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OCTUBRE CHILENO

Carlos Ruiz Encina  

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Fragmento

ECHÓSE A ANDAR

Despertar es sacudirse de encima la modorra, despabilarse. Pero, un tanto más allá, es también pasar del sueño que es inmovilidad y suspensión, al sueño que significa volver a los anhelos, alzar una quimera, fundar el regreso a las aspiraciones. Hoy en Chile, después de tanta noche yendo de un sueño al otro, significa volver a la esperanza, echarse a andar.

¡Chile despertó! retumba en las calles y muros de todo el país y hasta fuera de él. Pero hay que apuntar que quienes lo despertaron, los que izaron el sol de este amanecer, fueron los más jóvenes. Esos mismos sobre los que se vaticinaba la peor de las prisiones del consumo, la más denigrante obsolescencia intelectual a manos del atontamiento de unas huecas redes sociales y otros engendros culturales actuales, esos sobre los cuales los comentaristas y eruditos más vistosos de la plaza emulaban tóxicos dardos y burlas. Esos mismos despertaron a Chile.

Hoy son depositarios del cariño y la admiración de la inmensa mayoría de la sociedad. Excepto de los privilegiados que se atrincheran, precisamente, en el más descontrolado odio en contra de los adolescentes y que claman para ellos absurdas penas y coerciones. A tal punto llega, que hoy es tan simple como consultar por la opinión que se tiene sobre la juventud, para ver de qué lado se está del conflicto.

Cualquier recuento no puede empezar sino por ellos.

Los jóvenes, en especial los estudiantes secundarios, son un nudo central en el inicio del estallido. La audacia de su llamado a evadir el pasaje del metro prendió la mecha de todo y su fórmula fue incluso imitada en el extranjero. Pero mal anda el recuento si olvida el dato previo, que ese empuje creció, como rebeldía, bajo uno de los escenarios más adversos para la juventud que se recuerde en años.

Antes del estallido, una miríada de iniciativas ultraconservadoras en contra de los jóvenes inundaba el debate público y las imágenes de los medios de comunicación. En ellos se les denigraba y cundían arengas de criminalización. Este elitario escarnio que se cernía sobre la juventud hoy palidece bajo todo lo que siguió. Pero la indignación juvenil por tanta afrenta avivó su rebeldía y su decoro, entroncándose con la obstinada odiosidad que desataban las élites en su contra. Figuras como la displicente ministra de Educación, el insensible alcalde de Santiago, un ministro del Interior devenido provocador a todo evento o las bufonadas del alcalde de Las Condes se solazaron tejiendo las más retr

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