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NENúFAR

Francisca Feuerhake  

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Fragmento

Vivía con la Olivia, mi prima lejana, en un departamento en Seminario que ella mantenía filmando videos de matrimonios. La Olivia ahorraba plata desde que tenía once años. Comenzó el día en que su abuelo le dio un billete de diez lucas para su primera comunión y, dichosa, le pidió a su papá que lo guardara en el banco para «cuando fuera grande». Y así lo hizo con casi todos los billetes grandes que le dieron, e incluso, durante su adolescencia terminó pidiendo directamente el costo de sus regalos para navidades y cumpleaños. Tuvo que luchar contra una mamá frustrada y los malhablados de turno, pero así —después de no tanto tiempo— pudo pagar los primeros meses de arriendo de su vida independiente. Tenía apenas veintiún años. Una tarde me invitó a conocer su hogar vacío y me propuso que viviéramos juntas. Ante mis reparos financieros fue cordialmente tajante: «Me pagarás lo que puedas y cuando puedas».

Desde el departamento divisábamos el almacén donde Olivia compraba pequeñas cajitas de detergente y yo mis cigarrillos mentolados. Ese verano lo pasamos en Santiago. Sobreviví vendiendo óleos pequeños en todas las ferias independientes que encontraba. En una de ellas conocimos a Gerónimo, un pintor terriblemente tímido y hediondo que se hizo nuestro amigo. Lo recibíamos en el departamento con cerveza helada y la posibilidad abierta de que se duchara con nuestros jabones artesanales con aroma a limón o naranja, pero nunca entendió las indirectas. Él escuchaba a Olivia desde un sillón de mimbre con los ojos entrecerrados, como si la fascinación que ella le provocaba lo encegueciera lentamente de admiración o ternura.

Ese verano me transformé en un detective del amor y me enorgullecí de descubrimientos minúsculos pero decidores; por ejemplo, que Gerónimo se paralizaba cuando la Olivia se peinaba hacia el lado o cuando mostraba los dientes en algún ataque de risa. Más tarde, cuando nuestro amigo se iba a la casa que compartía con su abuela, le contaba mis descubrimientos a mi prima y la Olivia me miraba con falsa incredulidad: con una cara de sospecha que encerraba, sin embargo, algún tipo de conformidad. Se reía con mis imitaciones de las expresiones lascivas y anhelantes de Gerónimo; y luego nos imaginábamos a los tres viejos, casados entre nosotros, viviendo en ese mismo departamento y peleándonos por quién compraba parafina.

La Olivia tenía cuatro cosas grandes y costosas: su departamento, su cama de dos plazas, su cámara y su computador de quince pulgadas. Lo usaba para editar los videos de matrimonios que vendía en quinientas lucas. Había partido sacando fotos con una cámara que le prestaba una amiga del colegio, pero después se había dado cuenta de que la fotografía no la llenaba por completo. Sentía que era falsa, incompleta, algo coja, apenas un fragmento. Cuando fumaba marihuana me hablaba de su proyecto magno: hacer una película que nunca acabara y que pudiera englobar la mayoría de las frustraciones o contradicciones humanas. «¿Se entiende?», me preguntaba mientras aguantab

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