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MáQUINAS MORTALES (SERIE MáQUINAS MORTALES 1)

Philip Reeve  

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Fragmento

1
El Territorio de Caza

Era una tarde de primavera, oscura y desapacible, y la ciudad de Londres iba en persecución de una pequeña población minera cruzando el lecho seco del antiguo mar del Norte.

En tiempos más felices, Londres nunca se hubiera molestado por una presa tan débil. La gran ciudad-tracción había empleado antaño sus días en la caza de ciudades mayores que esta, yendo hacia el norte hasta los bordes del Desierto de Hielo y hacia el sur hasta las orillas del Mediterráneo. Pero en los últimos tiempos, cualquier tipo de presa había empezado a escasear y algunas de las ciudades mayores comenzaban ya a mirar a Londres con ojos hambrientos. Hacía ya diez años que se ocultaba a la vista de aquellas, emboscándose en un montañoso y húmedo distrito occidental que el Gremio de Historiadores afirmaba que había sido antiguamente la isla de Gran Bretaña. Durante diez años, apenas había comido nada más que pequeñas ciudades del campo y establecimientos estáticos de aquellas húmedas colinas. Ahora, por fin, el alcalde había decidido que era una buena ocasión para volver a llevar a su ciudad por encima del puente terrestre hasta el gran Territorio de Caza.

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Habían recorrido poco menos que la mitad del trayecto cuando los centinelas de las altas torres de vigilancia avistaron la población minera, que mordisqueaba en las llanuras de sal a unos treinta kilómetros por delante. Para la gente de Londres, aquello parecía una señal de los dioses, e incluso el alcalde (que no creía en dioses ni en señales) pensó que era un buen comienzo del viaje hacia el este y dio la orden de darle caza.

La población minera vio el peligro y les enseñó la popa, pero las enormes cadenas del tractor de oruga que movía Londres ya comenzaban a rodar más y más velozmente. Pronto la ciudad se afanaba en la feroz persecución, una montaña de metal en movimiento que se alzaba en siete alturas como los pisos de una tarta nupcial, los niveles inferiores envueltos en el humo de los motores, las villas de opulento y fulgurante blanco de los estratos superiores y, por encima de todo, la cruz de la cúpula de la catedral de San Pablo, con sus destellos de oro, a más de seiscientos metros sobre la arruinada tierra.

*   *   *

Tom se encontraba limpiando las piezas de la sección de Historia Natural del Museo de Londres cuando aquello empezó. Sintió el temblor delator en el suelo de metal y elevó la vista para ver las maquetas de ballenas y delfines, que colgaban del techo de la galería, balancearse en sus cables con suaves chirridos.

No se sintió alarmado. Llevaba viviendo en Londres sus quince años y estaba acostumbrado a sus movimientos. Sabía que la ciudad estaba cambiando de rumbo y aumentando la velocidad. Un hormigueo de agitación le recorrió el cuerpo: la vieja emoción de la caza que todos los londinenses compartían. ¡Debía de haber alguna presa a la vista! Dejando sus cepillos y plumeros, tocó la pared con la mano y notó las vibraciones que llegaban en murmullos procedentes de las enormes salas de máquinas, abajo, en las Entrañas. Sí, allá estaba: el profundo bombeo de los motores auxiliares abriéndose camino, bum, bum, bum, como un gran tambor sonando en el interior de sus huesos.

La puerta del lejano extremo de la galería se abrió de golpe y Chudleigh Pomeroy irrumpió como una fiera, con su tupé torcido y su cara redonda roja de indignación.

—En el nombre de Quirke, ¿pero qué...? —profirió airado, mirando boquiabierto a las ballenas giratorias y a los pájaros disecados que se columpiaban y se agitaban en sus jaulas como si se estuvieran sacudiendo de encima su larga cautividad y se prepararan para emprender el vuelo de nuevo—. ¡Aprendiz Natsworthy! ¿Qué está sucediendo aquí?

—Es una persecución, señor —respondió Tom, preguntándose cómo el vicepresidente del Gremio de Historiadores se las había arreglado para vivir a bordo de Londres durante tantos años y no reconocer aún el latido del corazón de la ciudad—. Debe de tratarse de algo bueno —explicó—. Han puesto todos los auxiliares en línea. Eso no sucede desde hace mucho tiempo. ¡Puede que haya cambiado la suerte de Londres!

—¡Bah! —bufó Pomeroy, sobresaltándose enseguida al ver que el cristal de las vitrinas comenzaba a gemir y a estremecerse en sintonía con el batir de los motores. Por encima de su cabeza, la mayor de las maquetas (una cosa llamada ballena azul que se había extinguido hacía miles de años) daba sacudidas hacia delante y hacia atrás desde sus cables de sujeción como si fuera un columpio—. Eso será, Natsworthy —dijo—. Yo solo querría que el Gremio de Ingenieros colocara algunos amortiguadores decentes en este edificio. Algunos de estos ejemplares son muy delicados. No aguantarán. No aguantarán en absoluto —Sacó un pañuelo moteado de los pliegues de sus largos y negros ropajes y se dio unos toquecitos en el rostro con él.

—Por favor, señor —preguntó Tom—, ¿me permite bajar a las plataformas de observación a contemplar la caza, solo media hora? Han pasado muchos años sin que haya habido una realmente buena...

Pomeroy le miró sorprendido.

—¡Pues claro que no, aprendiz! ¡Mira todo el polvo que esta detestable caza está levantando! Habrá que limpiar todas las piezas de nuevo y comprobar si han sufrido algún daño.

—¡Oh, pero no es justo! —protestó Tom—. ¡Acabo de quitarle el polvo a toda la galería!

Inmediatamente se dio cuenta de que había cometido un error. El viejo Chudleigh Pomeroy no era tan malo como los gremiales solían ser, pero no le gustaba que le replicase un mero aprendiz de tercera clase. Se irguió hasta alcanzar su estatura completa (que era solo ligeramente superior a su anchura completa) y frunció el entrecejo de forma tan seria que la marca del Gremio casi desapareció entre sus pobladas cejas.

—La vida no es justa, Natsworthy —bramó—. ¡Un poco más de caradura por tu parte y estarás trabajando en las Entrañas tan pronto como esta cacería termine!

De todas las faenas que un aprendiz de tercera clase tenía que desempeñar, la del trabajo en las Entrañas era la que Tom más odiaba. Se calló rápidamente, dirigiendo mansamente la mirada al suelo, hacia las bellas punteras de ante de las botas del Conservador Jefe.

—A ti se te encomendó trabajar en este departamento hasta las siete, y trabajarás hasta las siete —siguió Pomeroy—. Mientras tanto, iré a consultar con los otros conservadores qué ocurre con esta horrible horrible sacudida...

Salió apresuradamente, aún mascullando. Tom le siguió con la mirada mientras se alejaba y luego volvió a recoger sus pertrechos y regresó entristecido a su trabajo. Normalmente, no le importaba limpiar, y menos aún en esta galería, con sus amables animales carcomidos por la polilla y la ballena azul exhibiendo su enorme sonrisa azul. Si llegaba a aburrirse, simplemente se refugiaba en la fantasía, en el ensueño, en donde era un héroe que rescataba preciosas muchachas de los piratas aéreos, salvaba Londres de la Liga Antitracción y vivía feliz desde entonces. ¿Pero cómo podía ponerse ahora a soñar despierto con el resto de la ciudad disfrutando de la primera persecución auténtica desde hacía muchos años?

Esperó veinte minutos, pero Chudleigh Pomeroy no regresaba. No había nadie más por allí. Era miércoles, lo que significaba que el museo estaba cerrado al público y la mayoría de los gremiales y los aprendices de primera y segunda clase tenían el día libre. ¿Qué daño podía hacer si se deslizaba fuera diez minutos, lo justo para ver qué estaba sucediendo? Ocultó la bolsa que contenía sus útiles de limpieza detrás de un yak que estaba allí muy a mano y salió deprisa, colándose entre las sombras de los delfines danzarines, hacia la puerta.

Fuera, ya en el pasillo, todas las lámparas de argón estaban también danzando, desparramando su luz sobre las paredes de metal. Dos gremiales embutidos en sus negros ropajes pasaron apresurados y Tom oyó la voz chillona del viejo doctor Arkengarth gimotear:

—¡Vibraciones! ¡Vibraciones! Van a producir un verdadero infierno en mis cerámicas del siglo XXV...

Esperó hasta que hubieron desaparecido tras un recodo del pasillo y luego se deslizó rápidamente hacia fuera para bajar por la escalera más cercana. Atajó por la galería del siglo XXI, dejando atrás las grandes estatuas de plástico de Pluto y de Mickey, dioses con cabeza de animal de la desaparecida América. Atravesó corriendo el vestíbulo principal y bajó hasta las galerías llenas de objetos que, de alguna forma, habían sobrevivido todos aquellos milenios transcurridos desde que los Antiguos se autodestruyeron en aquella terrible conmoción de bombas atómicas órbita-tierra y de virus de diseño llamada la Guerra de los Sesenta Minutos. No tardó casi nada en salir por una puerta lateral al ruido y al bullicio de Tottenham Court Road.

El Museo de Londres se encontraba en el mismísimo centro del Nivel Dos, en un ajetreado distrito llamado Blooms­bury, y la parte inferior de la Hilera Uno colgaba como un cielo oxidado a pocos metros por encima de los tejados. A Tom no le preocupaba el hecho de ser localizado mientras proseguía su camino por la oscura y abarrotada calle hacia la pantalla pública de las cercanías de la estación de elevadores de Tottenham Court Road. Uniéndose a la multitud que se hallaba frente a él, pudo echar un primer vistazo a la distante presa: una pálida mancha gris azulada captada por las cámaras situadas más abajo, en la Plataforma Seis.

«La ciudad se llama Salthook —tronaba la voz del locutor—. Una plataforma minera de novecientos habitantes. Se mueve habitualmente a ciento treinta kilómetros por hora en dirección al este, pero el Gremio de Navegantes predice que Londres le dará alcance antes de la puesta del sol. Hay, seguramente, muchas más ciudades esperándonos al otro lado del puente terrestre, prueba clara de lo sabio que fue nuestro amado alcalde cuando decidió traer a Londres al este de nuevo...».

«¡Ciento treinta kilómetros por hora!», pensó Tom con secreta admiración no exenta de cierto temor. Era una velocidad sorprendente, y ansiaba encontrarse abajo, en la cubierta de observación, sintiendo el viento en su rostro. Probablemente, ya se encontraba metido en un lío con el señor Pomeroy. ¿Qué diferencia habría si le escamoteaba unos cuantos minutos más?

Echó a correr y pronto llegó a Bloomsbury Park, ya al aire libre, al borde de la grada. Había sido un parque auténtico en sus tiempos, con árboles y estanques de patos, pero a causa de la reciente escasez de capturas había sido relegado a la producción de alimentos y sus jardines y parterres nutrían plantaciones de coles y bateas de algas. Sin embargo, las tribunas de ­observación se encontraban aún allí; terrazas elevadas que sobresalían del borde de la plataforma donde los londinenses podían acudir a observar el paisaje que pasaba ante sus ojos. Tom se apresuró en dirección a la más próxima. Una multitud aún mayor se había congregado allí, incluyendo unas cuantas personas vestidas con el negro del Gremio de Historiadores, y Tom trató de parecer discreto mientras se abría paso hacia el frente y se asomaba a la barandilla. Salthook se hallaba a tan solo ocho kilómetros allí enfrente, huyendo por terreno liso, vomitando humo negro por sus tubos de escape.

—¡Natsworthy! —le llamó una voz áspera, y su corazón se paralizó. Miró a su alrededor y descubrió que se hallaba junto a Melliphant, un corpulento aprendiz de primera clase, que le sonreía con una mueca y le decía:— ¿No es estupendo? ¡Una regordeta plataforma minera dedicada a la sal con motores de tierra C20! ¡Justo lo que Londres necesita!

Herbert Melliphant era un bravucón de la peor clase, del tipo de los que no solo te empujaba y te daba un golpe en la cabeza allá abajo, en los lavabos, sino que ponía todo su empeño en averiguar hasta el último de tus secretos y las cosas que más te molestaban para después burlarse de ti con ello. Disfrutaba metiéndose con Tom, que era pequeño y tímido y no tenía amigos que le pudiesen defender. Y Tom no podía responderle, porque la familia de Melliphant había pagado para conseguir que fuera un aprendiz de primera clase, mientras que él, huérfano, era simplemente un tercera clase. Sabía que Melliphant se estaba molestando en hablar con él solo porque esperaba impresionar a una joven y bonita historiadora llamada Clytie Potts, que se encontraba justo detrás. Tom asintió con la cabeza y se volvió de espaldas, concentrándose en la persecución.

—¡Mira! —gritó Clytie Potts.

El espacio entre Londres y su presa se estaba estrechando rápidamente y una forma oscura se había elevado por encima de Salthook. Pronto hubo otra, y otra. ¡Naves! La multitud de las plataformas de observación de Londres aplaudió, y Melliphant dijo:

—Ah, mercaderes del aire. Saben que la ciudad está perdida, ya ves, y se están asegurando la huida antes de que nos los comamos. ¡Si no lo hacen, podremos reclamar sus cargamentos y todo lo que lleven a bordo!

Tom estaba encantado de ver que Clytie Potts tenía una expresión de total aburrimiento por culpa de Melliphant: ella le llevaba un año y ya debía de saber cómo era el asunto porque había aprobado sus exámenes del gremio y tenía tatuada la marca de los historiadores en la frente.

—¡Mira! —exclamó ella de nuevo, captando la mirada de Tom y sonriendo—. ¡Oh, mira cómo van! ¿No son preciosos?

Tom se apartó el revuelto cabello de los ojos y observó cómo se elevaban las naves y desaparecían en el cielo gris pizarra. Por un momento se encontró deseando ir con ellos hacia arriba, hasta alcanzar la luz del sol. ¡Si al menos sus pobres padres no le hubieran dejado al cuidado del Gremio para que fuera entrenado como historiador! Deseaba poder ser grumete a bordo de una nave rápida y ver todas las ciudades del mundo: Puerto Ángeles, abandonada allí, en el azul Pacífico; y Arkangel, deslizándose sobre roldanas de acero por los helados mares del norte; las grandes ciudades zigurat de los Nuevomayas y las inmóviles fortalezas de la Liga Antitracción...

Pero eso no era más que una fantasía, un soñar despierto que era mejor guardarse para cualquier tarde aburrida en el museo. Un nuevo estallido de gritos de alegría le anunció que la caza se acercaba a su fin, y se olvidó de sus naves y volvió a centrar su atención en Salthook.

La pequeña ciudad se hallaba tan cerca que podía ver las formas, como hormigas, de las personas que corrían por los niveles superiores. ¡Qué atemorizadas tenían que estar, con Londres cayendo sobre ellas y sin ningún lugar donde esconderse! Pero sabía que no debía compadecerlas; era natural que las grandes ciudades engullesen poblaciones más pequeñas y que estas se tragaran a los miserables núcleos estáticos. Eso era darwinismo municipal, y era la forma en que el mundo había funcionado durante mil años, desde que el gran ingeniero Nikolas Quirke había convertido a Londres en la primera ciudad-tracción.

—¡Londres, Londres! —gritó, sumando su voz a los clamores y exclamaciones de ánimo de todos los que se encontraban en la plataforma y que, un momento después, se veían recompensados por la visión de una de las ruedas de Salthook desprendiéndose de la ciudad. La población se paralizó mientras las chimeneas se partían y se precipitaban sobre las calles llenas de pánico, y luego los niveles inferiores de Londres la ocultaron de la vista y Tom sintió las planchas del nivel temblar mientras las enormes mandíbulas hidráulicas de la ciudad se cerraban en medio de un gran estrépito.

Se produjeron frenéticos aplausos en las plataformas de observación de toda la ciudad. Los altavoces de las columnas de soporte de las plataformas comenzaron a tocar Orgullo de Londres y alguien a quien Tom no había visto en su vida lo abrazó con entusiasmo mientras le gritaba al oído: «¡Una captura! ¡Una captura!». Pero a él no le importó; en esos momentos amaba a todos los que se encontraban sobre la plataforma, incluso a Melliphant.

—¡Una captura! —respondió también él, tratando de librarse de la opresión de la gente mientras sentía que las plataformas temblaban de nuevo. En algún lugar por debajo de él, los grandes dientes de acero de la ciudad estaban agarrando Salthook, elevándola y arrastrándola hasta las Entrañas.

—... y quizá al aprendiz Natsworthy le gustaría venir también —estaba diciendo Clytie Potts. Tom no tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero al volverse, ella le tocó el brazo y le sonrió—. Habrá celebraciones en Kensington Gardens esta noche —le explicó—. ¡Baile y fuegos artificiales! ¿Quieres venir?

La gente no invita generalmente a los aprendices de tercera clase a las fiestas —en especial a gente tan guapa y popular como Clytie—, y Tom se preguntó al principio si ella se estaría riendo de él. Pero Melliphant, obviamente, no lo creía así, porque se la llevó aparte y le dijo:

—No necesitamos gente del tipo de Natsworthy allí.

—¿Por qué no? —preguntó la muchacha.

—Bueno, ya sabes —bufó Melliphant, con su cara cuadrada, poniéndose casi tan roja como la del señor Pomeroy—. No es más que un tercera clase. Un criado. Nunca conseguirá su marca del Gremio. Acabará únicamente como ayudante de conservador. ¿Verdad, Natsworthy? —preguntó, mirando de reojo a Tom—. Es una pena que tu papá no dejase dinero suficiente para un aprendizaje adecuado...

—Eso a ti no te importa en absoluto —gritó Tom enfadado. Su alegría por la captura ya se había evaporado y empezaba a ponerse nervioso preguntándose qué castigos le esperarían a su regreso, cuando Pomeroy descubriera que se había escabullido del museo. No estaba de humor para las bromas sarcásticas de Melliphant.

—No obstante, eso es lo que pasa por vivir en una barriada de los niveles inferiores, supongo —sonrió presuntuoso Melliphant, volviéndose a Clytie Potts—. La mamá y el papá de Natsworthy vivieron abajo, en el Cuatro, ya sabes, y entonces, cuando sucedió la Gran Arremetida, ambos quedaron tan aplastados como un par de tortitas de frambuesa: ¡chaps!

Tom no pretendió pegarle; únicamente sucedió así. Antes de saber lo que estaba haciendo, su mano se había convertido en un puño cerrado y lo lanzó hacia delante.

—¡Uy! —sollozó Melliphant, tan sorprendido que se cayó de espaldas. Alguien aplaudió y Clytie sofocó una risita. Tom se quedó mirando fijamente su puño tembloroso y se preguntó cómo había hecho aquello.

Pero Melliphant era mucho más grande y bruto que Tom y ya estaba de nuevo en pie. Clytie trató de frenarlo, pero algunos otros historiadores lo estaban animando y un grupo de muchachos ataviados con las verdes túnicas de los aprendices de navegantes se congregaron alrededor coreando: «¡Lucha! ¡Lucha! ¡Lucha!».

Tom sabía que no tenía más posibilidades contra Melliphant que las que había tenido Salthook contra Londres. Dio un paso atrás, pero la multitud le impedía retroceder. Entonces, el puño de Melliphant le golpeó en un lado de la cara, mientras recibía también un enorme rodillazo entre las piernas, lo que le hizo doblarse y salir de allí tambaleándose, con los ojos llenos de lágrimas. Algo tan grande suave y blando como un sofá se encontraba allí, en medio del paso, y cuando la cabeza de Tom chocó contra aquello, la mole dijo: «¡Ufff...!».

Levantó la mirada hasta una cara roja, redonda, con pobladas cejas bajo una peluca poco convincente; un rostro que se puso aún más rojo cuando lo reconoció.

—¡Natsworthy! —bramó Chudleigh Pomeroy—. ¿A qué te crees que estás jugando, en el nombre de Quirke?

2
Valentine

Y de esa manera, Tom se encontró con que se le enviaba a trabajar a las Entrañas mientras todos los aprendices se entregaban a celebrar la captura de Salthook. Tras una embarazosa conferencia en el despacho de Pomeroy («Desobediencia, Natsworthy... Golpear a un aprendiz sénior... ¿Qué habrían pensado tus pobres padres?»), se dirigió apesadumbrado a la estación de Tottenham Court Road y esperó la llegada de un elevador que lo bajara.

Cuando este llegó, estaba hasta los topes. Los asientos del compartimento superior estaban llenos de hombres y mujeres de aspecto arrogante pertenecientes al Gremio de Ingenieros, el más poderoso de los cuatro Grandes Gremios que dirigían Londres. A Tom le daban grima, con sus cabezas peladas y aquellas largas túnicas blancas de goma, así que se quedó de pie allí, en la sección inferior, donde el rostro serio del alcalde de Londres, el lord mayor, le miraba con aire de superioridad desde carteles que decían: «¡El movimiento es la vida. Ayuda al Gremio de Ingenieros a mantener Londres en movimiento!». El ascensor bajaba y bajaba, deteniéndose en todas las estaciones conocidas —Bakerloo, High Holborn, Low Holborn, Bethnal Green—, y en cada parada, otra multitud entraba a oleadas en el vagón, aplastándolo contra la pared del fondo, hasta que resultó casi un alivio llegar al final y bajarse para verse inmerso en el ruido y el bullicio de las Entrañas.

Las Entrañas, o la Entraña, era el lugar donde Londres desmantelaba las poblaciones que capturaba: una maloliente explanada de patios y fábricas entre las Mandíbulas y las salas centrales de motores. Tom la detestaba. Siempre era ruidosa y acogía a trabajadores de las plataformas más inferiores, que tenían un aspecto sucio y aterrador, y a convictos de las prisiones de las Entrañas Profundas, que eran peores. El calor de allá abajo siempre le daba dolor de cabeza, el aire sulfuroso le hacía estornudar y las oscilaciones de los globos de argón que iluminaban los pasadizos le dañaban los ojos. Pero el Gremio de Historiadores siempre se aseguraba de que alguno de su plantilla estuviera a mano cuando una ciudad estaba siendo digerida, y esta noche él tendría que unirse a ellos y moverse por allí recordando a los rudos y viejos capataces de las Entrañas que cualquier libro o antigüedad que se encontrase a bordo de la nueva captura era propiedad legal de su gremio y que la Historia era exactamente tan importante como los ladrillos, el hierro o el carbón.

Se abrió camino con esfuerzo en la terminal del ascensor para salir del aparato y apresuró su paso hacia el almacén del Gremio de Historiadores, atravesando pasillos tubulares alicatados con grandes placas cerámicas y estrechos corredores de metal por encima de los feroces abismos de los Patios de Digestión. Muy por debajo de él pudo ver cómo Salthook era reducida a pedazos. Ahora parecía minúscula, empequeñecida por la vastedad de Londres. Enormes máquinas amarillas encargadas del desmantelamiento se movían por todas partes sobre raíles, balanceando grúas y encaramándose por encima de todo aquello con sus patas de araña hidráulicas. Ya le habían quitado las ruedas y los ejes y comenzaba ahora el trabajo sobre el chasis. Sierras circulares tan grandes como gigantescas norias de feria mordían las planchas de las plataformas, lanzando chorros de chispas. Enormes vaharadas de calor llegaban ondulando desde los hornos y crisoles de fundición, y antes de que hubiera dado veinte pasos, Tom pudo sentir el sudor que empezaba a empaparle la parte de las axilas de su negra túnica de uniforme.

Pero cuando llegó por fin al almacén, las cosas empezaron a parecer un poco mejores. Salthook no había tenido nunca un museo o una biblioteca y los pequeños lotes rescatados de las tiendas de cachivaches de la ciudad estaban ya siendo empaquetados en banastas para su viaje hasta el Nivel Dos. ¡Con un poco de suerte, probablemente se le permitiría terminar pronto y llegar aún a tiempo para el final de las celebraciones! Se preguntaba qué gremial estaría al mando esa noche. Si eran el viejo Arkengarth o el doctor Weymouth estaba perdido: siempre le hacían trabajar el turno completo, hubiera algo que hacer o no. Si fueran Potty Pewtertide o la señorita Plym, todo saldría bien...

Pero cuando se dirigía a toda prisa hacia el despacho del supervisor, comenzó a darse cuenta de que alguien mucho más importante que cualquiera de ellos estaba al cargo de las Entrañas esa noche. Había un vehículo estacionado fuera de la oficina, una máquina negra con el emblema del gremio pintado en el capó del motor, demasiado lujo para cualquier persona corriente del resto del personal. Dos hombres con la librea del servicio de los miembros de alto rango del gremio esperaban de pie junto al vehículo. Eran tipos de aspecto rudo, a pesar de sus ricos ropajes, y Tom supo enseguida quiénes eran: Pewsey y Gench, los piratas aéreos reformados que habían sido los fieles servidores del jefe de los historiadores durante veinte años y que pilotaban el elevador del Decimotercer Nivel cada vez que este volaba en una expedición. «¡Valentine está aquí!», pensó Tom, y trató de no quedarse mirando fijamente al pasar junto a ellos escaleras arriba.

Thaddeus Valentine era el héroe de Tom: un antiguo basurero que había ido subiendo en la escala social hasta convertirse en el más famoso arqueólogo de Londres, e incluso en su Historiador Jefe, para envidia y aversión de gente como Pomeroy. Tom tenía un retrato de él clavado con chinchetas en la pared de su dormitorio encima de su litera y había leído sus libros Aventuras de un historiador práctico y América desierta: a través del Continente Muerto con fusil, cámara y aeronave, hasta que se los llegó a saber de memoria. El momento de más orgullo de su vida había ocurrido cuando tenía doce años y Valentine había bajado a entregar los premios de fin de año a los aprendices, incluido el que Tom ganó por un ensayo sobre la manera de identificar antigüedades falsas. Aún recordaba cada palabra del discurso que el gran hombre había pronunciado: «Nunca olvidéis, aprendices, que nosotros los historiadores somos el gremio más importante de nuestra ciudad. No hacemos tanto dinero como los mercaderes, pero creamos conocimiento, que vale muchísimo más. Nosotros no podemos ser responsables de dirigir el rumbo de Londres, como los navegantes, pero ¿qué serían los navegantes si no hubiéramos conservado nosotros los antiguos mapas y las viejas cartas de navegación? Y en lo que se refiere al Gremio de Ingenieros, únicamente recordad que cada máquina que han desarrollado desde siempre se basa en un fragmento de la Antigua Tecnología, la antigua alta tecnología que nuestros conservadores de museos han preservado o que nuestros arqueólogos han excavado».

Todo lo que Tom había sido capaz de decir a modo de respuesta fue un entrecortado: «Gracias, señor», antes de escurrirse de nuevo hacia su asiento, así que nunca se le ocurrió que Valentine pudiera recordarle. Pero cuando abrió la puerta del despacho del supervisor, el gran hombre levantó la vista de su mesa y sonrió.

—Eres Natsworthy, ¿no? El mejor aprendiz detectando falsificaciones, ¿eh? ¡Tendré que mirar muy bien por dónde ando esta noche o me descubrirás!

Como chiste no era demasiado bueno, pero sirvió para romper el momento embarazoso que normalmente se producía entre un aprendiz y un gremial del rango más alto, y Tom se relajó lo suficiente como para dejar de titubear en el umbral de la puerta y decidirse a entrar, llevando en la mano la nota que le había entregado Pomeroy. Valentine se levantó bruscamente y se adelantó a grandes zancadas a recogerla. Era un hombre alto y bien formado, cercano a los cuarenta años, dotado de una hermosa cabellera de pelo azabache mechado de hebras color plata y de una negra barba perfectamente arreglada. Su ojos grises de marinero centelleaban con cierto humor y, en la frente, su tercer ojo —la marca gremial del historiador, el ojo azul que mira hacia atrás en el tiempo— parecía hacer un guiño cuando elevaba burlona e inquisitivamente una ceja.

—Así que peleándonos, ¿eh? ¿Y qué ha hecho el aprendiz Melliphant para merecer un ojo a la funerala?

—Se estaba metiendo con mi padre y con mi madre, señor —balbució Tom.

—Ya veo —el explorador asintió con la cabeza, observando el rostro del muchacho. En vez de reprenderle, le preguntó—: ¿Eres el hijo de David y de Rebecca Natsworthy?

—Sí, señor —admitió Tom—. Pero yo solo tenía seis años cuando ocurrió la Gran Arremetida... Quiero decir, que casi no me acuerdo de ellos.

Valentine asintió de nuevo y ahora sus ojos se mostraron tristes y afectuosos.

—Eran buenos historiadores, Thomas. Espero que sigas sus pasos.

—¡Oh, sí, señor! —dijo Tom—. ¡Quiero decir, que eso espero yo también!

Pensó en sus pobres padres, muertos cuando parte de Cheapside cayó sobre el nivel inferior. Nadie había hablado nunca de ellos de esa manera desde entonces y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Se sintió como si pudiera contarle todo a Valentine, todo por completo, y casi estuvo a punto de decirle cuánto los echaba de menos y lo solitario y aburrido que resultaba ser un aprendiz de tercera clase, cuando un lobo entró en el despacho.

Era un lobo enorme, y blanco, y entró por la puerta que daba al almacén. En el momento en que vio a Tom, comenzó a correr hacia él, enseñando sus colmillos amarillos.

—¡Aaaah! —chilló Tom, saltando sobre una silla—. ¡Un lobo!

—Oh, pórtate bien —dijo una voz de muchacha, y un instante después la chica estaba ya allí, inclinándose sobre la bestia y rascando la suave y blanca gorguera de piel bajo su mandíbula. Los feroces ojos ámbar se cerraron felices y Tom pudo oír el sonido de su cola rozando las ropas de la muchacha—. No te preocupes —rio ella, sonriéndole a Tom—. Es un cordero. Quiero decir que es un lobo realmente, pero tan manso como un cordero.

—Tom —intervino Valentine con un brillo divertido en los ojos—. Quiero que conozcas a mi hija Katherine y a Perro.

—¿Perro? —Tom bajó de la silla sintiéndose algo tonto y todavía un poco asustado. Había llegado a pensar que la fiera se debía de haber escapado del zoo de Circle Park.

—Es una larga historia —explicó Valentine—: Katherine vivió en la ciudad flotante de Puerto Ángeles hasta que tuvo cinco años, entonces murió su madre y la enviaron a vivir conmigo. Yo traje a Perro como regalo para ella de mi expedición al Desierto de Hielo, pero Katherine apenas sabía hablar inglés en aquellos tiempos y nunca había oído nada acerca de los lobos, así que cuando lo vio por primera vez dijo: «¡Perro!». Y con ese nombre se quedó.

—Está perfectamente domesticado —prometió la chica, todavía sonriéndole a Tom—. Mi padre lo encontró cuando era tan solo un cachorro. Tuvo que matar a la madre, pero no le quedó valor para acabar con el pobre Perro. Lo que más le gusta es que le rasquen la barriga. A Perro, quiero decir, no a mi padre —Y se reía. Tenía una espesa mata de pelo largo y negro, los ojos grises como su padre y la misma sonrisa espontánea y deslumbrante. Iba vestida con los ajustados pantalones de seda y la túnica suelta que era la última moda en todo Londres ese verano. Tom la miraba maravillado. Había visto retratos de la hija de Valentine, pero nunca se había dado cuenta de lo bella que era.

—¡Mira! —dijo ella—. ¡Le gustas!

Perro se había acercado tranquilamente a Tom y le estaba olisqueando el dobladillo de la túnica. Movía la cola de lado a lado y una lengua húmeda y rosa refregaba los dedos de Tom.

—Si a Perro le gusta alguien —dijo Katherine—, normalmente sucede que a mí también me gusta. Así que, vamos, Padre, ¡preséntanos de forma adecuada!

Valentine se rio.

—Bueno, Kate; este es Tom Natsworthy, que ha sido enviado aquí para ayudar, y si tu lobo ha acabado ya con él, creo que tendremos que dejarle que se vaya a trabajar —puso una mano amable sobre el hombro de Tom y añadió—: No hay mucho que hacer; echaremos un último vistazo por los Patios y entonces... —Miró la nota de Pomeroy, luego la rompió en pedacitos pequeños y los dejó caer en la lata roja de reciclaje situada junto a su mesa—. Entonces te podrás ir.

Tom no estaba seguro de qué le sorprendía más, que Valentine le dejara marchar libremente o que el gran personaje estuviera bajando a los patios en persona. Los gremiales superiores preferían normalmente quedarse sentados en la comodidad de su oficina y que los aprendices hicieran el trabajo más duro abajo, en medio del calor y de los humos; pero aquí estaba Valentine quitándose sus negros ropajes, poniéndose una pluma, para escribir, en el bolsillo del chaleco, y deteniéndose un instante para sonreír a Tom desde el umbral.

—Venga, vámonos ya —dijo—. Cuanto antes empecemos, antes estarás libre para unirte a la fiesta en Kensington Gardens...

*   *   *

E iniciaron el descenso, y siguieron bajando con Perro y Katherine siguiéndolos, dejando atrás el almacén y continuando en su descenso por espirales de escaleras metálicas hasta llegar a los Patios de Digestión, donde Salthook se iba haciendo más pequeña por momentos. Todo lo que aún q ...