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NUESTRO JUEGO MáS CRUEL

Araminta Hall  

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Fragmento

I

 

Las reglas del Ansia eran sencillas. V y yo íbamos a una discoteca en algún lugar predeterminado que estuviera a una distancia considerable de donde vivíamos. Nos desplazábamos juntos hasta allí, pero entrábamos por separado. Avanzábamos hasta la barra y nos situábamos lo bastante separados el uno del otro para que no pareciera que íbamos juntos, pero lo bastante cerca para que yo no la perdiera de vista ni por un instante. Entonces esperábamos. La espera nunca duraba mucho; lógico, puesto que V es imponente. Algún pobre desgraciado la abordaba y se ofrecía a invitarla a una copa o intentaba sacarla a bailar. Ella iniciaba un leve coqueteo con él. Yo aguardaba, sin quitarle los ojos de encima, con el cuerpo preparado para saltar como impulsado por un resorte en cualquier momento. Teníamos una señal: V alzaba la mano y empezaba a toquetearse el águila de plata que siempre lleva colgada al cuello. Entonces yo entraba en acción. Me abría paso entre la masa humana que atestaba aquellas salas oscuras y palpitantes, agarraba al inútil que estuviera babeando encima de ella y le preguntaba quién se creía que era para hablar con mi novia. Y, como doy bastante el pego por ser más bien alto y corpulento, y porque a V le gusta que haga pesas y salga a correr todas las mañanas, el tipo invariablemente retrocedía protegiéndose la cara con las manos en actitud temerosa y apocada. Unas veces no podíamos esperar un segundo más para empezar a besarnos; otras íbamos al aseo y follábamos en un retrete, entre los gritos que V profería para que la oyeran. En ocasiones conseguíamos llegar a casa. Tanto en unos casos como en otros, los besos de los dos sabían a Southern Confort, la bebida favorita de V.

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Fue V quien puso nombre a nuestro juego, una de esas noches gélidas y oscuras en que la lluvia resbala como grasa por las ventanas. V llevaba una camiseta negra de tacto aterciopelado. Le marcaba las tetas redondeadas, y yo sabía que no se había puesto sujetador. Mi cuerpo reaccionó a sus encantos como de costumbre. Se rio cuando me levanté y me puso la mano en el pecho acalorado.

—¿Sabes, Mikey? Es lo que nos pasamos el día haciendo. Nosotros y el resto de la gente. Todos ansiamos algo.

Debo decir que el Ansia siempre fue cosa de V.

Una parte de mí no quiere ponerlo todo por escrito, pero mi abogado insiste en que lo haga porque necesita entender la situación con claridad. Según él, mi versión de los hechos le parece muy difícil de asimilar. También cree que sería beneficioso para mí, porque me ayudaría a comprender mejor en qué punto nos encontramos. Yo creo que es un idiota. Aun así, no tengo otra cosa que hacer aquí sentado, en esta celda de mala muerte, sin más compañía que la de Terry el Gordo, un hombre con un cuello más grueso que los muslos de la mayoría de las personas, oyendo cómo se masturba mirando fotos de famosas que no reconozco.

—¿Qué, ha vuelto a comerte la lengua el gato? ¿Mis bromas no son lo bastante buenas para ti? —me dice casi todas las mañanas cuando estoy tumbado en mi litera, callado.

Las palabras brotan de sus labios como bombas sin estallar. No le respondo, pero la sangre nunca llega al río porque en este lugar, cuando has matado a alguien, la gente te respeta, aunque de mala gana.

Cuesta creer que no haya pasado ni siquiera un año desde que regresé de Estados Unidos. Tengo la sensación de que ha transcurrido una vida entera; quizá incluso dos. Aun así, lo cierto es que llegué a casa a finales de mayo, y ahora estoy escribiendo en esta celda diminuta y oscura en pleno mes de diciembre. Aunque algunos diciembres son templados y agradables, este está resultando frío y gris, con días en los que parece que no sale el sol a causa de una niebla que nunca se disipa. Los periódicos hablan de una nube de esmog que cubre Londres, como si un millón de almas victorianas hubiera regresado del otro mundo y flotara sobre el Támesis. Pero en realidad todos sabemos que se trata de un billón de partículas químicas minúsculas que contaminan nuestro aire y nuestros cuerpos, mutando y modificando la esencia misma de nuestro ser.

Creo que tal vez todo el lío empezó cuando me fui a Estados Unidos. V y yo habíamos nacido para estar siempre juntos y, sin embargo, nos sedujo la promesa de conseguir dinero fácil y rápido. Recuerdo que ella me animó a marcharme; alegó que en Londres tardaría cinco años en ganar lo que en Nueva York ganaría en solo dos. Tenía razón, claro, pero ahora no estoy tan seguro de que el dinero valiera la pena. Siento como si hubiéramos perdido una parte de nosotros mismos durante esos años. Como si hubiéramos intentado abarcar tanto que nos hubiéramos estirado hasta desvanecernos y dejar de ser reales.

Pero nuestra casa es real, y quizá de eso se trataba, ¿no? La ecuación me provocaba vértigo: dos años en el infierno equivalen a una casa de cuatro dormitorios en Clapham. Suena a chiste, así expresado. Ninguna persona cuerda vendería su alma por algo semejante. A pesar de todo, es una realidad innegable. Una realidad que siempre estará ahí para nosotros sin juzgarnos. Que perdurará.

Cuando supe que iba a regresar contraté a una mujer para que fuera a la caza de una vivienda para mí. Siempre me la imaginaba al acecho por las calles de Londres, con una escopeta en una mano y varias casas colgadas del hombro, goteando sangre por las heridas. Me mandaba innumerables fotos y detalles que yo examinaba desde mi mesa de trabajo, en Nueva York, hasta que empezaba a ver borrosas las imágenes. Descubrí que, en realidad, no me importaba mucho cómo fuera la casa, si bien le planteaba exigencias muy concretas porque sabía que era lo que V querría. Era muy estricto respecto a la ubicación y la orientación. Recordaba que el jardín tenía que dar al sudeste e insistía en que la entrada principal estuviera en el centro de la fachada, porque a V le parecía que las casas así ofrecían un aspecto más acogedor. A ambos lados del vestíbulo hay habitaciones que de niño ni siquiera sabía que existían pero que V me enseñó que tenían nombres específicos: salón para las visitas y biblioteca. Aunque aún no he llenado las estanterías ni tengo intención de recibir a nadie. La cocina con office, como a los agentes inmobiliarios les encanta llamar a cualquier estancia espaciosa con aparatos para cocinar, abarca toda la parte posterior de la casa. Los propietarios anteriores ampliaron la construcción comiéndose un metro y medio de jardín, lo acristalaron todo e instalaron enormes puertas plegables que se abren y se cierran con la misma facilidad con que uno desplaza la mano por el agua.

Un suelo con calefacción radiante recubierto de piedra de Yorkshire se extiende por toda la cocina y se adentra en el jardín, de modo que cuando las puertas están abiertas puedes salir sin notar un cambio de textura.

—Es llevar el exterior al interior —aseguró Toby, el agente inmobiliario, haciendo que me cosquillearan las manos por las ganas que sentía de pegarle—. En realidad, han ampliado la superficie útil por toda la zona del jardín —añadió tontamente al tiempo que señalaba el foso para hogueras y el jacuzzi, la barbacoa de obra, la fuente decorativa de gusto impecable. El tipo tuvo suerte de que yo me imaginara enseguida a V disfrutando de todo aquello, pues de lo contrario habría dado media vuelta y me habría largado de la casa en ese instante.

Y habría sido una lástima, pues la planta de arriba es lo que más me gusta. He hecho derribar los tabiques de las habitaciones de atrás y redistribuir el espacio para crear lo que Toby sin duda llamaría «la suite principal» pero que en realidad es un dormitorio grande con un armario-vestidor y un baño de lujo. Escogí materiales suntuosos para todos los accesorios: sedas y terciopelos; mármol y sílex, los elementos que más invitan al tacto. Tengo cortinas gruesas en las ventanas y una iluminación estudiada a conciencia para conferir a cada rincón una ambientación oscura, sensual, luminosa o clara, según convenga. En la parte delantera hay dos dormitorios más pequeños, y en la buhardilla otro con baño incorporado y salida a una terraza en la parte posterior de la azotea. «Ideal para invitados», según Toby.

También elegí el mobiliario con sumo cuidado. Supongo que podría describirse como una exquisita combinación de estilos moderno y antiguo. Lo moderno se aprecia en todas las cosas útiles, como la cocina, el baño, el sistema de sonido, la iluminación y demás. Lo antiguo está presente en todas las piezas destacables. Podría afirmarse que me he vuelto un experto en curiosear por las tiendas y hablar como si tuviera idea de lo que digo. Y he descubierto un descampado en Sussex que, cuatro o cinco veces al año, se transforma en un gigantesco mercadillo de objetos antiguos. A él llegan tipos de Europa del Este con camiones enormes cargados de retazos de su pasado y se ríen de cuantos estamos dispuestos a desembolsar cientos de libras por trastos que en sus países acabarían en la hoguera. Se supone que hay que regatear con ellos, pero a menudo me dejo llevar tanto por la emoción del momento que no pierdo ni un segundo en negociar. Y es que hay algo asombroso en acariciar el respaldo de una silla palpando las estrías y las rugosidades, y comprender que tu mano es solo una de tantas que han hecho exactamente lo mismo.

En mi última visita compré un armario y, cuando llegué a casa con él y lo abrí, descubrí un montón de números de teléfono escritos a lápiz en la parte interior de la puerta. «Marta 03201», «Cossi 98231», entre muchos, muchos otros. Era como un relato sin planteamiento, nudo ni desenlace. Imaginé que quizá se trataba de datos recabados por un investigador privado, o incluso de pistas en un caso de asesinato. Había planeado decapar el armario y pintarlo de gris marengo, pero después de encontrar los números decidí dejarlo como estaba, con la pintura verde descascarillada y un cajón interior que se atranca cada vez que intento abrirlo. Me he encariñado con el desarraigo de esos números. Me gusta pensar que nadie sabrá nunca qué fue de esas mujeres o de la persona que anotó sus números. Sin embargo, no estoy seguro de qué opinará V sobre el armario. A lo mejor querrá lijar la puerta hasta borrarlos por completo.

Los colores de las paredes son todos cosa de V. Abundan los azules marinos y los grises marengos, incluso el negro en algunas zonas, pues la diseñadora de interiores me aseguró que ya no era deprimente. Me recomendó que hiciera pintar las puertas del armario-vestidor en negro azabache y el interior en escarlata vivo. Me comentó que denotaba opulencia, pero dudo que estuviera en lo cierto, pues cada vez que entro no veo más que piel y sangre reseca.

Una de las primeras cartas que recibí después de mudarme fue una invitación a la boda de V. Me llegó en un sobre crema bastante pesado, con mi dirección, que aún no me resultaba del todo familiar, caligrafiada en tinta de buena calidad. La misma mano había escrito mi nombre entre florituras en la parte superior de la tarjeta, gruesa y suave, con letras negras en relieve. Me quedé mirándolo largo rato, hasta que me imaginé de forma vívida los dedos que sujetaban la pluma, los delicados trazos que ejecutaban. Aunque había un pequeño borrón junto a la «i», por lo demás era perfecto. Llevé la invitación a la sala de estar y la coloqué sobre la repisa de la chimenea, bajo el espejo dorado, detrás de los estilizados candeleros de plata. Noté que el pulso me temblaba un poco y sentí calor, demasiado para el día que hacía. Sin apartar la mano del fresco mármol del marco de la chimenea, me concentré en las intrincadas volutas que componían la perfecta lisura de la repisa. Me recordó que el mármol puro, sin imperfecciones, es uno de los materiales más codiciados por el ser humano, pero también uno de los más difíciles de encontrar. «Si no lo fuera, seguramente no valdría la pena tenerlo», me había comentado V en una ocasión, y al acordarme se me escapó una sonrisa, allí de pie, en mi sala de estar, con la mano sobre el mármol.

Sabía lo que ella estaba haciendo; me parecía bien.

Había escrito un mensaje de correo electrónico a V desde Nueva York para avisarla de que volvía a casa. Fue entonces cuando me respondió informándome de que iba a casarse. Era el primer intercambio de correspondencia que habíamos mantenido desde Navidad, y me dejó hecho polvo. No había dejado de intentar contactar con ella hasta febrero, y le había enviado el email para anunciarle mi regreso a finales de abril, lo que significaba que le habían bastado un par de meses para conocer a alguien y prometerse. «¿Sabes? Supongo que te sorprenderá…», escribió:

… pero creo que tu silencio de los últimos meses es una señal de que has aceptado que lo nuestro se acabó y estás deseando pasar página tanto como yo. ¡Quién sabe, a lo mejor ya lo has hecho! Y me imagino que te parecerá precipitado, pero estoy segura de que es lo correcto. Siento que te debo una disculpa por el modo en que reaccioné en Navidad. Tal vez comprendiste antes que yo que habíamos terminado, y no debería haberme comportado como lo hice; tendría que haberme sentado a hablarlo contigo como personas civilizadas. Espero que te alegres por mí y también que podamos ser amigos. Eras y sigues siendo muy especial para mí, y no soporto la idea de no tenerte en mi vida.

Me pasé varios días sumido en el aturdimiento, como si algo hubiera estallado cerca de mí y me hubiera destrozado el cuerpo. A pesar de todo, no tardé en darme cuenta de lo prosaica que era esa reacción. No solo era evidente que V aún me profesaba mucho cariño, sino que parecía tener la impresión de que yo había querido que nuestra relación llegara a su fin. Su tono despreocupado estaba tan alejado de la V que yo conocía que por un momento me pregunté si la habían secuestrado y era otra persona quien escribía esos emails en su nombre. Había explicaciones mucho más verosímiles, como que V no se encontraba en su estado normal o que se valía de ese tono para enviarme un mensaje encubierto. Las posibilidades se reducían a dos: o había perdido la razón a causa de la angustia que yo le había provocado en Navidad y se había echado en brazos del primer idiota que se había cruzado en su camino, o deseaba verme pagar por lo que había hecho. Esto último parecía lo más probable; al fin y al cabo, estamos hablando de V, quien sin duda sentía la necesidad de presenciar mi arrepentimiento. Era como si las líneas de su correo electrónico se disolvieran para revelar las auténticas palabras que ocultaban. Se trataba de un juego, de nuestro juego favorito. Saltaba a la vista que estábamos iniciando una partida nueva y más complicada de Ansia.

Dejé pasar unos días antes de responder al mensaje de V, y entonces seleccioné mis palabras con cuidado. Adopté su tono animado y le aseguré que me alegraba mucho por ella y que, por supuesto, seguiríamos siendo amigos. Añadí que ya le pasaría mi dirección cuando regresara a Londres, pero en cuanto la invitación aterrizó en mi felpudo supe que ya no hacía falta. Eso significaba que ella había llamado a Elaine, lo que en sí mismo quería decir algo. También significaba que seguramente ya no estaba tan enfadada. Enseguida empecé a interpretar la invitación como lo que era: la primera jugada de una disculpa elaborada, una danza que solo V y yo éramos capaces de dominar. Incluso me compadecí de Angus Metcalf, cuyo nombre me reveló la ridícula invitación.

EL SEÑOR COLIN WALTON Y SEÑORA

SE COMPLACEN

EN INVITARLE CORDIALMENTE

AL ENLACE DE SU HIJA

VERITY

CON

EL SEÑOR ANGUS METCALF,

QUE TENDRÁ LUGAR

EN LA CAPILLA DE STEEPLE, SUSSEX,

EL SÁBADO 14 DE SEPTIEMBRE

A LAS 15.00 HORAS

Y AL CONVITE POSTERIOR

EN STEEPLE HOUSE

A veces me despertaba con la invitación al lado de la cama y no recordaba haberla subido al dormitorio. En una ocasión, la tenía debajo de la mejilla y, tras desprender la tarjeta de la cara, noté las marcas que me había dejado. Al mirarme en el espejo vi las palabras grabadas en mi piel.

Dejé pasar unos días más antes de enviar una nota breve a la madre de V para comunicarle que asistiría gustoso. Sabía, sin embargo, que el gusto no sería mutuo.

Había compartido muchos ratos con Colin y Suzi a lo largo de los años y, durante una época, imaginaba que habían llegado a considerarme algo parecido a un hijo. A veces, por Navidad, me costaba sacudirme la sensación de que V y yo éramos hermanos, sentados a la mesa de nuestros padres, frente a los restos de un pavo. «Hacemos una pareja de lo más curiosa —me comentó ella una vez—. Tú, sin padres; yo, sin hermanos. Tenemos que aferrarnos con fuerza el uno al otro para no alejarnos flotando.» A mí ya me parecía bien. Nada me producía más placer que rodear la diminuta cintura de V y atraerla hacia mí en la cama, notar cómo sus nalgas encajaban como una pieza de puzle con mi ingle mientras nuestras piernas parecían el reflejo unas de otras, formando un contorno perfecto, y su cabeza se ajustaba a la curva de mi barbilla.

Creo que en ocasiones V me gustaba más cuando dormía; cuando la notaba languidecer entre mis brazos, y su respiración se tornaba más pesada y lenta. Yo abría la boca para deslizar la mandíbula por su coronilla y notaba las protuberancias e irregularidades de su cráneo. Daba la sensación de que no costaría mucho atravesar el hueso, ahondar en la pulposa mezcla que protegía la masa gris de cuerdas retorcidas que formaba su cerebro, sentir las corrientes eléctricas que la mantenían viva y alerta. A menudo tenía celos de esas corrientes y de toda la información que contenían. Me habría gustado envolverme en ellas para que V solo soñara conmigo, para llenarla tanto como me llenaba ella a mí.

Me pregunto si discutió con su madre por su decisión de invitarme, o si Suzi creía que me estaría bien empleado ver a su hija felizmente casada con otro. Me pregunto si planeaba volverse hacia mí durante la ceremonia y dedicarme una sonrisa.

Sin embargo, en retrospectiva, comprendí que Suzi siempre había sido una mujer estúpida que fingía querer ser distinta cuando, en el fondo, solo aspiraba a asemejarse por completo a las personas que la habían rodeado durante toda la vida. Debería haberme percatado de eso antes, desde el momento en que oí su nombre por primera vez, de hecho.

«Soy Susan —me dijo cuando nos conocimos—, pero llámame Suzi.» No me pareció tan terrible hasta que descubrí que lo escribía con «i» latina. Una «i» griega habría resultado demasiado íntima para Suzi, demasiado normal, demasiado cercana a su auténtica forma de ser. Y nunca hay que confiar en personas que anhelan ser quienes no son.

Cuando llegué a Londres no me costó en absoluto difícil conseguir empleo en la City. El banco de Estados Unidos había dado magníficas referencias de mí, y los resultados que había cosechado allí hablaban por sí mismos. En el nuevo trabajo tenía un sueldo envidiable, y las primas eran incluso más prometedoras. No me importaba el trayecto diario hasta la oficina, y hasta me gustaba el edificio alto y destellante en el que trabajaba, que se elevaba entre las nubes. Me pasaba el día gritando números y viéndolos aparecer y saltar en las pantallas que tenía sobre mi mesa. Era tan sencillo que no entendía por qué no todo el mundo se dedicaba a eso.

V siempre decía que debíamos fijarnos la meta de jubilarnos a los cuarenta y cinco, un objetivo que se me antojaba plenamente alcanzable. Suponía que ella no había cambiado por completo de vida desde febrero y que seguía en el Calthorpe Centre, en aquel sótano estéril, trabajando en esos programas informáticos que, según ella, algún día harían que los humanos sobráramos. Aseguraba no saber por qué lo hacía, por qué perseveraba tanto en su intento de conseguir que las máquinas fueran más inteligentes que nosotros, pero diría que la seducía la idea de inventar algo artificial que fuera mejor que lo real. Creo que la atraía tratar de demostrar que era más lista que las emociones humanas.

Se me ocurre ahora que si V no hubiera conseguido ese empleo tal vez nos habríamos ido juntos a Estados Unidos. Quizá todavía estaríamos allí. Pero no me gusta pensar así; te conduce por muchos caminos peligrosos hasta mundos de tentaciones que están fuera de tu alcance. Ya me recreaba demasiado en esa forma de pensar cuando era niño: aquella mujer que daba un beso a su hijo en el parque podía ser mi madre; mi llave podía abrir la puerta de aquella casa que tenía rosales en la entrada; aquel olor a cebolla frita indicaba que alguien estaba preparando la cena para mí.

De todos modos, lo que sucedió en realidad fue que yo conseguí un trabajo en Estados Unidos y V en Londres. Los dos estábamos en la cresta de la ola; a mí me habían ofrecido un salario tan desorbitado que me costaba creerlo, y V era la persona más joven a la que habían nombrado directora del Calthorpe Centre, cuando solo hacía seis años que había finalizado sus estudios.

—Qué astutos han sido al ponerle un nombre tan inocente, como de fundación médica o algo por el estilo —me comentó después de recibir la llamada.

La estreché entre mis brazos y le susurré mi enhorabuena.

—Pero me voy a Nueva York dentro de tres meses —repuse.

Se apartó de mí, con el semblante tenso.

—No puedo rechazar esta oferta, Mikey.

En mi interior se removió algo que temí que me hiciera perder los papeles.

—Pues entonces no iré. Ya conseguiré otro trabajo aquí.

—No, debes ir. Es una oportunidad fantástica para ti. Si pasas un par de años allí ganando mucho dinero podremos llevar una vida como Dios manda cuando regreses.

—Lo dices como si fuera tan fácil…

—Es que es muy fácil. Hablaremos todos los días, y además no está tan lejos. Podemos coger un avión para vernos los fines de semana. Será de lo más romántico. —Se echó a reír—. Te parecerás aún más a mi águila cuando vueles sobre el Atlántico en una bala de plata.

Sin embargo, me estremecí solo de pensarlo. Alargué los brazos y la sujeté por los hombros.

—Prométeme que jamás jugarás al Ansia sin mí, V.

Ella se soltó de golpe y se frotó los hombros.

—No digas tonterías. —Al oír su tono cortante me di la vuelta para ocultarle que estaba dolido. Pero ella me siguió, enroscando el cuerpo en torno al mío—. Mike, yo nunca haría algo así. Deberías saberlo. —Se puso de puntillas para acercar los labios a mi oreja—. Me encanta ver como los asustas —susurró. Me quedé inmóvil, hasta que ella añadió—: Juguemos al Ansia.

Los dos sabíamos que sería la última vez. Fuimos a un bar próximo a Leicester Square. Ya habíamos estado allí, pero hacía seis meses cuando menos. Siempre se encontraba atestado de estudiantes extranjeros, de turistas y de pandas de chicos de provincias. También había alguna que otra prostituta o señorita de compañía. Allí nadie parecía divertirse, y la música era un golpeteo sordo y rítmico que te retumbaba por todo el cuerpo y te provocaba la sensación de estar recibiendo una reanimación cardiopulmonar. Las luces estroboscópicas conferían a la piel de los presentes una palidez enfermiza, como de alienígenas. Y algo fluorescente en el aire hacía que a todo el mundo le brillara el blanco de los ojos y se le hiciera visible la pelusa de la ropa.

V llevaba un vestido de seda gris que dejaba al descubierto la blancura de sus hombros y el largo y grácil cuello, que se curvaba hasta entroncar con la base del cráneo. Aunque se había recogido la melena negra en lo alto de la cabeza, se le habían escapado unos rizos que le acariciaban el cuello, como promesa de lo que unos labios podían hacer allí. El delineador, aplicado con toques rápidos en torno a los ojos, le alargaba y estilizaba los párpados. Se lamió los labios carnosos, que nunca se coloreaba con carmín. En la parte alta de los pómulos se le apreciaba un rubor, no sé si real o falso. Sonrió cuando el barman le entregó una bebida marrón en un vaso de tubo, y advertí que tenía las uñas pintadas de negro.

Mi bebida, demasiado dulce, se me adhería a la garganta produciéndome una sensación de opresión y sequedad. No dejaba de dar vueltas al tiempo que V y yo pasaríamos separados, lo que me ocasionaba un dolor cada vez más intenso en las sienes. Un borracho que iba del brazo de su risueña novia chocó conmigo. Estábamos frente a la barra, así que me habría resultado fácil estamparle la crisma contra la dura madera agarrándosela con ambas manos. La sangre habría brotado enseguida de su cabeza ladeada, rota, antes de que alguien pudiera detenerme.

Volví la vista hacia V, que seguía sola, acodada a la barra, mientras su copa realizaba viajes frecuentes hasta su boca. Tal vez me pareció demasiado perfecta para ese antro, pues pensé en sugerirle que nos marcháramos. Era como meter una mariposa exótica en un cuarto lleno de moscas que revoloteaban y zumbaban alrededor de su propia mierda. Me aparté de la barra para acercarme a ella, pero en ese instante la abordó un hombre. No era mucho más alto que ella; fornido, con unos músculos prominentes como los de Popeye que sobresalían de una camiseta blanca inmaculada. Tenía la piel morena, e incluso desde donde me encontraba alcanzaba a ver que la cubría una película de sudor. Llevaba al cuello una pesada cadena de plata de la que pendía una especie de moneda, y el pelo negro engominado para que no le cayera sobre la cara. No era feo, pero había algo grotesco en él, casi como si sus facciones fueran demasiado grandes para su rostro.

Contuve mis ganas de moverme y centré toda mi atención en ese encuentro. Como siempre en momentos semejantes, me imaginé qué sentiría el tipo al estar tan cerca de V, al notar el calor que irradiaba su cuerpo, al fantasear con manosearlo; contemplando sus labios mientras hablaba, vislumbrando de forma fugaz su lengua mientras reía, preguntándose de qué sería capaz esa boca. Se inclinó hacia delante al hablar, acercándose a su oído, con la mano en el aire, junto al brazo de V, como armándose de valor para tocarla. V se rio. Él bajó la mano hasta la cadera de ella, donde por fin entró en contacto con su cuerpo a través de la seda. V seguía apoyada en la barra, pero avanzó la cadera un poco para que aquel tipo pudiera deslizarle la mano por detrás, sobre las nalgas. Él eliminó el espacio que había entre ambos, expulsando todo el aire, y le arrimó la entrepierna a la cadera, sin duda para promocionar su mercancía. Aunque yo no quitaba ojo a las manos de V, ella no las apartaba de su copa, de modo que el águila le colgaba inútilmente del cuello.

Yo respiraba de forma agitada y notaba el cuerpo débil e inútil. Un telón de niebla empezaba a descender sobre mi vista, y me preocupaba que pronto me cegara por completo. No vería la señal de V, que acabaría devorada por la noche y por aquel hombre. Al volver la cabeza vislumbré el letrero de neón de «Salida» instalado encima de la puerta. Me imaginé que me encaminaba hacia él, que salía al aire libre, regresaba solo a nuestro piso y me metía en la cama a esperar a que ella volviera a casa. Me imaginé que dejaba de preocuparme y que pasaba de todo, una idea que se me clavó en el cerebro como un montón de alfileres diminutos.

Miré hacia atrás y, aunque el tipo tenía la cara pegada al cuello de V, reparé en que ella tenía la mano en el águila. La mujer que estaba delante de mí soltó un chillido cuando la aparté de un empujón.

—¡Mira por dónde vas! —me gritó, demasiado tarde.

En los pocos instantes que tardé en llegar hasta V, noté que le cambiaba la expresión. Ya no se reía, y se frotaba ligeramente contra el pecho de aquel hombre mientras él bajaba el rostro hacia el de ella. Lo agarré del hombro y tiré con brusquedad hacia atrás, de modo que se le derramó la bebida y le manchó el pecho de la camiseta.

—¿Qué coño crees que haces con mi novia? —pregunté, y noté que las personas que nos rodeaban se difuminaban en un segundo plano.

—¿Qué hostias…? —soltó él enderezándose. Nos miramos con fijeza durante un minuto, pero yo le ganaba en estatura y musculatura, y él había experimentado mi fuerza cuando le había dado el tirón. Agitó las manos en el aire—. Tu novia está buena que te cagas —me dijo. Luego se volvió hacia ella—. Calientapollas —añadió, y dio media vuelta.

Noté que V me posaba la mano en el brazo, que ya se me tensaba y se impulsaba hacia atrás para partir a aquel tipo su desproporcionada cara de idiota. Me obligó a volverme hacia a ella, me atrajo hacia sí y yo me incliné para besarla colocando las manos donde antes las tenía él, tomando posesión de lo que me pertenecía. Su lengua se movió con rapidez y agilidad, y yo la deseaba tanto que creía que tiraría los vasos que había sobre la barra y la tumbaría sobre el alcohol derramado. Pero V me apartó de allí y me condujo más allá de las mesas redondas con sus sillas, los cuerpos que se contorsionaban en la pista de baile, los altavoces retumbantes y las parejas que se fundían, hasta un rincón oscuro. Apoyó la espalda en la pared y me atrajo hacia sí de nuevo. Me abrió la bragueta, me sacó el miembro y tiró de él al tiempo que me rodeaba con las piernas. La seda de su vestido se le deslizaba hacia arriba con demasiada facilidad y no llevaba ropa interior, así que al cabo de unos instantes yo estaba dentro de V, que me mordía un lado del cuello gimiendo como si se hubiera marchado todo el mundo y solo quedáramos nosotros, los únicos que importábamos.

Más tarde emergimos al frío de la noche, rodeados de gente ebria que salía en desbandada, con aire triste y solitario, hacia algún encuentro angustioso.

—Por un momento, temía que me hubieras abandonado —comentó V.

La tomé de la mano.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque he tocado el pájaro y has tardado bastante en venir.

Caí en la cuenta de que seguramente había estado más rato del que pretendía contemplando el letrero de «Salida».

—Jamás te abandonaría —le aseguré.

—¿Me lo prometes? —dijo. Cuando me volví hacia ella ya no se reía. Parecía más pequeña, y las líneas negras en torno a los ojos se le habían emborronado.

Me detuve, aunque las calles estaban tan abarrotadas que varias personas chocaron con nosotros. Cogí la delicada ave plateada que vivía sujeta a la cadena que le rodeaba el cuello, y V dio un paso hacia mí.

—Yo soy tu águila —le dije—. Ya lo sabes.

Yo no le regalé el collar a V. De hecho, me contó que se lo había comprado ella misma con la primera paga que había recibido por su trabajo como camarera cuando tenía dieciséis años. Me dijo que al pasar frente a una tienda el pájaro le había lanzado un destello desde el escaparate y se había apoderado de ella el deseo intenso de poseerlo. Yo siempre había creído que se trataba de un ave delicada, como un vencejo o puede que un prosaico tortolito, por lo que me llevé una sorpresa cuando me reveló que era un águila. Sin embargo, al fijarme bien, reparé en la envergadura de las alas y en la curvatura del pico.

—Las águilas son majestuosas —aseveró V—. Las únicas aves que cuando estalla una tormenta se excitan y se adentran volando en ella, para contemplar el caos desde arriba. Además —agregó posando las manos sobre las mías—, son muy fieles. Se emparejan para toda la vida.

Me incliné y la besé en la boca.

—Soy tu águila —dije.

Me parecía conveniente hacer amigos en mi nuevo trabajo en la City, aunque el mismo plan no había salido tan bien en Nueva York. No necesitaba a nadie más que a V para ser feliz por siempre, pero he descubierto que la gente te mira raro si vives contento así. De manera que me he adaptado a las costumbres de los demás. Ahora sé que las personas no siempre hablan en serio. Que les gusta pasarse horas de cháchara vacía en bares abarrotados sin un motivo como el Ansia para estar allí. Que están encantadas de compartir su cuerpo con otro ser humano y luego comportarse como si apenas lo conocieran.

Si alguien dice algo como «Es que podría matarlo, joder» o «Me siento muy deprimida» o «Las piernas me flaquean», en realidad no cree ninguna de esas cosas. De hecho, no cree nada remotamente parecido. Si una mujer te pone la mano en la pierna, no espera un gesto recíproco. Si un hombre te llama «colega», no significa que le caigas bien. Si alguien dice «Tenemos que vernos pronto», no debes preguntarle cuándo ni enviarle un mensaje de texto al día siguiente.

Cuando estaba en primaria empujé a un chico de mi clase, Billy Sheffield, y se cayó y se rascó la rodilla. Mi profesora, cuyo nombre no recuerdo, me dijo que tenía que pedirle perdón, pero me negué a hacerlo porque no estaba arrepentido. Billy me había dirigido un insulto, que tampoco recuerdo aunque debía de ser algo relativo a mis zapatillas de deporte de mercadillo o a mi ropa desaseada. Fuera lo que fuese, no me arrepentía de haberlo empujado. Así que me llevaron al pequeño despacho donde, según los rumores, enviaban a los críos locos. Una mujer con las mejillas sonrosadas me sonrió y me indicó que me sentara en una silla mullida mientras me ofrecía caramelos. Me hizo pensar que tal vez estar loco no era tan terrible, después de todo.

—¿Por qué no te arrepientes? —me preguntó al fin, cuando me había atiborrado de Smarties.

—Porque no —contesté.

—Pero al ver la sangre en la rodilla de Billy, ¿no te sentiste mal por lo que le habías hecho?

Reviví en mi memoria la escena: yo de pie frente a Billy, contemplando su rodilla rascada, con la piel pelada y gotas de sangre brotándole. Sabía cuánto debía de dolerle y arderle la herida, que quizá se le habría quedado un poco de arenilla dentro y que en aquel momento la enfermera debía de estar embadurnándole la rascada con yodo apestoso, para después envolvérsela en un vendaje blanco que él luciría como una medalla de honor.

—Creo que se lo merecía —dije.

—Nadie merece que le hagan daño —repuso la mujer, sin dejar de sonreír.

—Me ha insultado.

—Sí, y eso ha estado muy mal. Recibirá un castigo por ello. Aun así, tienes que pedirle perdón por haberle hecho daño. —Debí de poner una cara inexpresiva, porque añadió—: En ocasiones, Michael, vale la pena disculparse aunque en el fondo no estés arrepentido. Solo para hacer las paces y para que la otra persona se sienta mejor.

A veces lamento no haberle preguntado si eso era aplicable a todos los sentimientos, o solo al arrepentimiento.

Sin embargo, a lo largo de los años he recibido suficientes lecciones para comprender mejor qué esperar de la vida y qué no. Por ejemplo, cuando llevaba poco tiempo en la City y George, que trabajaba en el despacho contiguo al mío, me sugirió que fuéramos a tomar algo, supe que debía componer una sonrisa y responder que sí.

Para entonces había establecido una rutina eficaz que me infundía confianza en mi capacidad para adaptarme a las situaciones sociales. Me levantaba a las cinco de la mañana, corría cuarenta minutos siempre por la misma ruta, que cubría unos aceptables nueve kilómetros, volvía a casa, me duchaba, me vestía y salía de nuevo a las seis y diez minutos, para estar sentado a mi mesa a las siete menos cuarto. El edificio disponía de gimnasio propio, como todos los edificios de oficinas similares, así que también entrenaba durante la hora del almuerzo los lunes, los miércoles y los viernes. Lo habría hecho todos los días, pero sabía que pronto tendría que empezar a almorzar con clientes y que habría ocasiones en que estaría tan atareado que no me quedaría más remedio que trabajar toda la jornada, sin pausa. Ese horario era lo bastante flexible para mover de día mis actividades en caso necesario. Además, me compré un banco de ejercicios y pesas para mi casa. Por el momento, estaban en la biblioteca vacía, pero sabía que V rechazaría de plano dar ese uso a la estancia, así que ya me había informado acerca del coste y la viabilidad de ampliar el sótano para alojar un gimnasio. Como a V siempre le había encantado el calor, decidí que instalar también una sauna allí abajo sería buena idea.

Esa tarde éramos once, aunque solo vale la pena mencionar a dos: George y Kaitlyn. George era vocinglero y guapo, pero bebía mucho y no destacaba por su brillantez. Su padrino era el director de la empresa o alguien con un cargo importante, y su padre era un lord, así que no tenía que preocuparse por cosas como la productividad. Resulta sorprendente la cantidad de personas así que se encuentra uno en la City, y lo duro que tenemos que trabajar los demás para mantenerlas en sus puestos. Podría odiarlas, pero ¿de qué serviría? Aprendí de muy joven que el mundo no es precisamente justo y que no puede hacerse nada al respecto.

Kaitlyn trabajaba en otro despacho que daba al mismo pasillo, así que antes ya nos habíamos saludado desde lejos. Era alta, delgada y siempre llevaba un traje oscuro y unos tacones de una altura impresionante. Cuando la observaba pasar dando grandes zancadas por delante de mis cristaleras, me preguntaba cómo narices se las apañaba para no tropezar y romperse el tobillo. A pesar de todo, caminaba con tanta soltura con esos zapatos que concluí que debía de calzarlos desde hacía tanto tiempo que se habían convertido en una extensión de sus piernas. Kaitlyn tenía la piel muy pálida y la melena más lacia y rubia que había visto en mi vida, tanto que incluso las pestañas y las cejas eran rubias, lo que la hacía parecer como de otro mundo. Tenía los ojos de un azul tan intenso que mirarlos era casi como contemplar un bloque de hielo. Creía que sería una mujer seria y severa, pero nada más lejos de la realidad.

—Bueno, ¿te encuentras a gusto entre nosotros? —me preguntó cuando coincidimos frente a la barra, con su bello y delic ...