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NO HEMOS ENTENDIDO NADA

Diego Ignacio Salazar Chacaltana  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Dedicatoria

Epígrafe

Introducción: Too soon to tell

No hemos entendido nada

¿Para qué hacemos todo esto?

El efecto Wile E. Coyote

Actrices porno, tiburones, azafatas que venden sexo y la crisis de la prensa

Mujeres y periodismo

Mansplaining y medios de comunicación

Divorcios por no responder en LINE, chicas que sangran por los ojos y qué le ocurre a la BBC

Ninguna azafata fue despedida por tener sexo con pasajeros

El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker

La verdadera muerte de Kitty Genovese

Justin Bieber diseña y crea una camiseta blanca: ¿qué hacen los medios contra la propaganda?

La incisiva y demoledora paciencia de Ryan Lizza: ¿por qué debemos respetar el proceso?

Recibe antes que nadie historias como ésta

Mostrar o no mostrar imágenes violentas: un apasionante debate periodístico

El caso Sportflix o el periodismo como tablón de anuncios de supermercado

Manuel Bartual se está viralizando o ¿para qué sirve —y a quién le importa— el periodismo cultural?

Frida Sofía no estaba ahí o los peligros del periodismo en directo en tiempos de redes sociales

El caso Mariana de Althaus o qué ocurre cuando los bancos son creadores de contenido

Venezolanos en Perú: La xenofobia nuestra de cada día o cómo los medios han renunciado a sus responsabilidades editoriales

Lo que hemos dejado que Facebook haga con las noticias

¿Qué es la posverdad?

Bibliografía

Sobre este libro

Sobre el autor

Créditos

A mis padres, Nora y Ulises,

sin quienes no estaría aquí.

A mi hermana Silvana,

sin quien no hubiera sido niño.

A Enrique Rodríguez,

sin quien no sería adulto.

A Julio Villanueva Chang, Ricardo Cayuela

y Ramón González Férriz, sin quienes no sería periodista.

A Lizzy Cantú,

sin quien no estaría vivo.

Como cantaban los Beach Boys,

God only knows what I’d be without you.

Ustedes me entienden.

 

 

I want to understand. If others understand in the same way I’ve understood that gives me a sense of satisfaction, like being among equals.

Hannah Arendt

Those tangled versions of the truth are Combed out, the snarls ripped out And spread around.

John Ashbery

Balk’s First Law: Everything you hate about the Internet is actually everything you hate about people.

Balk’s Second Law: The worst thing is knowing what everyone thinks about anything.

Balk’s Third Law: If you think the Internet is terrible now, just wait a while.

Alex Balk

A little girl once said something in front of me that I just loved. She had misbehaved and her mother was scolding her, saying, “But put yourself in other people’s position!” And the little girl answered, “But if I put myself in their position, where do they go?” I have often thought of that since I started writing these kinds of “nonfiction” books, the rules and moral imperatives of which I was starting to become acquainted with. I don’t think you can put yourself in other people’s positions. Nor should you. All you can do is occupy your own, as fully as possible, and say that you are trying to imagine what it’s like to be someone else, but say it’s you who’s imagining it, and that’s all.

Emmanuel Carrère

Entre el cliente y la verdad seguimos optando por la verdad, que entendemos es la mejor manera de defender al cliente.

Dante Panzari

Journalism works best when there is a powerful punch, a story that draws us into a larger question.

Siva Vaidhyanathan

Newspapers are not waifs. They reflect their source.

A. J. Liebling

Vuelvo a la idea de que la mayor parte de lo que consideramos futuro está ya sucediendo y de que el presente no para de mandarnos señales. El problema está en que no tenemos ni idea de si mirar al coche autónomo o a los insectos modificados genéticamente, a la neurociencia o a la criptografía. El propio Internet hace que sea más difícil que nunca separar las pistas verdaderas de las falsas. Demasiada información, demasiado hype, demasiados caminos explorados a la vez, demasiadas ganas de que lo siguiente llegue ya y de enterarnos antes que nadie.

Delia Rodríguez

Everyone is entitled to his own opinion, but not to his own facts.

Daniel Patrick Moynihan

To see what is in front of one’s nose needs a constant struggle.

George Orwell

Never ascribe to malice that which is adequately explained by stupidity.

Robert J. Hanlon

 

Introducción: Too soon to tell

La leyenda cuenta que, en 1972, cuando Richard Nixon se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar la República Popular China, el líder republicano se encontraba conversando con su anfitrión, el premier chino Zhou Enlai.

Zhou Enlai, un reconocido diplomático, hombre de confianza de Mao Zedong y el responsable, junto a Henry Kissinger, de la histórica visita de Nixon, había vivido y estudiado en Inglaterra y Francia. Tanto Kissinger como otros miembros de la delegación americana habían comentado al presidente Nixon el interés de Enlai por la historia europea.

Así que durante una de las varias charlas que mantuvieron, Nixon le preguntó qué opinaba de la revolución francesa. A lo que Zhou Enlai respondió: «Too soon to tell». Es decir, «demasiado pronto para saber».

Existen diversas versiones del relato. En algunas ocasiones quien hace la pregunta y recibe la respuesta es el propio Nixon, en otras es Kissinger y, a veces, algún otro miembro de la delegación americana.

Sea como fuere, la frase se ha convertido en un cliché de la historia política del siglo XX y en un ejemplo de la visión de largo plazo que guía a los líderes políticos chinos.

Imagínate, reza el lugar común, con qué perspectiva histórica contemplan los líderes chinos el mundo, si una de sus mentes más brillantes, si uno de los responsables de abrir al mundo la economía y la diplomacia chinas, pensaba, en 1972, que todavía no había pasado el tiempo suficiente para analizar el impacto de un evento ocurrido en 1789, hacía casi 200 años.

El problema es que, en realidad, la historia no ocurrió así. El problema es que la frase de Zhou Enlai ha sido víctima de un enorme malentendido.

En 2011, el periodista Richard McGregor publicó en el Financial Times el testimonio de Charles W. «Chas» Freeman, un antiguo diplomático norteamericano que estuvo presente durante la conversación de Nixon y Zhou Enlai.

«Recuerdo claramente el intercambio. Hubo un malentendido que fue demasiado delicioso como para ser corregido», dijo, en 2011, Freeman. El diplomático explicaba que Nixon preguntó por la «revolución francesa» y la «comuna de París». Pero «esos eran los términos exactos con que los estudiantes describían lo que ocurría en 1968 [en Francia] y así fue como los entendió Zhou [Enlai]».

O sea, lejos de refererirse a la Revolución Francesa de 1789, Zhou Enlai respondió creyendo que se le preguntaba por Mayo de 1968, una revolución algo más modesta y que había ocurrido solo cuatro años antes.

En una conversación posterior con otro periodista1 llamado W. Joseph Campbell, el diplomático «Chas» Freeman abunda en lo ocurrido: «No puedo explicar la confusión acerca del comentario de Zhou más que en términos de un estereotipo (y como es usual con los estereotipos, parcialmente revelador) convenientemente reafirmado sobre los estadistas chinos como individuos visionarios que piensan con una mayor perspectiva que sus pares occidentales. Era lo que la gente quería escuchar y creer, así que caló».

La historia de Zhou Enlai y su «too soon to tell» (o «too early to tell», se usan ambas versiones de forma indistinta) me interesa por dos razones, ambas relacionadas con el objeto de este libro: el periodismo en tiempos de Internet. Y hoy, nos guste o no, salvo contadísimas excepciones todo el periodismo que se hace, se hace pensando en Internet.

Me interesa, primero, por esto que dice Freeman: «Un estereotipo convenientemente ratificado (…) era lo que la gente quería creer, así que caló». Esa explicación, sin más, puede aplicarse a buena parte de las llamadas fake news o noticias falsas que consiguen eco y una gigantesca distribución en redes sociales.

Y segundo, porque, la famosa frase «too soon to tell» encierra en su simpleza y economía de palabras una verdad aplicable al futuro del periodismo en tiempos de Internet.

El periodismo de Internet tiene poco más de una década. Si bien existen webs de medios online desde mediados o finales de los años 90, las redes sociales —que son, como explicaré más adelante, el principal motor de cambio de la industria de medios— datan de mediados de la década de los 2000.

El primer tuit2 fue publicado el 21 de marzo de 2006 por Jack Dorsey, uno de los cuatro fundadores de Twitter. Mientras que Facebook, más o menos como lo conocemos hoy, no apareció sino hasta setiembre de 2006, cuando Mark Zuckerberg abrió la plataforma a cualquier persona mayor de 13 años con una dirección de correo válida e introdujo el newsfeed. Hasta ese momento, Facebook se encontraba solo disponible para estudiantes universitarios y de secundaria de Estados Unidos y Canadá. Y, además, no era sino una colección de perfiles personales a los que uno debía acceder si quería saber lo que cada persona iba posteando en su propio muro.

También en 2006 debutó la versión oficial de Google News3. Hasta entonces solo existió una versión Beta en inglés, que la compañía iba actualizando y probando.

O sea, si tomamos estos tres lanzamientos como hitos y convenimos en que tanto Twitter como Facebook y Google News han sido fundamentales a la hora de perfilar la manera en que los usuarios consumimos noticias (y, por ende, en que los medios las producen), podemos decir que el periodismo de Internet no tiene sino poco más de diez años. Nada. No se encuentra ni en su adolescencia. O sea, si alguien hoy, incluso después del tiempo dedicado a investigar y escribir este libro, me preguntara qué opino de las consecuencias de la irrupción de Internet —y Facebook, Twitter y Google News, etc.— en el periodismo y la industria de medios, la respuesta honesta debería ser «too soon to tell».

La respuesta fácil y pesimista sería hablar de la decadencia del periodismo, de la avalancha de fake news, de la pérdida del rigor, de la debilidad de buena parte de la audiencia por la información de dudosa calidad y la complicidad de los medios a la hora de satisfacer con rápidez y sin escrúpulos esa demanda.

La respuesta optimista sería señalar, como indico en otro capítulo, que nunca se ha hecho mejor periodismo que el que se hace hoy. Que nunca hemos contado con mejores herramientas para la producción de contenido periodístico y para su distribución. Que nunca ha sido, en teoría, más sencillo llegar a una audiencia gigantesca.

Ocurre, para desinflar un poco ese optimismo, que todavía no sabemos quién va a pagar por ese periodismo. Ocurre que, ante la destrucción del modelo de negocio tradicional ad-driven, es todavía muy pronto para saber qué sobrevivirá y qué no del ecosistema de medios y del periodismo cómo lo conocíamos hasta ahora. «Too soon to tell».

Durante los dos años que he dedicado a la escritura de este libro he tenido la extraña sensación de estar redactando mi propio obituario. El mío y el de mi oficio.

Como explico en el siguiente capítulo, el proyecto nació en la columna semanal que escribí durante mi último año como editor multiplataforma del diario Perú21. Desde entonces, el libro ha ido tomando muchas formas.

Lo que originalmente iba a ser tan solo un puñado de reflexiones sobre el estado actual del periodismo, se convirtió en una investigación obsesiva. Artículos tras artículos, libros tras libros, conversaciones tras conversaciones, entrevistas tras entrevistas. Millares de notas tomadas en libretas o en un notebook de Evernote.

Y en eso andaba cuando un día, en junio de 2017, decidí, para empezar a ordenar las ideas, abrir un blog llamado No hemos entendido nada.

En principio no iba a ser más que eso, un espacio personal pero abierto al público donde ir descargando los datos que iba acumulando y las reflexiones que iban surgiendo a propósito de lo aprendido durante mi investigación. Pero, poco a poco, el blog pasó de ser una libreta en sucio a ser casi el libro mismo.

A diferencia de muchos periodistas, de muchos escritores, yo empecé a vivir de escribir casi desde el inicio de mi carrera. Conseguí mi primer trabajo fijo como redactor a los 21 años, cuando todavía era un estudiante de Derecho inmigrante en un país extranjero que soñaba con ser escritor. Por esos años, a principios de los 2000, empezaron a surgir blogs por todas partes, blogs donde aspirantes a periodistas y escritores escribían todo aquello que nadie les pagaba por escribir.

Yo leía esos blogs, algunos mejores, otros peores, pero con honrosas excepciones, los miraba con una pueril e idiota condescendencia.

Cuando alguien me preguntaba por qué no tenía un blog, respondía, desde mi insolencia tardoadolescente, que yo solo escribía por dinero. Si alguien quería pagarme por un blog, fantástico, pero no tenía intención alguna de dedicar horas a teclear sin recibir dinero a cambio.

Que este libro se haya escrito en un blog, un blog que nadie me pagó por escribir, un blog en la era en que a nadie parece importarle ya los blogs, no deja de ser una deliciosa ironía, una bofetada de realidad a mi pretencioso yo tardoadolescente.

Que este libro haya tomado forma en un blog es, también, un involutario homenaje a una plataforma que cambió la producción de información en Internet en la primera década de los años 2000 y que hoy, parece, se encuentra en retirada. Los blogs, vistos ahora a la distancia, fueron la última innovación en lo que a producción de contenido se refiere antes de que viniera Facebook y devorara todo.

Un ejemplo, The Awl, quizá el blog independiente más inteligente de la prensa norteamericana, anunció su cierre el 16 de enero de 2018. Muchos lectores no lo conocerán, pero The Awl, con su lema «be less stupid» («sé menos estúpido»), se convirtió en el ejemplo de que el contenido en Internet podía ser provocador sin dejar de ser elegante y que para tener éxito en Internet no hacía falta minusvalorar a tu audiencia. Desde 2009 hasta 2018, fue la cantera de una generación de periodistas norteamericanos que ahora pasean su talento por las páginas de Vice, The Atlantic, The New Yorker, The New York Times, Buzzfeed y un largo etcétera de publicaciones.

En su post de despedida4, uno de los editores y co-creadores, Alex Balk, escribió acerca del nacimiento de The Awl:

Creíamos que había una audiencia de lectores inteligentes que estaba siendo atendida de forma pobre por las mismas historias de siempre en repetición constante, empobreciendo aun más su dieta lectora. Creíamos que no había tema que no mereciera ser escrutado, siempre y cuando se abordara desde un ángulo inteligente. (...)

¿Qué tal lo hicimos?

Bueno, estamos muertos ya, así que quizá no lo hicimos genial, pero sobrevivimos bastante más de lo que cualquiera de nosotros pensó al principio, así que lo hicimos mejor de lo que esperábamos.

Líneas más adelante, Balk insistía en la hazaña que supusieron los nueve años de existencia de The Awl:

Si estás dispuesto a sacrificarte, nunca tendrás que ceder en tus principios, y me siento orgulloso al decir que cedimos muy poco a lo largo de estos nueve años. Eso, desafortunadamente, significa que nos sacrificamos bastante, y que pasado cierto tiempo tanto sacrificio se hace insostenible. La sorpresa no es que The Awl no haya durado, la sorpresa es que haya durado tanto tiempo.

Ese tono elegiaco, incluso triste y desengañado, contrasta con los inicios del blog. Esto es lo que decía Choire Sicha, otro de los co-fundadores de The Awl, al fallecido corresponsal de medios de The New York Times, David Carr, en una nota de 20105:

Mis amigos no paran de hablar sobre lo mucho que les gustaría lanzar un site, pero se quejan de que necesitan soporte financiero, y yo los miro y les digo qué están esperando. Todo lo que necesitas es WordPress y teclear un montón. Claro, me fui a la quiebra empezando [The Awl], destrocé mi vida y trabajo todo el tiempo, pero más allá de eso no ha sido tan difícil.

En el mundo pre-Facebook fundar una web era relativamente barato y uno podía esperar, quizá equivocadamente, que con el tiempo y una audiencia creciente la publicidad digital terminaría pagando las facturas. Eso fue cierto incluso hasta hace poco, hasta que Facebook y Google se adueñaron por completo de la torta publicitaria y la idea de «contenido» desvirtuó hasta la confusión las diferentes formas de información producidas en Internet.

En el Internet de nuestros días, un site generalista pequeño, que hable de todo un poco, no tiene ninguna esperanza de vida. Las audiencias se han atomizado de tal forma y los precios de la publicidad digital son tan pequeños, que es imposible que una publicación orientada a un público general, sin un nicho de mercado extremadamente marcado, sobreviva.

Así lo explica Ben Thompson, autor del blog Stratechery, uno de los analistas de las industrias digitales más interesantes que conozco y a quien citaré repetidas veces en este libro:

Debido a la forma en que Internet funciona, uno no gana sirviendo a una audiencia general, uno gana encontrando esos nichos por los que un grupo más o menos amplio de gente se obsesiona. Ese es todo el sentido del negocio, encontrar nichos que le importan de verdad a la gente y cobrarles bastante dinero por atenderlos.

Si se fijan, esa idea es radicalmente opuesta a lo que hacían hasta hoy los diarios y revistas. En el modelo de negocio pre-Internet, uno buscaba atender a la mayor cantidad de público, intentando satisfacer la mayor cantidad de necesidades —u obsesiones— distintas a la vez, porque eso era lo que alquilaba luego a los anunciantes: volumen de audiencia.

Pero, gracias a Internet y a que hoy todos somos productores de contenido, las audiencias se han atomizado al infinito. Nadie necesita acudir a un medio de información general para buscar el contenido que le interesa. Tanto Facebook, Twitter o herramientas como Flipboard o Apple News, se encargan de rastrear aquello que satisface nuestros intereses y de ponérnoslo delante de los ojos. Sin necesidad de tener que buscar en un incómodo armastoste de papel pasando páginas de otros asuntos que no nos importan en absoluto.

Una de las mayores muestras de lo disgregada que es nuestra cultura contemporánea es que, a mi entender, uno de los escritores más brillantes y fundamentales para entender el mundo en que vivimos, es un ingeniero norteamericano radicado en Taiwán que no escribe libros ni publica en ningún medio conocido, impreso o digital.

Ben Thompson, a quien citaba párrafos arriba, escribe cuatro artículos semanales en un blog personal llamado Stratechery, donde analiza la industria tecnológica y los enormes cambios que se producen tanto al interior de esta como en las formas que tenemos los usuarios de interactuar con ella. Lo mismo habla de la crisis de la prensa que de los escándalos que acabaron con el CEO de Uber o las diferencias profundas entre la cultura de Amazon, Apple y Facebook.

Leerlo no es gratis, ni barato. Stratechery es accesible vía suscripción —10 dólares al mes o 100 anuales—, pero créanme que vale cada centavo. Thompson no es solo un profundo conocedor de la industria —ha trabajado en Apple, Microsoft y Wordpress—, sino que posee una prosa límpida y sus argumentaciones son, por lo general, estupendos compendios del estado de la cuestión y los posibles escenarios futuros del tema que ese día haya elegido.

Sin embargo, estoy casi seguro de que la inmensa mayoría de ustedes, las personas con este libro en las manos, casi todas cultas y leídas, no tienen idea de quién es Thompson ni de lo fundamental que es su trabajo para intentar comprender la manera en que la tecnología está cambiando nuestra sociedad, economía e incluso comportamiento.

Soy cualquier cosa menos un apocalíptico (en la acepción que le dio Umberto Eco al término), pero mientras más investigo y leo sobre la manera en que Internet y las redes sociales han cambiado y están cambiando nuestra cultura, no puedo sino, de tanto en tanto, detenerme shockeado por la velocidad con que preceptos que dábamos por sentados —como que todas las personas que nos consideramos cultas o intelectualmente curiosas podíamos estar seguras de compartir cierto canon— están desapareciendo o han desaparecido por completo.

Hace poco, en una reunión de amigos, entre copas de vino y charla política, dije que los periódicos formamos parte de la industria del entretenimiento. No es la primera vez que lo decía, lo había dicho ya un año antes en una entrevista que me hicieron, pero nadie la leyó o no me hicieron mucho caso, porque no levantó mayor revuelo. En esta pequeña reunión, donde todos éramos periodistas, escritores o alguna variante de gente a la que se le paga por leer y escribir, en cambio, se me lanzaron al cuello. La intelligentsia cultural limeña no iba a dejarme escapar esta vez: ¿cómo es posible que digas eso? Los medios tienen una responsabilidad ante la ciudadanía, no son un mero entretenimiento.

Yo sé que parece increíble, pero hay periodistas que piensan que la gente se levanta temprano por la mañana, se ducha, se prepara el café, se sienta a la mesa, dispone los periódicos (varios y en papel, porque leer solo uno y en una pantalla es de plebeyos incultos) y se dice a sí misma en voz alta: bueno, ahora voy a informarme. Por supuesto, esa gente no existe, ni ha existido nunca. Pero, ¡ay de ti como se te ocurra intentar argumentarlo en una discusión entre «colegas»!

La sola idea de que su trabajo, ese tan importante sin el que la sociedad no podría vivir, ha de competir por la atención de usuarios de Internet con el último test gatuno de Buzzfeed, el nuevo video de la vedette de turno, el reciente escándalo de Justin Bieber o la enésima repetición de un gol de Paolo Guerrero, amenaza con producirles un aneurisma. No, lo nuestro no es entretenimiento, es un servicio público imprescindible y debe ser tratado y consumido con el respeto que se merece. Ah, ok.

En agosto de 2015, Stephen J. Dubner, el famoso coautor junto a Steven Levitt del libro Freakonomics, publicó un episodio de su podcast titulado «Why Do We Really Follow the News?». Como algunos saben, Dubner y Levitt se convirtieron en un fenómeno cultural a mediados de los años 2000 por explicar aspectos de la vida cotidiana, política y social desde un punto de vista económico y heterodoxo. Así que Dubner, en el podcast, plantea que quizá la razón verdadera por la que seguimos las noticias no es el deber ciudadano, ni el deseo de ser mejores personas, ni la convicción de que estar mejor informados nos ayuda a tomar mejores decisiones, sino porque, en el fondo, nos entretienen.

Por supuesto, hay quienes desde su torre de marfil con vista al malecón piensan que la palabra entretenimiento es una invitación al pecado y el ...