros vemos esa misma imagen en nuestros ríos y en nuestros océanos. Es la imagen del inasible fantasma de la vida. Y esta es la clave de todo.

Ahora bien: cuando digo que tengo el hábito de darme al mar cada vez que siento una niebla ante los ojos y empiezo a preocuparme por mis pulmones, no hay que deducir que viajo como pasajero. Para viajar como pasajero debe uno llevar una billetera, y una billetera es sólo un harapo cuando no contiene nada. Por lo demás, los pasajeros se marean, se pelean entre sí, no duermen de noche y, por regla general, no se divierten demasiado… No; nunca viajo como pasajero. Y aunque en cierto modo soy marinero de agua salada, tampoco voy al mar como comodoro, capitán o cocinero. Abandono la gloria y la distinción de esos oficios a quienes gustan de ellos. Por mi parte, abomino de todos los trabajos, dificultades y tribulaciones honrosas y respetables, de cualquier clase que sean. Me basta con cuidar de mí mismo, sin cuidarme de barcos, barcazas, bergantines, goletas o lo que fuere. En cuanto a emplearme como cocinero —por más que haya una gloria considerable en ese oficio, puesto que el cocinero es una especie de oficial a bordo—, nunca sentí ganas de asar pollos… aunque una vez asado el pollo, juiciosamente enmantecado y sabiamente condimentado, nadie será capaz de hablar de él con más respeto —por no decir con más veneración— que yo. A causa del cariño idólatra que los antiguos egipcios profesaban a los ibis asados y los hipopótamos a la parrilla, hoy vemos las momias de esos seres en esos hornos inmensos que son las pirámides.

No; cuando me doy al mar, lo hago como simple marinero, bien plantado frente al mástil, bien metido en el castillo, bien encaramado al palo mayor. Cierto es que me tienen a mal traer con tantas órdenes y me hacen saltar de verga en verga como una langosta en una pradera de mayo. Al principio, es bastante desagradable. Hiere nuestro sentido del honor, especialmente si descendemos de una vieja familia establecida en el país, los Van Rensselaers, o los Randolphs, o los Hardicanutes. Y la cosa es mucho peor aún si poco antes de meter la mano en el balde de brea hemos sido amos absolutos en una escuela de campaña, en calidad de maestros, y hemos atemorizado a los muchachos más altos con nuestra sola presencia. Les aseguro que es muy brusca la transición de maestro de escuela a marinero, y se necesita una poderosa ración de Séneca y los estoicos para sonreír ante ese cambio y sobrellevarlo. Pero también esto se diluye con el tiempo.

¿Qué importa si un capitán viejo y gruñón me ordena tomar la escoba y barrer la cubierta? ¿Qué cuenta esa indignidad, pesada, pongamos por caso, en los platillos del Nuevo Testamento? ¿Creen ustedes que el Arcángel Gabriel me tendrá en menos por el solo hecho de que obedecí con prontitud y respeto a ese viejo gruñón en esa ocasión determinada? ¿Quién no es esclavo? Contéstenme a esto. Bueno, lo cierto es que por más que los viejos capitanes me den orden tras orden, por más que me traten a golpes y puñetazos, tengo la satisfacción de saber que todo anda bien, que todos los hombres, de un modo u otro, deben servir exactamente de la misma manera (quiero decir, desde un punto de vista físico o metafísico), y así el puñetazo universal sigue su ronda y cada uno debería fregarle la espalda a los demás y sentirse contento.

Además, si siempre me doy al mar como marinero es porque así consideran que es un deber pagarme por mi trabajo, mientras nunca he oído que pagaran un solo penique a los pasajeros. Al contrario: son los pasajeros quienes deben pagar. Y hay una diferencia enorme entre pagar y ser pagado. El acto de pagar es, acaso, la condena más fastidiosa que nos legaron los dos ladrones del vergel. Pero ser pagado: ¿qué puede comparársele en el mundo? La cortés avidez con que un hombre recibe dinero de los demás es, en verdad, maravillosa, teniendo en cuenta que estamos profundamente persuadidos de que el dinero es la raíz de todos los males terrenos y de que no existe la menor posibilidad de que un hombre rico entre en el cielo. ¡Ah, con qué alegría nos condenamos a la perdición!

Y por fin, siempre me doy al mar como marinero a causa del sano ejercicio y el aire puro que se respira en el puente de proa. Porque así como en este mundo los vientos contrarios prevalecen abundantemente sobre los vientos de popa (y esto si no violamos la máxima pitagórica), el capitán casi siempre recibe en el alcázar una atmósfera de segunda mano, que le llega a través de los marineros en el castillo. Él cree ser el primero en respirarla, pero no es así. De manera semejante, las comunidades guían a sus jefes en muchas otras cosas, aunque los jefes ni siquiera lo sospechen. Pero ¿por qué razón, después de haber olido tantas veces el mar como marinero mercante, se me habrá metido en la cabeza la idea de zarpar en un ballenero? Esto podrá explicarlo mejor que nadie el invisible oficial de policía de los Hados, que me vigila sin cesar, me acosa en secreto e influye sobre mí de modo inexplicable. Y sin duda, este viaje mío en un ballenero formaba parte del gran programa que la Providencia organizó hace mucho tiempo. Surgió como una especie de breve interludio, un solo, entre los números más importantes. Imagino que esa parte del programa debió de sonar más o menos así:

Gran lucha electoral por la Presidencia de Estados Unidos

UN INDIVIDUO DE NOMBRE ISMAEL VIAJA EN UN BALLENERO

SANGRIENTA BATALLA EN AFGANISTÁN

No puedo decir el motivo exacto por el cual esos directores de escena que son los Hados me adjudicaron este papel tan deslucido del viaje en un ballenero, cuando a otros les dieron papeles magníficos en grandes tragedias, o papeles breves y fáciles en comedias de salón, o papeles cómicos en las farsas. Aunque no pueda explicar el motivo exacto, ahora que recuerdo todas las circunstancias creo discernir algo entre los móviles y resortes que, hábilmente ocultos bajo varios disfraces, me indujeron a representar ese papel, además de engatusarme con la ilusión de que ésa era una elección resultante de mi libre albedrío y de mi discernimiento.

El principal de esos móviles era la idea abrumadora de la gran ballena en carne y hueso. Un monstruo tan portentoso y enigmático despertaba toda mi curiosidad. Y después, los mares salvajes y distantes donde el monstruo hacía rodar su masa, gigantesca como una isla; y los peligros indescriptibles de la ballena: todo eso, sumado a las maravillas que esperaba descubrir en un millar de paisajes y vientos patagónicos, contribuyó a alimentar mi deseo. Para otros hombres, quizá, nada de eso habría sido un incentivo. Pero yo me siento atormentado por una inagotable ansiedad de cosas remotas. Me gusta navegar por mares prohibidos y acercarme a costas bárbaras. Sin ignorar el bien, percibo enseguida el horror, y hasta puedo vivir en buenos términos con él —siempre que el horror me lo permita—, porque me parece correcto mantenerme en buenas relaciones con los demás inquilinos del lugar donde vivo.

Por todos estos motivos, di la bienvenida al viaje en el ballenero. Las grandes compuertas del mundo de las maravillas se abrieron ante mí y entre las delirantes imaginaciones que me impulsaron hacia mi propósito, fluctuaron hacia mi espíritu, de a dos en dos, procesiones interminables de ballenas. En medio de todas ellas pasó un fantasma gigantesco, encapuchado, como una colina de nieve en el aire.

II. EL BOLSO DE VIAJE

Metí una o dos camisas en mi raído bolso de viaje, lo sujeté bajo el brazo y partí hacia el Cabo de Hornos y el Pacífico. Dejé la buena ciudad de los antiguos manhattoes y, según lo previsto, llegué a Nueva Bedford la noche de un sábado de diciembre. Me fastidió bastante descubrir que el vaporcito con destino a Nantucket ya había zarpado y que no habría otra oportunidad de viajar hacia allí hasta el lunes siguiente. La mayor parte de los candidatos a las penurias y fatigas de la caza de ballenas se detienen en esta Nueva Bedford para iniciar desde ahí su viaje; pero debo confesar que yo no tenía la menor intención de hacer tal cosa. Ya estaba resuelto a no darme al mar si no era en un barco de Nantucket, porque había algo hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa isla antigua y famosa, algo que me atraía de manera extraordinaria. Por lo demás, aunque Nueva Bedford ha ido monopolizando en estos últimos tiempos la industria de la caza de ballenas, y si bien la pobre y vieja Nantucket se le ha quedado muy atrás en este aspecto, la verdad es que Nantucket ha sido la cuna de este comercio, la Tiro de esta Cartago: el lugar donde se llevó a tierra la primera ballena norteamericana capturada. ¿De qué otro lugar, si no de Nantucket, salieron por primera vez las canoas de los balleneros indígenas, los pieles rojas, para dar caza al leviatán? ¿Y de dónde, si no de esta misma Nantucket, zarpó esa primera chalupa aventurera, cargada en parte con guijarros importados —según dice la historia— para arrojarlos a las ballenas y descubrir de ese modo si estaban bastante cerca como para arriesgar un arpón desde el bauprés?

Como tenía por delante una noche, un día y otra noche más para pasar en Nueva Bedford antes de poder embarcarme hacia mi puerto de destino, se me presentó el problema de dónde comer y dormir en ese lapso. Era una noche muy incierta… ¡qué digo!, era una noche oscurísima, tétrica, terriblemente fría. No conocía a nadie en ese lugar. Había sondeado mi bolsillo con mano ansiosa, para pescar sólo unas pocas monedas de plata. «Dondequiera que vayas, Ismael —me dije a mí mismo, de pie en medio de una calle lúgubre, echándome el bolso a la espalda y comparando las tinieblas que se extendían al norte con la negrura que envolvía todo el sur—, dondequiera que te lleve tu sabiduría para pasar la noche, mi querido Ismael, ten la precaución de preguntar el precio y no seas demasiado exigente.»

Con pasos vacilantes recorrí las calles y pasé frente a la insignia de «Los arpones cruzados». Pero tenía un aire demasiado caro y alegre. Más adelante, desde las ventanas rojas y brillantes de la «Posada del pez espada» surgieron rayos tan cálidos que parecían haber derretido la nieve y el hielo amontonados frente a la casa, porque en cualquier otro lugar la escarcha formaba un pavimento duro, como de asfalto, de diez pulgadas de espesor. Era bastante penoso para mí dar con el pie contra las piedras que sobresalían, ya que un uso largo y despiadado había reducido a una condición lastimosa las suelas de mis zapatos. Demasiado alegre y lujoso, volví a pensar, deteniéndome un instante para mirar el vasto reflejo en la calle y escuchar el tintineo de los vasos en el interior. «Vamos, Ismael —me dije al fin—; ¿no oyes? Apártate de la puerta; tus zapatos remendados interrumpen el paso.» De modo que seguí andando. Entonces, por instinto, tomé por las calles que iban hacia el mar: en ellas, sin duda, estarían las posadas más baratas, si no las más alegres.

¡Qué calles tan tétricas! Bloque de oscuridad, en vez de casas, a cada lado; de cuando en cuando, una vela, como una luz en una tumba. A esa hora de la noche, en el último día de la semana, ese barrio estaba casi desierto. Pero al fin llegué hasta una luz humeante proyectada desde un edificio bajo y ancho, cuya puerta se abría acogedoramente. Tenía un aspecto descuidado, como si hubiese estado destinado al uso público; y lo primero que hice al entrar fue tropezar con un cajón de cenizas en el zaguán. «¡Vaya! —pensé, medio ahogado por la nube de ceniza—. ¿Estas cenizas vendrán de Gomorra, la ciudad destruida? Si allá arriba están “Los arpones cruzados” y “La posada del pez espada”, ésta debe ser la hostería de “La trampa”.» Pero me repuse y al oír una voz estrepitosa en el interior me adelanté y abrí una segunda puerta interior.

Parecía el gran Parlamento Negro reunido en el infierno. Un centenar de caras negras se volvieron desde sus bancos para mirar; más allá, un negro Ángel de las Tinieblas sacudía un libro sobre el púlpito. Era una iglesia negra, y el texto del predicador hablaba sobre la negrura de las tinieblas, el llanto, los gemidos, el crujir de dientes. «¡Oh, Ismael! —murmuré, retrocediendo—. ¡Triste diversión en la hostería de “La trampa”!»

Seguí mi camino y al fin llegué a una especie de halo de luz, no lejos de los muelles. De pronto oí en el aire un chirrido angustioso. Miré hacia arriba y vi una insignia oscilante sobre la puerta, con un dibujo blanco que representaba vagamente un chorro alto, recto y brumoso y, debajo, estas palabras: «Posada El chorro de la ballena - Peter Coffin».*

¿Coffin? ¿Chorro de ballena? Como asociación, pensé, resulta bastante siniestra. Pero dicen que Coffin es nombre muy común en Nantucket, y supongo que este Peter habrá emigrado desde allí. Como la luz era tan débil y el lugar parecía, por el momento, bastante tranquilo y además la ruinosa casa de madera tenía el aire de haber sido transportada desde las ruinas de un barrio incendiado (sin contar con que la insignia oscilante chirriaba proclamando pobreza), me dije que ése era el lugar indicado para encontrar alojamiento barato y el mejor café de guisantes.

Era un lugar harto extraño: una casa decrépita, rematada por un alero, con un lado paralítico, por así decirlo, tristemente ladeado. Estaba en una esquina aguda, desolada, en la cual el impetuoso Euroclidón aullaba con más fuerza aún que sobre la zarandeada barca del pobre Pablo. Pero Euroclidón es la más deliciosa de las brisas para quien está metido en su casa, con los pies ante la chimenea, asándose tranquilamente antes de meterse en la cama. «Si hemos de juzgar a ese tempestuoso viento llamado Euroclidón —dice un antiguo escritor de cuya obra sólo yo poseo el único ejemplar existente—, encontraremos una maravillosa diferencia si lo consideramos tras los vidrios de una ventana, con la escarcha del lado exterior, o si lo contemplamos desde una ventana sin marco, con la escarcha dentro y fuera de ella, y con la Muerte como único cristal.» Es muy cierto, pensé al recordar ese párrafo: razonas sabiamente, viejo escriba… Sí, estos ojos son ventanas y este cuerpo mío es la casa. Lástima que no hayan compuesto las grietas y las fisuras, y que no hayan puesto un poco de hilaza aquí y allá. Pero ya es demasiado tarde para cualquier mejora. El universo está terminado, la cúpula está en su lugar y los restos ya han sido barridos hace un millón de años. Pobre Lázaro, que castañetea los dientes en el cordón de la acera que le sirve de almohada y al tiritar sacude sus harapos: aunque se tapara las orejas con trapos viejos y se metiera en la boca una mazorca, no lograría tener a raya al tempestuoso Euroclidón. ¡Euroclidón!, dice el viejo Dives en su túnica de seda roja (después tuvo otra aún más roja). ¡Qué hermosa noche de helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Qué aurora boreal! «¡Bah, bah! Que la gente hable de sus climas estivales, en los países de Oriente, semejantes a eternos invernaderos; a mí, resérvenme el privilegio de crearme mi propio verano con mis carbones.»

Pero ¿qué piensa Lázaro? ¿Puede calentarse las manos tendiéndolas hacia las grandes estrellas boreales? ¿No preferiría estar en Sumatra? ¿No preferiría acostarse a lo largo de la línea del Ecuador? ¡Sí, oh Dioses! ¿No preferiría hundirse en el terrible corazón de la tierra para quitarse ese hielo de encima?

Lo cierto es que imaginar a Lázaro echado en la acera, frente a la puerta de Dives, es más maravilloso que figurarse un témpano amarrado a una de las islas Molucas. Y por otro lado, qué hace Dives sino vivir como un zar en un palacio de hielo, hecho de suspiros congelados, presidiendo una sociedad de la templanza que le impide beber otra cosa que las tibias lágrimas de los huérfanos.

Pero basta de lágrimas: nos espera una cacería de ballena y ya tendremos tiempo de sobra para lloriquear. Quitémonos el hielo de los pies congelados y comprobemos qué clase de lugar es este «Chorro de la ballena».

III. LA POSADA «EL CHORRO DE LA BALLENA»

Al entrar en esa posada, rematada por un tejado puntiagudo, se encontraba uno en un vestíbulo muy grande, de techo bajo, y forma irregular, con un friso de madera anticuado, que recordaba las amuradas de un viejo barco encallado. A un lado pendía un óleo inmenso, tan ahumado y cuarteado que, visto a esa luz difusa, sólo después de un estudio muy atento, una serie de visitas sistemáticas y una cuidadosa indagación podía uno llegar a comprender vagamente su significado. Había masas de sombra y de oscuridad tan inexplicables que al principio podía pensarse que algún joven artista ambicioso, de los tiempos de las brujas de Nueva Inglaterra, se había embarcado en la empresa de representar el caos maldito. A fuerza de reiteradas y concienzudas contemplaciones, al cabo de meditaciones incesantemente repetidas —y sobre todo, gracias al recurso de abrir el ventanuco al fondo del vestíbulo—, llegaba uno a la conclusión de que, aunque absurda, tal idea podía no ser del todo injustificada.

Pero lo que más intrigaba y confundía era una larga, ágil, portentosa, masa negra de algo misterioso que revoloteaba en el centro del cuadro, sobre tres líneas verticales azules y difusas, que flotaban en un fermento sin nombre. Era, en verdad, un cuadro viscoso, encenagado, pantanoso, capaz de enloquecer a un hombre que no tuviera los nervios bien firmes. Y sin embargo había en él una especie de indefinida, semilograda, inimaginable sublimidad que inmovilizaba al espectador, el cual, involuntariamente, se juraba a sí mismo no cejar hasta descubrir qué significaba ese cuadro portentoso. De cuando en cuando, una idea luminosa, pero por desgracia ilusoria, atravesaba el cerebro de ese espectador: «Es el Mar Negro durante una tempestad nocturna». «Es el combate antinatural de los cuatro elementos primordiales.» «Es una hoguera maldita.» «Es una escena invernal hiperbórea.» «Es el torrente congelado del Tiempo que se precipita.» Pero al fin todas esas fantasías se esfumaban ante ese algo portentoso que reinaba en medio del cuadro. Una vez descubierto qué era eso, el resto habría sido evidente. Pero, un momento… ¿no tiene eso una ligera semejanza con un pez gigantesco? ¿No recuerda al gran Leviatán?

En realidad, el propósito del artista parecía ése: teoría a la que al fin llegué basándome en parte sobre las opiniones sumadas de muchos ancianos con los cuales he hablado sobre el asunto. El cuadro representa un navío en el Cabo de Hornos, durante un terrible huracán: el navío, casi hundido, rola sin que no se pueda ver de él otra cosa que los tres mástiles desmantelados; y una ballena enfurecida está a punto de saltar sobre la nave, en el acto supremo de encajarse entre las tres cofas.

La pared opuesta de ese vestíbulo estaba enteramente cubierta por un despliegue pagano de mazas y lanzas monstruosas. Algunas estaban profusamente engastadas de dientes brillantes, parecidos a sierras de marfil; otras estaban empenachadas con matas de pelo humano; una tenía forma de hoz, con un mango enorme, arqueado como el trecho abierto, en la hierba recién cortada, por un segador de brazo muy largo. Se estremecía uno al mirarla, preguntándose qué monstruoso salvaje caníbal habría sido capaz de emprender una siega de muerte con un instrumento tan horripilante. Mezclados con todo eso había viejas lanzas y arpones herrumbrados, rotos, deformes. Algunas de esas armas eran famosas. Con aquella lanza —en otros tiempos larguísima, ahora absurdamente torcida—, cincuenta años antes Nathan Swain había matado quince ballenas entre la aurora y el atardecer. Y aquel arpón, ahora tan parecido a un sacacorchos, había sido arrojado en los mares de Java y arrebatado por una ballena, muerta años después frente al Cabo Blanco. El hierro original había entrado cerca de la cola; y como una inquieta aguja en el cuerpo de un hombre, había viajado cuarenta pies para ser descubierto, al fin, sepulto en la joroba.

Después de atravesar ese vestíbulo tenebroso, y avanzando por un pasaje de bóveda muy baja, abierto en lo que en otras épocas debió de ser una inmensa chimenea central, con hogares a la redonda, se entra en el salón común. Lugar aún más tenebroso, con tales vigas en la techumbre, bajas y pesadas, y tales maderos en el piso, viejos y rugosos, que cree uno estar en el vientre de un barco decrépito, especialmente en una noche como ésa, con semejantes aullidos, cuando la vieja arca anclada en la esquina se debate enfurecida. A un lado hay una mesa estante, larga y baja, cubierta de vitrinas rajadas, llenas de polvorientas curiosidades obtenidas en los rincones más remotos del inabarcable mundo. Y en el ángulo más alejado se destaca una guarida tenebrosa: el bar, burdo intento de reproducir una cabeza de ballena. Lo cierto es que allí se alza el enorme hueso arqueado del maxilar de la ballena, tan vasto que casi podría pasar un carruaje por debajo de él. Dentro, hay míseros estantes con filas de frascos, botellas, licoreras viejas. Y entre esas quijadas de rápida muerte se ajetrea como otro Jonás maldito (ése es el nombre que, en verdad, le dan) un minúsculo viejo arrugado que, a cambio de su dinero, vende cariñosamente a los marinos el delirio y la muerte.

Abominables son los vasos en que vierte su veneno. Aunque cilíndricos por fuera, por dentro los vasos verdes, perversamente centelleantes, se ahúsan engañosos hasta el fondo, que es una trampa. Meridianos paralelos, toscamente grabados en el vidrio, circundan esos vasos de bandoleros. Llenar el vaso hasta esta marca, cuesta un penique; hasta esta otra, un penique más, y así sucesivamente, hasta colmar el vaso, la medida del Cabo de Hornos, que puede uno zamparse por un chelín.

Al entrar en ese sitio descubrí a una cantidad de marineros jóvenes, reunidos en torno a una mesa; examinaban bajo una luz difusa unas cuantas muestras de skrimshander.* Me dirigí hacia el patrón. Le dije que deseaba un cuarto. Me contestó que la posada estaba llena: no quedaba una sola cama disponible.

—Pero… ¡un momento! —agregó, dándose una palmada en la frente—. Supongo que no tendrá inconveniente en compartir la manta de un arponero, ¿no es cierto? Como imagino que usted sale a pescar ballenas, le convendrá acostumbrarse a estas cosas.

Le dije que nunca me había gustado mucho dormir de a dos en una cama; que si tenía que hacerlo, todo dependería de quién fuese el arponero. Si él (el patrón) no tenía de veras otro lugar para mí y el arponero no era una calamidad, bueno… antes que seguir vagabundeando por una ciudad desconocida en una noche de perros como ésa, prefería compartir la manta de una persona decente.

—Sí, ya me lo figuraba. Está bien: siéntese. ¿Cena? ¿Quiere cenar? La cena estará lista enseguida.

Me senté en un viejo banco de madera, cubierto de incisiones, como un banco del Fuerte. En una punta, un viejo marinero rumiante seguía adornándolo con su navaja, inclinado y trabajando con diligencia en el espacio entre sus piernas. Probaba su mano tallando una nave con las velas desplegadas. Pero me pareció que no avanzaba mucho…

Al fin, cuatro o cinco de nosotros fuimos emplazados a recibir nuestra comida en un cuarto vecino. Hacía tanto frío como en Islandia. No había fuego: el patrón aseguró que no podía permitírselo. Nada, salvo dos tétricas velas de sebo, cada una en un fanal. Nos habríamos contentado con abotonarnos los gabanes y llevarnos a la boca tazas de café hirviente con nuestros dedos medio congelados. Pero la comida fue de las más sustanciosas: no sólo carne con patatas, sino también pasteles. ¡Cielos! ¡Pasteles para la cena! Un muchacho de gabán verde se precipitó sobre esos pasteles sin la menor consideración.

—Muchacho —dijo el posadero—, mira que esta noche tendrás una pesadilla terrible…

—Patrón —murmuré—, ¿no será éste el arponero?

—Oh, no —respondió el posadero, con expresión de diabólica alegría—. El arponero es un tipo de piel morena. Nunca come pasteles, nunca… no come más que bifes, y le gustan casi crudos…

—¡Al diablo! —exclamé—. ¿Y dónde está ese arponero? ¿Está aquí?

—No tardará en venir —fue la respuesta.

Sin poder evitarlo, empecé a recelar de ese arponero «de piel morena». De todos modos, me juré que si al fin tendríamos que dormir juntos, debería desnudarse y meterse en la cama antes que yo.

Acabada la comida, el grupo volvió al bar. Allí, sin saber qué hacer de mí mismo, decidí pasar el resto de la noche como espectador.

De pronto se oyó afuera una gritería. El posadero se puso de pie de un salto y exclamó:

—Es la tripulación del Grampus. Esta mañana vi que anunciaban su llegada en el muelle. Un viaje de tres años, con el barco cargado… ¡Viva, muchachos, nos traerán las últimas noticias de las islas Fiji!

En el vestíbulo se oyó ruido de botas de marinero; la puerta se abrió de golpe y una feroz banda de marineros se precipitó en el cuarto. Arropados en los hirsutos gabanes de guardia, con las cabezas envueltas en bufandas de lana, harapientos y hediondos, con las barbas erizadas de agujas de hielo, parecían una irrupción de osos del Labrador. Acababan de bajar a tierra y ésta era la primera casa donde entraban. No es de asombrarse, pues, que enfilaran derecho hacia el maxilar de la ballena —el bar—, donde el minúsculo y arrugado Jonás que allí oficiaba les sirvió una vuelta de vasos bien llenos. Uno de ellos se quejó de un mal resfrío de cabeza: Jonás le sirvió una poción de color pez, mezcla de ginebra y melaza que, juraba, era el remedio soberano para cualquier resfrío o catarro, por viejo que fuera o aunque se lo hubiese pescado ante la costa del Labrador o a barlovento de una isla de hielo.

El alcohol se les subió pronto a la cabeza, como suele ocurrir incluso con los bebedores más avezados cuando acaban de bajar a tierra, y todos empezaron a hacer las cabriolas más estrepitosas.

Sin embargo, observé que uno de ellos se mantenía algo aparte, y aunque parecía deseoso de no estropear la alegría de sus camaradas con la seriedad de su cara, en general se abstenía de hacer tanto ruido como los demás. Ese hombre me interesó de inmediato; y como los dioses del mar ya habían ordenado que habría de ser mi camarada de travesía (aunque sólo un compañero en las horas de sueño, en cuanto se refiere al presente relato), aventuraré aquí una breve descripción de él. Medía por lo menos seis pies de altura, tenía nobles hombros y el pecho como una caja fuerte. Pocas veces he visto tanto nervio y tanto músculo en un hombre. La cara, muy oscura y tostada; por contraste, sus blancos dientes centelleaban. Al mismo tiempo, en las profundas sombras de los ojos fluctuaba algún recuerdo que no parecía alegrarlo mucho. Su voz proclamaba enseguida que era un sureño y su hermosa estatura hacía pensar que quizá fuera uno de esos altos montañeses de los Alleghanies, en Virginia. Cuando el alboroto de sus camaradas llegó al punto máximo, este hombre se escabulló sin que repararan en él. No volví a verlo hasta que se convirtió en mi camarada de nave. Pero al cabo de unos minutos, sus compañeros lo echaron de menos. Como por algún motivo especial parecía ser el favorito de todos, empezaron a clamar «¡Bulkington! ¡Bulkington! ¿Dónde está Bulkington?» y salieron como flechas de la posada en su busca.

Serían ya más o menos las nueve. El cuarto parecía semisumido en una quietud casi sobrenatural, después de esas orgías, y yo empecé a felicitarme por un plan que había urdido justamente antes de que entraran los marineros.

A ningún hombre le gusta dormir con otro en una cama. En verdad, ni siquiera nos gusta dormir con nuestro propio hermano. Y si se trata de dormir con un desconocido, en una posada desconocida, y ese desconocido es un arponero, nuestras objeciones se multiplican infinitamente. Ahora bien: no había ninguna razón en el mundo para que yo, como marinero, tuviese más obligación de compartir una cama que cualquier otro hombre, puesto que los marineros no duermen de a dos en los barcos más que los reyes solteros en tierra. Es cierto que duermen juntos en el mismo recinto, pero cada uno en su propia hamaca, cubierto por su propia manta y envuelto en su propia piel.

Cuanto más pensaba yo en el dichoso arponero, más abominaba de la idea de dormir con él. Era lícito presumir que, siendo arponero, su ropa interior, ya fuera de lana o de algodón, no habría de ser por cierto la más limpia y menos aún la más fina. Empecé a estremecerme. Además, se hacía ya muy tarde: mi respetable arponero ya habría debido estar de regreso, camino de la cama. Si se me presentaba en mi cama a medianoche, ¿cómo podría yo adivinar de qué horrible agujero había salido?

—¡Patrón! He cambiado de idea… No dormiré con ese arponero. Me las arreglaré en este banco, aquí…

—Haga como se le antoje. Lo siento, pero no puedo darle un mantel como colchón. Y la tabla del banco es muy áspera —agregó, palpando los nudos y hendiduras de la madera—. Pero ¡un momento! Skrimshander… Tengo un cepillo de carpintero aquí, en el bar. Espérese, le digo: le haré un sitio bastante cómodo.

Al decir esto, fue en busca del cepillo; limpió el polvo del banco con su viejo pañuelo de seda y después empezó a cepillar vigorosamente mi cama, haciendo muecas como un mono. Las virutas volaban a derecha e izquierda; al fin, la cuchilla tropezó contra un nudo indestructible. El posadero estuvo a punto de recalcarse la muñeca; le rogué que por el amor de Dios acabara con la cosa: la cama era bastante cómoda para mí y no sabía cómo podía convertirse una tabla de pino en un edredón, por más que se usaran todos los cepillos del mundo. Entonces el posadero recogió las virutas con otra mueca y después de echarlas en la gran estufa que se alzaba en mitad del cuarto se marchó para seguir con sus ocupaciones, dejándome sumido en honda cavilación.

Entonces tomé las medidas del banco y descubrí que le faltaba un pie de largo. Eso podía remediarse con una silla, pero también le faltaba un pie de ancho, y el otro banco del cuarto era unos cuatro pies más alto que el elegido: no había manera de juntarlos. Entonces puse el primer banco a lo largo del único tramo libre que había en la pared, dejando un corto espacio entre ambos para encajar en él mi espalda. Pronto descubrí que desde la ventana me llegaba una corriente de aire tan fría que este plan era impracticable, sobre todo cuando otra corriente que provenía de la puerta mal cerrada se reunía con la de la ventana y ambas formaban una serie de remolinos en la vecindad inmediata del lugar donde había resuelto pasar la noche.

Que el diablo se lleve a ese arponero, pensé. Aunque… ¿no podía hacerle una jugarreta? ¿No podía cerrar la puerta por dentro, meterme en su cama y no despertarme ni bajo los llamados más violentos? No parecía mala idea. Pero después de reflexionar, la deseché. Porque ¿quién me aseguraba que a la mañana siguiente, no bien saliera yo del cuarto, no me encontraría con el arponero plantado ante la puerta y dispuesto a derribarme de un puñetazo?

Sin embargo, al mirar a mi alrededor sin ver la menor posibilidad de pasar una noche soportable, a menos de resignarme a compartir el lecho de otra persona, empecé a pensar que después de todo quizá tuviera prejuicios ilegítimos contra el desconocido arponero. Esperaré un poco, me dije; tendrá que llegar muy pronto. Entonces lo miraré bien y tal vez podamos ser buenos compañeros de cama, después de todo… ¿quién puede decirlo?

Pero aunque los demás huéspedes empezaron a llegar en grupos de a dos o de a tres para irse a la cama, no había señales de mi arponero.

—¡Patrón! —dije—. ¿Qué clase de tipo es éste? ¿Siempre vuelve tan tarde?

Ya eran casi las doce.

El posadero volvió a sonreír con su mueca de mono y pareció divertirse extraordinariamente con algo que superaba mi comprensión.

—No —respondió—. Generalmente es un pájaro madrugador… se levanta temprano y se acuesta temprano. Sí, piensa que al que madruga, Dios lo ayuda… Pero esta noche ha salido a vender sus mercancías, ¿entiende usted? No sé qué diablos lo ha entretenido tanto… a menos que no haya podido vender aún su cabeza, cosa muy posible.

—¿Vender su cabeza? ¡Qué clase de patraña me está contando! —exclamé, ardiendo de furia—. ¿Quiere usted decirme, patrón, que este arponero está tratando de vender su cabeza por la ciudad en este bendito sábado, que ya es la madrugada del domingo?

—Exactamente eso —repuso—. Aunque le dije que no podría venderla aquí: la plaza está abarrotada.

—¿De qué?

—De cabezas, por supuesto. ¿No hay demasiadas cabezas en el mundo?

—Escúcheme, patrón —le dije, con absoluta calma—. Haga el favor de acabar con esos cuentos. No soy un niño.

—Quizá no lo sea —dijo él, tomando una astilla y usándola como mondadientes—. Pero le aseguro que usted se las verá negras si este arponero se entera de que usted calumnia su cabeza.

—¡Yo se la romperé! —grité, abandonándome de nuevo a la furia que me producía el absurdo fárrago del posadero.

—Ya la tiene rota —dijo él.

—¡Rota! —dije—. ¿Ha dicho usted rota?

—Seguro. Y ese es el motivo por el cual no puede venderla, supongo.

—Patrón —le dije, frío como el monte Hecla en una tempestad de nieve—, patrón, deje en paz ese mondadientes. Usted y yo tenemos que entendernos, y sin hacer demasiadas historias. Yo llego a su posada y necesito una cama; usted me dice que sólo puede darme media cama, porque la otra mitad pertenece a un arponero. Y acerca de este arponero, a quien todavía no he visto, usted persiste en contarme los cuentos más absurdos y exasperantes, como para provocar en mí un sentimiento desagradable hacia el hombre que me destina como compañero de lecho (una clase de relación, señor posadero, que es de las más íntimas y confidenciales). Entonces le pido que se explique y me diga quién y qué cosa es el bendito arponero, y si estaré a salvo, en todo sentido, pasando la noche con él. Y en primer lugar, usted tendrá la gentileza de desmentir esa historia sobre la venta de su cabeza, porque si es cierta, me da pruebas suficientes de que el arponero está loco de remate (y no tengo la menor intención de dormir con un loco); y usted, señor, usted, digo, patrón, usted, señor mío, al inducirme deliberadamente a dormir con un loco, está cometiendo un delito penado por la ley.

—¡Vaya! —dijo el patrón aspirando el aire con fuerza—. Ese discurso que me ha espetado es bastante largo para un tipo como yo, que me doy el lujo de reír de cuando en cuando… Pero quédese tranquilo, quédese tranquilo. El arponero de quien le he hablado acaba de llegar de los Mares del Sur, donde ha comprado un lote de cabezas embalsamadas de Nueva Zelanda (cosa bastante curiosa, ¿no le parece?) y las ha vendido todas, salvo una. Ésa es la que trata de vender esta noche, porque mañana es domingo y no estaría bien andar vendiendo cabezas humanas por las calles, cuando la gente va a la iglesia. El domingo pasado quiso hacerlo, pero lo detuve justamente cuando salía de la puerta con cuatro cabezas enfiladas en una cuerda, como una ristra de cebollas.

Este informe aclaró el misterio hasta entonces inexplicable y demostró que el posadero, después de todo, no tenía intenciones de burlarse de mí… pero al mismo tiempo, ¿qué podía pensar yo de un arponero que pasaba en vela la noche de un sábado hasta acercarse al sagrado Sabbath, ocupado en un negocio tan caníbal como la venta de las cabezas de unos idólatras muertos?

—Créame, patrón: ese arponero es un individuo peligroso.

—Paga regularmente —fue la respuesta—. Pero venga… será mejor que vire para otro lado: tendrá una cama excelente. Sall y yo dormimos en ella la noche de nuestras bodas. En esa cama hay bastante espacio como para que los dos tiren puntapiés. Es una enorme cama omnipotente. ¿Sabe una cosa? Antes de que dejáramos de usarla, Sall solía poner a nuestro Samuel y al pequeño Johnny a sus pies. Pero una noche me puse a soñar, estiré los brazos y las piernas y tuvimos que ir a buscar a Sam al suelo. Estuvo a punto de romperse un brazo. Después de eso, Sall dijo que había que buscar otro arreglo. Venga por aquí, se la mostraré enseguida.

Al decir esto, prendió una vela y la acercó a mí, ofreciéndose para mostrarme el camino. Pero yo permanecí indeciso. De pronto, el posadero miró un reloj en un rincón y exclamó:

—¡Pero si ya es domingo! Esta noche no verá usted al arponero. Debe de haber anclado en alguna parte… Venga, pero venga usted. ¿No quiere venir?

Pensé un minuto y al fin empezamos a subir la escalera. El posadero me introdujo en un cuarto pequeño, frío como un molusco y amueblado con un lecho prodigioso, casi tan grande como para que durmieran en él cuatro arponeros tendidos boca arriba.

—Bueno, aquí estamos… —dijo el posadero, depositando la bujía sobre un viejo arcón de viaje desvencijado que cumplía el doble servicio de soporte de palangana y de mesa central—. Ahora póngase cómodo, y que pase muy buenas noches.

Retiré el cobertor y me incliné sobre el lecho. Aunque no era de los más elegantes, sobrellevó bastante bien el escrutinio. Después eché una mirada en torno al cuarto. Aparte de la cama y la mesa central, no pude ver otro mobiliario que pareciera propio de ese lugar, salvo una tosca estantería, las cuatro paredes y una mampara de chimenea de papel pintado que representaba a un hombre en el momento de herir a una ballena. Entre los objetos que no parecían propios del cuarto, había una hamaca enrollada en un rincón, y también un enorme bolso de marinero, que contenía el guardarropa del arponero y sin duda hacía las veces de baúl terrestre. Además, sobre la repisa de la chimenea había un conjunto de exóticos anzuelos hechos con huesos de pescado y un enorme arpón a la cabecera del lecho.

Pero ¿qué era esto que veía sobr ...