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NACIDA BAJO EL FUEGO DE ARIES (SERIE NACIDAS 3)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Finales de marzo de 2012.

—Es buen mozo, ¿no te parece?

Bárbara Degèner giró la cabeza y clavó la vista en Rita Bellinello, la preceptora, la misma desde tercer año, que se había convertido en una especie de amiga. La mujer esperaba la respuesta con una sonrisa.

¿No era patética su vida? La amistad con esa cuarentona soltera y por la cual debería haber sentido antipatía por el simple hecho de ser la que tomaba lista cada mañana resultaba prueba suficiente para demostrar qué bajo había caído, qué sola estaba, qué horribles eran sus días. Sin embargo, al toparse con los ojos oscuros y enormes de Rita, el cinismo y el resentimiento que la habían caracterizado y a los que había echado mano con frecuencia se esfumaron. Percibía calidez en esa mirada, que, en el fondo, la perturbaba, la asustaba; Rita ya le había explicado por qué.

A decir verdad, siempre le había caído bien la Bellinello, desde tercer año, cuando se presentó el primer día de clase y les sonrió con una dulzura que a la vez demostraba autoridad, combinación que la había sorprendido. Ocultó la buena impresión que le había causado y simuló no soportarla para coincidir con la opinión de Lucía Bertoni, su mejor amiga, que aseguraba que la mujer debía de ser una “forra”, de esas que se las daba de buena mina para después cagarte en la primera de cambio. En el tiempo compartido hasta ese momento, la predicción de Lucía no se había confirmado; más bien se había desmoronado. Lástima que Lucía no estaba para hacerle tragar sus palabras. Su “mejor” amiga había desaparecido hacia finales del año anterior y no se sabía nada de ella; no respondía los mensajes de correo electrónico y, cuando la llamaba al celular, una voz de computadora le decía que la línea estaba fuera de servicio. Hacía tiempo que no agregaba fotos ni comentarios en su cuenta de Facebook. En el mes de enero, durante una siesta en la que el sol partía la tierra, se había tomado la molestia de ir hasta su casa para enterarse, gracias al portero, de que los Bertoni se habían mudado. Destino: desconocido. Debía de ser cierto, entonces, que el padre de Lucía se había metido en un lío gordo. El año anterior corría la voz de que lo habían echado de la empresa de la madre de Lautaro Gómez por ladrón.

“Lautaro”, pensó, y lo ubicó en un rincón del patio. Estaba con Camila, por supuesto. Se cuchicheaban y se sonreían como tortolitos. La rabia y los celos que había experimentado en el pasado no despuntaron con la misma intensidad.

—¿Y? —volvió a hablarle Rita—. ¿No te parece buen mozo?

—¿Quién?

La preceptora levantó una ceja y la miró con expresión sagaz.

—Sergio Collantonio, al que estuviste observando durante los últimos minutos sin decir palabra, lo cual, para una ariana como vos, es mucho decir.

A su pesar, sonrió. Sí, era ariana; nadie podía culparla; ella no había elegido nacer un 15 de abril. En cuanto a eso de hablar mucho, era cierto, sobre todo de sí misma, porque según la astróloga Linda Goodman, de quien Rita era fanática, “Aries está demasiado interesado en sí mismo para desperdiciar sus energías en conjeturas sobre los secretos, el comportamiento o los motivos de quien sea”.

El candor y la sinceridad que caracterizaban a los nativos de su signo terminaron por imponerse y admitió:

—No se parte, pero no está mal.

—¿No se parte? ¿Qué significa eso?

—Que no está buenísimo, pero que la rema. Sebas, por ejemplo, se parte, pero bueno, él parece modelo de revista.

Collantonio no poseía la belleza indiscutible de Sebastián Gálvez, pero sí un rostro decididamente masculino y atractivo en su conjunto de nariz larga y aguileña, boca un poco ancha, labios más bien delgados, aunque de contornos notoriamente definidos, y ojos oscuros con unas pestañas que ella le envidiaba. Alto como Sebas y Lautaro, no era ni tan musculoso como el primero, ni tan delgado como el segundo; poseía un equilibrio entre sus hombros anchos, los brazos y las piernas largas que se evidenciaba en los movimientos sueltos y precisos con que caminaba y jugaba al fútbol; estaba cómodo con su cuerpo. También le gustaba el modo en que llevaba el cabello corto, muy abundante y oscuro, casi negro, siempre alborotado, como si jamás se pasase un peine, y sin embargo no daba la impresión de que estuviese sucio ni desaliñado.

Dirigió de nuevo la vista hacia el patio donde el muchacho en cuestión jugaba un picadito con otros compañeros y siguió estudiándolo a través del ventanal de la sala de preceptores, donde pasaba la mayor parte de los recreos, montada en el escritorio de Rita, bamboleando las piernas y tomando mate. El gran ventanal, que daba al patio principal de la escuela, servía para que las preceptoras vigilaran que el descanso se desarrollase sin problemas y que nadie fumase ni hiciese cosas raras. En los años anteriores, ella había sido de las que se escondían para fumar y hacer cosas raras. En ese momento, hacía migas con quien antes había condenado por representar la autoridad.

¡Cuánta agua había pasado bajo el puente! ¡Cuánto habían cambiado ella y su situación! Se sentaba sola en un pupitre para dos y prácticamente no hablaba con nadie, excepto con Sebastián Gálvez, su gran amigo, pero quien, desde que se había enamorado como un loco de la tímida y dulce Bianca Rocamora, se concentraba en su novia y no le destinaba nada de atención. Resultaba obvio que aires de metamorfosis sobrevolaban esa parte de la ciudad y no la acariciaban solo a ella.

—Me encanta la tonadita que tiene —insistió Rita.

A ella también le gustaba el acento cordobés de Sergio Collantonio. A decir verdad, no era la primera vez que se detenía a mirarlo; aun el primer día de clase, ese fatídico primer día, en el que se había visto forzada a enfrentar de nuevo el amor perfecto de Lautaro y Camila, había reparado en “Córdoba”, como lo apodaban los compañeros, y le había llamado la atención porque si bien era el nuevo y no conocía a nadie, había entrado en el aula con un aire tranquilo y seguro, como si lo aguardasen los amigos de toda la vida. Pocos minutos después, había conseguido con quién compartir el pupitre —con Ramiro Traverso, un tipo copado—; ella, en cambio, se sentaba sola.

También lo había estudiado el sábado anterior, en el bar karaoke The Eighties, donde había ido a maquillar a Bianca Rocamora, que era cantante profesional y que trabajaba en el bar con reminiscencias de los años ochenta. Terminó por admitir que esa noche estaba especialmente atractivo, y siguió pensándolo aun después de que Gálvez le confiara el problema que había causado entre él y su novia. Aunque tuviese ganas de clavarle una daga en el corazón por haberse interpuesto entre Sebas y Bianca, siguió admirando su atractivo. ¡Qué bronca le daba verlo tan canchero! O más que bronca ¿tenía celos? No, tenía bronca. Y más bronca le daba a medida que se daba cuenta de qué bien le quedaban el pelo con las puntas paradas con gel (se parecía al personaje de Ben 10) y esos pantalones blancos con la remera negra ajustada y las Converse. Pero su fidelidad estaba con Gálvez, que había atrapado a Córdoba besando a su novia, por lo que le destinó una mirada de desprecio, que Collantonio desestimó con una sonrisa pacífica. Sí, definitivamente quería clavarle una daga, y arrancarle los ojos, y patearle el tujes. Su espíritu de guerrera ariana se alzaba en armas sin dificultad. “No por nada, a ustedes, los de Aries, los rige Ares, o Marte, el dios de la guerra”, le había explicado Rita tiempo atrás.

Afortunadamente, esa noche en The Eighties, se había aclarado el malentendido entre Gálvez y Bianca, y Córdoba había sido exonerado. Bárbara aún no daba crédito a lo que Karen, una compañera, le había referido: Bianca le había pedido a Sergio Collantonio que le enseñara a besar; nada había entre ellos. ¡Que le enseñara a besar! ¿Qué le pasaba a esa pibita? ¿Estaba chapita o qué? Se le enfrió la rabia enseguida. Después de todo, ¿quién era ella para juzgar a Bianca cuando el año anterior había protagonizado un culebrón que la había convertido en la paria de la división?

Cuestión que su querido Sebas y Bianca se habían arreglado, eran felices como lombrices, y Córdoba se había marchado de The Eighties de la mano de la chica con la que había llegado, bastante mona, mayor que él —se notaba a leguas— y más desafinada que una urraca, aunque, a juzgar por la sonrisa idiota que Collantonio le destinaba mientras la muy tonta interpretaba Girls just wanna have fun, de Cyndi Lauper, debía de juzgarla como la mejor voz del planeta. ¿Habrían tenido sexo? Seguro que sí.

¡Estaba pensando demasiado en ese chabón y la ponía del tomate! Con todos los problemas que tenía, lo único que le faltaba era destinar tiempo a otro hombre. ¡Los odiaba! ¡A todos! Empezando por su padre y terminando por Lautaro Gómez. Aunque el peor era Néstor, la pareja de su madre. Ante ese pensamiento, la rabia se esfumó, y solo quedaron la angustia y el miedo.

—Ey —dijo Rita con dulzura, y, al ponerse frente a ella, le bloqueó la visión de Sergio Collantonio, que acababa de meter otro gol y festejaba dando saltos y haciendo aspavientos que le destacaban las facciones de mandíbulas fuertes y mentón cuadrado.

—¿Qué?

—¿Qué pasa? Estás muy callada esta mañana.

Bárbara apartó la mirada y encogió los hombros, gesto que la preceptora la conminaba a abandonar porque, en su opinión, no era femenino ni digno de una persona inteligente.

—¿Estás pensando en Lautaro?

—No —expresó con la vehemencia y la sinceridad que la caracterizaban.

Rita le sonrió y le pidió que le contase cómo le había ido el sábado en el bar karaoke. Entró una profesora y solicitó unos listados, que la preceptora le entregó, solícita y competente como de costumbre.

Bárbara la observaba y recordaba la tarde de enero en que, sola y deprimida, había salido de su casa sin rumbo para acabar en una heladería dispuesta a sofocar las penas en calorías e hidratos de carbono. No la reconoció enseguida, nunca la había visto sin el delantal blanco; además llevaba el cabello suelto y larguísimo, cuando para trabajar se lo ataba severamente en un rodete en la base de la nuca.

—¡Ey, Bárbara! —la había llamado la preceptora, que abandonó su silla para ir a saludarla, incluso la invitó a la mesa que compartía con otra mujer y dos niños—. Te presento a mi hermana Estela y a mis sobrinos Darío y Belén. Vení, sentate con nosotros.

Al principio se sintió incómoda, lo mismo que los niños, que la contemplaban con timidez detrás de sus helados. Rita contaba anécdotas del colegio y Estela le hacía preguntas. Poco a poco fue sintiéndose a gusto y acabó hablando hasta por los codos. Belén, que cumpliría cinco años la semana siguiente, la invitó a su fiestita en un salón del barrio, y Bárbara, que no tenía nada que hacer ni nadie con quien pasar el tiempo, se presentó con un obsequio para la agasajada, un cofre de maquillaje con las princesas de Disney en la tapa, que había sacado de una de las farmacias de su madre. Al finalizar la fiesta, ayudó a cargar con las bolsas de regalos y los restos de torta y sándwiches hasta el departamento de Rita. Allí se enteró de que vivían todos juntos desde la muerte del esposo de Estela, ocurrida tiempo atrás.

Se quedó a cenar. Belén le pidió que la maquillase con las pinturitas de Disney, y Darío, de ocho, retraído y silencioso, la invitó a jugar con la PlayStation.

—¿No vas a avisar a tus padres que te quedás? —se preocupó Estela.

—Sí —balbuceó, y envió un mensaje a Ana María, su madre, que no le contestó.

La novedad la constituyó comer tranquila y sonriendo. No recordaba la última vez que había compartido una cena familiar sin que el estómago se le convirtiese en una piedra. Primero se había tratado de la muerte de su hermanita, el peor momento de su vida, la antesala del divorcio de sus padres. Por aquella época, había comido en vilo esperando que se desatase una crisis de llanto o explotase una pelea. Y nunca la defraudaban, siempre se desataban, siempre explotaban. Después llegó el divorcio, el enojo de su madre, la cara de angustia de Martín, su padre, los cambios, los miedos, las preguntas sin respuesta, sobre todo la profunda e infinita tristeza. Le siguió el primer novio de Ana María, que se mudó con ellas poco tiempo después de comenzada la relación. Lo había odiado con la potencia que, ahora comprendía, provenía de su naturaleza ariana. “Y de tu Luna en Escorpio”, le apuntó su conciencia. Con la colaboración de Lucía Bertoni, había hecho lo imposible para arruinar la relación de esos dos. ¿De qué le había servido? De nada. Al contrario, la maldad se le había vuelto en contra y ahora la pagaba carísimo.

Esa noche de fines de enero en casa de Rita, pasó un buen momento por primera vez después de un año 2011 espantoso, plagado de desilusiones, errores y traspiés. En realidad, no recordaba una época en que hubiese sido feliz. Había tanto dolor en su vida que a veces, cuando se detenía a meditar, se admiraba de no haber perdido la cordura, porque, aunque en ocasiones cometiese locuras, eso no significaba que estuviese loca, ¿o sí?

Después de la cena y mientras Estela acostaba a Darío y a Belén, Rita y Bárbara fueron a la cocina a lavar los platos. A Bárbara le llamaron la atención unas hojas con extraños dibujos como mandalas, con símbolos rarísimos y surcados de líneas rojas, verdes y azules.

—¿Qué es esto? —preguntó, sin comedimiento; la prudencia no era una cualidad que la asistiese.

Rita se quitó los guantes de látex y se aproximó.

—Cartas astrales.

—¿Sos astróloga? —se pasmó.

—Aspirante a —respondió Rita—. Después de haber estudiado durante cuatro años, estoy preparando mi examen final. Rindo en dos semanas.

—¡Oh! No sabía que la astrología se estudiase.

—Ya lo creo que se estudia. Es una ciencia, como cualquier otra, más allá de que a lo largo de la historia haya sido denigrada y muchos la juzguen de charlatanería.

—¿Y no lo es?

—No. Es una ciencia, con siglos de sabiduría y conocimientos acumulados. ¿Sabés para qué sirve?

—¿Para adivinar el futuro?

—No. Ese argumento esgrimen los que quieren denostarla. En realidad sirve para conocernos y para conocer a los que nos rodean. Es una herramienta poderosa, que conlleva una elevación del espíritu. ¿Nunca te hiciste la carta astral? —Bárbara negó con la cabeza—. Si me lo permitís, yo te la voy a hacer. No ahora, porque primero quiero sacarme de encima este examen, pero sí después. Dame la fecha, hora y lugar de tu nacimiento.

—¿La hora?

—Sí, es clave. ¿La sabés?

—Sí. —Esperó a que Rita se hiciese de papel y lapicera y le dictó—: 15 de abril de 1995, a las once y cuarenta de la noche. En Buenos Aires —se acordó de añadir.

Dos semanas más tarde, Rita le mandó un mensaje para avisarle que había pasado el examen, que era una astróloga recién recibida y que la esperaba para leerle su carta astral, la primera que haría con su flamante título en la mano.

Esa tarde de fines de febrero se convirtió en un antes y un después para Bárbara. La lectura de su “interesantísima” —así la había definido Rita— carta astral duró algo más de tres horas en las cuales hubo lágrimas, risas, exclamaciones, entrecejos fruncidos, labios apretados, respiraciones aceleradas y sobre todo claridad, que trajo también un poco de serenidad a su alma atribulada.

Y como Rita siempre decía, nada era casual. Por eso, cuando el primer día de clase, en un arranque impulsivo propio de su signo enfrentó a Camila en el primer recreo y le confesó que lamentaba que su amistad se hubiese estropeado, y Camila, buena y generosa como siempre, le sugirió que la lectura de su carta astral podía ayudarla a encontrar el camino, Bárbara supo que estaba en la senda correcta y que ese año 2012 no resultaría tan nefasto como había previsto.

Una ovación la sacó del trance, y volvió a enfocar la vista en el patio. Córdoba chocaba los cinco con sus compañeros de equipo, que lo felicitaban por un nuevo gol, y aunque parecía en otro mundo, feliz y distendido, sus ojos oscuros se movieron deliberadamente hacia ella y la congelaron a través del cristal de la ventana. Se había tratado de un instante fugaz, y si Rita no hubiese advertido el intercambio, Bárbara habría creído que lo había imaginado.

—Bueno, bueno —susurró la preceptora, y volvió a sentarse tras el escritorio—. Veo que el alumno Collantonio no es inmune a la belleza de esta ariana. ¿De qué signo será?

Bárbara, por su parte, se preguntó si ya le habrían contado lo sucedido entre Lautaro Gómez y ella. Por alguna razón inexplicable, le molestaba que Collantonio se enterase de las guarradas que había cometido el año anterior, en especial del poco respeto que había tenido por sí misma.

Bárbara no estaba de acuerdo con Rita en definir su carta como “interesantísima”. Contradictora, difícil, compleja, enredada eran calificativos que, en su opinión, la acercaban a la realidad de las energías poderosas y opuestas que se debatían dentro de ella y que se reflejaban a diario en su vida. ¿O acaso con el Sol en Aries, la Luna en Escorpio y el Ascendente en Capricornio alguien se habría atrevido a afirmar que su destino sería fácil? Y esto sin mencionar que tenía a Marte en la Casa VIII y a Júpiter en la XII. Ahora comprendía lo que su abuela Lucy quería decir cuando expresaba “algunos nacen con estrella; otros, e

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