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PARQUE JURáSICO (JURASSIC PARK)

Michael Crichton  

5


Fragmento



Índice

Parque jurássico

Introducción. «El incidente ingen»

Prólogo. Lo mordedura del raptor

Primera iteración

Casi el paraíso

Puntarenas

La playa

Nueva York

La configuración de los datos

Segunda iteración

La ribera del mar interior

Esqueleto

Cowan, Swan y Ross

Planos

Hammond

Choteau

Una decisión crucial

Aeropuerto

Malcolm

Isla Nubla

Bienvenida

Tercera iteración

Parque Jurásico

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra

Una visita guiada

Control

Versión 4.4

Control

La visita

Control

Gran Rex

Control

Estegosaurio

Control

Emplazamientos de procreación

Cuarta iteración

El camino principal

El regreso

Nedry

Casa de campo

Tim

Lex

Control

El camino

Control

En el parque

Control

El parque

Recibe antes que nadie historias como ésta

Al amanecer

El parque

Quinta iteración

Búsqueda

Sector de aves prehistóricas

Tiranosaurio

Control

Sexta iteración

El regreso

La rejilla

El pabellón

Control

Séptima iteración

Destruyendo el mundo

Bajo control

Casi el paradigma

El descenso

Hammond

La playa

Se acerca la oscuridad

Epílogo. San José

Reconocimientos

Notas

Biografía

Créditos

Michael Crichton nació en Chicago en 1942. Cursó estudios en el Harvard College y se doctoró por la Facultad de Medicina de Harvard. Durante esos años, escribió una serie de thrillers con el seudónimo de Jeffrey Hudson, en los que ya destacaban las magníficas dotes de escritor que años después le darían celebridad internacional. En 1969, pasó a formar parte del Salk Institute, en La Jolla (California). Crichton ha sido en las últimas tres décadas uno de los autores estadounidenses de mayor proyección mundial, y todos sus libros recibieron una sensacional acogida de público y crítica. Se le conoce mundialmente como el creador del thriller tecnológico y científico. Entre su ingente obra cabe destacar: Esfera, Congo, El guerrero n.º 13, Un caso de urgencia, El gran robo del tren, Sol naciente, Acoso, Parque jurásico, El mundo perdido, Punto crítico, Rescate en el tiempo, Sol naciente, Presa y Estado de miedo, así como el guión de cine Twister y el libro autobiográfico Viajes y experiencias. Sus libros superan los cien millones de ejemplares vendidos y han sido traducidos a treinta y seis idiomas; doce de ellos han sido llevados al cine. También ha recibido numerosos premios por su trabajo literario, así como por sus obras para el cine y la televisión, entre los que se cuenta un premio Emmy por la serie televisiva Urgencias, creada por él. Falleció en 2008 en Los Ángeles.

www.michaelcrichton.net

Título original: Jurassic Park

Edición en formato digital: julio de 2015

© 1990, Michael Crichton

© 1991, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© Daniel Yagolkolwski, por la traducción

Diseño de portada: Loles Sarget

Fotografía de portada: © Getty Images

Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.  El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas  y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva.  Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está  respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

ISBN: 978-84-6633-062-6

Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

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MICHAEL CRICHTON

Parque jurásico

Traducción de

Daniel Yagolkolwski

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www.megustaleerebooks.com

Para A-M

y

T

Los reptiles son aborrecibles a causa de su cuerpo frío, su color pálido, su esqueleto cartilaginoso, su piel inmunda, su aspecto feroz, su mirada calculadora, su fetidez, su voz áspera, la sordidez de los sitios en los que habitan, y su terrible veneno: he aquí la razón por la que su Creador no ejerció sus poderes para hacer muchos de ellos.

LINNEO, 1797

 

 

No se puede hacer que vuelva atrás una nueva forma de vida.

ERWIN CHARGAFF, 1972

Introducción

«El INCIDENTE INGEN»

El final del siglo XX fue testigo de una «fiebre del oro» científica de asombrosas proporciones: la urgencia precipitada y frenética por comercializar ingeniería genética. Esta empresa avanzó con tanta rapidez, con tanto dinero, con tan pocos comentarios externos, que apenas si se llegan a comprender sus dimensiones y consecuencias.

La biotecnología promete la revolución más grande de la historia humana. Para fines de esta década habrá dejado muy atrás la energía atómica y los ordenadores en cuanto al efecto que habrá de ejercer sobre nuestra vida cotidiana. Como lo expresó un observador, «la biotecnología va a trasformar todos los aspectos de la vida humana: nuestros servicios médicos, nuestra alimentación, nuestra salud, nuestras diversiones, nuestro cuerpo mismo. Nada volverá a ser igual. Literalmente, va a cambiar la faz del planeta».

Pero la revolución biotecnológica difiere de las transformaciones científicas anteriores en tres aspectos importantes.

Primero, está muy difundida. Norteamérica entró en la Era Atómica a través del trabajo de una sola institución investigadora, en Los Álamos. Entró en la Era de los Ordenadores a través de los esfuerzos de alrededor de una docena de compañías. Pero hoy las investigaciones biotecnológicas se llevan a cabo en más de dos mil laboratorios sólo en Norteamérica. Quinientas compañías de gran importancia gastan cinco mil millones anuales en esta tecnología.

Segundo, muchas de las investigaciones son irreflexivas o frívolas. Los esfuerzos por producir truchas más pálidas para que sean más visibles en el río, árboles cuadrados para que sea más fácil cortarlos en tablones y células aromáticas inyectables para que una persona tenga siempre el olor de su perfume favorito pueden parecer una broma, pero no lo son. En verdad, el hecho de que se pueda aplicar la biotecnología a las industrias tradicionalmente sujetas a los vaivenes de la moda, como las de los cosméticos y el tiempo libre, hace que crezca la preocupación por el uso caprichoso de esta poderosa tecnología nueva.

Tercero, no hay control sobre las investigaciones. Nadie las supervisa. No hay legislación federal que las regule. No hay una política estatal coherente ni en Norteamérica ni en parte alguna del mundo. Y, dado que los productos de la biotecnología van desde medicinas hasta nieve artificial, pasando por cultivos mejorados, resulta difícil instrumentar una política inteligente.

Pero más perturbador es el hecho de que no se encuentren voces de alerta entre los científicos mismos. Resulta notable que casi todos los que se dedican a la investigación genética también comercian con la biotecnología. No hay observadores imparciales. Todos tienen intereses en juego.

La comercialización de la biología molecular es el acontecimiento ético más pasmoso de la historia de la ciencia, y tuvo lugar con velocidad desconcertante. En el transcurso de los cuatrocientos años que han transcurrido desde Galileo, la ciencia siempre avanzó en forma de investigación libre y abierta del funcionamiento de la Naturaleza. Los científicos siempre pasaron por alto las fronteras de las naciones, manteniéndose por encima de las preocupaciones transitorias de la política e incluso de las guerras. Los científicos siempre se rebelaron contra la imposición del secreto sobre las investigaciones, y hasta fruncieron el ceño ante la idea de patentar sus descubrimientos, al considerarse a sí mismos trabajadores para el beneficio de toda la humanidad. Y, durante muchas generaciones, los descubrimientos de los científicos gozaron, por cierto, de la cualidad de ser peculiarmente desinteresados.

Cuando, en 1953, dos jóvenes investigadores de Gran Bretaña, James Watson y Francis Crick, descifraron la estructura del ADN, se aclamó su trabajo como un triunfo del espíritu humano, de la búsqueda multisecular para entender el universo de manera científica. Se esperaba, confiadamente, que el descubrimiento de Wat—son y Crick se brindaría desinteresadamente para mayor beneficio de la humanidad.

Sin embargo, eso no ocurrió. Treinta años más tarde, casi todos los colegas científicos de Watson y Crick estaban dedicados a otra clase completamente diferente de proyecto: las investigaciones sobre genética molecular se habían convertido en una vasta empresa comercial que entrañaba muchos miles de millones de dólares, y los orígenes de esta empresa se pueden localizar no en 1953, sino en abril de 1976.

Ésa fue la fecha en la que se celebró una, ahora famosa, reunión en la que Robert Swanson, capitalista de empresas de riesgo, se asoció con Herbert Boyer, bioquímico de la Universidad de California. Los dos hombres acordaron fundar una compañía comercial para explotar las técnicas de fusión de genes desarrolladas por Boyer. La nueva compañía que constituyeron, Genentech, pronto se convirtió en la más grande de las empresas pioneras de ingeniería genética, y la de mayor éxito.

De repente pareció como si todo el mundo quisiera volverse rico. Compañías nuevas se anunciaban con frecuencia casi semanal, y los científicos salían en tropel para explotar las investigaciones genéticas. Para 1986, por lo menos trescientos sesenta y dos científicos (incluidos sesenta y cuatro pertenecientes a la Academia Nacional de Ciencias) figuraban en las juntas de asesoramiento de las empresas dedicadas a la biotecnología. La cantidad de los que gozaban de participación en acciones, o que estaban a cargo de oficinas consultoras, era varias veces mayor.

Es necesario hacer hincapié en cuan importante era, realmente, este cambio de actitud: en el pasado los científicos dedicados a la investigación pura adoptaban un punto de vista esnob en cuanto a la aplicación comercial; consideraban la búsqueda de dinero carente de interés en el aspecto intelectual y sólo apta para tenderos. Y realizar investigaciones para la industria, aun en los prestigiosos laboratorios de la Bell o de IBM, era sólo para aquellos científicos que no habían podido conseguir el nombramiento como profesores en una Universidad. De esta manera, la actitud de los científicos que hacían investigación pura era fundamentalmente crítica hacia el trabajo de los colegas que hacían investigación aplicada, y hacia la industria en general. Su prolongado antagonismo mantuvo a los científicos universitarios libres de lazos contaminantes con la industria y, cada vez que surgía el debate sobre cuestiones tecnológicas, se contaba con científicos imparciales que discutían los temas al más alto nivel.

Pero eso ya no es verdad. Hay muy pocos biólogos moleculares y muy pocas instituciones de investigación que estén exentos de vínculos comerciales. Los días de antaño acabaron. Las investigaciones genéticas prosiguen, y con un ritmo más furibundo que nunca. Pero en secreto, con prisa y para obtener lucro.

En este clima comercial, probablemente resulta inevitable que haya surgido una compañía tan ambiciosa como International Genetic Technologies, Inc., de Palo Alto. Asimismo, tampoco sorprende que la crisis genética que desencadenó no se haya denunciado. Después de todo, las investigaciones de la InGen se llevaron a cabo en secreto; el incidente real tuvo lugar en las regiones más remotas de América Central; menos de veinte personas estuvieron allí para atestiguarlo... y de ellas sólo sobrevivió un puñado.

Incluso al final, cuando International Genetic Technologies presentó solicitud de protección según el Capítulo 11 en el tribunal superior de San Francisco, el 5 de octubre de 1989, las actuaciones atrajeron poca atención de la prensa. Parecía algo tan común: InGen era la tercera pequeña compañía norteamericana dedicada a la bioingeniería que fracasaba ese año, y la séptima desde 1986. Pocos documentos del juicio se hicieron públicos, ya que los acreedores eran consorcios inversores japoneses, como Hamaguri y Densaka, compañías que, tradicionalmente, rehúyen la publicidad. Para evitar una innecesaria divulgación, Daniel Ross, de Cowan, Swan y Ross, asesoría jurídica de InGen, también representaba a los inversores japoneses. Y la petición bastante insólita del vicecónsul de Costa Rica se oyó a puerta cerrada. Por eso no puede sorprender que, en el espacio de un mes, los problemas de InGen se resolvieran callada y amistosamente.

Las partes que intervinieron en ese acuerdo, comprendida la distinguida junta científica de asesores, celebraron un convenio de no divulgación de los hechos, y ninguno va a hablar de lo que sucedió, pero muchas de las principales figuras del «incidente InGen» no eran signatarias del convenio y estaban dispuestas a discutir los notables sucesos que desembocaron en esos tres días de finales de agosto de 1989 en una isla remota situada frente a la costa oeste de Costa Rica.

Prólogo

LA MORDEDURA DEL RAPTOR

La lluvia tropical caía formando una gran cortina que mojaba hasta el tuétano, martilleaba sobre el techo acanalado del edificio de la clínica y bajaba ruidosamente por los canalones, esparciéndose por el suelo como un torrente. Robería Cárter suspiró y miró con fijeza por la ventana: desde la clínica apenas si podía ver la playa y el océano que se extendía más allá, envueltos en una niebla baja. No era eso lo que esperaba cuando llegó a la aldea pesquera de Bahía Añasco, en la costa oeste de Costa Rica, para pasar dos meses como médica visitadora. Bobbie Cárter esperaba sol y reposo después de dos agotadores años de residencia en el departamento de urgencias del Michael Reese de Chicago.

Llevaba tres semanas en Bahía Añasco. Y había llovido todos los días.

Todo lo demás estaba bien: le gustaba el aislamiento de Bahía Añasco y la cordialidad de su gente. Costa Rica tenía uno de los veinte mejores servicios sanitarios del mundo y, aun en esa remota aldea costera, la clínica estaba bien mantenida y sobradamente abastecida. Su auxiliar médico, Manuel Aragón, era inteligente y tenía buena preparación. Bobbie podía practicar la medicina a un nivel similar al de Chicago.

¡Pero la lluvia! ¡La constante, interminable lluvia!

Al otro extremo del consultorio, Manuel levantó la cabeza:

—Escuche —dijo.

—Créeme, la oigo —repuso Bobbie.

—No. Escuche.

Y entonces lo oyó: otro sonido mezclado con la lluvia, un ruido sordo que fue aumentando hasta que se oyó con claridad. El rítmico rumor de un helicóptero. Bobbie pensó: No pueden estar volando con un tiempo así.

Pero el sonido aumentaba de modo continuo y, entonces, el helicóptero irrumpió con un rugido volando bajo a través de la niebla del océano, describió un círculo y volvió. Bobbie vio al helicóptero oscilar hacia atrás sobre el agua, cerca de las barcas pesqueras, para después avanzar lentamente de costado hacia el destartalado muelle de madera y, otra vez, volver hacia la playa.

Estaba buscando un sitio para aterrizar.

Era un Sikorsky panzudo, con una banda azul en el costado interrumpida por las palabras InGen Construction, la compañía constructora que estaba erigiendo un nuevo centro de recreo en una de las islas de mar adentro. Se decía que el centro era espectacular y muy complicado; a muchos de los lugareños se les había empleado en la construcción, que estaba en marcha desde hacía más de dos años. Bobbie se lo podía imaginar: una de esas amplias zonas de recreo norteamericanas, con piscinas y campos de tenis, donde los huéspedes podían jugar y beber su daiquiri sin tener contacto alguno con la verdadera vida del país.

Bobbie se preguntaba qué era tan urgente en esa isla para que el helicóptero volara con ese tiempo. A través del parabrisas vio al piloto lanzar un suspiro de alivio cuando el helicóptero se asentó en la húmeda arena de la playa. Hombres uniformados saltaron del aparato y abrieron de golpe la gran puerta lateral. Bobbie oyó gritos frenéticos en español, y Manuel le dio un leve codazo.

Estaban solicitando un médico.

Dos tripulantes negros transportaban un cuerpo laxo en dirección a Bobbie, mientras un hombre blanco ladraba órdenes. El hombre blanco llevaba un impermeable amarillo y una gorra de béisbol de los Mets que se encasquetaba sobre su rojo cabello.

—¿Hay un médico aquí? —le vociferó a Bobbie, gritando bajo la lluvia mientras la médica iba a su encuentro a toda prisa.

—Soy la doctora Cárter —contestó ella.

La lluvia caía en pesadas gotas que golpeteaban la cabeza y los hombros de la médica. El hombre pelirrojo la miró frunciendo el entrecejo: la joven llevaba vaqueros recortados, un chaleco que dejaba al descubierto su abdomen y tenía un estetoscopio, con la campana de auscultación ya oxidada por el aire salado.

—Ed Regis. Tenemos un hombre muy enfermo, doctora.

—Entonces es mejor que lo lleven a San José.

San José era la capital, a tan sólo veinte minutos de vuelo.

—Lo haríamos, pero no podemos pasar sobre las montañas con este clima. Tiene usted que atenderle aquí.

Bobbie se acercó al herido: era un chico de no más de dieciocho años. AI levantarle la camisa empapada de sangre vio un gran desgarrón a lo largo del hombro, y otro en la pierna.

—¿Qué le pasó?

—Accidente de construcción —gritó Ed—. Se cayó. Una de las excavadoras le arrolló.

El chico estaba pálido, tembloroso e inconsciente.

Manuel permanecía junto a la puerta verde brillante de la clínica, agitando las manos. Los hombres llevaron el cuerpo al interior y lo depositaron sobre la mesa que había en el centro de la habitación. Manuel se ocupó de inyectarle una sonda intravenosa y Bobbie dirigió la lámpara sobre el muchacho, inclinándose para examinar las heridas. De inmediato advirtió que no tenía buen aspecto. Era casi seguro que moriría.

Una gran laceración se extendía desde el hombro, bajando por el torso. En el borde de la herida, la carne estaba destrozada. En el centro, el hombro estaba dislocado, los pálidos huesos expuestos. Un segundo tajo cortaba profundamente los gruesos músculos del muslo, lo suficientemente hondo como para dejar al descubierto la pulsación de la arteria femoral. Parecía que la pierna del muchacho hubiera sido desgarrada.

—Cuéntame cómo fue —pidió Bobbie.

—No lo vi —dijo Ed—. Dicen que la excavadora le arrastró.

—Parece como si le hubiera atacado un animal —comentó Bobbie Cárter, sondeando la herida.

Como la mayoría de los médicos de las salas de primeros auxilios, Bobbie recordaba con gran detalle los pacientes que había visto, incluso a los de hacía años. Había visto dos ataques con desgarramiento: uno correspondía a un niño de dos años, atacado por un perro rottweiler. El otro, a un empleado de circo borracho, víctima de un desafortunado encuentro con un tigre de Bengala. Ambas heridas eran similares. El ataque de un animal tenía un aspecto característico.

—¿Atacado por un animal? —dijo Ed—. No, no. Fue una excavadora, créame.

Ed se lamía los labios mientras hablaba. Estaba inquieto y se comportaba como si hubiera hecho algo malo. Bobbie se preguntó por qué: si estaban empleando obreros locales inexpertos para la construcción del centro de recreo debían de tener muchos accidentes.

Manuel preguntó:

—¿Quiere un lavado?

—Sí —contestó Bobbie—. Pero primero hazle un torniquete.

Se inclinó todavía más, sondeando la herida con la yema de los dedos: si una excavadora le hubiera atropellado, habría tierra profundamente introducida en la herida. Pero no había tierra: sólo una espuma resbaladiza, viscosa. Y la herida despedía un olor extraño, una especie de hedor a podrido, un olor a muerte y putrefacción. Bobbie nunca había olido algo así antes.

—¿Cuánto tiempo hace que ocurrió?

—Una hora.

Una vez más, advirtió la tensión de Ed Regis. Y una vez más, se preguntó el porqué. Parecía un hombre ansioso, y no tenía aspecto de ser capataz de construcción: más bien parecía un directivo. Resultaba evidente que estaba fuera de su ambiente.

Bobbie Cárter volvió a las heridas. Por alguna razón, no creía que se tratara de traumatismos de origen mecánico. Sencillamente no tenían el aspecto habitual: no había contaminación con tierra en el lugar de la lesión; tampoco el componente indicador de lesión por aplastamiento. Los traumatismos mecánicos de cualquier clase —un accidente de automóvil, un accidente laboral— casi siempre presentaban algún componente de aplastamiento. Pero aquí no lo había. En vez de eso, la piel del joven estaba desgarrada —hecha jirones— en sentido transversal en el hombro y también en el muslo.

Realmente, parecía el destrozo producido por un animal. Pero, por otro lado, la mayor parte del cuerpo carecía de marcas, lo que era inusitado en el ataque de un animal. Bobbie volvió a examinar la cabeza, los brazos, las manos...

Las manos.

Sintió escalofríos cuando miró las manos del chico: había pequeños cortes en ambas palmas y magulladuras en las muñecas y los antebrazos. Bobbie había trabajado suficiente tiempo en Chicago como para saber lo que significaban.

—Muy bien —dijo—. Espere fuera.

—¿Por qué? —preguntó Ed, receloso. No le gustaba.

—¿Quiere que ayude, o no? —repuso ella, y le sacó por la puerta empujándole y se la cerró en la cara.

Bobbie no sabía lo que pasaba, pero no le gustaba. Manuel vaciló:

—¿Sigo lavando?

—Sí —le contestó Bobbie, y tendió la mano en pos de su pequeña cámara Olympus. Sacó varias fotografías de la herida, desplazando la lámpara para obtener mayor nitidez. «Realmente parecen mordeduras», pensó. En ese momento, el muchacho lanzó un quejido. Bobbie puso la cámara a un lado y se inclinó sobre él. Los labios del herido se movían, la lengua estaba seca:

—Raptor —dijo—. Lo sa raptor...

Ante esas palabras, Manuel quedó paralizado y dio un paso atrás, espantado.

—¿Qué significa lo que ha dicho? —preguntó Bobbie.

Manuel negó con la cabeza:

—No lo sé, doctora. Lo sa raptor... no es español.

—¿No? —A ella le parecía español—. Entonces, por favor, sigue lavándole.

—No, doctora. —Manuel frunció la nariz—. Mal olor.

Y se santiguó.

Bobbie volvió a mirar la espuma viscosa que, como una veta, se extendía sobre la herida. La tocó, frotándola entre los dedos: casi parecía saliva...

Los labios del muchacho se movieron:

—Raptor —susurró.

Con tono asustado, Manuel dijo:

—Le mordió.

—¿Qué le mordió?

—Raptor.

—¿Qué es un raptor?

—Significa jupia.

Bobbie frunció el entrecejo: los costarricenses no eran muy supersticiosos, pero ella había oído que en la aldea se hablaba de las jupias. Se decía que eran espectros nocturnos, vampiros sin cara que secuestraban niños pequeños. Según la creencia, las jupias antaño habían vivido en las montañas de Costa Rica, pero ahora habitaban las islas de mar adentro.

Manuel retrocedía, murmurando y santiguándose:

—Este olor no es normal —dijo—. Es la jupia.

Bobbie estaba a punto de ordenarle que regresara al trabajo, cuando el joven herido abrió los ojos y se incorporó, con la espalda enhiesta, en la mesa. Manuel lanzó un alarido de terror. El muchacho herido gimió y volvió la cabeza, mirando a derecha e izquierda con ojos desorbitados y, en ese momento, vomitó sangre violentamente. De inmediato experimentó una serie de convulsiones; su cuerpo vibraba y Bobbie tendió las manos para sujetarle, pero el enfermo, debido a las convulsiones, cayó al suelo de hormigón. Volvió a vomitar. Había sangre por todas partes. Ed abrió la puerta, y preguntó:

—¿Qué demonios está pasando? —Y, cuando vio la sangre, giró sobre sus talones, con la mano en la boca. Bobbie trataba de encontrar un depresor para introducirlo en las mandíbulas apretadas del muchacho, pero, mientras lo hacía, sabía que no había esperanza. Con una última sacudida espasmódica, el muchacho se relajó y quedó inmóvil.

Bobbie se inclinó para practicarle la respiración boca a boca, pero Manuel la aferró por el hombro con furia, tirándola hacia atrás:

—No —dijo—. La jupia se va a meter en usted.

—Manuel, por el amor de Dios...

—¡No! —La miraba fijamente, con intensidad—. No. Usted no entiende estas cosas.

Bobbie miró el cuerpo inerte y se dio cuenta de que no importaba, de que no había posibilidad de resucitarlo. Manuel llamó a los hombres, que entraron en la habitación y se llevaron el cuerpo. Apareció Ed, secándose la boca con el dorso de la mano, diciendo entre dientes:

—Estoy seguro de que hizo usted todo lo posible.

Después, Bobbie observó cómo los hombres se llevaban el cuerpo, de vuelta al helicóptero, y cómo la máquina despegaba atronadoramente.

—Es mejor —dijo Manuel.

Bobbie estaba pensando en las manos del muchacho: cubiertas de cortes y magulladuras, siguiendo el patrón característico de las lesiones en defensa propia. Estaba completamente segura de que su muerte no se debía a un accidente laboral: había sido atacado y alzó las manos para protegerse de su atacante.

—¿Dónde queda la isla en que trabajan? —preguntó.

—En el océano. Quizás a ciento ochenta o doscientos kilómetros mar adentro.

—Bastante lejos para un centro de recreo —comentó Bobbie.

Manuel observaba el helicóptero:

—Espero que no vuelvan jamás.

«Bueno —pensó Bobbie—, por lo menos pude tomar fotos.» Pero, cuando miró hacia la mesa, vio que su cámara había desaparecido.

La lluvia paró ya entrada la noche. A solas en su dormitorio detrás de la clínica, Bobbie hojeaba su gastado diccionario español en rústica. El muchacho había dicho «raptor» y, a pesar de las protestas de Manuel, Bobbie sospechaba que era una palabra en español. En efecto, la encontró en su diccionario: significaba «violador» o «secuestrador».

Eso le dio una pauta: el sentido de la palabra estaba sospechosamente próximo al significado de la palabra jupia. Por supuesto, Bobbie no creía en la superstición. Y ningún fantasma había cortado esas manos. ¿Qué era lo que el muchacho había intentado decir?

Provenientes de la habitación contigua, oyó quejidos: una de las mujeres de la aldea empezaba a tener los primeros dolores del parto y Elena Morales, la partera local, la estaba atendiendo. Bobbie entró en la sala de la clínica y le hizo un gesto para que saliera un momento:

—Elena...

—¿Sí, doctora?

—¿Sabes lo que es un raptor?

Con el cabello cano y sesenta años cumplidos, Elena era una mujer fuerte que daba la impresión de ser práctica, de no perder el tiempo con tonterías. En medio de la noche, bajo las estrellas, frunció el entrecejo y preguntó:

—¿Raptor?

—Sí. ¿Conoces esta palabra?

—Sí. —Elena asintió con la cabeza—. Significa... persona que viene durante la noche y se lleva a un niño.

—¿Secuestrador de niños?

—Sí.

—¿Una jupia?

Todo su porte se alteró:

—No pronuncie esa palabra, doctora.

—¿Por qué no?

—No hable de jupia ahora —insistió Elena con firmeza, señalando con la cabeza en dirección a los quejidos de la parturienta—. No es aconsejable pronunciar esa palabra ahora.

—¿Pero un raptor muerde y desgarra a sus víctimas?

—¿Morder y desgarrar? —preguntó Elena, perpleja—. No, doctora, nada de eso: un raptor es un hombre que se lleva un bebé recién nacido. —Parecía irritada por la conversación, impaciente por ponerle fin. Empezó a volver a la clínica—: La llamaré cuando la mujer esté lista, doctora. Creo que dentro de una hora, quizá dos.

Bobbie miró las estrellas y escuchó el pacífico ruido de las olas lamiendo la playa. En la oscuridad vio la sombra de las barcas pesqueras ancladas mar adentro. Toda la escena era tranquila, tan normal, que se sintió como una tonta por estar hablando de vampiros y bebés secuestrados.

Volvió a su habitación recordando, una vez más, que Manuel había insistido en que no era una palabra en español. Por simple curiosidad, miró en su pequeño diccionario de inglés y, para su sorpresa, también encontró ahí la palabra: «raptor/n (deriv. del 1. raptor, saqueador, fr. raptus): ave de rapiña.»

 

CASI EL PARAÍSO

Mike Bowman silbaba jubilosamente mientras conducía el Land Rover a través de la Reserva Biológica de Cabo Blanco, en la costa occidental de Costa Rica. Era una hermosa mañana de julio y la carretera que se abría ante él era espectacular: adherida al borde de un acantilado, dominaba la jungla y el Pacífico azul. Según las guías del viajero, Cabo Blanco era una región virgen e inexplorada, casi un paraíso. Verla ahora hizo que Bowman sintiera que las vacaciones volvían a ser lo que debían ser.

Bowman, agente inmobiliario de treinta y seis años de edad, proveniente de Dallas, había llegado a Costa Rica con su esposa y su hija para pasar dos semanas de vacaciones. En realidad, el viaje había sido idea de la esposa: durante semanas, Ellen le había llenado la cabeza con los maravillosos parques nacionales de Costa Rica, y lo fabuloso que era que Tina los pudiera ver. Sin embargo, cuando llegaron resultó que Ellen tenía cita con un cirujano plástico en San José. Ésa fue la primera noticia que Mike Bowman tuvo de la excelente y barata cirugía plástica asequible en Costa Rica, y de todas las lujosas clínicas privadas de San José.

Naturalmente, tuvieron una tremenda pelea: Mike pensaba que su esposa le había mentido, lo que era cierto. Y se puso firme en lo concerniente al asunto de la cirugía plástica. De todos modos era ridículo: Ellen sólo tenía treinta años y era una mujer hermosa. ¡Demonios, había sido la Reina del Regreso a Casa el año previo a su graduación en Rice, y desde entonces no habían transcurrido ni diez años! Pero Ellen tenía tendencia a ser insegura y a preocuparse. Y parecía como si, en los últimos años, su principal preocupación hubiera sido la pérdida de su atractivo físico.

Eso, y todo lo demás.

El Land Rover dio un salto al pasar por un bache, salpicando barro. Sentada al lado de Mike, Ellen dijo:

—Mike, ¿estás seguro de que éste es el camino correcto? No hemos visto gente desde hace horas.

—Pasó otro automóvil hace quince minutos —le hizo notar—, ¿Recuerdas, el azul?

—Yendo para el otro lado...

—Querida, tú querías una playa desierta —la interrumpió—, y eso es lo que vas a tener.

Ellen sacudió la cabeza en gesto dubitativo.

—Espero que tengas razón.

—Sí, papá, espero que tengas razón —terció Christina, desde el asiento trasero.

Tenía ocho años.

—Confiad en mí, voy bien. —Condujo en silencio durante unos instantes—. Es hermoso, ¿verdad? Mirad el paisaje. Es realmente hermoso.

—No está mal —concedió Tina.

Ellen sacó una polvera y se miró en el espejo, apretándose con los dedos debajo de los ojos. Suspiró y tiró la polvera a un lado.

El camino empezaba a descender y Mike Bowman se concentró en la conducción. De repente, una pequeña figura negra cruzó velozmente el camino y Tina gritó:

—¡Mirad! ¡Mirad!

Después desapareció en la jungla.

—¿Qué era? —preguntó Ellen—. ¿Un mono?

—Quizá un mono tití —repuso Bowman.

—¿Puedo incluirlo? —consultó Tina, sacando su lápiz. Estaba haciendo una lista de todos los animales que había visto en el viaje, como parte de un trabajo para la escuela.

—No sé —contestó Bowman dubitativo.

Tina consultó las ilustraciones que tenía en la guía:

—No creo que fuera un tití —dijo—. Creo que era simplemente otro aullador. —Durante el viaje ya habían visto varios monos aulladores—. ¡Eh! —añadió, más animada—. Según este libro, «en las playas de Cabo Blanco habita una amplia variedad de fauna, entre la que hay monos aulladores y de cara blanca, perezosos y coatíes». ¿Crees que veremos un perezoso, papá?

—Apuesto a que sí. —¿De veras? —Mira en el espejo. —Muy gracioso, papá.

El camino embarrado corría en declive a través de la jungla, hacia el océano.

Mike Bowman se sentía como un héroe cuando, finalmente, llegaron a la playa: una media luna de tres kilómetros, de arena blanca, completamente desierta. Dejó el Land Rover bajo la sombra de las palmeras que bordeaban la playa y sacó los almuerzos preparados en cajas. Ellen se puso el traje de baño, diciendo:

—Francamente, no sé cómo voy a quitarme este exceso de peso.

—Estás maravillosa, querida. —En realidad, Mike pensaba que su esposa estaba demasiado delgada, pero había aprendido a no mencionarlo.

Tina ya estaba corriendo hacia la playa.

—No olvides que necesitas la crema protectora —le advirtió Ellen.

—Más tarde —gritó Tina por encima del hombro—. Voy a ver si hay un perezoso.

Ellen Bowman recorrió la playa y los árboles con la vista.

—¿Crees que la niña estará bien?

—Tesoro, no hay nadie en kilómetros a la redonda —dijo Mike.

—¿Y si hay víboras?

—¡Oh, por el amor de Dios! —repuso Mike Bowman—. No hay víboras en una playa.

—Bueno, podría haberlas...

—Tesoro, las víboras tienen sangre fría —explicó con firmeza—. Son reptiles. No pueden controlar la temperatura del cuerpo. Esta arena está a treinta y dos grados Celsius: si saliera una víbora, se achicharraría. —Observó a su hija retozando en la playa, un punto oscuro contra la arena blanca—: Déjala ir. Que se divierta.

Puso la mano en torno de la cintura de su esposa.

Tina corrió hasta que estuvo exhausta y, entonces, se dejó caer sobre la arena caliente y rodó alegremente hasta la orilla. El océano estaba caliente y prácticamente no había resaca. Se sentó un rato, recuperando el aliento, y después miró hacia atrás, hacia donde estaban sus padres y el coche, para ver lo lejos que había llegado.

La madre agitó la mano, haciéndole señales para que volviera. Alegremente, Tina agitó la mano a su vez, simulando que no entendía: no se quería poner la crema protectora; tampoco quería volver a oír a su madre hablar de perder peso. Quería quedarse donde estaba y, a lo mejor, ver un perezoso.

Había visto un perezoso hacía dos días, en el zoológico de San José. Era como un personaje de los Teleñecos, y parecía inofensivo. Sea como fuere, no se podía mover con rapidez; ella podría ganarle con facilidad en una carrera.

Ahora su madre la estaba llamando a grandes voces, y Tina decidió alejarse del agua y ponerse a la sombra de las palmeras.

En esa parte de la playa las palmeras colgaban sobre una retorcida maraña de raíces de mangle, que bloqueaba cualquier intento de penetrar tierra adentro. Tina no podía ver gran cosa. Aunque hubiera allí un perezoso, se dio cuenta de que no podría verlo.

Frustrada, se sentó en la arena y pateó las hojas secas de mangle. Advirtió que había muchas huellas de pájaro en la arena. Costa Rica era famosa por sus pájaros. Las guías decían que en Costa Rica había el triple de pájaros que en toda Norteamérica y en todo Canadá.

Algunas de las huellas de pájaros de tres dedos eran pequeñas, y tan débiles que apenas si se las podía ver. Otras huellas eran más grandes y estaban impresas con más fuerza en la arena. Tina miraba las huellas ociosamente, cuando oyó una especie de gorjeo, seguido por un siseo de hojas en la espesura del manglar.

¿Los perezosos emitían gorjeos? Tina no lo creía, pero no estaba segura. Era probable que el gorjeo se debiera a alguna ave marina. Tina respiró en silencio, sin moverse, oyendo de nuevo el siseo y, al final, vio la fuente de los sonidos: a unos pocos metros de distancia, un lagarto salió de entre las raíces de mangle y la miró con curiosidad.

Tina contuvo la respiración: ¡un nuevo animal para su lista! El lagarto se irguió sobre sus patas traseras, balanceándose sobre su gruesa cola, y miró con fijeza a la niña. Erguido de ese modo, tenía casi treinta centímetros de alto; era de color verde oscuro con listas marrones a lo largo del lomo. Sus diminutas patas anteriores remataban en dedos pequeños, que se agitaban rápidamente en el aire. El lagarto alzó la cabeza cuando miró a Tina.

La niña pensó que el animal era bonito. Parecía una especie de salamandra grande. Tina alzó la mano y movió los dedos, en respuesta al movimiento que el animal hacía con los suyos.

El lagarto no estaba asustado. Se le acercó, caminando enhiesto sobre las patas traseras. Era apenas mayor que una gallina y, al igual que las gallinas, meneaba la cabeza hacia delante y hacia atrás al andar.

Tina pensó que sería una maravillosa mascota.

Observó que la lagartija dejaba huellas de tres dedos, exactamente iguales que las de un pájaro. Se acercó más a Tina, mientras ésta permanecía sentada en la arena y la observaba; la niña no se movió, pues no quería asustarla. Estaba sorprendida de que se le acercara tanto, pero recordó que se encontraba en un parque nacional. Todos los animales del parque debían de saber que estaban protegidos. Probablemente ese lagarto era manso; quizá hasta esperase que la niña le diera algo que comer. Por desgracia no tenía nada que darle. Con lentitud, Tina tendió la mano abierta, con la palma hacia arriba, para mostrar que no tenía comida.

El lagarto se detuvo, alzó la cabeza y gorjeó. Emitió un sonido chirriante, como el de un pájaro.

—Lo siento —dijo Tina—. Sencillamente no tengo qué darte.

Entonces, sin previo aviso, el lagarto saltó sobre la mano tendida de la niña. Tina pudo sentir los deditos de las patas pellizcándole la piel de la palma, y sintió el sorprendente peso del cuerpo del animal, que le tiraba el brazo hacia abajo.

Y de pronto, la lagartija le trepó por el brazo, en dirección a la cara.

—Ojalá pudiera verla —dijo Ellen Bowman, entrecerrando los ojos por la luz del sol—. Verla, eso es todo.

—Estoy seguro de que está bien —contestó Mike, mientras seleccionaba cuidadosamente entre la comida que les habían preparado y empaquetado en el hotel: un pollo a la parrilla poco apetitoso y una especie de pastel de carne.

—¿No habrá ido de la playa? —preguntó Ellen.

—No, tesoro, no lo creo.

—¡Me siento tan aislada aquí!

—Creí que eso era lo que querías —dijo él, sintiéndose exasperado.

—Y así es.

—En tal caso, ¿cuál es el problema?

—Es sólo que me gustaría poder verla.

Y entonces, procedente de la playa y traída por el viento, oyeron la voz de su hija: estaba gritando.

PUNTARENAS

—Creo que está bastante mejor ahora —dijo el doctor Cruz, bajando la solapa de plástico de la tienda de oxígeno que rodeaba a Tina, mientras la niña dormía.

Sentado junto a la cama, cerca de su hija, Mike Bowman pensó que el doctor Cruz probablemente era muy competente, pues hablaba un excelente inglés, producto de su preparación en centros médicos de Londres y Baltimore. El doctor Cruz irradiaba competencia, y la clínica Santa María, el moderno hospital de Puntarenas, era inmaculada y eficiente.

Pero, aun así, Mike Bowman se sentía nervioso: el hecho incontestable era que su única hija estaba gravemente enferma, y que se hallaban lejos de casa.

Cuando Mike llegó hasta Tina, la niña estaba gritando histéricamente entre las raíces de mangle. Tenía el brazo izquierdo sangrante, cubierto con profusión de mordeduras pequeñas, cada una del tamaño de una huella de pulgar. Y había salpicaduras de algo pegajoso en el brazo, como si fuera una saliva espumosa.

La levantó y llevó por la playa. Casi de inmediato, el brazo empezó a enrojecer y a hincharse, y Mike no olvidaría en mucho tiempo ese frenético viaje de vuelta a la civilización, el Land Rover de tracción en las cuatro ruedas resbalando por el embarrado sendero que llevaba a las colinas, mientras Tina gritaba presa del miedo y del dolor, y el brazo cada vez se le hinchaba y enrojecía más. Mucho antes de que llegaran a los límites del parque, la tumefacción se le había extendido al cuello y, entonces, la niña empezó a tener dificultades para respirar...

—¿Estará bien ahora? —preguntó Ellen, mirando con fijeza a través de la tienda de oxígeno.

—Así lo creo —la tranquilizó el doctor Cruz—. Le he administrado otra dosis de esteroides y ahora respira sin dificultad. Y, como pueden ver, el edema del brazo está sumamente reducido.

—En cuanto a las mordeduras... —apuntó Mike Bowman.

—Todavía no tenemos la identificación —aclaró el médico—. Yo tampoco he visto mordeduras así antes. Pero notarán que están desapareciendo; ya resulta bastante difícil distinguirlas. Afortunadamente he tomado fotografías, como referencia. Y le he hecho un lavado de los brazos para recoger muestras de esa saliva viscosa: una para que se haga el análisis aquí, una segunda para enviarla a los laboratorios de San José, y la tercera se conservará congelada, en caso de que haga falta. ¿Tienen el dibujo que hizo la niña?

—Sí —dijo Mike Bowman. Le entregó al médico el boceto que Tina había hecho, en respuesta a preguntas formuladas por el personal de admisión.

—¿Éste es el animal que la mordió? —preguntó el doctor Cruz, mirando el dibujo.

—Sí —respondió Mike Bowman—. Dijo que era un lagarto verde, del tamaño de una gallina o de un cuervo.

—No conozco lagartos así —contestó el médico—. Lo dibujó levantado sobre las patas traseras...

—Así es. Dijo que andaba sobre las patas traseras.

El doctor Cruz frunció el entrecejo. Contempló el dibujo un rato más.

—No soy un experto. Le he pedido al doctor Gutiérrez que nos visite aquí. Es el investigador jefe de la Reserva Biológica de Carara, que está al otro lado de la bahía. Quizá pueda identificar el animal.

—¿No hay alguien de Cabo Blanco? —preguntó Bowman—. Ahí es donde mi hija fue mordida.

—Por desgracia, no. Cabo Blanco no tiene personal permanente y ningún investigador trabaja allí desde hace algún tiempo. Es probable que ustedes fueran las primeras personas que pisaban esa playa después de varios meses. Pero estoy seguro de que encontrarán que el doctor Gutiérrez tiene amplios conocimientos sobre el tema. —Echó un vistazo a su reloj—. Llamé a la estación de Carara hace tres horas, cuando llegó su hija. Debe de estar a punto de llegar.

El doctor Gutiérrez resultó ser un hombre barbado que llevaba pantalones cortos y camisa caqui. La sorpresa fue que era norteamericano. Cuando Cruz le presentó a. los Bowman, dijo con suave acento sureño:

—Señor y señora Bowman, ¿cómo están ustedes? Es un placer conocerles. —Y después pasó a explicarles que era biólogo de campo de Yale, y que había estado trabajando en Costa Rica durante los cinco últimos años.

Marty Gutiérrez examinó a Tina concienzudamente, levantándole el brazo con delicadeza, escudriñando de cerca cada una de las mordeduras con una linterna, para medirlas después con una pequeña regla de bolsillo. Unos momentos después, Gutiérrez retrocedió, asintiendo para sí con la cabeza, como si hubiera comprendido algo. A continuación estudió las fotografías Polaroid e hizo varias preguntas acerca de la saliva, de la que Cruz le informó que todavía estaban analizándola en el laboratorio.

Finalmente, se volvió hacia Mike Bowman y su esposa, que esperaban en tensión.

—Creo que Tina se pondrá bien. Pero quiero aclarar algunos detalles —dijo, tomando notas con mano firme—. ¿Su hija dice que la mordió un lagarto verde, de treinta centímetros de alto aproximadamente, que caminaba erguido por la playa después de haber salido de entre los mangles?

—Así es, sí.

—¿Y el lagarto emitió un sonido?

—Tina dijo que gorjeaba o chirriaba.

—¿Como un ratón, dirían ustedes?

—Sí.

—Bien, pues conozco este lagarto. De las seis mil especies de lagartos que hay en el mundo, no más de una docena caminan erguidos. De esas especies, solamente cuatro se hallan en América Latina y, a juzgar por la coloración, el lagarto en cuestión tan sólo podría ser uno de los cuatro. Estoy seguro de que era un Basiliscus amoratus, un basilisco veteado, que se encuentra aquí, en Costa Rica, y también en Honduras. Cuando se yerguen sobre las patas traseras, a veces llegan a medir unos treinta centímetros.

—¿Son venenosos?

—No, señora Bowman. En absoluto. —Gutiérrez explicó que la tumefacción del brazo de Tina se debió a una reacción alérgica—. Según la bibliografía, el catorce por ciento de la gente es intensamente alérgica a los reptiles —añadió—, y su hija parece pertenecer a ese porcentaje.

—Estaba gritando, decía que era doloroso.

—Probablemente lo era. La saliva de los reptiles contiene serotonina, que ocasiona un dolor tremendo. —Se volvió hacia Cruz—: ¿La presión sanguínea le bajó con antihistamínicos?

—Sí. Rápidamente.

—Serotonina —dijo Gutiérrez—. No cabe duda alguna.

Aun así, Ellen Bowman seguía intranquila.

—Pero ¿por qué iba a morder un lagarto a mi hija?

—Las mordeduras de lagarto son muy corrientes —respondió Gutiérrez—. En los zoológicos, el personal que atiende a los animales recibe mordeduras con mucha frecuencia. Sin ir más lejos, el otro día oí decir que un lagarto había mordido a un bebé en su cuna, en Amaloya, a unos cien kilómetros de donde estaban ustedes. Así que las mordeduras se producen a menudo. Pero no sé por qué su hija tiene tantas. ¿Qué estaba haciendo en ese momento?

—Nada. Dijo que estaba sentada ...