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ORGULLO Y PREJUICIO

Jane Austen  

5


Fragmento

INTRODUCCIÓN

¿Por qué le gusta tantísimo la señora Austen? Eso me tenía desconcertada… No había leído Orgullo y prejuicio hasta que leí esa frase suya; entonces lo hice. ¿Y qué encontré? El daguerrotipo preciso de un rostro corriente; un jardín bien cercado y bien cuidado, con lindes definidas y flores delicadas; pero ninguna mirada de una fisonomía brillante y viva, ni campo abierto ni aire fresco, ni colina azul ni hermoso arroyo. No me gustaría vivir con sus damas y sus caballeros, en sus casas elegantes pero cerradas.

Charlotte Brontë expresó así su descontento hacia una de las novelas inglesas más populares de todos los tiempos, en una carta de 1848 dirigida a G. H. Lewes. Volveré a su crítica más adelante, así como a sus connotaciones, pero la rotundidad de su respuesta negativa me lleva a reconsiderar el atractivo duradero de la novela y la relevancia que todavía puede tener, si la tiene, para gente que vive en condiciones sociales muy distintas. En esta introducción me gustaría proponer diferentes acercamientos a la novela, los cuales tal vez ayuden a aclarar sus logros en términos de su época, y a encontrar una explicación al porqué la forma de esos logros pudo resultar desagradable para una romántica como Charlotte Brontë. Espero también que, al exponer las distintas maneras de enfocar la novela, nos resulte más fácil comprender su relevancia.

Resulta sencillo captar la trascendencia que tuvo para la sociedad de su época, pues durante la década en la que Napoleón estaba actuando en Europa, y transformándola, Jane Austen compuso una obra en la que los hechos más importantes giran en torno a un hombre que cambia sus modales y una joven su mentalidad. Los soldados sólo desempeñan el papel marginal de entretener a las jóvenes, que en un caso desemboca en la fuga de los amantes. La novela ofrece una visión general de una pequeña parte de la sociedad que vive atrapada en un presente casi eterno, en el que son muy pocos los cambios que pueden producirse. La mayoría de la gente es tan inmóvil y repetitiva como las rutinas y los rituales sociales establecidos que dominan sus vidas. El dinero es un problema potencial (nunca real) y el noviazgo comporta sus propios dramas personales, pero todo lleva a la consecución de enlaces matrimoniales satisfactorios, que es, justamente, el modo en que una sociedad asegura su continuidad y minimiza la posibilidad de que se produzca el más mínimo cambio violento. En un mundo así, un cambio de mentalidad, un acto mediante el cual la conciencia demuestra cierta independencia de las pautas de pensamiento que predeterminan la interpretación de los hechos, puede, sin duda, resultar un acontecimiento bastante trascendental; en esta novela, se trata de una modificación interior que va acompañada de una modificación exterior en el comportamiento de un individuo. Veámoslo del siguiente modo: hasta el capítulo cuarenta y dos, Mr. Darcy y Elizabeth Bennet creen estar participando en una acción que, de convertirse en ficción, debería titularse Dignidad y percepción. Tienen que aprender a darse cuenta de que su novela se titula, con más acierto, Orgullo y prejuicio. La obra de Jane Austen trata, principalmente, de los prejuicios y del establecimiento de nuevos juicios. Es una novela de reconocimiento («re-conocimiento»), entendido como el acto por el cual la mente puede volver sobre un hecho y, de ser necesario, realizar revisiones y correcciones hasta llegar a verlo como es en realidad. Como tal, se relaciona temáticamente con las obras dramáticas de reconocimiento que constituyen la tradición de la tragedia occidental –Edipo rey, El rey Lear, Fedra–, si bien se ha pasado del drama a la comedia para ajustarse a una obra que no trata de la finalidad de la muerte del individuo, sino sobre la continuidad de la vida social.

No me olvido del particular encanto de la figura de Elizabeth Bennet, lo que contribuye en gran medida al atractivo de la novela.

«Debo confesar que creo que [Elizabeth Bennet] es una de las criaturas más encantadoras que haya aparecido impresa, y no sé cómo podré tolerar a aquellos que no la quieran…», escribió Jane Austen en una carta; y, sin duda, con su combinación de vigor e inteligencia, y su alegre resistencia a una sociedad que tiende constantemente a la gris conformidad, podría ser una digna heroína en una novela de Stendhal, lo que no puede decirse de muchas heroínas inglesas. Sin embargo, en este momento me gustaría hacer hincapié en que una parte muy importante del libro es el modo en que aborda, e incluso dramatiza, algunos aspectos del problema del conocimiento. Por supuesto, los filósofos del siglo XVIII habían estudiado lo que John Locke denominó «la facultad de discernimiento del hombre» con un rigor analítico inusual, considerando no sólo la cuestión de qué es lo que sabemos, sino el asunto más reflexivo de cómo sabemos lo que sabemos y de los límites que los propios procesos e instrumentos de cognición establecen sobre el conocimiento. Locke afirmó al inicio de su Ensayo sobre el entendimiento humano:

Merece la pena, pues, descubrir los límites entre la opinión y el conocimiento, y examinar, respecto de las cosas sobre las que no tenemos conocimiento cierto, por qué medios debemos regular nuestro asentimiento y moderar nuestras persuasiones.

Y añadió, a modo de advertencia importante para entender buena parte de la literatura del siglo XVIII: «Nuestro propósito aquí no es conocer todas las cosas, sino aquellas que afectan a nuestra conducta». Locke señaló que «por una costumbre muy arraigada», a menudo «llegamos a considerar como percepción de nuestra sensación algo que es una idea formada por nuestro juicio». Esto sintetiza con bastante precisión las primeras reacciones de Elizabeth con respecto a Darcy. Ella identifica sus percepciones sensoriales como juicios, o trata sus impresiones como conocimiento. En su violenta condena de Darcy, y en el apoyo inmediato que muestra a Wickham, por muy comprensivo que sea el primero y defendible el segundo, Elizabeth es culpable de «falso asentimiento y error», como Locke tituló uno de sus capítulos. En él ofrece algunas de las causas por las que caemos en el error, como por ejemplo «hipótesis recibidas», «pasiones o inclinaciones predominantes» y «autoridad». Éstas son fuerzas e influencias a las que la conciencia de cada individuo debe enfrentarse si quiere llevar a cabo la solitaria lucha hacia una auténtica visión, como hace la conciencia de Elizabeth; y el hecho de que grupos y sociedades al completo puedan vivir atrapados en el «falso asentimiento y el error», a menudo con resultados intolerablemente injustos y crueles, contribuye a perpetuar la relevancia de esta historia feliz sobre una joven que aprende a cambiar su manera de pensar.

El primer título que Jane Austen eligió para la novela que al final se titularía Orgullo y prejuicio fue Primeras impresiones, lo que a mi entender aporta una pista fundamental sobre una cuestión central de la versión definitiva. Sin embargo, no podemos saber la relevancia de esas «primeras impresiones» en la versión previa, puesto que se ha perdido. De más está decir que han sido muchos los estudios eruditos acerca de la supuesta evolución de la novela. Citaré aquí a Brian Southam, autor de Jane Austen’s Literary Manuscripts, ya que sus investigaciones en este aspecto están mucho más avanzadas que las mías. Sugiere la posibilidad de que Jane Austen iniciara la novela como una de sus anteriores obras paródicas, aunque añade que en la versión final hay pocos indicios de ese comienzo.

El propósito burlesco se insinúa en el título, ya que la expresión «primeras impresiones» procede directamente de la terminología de la literatura sentimental y, con toda probabilidad, Jane Austen debió de descubrirla en Sir Charles Grandison, donde se definen brevemente sus connotaciones. Debió de encontrar un uso más reciente en Los misterios de Udolfo (1794), novela en la que a la heroína se le dice que si consigue no rendirse a las primeras impresiones adquirirá «una permanente dignidad en sus maneras, que es lo único que puede equilibrar las pasiones». Aquí, como suele suceder en la ficción popular, las «primeras impresiones» muestran la fuerza y la verdad de la respuesta inmediata e intuitiva del corazón, por lo general el amor a primera vista. Jane Austen ya había abordado la idea de este sentimiento en Amor y amistad, y en Sentido y sensibilidad aparece como un rasgo definitorio del temperamento de Marianne… En Orgullo y prejuicio se produce una sorprendente inversión de este concepto, aunque en circunstancias que nada tienen que ver con lo sentimental.

Se refiere a las «primeras impresiones» de Elizabeth sobre Pemberley, la casa de Darcy, que resultan acertadas y así se manifiesta en la novela. Conviene añadir que también sus primeras impresiones sobre los personajes de Mr. Collins y lady Catherine de Bourgh están bien encaminadas. Sin embargo, se equivoca en las de Wickham; y sus primeras impresiones sobre Darcy, aunque están justificadas en gran medida por el comportamiento y el tono del hombre, constituyen una base inadecuada para el rígido juicio que emite sobre él.1

El señor Southam cree que «es probable que descartara el título original tras la publicación de la obra First Impressions («Primeras impresiones»), de Mrs. Holford, en 1801», y repite la observación de R. W. Chapman de que es casi seguro que el nuevo título proceda de las páginas finales de Cecilia, de Fanny Burney. En esta obra también aparece un joven muy orgulloso, Mortimer Delvile, quien no está dispuesto a renunciar a su apellido, cuando tal renuncia es el retorcido requisito para que Cecilia pueda heredar la fortuna de su tío. La relación entre esta obra y la de Jane Austen ha sido explorada por algunos críticos, pero bastará con citar aquí el discurso del sabio doctor Lyster hacia el final de la novela:

–Todo este desafortunado asunto –dijo el doctor Lyster–, ha sido el resultado del ORGULLO y del PREJUICIO. Tu tío, el deán, lo comenzó, con su arbitraria voluntad, ¡como si una ordenanza propia pudiera detener el curso de la naturaleza…! Tu padre, Mr. Mortimer, lo continuó con la misma seguridad en sí mismo, y prefirió la desgraciada satisfacción de regalarse los oídos con un sonido agradable a la estable felicidad de su hijo con una esposa rica y digna. Sin embargo, a pesar de ello, recuerda: si le debes tus desgracias al ORGULLO y al PREJUICIO, y como el mal y el bien están perfectamente equilibrados, también le deberás al ORGULLO y al PREJUICIO acabar con ellas.

Sin embargo, aunque aceptemos que la expresión «primeras impresiones» puede representar algo más que una crítica velada a las convenciones de la novela sentimental, me gustaría proponer otra posible explicación para el título original de Jane Austen. Sin intención de insinuar que hubiera leído tanta filosofía contemporánea como ficción (aunque tratándose de una mujer tan inteligente, no resulta imposible), creo que conviene señalar que «impresiones» es una de las palabras clave en la filosofía de David Hume, a la que otorga un lugar destacado como fuente de nuestro conocimiento. Así empieza el Tratado de la naturaleza humana:

Todas las percepciones e ideas de la mente humana se reducen a dos géneros distintos que yo llamo impresiones e ideas. La diferencia entre ellos consiste en los grados de fuerza y vivacidad con que se presentan a nuestro espíritu y se abren camino en nuestro pensamiento y conciencia. A las percepciones que penetran con más fuerza y violencia las llamamos impresiones, y comprendemos bajo este nombre todas nuestras sensaciones, pasiones y emociones tal como hacen su primera aparición en el alma. Por ideas entiendo las imágenes débiles de éstas en el pensamiento y razonamiento. […] Existe otra división de nuestras percepciones que será conveniente observar y que se extiende a la vez sobre impresiones e ideas. Esta división es en simples y complejas. […] Observo que muchas de nuestras ideas complejas no tienen nunca impresiones que les correspondan y que muchas de nuestras impresiones complejas no son exactamente copiadas por ideas. Puedo imaginarme una ciudad como la nueva Jerusalén, cuyo pavimento sea de oro y sus muros de rubíes, aunque jamás he visto una ciudad semejante. Yo he visto París, pero ¿afirmaré que puedo formarme una idea tal de esta ciudad que reproduzca perfectamente todas sus calles y casas en sus proporciones justas y reales?

Elizabeth tiene una mente viva –su viveza es, de hecho, una de las cualidades que seducen a Darcy–, y sus impresiones son igualmente vivas, ya que la calidad de la conciencia que las capta afecta necesariamente a la intensidad de las impresiones que se perciben. De manera similar, es capaz de tener impresiones complejas e ideas complejas, pero trataré este punto más adelante. Su problema, en términos de Hume, es que sus ideas complejas no siempre se basan por entero en sus impresiones complejas, obtenid

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