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NIñAS RICAS

María Paz Rodríguez  

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Fragmento

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Nadie sabe lo que para una mujer significa ser bella. Las mujeres bonitas, las especialmente bonitas, no se dan cuenta de esta cualidad salvo por lo que provocan en los demás. Ellas tienen a su favor la natural inclinación del resto por complacerlas. El aspecto, se sabe, es solo proyección de una película mental; de un rol o una fantasía infantil que se prolonga y que va mutando. Nadie nace consciente de su aspecto hasta que los otros le dan un valor y eso va redefiniendo la identidad. Lo común detecta lo extraordinario, lo necesita. ¿Acaso la belleza no tiene algo de contagioso? Se nos enseña qué es lo bello; nos lo dicen todos los días. Y lo otro, esa isla donde habita el resto de los mortales, no existe, se invisibiliza, es borrado del sistema. El deseo inmediato de cada mujer que conozco se relaciona con su cuerpo; mejorarlo, adelgazarlo, cambiarlo, moldearlo. A la larga, la belleza es irrelevante, no sirve para nada más que para ser vista. Aunque supongo que con mirar basta, considerando los tiempos que corren. Queremos mirar e imaginar esas vidas. Ahí hay una promesa, la belleza de los otros nos redime.

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Ser bonita como Gabriela es lo que todas hubiéramos querido en el colegio. Una especie de muñeca bien proporcionada, de huesos finos, delicados, como si cada parte de su cuerpo se hubiera hecho con mucha detención. Más alta que nosotras, la suavidad de sus rasgados ojos azules, la piel blanca sin manchas ni imperfecciones, el pelo castaño, largo y ondulado, contrastaba en un todo armónico con su boca ancha, la frente amplia y la nariz angulosa. La delgadez perfecta, las proporciones adecuadas para su contextura. Un cuerpo duro y suave a la vez. Un cuerpo frágil, volátil; un cuerpo tan delicado que cada movimiento marcaba sus músculos. Con cada movimiento, también, Gabriela parecía estar suspendida en otro aire, distinto al nuestro. A su lado, todas las demás éramos invisibles. A pesar de eso, la queríamos. Parecía inconsciente de su belleza, no entendía en realidad la envidia del resto, apenas se miraba en el espejo.

Solía quejarse del tiempo, de lo lento que pasaba encerrada en un salón de clases escuchando lecciones que ya conocía. También, solía llevar una libreta de notas donde apuntaba fragmentos de poemas que le llamaban la atención, dibujos que ella misma hacía; retazos de esa imaginación que muy pocos pudimos conocer. Cuando acompañaba a mi mamá a hacer las compras, la veía andando en skate en el estacionamiento del centro comercial. Rodeada de muchachos que usaban polerones anchos, cadenas en el bolsillo y el pelo rapado debajo de un gorro de lana que parecían no prestarle atención. Ninguno iba a nuestro colegio, pero Gabriela se acoplaba bien a esa tribu. Los chicos le enseñaban sus trucos y ella era buena imitadora.

Cuando empezamos a ser amigas yo la acompañaba y, sentada en la vereda, la veía caerse, rasparse las rodillas, rodar por el aire cuando intentaba saltar un lomo de toro. Como una equilibrista, Gabriela controlaba el eje de su cuerpo para mantenerse arriba del skate. Hasta cierto punto, esa era su magia, mantenerse arriba, en equilibrio. Así se conectaba con ese otro lado suyo, mientras la música sonaba en sus audífonos grandes y celestes que nunca se sacaba. Jamás me atreví a subirme a su skate. Mi lugar, creo, era vivir a través de Gabriela.

Ella solía discutir con nuestras profesoras de literatura y filosofía. La veo abriendo su mochila de jeans desteñida y mostrándome: Nietzsche, Rimbaud, Nabokov. Según Gabriela, esos autores no estaban en la biblioteca de nuestro colegio. Lolita es el libro, todo está ahí, solía decirme, mientras exhalaba el humo de su cigarro sobre el pasto húmedo, mirándome entre sus anteojos de sol con las uñas de los pies pintadas de rojo. Lo que ella descubría en sus lecturas nos era ajeno, difícil de comprender. Como un clavado desde la punta de su entusiasmo, Gabriela solo tenía que saltar y sumergirse. Y lo hacía cada vez. Estaba destinada a ser grandiosa. También a estar sola. Pero por mientras se fue rodeando de aficionadas como nosotras; de turistas que, como yo, la seguíamos y le copiábamos. A los diecisiete, todas queríamos ser como Gabriela. No creo que con el tiempo eso haya cambiado tanto.

El 31 de octubre de ese año una de nuestras compañeras organizó una fiesta de disfraces en su casa. Sus padres no estaban y podíamos hacer lo que quisiéramos. Yo no salía mucho pero esa vez me animé. Con Gabriela apenas nos conocíamos. Habíamos intercambiado frases sueltas en el recreo y un par de veces me había pedido cigarros; yo compraba cajetillas de Lucky Light de diez en el kiosko de la esquina. Ella había estado en el paralelo y ese año éramos compañeras de curso por primera vez. Cuando esa noche me invitó a fumar marihuana al segundo piso, me sentí honrada. Ella era realeza. Y yo la amiga simpática a la que invitaban para rellenar. Cuando llegamos a la terraza me pidió que le mostrara los tatuajes que tenía en la espalda: una rama de cerezo en flor, la forma de un pájaro de origami, una frase escrita al revés para que solo yo pudiera entenderla desde el espejo. Ella los fue siguiendo con los dedos como leyendo en braille mientras le explicaba lo que significaban para mí. Hablé rápido, nerviosa por estar sola con ella. La garganta que traga y traga saliva, y hace un leve sonido cada vez; la lengua que se tupe con la cantidad de palabras rápidas; una muchacha que quiere ser amiga de otra; que quiere abrazarla y pedirle que la acepte y que la quiera.

Esa noche bailamos juntas, compartimos la misma botella de cerveza de litro y la cajetilla que me quedaba. Era bueno estar borrachas, metíamos ruido, sabíamos que el resto de la fiesta nos observaba desde el jardín y no nos importó. Incluso les gritábamos si querían subir, si nos traían puchos, haciéndonos las interesantes. Las sexys. Y lo éramos. Yo sentía por primera vez que mi vida era un «algo» distinto a la vida de hija mayor en la casa de mis padres. Esta alianza con Gabriela venía a reubicarme.

Y no creo haberlo pasado mejor en el resto de mis fiestas escolares.

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Cuando se supo que Gabriela se iba del colegio no lo podíamos creer. Teníamos diecisiete, estábamos a punto de salir. Tenía buenas notas, excelencia en deportes, además de muchas amigas. Todas sospechábamos lo que sucedía pero nadie lo hablaba. Había un acuerdo tácito; un mirar para el lado teñido de la ignorancia de nuestros padres que nos pedían rezar por ella. En mi casa, y supongo que en las de mis compañeras de colegio, todo se resolvía rezando por los demás. Y fueron ellos los que nos mantuvieron al margen de lo que en realidad pasó ese verano del 99.

Yo no me atreví a visitarla después de su ausencia. Nadie lo había hecho. Y aunque estábamos preocupadas por Gabriela, mis compañeras y yo no tuvimos la valentía de llamarla o ir a verla. Una vez me encontré con su papá en el supermercado y me acerqué para preguntarle por ella, pero pasó de largo sin responderme. Esa misma tarde de marzo la llamé y Gabriela me dijo que me esperaba al día siguiente en su casa. Ven sola y si ves el auto de mi viejo estacionado no toques el timbre.

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Nunca se sabe bien cuándo se empieza a ser amiga de alguien. Gabriela vivía cerca mío y empecé a visitarla a diario después del colegio. Nos encerrábamos por horas a escuchar Massive Atack y PJ Harvey, mientras fumábamos la marihuana que se conseguía con sus amigos skaters. En su pieza planeábamos el futuro; cómo seríamos, qué estudiaríamos. Encerradas en un momento irrepetible, tan jóvenes, tan apuradas por terminar pronto el colegio y empezar a vivir como adultas, no sabíamos el tiempo que teníamos por delante. Al menos así lo sentía de regreso a mi casa, a mi vida, a la eterna rutina de una familia normal. Había algo afuera de mi ventana, una sombra: otras fiestas, otras drogas, otros lugares que conoceríamos juntas. Gabriela era mi promesa, mi entrada a ese mundo.

Recuerdo que su padre nunca estaba y yo solía quedarme a dormir seguido en su casa. Hacíamos hora para ver las películas porno que daban de trasnoche en Cinemax. Siento cómo me palpita aquí, como otro corazón en el poto, me decía, y me mostraba los calzones blancos y húmedos. Yo también me calentaba pero me sentía incómoda y no le contestaba. Me hacía la dormida mientras espiaba cómo Gabriela se masturbaba por debajo de la frazada. Una de esas veces ella me enseñó a tocarme. Al principio lo hizo con su mano y luego tomó la mía y me guio. Nunca nos miramos mientras lo hacía. La puerta cerrada, el volumen despacito, las piernas abiertas, ambas azules por el reflejo de la tele. Terminamos casi al mismo tiempo y luego me fui a mi casa muerta de vergüenza. A ella no pareció importarle. Tampoco lo hablamos después. Esta fue, durante esos meses, mi primera y única forma de sexualidad.

Ese verano del 99 nos echábamos sobre el pasto seco y pasábamos la tarde junto a su piscina. Como no me gustaba que me vieran en traje de baño me metía rápido al agua, aunque Gabriela nunca miraba. No le interesaban los otros cuerpos. Tampoco el suyo. Yo sí la espiaba mientras tomaba sol, cuando se vestía o antes de meterse a la ducha. Sentada bajo el agua, en la parte honda, yo contaba los segundos hasta que no aguantaba más la respiración. Era una especie de juego. Gabriela me tomaba el tiempo con un cronómetro que tenía colgado. Yo la veía parada en el borde, aparecían sus márgenes difusos por el agua. Su cuerpo tan delgado a contraluz. Una amazona con el pelo aclarado por el sol, con el bikini negro amarrado en el cuello. Luego se sumerg ...