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PANTALEóN Y LAS VISITADORAS

Mario Vargas Llosa  

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Fragmento

Prólogo

Escribí esta novela en una apretada casita de Sarrià, en Barcelona, entre 1973 y 1974, al mismo tiempo que su versión cinematográfica. Debía filmarla José María Gutiérrez, pero, por los absurdos malabares del cine, terminé dirigiendo la película al alimón con él (acepto toda la responsabilidad de la catástrofe).

La historia está basada en un hecho real —un «servicio de visitadoras» organizado por el Ejército peruano para desahogar las ansias sexuales de las guarniciones amazónicas—, que conocí de cerca en dos viajes a la Amazonía —en 1958 y 1962—, magnificado y distorsionado hasta convertirse en una farsa truculenta. Por increíble que parezca, pervertido como yo estaba por la teoría del compromiso en su versión sartreana, intenté al principio contar esta historia en serio. Descubrí que era imposible, que ella exigía la burla y la carcajada. Fue una experiencia liberadora, que me reveló —¡sólo entonces!— las posibilidades del juego y el humor en la literatura. A diferencia de mis libros anteriores, que me hicieron sudar tinta, escribí esta novela con facilidad, divirtiéndome mucho, y leyendo los capítulos a medida que los terminaba a José María Gutiérrez, y a Patricia Grieve y Fernando Tola, mis vecinos de la calle Osio.

Algunos años después de publicado el libro —con un éxito de público que no tuve antes ni he vuelto a tener— recibí una llamada misteriosa, en Lima: «Yo soy el capitán Pantaleón Pantoja», me dijo la enérgica voz. «Veámonos para que me explique cómo conoció mi historia.» Me negué a verlo, fiel a mi creencia de que los personajes de la ficción no deben entrometerse en la vida real.

MARIO VARGAS LLOSA

Londres, 29 de junio de 1999

A José María Gutiérrez

Il y a des hommes n’ayant
pour mission parmi les autres
que de servir d’intermédiaires; on
les franchit comme des ponts,
et l’on va plus loin.

FLAUBERT,
L’éducation sentimentale

I

—Despierta, Panta —dice Pochita—. Ya son las ocho. Panta, Pantita.

—¿Las ocho ya? Caramba, qué sueño tengo —bosteza Pantita—. ¿Me cosiste mi galón?

—Sí, mi teniente —se cuadra Pochita—. Uy, perdón, mi capitán. Hasta que me acostumbre vas a seguir de tenientito, amor. Sí, ya, se ve regio. Pero levántate de una vez, ¿tu cita no es a?

—Las nueve, sí —se jabona Pantita—. ¿Dónde nos mandarán, Pocha? Pásame la toalla, por favor. ¿Dónde se te ocurre, chola?

—Aquí, a Lima —contempla el cielo gris, las azoteas, los autos, los transeúntes Pochita—. Uy, se me hace agua la boca: Lima, Lima, Lima.

—No sueñes, Lima nunca, qué esperanza —se mira en el espejo, se anuda la corbata Panta—. Si al menos fuera una ciudad como Trujillo o Tacna, me sentiría feliz.

—Qué graciosa esta noticia en El Comercio —hace una mueca Pochita—. En Leticia un tipo se crucificó para anunciar el fin del mundo. Lo metieron al manicomio pero la gente lo sacó a la fuerza porque creen que es santo. ¿Leticia es la parte colombiana de la selva, no?

—Qué buen mozo te ves de capitán, hijito —dispone la mermelada, el pan y la leche sobre la mesa la señora Leonor.

—Ahora es Colombia, antes era Perú, nos la quitaron —unta de mantequilla una tostada Panta—. Sírveme otro poquito de café, mamá.

—Cómo nos mandaran de nuevo a Chiclayo —recoge las migas en un plato y retira el mantel la señora Leonor—. Después de todo, allá hemos estado tan bien ¿no es cierto? Para mí, lo principal es que no nos alejen mucho de la costa. Anda, hijito, buena suerte, llévate mi bendición.

—En el nombre del Padre y del Espíritu Santo y del Hijo QUE MURIÓ EN LA CRUZ —eleva los ojos a la noche, baja los ojos a las antorchas el Hermano Francisco—. Mis manos están amarradas, el leño es ofrenda, ¡persígnense por mí!

—Me espera el coronel López López, señorita —dice el capitán Pantaleón Pantoja.

—Y también dos generales —hace ojitos la señorita—. Entre nomás, capitán. Sí, ésa, la puerta cafecita.

—Aquí está el hombre —se levanta el coronel López López—. Adelante, Pantoja, felicitaciones por ese nuevo fideo.

—La primera nota en el examen de ascenso y por unanimidad del jurado —estrecha una mano, palmea un hombro el general Victoria—. Bravo, capitán, así se hace carrera y Patria.

—Siéntese, Pantoja —señala un sofá el general Collazos—. Póngase cómodo y agárrese bien para oír lo que va a oír.

—No me lo asustes, Tigre —mueve las manos el general Victoria—. Se va a creer que lo mandamos al matadero.

—Que para comunicarle su nuevo destino hayan venido los jefazos de Intendencia en persona, le indica que la cosa tiene sus bemoles —adopta una expresión grave el coronel López López—. Sí, Pantoja, se trata de un asunto bastante delicado.

—La presencia de estos jefes es un honor para mí —hace sonar los talones el capitán Pantoja—. Caramba, me deja usted muy intrigado, mi coronel.

—¿Quiere fumar? —saca una cigarrera, un encendedor el Tigre Collazos—. Pero no se esté ahí parado, tome asiento. ¿Cómo, no fuma?

—Ya ve, por una vez el Servicio de Inteligencia acertó —acaricia una fotocopia el coronel López López—. Tal cual: ni fumador, ni borrachín ni ojo vivo.

—Un oficial sin vicios —se admira el general Victoria—. Ya tenemos quien represente al arma en el Paraíso, junto a santa Rosa y a san Martín de Porres.

—Tampoco exageren —se ruboriza el capitán Pantoja—. Algunos vicios tendré que no se me conocen.

—Conocemos de usted más que usted mismo —alza y deposita otra vez en el escritorio un cartapacio el Tigre Collazos—. Se quedaría bizco si supiera las horas que hemos dedicado a estudiar su vida. Sabemos lo que hizo, lo que no hizo y hasta lo que hará, capitán.

—Podemos recitar su foja de servicios de memoria —abre el cartapacio, baraja fichas y formularios el general Victoria—. Ni un solo castigo de oficial y de cadete apenas media docena de amonestaciones leves. Por eso ha sido el elegido, Pantoja.

—Entre cerca de ochenta oficiales de Intendencia, nada menos —levanta una ceja el coronel López López—. Ya puede inflarse como un pavo real.

—Les agradezco el buen concepto que tienen de mí —se empaña la vista del capitán Pantoja—. Haré todo lo que pueda para responder a esa confianza, mi coronel.

—¿El capitán Pantaleón Pantoja? —sacude el teléfono el general Scavino—. Te oigo apenas. ¿Que me lo mandas para qué, Tigre?

—En Chiclayo ha dejado un magnífico recuerdo —hojea un informe el general Victoria—. El coronel Montes estaba loco por conservarlo. Parece que el cuartel funcionó como un reloj gracias a usted.

—«Organizador nato, sent

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