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OTRAS VOCES OTROS áMBITOS

Truman Capote  

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Fragmento

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Pues bien, un viajero debe llegar a Ciudad Mediodía por los mejores medios que encuentre, porque no hay ómnibus ni trenes que vayan en esa dirección, aunque seis días por semana un camión de la Compañía Chuberry de Trementina recoge correspondencia y provisiones en la vecina ciudad de Capilla Paraíso. De tanto en tanto una persona que se dirige a Ciudad Mediodía puede hacer un viaje con el conductor del camión, Sam Radclif. Es un viaje accidentado, venga uno de donde viniere, porque esos caminos, ondulados como una tabla de lavar, dejan destartalados, con suma rapidez, incluso a los coches nuevos. Y los que buscan transporte gratuito en los vehículos que pasan por el camino, descubren que el viaje es penoso. Además, ésta es una región desolada. Y aquí, en las hondonadas pantanosas en que florecen tigridias del tamaño de la cabeza de un hombre, hay luminosos troncos verdes que brillan bajo las oscuras aguas cenagosas como cadáveres de hombres ahogados. A menudo el único movimiento que se distingue en el paisaje es el humo invernal que sale enroscándose de la chimenea de alguna granja de aspecto férrico, o un pájaro de alas rígidas, silencioso y con ojos como flechas, volando en círculo por sobre los desiertos pinares.

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Dos caminos pasan por las soledades para entrar en Ciudad Mediodía: uno desde el norte, el otro desde el sur. Este último, conocido como Carretera de Capilla Paraíso, es el mejor de los dos, aunque ambos son muy parecidos: desolados kilómetros de marjal y bosques se tienden a lo largo de las dos rutas, ininterrumpidos a no ser por carteles dispersos que anuncian Cigarros Punto Rojo, de 5 centavos, Dr. Pepper, NEHI, Tónico de Grove para Enfriamientos y 666. Los puentes de madera, que cruzan arroyuelos nauseabundos bautizados con nombres de tribus incitas tiempo ha desaparecidas, retumban como truenos lejanos bajo los vehículos que pasan. Manadas de cerdos y vacas vagan por los caminos a su entero albedrío. De tanto en tanto una familia granjera hace una pausa en la faena para saludar a un automóvil que pasa zumbando y contemplarlo tristemente hasta que desaparece, envuelto en polvo rojo.

Un achicharrante día de comienzos de junio, el conductor de la Compañía de Trementina, Sam Radclif, un hombrón casi calvo, de un metro ochenta de estatura y rostro tosco, varonil, bebía ávidamente una cerveza en el Café Lucero del Alba, en Capilla Paraíso, cuando el propietario se acercó, rodeando con el brazo a ese chiquillo desconocido.

—Hola, Sam —dijo el propietario, un individuo llamado Sydney Katz—. Aquí hay un chico que te quedaría agradecido si pudieras llevarlo a Ciudad Mediodía. Desde ayer ha estado tratando de llegar allí. ¿Te parece que podrías ayudarlo?

Radclif estudió al muchacho por sobre el borde de su vaso de cerveza y no le gustó mucho su aspecto. Tenía sus ideas en cuanto a cómo debe ser un “verdadero” chico, y ése, en cierto modo, le molestaba. Era demasiado hermoso, demasiado delicado, de piel demasiado blanca. Cada una de sus facciones estaba dibujada con sensible exactitud y una ternura femenina dulcificaba sus ojos, que eran pardos y enormes. Su cabello castaño, corto, estaba estriado de hebras de amarillo oro. Una especie de expresión cansada, implorante, le cubría el rostro delgado, y en sus hombros había una caída poco juvenil. Llevaba pantalones largos, arrugados, de lino blanco, una fláccida camisa azul con el cuello abierto en la garganta, y zapatos de color tostado, más bien maltrechos.

Limpiándose un bigote de espuma del labio superior, Radclif dijo:

—¿Cómo te llamas, hijo?

—Joel. Jo-el Ha-rri-son Knox. —Separó explícitamente las sílabas, como si creyera que el conductor era sordo, pero su voz sonaba extraordinariamente suave.

—¿Sí? —esbozó Radclif perezosamente, colocando sobre el mostrador su vaso vacío—. Un nombre sumamente fantástico, señor Knox.

El chico se ruborizó y se volvió hacia el propietario, quien intervino rápidamente:

—Es un buen muchacho, Sam. Listo como una ardilla. Conoce palabras que ni tú ni yo hemos oído jamás.

Radclif se mostró disgustado.

—Vaya, Katz —ordenó—, llénalo otra vez. —Cuando el propietario se alejó para traer otra cerveza, Sam dijo bondadosamente:— No tenía intenciones de burlarme de ti, hijo. ¿De dónde eres?

—De Nueva Orleáns —respondió—. Salí de allí el jueves y llegué aquí el viernes... y ya no pude seguir. Nadie vino a esperarme.

—Sí, ¿eh? —dijo Radclif—. ¿Vas a visitar a algún pariente en Ciudad Mediodía?

El chico asintió.

—A mi padre. Voy a vivir con él.

Radclif levantó la mirada hacia el cielo raso, masculló “Knox” varias veces y luego meneó la cabeza con expresión de desconcierto.

—No, no creo que conozca a nadie de ese apellido. ¿Estás seguro de que es allí adonde quieres ir?

—Oh, sí —respondió el muchacho sin alarmarse—. Pregúntele a Mr. Katz; él ha oído hablar de mi padre y yo le mostré las cartas y... Espere.

Pasó apresuradamente por entre las mesas del lúgubre café y regresó transportando una voluminosa valija que, a juzgar por su mueca, era extremadamente pesada. La valija presentaba un aspecto alegre con las descoloridas etiquetas, recuerdos de su paso por remotas regiones del globo: París, El Cairo, Venecia, Viena, Nápoles, Hamburgo, Bombay, etc. Era un espectáculo raro para un día caluroso, en una ciudad del tamaño de Capilla Paraíso.

—¿Estuviste en todos esos lugares? —inquirió Radclif.

—Nooo —respondió el joven, forcejeando para desatar una gastada correa de cuero que ceñía la valija—. Perteneció a mi abuelo, el comandante Knox. Supongo que habrá leído de él en los libros de historia. Fue una figura prominente en la Guerra Civil. De todos modos, ésta es la valija que usó en su viaje de bodas alrededor del mundo.

—Alrededor del mundo, ¿eh? —repitió Radclif, impresionado—. Debe de haber sido un hombre muy rico.

—Bueno, eso fue hace mucho tiempo. —Rebuscó entre sus pertenencias ordenadamente dispuestas hasta que encontró un delgado paquete de cartas.— Hela aquí —dijo, escogiendo un sobre verde pálido.

Radclif palpó la carta un momento antes de abrirla. Pero pronto, con torpes cuidados, extrajo una hoja de papel verde, como de seda, y, moviendo los labios, leyó:

Edw. R. Sansom, Esq.

Desembarcadero de Skully,

18 de mayo de 19...

“Mi querida Ellen Kendall:

Le quedo en deuda por responder a mi carta tan rápidamente, a vuelta de correo. Sí, tener noticias de mí después de doce años debe de haberle parecido extraño, pero puedo asegurarle que suficientes motivos respaldan este largo silencio. Empero, al enterarme, leyendo el Times Picayune, de cuya edición dominical somos suscriptores, del deceso de mi anterior esposa —Dios Todopoderoso conceda descanso a su bondadosa alma—, comprendí inmediatamente que la actitud honorable debía ser la de volver a asumir mis deberes paternales, olvidados, ¡ay!, durante todos estos años. Tanto la actual Mrs. Sansom como yo nos sentimos dichosos (más, ¡estamos enajenados de dicha!) de saber que usted se halla dispuesta a acceder a nuestro deseo, aunque, como lo indica, su corazón se destroce al hacerlo. ¡Ah, cuánto simpatizo con la pena que un sacrificio como ése puede producir, ya que he experimentado emociones similares cuando, después de ese espantoso asunto final, me vi obligado a separarme de mi único hijo, a quien idolatraba, cuando no era más que un niño pequeñito. Pero todo esto pertenece al pasado. Pierda cuidado, mi buena señora; aquí, en el Desembarcadero, tenemos un hermoso hogar, comida saludable y un ambiente culto con los que criar a mi hijo.

En cuanto al viaje: tenemos ansiedad por que Joel llegue aquí no más tarde del primero de junio. Y bien; cuando salga de Nueva Orleáns debe viajar por tren a Biloxi, en donde desembarcará y comprará un billete de ómnibus para Capilla Paraíso, ciudad que está a unos treinta kilómetros al sur de Ciudad Mediodía. En la actualidad no poseemos vehículo mecánico alguno; por lo tanto, sugiero que pase la noche en C. P., donde se alquilan cuartos en el piso de arriba del Café Lucero del Alba, hasta que se puedan tomar medidas más convenientes. Adjunto encontrará usted un cheque cuyo importe cubre los gastos que todo esto pueda ocasionar.

Suyo, respetuosamente,

EDW. R. SANSOM.”

El propietario llegó con la cerveza precisamente cuando Radclif, intrigado, frunciendo el entrecejo, lanzaba un suspiro y volvía a poner el papel en el sobre. Había en esa carta dos cosas que lo preocupaban: primero, la letra, dibujada en tinta del color mohoso de la sangre seca, era un laberinto de arabescos y de delicadas íes que llevaban, en lugar de puntos, oes más delicadas aún. ¿Qué clase de hombre podía escribir de ese modo? Y segundo:

—Si tu padre se llama Sansom, ¿cómo es que tú te llamas Knox?

El muchacho contempló el suelo con aire turbado.

—Bien —dijo, y lanzó a Radclif una mirada rápida, acusadora, como si el conductor lo despojara de algo—, se divorciaron; y mamá siempre me llamaba Joel Knox.

—¡Oh, mira, hijo —respondió Radclif—, no deberías haberla dejado que lo hiciera! Acuérdate de esto: tu padre es tu padre, suceda lo que sucediere.

El propietario esquivó una ansiosa mirada de pedido de ayuda que el muchacho ahora le lanzaba y se alejó para atender a otro parroquiano.

—Pero es que yo nunca lo he visto —dijo Joel, dejando caer las cartas en la valija y ciñendo la correa—. ¿Sabe dónde está ese lugar? ¿El Desembarcadero de Skully?

—¿El Desembarcadero? —repitió Radclif—. Es claro, es claro que lo conozco. —Bebió un gran trago de cerveza, lanzó un potente eructo y sonrió.— Sí, señor; si yo fuese tu papá te bajaría los pantalones y te daría una buena paliza. —Luego, apurando el resto de la cerveza, dio una palmada sobre el mostrador con una moneda de medio dólar y permaneció rascándose, meditativamente, la peluda barbilla, hasta que un reloj de pared dio las cuatro.— Bueno, hijo, vamos andando —dijo, y se dirigió con paso vivo hacia la puerta.

Luego de un instante de vacilación, el joven tomó su valija y lo siguió.

—¡Pasen a vernos otra vez! —gritó el propietario mecánicamente.

El camión era un Ford del tipo de motor de aceleración. Su interior olía intensamente a cuero recalentado por el sol y a vapores de gasolina. El velocímetro roto indicaba un veinte petrificado. Manchas de agua de lluvia y de insectos aplastados borroneaban el parabrisas, un trozo del cual estaba rajado en forma de estrella. Un cráneo de juguete adornaba la palanca de cambios. Las ruedas traqueteaban sobre la ascendente, descendente y curvada Carretera de Capilla Paraíso.

Joel estaba sentado, aplastado, en un ángulo del asiento, el codo apoyado en el marco de la ventanilla, la barbilla sostenida por la mano ahuecada, tratando trabajosamente de no dormirse. No había podido descansar bien ni siquiera una hora desde que había salido de Nueva Orleáns, porque, cuando cerraba los ojos, como ahora, ciertos recuerdos nauseabundos se le deslizaban por la mente. Uno de ellos se destacaba en especial: se encontraba ante el mostrador de una tienda de comestibles, su madre esperando junto a él, y afuera, en la calle, la lluvia de enero dibujaba carámbanos en los desnudos troncos de los árboles. Salieron juntos de la tienda y caminaron silenciosamente por el pavimento mojado, él sosteniendo un paraguas de percal para proteger a su madre, que llevaba una bolsa de mandarinas. Pasaron ante una casa en que alguien tocaba un piano, y la música sonaba triste en la tarde gris, pero su madre la consideró una canción hermosa. Y cuando llegaron a casa ella la tarareaba. Pero sintió frío y se acostó; y vino el médico, y vino todos los días, durante un mes, pero ella siempre tenía frío; y la tía Ellen estaba allí, siempre sonriendo, y el médico, siempre sonriendo, y las mandarinas intactas, arrugadas, en la heladera. Y cuando todo terminó él fue con Ellen a vivir en una sucia casa para dos familias, cerca de Pontchartrain.

Ellen era una mujer afable, más bien bondadosa, y hacía lo mejor que podía. Tenía cinco hijos en edad escolar y su esposo era empleado en una zapatería, de modo que no había mucho dinero. Pero Joel no dependía de ellos, ya que la madre le había dejado un pequeño legado. Ellen y su familia se mostraban benévolos con él, pero, aun así, él los rechazaba y a menudo se sentía obligado a hacer cosas odiosas, como burlarse de la prima mayor —una muchacha de aspecto tonto, llamada Louise— porque era un poco sorda. Joel se rodeaba la oreja con la mano y gritaba: “¿Cómo? ¿Cómo?”, y no podía dejar de hacerlo hasta que ella rompía a llorar. No bromeaba ni participaba en los animados juegos de sobremesa que su tío inauguraba todas las noches, y encontraba un extraño placer en llamar la atención hacia cualquier error gramatical que se cometiera. Pero el que esto fuera así le intrigaba tanto como a los Kendall. Era como si hubiera vivido todos esos meses usando un par de gafas de lentes verdes, rajados, y tuviera tapones de cera en los oídos, porque todo parecía ser algo que no era y los días se fundían en constantes ensueños. A Ellen le gustaba leer obras de Sir Walter Scott, Dickens y Andersen a los niños, antes de mandarlos a acostarse, y una helada noche de marzo leyó “La Reina de la Nieve”. Escuchando la lectura, se le ocurrió a Joel que tenía muchas cosas en común con el Pequeño Kay, cuya visión fue pervertida cuando un trozo del espejo malo del Hada le infectó el ojo, convirtiéndole el corazón en una masa de hielo amargo. Supongamos, pensaba, oyendo la dulce voz de Ellen y contemplando la luz de la lumbre que calentaba los rostros de sus primos, supongamos que, como el Pequeño Kay, también él fuera arrebatado al palacio helado de la Reina de la Nieve... ¿Qué alma viviente desafiaría entonces a los barones piratas para salvarlo? Y no había nadie en verdad, nadie.

Durante las últimas semanas, antes de la llegada de la carta, hacía novillos tres de cada cinco días para haraganear por los diques de la calle Canal. Se tomó la costumbre de compartir la caja del almuerzo que Ellen le preparaba con un gigantesco estibador negro que, mientras conversaban, inventaba exóticas leyendas de la vida en el mar, que Joel sabía falsas. Pero este hombre era una persona mayor y, de pronto, las personas mayores eran las únicas amistades que quería. Y pasaba horas solitarias contemplando la carga y descarga de barcos bananeros que viajaban a América Central, planeando, por supuesto, un paseo como polizón, porque estaba seguro de poder encontrar un trabajo con buena paga en alguna ciudad extranjera. Empero ocurrió que, en su decimotercer cumpleaños, llegó la primera carta del Desembarcadero de Skully.

Ellen no le mostró la carta hasta varios días después. La forma en que se comportó era extraña. Y cada vez que sus ojos se encontraban con los de él había en ellos una expresión que Joel no había visto nunca: una expresión asustada, culpable. Cuando respondió a la carta, ella pidió que se le asegurara que, si Joel se sentía descontento, se le permitiría volver sin demora; que se le garantizara que su educación sería atendida; que se le prometiera que pasaría las vacaciones de Navidad con ella. Pero Joel pudo sentir cuán aliviada estaba cuando, después de una larga correspondencia, la vieja valija de la luna de miel del comandante Knox fue sacada del desván.

Se alegró de irse. No se le ocurría por qué, ni se molestó en preguntárselo, pero la aparición más o menos increíble de su padre en una escena extrañamente abandonada doce años antes no se le ocurrió nada extraordinaria, tanto más cuanto que durante todo ese tiempo esperaba que sucediera algo así. Empero, el milagro que él planeó se relacionaba con una anciana adinerada que, habiéndolo entrevisto en una esquina, le enviaba inmediatamente un sobre repleto de billetes de mil dólares, o con una similar acción divina de parte de algún bondadoso desconocido. Y ese desconocido resultó ser su padre, cosa que, para él, representaba sencillamente una maravillosa buena suerte.

Pero más tarde, mientras yacía en la descascarada cama de hierro del piso de arriba del Café Lucero del Alba, mareado de calor, de congoja y de desesperación, se le presentó una distinta imagen de su padre y de su situación. No sabía qué debía esperar y sentía miedo, porque ya había pasado por tantas desilusiones... Un sombrero panamá, comprado nuevo en Nueva Orleáns y usado con arrogancia, le fue robado en la estación ferroviaria de Biloxi. Luego el ómnibus de Capilla Paraíso corrió con tres calurosas, sudorosas horas de atraso. Y finalmente, para remate de todo ello, en el café no lo esperaba ninguna noticia del Desembarcadero de Skully. Durante toda la noche del jueves dejó encendida la luz eléctrica en el cuarto extraño y leyó una revista de cinematografía hasta que se supo de memoria todas las últimas actividades de las estrellas de Hollywood. Porque, si permitía que su atención se volviera hacia sus adentros siquiera por un solo segundo, comenzaba a temblar y las despreciables lágrimas no querían contenerse. Hacia el alba tomó la revista, la rasgó en pedazos y quemó los trozos, uno a uno, en un cenicero, hasta que llegó el momento de bajar al café.

—Ahí atrás hay fósforos. ¿Quieres alcanzármelos, chico? —dijo Radclif—. En el estante, ¿los ves?

Joel abrió los ojos y miró en torno, aturdido. Una perfecta lágrima de sudor se le balanceaba en la punta de la nariz.

—Buen montón de basura tiene aquí —dijo, hurgando en el estante, que estaba atestado con una colección de periódicos amarillentos, un neumático resquebrajado, herramientas grasientas, una bomba de aire, una linterna y... una pistola. Junto a la pistola había una caja abierta de municiones, balas con el reluciente cobre de peniques nuevos. Sintió la tentación de tomar un puñado, pero terminó dejando caer diestramente una en el bolsillo del pecho.

—Tenga.

Radclif se puso un cigarrillo entre los labios y Joel, sin que se lo pidiera, le encendió un fósforo.

—Gracias —dijo Radclif, mientras lanzaba lentamente, por la nariz, dos gruesas columnas de humo—. Oye, ¿alguna vez has estado por esta parte del país?

—No exactamente, pero mi madre me llevó una vez a Gulport, y me gustó mucho por el mar. Ayer, en el tren, pasamos por allí.

—¿Te gusta esto?

Joel imaginó un tono extraño en la voz del conductor. Estudió el perfil romo de Radclif, preguntándose si el robo habría sido advertido. Al menos Radclif no lo demostraba.

—Bueno, es... ¿sabe?, distinto.

—Es claro, yo no noto ninguna diferencia. He vivido por estos alrededores toda mi vida, y a mí me parece como cualquier otra parte, ¡ja, ja!

El camión entró de pronto en un tramo de carretera ancha, dura, no flanqueada por la sombra de los árboles, aunque una camisa negra de pinos distantes oscurecía el borde del gran campo que yacía a la izquierda. Una figura lejana —no se podía decir si era de hombre o de mujer— dejó de azadonar para saludar con la mano y Joel respondió al saludo. Más adelante dos chiquillos peliblancos, montados a horcajadas en una mula huesuda, gritaron alborozados cuando pasó el camión sepultándolos en una cortina de polvo. Radclif trompeteó una y otra vez la bocina a una tribu de cerdos que se apartaba calmosamente del camino. Podía maldecir como ninguna otra persona a quien Joel había conocido, excepción hecha quizá del estibador negro.

Un poco más tarde, ceñudo y pensativo, Joel dijo:

—Me agradaría preguntarle algo; ¿está bien? —Esperó hasta que Radclif asintió.— Bueno, lo que quería preguntar es... ¿Conoce a mi... al señor Sansom?

—Sí, sé quién es, claro —respondió Radclif, y se secó la frente con un pañuelo mugriento—. Me hiciste perder la pista con esos dos apellidos, Sansom y Knox. Por supuesto, es el tipo que se casó con Amy Skully. —Hubo una pausa fugaz antes de que añadiera:— Pero la verdad es que nunca lo vi.

Joel se mordió el labio y guardó silencio por un momento. Desbordaba de preguntas que necesitaba que le contestaran, pero la idea de formularlas lo turbaba, porque parecería vergonzoso ser tan ignorante en cuanto a sus propios familiares. Por lo tanto dijo con voz sumamente audaz lo que quería decir:

—¿Y qué hay de este Desembarcadero de Skully? Quiero decir, ¿quién vive allí?

Radclif entrecerró los ojos mientras pensaba.

—Bien —dijo finalmente—, tienen allí un par de negros, y yo los conozco. Después está la esposa de tu papá; la conozco. Mi madre le hace alguno que otro vestido de tanto en tanto; o se los hacía, por lo menos. —Inhaló humo de cigarrillo y lanzó la colilla, con un capirotazo, por la ventanilla.— Y el primo... ¡Sí, por Dios, el primo!

—¿Sí? —dijo Joel negligentemente, aunque tal persona no fue mencionada jamás, ni siquiera una vez, en las cartas. Su mirada rogó al conductor que proporcionara más detalles. Pero Radclif no hizo más que lanzar una curiosa sonrisa, como si se sintiera divertido por una broma personal, demasiado secreta como para ser compartida con nadie.

Y hasta ahí llegó el asunto, no más.

—Pon atención ahora —recomendó Radclif de pronto—, estamos entrando en el pueblo.

Una casa. Un racimo gris de cabañas de negros.

Una iglesia sin pintar, de tablas de chilla, con un campanario de aguja y tres hojas sagradas de vidrio color rubí, un chiquillo negro que llevaba un enorme sombrero pajizo y apretaba con fuerza un cubo de moras.

Y, sobre todo ello, el brillo cegador del sol. Pronto apareció una calleja corta, sin pavimentar, sin nombre, flanqueada de casas de un piso, parecidas, algunas de mejor aspecto que otras. Cada una de ellas tenía una galería delantera y un jardín, y en algunos de los jardines crecían esmirriados rosales, mirtos y acederaques, de una rama de los cuales casi siempre pendía una mecedora de niños, hecha de cuerdas, y un viejo neumático de caucho. Había membrillos japoneses, de hojas cerosas, verdinegras, pulidas. Y vio a una rechoncha niñita rosada saltando a la comba, y a una dama anciana, acomodada en una galería pandeada, abanicándose con un abanico de hoja de palma. Luego una cochería de alquiler; en un granero rojo: caballos, carros, calesines, mulas, hombres. Y un brusco recodo en el camino: Ciudad Mediodía.

Radclif frenó el camión. Tendió el brazo y abrió la portezuela próxima a Joel.

—Lástima que no pueda llevarte al Desembarcadero, hijo —dijo apresuradamente—. La compañía haría un escándalo. Pero llegarás perfectamente. Estamos en sábado y los sábados vienen al pueblo muchas personas que viven por ese lado.

Joel se encontraba solo ahora, y su camisa azul, húmeda de sudor, estaba pegada a sus espaldas. Transportando su valija cubierta de etiquetas, comenzó cautelosamente su primera caminata en el pueblo.

Ciudad Mediodía no constituye un gran espectáculo. Tiene una sola calle, en la que hay una tienda de Ramos Generales, un taller de reparaciones, un pequeño edificio que contiene dos oficinas —una de un abogado, la otra de un médico—, una combinación de salón de belleza y barbería —dirigida por un manco y su esposa— y un curioso e indefinible establecimiento conocido con el nombre de Lugar Principesco de R. V.

Lacey, en el soportal del cual hay una bomba de gasolina Texaco. Estos edificios están apiñados tan apretadamente que parecen formar un palacio ruinoso, montado al azar, de la noche a la mañana, por un carpintero imbécil. Al otro lado del camino, aisladas, hay otras dos estructuras: una cárcel y una rara y tambaleante casa de color jengibre. La cárcel no aloja a un delincuente blanco desde hace cuatro años y pocas veces hay en ella algún otro prisionero, ya que el sheriff es un haragán inútil, siempre dispuesto a holgazanear con una botella de bebida alcohólica y a permitir que los malhechores y los ladrones —y aun los asesinos más peligrosos— permanezcan a sus anchas, en libertad. En cuanto a la rara casa vieja, Dios sabe cuánto hace que nadie vive en ella. Y se dice que en una ocasión tres exquisitas hermanas fueron violadas y asesinadas al ...