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OBRA CRíTICA 3

Julio Cortázar  

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Fragmento

Julio Cortázar
ante la literatura y la historia

«No me hago ninguna idea mesiánica de la literatura (...)
pero sigo creyendo con Rimbaud que “il faut changer la vie”, que hay que cambiar la vida.»

Uno de los rasgos definitorios de la obra de Cortázar es el cruce de géneros, el cuestionamiento de toda frontera y el cultivo eficaz de una única expresión literaria. Por ello, desglosar los ensayos del resto de su obra es (casi) ultrajar la memoria de Morelli. La sola invocación de su nombre, sin embargo, sugiere que este ejercicio puede tener un sentido aún más allá del rescate de páginas sueltas que en su amplia mayoría, y hasta ahora, no habían sido reunidas en un solo volumen. Su nombre insta, además, a cometer ciertos deslices y a incorporar algunos textos que no obedecen estrictamente a normas prescriptas por los manuales de estilo; dejar de hacerlo sería fijar una intolerable carencia. Cabe confiar, entonces, que la simpatía del lector de Cortázar perdonará esta pequeña infracción; en última instancia ésta sólo responde a ese mismo deseo que tantas veces se anunciara en los logros de su literatura y de su biografía.

La obra de Cortázar incita a un estado de disponibilidad. Recorrerla en cualquiera de sus tramos es admitir que en cualquier momento y desde cualquier renglón puede surgir la vuelta que por una vez y ya para siempre trastocará lo anticipado. Muchos de sus textos apuntan hacia espacios recónditos que son sometidos a lo inesperado, a lo racionalmente inaudito; se instalan en el cuestionamiento e impugnación de lo convencional; se perfilan en la sonrisa inquieta que anticipa el gozoso zambullido hacia adentro, justamente hacia lo que se empieza a reconocer como propio en el instante mismo en que se diluye toda red urdida por palabras ajenas. Leer, en el sentido pleno que exige adentrarse en el mundo de Cortázar, es deambular por múltiples estratos de realidad exorcizando las categorías de «lo conocido»; es, asimismo, retornar (gozoso o aterrado) a un mundo que se sabe merecedor de un mejor legado.

Con su «taller de escritor» Cortázar desplegó una generosidad análoga a la que caracterizó su actividad en terrenos más urgentes y tangibles. Jamás renegó del misterio; tampoco adoptó la pose del mago que encubre trucos o del demiurgo que se encarama desafiante a la torre de Babel. Las «morellianas» de Rayuela, las lecturas parciales y los análisis de su propia obra que adelantara en La vuelta al día en ochenta mundos y en Último Round,1 pusieron en escena un claro muestrario de ingredientes y recetas, de ensayos, dudas y reflexiones. Esas páginas franquearon el acceso a su mundo privado y a las fluctuaciones propias y razonadas de la actividad literaria. Cabe señalar, por otro lado, que sin haber renegado del ineludible momento histórico, Cortázar siempre se aferró al «état second» y a otras variantes de la inspiración como clave final para explicar cómo los cuentos se descolgaban sobre él y sobre el espacio en blanco.

Al igual que otros escritores latinoamericanos, Cortázar elaboró un discurso crítico que ha facilitado la incursión a su ficción.2 Las reflexiones teóricas de Cortázar, así como las que se hallan más cerca de la crítica literaria formal, se remontan a los años cuarenta. Así lo demuestran no sólo el meticuloso estudio «La urna griega en la poesía de John Keats»3 y las reseñas que publicara en Realidad y Sur, sino también «Teoría del túnel. Notas para una ubicación del surrealismo y el existencialismo», que data de 1947 y que ha permanecido inédito hasta ahora.

Esta «arqueología personal», como la de todo pasado, sirve no sólo para recuperar los orígenes sino también para actualizar nuestra propia lectura de su obra. Si bien el propio Cortázar señaló reiteradamente que es recién a partir de «El perseguidor» que se registra el paso de una concentración excesiva en el «yo» a la incorporación del «otro», esta conciencia de una comunión mayor con los hombres ya está planteada en sus lecturas del surrealismo y del existencialismo y en Bestiario, su fundacional colección de cuentos.4 No me propongo rastrear coincidencias ni diseñar «trayectorias»; sólo quiero puntualizar que la preocupación de Cortázar por la condición humana ha sido una constante desde los inicios de su producción. Como se sabe, y como se comprueba al leer los textos aquí reunidos —aparecidos a partir de 1963, año de la publicación de Rayuela—, su profunda obsesión por obtener una vía menos enajenante de la historia adquirirá un cariz político cada vez más pronunciado a partir del triunfo de la Revolución Cubana. Esta clave de acceso a toda Latinoamérica lo llevó a pronunciarse explícitamente a favor del socialismo («una respuesta política»). A partir de entonces, y en función de otros hechos (Allende y las dictaduras en el cono sur, el sandinismo, la guerrilla salvadoreña...), se multiplicaron sus actividades políticas y su expresión solidaria con las luchas que han atravesado al continente americano.

En «Teoría del túnel...» afloran los interrogantes y su simpatía por los que interrogan, por los que se niegan a acatar que lo representado a flor de piel es la definición íntima de realidades más profundas. Ese negarse a aceptar lo heredado, a someterse a órdenes impuestos por fuerzas extrañas, fue elaborado inicialmente desde un primer planteo filosófico y estético para derivar luego en sus últimas consecuencias políticas. Cuando en 1947 Cortázar adoptó la metáfora del «túnel» y se pronunció a favor de la tarea de barrenar y destruir superficies y formas tradicionales para alcanzar la meta explícita de la «restitución», ya estaba vaticinando desde esa simiente lo que a partir de los años sesenta haría explícito en sus declaraciones políticas. Cruce de fronteras en el orden estético y eventual abordaje de nuevos territorios en el plano político, el existencialismo y el surrealismo le señalaron por vías distintas el deseo de reemplazar categorías insatisfactorias por otras que ejercieran un mayor acercamiento entre el hombre y sus semejantes. Para Cortázar sus caminos «divergen en el tránsito del Yo al Tú». Si bien, dice, «yo» es el hombre para ambos, «tú» es la «superrealidad mágica» para l

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