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NACIDA BAJO EL SOL DE ACUARIO (SERIE NACIDAS 2)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Bianca Rocamora consultó la hora de reojo: era tardísimo, las nueve y media de la noche.

—¡Bianca! —Irene Mattei detuvo el piano y la fulminó con sus ojos verdeazulados—. ¡Estás desconcentrada! Has fallado en esa nota y has hecho que todo el grupo pierda el hilo.

Percibió las miradas compasivas de sus cuatro compañeras y el calor que le trepaba por las mejillas.

—Disculpe, profesora —susurró.

No se le habría ocurrido tutearla ni llamarla por el nombre de pila. La mujer había fijado las reglas el primer día: «Para mis alumnos soy profesora, y nada de tutearme, como hacéis los jóvenes, hasta para dirigiros al Papa».

—¿Por qué estás desconcentrada?

—Es tarde —se atrevió a señalar.

Hacía tres horas que ensayaban en el estudio de Irene Mattei, una de las mejores profesoras de canto lírico de Buenos Aires. Habían comenzado hacia las seis y media con ejercicios de respiración para relajar el cuello y las cuerdas vocales y para «ubicar» el diafragma, como decía la profesora, y habían continuado con vocalizaciones antes de lanzarse a practicar las piezas que entonarían en la catedral el Domingo de Pascua. No estaba cansada: estaba exhausta. De todos modos, no era eso lo que la preocupaba y distraía, sino imaginarse el caos en su casa: sus hermanitos sin cenar y su madre tirada en la cama con las típicas náuseas nocturnas que la asaltaban durante los primeros meses de gestación. Sabía lo que su madre estaba sintiendo por una simple razón: ella experimentaba lo mismo. «Debido a que tu Luna está muy cerquita de Neptuno (a esto, los astrólogos lo llamamos conjunción Luna-Neptuno), percibes lo que tu madre siente —le había explicado la astróloga Alicia Buitrago hacía poco—. Las dos tenéis una conexión casi telepática. Neptuno tiene poderes mágicos. Es el brujo, el hechicero del zodíaco. No te asustes».

Sí, se había asustado. La lectura de su carta astral —regalo de cumpleaños de Camila Pérez, su íntima amiga— la había asustado muchísimo porque le había revelado aspectos de sí misma que ella negaba, y también porque le había confirmado una sospecha: aquel 29 de enero de 1995, a las 7.25 de la mañana, cuando asomó la cabeza en la sala de parto, los astros se habían asegurado de que su vida nunca sería simple, ni fácil.

—Sí, es tarde —admitió la profesora Mattei—, pero tenemos menos de un mes para ensayar, y como solo podéis venir dos veces por semana, es poco tiempo. Una profesional se debe a su trabajo, Bianca. Si quieres llegar a ser una profesional, tienes que hacer sacrificios.

«Sí, pero yo tengo que ir a bañar y dar de cenar a mis hermanos», replicó para sí, con la cabeza echada hacia delante. La levantó de pronto al recordar lo que la astróloga Linda Goodman afirmaba acerca de los acuarianos que es frecuente que dejen caer la cabeza cuando meditan o tienen un problema.

Oyó el bufido de Irene Mattei y, enseguida, sus palabras de claudicación:

—Está bien. Puedes irte. ¿El resto puede quedarse un momento más?

—Sí —contestaron a coro las demás.

Bianca no sabía cómo afrontar la siguiente conversación con la profesora Mattei. Fue recogiendo las partituras y metiéndolas lentamente en su bolso —al cual Lorena, su hermana mayor, calificaba de «boliviano»—, mientras buscaba las palabras y la fortaleza necesarias. Rehuía los conflictos y los enfrentamientos, eso era un hecho, y, según Alicia, se debía a otra típica característica de los nacidos con el Sol en Acuario. De algún modo la tranquilizaba que Linda Goodman dijera que no eran cobardes, sino que simplemente no estaban creados para el combate. «Como sí lo está Leo», reflexionó. Leo, su opuesto complementario. Leo, el signo de Sebastián Gálvez.

La profesora la acompañó por el largo pasillo hacia la salida. Se trataba de un apartamento viejo, con techos altos y ambientes amplios, en el último piso de un edificio de la década de los cuarenta. Irene Mattei lo había remodelado y acondicionado de modo tal que el sonido no molestase a los vecinos.

—Profesora —susurró en un punto donde la oscuridad se acentuó—, no voy a cantar el Domingo de Pascua en la catedral.

—¡Qué! —la mujer se detuvo en seco—. ¿Qué estás diciendo, criatura? ¡Bianca, mírame cuando te hablo!

Levantó la vista y la fijó en la rabiosa de Irene Mattei. «¡Qué guapa es!», se dijo por enésima vez, y la recordó en los vídeos que había visto en YouTube, cuando, de joven, la gran Mattei cantaba en los teatros líricos de Europa, Estados Unidos y Asia, maquillada y vestida con los trajes de los personajes que encarnaba. Sin duda, gran parte de la seguridad que había desplegado provenía de la certeza de ser magnífica. «Igual que Lorena», concluyó.

—¿Qué me estás diciendo? ¿Que no vas a cantar en la catedral? ¿Por qué?

—No puedo cantar el Avemaría de Schubert, sola, frente a toda esa gente. No estoy preparada.

—¡Soy yo la experta! ¡Soy yo la profesora! ¡Soy yo la que dice cuándo estás preparada!

«¡Soy yo! ¡Soy yo! —la emuló la voz interior de Bianca—. ¿Quién podría negar que esta mujer nació el 13 de agosto y que es leo?».

—Hace más de un año que estás bajo mi tutelaje, Bianca. Sé muy bien que estás preparada. El Domingo de Pascua vas a cantar. No se hable más.

La tozudez de la Mattei se convirtió en un impacto doloroso para Bianca. Estaba amenazando lo que su naturaleza protegía con mayor celo: la libertad.

—No —insistió—, no lo haré.

Fue evidente el desconcierto de la profesora, que se quedó mirándola con los ojos como platos.

¿Era su libertad lo que estaba en juego o la horrorizaba convertirse en el centro, en el punto de análisis de cientos de personas? Según Alicia, en su carta existía una tensión muy marcada entre la energía de Urano —el loco, el excéntrico— y Saturno —el deber, la responsabilidad—, y esto le provocaba pánico al rechazo y a no «encajar», a no ser aceptada, por lo que prefería encerrarse detrás de su sonrisa amable y sus ojos melancólicos a mostrar su verdadera naturaleza, que era vibrante, distinta y rara, como la de toda personalidad acuariana.

—¿Adónde vas? —la increpó Mattei.

Bianca había reanudado la marcha hacia la salida. Necesitaba irse, escapar.

—A mi casa. Es tarde.

—¡No te irás antes de arreglar este asunto! ¡No cambiaré el programa, Bianca! Ya están impresos los carteles y los anuncios publicados en la red, y tu nombre está en ellos. No puedes decir primero que sí y después que no. Con esa actitud no llegarás jamás a ser una profesional.

Se le nubló la vista. Añoraba ser una cantante lírica profesional, y la sola mención de que no lo lograría le desgarraba el corazón. Se pasó el dorso de la mano por los ojos, sin éxito: las lágrimas siguieron brotando. Aturdida y con la respiración entrecortada, alcanzó el vestíbulo. La Mattei seguía despotricando a su espalda.

Dio un paso atrás al escuchar el ruido de llaves: alguien iba a entrar. La puerta se abrió, y Bianca no logró contener una exclamación. De todos los mortales, ¿qué hacía Sebastián Gálvez en el apartamento de la Mattei? Se acordó de que tenía los ojos llorosos, la nariz roja y el pelo hecho un desastre. «¿Alguien me puede pegar tres tiros? Gracias».

Si por un instante pensó que Gálvez no la reconocería, su ilusión se hizo añicos.

—¡Bianca! ¿Qué haces aquí?

Pocas veces la había llamado por su nombre por una simple razón: rara vez le hablaba. Y rara vez le hablaba no porque para él la elocuencia fuese un problema, todo lo contrario. La culpa era de ella, que se escondía al verlo y lo rehuía como si fuese el conde Drácula. Se acordó de las palabras de Camila cuando, por fin, se animó a confesarle que estaba enamorada de él desde hacía años. «¿De verdad? —se había sorprendido—. ¿Quién lo diría? Jamás me preguntas por él, y eso que sabes que Seba y yo somos muy amigos. Nunca lo miras, nunca dices nada acerca de él».

Lo miraba ¡y cómo! Pero lo hacía sin quedar expuesta; era una experta en eso. Y como para él, todo un rey león, resultaba vital que lo mirasen y admirasen, quienes no lo hacían se convertían en seres invisibles, como ella. «Para él no existo, soy lo mismo que el aire. Claro, sin el aspecto vital del elemento».

—Hola —saludó con voz temblorosa, como en falsete. Pasó junto a él y salió al rellano.

—¡Eh! —insistió Gálvez—. ¿Adónde vas?

—Déjala, Sebastián —intervino la Mattei, más calmada—. Déjala que se vaya, que es tarde. Mañana tú y yo vamos a hablar —añadió, y con el índice apuntó hacia Bianca—. A mí nadie me viene con caprichitos. Tengo una reputación que cuidar —cerró la puerta sin despedirse.

Bianca se quedó temblando en el descansillo, los ojos bien abiertos perforando la oscuridad. No conseguía librarse del estupor. ¿Qué hacía Gálvez donde la profesora Mattei? ¿Por qué tenía las llaves del estudio? Escuchó las voces elevadas que se filtraban por los resquicios de la puerta y se aproximó con paso tímido e inseguro. Apoyó la oreja, y el frío de la chapa blindada le provocó un escalofrío.

—¿Por qué estaba llorando? Te conozco, Irene. Sé lo borde que puedes ser. Y Bianca es solo una cría.

El comentario la sacudió del estupor. «Oh, bueno, no soy tan cría, Mr. Músculo. Mi primera menstruación la tuve a los diez años. ¿Eso no cuenta?».

—No es ninguna cría, Sebastián —replicó la Mattei—. ¿De qué la conoces?

—Somos compañeros del instituto. ¿Por qué estaba llorando?

—Pretende dejarme plantada para la presentación del Domingo de Pascua cuando ya tengo todo armado en torno a ella. Tiene una voz extraordinaria, la necesito.

«Ah, esta es buena. ¿Así que la gran Mattei piensa que tengo una voz extraordinaria? Me habría gustado que me lo dijera a mí en lugar de decirme que canto mal. Pero me gusta que se lo diga a Mr. Músculo».

—Hay que presionarla, de lo contrario, ella no la sacará fuera.

Temió seguir escuchando. Se retiró de la puerta y, sin encender la luz del descansillo, llamó el ascensor. Una calidad irreal la dominaba. «¿De qué te sorprendes? —se quejó—. ¿Acaso Linda Goodman no afirma que a un acuario puede pasarle cualquier cosa, y subraya lo de cualquier cosa?».

Si no hubiese estado tan ajustada con el dinero, habría tomado un taxi. Tenía miedo. Estaba sola en la parada del autobús, y en la calle no había un alma. Hechos delictivos y de violencia protagonizaban los informativos, sin mencionar que andaba suelto un violador al que la policía no conseguía atrapar y que había atacado en distintos puntos de la ciudad.

Se sobresaltó al sonido de un timbre, y enseguida se dio cuenta de que correspondía al portón automático del edificio de la Mattei, que se abría. Los faros de un automóvil bañaron de luz la acera antes de que apareciera el morro de un Peugeot 206, que avanzó lentamente y bien pegado al bordillo. Se detuvo en la parada, y Bianca retrocedió unos pasos, lista para huir.

La ventanilla tintada del copiloto descendió, y apareció la cara perfecta de Gálvez. Su sonrisa de anuncio de Colgate le dejó la mente en blanco.

—Te llevo a tu casa. No puedes estar aquí sola en la parada. Son casi las diez de la noche. ¿Qué pretendes? ¿Que te agarre el violador?

Bianca acertó a pensar: «Tengo un problema con este tío: cada vez que lo veo se me seca la boca y el corazón se me sube a la garganta, por lo que no puedo emitir palabra. Jamás conseguiré hablarle. No quiero subir al coche con él». Negó con la cabeza y soltó un «no, gracias» sin aliento. Gálvez debió de leerle los labios, puesto que dijo:

—¿Cómo que «no, gracias»? Si tu amiga Camila se entera de que te dejé aquí sola para que el hijo de puta del violador se haga un festín contigo, me mata.

La amistad entre Camila y Sebastián Gálvez se cimentaba desde los días vividos en las sierras cordobesas el año anterior. Se trataban con la confianza y el cariño con los que ella jamás podría relacionarse con él.

—Vamos, Bianca. No me hagas bajar para obligarte a subir al coche.

Le gustaba que la llamase por su nombre. Con nadie le sucedía, jamás reparaba en cómo la llamaban. En cambio, con Gálvez cada detalle contaba, hasta un simple pestañeo. La enfadó la dependencia a la que se sometía a causa de ese chico, por lo que se aproximó al Peugeot con paso decidido y cara de fastidio. Gálvez abrió la puerta desde adentro, haciendo gala de su brazo apenas cubierto por la manga corta de la camiseta Lacoste. Era largo, fibroso y grueso, y un pelo rojizo le cubría el antebrazo. Horas de levantar pesas habían modelado los músculos y remarcado los tendones. «Mientras se infla como un sapo con las pesas, el cerebro se le achica como un cacahuete», concluyó, para atizar el fuego de la ira.

Subió embanderada en su enojo y lo usó como un escudo. Cerró con un golpe un poco más fuerte del necesario y fijó la vista en el parabrisas. Gálvez levantó el volumen de la radio, y Wake Me Up When September Ends comenzó a sonar. Esa canción fue su perdición. La gustaba la voz de Billie Joe Armstrong, sobre todo en Wake Me Up When September Ends, que él había compuesto inspirado en lo que le pidió a su madre al regresar del entierro de su padre: «Despiértame cuando termine septiembre». Apretó las manos en torno a su bolso «boliviano» y se mordió el labio para reprimir el llanto.

«Cualquier cosa», recordó. En verdad, a los de acuario les suceden las cosas más disparatadas. Si no, ¿cómo se explicaba que ella se hallase confinada en el habitáculo de un coche, con el chico por el que suspiraba desde los trece, el cual jamás se había dignado a dirigirle una mirada, y a punto de echarse a llorar como lo hacía su hermanita Lourdes cuando tenía hambre, sueño y los pañales sucios?

Wake me up when September ends.
Here comes the rain again falling from the stars…

No seguiría por ese camino, no repetiría los versos de la canción, de lo contrario rompería, no a llorar, sino a gritar. «¿Qué me pasa?». Esa sensiblería no le resultaba conocida. Se aferró al pensamiento de su hermanita Lourdes, y se la imaginó en ese momento, hambrienta y fastidiosa, cranky, como decía la abuela Kathleen, que a pesar de haber llegado de Inglaterra más de treinta años atrás, no abandonaba su lengua materna.

En el primer semáforo en rojo, Gálvez la aferró por el mentón y la miró. Ella le permitió que lo hiciera hasta darse cuenta de lo que estaba sucediendo: Sebastián Gálvez estaba tocándola y mirándola con ojos seductores, de esos que usaba a menudo con otras. Bajó los párpados y apartó la cara.

—¿Por qué lloras?

A continuación sonó la canción de James Blunt You’re Beautiful, y Bianca habría jurado que el locutor de la radio se había confabulado con Gálvez y en su contra para hacerla quedar como una idiota.

—Pasa de Irene. A veces es una borde. ¿Qué te ha hecho?

Jamás conseguiría articular palabra. Segundo tras segundo, la pelota en la garganta adquiría dimensiones alarmantes. Entonces, recordó que ella, en el último año, había adquirido una gran habilidad para controlar su aparato respiratorio, no solo como consecuencia de los ejercicios para el canto lírico, sino por las técnicas que su tía Claudia le enseñaba para meditar. Y las aplicó. Respiró lenta y profundamente. Gálvez jamás habría adivinado lo que estaba haciendo porque utilizaba partes que los comunes mortales jamás usan, y su plexo solar no se movía. No obstante, sentía cómo el aire se deslizaba por su pecho, como si se tratara de un cilindro que comenzaba en la nariz y terminaba bajo el diafragma. La tensión la abandonaba, los músculos se relajaban, y ella adquiría el control.

—La profesora Mattei…

—¿Sí? —la animó él.

—Ella… Ella tiene razón.

—¿Sí? ¿Por qué?

Guardó silencio y estudió los movimientos precisos y seguros de esas manos sobre el cambio de marchas y el de las piernas so

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