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PARA HELGA

Bergsveinn Birgisson  

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Fragmento

1

Kolkustaðir, día del martirio de san Juan Bautista, 1997

 

Querida Helga:

Hay personas que mueren por causas externas. Otras mueren porque hace tiempo que llevan la muerte dentro, aferrada a sus venas. Todas mueren. Cada una a su modo. Unas caen al suelo a mitad de una frase. Otras se despiden pacíficamente mientras sueñan. ¿Se apagará el sueño como cuando una película deja de proyectarse en la pantalla? ¿O simplemente cambiará de aspecto, adquiriendo una nueva luz, un nuevo color? ¿Llegará a percibirlo el que sueña de alguna manera?

Mi querida Unnur está muerta. Murió una noche mientras soñaba, cuando no había nadie cerca. Bendita sea su memoria.

En cuanto a mí, soy una res en bastante buena forma, dejando a un lado la rigidez de los hombros y las rodillas. La edad, esa vieja bruja, va haciendo su trabajo. Naturalmente, hay un momento en que uno mira sus pantuflas y piensa que llegará un día en que las pantuflas sigan ahí... pero ya no uno para ponérselas. Aunque dichoso sea ese día cuando quiera que llegue, como dice el salmo. La vida ha inundado mi pecho lo suficiente. He podido saborearla bien, la vida. Así es, querida Helga.

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En fin, yo ya me he vuelto un anciano redomado y la mejor prueba de ello es que he comenzado a abrir viejas heridas. Todos tenemos una puerta. Y todos queremos dejar salir nuestros adentros. Y mi portón es la vieja puerta del corral de ovejas de mi difunto padre, esa por cuyas grietas penetran los rayos de sol, esbeltos y alargados entre las fisuras de los tablones. Si la vida se encuentra en alguna parte, debe de hallarse ahí, en esas grietas. Pero tan retorcida y cuarteada está mi puerta y tanto ha cedido que ya no es capaz de mantener separado lo de dentro de lo de fuera. ¿Tal vez resida en eso la virtud del carpintero, en no ser perfecto? ¿En que las rendijas y las grietas de su obra dejen pasar los rayos de sol y la vida?

Pronto emprenderé esa mudanza forzosa a la que todo hombre está abocado, querida Helga. Y como no podría ser de otra manera, los hombres intentan quitarse lastres de encima antes de embarcarse en semejante viaje. A la vista queda que se me ha hecho demasiado tarde para escribirte, ahora que todos están más o menos muertos o seniles, pero lo voy a hacer igualmente. Si mi carta te causa malestar, no tienes más que deshacerte de estos cuatro garabatos. Mis palabras solo albergan buena intención. Nunca te deseé otra cosa que el bien; ya lo sabes, querida Helga.

Hallgrímur murió a finales del invierno. Durante su último año ya no podía tragar a causa del cáncer, y, de hecho, no lograron que comiera nada, un grandullón como él. Languideció en el hospital en manos de los médicos, y no era más que hueso y pellejo cuando lo vi en febrero. Daba lástima. Bendita sea su memoria.

Bendito sea, sin más, todo aquello que intenta o ha intentado existir.

Mi sobrino Marteinn vino a buscarme a la residencia y estoy pasando la canícula en una habitación con vistas a la granja donde en tiempos vivíais Hallgrímur y tú. Ahora solo dejo vagar mi mente por las laderas de los alrededores, que huelen a los rayos de sol de antaño. Qué más puede hacer uno ahora.

Unnur yació en su lecho de muerte durante cinco años, de los cuales deseó morir cuatro y medio. Fue un periodo traumático para mí. Tampoco llego a entender qué sucedió dentro de ella. Fue como si poco a poco todo lo bueno de su carácter se transfigurara y adoptara la forma de recriminación por cualquier tontería. Si derramaba el zumo de fruta o le daba sin querer un golpe a un jarrón mientras cuidaba de ella, la oía decir que siempre había sido un «maldito zopenco», «inepto para cualquier tarea doméstica». ¿Se trataba acaso de un mal carácter latente que yo ya había presentido y que terminó por aflorar?

Ya no se levantaba, y se negó a comer hasta quedar desnutrida. Y allí permaneció, postrada en la cama mientras la consumía una pena oculta. Su alma de siempre, la que yo le había conocido, se esfumaba. Sí, su alma la abandonó. Se volvió mordaz y cruel, por muchas atenciones que se le brindaran. Simplemente se había hecho vieja de golpe y, para colmo, había enfermado de gravedad. Y no debe juzgarse del mismo modo al que está enfermo y al sano. Pude ver cómo el azul de sus ojos se apagaba y oscurecía como el cielo sobre las montañas. Pensé que debía quedarme a su lado y ofrecerle mi compañía, dada su situación. Era como si le disgustara encontrarse en semejantes circunstancias, como si le disgustara, para empezar, haber sido convocada a participar en esta vida y le disgustara el modo en que la había empleado. Como recompensa a mis esfuerzos, me tachaba de canalla por haberla mantenido engañada durante toda nuestra vida en común. Me decía que nunca la había querido. Sin inmutarse. Bajando la mirada.

Le ofrecí todos los cuidados que estaban a mi alcance. Le compraba revistas y cajas de bombones. Le llevé nuestras fotos de cuando segábamos el heno en Grundir, las fotos de la vieja granja, de los secaderos de pescado combados por el peso de los lumpos y demás peces colgados, de la recogida del plumón y la captura de polluelos en los islotes, de mí mismo raspando pieles de crías de foca o reparando el bote de remos en el cobertizo, de ella en el tractor Farmall llevando la leche en el remolque; en definitiva, de cada rayo de luz que había podido capturar con mi vieja Polaroid a lo largo de los años. Había una foto en la que se te podía reconocer. Era de antes de nacer Hulda, de cuando todavía segábamos los campos en grupo. Unnur te señaló.

—Deberías haberte quedado con ella —dijo—. No con una oveja machorra como yo. Siempre la quisiste a ella, no a mí.

Luego apartó el álbum de fotos y clavó su mirada vacía en el pie de la cama. Sentí lástima por ella. Sentí que amaba a aquella anciana indefensa, a aquel ser humano moribundo que apenas tenía a nadie que se preocupara por él. Sentí que había hecho lo correcto al permanecer a su lado durante todos aquellos años. De lo contrario, ¿quién se habría ocupado de ella? Por sus mejillas corrían lágrimas, como diminutas olas de melancolía. Fuera de la residencia, la tarde ya estaba avanzada y el tráfico había comenzado a disminuir. La luz tenue de una farola se filtraba por la ventana de la habitación y hacía relucir sus mejillas, húmedas de lágrimas.

Poco después murió. En mitad de la noche. Mientras soñaba.

2

El viejo fantasma que tiempo atrás había dado por desaparecido volvió a manifestarse en Unnur. Esa quimera que las gentes de la región forjaron a la fuerza, por pura majadería. Se le debió de meter dentro el espíritu de la rencorosa Hallgerður, de la saga de Nial, y con él esa endemoniada costumbre islandesa de ser incapaz de olvidar el pasado ni perdonar cosa alguna. En la residencia me había convertido a sus ojos en «un adúltero, un farsante, un hipócrita», y me describía con detalle el placer lujurioso que, según ella, debí de experimentar en cada encuentro contigo. Me hacía sentir abochornado, por decirlo de forma comedida, y fue un regalo del cielo que pocos la oyeran vociferar cómo te tomaba por detrás, cómo debí de magrear lascivamente tus pechos pesados y darte tales embestidas que hacían restallar tus nalgas. Esas fueron sus palabras: «tus pechos pesados». Aquellos arranques que le daban culminaban en sollozos mientras se culpaba por ser una oveja machorra que había sido descartada. Y aunque decía que yo era un holgazán que jamás me había preocupado ni de las ovejas ni de la granja —sabes bien, Helga, que nunca me faltaron quehaceres, a excepción de aquella semana en que guardé cama con pulmonía—, eso me dolía menos que las acusaciones en las que metía el dedo en una llaga que tiempo atrás habían abierto las habladurías del campo.

¿Cuál fue el incidente que desencadenó el rumor y que, sin haber tenido lugar jamás, acarreó unas consecuencias igual de malas —no, ¡mucho peores!— que si hubiera sucedido de verdad? ¿Es posible trazar una línea entre lo que ocurre en realidad y lo que un pueblo difamador afirma que ha ocurrido, mientras se harta de café en la cocina, insinuaciones y chismorreos sobre los demás? ¿Qué fue aquello que no sucedió en el 39, el día de la festividad de San Lamberto, y que sin embargo sí sucedió en la cabeza de los maldicientes?

¿Acaso se supone que mientras los demás avanzaban por el valle de Hörgsdalur y desaparecían tras la loma de Framneshæð yo bajaba la cuesta y atravesaba la verde hondonada que hay junto a Steinhúsbakkar para acudir a tu encuentro? Entonces habríamos caminado juntos y hablado de la lana tan hermosa con que volvían las ovejas de las montañas aquel año; de cómo los corderos, rollizos y lozanos, tenían la barriga blanca como la nieve. Y de que aquel año la cosecha de heno había sido tan buena que yo, supervisor del ganado de la vecindad de Hörgárhreppur, no tenía por qué temer que los pastores se vieran obligados a dejar morir de hambre a sus animales en invierno. Habría recordado la marca en las orejas de tus ovejas: una muesca arriba en punta y una muesca a cada lado. Y tú me habrías preguntado otra vez cómo era la mía: un corte recto delante, a la izquierda, una muesca arriba y otra a la derecha. Exactamente así. Luego habríamos hablado un poco sobre Bassi, el morueco que nos habían prestado en Fljót, en el este, de lo fornido que era su pecho y de su musculado espinazo. Y una vez concluidos los elogios dedicados al carnero, habría corrido por nuestra sangre un dulce ardor vertiginoso y yo habría acariciado tus rizos, comparándolos con la nieve que el viento sopla ladera abajo, y tú te habrías reído y habrías dicho: «¡Ay, Bjarni!».

Enseguida te habría besado, y habría sobrevenido un manoseo desenfrenado antes de bajarme los pantalones y tú subirte el jersey de lana liberando tus pechos; luego habría dejado que mis muslos, blancos ...