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OTRAS VOCES OTROS áMBITOS

Truman Capote  

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Fragmento

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Pues bien, un viajero debe llegar a Ciudad Mediodía por los mejores medios que encuentre, porque no hay ómnibus ni trenes que vayan en esa dirección, aunque seis días por semana un camión de la Compañía Chuberry de Trementina recoge correspondencia y provisiones en la vecina ciudad de Capilla Paraíso. De tanto en tanto una persona que se dirige a Ciudad Mediodía puede hacer un viaje con el conductor del camión, Sam Radclif. Es un viaje accidentado, venga uno de donde viniere, porque esos caminos, ondulados como una tabla de lavar, dejan destartalados, con suma rapidez, incluso a los coches nuevos. Y los que buscan transporte gratuito en los vehículos que pasan por el camino, descubren que el viaje es penoso. Además, ésta es una región desolada. Y aquí, en las hondonadas pantanosas en que florecen tigridias del tamaño de la cabeza de un hombre, hay luminosos troncos verdes que brillan bajo las oscuras aguas cenagosas como cadáveres de hombres ahogados. A menudo el único movimiento que se distingue en el paisaje es el humo invernal que sale enroscándose de la chimenea de alguna granja de aspecto férrico, o un pájaro de alas rígidas, silencioso y con ojos como flechas, volando en círculo por sobre los desiertos pinares.

Dos caminos pasan por las soledades para entrar en Ciudad Mediodía: uno desde el norte, el otro desde el sur. Este último, conocido como Carretera de Capilla Paraíso, es el mejor de los dos, aunque ambos son muy parecidos: desolados kilómetros de marjal y bosques se tienden a lo largo de las dos rutas, ininterrumpidos a no ser por carteles dispersos que anuncian Cigarros Punto Rojo, de 5 centavos, Dr. Pepper, NEHI, Tónico de Grove para Enfriamientos y 666. Los puentes de madera, que cruzan arroyuelos nauseabundos bautizados con nombres de tribus incitas tiempo ha desaparecidas, retumban como truenos lejanos bajo los vehículos que pasan. Manadas de cerdos y vacas vagan por los caminos a su entero albedrío. De tanto en tanto una familia granjera hace una pausa en la faena para saludar a un automóvil que pasa zumbando y contemplarlo tristemente hasta que desaparece, envuelto en polvo rojo.

Un achicharrante día de comienzos de junio, el conductor de la Compañía de Trementina, Sam Radclif, un hombrón casi calvo, de un metro ochenta de estatura y rostro tosco, varonil, bebía ávidamente una cerveza en el Café Lucero del Alba, en Capilla Paraíso, cuando el propietario se acercó, rodeando con el brazo a ese chiquillo desconocido.

—Hola, Sam —dijo el propietario, un individuo llamado Sydney Katz—. Aquí hay un chico que te quedaría agradecido si pudieras llevarlo a Ciudad Mediodía. Desde ayer ha estado tratando de llegar allí. ¿Te parece que podrías ayudarlo?

Radclif estudió al muchacho por sobre el borde de su vaso de cerveza y no le gustó mucho su aspecto. Tenía sus ideas en cuanto a cómo debe ser un “verdadero” chico, y ése, en cierto modo, le molestaba. Era demasiado hermoso, demasiado delicado, de piel demasiado blanca. Cada una de sus facciones estaba dibujada con sensible exactitud y una ternura femenina dulcificaba sus ojos, que eran pardos y enormes. Su cabello castaño, corto, estaba estriado de hebras de amarillo oro. Una especie de expresión cansada, implorante, le cubría el rostro delgado, y en sus hombros había una caída poco juvenil. Llevaba pantalones largos, arrugados, de lino blanco, una fláccida camisa azul con el cuello abierto en la garganta, y zapatos de color tostado, más bien maltrechos.

Limpiándose un bigote de espuma del labio superior, Radclif dijo:

—¿Cómo te llamas, hijo?

—Joel. Jo-el Ha-rri-son Knox. —Separó explícitamente las sílabas, como si creyera que el conductor era sordo, pero su voz sonaba extraordinariamente suave.

—¿Sí? —esbozó Radclif perezosamente, colocando sobre el mostrador su vaso vacío—. Un nombre sumamente fantástico, señor Knox.

El chico se ruborizó y se volvió hacia el propietario, quien intervino rápidamente:

—Es un buen muchacho, Sam. Listo como una ardilla. Conoce palabras que ni tú ni yo hemos oído jamás.

Radclif se mostró disgustado.

—Vaya, Katz —ordenó—, llénalo otra vez. —Cuando el propietario se alejó para traer otra cerveza, Sam dijo bondadosamente:— No tenía intenciones de burlarme de ti, hijo. ¿De dónde eres?

—De Nueva Orleáns —respondió—. Salí de allí el jueves y llegué aquí el viernes... y ya no pude seguir. Nadie vino a esperarme.

—Sí, ¿eh? —dijo Radclif—. ¿Vas a visitar a algún pariente en Ciudad Mediodía?

El chico asintió.

—A mi padre. Voy a vivir con él.

Radclif levantó la mirada hacia el cielo raso, masculló “Knox” varias veces y luego meneó la cabeza con expresión de desconcierto.

—No, no creo que conozca a nadie de ese apellido. ¿Estás seguro de que es allí adonde quieres ir?

—Oh, sí —respondió el muchacho sin alarmarse—. Pregúntele a Mr. Katz; él ha oído hablar de mi padre y yo le mostré las cartas y... Espere.

Pasó apresuradamente por entre las mesas del lúgubre café y regresó transportando una voluminosa valija que, a juzgar por su mueca, era extremadamente pesada. La valija presentaba un aspecto alegre con las descoloridas etiquetas, recuerdos de su paso por remotas regiones del globo: París, El Cairo, Venecia, Viena, Nápoles, Hamburgo, Bombay, etc. Era un espectáculo raro para un día caluroso, en una ciudad del tamaño de Capilla Paraíso.

—¿Estuviste en todos esos lugares? —inquirió Radclif.

—Nooo —respondió el joven, forcejeando para desatar una gastada correa de cuero que ceñía la valija—. Perteneció a mi abuelo, el comandante Knox. Supongo que habrá leído de él en los libros de historia. Fue una figura prominente en la Guerra Civil. De todos modos, ésta es la valija que usó en su viaje de bodas alrededor del mundo.

—Alrededor del mundo, ¿eh? —repitió Radclif, impresionado—. Debe de haber sido un hombre muy rico.

—Bueno, eso fue hace mucho tiempo. —Rebuscó entre sus pe

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