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OPERACIóN RéQUIEM

Juan Pablo Sáez

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Fragmento

1

—La balearon a la salida del banco —dice Fábrega con el periódico en la mano—. Un contacto me dijo que no debiera estar muy lejos de Santiago.

De fondo se escucha una sonata para piano que suena en el minicomponente. La oficina está más iluminada que en otras ocasiones. El sol de mayo entra con fuerza por un costado y se posa en la pared desnuda. El lugar es sobrio como la casa de un asceta. Aunque Julián siempre se ha preguntado si dicha sobriedad, la ausencia de fotos u objetos que marcan el lugar con la personalidad del ocupante de turno, no obedecerá más bien al deseo permanente de Fábrega por abandonar esa oficina.

En el artículo se cita el testimonio de dos clientas que hacían fila al interior de la sucursal. A eso de las nueve vieron entrar a tres personas con pasamontañas verdes. Dos de ellas portaban revólveres y una, que vestía un pantalón de buzo azul ajustado a la pierna, cargaba una metralleta que le cruzaba el pecho. Todo transcurrió muy rápido. De hecho, el robo se resolvió sin contratiempos. Los encargados de las cajas y los pocos clientes que hacían fila a esa hora de la mañana permanecieron en silencio, obedeciendo las órdenes de los asaltantes que llenaron tres bolsos deportivos con dinero para luego salir de la sucursal. Cuando los tipos se disponían a escapar en un furgón, estalló una balacera infernal. Un grupo de carabineros que esperaba a las afueras del banco abrió fuego contra ellos. Dos de los asaltantes fueron heridos mientras que el tercero, el de la metralleta, alcanzó a escapar. La policía sostiene que el prófugo es el líder de las Brigadas Revolucionarias, una mujer conocida públicamente como Verónica G.

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Fábrega deja el diario a un lado. Se saca los lentes y masajea sus ojos. La semana pasada, al cumplir los cincuenta, decidió rasurarse la barba y el bigote que llevó por años. Luce más delgado que antes.

—Los pacos divulgaron su identidad —agrega deslizando sobre el escritorio una foto carnet ampliada que extrae de la cajonera—. Mañana va a ser portada.

Julián toma la foto y la observa un instante. Es primera vez desde el secuestro que el rostro de Verónica G. es revelado públicamente. La mujer tiene el pelo corto, casi al rape, los ojos vidriosos, la mirada desgastada.

—¿Puedo? —pregunta.

Fábrega asiente con la cabeza. Julián guarda la imagen en uno de los bolsillos de su chaqueta.

—Hay que publicar un perfil acabado de esta mina antes de que la encuentren. Nombre, datos familiares, amigos. Cualquier huevada sirve, no sé si me explico.

Julián lo mira. El diario busca hace meses salir de la UTI. De eso no se habla aunque todos saben hace rato que las ventas van en picada desde que regresó la democracia. Suena el teléfono. Fábrega contesta, toma entre sus dedos un elástico y gira su asiento hacia la pared donde se proyecta la silueta del ventanal. Julián entiende que la reunión ha terminado.

Detiene el auto dos cuadras antes de llegar a San Diego para observar otra vez la foto y comprobar que había visto esa cara por primera vez diez años atrás, cuando su mundo estrecho apenas sobrepasaba los muros de la universidad Arcis. La mujer debió llegar en la cuarta o quinta sesión del taller de fotografía que impartía la universidad el 83. Era flaca y muy pálida y sus ojos tenían un dejo de tristeza. Quienes asistían al taller la encontraban una hippie trasnochada y hueca, una izquierdista en los intramuros de la universidad, pero una hijita de papá y beneficiaria del sistema de la puerta para afuera. En una ocasión interrumpió la clase para decir que Lee Harvey Oswald era el grito de la historia. En el taller habían proyectado una diapositiva con la foto de Bob Jackson que mostraba al asesino de Kennedy siendo herido mortalmente. En la imagen se veía a un tipo de espaldas empuñando una pistola; frente a él aparecía Oswald retorciéndose de dolor. Estaba a punto de caer al suelo, pero su muñeca derecha lo esposaba a un policía que observaba con pavor la escena.

«Lo que nosotros hacemos no es robar, sino recuperar. Un delincuente roba lo que le es ajeno para autosatisfacerse, mientras que nosotros recuperamos lo que le pertenece al pueblo», se escucha desde el televisor en el living de Julián.

La mujer en pantalla lleva lentes de sol y se ajusta con la mano un pañuelo verde olivo que le tapa la mitad del rostro. Bordado al centro, el pañuelo lleva un símbolo rojo: una mano empuñada sobre una equis circunscrita por un círculo. Luego la imagen del televisor pasa a un plano general donde la misma mujer junto a dos o tres hombres armados, con pasamontañas, camisa verde y jeans, reparten pollos congelados a un grupo de habitantes de una población callampa de Santiago desde una camioneta blanca de una empresa avícola.

La mujer se había hecho conocida después del atraco a un supermercado. Le sacaron una foto que la mostraba de polera negra y jeans, con una metralleta al pecho cruzándole el cuerpo flaco y fibroso. La imagen apareció en un diario al día siguiente, transformándose en ícono para una resistencia agónica a fines de la dictadura. Un graffiti de su rostro cubierto con un pasamontaña, la metralleta al pecho, apareció en varios muros del centro de Santiago.

Julián retrocede la cinta y escucha nuevamente la única declaración conocida de Verónica G. «No es robar, sino recuperar». Stop. Rebobinar. «Lo que nosotros hacemos no es robar, sino recuperar». Stop. Esa voz parece coincidir con la de la muchacha del taller de fotografía.

Saca del clóset un álbum de fotos donde encuentra una polaroid tomada al interior de una casa a oscuras. Aparecen él mismo, a su lado Mujica, profesor de foto de la universidad, y al lado de este una muchacha de no más de veinte años. El profesor tiene la cara estrecha, el mentón sobresaliente, el pelo desordenado y la barba desaliñada. La luz de una vela que sostiene a la altura del cuello acentúa su nariz aguileña y la cuenca de sus ojos, dándole un aire tenebroso. La muchacha lleva el pelo largo, corte escalonado y partidura al medio. También sostiene una vela cuya luz refuerza la caída al vacío desde sus labios a la punta del mentón. Detrás de la foto se lee: Septiembre, 1983. Julián pone la polaroid junto a la foto que le dio Fábrega y compara ambas. Las dudas sobre la identidad de Verónica G. se desvanecen.

—La primera vez que vi a Jean Seberg fue cuando hizo de Juana de Arco —dice Fábrega sosteniendo la foto de Verónica G. a contraluz, cerca de la ventana—. A nosotros nos gustaba una famélica cuando todos los demás las preferían voluptuosas como la Loren, como la Bardot. Ir por la Seberg era ir contra el sistema, contra lo establecido. No sé si me explico. Si tú decías: «¡Ah, no, a mí me gusta la Jean Seberg!», estaba claro, pero súper claro, de qué lado estabas. Nadabas contra la corriente. Cuando todas querían irse a Hollywood esta mina se fue a París y se casó con un escritor de allá: un acto transgresor a todas luces. Cuando todas usaban el pelo largo la Seberg se lo cortaba casi al rape. Esta mina tiene algo de la Seberg.

Se sienta, dejando caer la foto sobre el escritorio. Lleva un beatle plomo y un pantalón de tela negro.

—Tú dirás, Oses.

—Creo que conocí a Verónica G. en la universidad —dice Julián.

Su jefe lo queda mirando unos segundos.Acerca su cuerpo al escritorio y apoya las manos cruzadas sobre la cubierta de vidrio.

—Me estás hueviando.

Julián extrae de su abrigo la polaroid que había encontrado ayer.

—En esta tiene el pelo largo, la sacamos una noche de toque de queda en la casa de un profesor.

Fábrega coge la foto y lee lo que está escrito al reverso.

—La conociste bien, supongo.

—Nunca fuimos amigos —responde Julián—. Ella estaba en tercer o cuarto año y yo en el último. Solo nos veíamos en un taller de foto de la universidad. El curso se terminaba y ella se iba rápido, sin hablar con nadie.

—¿Y este quién es?

—Él hacía el taller.

—Este huevón trabajó en el diario hasta fines de los setenta: el Mujica.

Julián se reacomoda en la silla, sorprendido.

—¿Conociste a Mujica?

—Hacía policial, de noche. Hospitales, incendios, accidentes, lo de siempre. No se metía con nosotros, solo cuando entregaba las fotos. Vivía metido en el auto asignado por el diario. Tenía un radio que comunicaba directamente con los pacos o los bomberos. Cuando pasaba algo partía a sacar fotos. Era un tipo callado, no tenía la menor idea de que hiciera clases.

—Ni yo de que hubiera trabajado aquí —dice Julián—. Nunca hablamos mucho. La única vez que estuve en su casa fue para ese toque de queda, un 11 de septiembre. Le habían disparado a una mujer que era capitán de carabineros y después los milicos decretaron el toque.

—¿Y qué sabes de ella?

—Poco.Aunque me acuerdo de su nombre: Ángela Schmidt. Era bonita. Donde fuera llamaba la atención. Se decía que venía de una familia de plata. Un espécimen raro en esa época, tratándose de una estudiante de la Arcis.

—Una familia poderosa que anida el germen de su propia destrucción. Ulrike Meinhof y Mara Cagol venían de familias ricas, una fundó las RAF y la otra las Brigadas Rojas. Ambas reivindicaban el fin del sistema que sustentaba a sus familias. Es un patrón de conducta de los terroristas de alto vuelo: matar al padre, borrar su propio origen. A eso súmale que Meinhof y Cagol pasaron por la universidad. Por lo que sabemos ahora, Verónica G. estudió en la Arcis. Ya tenemos algo para el reportaje del domingo. Eso ningún medio lo ha sacado.

Fábrega le dice que el artículo irá a doble página en la edición dominical del diario con una foto en color de Verónica G. encapuchada y con la metralleta al pecho. Julián no dice nada. Al salir, el aire fresco le da en la cara.

Los profesores de la Universidad Arcis se niegan a hablar de las Brigadas Revolucionarias. El miedo sigue impregnado en los pasillos tres años después del fin de la dictadura. Los alumnos nuevos, en cambio, se atreven a cruzar el cerco y hablan de las Brigadas, aunque solo en base a rumores que se alimentan de una épica que sobrevive en los muros del patio de la universidad. En una pared que da a la calle Huérfanos hay una cara pintada con trazos gruesos, sobre un fondo rojo, que la federación de estudiantes retoca desde hace dos años. Es el rostro de un joven moreno de ojos chicos, cejas espesas y arqueadas. Un trazo de pintura amarilla delinea el contorno de su cabeza, lo que le confiere un aire de santo recién canonizado. Un poco más arriba, sobre su coronilla, se lee: «Hasta la victoria siempre»; entre esta frase y la cabeza del joven: «Brigadas Revolucionarias».

—Ese es Ciro Valdemar —le dice un estudiante de la federación con un dejo de orgullo.

Al estudiante el pelo le cae sobre la cara y se le ve un solo ojo.Ante el silencio prolongado le pregunta a Julián si sabe quién es Ciro Valdemar. Cuando estudiaba jamás había oído mencionar ese nombre, aunque el rostro plasmado en la muralla le recuerda a uno de esos alumnos rezagados que pululaban en los patios de la universidad y que de cuando en cuando entraban a clase y se sentaban atrás, en un banco al final de la sala, sin hablar. El estudiante se acomoda en la vereda frente al mural, mientras revisa los bolsillos de la chaqueta de mezclilla en busca de un cigarrillo. Saca uno a medio fumar y lo enciende.

—Las Brigadas empezaron con él. La mina de la metralleta, los atentados, el asalto al banco: todo empezó con él —asegura.

—Pero las Brigadas las creó Verónica G. Eso se sabe —objeta Julián tras sentarse junto al joven.

—El líder de las Brigadas era Ciro —retruca dando una pitada y acomodándose la melena hacia atrás—. Lo fue hasta que lo mataron, después del secuestro.

Un mártir. Fábrega suele decir que cualquier organización con ambiciones de sobrevida requiere un mártir, alguien que encarne el Zeitgeist. Las organizaciones más poderosas se vanaglorian de tener héroes muertos en combate y las Brigadas Revolucionarias tenían el suyo.

—Dicen que el Ciro estaba desarmado y que ya habían soltado al general Figueroa cuando los milicos entraron a la casa y le dispararon.

—En el secuestro de Figueroa no hubo muertos —interrumpe Julián que recuerda el caso, no así la muerte de alguien de apellido Valdemar.

—Al Ciro le pusieron siete tunazos, todos en el pecho —continúa el joven, botando el humo a un lado—. En la federación circuló una foto del tipo hecho mierda. Cuando la vi lo primero que me impresionó fue que de la nariz le salía tanta sangre que le tapaba la cara entera. Sus ojos estaban abiertos.

El joven se sume en el silencio. Julián lo mira esperando más detalles. Le pregunta si todavía conserva esa foto.

—Yo nunca la tuve. En realidad la vi por casualidad a la salida de una reunión de la federación. La reunión se acabó y quedamos como tres personas en la sala. Alguien sacó la foto y la miramos, pero sin hablar. Después la guardaron y salimos de la sala como si nada.

—¿Quién tenía la foto?

—No me acuerdo —responde—. Además ni siquiera importa. La foto estaba medio desenfocada.

El joven se levanta de improviso, sin dejar tiempo para más preguntas. Dice que tiene una clase y que está atrasado. Antes de entrar al edificio agrega, acomodándose el morral de cuero al hombro:

—Lo importante, lo único importante, es que las Brigadas se acabaron cuando se pitearon al Ciro. No se sobrevive rodeado de traidores.

El estudiante se aleja, pero su ojo y su melena permanecen allí unos segundos, como una imagen latente esperando a ser revelada. Julián escribe en una libreta: «Sus ojos estaban abiertos» y «No se sobrevive rodeado de traidores».Así lo hacía siempre con las entrevistas sin grabar: anotaba una o dos frases memorizadas, las que más llamaban su atención, las más ambiguas, las que le daban varias pistas sobre un mismo objeto, así fueran todas contradictorias.

Se queda observando el mural. Recuerda cuando vio por primera vez la foto del Che Guevara muerto en una de las revistas Life que su padre acumulaba. En algún momento de su niñez se entremezclaron esta imagen con la de un Cristo inerte y medio desnudo siendo descendido de la cruz por sus familiares. De todas las estaciones del vía crucis estampadas en las paredes de la iglesia del colegio, ésta era la que más recordaba. Imagina ahora el cuerpo famélico de Ciro Valdemar tendido sobre el piso, con su madre al lado lavándole las heridas del pecho y de la cara. Una hora antes, los siete proyectiles entrando en la carne y en los huesos del muchacho; en el inicio de todo, Valdemar saliendo a la calle con la pistola en la mano.

Julián atraviesa el patio de la universidad. Sube hasta el tercer piso donde está la biblioteca. Allí pide que le entreguen los archivos de la revista Rebelión, una publicación artesanal y de tiraje limitado que sacaban las Brigadas. Se detiene en un ejemplar de junio de 1984 que lleva un aviso que dice:

Se invita a los compañeros cinéfilos a disfrutar

de la exhibición de la película Taxi Driver que tendrá

lugar en el subterráneo de la universidad

este viernes a las 19 horas.

Adhesión: $100 (con derecho a un navegado)

Comentarios: profesor Arturo Mujica &

compañero C. Valdemar

Invita: Colectivo Brigadas Revolucionarias

En el aviso aparece una foto de Robert De Niro, con pelo corto, casaca y blue jeans, caminando cabizbajo por una calle sucia, entre tarros de basura, tiendas de comida rápida y cines porno. Abajo, en el costado derecho de la foto, está el símbolo rojo de las Brigadas. Le saca una fotocopia a la página.

Luego desciende al primer piso.Atraviesa Huérfanos y se dirige a la oficina de asuntos estudiantiles: un lugar oscuro, de paredes descascaradas y con olor a carpetas viejas. Una mujer de boca en punta y gesto adusto le pregunta qué quiere. Es la misma secretaria de cuando era estudiante. Sigue llevando unos lentes de marco oscuro y el pelo tomado en un moño. El rumor decía que era la única funcionaria de derecha de la Arcis, lo que le granjeó numerosos enemigos entre estudiantes y profesores, aunque con Julián siempre congeniaron.

—¿Qué lo trae por aquí? —pregunta ella, confirmándole que lo reconoce—. Los certificados de egreso ya no se piden aquí.

—Vengo por otra cosa —dice Julián, forzando la sonrisa—. Estoy escribiendo un artículo sobre la historia del periodismo en Chile, exalumnos de la facultad y eso.

La mujer deja sobre la mesa unos archivadores oscuros, con bandas de colores en los bordes. Se saca los lentes y empaña los vidrios con su hálito. Los limpia con un pañuelo y se los lleva al rostro con un movimiento parsimonioso.

—¿Un reportaje sobre exalumnos? Pero eso significa traerle a usted todas las carpetas de las generaciones anteriores. Van a ser las doce y media y tengo que almorzar —la mujer recoge los archivadores y entra en una salita del fondo. Desde allí le grita—: Llámeme más tarde y arreglamos para la próxima semana.

—Es que no tengo mucho tiempo y me van a joder en el diario si no termino hoy ese reportaje —dice. Hace una pausa y levanta la voz para hacerse escuchar—. Mire, en realidad necesito la ficha de un exalumno de apellido Valdemar. Se llama Ciro Valdemar.

—¿La ficha de quién me dijo? —pregunta la mujer.

—Ciro Valdemar.

El silencio se apodera súbitamente del lugar. Lo único que se oye es el crujido del piso de madera. La mujer sale de la oficina. Camina lentamente hasta el mesón y le dice en voz baja:

—Lo suyo no es la historia de la facultad entonces.

Julián la mira a los ojos sin decirle nada. Ella se saca los lentes para limpiarlos nuevamente.

—Espéreme acá.

La mujer regresa a la salita. Cuando reaparece deja sobre el mesón una carpeta transparente.

—Voy a hacer una llamada —dice—. En dos minutos estoy de vuelta.

Julián se inclina para mirar de cerca el par de hojas amarillentas que contiene la carpeta. Arriba, en la primera hoja, se lee: «FICHA» y, más abajo, «Ciro Andrés Valdemar F». Al costado izquierdo del nombre hay una foto carnet en blanco y negro de un joven con cara redonda, rasgos indígenas y aspecto taciturno. Un bigote precoz se asoma apenas sobre sus labios gruesos. El texto dice que nació en San Antonio en febrero de 1962 y que sus estudios secundarios los hizo en un colegio de Santiago. Hay un guion con lápiz pasta azul sobre la línea correspondiente a los estudios básicos. Luego, el año de ingreso a la facultad: 1980, y enseguida una anotación a mano, entre paréntesis, que dice: «C.E. julio 1984». Es todo lo que hay. En la segunda hoja hay un cuadro vacío para las observaciones.

La secretaria regresa. Retira los documentos lentamente. El periodista da dos tosidos cortos. Le pregunta qué significa la sigla «C.E.» en la ficha.

—Congeló estudios —responde ...